6 de Noviembre
Viernes XXXI Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 noviembre 2026
Lectio
17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en mí como norma de conducta. 18 Os he advertido esto muchas veces, y ahora también os lo recuerdo, con lágrimas en los ojos: que muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo. 19 Su paradero es la perdición, su dios es el vientre, su orgullo son sus desvergüenzas, y sólo piensan en las cosas de la tierra. 20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor. 21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas. 1 Por tanto, hermanos míos, queridos y añorados, vosotros que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor (Flp 3,17-4,1).
Pablo señala dos caminos posibles a los cristianos de Filipos, y les pide que elijan por sí mismos.
El 1º camino es convertirse en "enemigos de la cruz" (v.18), cuyo "dios es el vientre, su orgullo son sus desvergüenzas, y sólo piensan en las cosas de la tierra" (v.19). Se trata del camino de los que están completamente absorbidos por los intereses terrenos, cuyo "paradero es la perdición" (v.19).
Resulta fácil entrever en esta categoría de personas a ese tipo de cristianos que, a pesar de haberlo recibido todo de Dios, se han olvidado del bautismo y se han perdido en una práctica de vida contraria al evangelio.
El 2º camino es mantenerse fieles a la "regla de vida" que han aprendido. En este caso, Pablo no siente pudor a la hora de ponerse como ejemplo (v.17) a seguir. Eso sí, no tanto por los dones naturales recibidos como por el don de la gracia que le sorprendió en el camino de Damasco y ahora le inunda por dentro y por fuera.
Los fieles de Filipos están invitados, por tanto, a realizar su elección libre. Para ello, deben ser conscientes de los ejemplos que tienen delante, y de la esperanza con la que esperan alimentarse. En el 2º caso, los que se mantengan fieles "tendrán su ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo" (v.20).
Se dibuja aquí la patria celestial, lugar de alegría indefectible y de comunión amistosa. Ésta fue la elección que hizo Pablo, a cambio de cualquier pena que fuese necesario sufrir. Ésta es la dura batalla que cada uno está llamado a librar, en los días de su vida terrena. Ésta es la dinámica del "ya pero todavía no" que caracteriza la experiencia de todo creyente.
En aquel tiempo, 1 Jesús dijo a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien acusaron de malversar sus bienes. 2 Él amo le llamó y le dijo: "¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no seguirás administrando". 3 El administrador se puso a pensar: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo, pedir limosna me da vergüenza. 4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa, cuando me quiten la administración". 5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo. Al primero le dijo: "¿Cuánto debes a mi amo?". 6 Le contestó: "Cien barriles de aceite". Y él le dijo: "Toma tu recibo, siéntate y escribe cincuenta". 7 A otro le dijo: "Y tú, ¿cuánto debes?". Le contestó: "Cien sacos de trigo". A éste le dijo: "Toma tu recibo, y escribe ochenta". 8 Ciertamente, el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Ciertamente, los hijos de este mundo son más sagaces, con su propia gente, que los hijos de la luz (Lc 16,1-8).
Para captar el pensamiento de Jesús a través de esta parábola es preciso tener presente el contexto global del capítulo, cuyo centro vital está constituido por el v. 14, que dice así: "Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús".
Del mismo modo que la 1ª parábola (la de hoy; vv.1-8) enseña el modo correcto de usar los bienes de la tierra, la 2ª parábola (la del rico epulón; vv.19-31) enseña cómo no deben ser usados. En todo caso, la lección tiene como tema la philargyria o amor al dinero.
A 1ª vista, la parábola del administrador infiel podría suscitar cierto asombro e incluso cierto escándalo, precisamente porque Jesús alaba su conducta, a pesar de su actitud astuta, deshonesta y egoísta. Más adelante, Jesús comparará a Dios con un juez que no practica la justicia (Lc 18,1-8), e invitará a los discípulos a ser "astutos como serpientes" (Mt 10,16).
Con todo, no debemos escandalizarnos en absoluto, pues el Señor no nos ofrece como modelo a un estafador o a un pillo; lo que hace. Más bien, Jesús nos recuerda que somos responsables de unos bienes que no nos pertenecen, sino que son dones de Dios y, en consecuencia, hemos de tratarlos con una prudencia y una audacia dignas de los hijos de Dios.
Ciertamente, no es fácil captar la intención de la parábola, pero al final del fragmento se nos ofrecen pistas que nos ponen en el buen camino. Jesús desea que los "hijos de la luz", en su camino terreno, y en su intento de conseguir los verdaderos bienes (los eternos), se muestren más astutos que "los hijos de este mundo" (v.8). La astucia de la que habla Jesús está en función directa del deseo y de la consecución del verdadero bien.
Meditatio
Captamos diferentes estímulos en este fragmento evangélico, con los que Jesús quiere provocar nuestra reflexión y respuesta. Aunque el discurso se haga difícil, y la respuesta bastante comprometedora, el verdadero discípulo de Jesús no puede sustraerse a sus deberes concretos.
