19 de Agosto
Miércoles XX Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 agosto 2026
Lectio
2 Recibí esta palabra del Señor: "Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel y diles: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No es el rebaño lo que debéis apacentar? 3 En cambio, vosotros os bebéis su leche, os vestís con su lana, matáis las ovejas gordas y no apacentáis el rebaño. 4 No habéis robustecido a las flacas, ni curado a las enfermas, ni habéis vendado a las heridas, ni habéis reunido a las descarriadas, ni buscado a las perdidas, sino que las habéis tratado con crueldad y violencia. 5 Así, a falta de pastor, las ovejas andan dispersas y a merced de las fieras salvajes. 6 Mi rebaño anda errante por montes y colinas, y mis ovejas están dispersas por todo el país sin que nadie las busque ni las cuide. 7 Por eso, pastores, escuchad mi palabra. 8 Por falta de pastor, mis ovejas han sido expuestas al pillaje, y han quedado a merced de las fieras. Vosotros no os habéis preocupado de mi rebaño, sino que os habéis apacentado a vosotros mismos, en lugar de apacentar mi rebaño. 9 Pues bien, pastores, oíd mi palabra. 10 Aquí estoy yo para reclamar mis ovejas. No os dejaré apacentar nunca más a mis ovejas, y así no podréis apacentaros más a vosotros mismos. Os arrebataré mis ovejas de vuestra boca, para que no os sirvan de alimento. 11 Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré (Ez 34,2-11).
Ezequiel había actuado hasta ahora como anunciador del juicio inminente antes de la Caída de Jerusalén. A continuación, cuando ya había tenido lugar este juicio, el profeta asume la tarea de volver a encender la esperanza en el pueblo, exhortándolo a la confianza y a una fidelidad plena hacia Dios.
El pasaje que hemos leído hoy se inserta en esta nueva perspectiva. El oráculo encuentra su cima en la última frase: "Yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré" (v.11). Éste es el mensaje de esperanza.
El rebaño estuvo sometido en el pasado a malos pastores, pues los últimos gobernantes de Israel (reyes, sacerdotes, ancianos) no fueron fieles a la tarea que les había sido confiada. Su culpa fundamental fue el abuso de poder, la explotación del pueblo y la búsqueda del propio interés.
En la condena se repite una y otra vez la misma acusación: "Se han apacentado a sí mismos". Sobre todo, cuando deberían haberse ofrecido a sí mismos al servicio del rebaño, y haber defendido a las ovejas de las fieras, y guiarlas a buenos pastos, e ir en busca de las perdidas y preocuparse de las más débiles (vv.3-8). La reciente tragedia de Israel se debe en gran parte a estos malos pastores. Ahora, el Señor les pedirá cuentas de los daños causados, y les quitará el poder sobre su pueblo.
La buena noticia para Israel no es tanto la eliminación de los gobernantes irresponsables como la promesa de que el Señor mismo se ocupará de su pueblo. Se trata de la promesa de la restauración y del retorno, la promesa de una nueva era. La imagen del Dios pastor era ya muy familiar en la tradición de Israel, y tras este pasaje mucho más.
Los oyentes de Ezequiel sabían bien lo que significaba tener a Dios mismo como pastor, y el mismo Salmo 23 había descrito sus rasgos con una gran belleza. Posteriormente, la imagen del pastor es enriquecida en el NT, al aplicársela Jesús a sí mismo y decir: "Yo soy el buen pastor, que da la vida por las ovejas" (Jn 10,11).
En aquel tiempo, 1 Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: Se parece el reino de los cielos al dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. 2 Después de contratar a los obreros por un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo 4 y les dijo: "Id también vosotros a la viña, y os daré lo que sea justo". 5 Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía, y a primera hora de la tarde, e hizo lo mismo. 6 Salió también a media tarde, encontró a otros que estaban sin trabajo y les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?". 7 Le contestaron: "Porque nadie nos ha contratado". Él les dijo: "Id también vosotros a la viña". 8 Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos y hasta los primeros". 9 Vinieron los de media tarde, y cobraron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros, pensaban que cobrarían más, pero también ellos cobraron un denario cada uno. 11 Al recibirlo, se quejaron del dueño, 12 diciendo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor". 13 Él respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero dar a este último lo mismo que a ti, 15 ¿no puedo hacer yo lo que quiera con lo mío? ¿O es que tienes tú envidia, porque yo soy bueno?". 16 Así, muchos últimos serán primeros, y los primeros últimos (Mt 20,1-16).
Hay muchas líneas que conectan el pasaje de hoy con los de días precedentes. La Parábola de los Trabajadores de la Viña, que concluye diciendo que "los últimos serán primeros, y los primeros, últimos" (v.16), recuerda la frase final del evangelio de ayer: "Hay muchos primeros que serán últimos, y muchos últimos que serán primeros". Jesús había dicho al joven rico que "uno sólo es bueno", y la frase final del dueño ante un obrero de la 1ª hora suena de este modo: "Yo soy bueno" (v.20).
Esta parábola, contada de una manera vivaz, constituye una llamada dirigida no sólo al pueblo de Israel, llamado en 1º lugar, para que goce de la liberalidad del Señor (hacia los últimos, ya sean los paganos del s. I o los lectores que se conviertan en el futuro) y de los criterios de Dios (liberándose de la mezquindad de mente y de corazón, de las comparaciones y de los fáciles refunfuños de la cerrazón egoísta).
