17 de Agosto

Lunes XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 agosto 2026

Lectio

16 Recibí esta palabra del Señor: "Hijo de hombre, voy a quitarte de repente a la que hace tus delicias, pero tú no te lamentes, no llores ni viertas lágrimas. 17 Suspira en silencio, pero no hagas luto. Ponte el turbante en la cabeza y cálzate las sandalias, pero no te tapes la barba ni comas lo que te ofrezcan tus vecinos el día del luto". 18 Yo había hablado al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi esposa. Al día siguiente hice lo que se me había mandado. 19 El pueblo me dijo: "Explícanos qué significa para nosotros lo que estás haciendo". 21 Yo les respondí: "El Señor va a profanar su santuario, vuestro orgullo, vuestra fuerza, la delicia de vuestros ojos y el amor de vuestra vida. Los hijos e hijas que dejasteis en Jerusalén caerán a espada. 22 Entonces haréis como he hecho yo. No os taparéis la barba, ni comeréis lo que os ofrezcan vuestros vecinos en día de luto. 23 Llevaréis el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies, pero no os lamentaréis ni lloraréis, sino que os consumiréis a causa de vuestras maldades y gemiréis unos con otros. 24 Cuando esto suceda, haréis lo que yo he hecho y sabréis quién es el Señor" (Ez 24,16-19.21-24).

         Con el cap. 24 se cierra la 1ª parte del libro de Ezequiel y también la 1ª parte de la actividad del profeta. Ezequiel, sacerdote, llevado a Babilonia en la 1ª deportación judía, fue llamado por Dios para desarrollar su ministerio en la tierra del exilio. Antes que esto sucediera, y durante 6 años, Ezequiel anunció en la propia Jerusalén un juicio inminente. En efecto, el asedio a Jerusalén estaba ya a las puertas.

         Ezequiel recibe la revelación de la fecha exacta del asedio, y la orden de anunciar el acontecimiento no sólo con palabras sino con su propia experiencia personal. Se trata de una experiencia dolorosa, pues le es arrebatada la persona a quien más quiere (su mujer, "la que hace tus delicias"; v.16) y recibe la orden de no manifestar ningún signo de duelo (v.16). Este extraño comportamiento suscita la curiosidad de la gente (v.19), y será el resorte que hace desencadenar la profecía.

         Lo que le ha sucedido a Ezequiel debe ser una señal para los israelitas. Ha llegado la hora más trágica de su historia. La amada Jerusalén caerá en manos de los babilonios, y los que se queden en la patria morirán. La catástrofe será tan fuerte y tan imprevista que no tendrán ni la fuerza ni el tiempo necesario para hacer luto, y sólo podrán gemir en silencio (v.22).

         En vez de derramar lágrimas de desesperación, y manifestar su dolor al exterior, los judíos harán mejor en entrar en la intimidad de su alma para reconocer lo que ha causado tanto mal: el haber olvidado a su Dios, que los ama como un esposo a su esposa. De este modo conseguirán arrepentirse sinceramente, reanimar su esperanza y volver a ponerse en el camino recto.

         Reaccionar ante el dolor con llantos y lamentos es algo instintivo, pero las lágrimas no lo son todo y por sí solas no cambian nada. Al menos, no sirven para hacer eficaz el potencial salvífico y sapiencial encerrado en el misterio del dolor. En el camino hacia el Calvario, y cargado con la cruz, Jesús dirá a las mujeres que derramaban lágrimas por él: "Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos" (Lc 23,28).

En aquel tiempo 16 se acercó uno a Jesús y le preguntó: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?". 17 Jesús le contestó: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos". 18 Él le preguntó: "¿Cuáles?". Jesús contestó: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, 19 honrarás a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo". 20 El joven le dijo: "Todo eso ya lo he cumplido. ¿Qué me falta aún?". 21 Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme". 22 Al oír esto, el joven se fue muy triste, porque poseía muchos bienes (Mt 19,16-22).

         Todos y cada uno deseamos la vida y la felicidad eternas, y cada uno de nosotros pregunta qué debe hacer para obtenerla. Así le preguntaban a Juan Bautista sus oyentes, movidos por su predicación (Lc 3,10), y así le preguntaba la gente a Pedro después del sermón del día de Pentecostés (Hch 2,37).

         En el texto presente, quien plantea la pregunta a Jesús es un joven que anda a la búsqueda, un joven que quiere hacer algo para conseguir la vida eterna, que quiere pasar a la acción su deseo profundo. Jesús se complace de la buena voluntad, y le guía de manera gradual.

         Con la contra-pregunta: ("¿por qué me preguntas acerca de lo bueno?") y la afirmación ("uno sólo es bueno"; v.17), Jesús recuerda el hecho de que la búsqueda de la vida eterna es la búsqueda de Alguien. Lo bueno no es un principio ético abstracto, sino Alguien. Tras esta premisa, le indica el camino según la doctrina tradicional: observar los mandamientos, que son expresiones explícitas de la voluntad divina.

         El joven no se contenta con algo que le parece bastante obvio, y piensa que todo eso ya lo ha cumplido (v.20). Busca algo más, que vaya más allá de lo ya conocido y practicado. Entonces Jesús le hace la propuesta: "Si quieres ser perfecto..." (v.21).

         Jesús aprecia el esfuerzo encaminado a ir más allá. Él mismo, en el Sermón de la Montaña, exhorta a no contentarse con el mínimo indispensable, sino a apuntar a lo máximo posible: "Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48). Ahora pone a este joven en el camino justo, y le da unas sugerencias muy concretas: dar todo a los pobres y seguir a Jesús.

