21 de Agosto

Viernes XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 agosto 2026

Lectio

1 El Señor me invadió con su fuerza, y su espíritu me llevó y me dejó en medio de un valle que estaba lleno de huesos. 2 Me hizo caminar entre ellos en todas direcciones. Había muchísimos en el valle, y estaban completamente secos. 3 Y me dijo: "Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?". Yo le respondí: "Señor, tú lo sabes". 4 Y me dijo: "Profetiza sobre estos huesos y diles: ¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! 5 Así dice el Señor a estos huesos: Os voy a infundir espíritu para que viváis. 6 Os recubriré de tendones, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor". 7 Yo profeticé como me había mandado el Señor. Mientras hablaba, se oyó un estruendo, la tierra se estremeció y los huesos se unieron entre sí. 8 Miré y vi cómo sobre ellos aparecían los tendones, crecía la carne y se cubrían de piel, pero no tenían espíritu. 9 Entonces él me dijo: "Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan". 10 Yo profeticé como el Señor me había mandado, y el espíritu penetró en los huesos, que revivieron y se pusieron en pie. Era una inmensa muchedumbre. 11 Y me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel, que andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, estamos perdidos. 12 Por eso, profetiza y diles: Esto dice el Señor: Yo abriré vuestras tumbas, os sacaré de ellas, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. 13 Cuando abra vuestras tumbas, y os saque de ellas, sabréis que yo soy el Señor. 14 Infundiré en vosotros mi espíritu, y viviréis. Os estableceré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago" (Ez 37,1-14).

         El fragmento bíblico de hoy está compuesto por 2 partes: una visión (vv.1-10) y su explicación (vv.11-14). El profeta Ezequiel es trasladado a un valle, probablemente el situado en la región de Quebar (Babilonia), donde vivían los israelitas exiliados.

         El espectáculo que se despliega ante los ojos de Ezequiel es sumamente desolador: un enorme montón de huesos secos y resquebrajados (v.2). A la pregunta del Señor, sobre si podrían revivir aquellos huesos, Ezequiel da una respuesta discreta y llena de confianza: "Señor, tú lo sabes" (v.3). Dios lo puede todo, todo depende de su voluntad.

         El Señor ordena a Ezequiel profetizar sobre los huesos. Los restos de seres humanos deben oír ahora la palabra divina y saber que él es el Señor (v.4). El vocabulario usado por el Señor es muy concreto y rebosa vitalidad, como se ve en las expresiones "infundiré en vosotros mi espíritu", "el espíritu penetró en ellos", "aparecieron los tendones", "crecía la carne" y "se cubrieron de piel".

         La palabra de Dios se hace inmediatamente realidad, como en la creación. Los huesos se ponen de inmediato en movimiento (produciendo un gran estruendo), se recomponen, se revisten de tendones y de piel, recobran vida, se ponen en pie y se convierten en una inmensa multitud.

         Viene después la explicación de Ezequiel (que dice que es el Señor quien le da la explicación). Según dicha explicación, los huesos son los exiliados, privados de vida y de esperanza (v.11). El Señor los llama con ternura "pueblo mío" y, frente a su desconfianza, les asegura que llevará a cabo el prodigio de su restauración.

         A la imagen de los huesos vueltos a la vida se añaden otras para reforzar aún más el poder del Dios de la vida: "Yo abriré vuestras tumbas, y os sacaré de ellas" (vv.12-13). Hasta en las situaciones de muerte más desesperadas, el Señor puede hacer nacer una nueva vida.

         Dios "no es un Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12,37), y "nada es imposible para Dios" (Le 1,37). Al final, es el Señor mismo quien da la respuesta a la pregunta planteada al profeta: "¿Podrán revivir estos huesos?" (v.3). Sí, "yo lo digo y lo hago" (v.14).

34 Cuando los fariseos oyeron que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron. 35 Uno de ellos, experto en la ley, 36 le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?". 37 Jesús le contestó: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el primer mandamiento, y el más importante. 39 El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. 40 En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas" (Mt 22,34-40).

         En la sección polémica de los cap. 21 y 22 de Mateo, los adversarios plantean a Jesús una serie de cuestiones, como las relativas al tributo al césar (Mt 22,15-22) o sobre la resurrección de los muertos (Mt 22,23-33), todas ellas temas temas candentes de la época.

         En el caso presente, nos encontramos con una 3ª disputa. Tras los saduceos, ricos y poderosos, entran en escena los fariseos, doctos y observantes. La cuestión tiene que ver con el mandamiento más importante de la ley. El fondo de la cuestión es complejo, y la motivación poco recta, pues interrogan a Jesús "para ponerlo a prueba" (v.35).

         Los fariseos habían hecho derivar en 613 preceptos las prescripciones de la Torah. De ellos, 365 eran prohibiciones, y 248 eran observancias. Frente a esta gran cantidad de prescripciones, tiene sentido querer saber cuál es el "mandamiento más importante" (v.36).

