7 de Noviembre

Sábado XXXI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 noviembre 2026

Lectio

Hermanos, 10 mi alegría ha sido grande al comprobar vuestro interés por mí. Este interés lo teníais ya, pero no habíais tenido ocasión de manifestarlo. 11 No os digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a arreglármelas en cualquier situación. 12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado, a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte. 13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza. 14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación. 15 Vosotros sabéis, hermanos, que cuando comenzó a extenderse el evangelio, y partí de Macedonia, con ninguna Iglesia tuve cuenta de haber y debe, sino sólo con vosotros. 16 Sabéis también que, cuando estaba en Tesalónica, por dos veces atendisteis mi necesidad. 17 Yo no busco regalos, sino que se multipliquen los intereses en vuestra cuenta. 18 Acuso recibo de todo, y tengo más que suficiente. Me siento colmado, por medio de Epafrodito, de todos vuestros obsequios, que son ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado. 19 Mi Dios, que es rico, atenderá con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús (Flp 4,10-19).

         Las relaciones de Pablo con la comunidad de Filipos estuvieron inspiradas siempre por la máxima franqueza y familiaridad. El apóstol aceptó ser ayudado con bienes materiales, y en este punto se alegra no sólo por los dones recibidos, sino también por la caridad que se encontraba en la base de su ayuda, que le llegó a Pablo en un momento particularmente difícil de su misión.

         En 1º lugar aparece la estupenda libertad apostólica, de la que Pablo se siente orgulloso. Podría prescindir de todo, porque ha aprendido a ser pobre con quien es pobre (v.11), pero no por ello se sustrae a los vínculos de la comunión caritativa.

         La caridad de los filipenses es signo de la caridad de Cristo, y en este ideal ha puesto Pablo todo su empeño apostólico. En efecto, el apóstol no ha buscado los bienes ajenos, sino más bien ese don que, mediante la escucha de la palabra y de la fe, le une a Cristo salvador.

         El paso va del don ofrecido al apóstol al don recibido por Dios. De ahí la triple relación que liga lo entregado al donante, por medio de aquel que se ha hecho servidor de ambos. La alegría del apóstol Pablo brota, por tanto, de la constatación de que los filipenses viven en plenitud el humanismo cristiano que ha descrito en los vv. 8-9 de este mismo capítulo.

En aquel tiempo, 9 Jesús dijo a sus discípulos: "Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas. 10 El que es de fiar en lo poco lo es también en lo mucho, y el que es injusto en lo poco lo es también en lo mucho. 11 Si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará lo verdadero? 12 Si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es suyo? 13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero". 14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús. 15 Él les dijo: "Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones, y lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios" (Lc 16,9-15).

         Recién acabada la parábola anterior, toma Jesús la palabra y ofrece dos enseñanzas. En 1º lugar, Jesús recuerda que el dinero perderá su valor con la muerte, cuando se nos quite su administración y ya no tengamos posibilidad de negociar con los dones recibidos (v.9). En segundo lugar, Jesús nos invita a la fidelidad, frente al peligro de la deshonestidad (v.10).

         Jesús nos pide nuestra adhesión libre y gozosa al ideal de la pobreza evangélica. ¿Por qué? Porque si la caridad no se conjuga con la pobreza, difícilmente asume los caracteres de ideal evangélico.

         Jesús enuncia una verdad apodíctica ("ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro"), y acaba concluyendo: "No podéis servir a Dios y al dinero" (v.13). No hay escapatoria, ni hay alternativa posible para el verdadero discípulo de Jesús.

         Amar al 1º (Dios) es odiar al 2º (el dinero), y se traduce de manera espontánea en servicio, pues un amor que no se vuelve servicial no es un amor verdadero. Jesús lo demostró con su vida, antes de enunciarlo con sus palabras.

         Frente a los fariseos, que se consideran "hombres de bien ante la gente" (v.15), Jesús nos invita a la humildad. La caridad, el servicio y la humildad, según la enseñanza de Jesús, no pueden ir separados, so pena de una descalificación total ante Dios.

Meditatio

         Amar es servir. He aquí una síntesis estupenda de la vida cristiana, y otra exigencia del evangelio: traducir el amor en gestos concretos de atención a los otros. He aquí un estilo de vida que el discípulo de Jesús ha de hacer suyo.

