5 de Abril
Domingo de Resurrección
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 abril 2026
Lectio
En aquellos días 34 Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente ahora comprendo que Dios no hace distinción de personas. 37 Ya conocéis lo que ha ocurrido en el país de los judíos, comenzando por Galilea, después del bautismo predicado por Juan. 38 Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y poder. El pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él. 39 Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. A él, a quien mataron colgándolo de un madero, 40 Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestase 41 no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. 42 Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. 43 De él dan testimonio todos los profetas, afirmando que todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre" (Hch 10,34.37-43).
Pedro, lleno del Espíritu Santo, resume en un denso y escultural discurso todo el itinerario de Jesús de Nazaret. Por medio de Pedro, que ya ha dejado caer las barreras de la estricta observancia judía, llega por primera vez a los paganos el anuncio de la salvación (el kerigma). Muchos de estos paganos llegan a la fe porque su corazón está abierto a la escucha.
Al relatarnos este discurso nos transmite Lucas algunos fragmentos auténticos del ministerio de la primera evangelización de la Iglesia naciente. El tema de la predicación es único: la persona misma de Jesús de Nazaret, el Mesías consagrado por Dios en el Espíritu Santo (v.28).
Los apóstoles pueden atestiguar que Jesús, durante su vida terrena, hizo milagros, curó a enfermos, liberó del maligno a los que estaban bajo el poder de Satanás. Con todo, la fe, el impulso misionero y la incontenible alegría de sus discípulos proceden de la experiencia del misterio pascual, del encuentro con Cristo resucitado, al que creían muerto para siempre.
De todo eso dan testimonio los apóstoles, de aquel Jesús que, rechazado, murió crucificado, y al cual "Dios lo resucitó", ratificando así la verdad de su predicación. Es importante señalar que la resurrección está atribuida aquí a Dios y no al propio poder de Cristo. Eso es lo que atestigua la antigüedad de este fragmento kerigmático.
Pedro insiste en su fogosidad: no se trata de fábulas o sugestiones, sino de una realidad tan concreta que puede ser descrita con dos términos muy cotidianos: "comimos y bebimos con él". Jesús se ha manifestado a los "testigos elegidos de antemano por Dios", pero esta elección está orientada a una apertura católica, universal.
Los apóstoles han recibido el encargo de anunciar, porque todos deben saber que Dios ha constituido juez de vivos y muertos (Dn 7,13; Mt 26,64) al Crucificado-Resucitado, que, mediante su propio sacrificio, ha obtenido la remisión de los pecados para todo el que cree en él (v.42).
Hermanos, 1 ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. 2 Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros aparecéis gloriosos con él (Col 3,1-4).
En la Carta a los Colosenses, la reflexión de Pablo parte como siempre del acontecimiento pascual (Col 1,12-14), para luego captar las dimensiones cósmicas del misterio de Cristo, denominado con algunos atributos fundamentales. Él es creador junto con el Padre (Col 1,16), primogénito de la creación y nuevo Adán (Col 1,15), cabeza del cuerpo que es la Iglesia y redentor del mundo (Col 1,16-20).
El cristiano, por medio del bautismo, que le hace partícipe de la muerte y resurrección del Señor, mediante una vida de fe que lleva a su pleno desarrollo el germen bautismal, se convierte en miembro vivo de Cristo.
Esto trae consigo no sólo el compromiso de renunciar al pecado para caminar en una vida nueva, sino también una orientación resuelta a las realidades celestes, sostenida por la conciencia de nuestra propia identidad de hijos de Dios, peregrinos a la ciudad eterna, hacia la que tiende (por una parte) y en la que se encuentra ya (por otra parte, en Cristo resucitado).
De ahí la necesidad de elegir bien y de "buscar las cosas de arriba", de acuerdo con una vida resucitada, celeste. De ahí procede también la invitación a prescindir de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacua (Col 3,3).
El cristiano ha muerto a las "cosas de la tierra", y vive escondido en Aquel que vive. Cuando Cristo se manifieste en la gloria, entonces se revelará también, a los ojos de todos, la belleza espiritual de aquellos que, actuando por la fe en adhesión a Cristo en la vida diaria, han encontrado en él la unidad y la plenitud (Col 3,4).
