4 de Noviembre
Miércoles XXXI Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 4
noviembre 2026
Lectio
12 Amados míos, vosotros siempre me habéis obedecido, así que hacedlo también ahora que estoy ausente, e incluso con mayor empeño. Esforzaos con santo temor en lograr vuestra salvación. 13 Es Dios quien, más allá de vuestra buena disposición, realiza en vosotros el querer y el actuar. 14 Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, 15 y así seréis así limpios e irreprochables, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual brilláis como lumbreras en medio del mundo. 16 Mantened con firmeza la palabra de la vida, en vistas al día en que Cristo se manifieste. Así podré yo enorgullecerme de no haber trabajado inútilmente. 17 Aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio, como servicio de vuestra fe, lo haría con toda alegría y me congratularía con todos vosotros. 18 Por lo mismo, alegraos también vosotros y regocijaos conmigo (Flp 2,12-18).
Del corazón de Pablo brotan hoy algunas recomendaciones paternas dirigidas a los cristianos de Filipos, y a cada una de ellas le corresponde su motivación y precisión concreta.
En 1º lugar, los cristianos deben dedicarse con santo temor a obtener su salvación (v.12), sin olvidar que sólo Dios puede suscitar en ellos la capacidad de vivir de un modo conforme a su voluntad (v.13).
En 2º lugar, los cristianos deben "brillar como lumbreras en medio del mundo" (v.15), con la finalidad de mantener con firmeza "la palabra de la vida" (v.16) y no por mera presunción.
En 3º lugar, los cristianos deben acrecentar la alegría apostólica, dispuestos a ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios, a asimilarse a Cristo Jesús y a disponerse a la comunión con el Padre (vv.16-17).
Como se ve, la exhortación apostólica se arraiga en el misterio de Cristo, y de la salvación anunciada y realizada por él. También se traduce en líneas de ortopraxis cristianas, y esto vale no sólo para los destinatarios de la carta sino también para nosotros, a quienes llega (aquí y ahora) el alegre mensaje de la salvación.
25 Como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos 26 y les dijo: "Si alguno quiere venir conmigo, y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío. 28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? 29 Si pone los cimientos, y no puede acabarla, todos los que la vean se pondrán a burlarse de él, 30 diciendo: Éste comenzó a edificar y no pudo terminar. 31 Si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil? 32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz. 33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser discípulo mío" (Lc 14,25-33).
Después de abandonar la casa del fariseo, Jesús se encuentra con la muchedumbre. Por lo general, cuando tiene lugar este encuentro, la enseñanza evangélica asume unos acentos más íntimos, aunque en otras ocasiones (como la de hoy) se vuelve más radical. En concreto, hoy confía Jesús a la muchedumbre el ideal evangélico, y les recuerda que, si es acogido en su integridad, ese ideal compromete, arrolla y desconcierta toda la vida.
La disposición de este pasaje contiene dos parábolas (vv.28-32), precedidas (vv.25-27) y seguidas por dos invitaciones a la renuncia (v.33). En ambas parábolas se ilustra la necesidad de reflexionar antes de emprender una empresa, calculando bien las posibilidades (de llevarla a puerto) y evitando toda ligereza o temeridad.
Una vez que se ha tomado una decisión, es preciso proceder con la más absoluta fidelidad, pues un fracaso debido a la indecisión o la nostalgia sería imperdonable. Incluso seguir a Jesús, por el camino que le está llevando decididamente a Jerusalén y hacia el Calvario, es una empresa bastante arriesgada, en la que es necesario comprometer toda la vida.
En la verdad de esta reflexión se injertan la invitación inicial y la final de este pasaje, que contiene una de las exigencias más radicales del evangelio.
Renunciar a nuestro padre y madre, llevar la cruz, renunciar a todos los bienes que poseemos (vv.26-27.33), son algunas de las exigencias de Jesús, que no dejan lugar a ninguna duda. Es más, dichas exigencias siguen estando en pie, aunque choquen con nuestra sensibilidad. No proceder así sería seguir a Jesús como nos da la gana, y no seguirlo como él quiere que se le siga.