         Amar, sí, pero ¿a quién, a qué, en qué condiciones, hasta qué punto? Quien está familiarizado con el evangelio no tarda en encontrar las respuestas adecuadas. Si el objeto de su amor es el dinero, entonces se hará esclavo del dinero, y en vez de servirse de él (para sí y para los otros) quedará sometido al mismo.

         Servir, sí, pero ¿a quién, ¿a qué, hasta qué punto? El verdadero seguidor de Jesús sabe con toda claridad que no basta con ejercer algunos servicios de cualquier modo. Sabe que existe una jerarquía de valores a respetar, y que debemos tener siempre delante a Aquel por cuyo amor nos hacemos siervos. Es preciso discernir también no sólo aquello que estamos llamados a hacer, sino a quién prestamos nuestro servicio y por qué lo hacemos.

         Morir, sí, pero con la esperanza de una vida sin fin junto al Señor. Esta es la motivación ulterior y más fuerte al servicio y a la caridad. Morir dejándolo todo y a todos, sí, pero porque ya nada ni a nadie que nos puede retener y atar a esta tierra.

         Quien aprende a servir por amor encarna su amor en gestos de servicio concreto a los últimos, y se prepara para el bien morir. No hay mejores opciones que éstas para prepararse al encuentro con el Señor.

Oratio

         Como tantos otros, también yo, Señor, me esfuerzo por entrar en tu casa. Con todo, antes de cruzar el umbral me fijo estos objetivos:

-seguir el ejemplo de aquellos que no tienen nada de lo que avergonzarse en su vida;
-comportarme bien, como amigo de la cruz;
-alejarme de los ídolos del placer, del poder, del dinero;
-liberarme de todo complejo de superioridad;
-transfigurar mi cuerpo para configurarlo con el de Cristo;
-resistir firme junto al Señor, para que los hijos del mal no lleven las de ganar;
-evitar hacerme el listo perjudicando a los otros;
-acallar las mentiras con valor;
-celar por la salvación del mundo y por la causa del Reino;
-administrar los dones con la sencillez de la paloma, pero también con la prudencia de la serpiente.

         Solamente de este modo, la astucia se convierte en sabiduría (pues las letras iniciales forman la palabra scaltrezza, lit. astucia).

Contemplatio

         No temo la pobreza, no codicio las riquezas, no temo la muerte ni deseo vivir, a no ser por vuestro bien ¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? No, porque tengo conmigo la prenda del Señor y su palabra. Ella es mi bastón, mi seguridad y mi puerto tranquilo.

         Aunque todo el mundo esté descompuesto, tengo entre mis manos la Escritura, y leo que me dice: Vosotros sois conciudadanos míos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y una luz más amable que la luz del día. Su rayo me es útil en la vida presente, y vuestra caridad me trenza la corona para la vida futura (cf. San Juan Crisóstomo).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza" (Flp 4,13).

Conclusio

         La dialéctica del humanismo antropocéntrico se ha desarrollado a lo largo de tres siglos.

         En el 1º momento, con la dialéctica humanística, Dios fue convertido en el garante del dominio del hombre sobre la materia. Se trataba de un Dios trascendente, encerrado en su trascendencia y al que se le impedía la intervención en los asuntos humanos. Se había convertido en un Dios decorativo, en el Dios del mundo burgués clásico.

         En el 2º momento, con la filosofía romántica y los grandes metafísicos idealistas, Dios fue convertido en una idea. Se trataba de un Dios inmanente, absorbido en el proceso dialéctico de la idea que se afirma y del mundo que deviene. Este Dios no era más que el límite ideal del desarrollo de la humanidad. Era la justificación del bien y del mal, y hasta de los progresos sociales en la consecución de riquezas y poder.

         En el 3º momento, Feuerbach planteó que Dios (un Dios así concebido) alienaba al hombre de sí mismo. Marx se empeñó en que este Dios no era más que una proyección ideológica de la propiedad privada de los ricos. Nietzsche se embriagó de super-hombre y hasta proclamó la muerte de Dios.

         ¿Cómo podría continuar viviendo Dios en un mundo en el que su imagen (es decir, la personalidad libre y espiritual del hombre) parecía decididamente destinada a desaparecer? Sí, en estos tres siglos Dios fue mostrado como una agonía, una tumba y hasta muerto. En realidad, lo que se autodestruyó fue toda una época, y una civilización que llegó a un punto final. El ateísmo es el término final de la dialéctica interna del humanismo antropocéntrico (cf. Jacques Maritain).

 Act: 07/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A