27 de Octubre
Martes XXX Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 octubre 2026
Lectio
Hermanos, 21 guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo. 22 Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor; 23 pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza del cuerpo de la Iglesia. 24 Como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos. 25 Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella 26 para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra. 27 Así preparó él una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, una Iglesia santa e inmaculada. 28 Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, 29 pues nadie odia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Esto es lo que hace Cristo con su Iglesia, 30 que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros. 31 Por eso "dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos uno solo". 32 Gran misterio es éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia. 33 En resumen, que cada uno ame a su mujer como se ama a sí mismo, y que la mujer respete al marido (Ef 5,21-33).
Después de haber hablado de una manera difusa sobre la vida nueva de los bautizados (Ef 4,17-5,20), Pablo concentra ahora la atención en las relaciones íntimas de la familia (Ef 5,21-6,9). El v. 21 nos ofrece la clave de lectura de toda la sección, y nos viene a decir que el cristiano, unido a Cristo por el bautismo, imprime el servicio y la obediencia a todas sus relaciones con los demás.
Pablo considera la relación marido-mujer, bajo una doble comparación. Como Cristo ama a la Iglesia, y se entrega a sí mismo por ella, y le dispensa todas las atenciones, así ha de hacer el marido con su mujer (v.25). Como la Iglesia responde al amor de Cristo con la obediencia y la sumisión, así debe hacer la mujer respecto al marido (vv.22-24). El amor de Cristo a la Iglesia ha de ser, por tanto, el modelo de la unión conyugal. Éste es el gran misterio que anuncia el apóstol (v.32).
Las alusiones bautismales (consagración, purificación, palabra; v.26) motivan e iluminan las exhortaciones. En el bautismo ha mostrado Cristo su amor a la Iglesia, haciéndola pura, espléndida y digna de ser su esposa. Nada puede ocultar su belleza o servir de pretexto para el repudio, pues él la garantiza (vv.26-27).
La exhortación a amar a la esposa, dirigida al marido, está reforzada con el ejemplo del cuerpo (v.28). La mujer es parte del cuerpo del hombre, dado que el vínculo matrimonial hace "de dos uno solo", así como la Iglesia forma parte del único cuerpo de Cristo. Alimentar y cuidar expresan las acciones propias del amor que tutela la vida (vv.29-31).
La insistencia en la sumisión recomendada a la mujer (vv.22.24.33) tiene que ser comprendida en el contexto de la sociedad bíblica (Ex 20,17) y no de la época, pues en la sociedad romana el hombre no tenía supremacía sobre la mujer, y la mujer no era propiedad del marido sino que gozaba de autonomía (económica, familiar...).
Con el paralelismo entre marido-mujer y Cristo-Iglesia, la sumisión de la mujer al marido asume tonos absolutamente nuevos, que superan al AT. En efecto, la sumisión al marido (a quien se exhorta repetidamente a que ame a su mujer) supone una respuesta al amor ofrecido, más que el de una pasiva sumisión veterotestamentaria.
En aquel tiempo, 18 Jesús añadió: "¿A qué se parece el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé? 19 Es como un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto. Creció, se convirtió en árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas". 20 De nuevo les dijo: "¿Con qué compararé el reino de Dios? 21 Es como la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta" (Lc 13,18-21).
Jesús, al curar en sábado a la mujer encorvada (Lc 13,10-17), se había manifestado como Señor del tiempo y el hoy de la salvación, mostrando que el reino de Dios está ya presente entre los hombres (Lc 17,21).
Las parábolas que siguen, y componen el fragmento litúrgico de hoy, ilustran dos características peculiares del reino de Dios: su gran expansión y su fuerza transformadora.
Entre las parábolas que cubren el viaje de Jesús hacia Jerusalén, según la selección lucana, sólo las dos parábolas de hoy se refieren directamente al reino de Dios.
Ambas parábolas ponen de manifiesto la gran expansión del reino de Dios en el mundo, fruto de la obra evangelizadora de los discípulos, obedientes al mandato recibido del Maestro (Lc 24,45-49). Los modestos comienzos que caracterizan el ministerio de Jesús tienen, por tanto, un gran desarrollo.
La difusión de la palabra de Dios, que resuena en todo el mundo, y de la que todos reciben vida, es comparable al árbol cósmico de Dn 4,7-9, cuya imagen recuerda el crecimiento del arbusto de la mostaza (vv.18-19).