En 1º lugar, es preciso mantener la confrontación con los "hijos de este mundo". En el evangelio encontramos muchísimas veces la invitación a ser animosos a la propuesta divina, y también frente a aquellos que no quieren saber nada ni del evangelio ni de la vida cristiana.
En 2º lugar, no basta con la astucia. Se requiere también el coraje, la osadía y la audacia de quien sabe que posee una palabra superior a cualquier otra y puede apoyarse en una promesa que no puede ser retractada.
Del contexto global del capítulo se desprende una 2ª invitación, que concreta el coraje evangélico: a que nuestros verdaderos amigos sean los pobres. Para ello se requiere coraje, para considerarlos como nuestros primeros y más queridos amigos.
Quien considere a estos como tales demuestra ser de verdad astuto según Jesús, aunque no lo sea según la lógica del mundo. Llegados a este punto, ya no queda ninguna incertidumbre sobre la astucia por la que el administrador deshonesto es alabado por su señor.
La luz que se desprende de esta parábola nos llegará a todos, e iluminará nuestro camino, en la medida en que nos dispongamos a invocarla, a acogerla y a caminar por el sendero que abre delante de nosotros.
Oratio
Tú me preguntas, Señor: ¿Por qué andas indeciso? Decir la verdad cuesta sangre, Señor. Descubrir mis mezquindades me expone, Señor. Perder mis seguridades es duro, Señor. Aceptar la desaprobación es doloroso, Señor. Ver bloqueados mis planes me disgusta, Señor. Reconocer mis infidelidades me hace daño, Señor. Mostrar mis debilidades me humilla, Señor. Renunciar a mis razones no lo soporto, Señor.
El precio que hemos de pagar para ser honestos es elevado, pero servir a dos señores me repugna. Señor, ayúdame a ser honesto, ¡cueste lo que cueste!
Contemplatio
Al ver Dios que el temor arruinaba al mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.
Por eso purificó Dios la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador. Por eso llamó a Noé para ser padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo que le instruía sobre el presente y lo consolaba respecto al futuro.
Dios no dio mandamientos a Noé, sino que tan sólo le pidió encerrar en el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración acabase con el temor de la servidumbre. Así se conservaría con el amor común lo que se había salvado con el común esfuerzo.
Por el mismo motivo llamó Dios a Abraham de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo padre de la fe, le acompañó en el camino, le protegió entre los extraños, le otorgó riquezas, le honró con triunfos, se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia de la que ya desesperaba. Todo ello lo hizo para que, rebosante de bienes, y seducido por tamaña dulzura de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo con amor y no con temor.
Por eso también consoló Dios en sueños a Jacob en su huida, y a su regreso le incitó a combatir, y lo retuvo con el abrazo del luchador. Lo hizo para que amase al Padre de aquel combate, y no le temiese. Por ese mismo motivo interpeló también a Moisés en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad y le invitó a ser el liberador de su pueblo.
La llama del amor divino prendió en los corazones humanos, y toda la ebriedad del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos, y los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con sus ojos carnales.
No obstante, la angosta mirada humana, ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida, no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad.
El amor es capaz de matar al amante, si no puede alcanzar lo deseado. El amor va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir. El amor engendra el deseo, se crece con el ardor, tiende a lo inalcanzable. El amor no puede quedarse sin ver lo que ama, y por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos si no iban a poder ver a Dios.
Moisés se atrevió a decir: "Si he obtenido tu favor, enséñame tu gloria". Y otro profeta dijo también: "Déjame ver tu figura". Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban en medio de sus errores (cf. San Pedro Crisólogo, Homilías, CXLVII).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Nosotros tenemos nuestra ciudadanía en los cielos" (Flp 3,20).
Conclusio
Por sangre y origen soy albanesa. Tengo la ciudadanía india, y soy una monja católica. Por vocación pertenezco al mundo, y en el corazón pertenezco por completo al corazón de Jesús.
Me he visto obligada a padecer la celebridad, y por esta causa me veo obligada a sacrificarme y purificarme, no sea que pierda el entrenamiento para el cielo. Cuando hablan de mí, los periódicos y las televisiones hablan de los pobres, y de este modo despiertan la atención sobre los pobres. Por eso vale la pena soportar este peso.
Nuestra gente apenas consigue mantenerse en pie. Están hambrientos, enfermos, desnudos, y ni siquiera son capaces de sostener la caña de pescar. Lo que yo hago es darles un pescado para comer, hasta que estén lo suficientemente fuertes. Entonces los entregaré a vosotros, vosotros les entregaréis la caña y ellos aprenderán a pescar.
Lo que hacemos representa menos que una gota en el océano, pero sin esa gota le faltaría algo al océano. Nosotras somos un lápiz de Dios, donde él escribe lo que quiere (cf. Santa Teresa de Calcuta).
Act:
06/11/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A