         Jesús no se sitúa en la lógica de una jerarquía de mandamientos. Más bien, recuerda la esencia de la ley, orienta la atención hacia el principio que la inspira y alude a la disposición interior a observarla. La respuesta de Jesús es clara y precisa: que la fuente y el cumplimiento de la ley es el amor en su doble movimiento: hacia Dios y hacia el prójimo (v.37).

         Al hablar del amor a Dios, Jesús hace referencia a la Torah (Dt 6,5), donde se subraya la totalidad, la intensidad y la autenticidad del amor. Es decir, "con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Ahora bien, junto al amor de Dios, y a su mismo nivel, pone Jesús el amor al prójimo. Son dos dimensiones inseparables.

         Sólo quien ama a Dios con todo su ser es consciente de ser amado por él, sabe amarse a sí mismo y sabe amar a su prójimo. Es decir, a toda persona que vive cerca de él, a todo alter ego, como alguien amado por el mismo Dios. Aquí se encuentra la síntesis de "toda la ley y los profetas", el núcleo esencial de la revelación y la voluntad de Dios para todos sus hijos.

Meditatio

         La esencia de la vida cristiana consiste en el amor a Dios y al prójimo. Ésta es una verdad que se enseña desde la 1ª catequesis eclesial, y es una verdad indiscutible, invulnerable, invariable y universal. En teoría, todos la conocemos bien, mas no siempre es para todos una verdad apropiada. Esto es, una ley que hayamos hecho nuestra, con un asentimiento real, vital y personal.

         Se dice que nadie se ha emborrachado por haber leído un docto tratado sobre el vino. Job, después de haber reflexionado y discutido tanto, especialmente después de una experiencia fuerte, llegó a decir a Dios: "Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos" (Job 42,5). Entre el conocimiento "sólo de oídas", y el "te han visto mis ojos", existe una distancia enorme.

         Tal vez, la respuesta de Jesús sobre el mandamiento más importante no le sonaba demasiado nueva y original al doctor de la ley que le preguntaba, mas ¿la habría comprendido de verdad? Las nociones no asumidas vitalmente son semejantes a los huesos secos de la visión de Ezequiel. Son muchos y llenan todo el valle, pero están secos, calcificados, amontonados y desordenados, sin carne ni nervios y carentes de cualquier soplo de vida.

Oratio

         Señor, mira con misericordia los huesos secos que yacen inertes en nuestra historia, en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en nuestras familias y dentro de cada uno de nosotros.

         La superficialidad, la trivialidad, el frenesí, y la avidez, esconden con frecuencia un vacío espantoso. Sin el soplo vital de tu Espíritu, Señor, estamos destinados a languidecer en el aburrimiento, en la frialdad, en relaciones estériles, entre los escombros de las ideologías derrumbadas y entre las ruinas de nuestros sueños triturados.

         Tú nos has dicho, Señor, que has venido para darnos vida y vida en abundancia (Jn 10,10). Confiando en ti, creemos que también nuestros huesos secos podrán revivir. Tú "no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel sufrir la corrupción". Tú "me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha" (Sal 16,10).

Contemplatio

         Hay algunos que se maravillan de cómo puede revivir la carne reducida a polvo. No obstante, deberían maravillarse todavía más por la extensión del cielo, la mole de la tierra, los abismos de las aguas y todo lo que existe en este mundo, creado de la nada. Sí, efectivamente, los mismos elementos, y la misma visión de las cosas, nos ofrecen la imagen de la resurrección.

         Para nuestros ojos, el sol muere cada día y cada día vuelve a salir, las estrellas desaparecen por la mañana y por la noche vuelven a salir, los árboles van llenos de frutos en verano y en invierno aparecen despojados de sus hojas, la savia vuelve a subir de la raíz con el sol de primavera y vuelve a embellecer lo que el otoño había marchitado.

         ¿Por qué, entonces, cuando se trata de los hombres, dudamos en creer lo que vemos cumplirse en las plantas? (cf. San Gregorio Magno, Homilías de Ezequiel, III, 2).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Resplandezca, Señor, tu gloria en medio de nosotros".

Conclusio

         Pasar un período de forzado reposo en soledad, entre las cimas de las montañas, hace tanto bien al alma que todo hombre llegaría a ser mejor si se impusiera realizar, de vez en cuando, un retiro de este tipo. La meditación tranquila, lejos de las prisas y de la agitación de la vida diaria, purifica el ánimo y proporciona alivio e inspiración.

         Mirando las cimas inmóviles bajo el sol, tal como durante milenios se ha hecho frente a tormentas y temporales, viene a la mente preguntarse: ¿Por qué enfadarse por las calamidades del mundo, que uno no puede impedir?, y: ¿Es verdad que no se puede?

         Gracias al reino de Dios, cada uno tiene la posibilidad (más aún, el deber) de realizar la parte de trabajo que le corresponde, para prevenir la repetición de esos males. Toda montaña dice: "Mira más lejos, mira más alto, mira más adelante, y verás un camino" (cf. Baden Powell, R; Taccuino, Milán 1983, p. 261).

 Act: 21/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A