1 El domingo por la mañana, muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena se presentó en el sepulcro. Cuando vio que había sido rodada la piedra que tapaba la entrada, 2 se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto". 3 Pedro y el otro discípulo se fueron rápidamente al sepulcro. 4 Salieron corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo adelantó a Pedro y llegó antes que él. 5 Al asomarse al interior vio que las vendas de lino estaban allí, pero no entró. 6 Siguiéndole los pasos llegó Simón Pedro, que entró en el sepulcro 7 y comprobó que las vendas de lino estaban allí. Estaba también el paño que habían colocado sobre la cabeza de Jesús, pero no estaba con las vendas, sino doblado y colocado aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó. 9 Y es que, hasta entonces, los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20,1-9).
Los discípulos, antes de encontrar al Señor resucitado, pasan por la dolorosa experiencia de la tumba vacía, constatando la ausencia del cuerpo de Jesús. Juan subraya sobremanera este elemento, introduciendo una dialéctica de visión sensorial-fe-visión espiritual que recorre de manera creciente los cap. 20-21, interpelando también al lector y a todos aquellos que creen sin haber visto (Jn 20,29).
En esta perícopa se expresa esto mismo mediante el uso de tres verbos diferentes, traducidos en nuestro texto por "ver y comprobar", y que indican matices diferentes (vv.1.5.7-8).
Los relatos de la resurrección se abren con dos precisiones cronológicas: el "domingo por la mañana" y "muy temprano, antes de salir el sol". El día inicial de una nueva semana se convertirá así en el comienzo de una creación nueva, en verdadero día del Señor (dies dominica), en el que la fe amorosa, no iluminada todavía por la luz del Resucitado, camina (a pesar de todo) en la oscuridad y va más allá de la muerte.
María Magdalena es el prototipo de esta fidelidad. Al llegar al sepulcro (probablemente no sola, como muestra el plural) captó con la mirada (blepei, v.2) que la piedra que tapaba la entrada había sido rodada. Como dominada por la realidad que ve, no se da cuenta de nada más, y corre enseguida a denunciar la ausencia del Señor a Pedro (cuya importancia en los acontecimientos pascuales es realzada por toda la tradición) y "al otro discípulo a quien Jesús tanto quería" (probablemente el mismo Juan, autor del evangelio).
Este último fue el primero en llegar al sepulcro, pero no entró enseguida. También él captó con la mirada (blepei, v.5) las vendas mortuorias de lino. Llega Pedro, entra y "se detiene a contemplar" (theorei, v.6) las vendas mortuorias (lo que permite pensar que se habían quedado en su sitio, aflojadas por estar vacías del cuerpo que contenían) y el sudario que cubría el rostro ("enrollado en un lugar aparte").
El evangelista nos suministra unas notas preciosas. Resulta significativa la diferencia entre estos detalles y los correspondientes a la resurrección de Lázaro (Jn 11,44). El lento examen a que somete la mirada de Pedro cada detalle particular dentro del sepulcro vacío crea un clima de gran silencio, de expectante interrogación... Entonces "entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó" (v.8).
El verbo usado aquí es eiden. Para comprender su significado basta con pensar que de él procede nuestra palabra idea. Ahora el discípulo, al ver, intuye lo que ha sucedido. Pasa de la realidad que tiene delante a otra más escondida, llega a la fe, aunque se trata aún de una fe oscura, como muestran el v. 9 y la continuación del relato.
De éste se desprende que la fe no es, para el hombre, una posesión estable, sino el comienzo de un camino de comunión con el Señor, una comunión que ha de ser mantenida viva y en la que hemos de ahondar más y más, para que llegue a la plenitud de vida con él en el reino de la luz infinita.
Meditatio
"Mi alegría, Cristo, ha resucitado". Con estas palabras solía saludar San Serafín de Sarov a quienes le visitaban. Con ello se convertía en mensajero de la alegría pascual en todo tiempo. En el día de Pascua, y a través del relato evangélico, el anuncio de la resurrección se dirige a todos los hombres por los mismos ángeles y, después de ellos, por las piadosas mujeres a la vuelta del sepulcro, por los apóstoles y por los cristianos de las generaciones pasadas, ahora vivas para siempre en el Viviente.