         Los bienes, mientras no sean compartidos con los hermanos, alejan al hombre del bien sumo que es Dios, porque "donde está tu tesoro, allí está también tu corazón" (Mt 6,21). Para iniciar el seguimiento de Cristo es necesario tener el corazón en el lugar adecuado. Por desgracia, no es el caso de este joven que, aunque dotado de buenas intenciones, no consigue despegar. Para él, sus bienes son todavía sus "muchos bienes" (v.22). Como es obvio, al final "se fue muy triste" (v.22).

Meditatio

         A los judíos exiliados en Babilonia (s. VI a.C) se les brinda la ocasión de reconocer el verdadero rostro de Dios en el dolor que va más allá de las lágrimas ("cuando esto suceda, sabréis que yo soy el Señor"). El joven rico, en cambio, por propia iniciativa y repleto de celo juvenil, busca el camino para obtener la vida eterna, pide consejo sobre lo que es bueno y trata de hacer lo que sea para alcanzarlo.

         Tenemos aquí dos modalidades de trascendencia, de ir más allá de uno mismo.

         La 1ª modalidad es el camino del descenso hacia abajo. Cuando el hombre toca el fondo de su miseria, o cuando experimenta su extrema impotencia, se encuentra ante un momento de gracia que se le invita a descubrir la presencia misteriosa del Dios que lo sostiene. Como dijo Juan Pablo II, "el sufrimiento parece decirle al hombre que está destinado a superarse a sí mismo" (Salvifici Doloris, 2).

         La 2ª modalidad es un impulso hacia lo alto. El hombre descubre que puede más, que debe ir más allá de lo que es necesario y se le exige. En ese caso, Dios lo anima y lo impulsa a dar el salto. La vida del hombre es una trama de altos y bajos, de impulsos y caídas, de entusiasmos y depresiones, pero Dios está siempre dispuesto a salirle al encuentro en cualquier punto del camino, como recuerda el salmo: "Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro" (Sal 139,7).

Oratio

         Señor, tus criaturas menos inteligentes nunca tienen necesidad de preguntarte "¿qué debemos hacer?". Las flores se abren espontáneamente a la llegada de la primavera, las estrellas aparecen en el cielo cuando desciende la noche, los pájaros emigran en cuanto empieza a hacer frío. Todos obedecen en silencio tu palabra, y ninguno te pregunta: ¿Quieres explicarnos la razón de lo que haces? Les basta con gozar, admirar y alabar.

         Sólo nosotros, los seres humanos, la más noble entre todas tus criaturas, te bombardeamos a preguntas y te cansamos con nuestros ¿qué?, ¿cómo? o ¿por qué? No aprendemos nunca a conocer tu voluntad por intuición tácita ni sintonía de corazón. Es más, tras haber obtenido tu respuesta, nos vamos tristes. Tras haber sabido lo que debemos hacer, nos damos cuenta que en el fondo no queremos hacerlo. Señor, ten paciencia con nosotros.

Contemplatio

         "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno". ¿Qué es lo que impulsa a Jesús a dar esta respuesta al joven, y qué ventaja espera obtener de ella? En primer lugar, Jesús quiere elevar gradualmente su alma, enseñarle a huir de toda adulación, levantarlo de la tierra y acercarlo a Dios.

         Jesús quiere persuadirle a buscar los bienes futuros, a desear el conocimiento de Aquel que es verdaderamente bueno y constituye la raíz y la fuente de todos los bienes, a fin de que dé a Dios la gloria que le es debida. En cuanto a vosotros, "no llaméis a nadie maestro en la tierra", dice Jesús para enseñarnos a distinguir entre él y los demás, y a reconocer quién es el principio y el origen de todos los seres.

         Este joven demuestra un fervor insólito para aquel tiempo. Todos los que se acercan a Cristo lo hacen para tentarle o para obtener de él alguna curación. Este joven, en cambio, se acerca a Jesús para preguntarle sobre la vida eterna.

         Con todo, este joven se parece a una tierra feraz donde hay una gran cantidad de zarzas que sofocan la simiente, y eso que se declara presto a obedecer los mandamientos de Cristo, al preguntar: "¿Qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?" (cf. San Juan Crisóstomo, Comentario de Mateo, vol. III, Roma 1967, p. 70).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "No acumuléis tesoros en esta tierra, sino en el cielo" (Mt 6,19).

Conclusio

         El joven del evangelio esperaba entablar una conversación sobre los problemas eternos que implicase pocos compromisos. Esperaba que Jesús le ofreciese una solución a su conflicto ético. Pero Jesús no se preocupa de su problema, sino de él mismo, y lo desenmascara.

         La única respuesta a la preocupación suscitada por el conflicto ético es el mandamiento de Dios, que implica la exigencia de no seguir discutiendo y obedecer por fin. Sólo el diablo ofrece una solución al conflicto ético, según esta receta: tú continúa preguntando, y no te verás obligado a obedecer.

         Jesús no se fija en el problema del joven, sino en él mismo. No toma en serio el conflicto ético que el joven se toma tan en serio, y lo único que le interesa es que el joven termine escuchando el mandamiento y obedeciendo.

         Donde el conflicto ético quiere ser tomado en serio, éste atormenta y esclaviza al hombre, no dejándole llegar al acto de obediencia que le tranquilizaría. Aquí es donde se revela toda su impiedad, y donde conviene desenmascararlo por desobediente.

         Sólo es serio el acto de obediencia que pone fin al conflicto y lo destruye, el que nos deja libres para llegar a ser hijos de Dios. Este es el diagnóstico divino que Jesús da al joven (cf. Bonhoeffer, D; El Precio de la Gracia, Salamanca 1999, p. 39).

 Act: 17/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A