Meditatio
Nos encontramos frente a una de las palabras duras de Jesús, de las que se desprende con unos términos extremadamente claros el radicalismo evangélico. Con todo, este radicalismo no ha de ser considerado de un modo genérico, y mucho menos de un modo irracional. En definitiva, la invitación de Jesús implica algunas de las decisiones sustanciales del evangelio.
La 1ª de estas decisiones recae sobre la persona misma de Jesús: "Si alguno quiere venir conmigo", y: "El que no carga con su cruz, y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío". Está claro, por tanto, que la renuncia a los bienes y a las personas no es un fin en sí misma, ni tiene ningún valor autolesivo, ni puede ser desarrollada en perjuicio propio, sino que encuentra en Jesús su motivación primera y última.
La posibilidad de llegar a ser discípulo de Jesús constituye el gran deseo de todo verdadero creyente, y para alcanzar esta meta se debe estar dispuesto a dejarlo todo y a todos por amor, sólo por amor.
Si es lógico o no emplear la propia vida de este modo no puede decirlo más que aquel que sabe que, de la fe, se desprende un estilo de vida. En consecuencia, no debemos buscar un estilo de vida puramente humano, sino el del verdadero discípulo, sin dejarse distraer por preocupaciones terrenas.
Oratio
"Pierde tu vida y la encontrarás". Señor, esta invitación tuya suena ilógica, absurda, empapada de aparente fracaso humano. Sin embargo, la vida no puede ser vivida tan sólo en beneicio propio, porque se marchitaría más pronto que tarde.
Tú, Señor, has demostrado que mi existencia tiene que encarnarse, entre tu proyecto misterioso y mi decisión personal. Tú me has enseñado a trasladar mis propias aventuras, placenteras o dolorosas, a una vida diaria vivida con otros y para otros.
Hoy he comprendido, Señor, que mi vida es un don para compartir, un bien para dar, un tesoro para revelar, una vida para vivirla a fondo y entregarla. ¡Lo quiero, Señor!
Contemplatio
Por más misterios y maravillas que han descubierto los doctores, y entendido las almas en este estado de vida, les quedó todavía mucho en lo que ahondar, porque Cristo es como una mina abundante en infinitos recursos, que no tiene fin por mucho que se excave, y siempre saca nuevas riquezas acá y allá.
San Pablo dijo que "en Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos" (Col 2,3), que el alma no puede alcanzar si no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior, y desecha todo ese tipo de mercedes intelectuales y sensitivas de la vana espiritualidad. En efecto, todas estas mercedes espirituales son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, y si no se quitan del medio no peden llegar a ella.
No se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios (que son de muchas maneras) si no es entrando en la espesura del padecer, poniendo en ello a toda el alma por completo. Si el alma desea de veras la sabiduría divina, desearía primero el padecer y purgarse, para entrar en ella en la espesura de la cruz.
San Pablo repetía a los de Efeso que "no desfalleciesen en las tribulaciones", porque para entrar en las riquezas de esta sabiduría hay que entrar por la puerta: la cruz. Desear entrar por ella es de pocos, así como desear los deleites es de muchos (cf. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, XXXVII, 4).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Debéis brillar como lumbreras en medio del mundo, manteniendo con firmeza la palabra de la vida" (Flp 2,15).
Conclusio
Yo pongo en el seno de la Trinidad mi voluntad, mi corazón, mi pensamiento y todo mi cuerpo, para que sean consumidos por las llamas del amor divino. Señor Jesús, los abandono a ti para que en mí se produzca el vacío y en él puedas depositar tú tu pensamiento, tu corazón, tu voluntad y todo tu ser.
Yo pongo de mí un intercambio silencioso e inefable a los pies del tabernáculo, después de la santa comunión. Tú y yo, yo y tú, tú en mí, yo en ti. Yo estoy en ti para morir, tú estás en mí para vivir. Mi pobre ser debe ser incinerado por el ardor de tu divinidad reviviente, y mi corazón dejar que sea el tuyo el que lata de amor.
Me pregunto si el perenne sufrimiento de mi alma no deriva precisamente de esto: de que no sé amar cuanto quisiera, ni vivir como debiera, ni transformarme en lo que tú me pides. Quisiera gozar de esta transformación, Señor (cf. Itala Mela).
Act:
04/11/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A