Debemos invertir nuestros modos de pensar y de obrar. Dios hace entrar en su Reino a unos y otros, no tiene preferencias y dispensa gratuitamente sus dones, y no sobre la base de los méritos precedentemente adquiridos. Ya en el libro de Isaías dice Dios de manera explícita: "Mis planes no son como vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos. Cuanto dista el cielo de la tierra, así mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes" (Is 55,8-9).
Si al joven rico que ha observado desde siempre la ley le pide Jesús que dé un salto cualitativo, aquí pide a todos que se desembaracen de sus propias justicias (basadas en cálculos exactos) y gocen de la inmensa bondad de Dios y de su gracia sobreabundante. Dios dialoga en los dilatados espacios del amor, y no en los estrechos límites del derecho o de la contabilidad.
El amor no contradice la justicia, sino que extiende sus límites, como recuerda San Pablo al decir: "Dios tiene poder sobre todas las cosas, y es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos" (Ef 3,20). Nuestro Dios es un Dios de corazón grande, y debe ser acogido con un corazón grande.
Meditatio
Los malos pastores se "apacientan a sí mismos". ¿Puede haber egoísmo y búsqueda de sí mismo más grande, ejerciendo los ministerios tan sagrados? Por lo visto sí, ya que el mismo Pablo ponía en guardia contra este peligro al decir: "No nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, y no somos más que servidores vuestros por amor a Jesús" (2Cor 4,5), y: "No me interesan vuestras cosas, sino sólo vosotros, y por ello me gastaré y me desgastaré" (2Cor 12,14-15).
El buen pastor se da a sí mismo, y todo lo que tiene, con una generosidad semejante al dueño magnánimo del evangelio. Dios es grande, su amor rebasa la justicia y sus dones sobreabundan siempre. Constatamos esta característica en cada página del evangelio, en los milagros realizados por Jesús y en todos los hechos que llevan el sello de su gratuidad y sobreabundancia.
En Caná, el agua transformada en vino (600 litros de vino, en total), iba más allá de toda mesura necesaria. En el monte, Jesús multiplica los panes para saciar a la muchedumbre de una manera sobreabundante (de suerte que sobran 12 canastos). En el milagro de la pesca habría bastado con unos pocos peces para los 12 apóstoles, pero fueron 153 los peces que recogieron (a 12 peces por apóstol, más otros 9). A este Dios de gran corazón debemos acogerlo con un corazón grande, y anunciarlo con grandeza de corazón.
Oratio
Señor, danos un corazón grande y abierto al infinito, dispuesto a ser invadido por tu amor. Danos un corazón cuya anchura, longitud, altura y profundidad no conseguimos ni siquiera imaginar (Ef 3,18).
Danos un corazón grande, Señor, capaz de descubrir tu grandeza en todo lo que has creado, capaz de encontrar belleza y sabor en todo, capaz de sentir estupor, alabanza y agradecimiento. Danos un corazón grande donde encuentren sitio las alegrías y los dolores de todos nuestros hermanos y hermanas, próximos y lejanos.
Danos un corazón que pueda abarcar la historia, Señor, y que sepa guardar los acontecimientos en la meditación, como hacía María (Lc 2,19). Danos un corazón grande en el que tú puedas encontrar cómodamente una morada, tú que eres un Dios grande y generoso.
Contemplatio
La vida eterna y el reino de Dios son, en cierto sentido, lo que llamamos cielo por analogía. En el cielo están todas las estrellas, y en el reino de Dios estarán todos los fieles buenos. La vida eterna es igualmente eterna para todos, y no habrá en ella uno que viva más y otro que viva menos, dado que todos viviremos lo mismo.
Esto es como el denario que los obreros reciben como recompensa, tanto los que trabajan desde la mañana en la viña como los que llegaron a la undécima hora (Mt 20,9). Ese denario representa la vida eterna, que es igual para todos. Y si no, observemos el cielo y recordemos lo que dice el apóstol: "Una cosa es el esplendor del sol, y otro el de la luna y las estrellas" (1Cor 15,40-42).
Por tanto, que cada uno, hermanos míos, se comprometa en la lucha. Que lo haga durante este tiempo y según el don que haya recibido, para gozar en el futuro (cf. San Agustín, Homilías, CCCXLIII, 4).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Que el Padre nos conceda poder conocer la esperanza a la que hemos sido llamados" (Ef 1,17).
Conclusio
La Parábola de los Trabajadores de la Viña no cita a ninguna mujer, pues el mundo agrícola que en ella se describe (de manera sucinta) se presenta sin mujeres. Están los jornaleros, el administrador y el dueño de la viña. Sólo hombres, en suma, aunque tampoco están todos los hombres.
La parábola habla de un propietario que hace primeros a los últimos, y entre éstos deberíamos incluir a las mujeres, extranjeros, niños, enfermos, ancianos... que permanecen invisibles. El relato quiere animar también a los que fueron contratados al alba a romper con una concepción jerárquica del trabajo, y esto en nombre de la solidaridad.
Ésta es la invitación a comprender y a dejarse implicar en el obrar de Dios, que trabaja por la justicia a partir de los más pequeños, pues "a quien es como los niños pertenece el reino de Dios" (cf. Schottroff, L; "Die Letzten werden die Ersten sein", en Schmidt, E. R; Feministisch Gelesen, Stuttgart 1988, p. 163).
Act:
19/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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