Dichas palabras son una invitación, y casi una provocación. Esas palabras hacen resurgir en el corazón de cada uno de nosotros la pregunta fundamental de la vida: ¿Quién es Jesús para ti? Ahora bien, esta pregunta se quedaría para siempre como una herida dolorosamente abierta si no indicara al mismo tiempo el camino para encontrar la respuesta. No hemos de buscar entre los muertos al Autor de la vida.
No encontraremos a Jesús en las páginas de los libros de historia o en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad. Él mismo, libre ya de las cadenas de la muerte, viene a nuestro encuentro; a lo largo del camino de la vida se nos concede encontrarnos con él, que no desdeña hacerse peregrino con el hombre peregrino, o mendigo, o simple hortelano. Él, el Inaprensible, el totalmente Otro, se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.
En consecuencia, sólo hay una cuestión importante de verdad: ponernos en camino al alba, y no demoramos más, encadenados como estamos por los prejuicios y los temores. Así como vencer las tinieblas de la duda con la esperanza. ¿Por qué no habría de suceder todavía hoy que encontráramos al Señor vivo?
Más aún, es cierto que puede suceder. El modo y el lugar serán diferentes, personalísimos para cada uno de nosotros. El resultado de este acontecimiento, en cambio, será único: la transformación radical de la persona.
¿Encuentras a un hermano que no siente vergüenza de saludarte diciendo "mi alegría, Cristo ha resucitado"? Pues bien, puedes estar seguro de que ha encontrado a Cristo. ¿Encuentras a alguien entregado por completo a los hermanos y absolutamente dedicado a las cosas del cielo? Pues bien, puedes estar seguro de que ha encontrado a Cristo. Sigue sus pasos, espía su secreto y llegará también para ti esa hora tan deseada.
Oratio
Haz, Señor, que también nosotros nos sintamos llamados, vistos, conocidos por ti, que eres el Presente, y podamos descubrir así el valor único de nuestra vida en medio de la inmensa multitud de las otras criaturas.
Danos un corazón humilde, abierto y disponible, para poder encontrarte y permitir que nos marques con tu sello divino, que es como una herida profunda, como un dolor y una alegría sin nombre. Danos la certeza de estar hechos para ti, de pertenecerte y de no poder desear otra cosa que la comunión de vida contigo, nuestro único Señor.
A ti queremos acercarnos en esta mañana de pascua, con los pies desnudos de la esperanza, para tocarte con la mano vacía de la pobreza, para mirarte con los ojos puros del amor y escucharte con los oídos abiertos de la fe.
Mientras tanto, angustiados, vamos hacia ti, invocamos tu nombre, que resuena como música y como canto en lo más íntimo de nuestro corazón, donde el Espíritu, con gemidos inefables, llora nuestro dolor y con dulzura y vigor nos envía por los caminos del amor.
Contemplatio
Estarás en condiciones de reconocer que tu espíritu ha resucitado plenamente en Cristo si puede decir con íntima convicción: ¡Si Jesús vive, eso me basta! Estas palabras expresan de verdad una adhesión profunda y digna de los amigos de Jesús. Cuán puro es el afecto que puede decir: ¡Si Jesús vive, eso me basta!
Si él vive, vivo yo, porque mi alma está suspendida de él. Más aún, él es mi vida y todo aquello de lo que tengo necesidad. ¿Qué puede faltarme, en efecto, si Jesús vive? Aun cuando me faltara todo, no me importa, con tal de que viva Jesús... Incluso si a él le complaciera que yo me faltara a mí mismo, me basta con que él viva, con tal que sea para él mismo.
Sólo cuando el amor de Cristo absorba de este modo tan total el corazón del hombre, hasta el punto de que se abandone y se olvide de sí mismo y sólo se muestre sensible a Jesucristo y a todo lo relacionado con él, sólo entonces será perfecta en él la caridad (cf. Guerrico de Igny, Homilía de Pascua, I, 5).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba" (Col 3,1).
Conclusio
En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!
Si el Dios-hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: "¿Qué es la verdad?".
Si el Dios-hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable.
Si el Dios-hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Piloto y Caifás se han visto cubiertos de infamia.
Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su esposa: "¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!". Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura.
La esposa y el Espíritu dicen al Cordero: ¡Ven!. La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero (cf. Florenskij, P; Il Cuore Cherubico, Roma 1999, pp. 172-174).
Act:
05/04/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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