La otra característica del reino de Dios es su fuerza intrínseca, que obra un desarrollo cualitativo del mundo. Así como la levadura, escondida en la masa inerte de harina, provoca su crecimiento, así el reino de Dios, mediante la evangelización animada por el poder del Espíritu Santo, transforma todo el mundo, sin ninguna discriminación.
Meditatio
El amor entre el hombre y la mujer, recuperación de la imagen y semejanza plena del ser humano con Dios, constituye la expresión más elevada y significativa de la existencia humana. Sin embargo, ha sido enormemente envilecido, incluso entre los cristianos, reduciéndolo a una necesidad psico-biológica.
Dios, al hacerse hombre, ha dado un valor divino a las realidades humanas. Comprender y experimentar la libertad y la plenitud de vida que brotan del vivir la relación entre los esposos, considerando la que hay entre Cristo y la Iglesia (que somos todos nosotros, como un ejemplo y un punto de atracción), es ya dilatar el reino de Dios en este mundo.
¿Nos daremos cuenta algún día de que no hay asuntos privados en los que cada chispa de amor no sea convertida por el Espíritu de Dios en alimento para tantos hambrientos de bien, de afecto y de calor humano?
Dios continúa obrando a lo grande a través de nuestra pequeñez; continúa revelando su misterio infinito a través de nuestro limitado orden cotidiano. ¿Aceptaremos, por fin, tomarnos en serio nuestra vida humana?
Contemplatio
El hombre del cual leemos "nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre" (Jn 3,13) fue ese hombre que dejó padre y madre (es decir, dejó a Dios, de quien había sido engendrado) y patria (es decir, Jerusalén, que es madre de todos nosotros), y se unió a la carne del hombre como a su esposa.
Con la Iglesia, Cristo se hizo "uno solo", de manera que la gloria de la divinidad y la carne del hombre se unen y se configuran, las dos (Dios y el alma) en una sola carne. Éste es el gran misterio, a cuyo conocimiento nos invita el apóstol. Este es un misterio que, sin duda, no es extraño a cuanto debe entenderse respecto a Cristo y a la Iglesia.
La carne de la Iglesia es la carne de Cristo, y en la carne de Cristo está Dios y el alma, y en Cristo está la misma realidad que hay en la Iglesia. Éste es el misterio que creemos, presente en la carne de Cristo e igualmente contenido en la Iglesia (cf. Juan Casiano, Encarnación del Señor, Roma 1991, p. 207).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo" (Ef 5,21).
Conclusio
El matrimonio es una realidad espiritual y no carnal. Dicho de otro modo, un hombre y una mujer se ponen a vivir juntos para toda la vida porque experimentan un profundo amor y creen que Dios les ha puesto el uno al otro para ser testigos vivos de su amor divino.
Amar significa encarnar el amor infinito de Dios en una comunión matrimonial fiel. Todas las relaciones familiares, ya sean entre padres e hijos, entre marido y mujer, han de ser entendidas como signos del amor de Dios por la humanidad (en su conjunto) y por cada uno de ellos (en particular).
Este es un punto de vista bastante poco común, pero es el punto de vista de Jesús. Éste, en efecto, nos revela que hemos sido llamados por Dios a ser testigos vivos de su amor, y llegamos a serlo cuando nos amamos unos a otros como nos amó Jesús.
El matrimonio es un testimonio vivo y espiritual del amor fiel de Dios. Cuando dos personas se comprometen a vivir juntas de por vida, viene a la existencia una nueva realidad: que "se convierten los dos en uno solo". Aquí es donde radica la sacralidad del matrimonio, y su gran capacidad creacional.
Dios llama al hombre y a la mujer a ser dos manos unidas en un mismo acto de oración. Las puntas de los dedos se tocan, pero las manos pueden crear un espacio parecido a una pequeña tienda. Ese espacio es el espacio creado Dios en la humanidad, a través del amor conyugal.
El matrimonio crea así un nuevo espacio en la humanidad, que es espiritual y no carnal. En este espacio es posible demostrar al mundo que Dios no es alguien extraño, sino un padre y un amigo fiel (cf. Nouwen, H; Vivir en el Espíritu, Brescia 1998, pp. 124-129).
Act:
27/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A