19 de Febrero

Jueves de Ceniza

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 febrero 2026

Lectio

Moisés habló al pueblo y dijo: "Esto dice el Señor: 15 Mira, hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia. 16 Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo, y el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella. 17 Pero si tu corazón se desvía, si no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les das culto, 18 yo declaro hoy que pereceréis sin remedio; no viviréis mucho tiempo en la tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella después de pasar el Jordán. 19 Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia, 20 amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él, pues él es tu vida y el que garantiza tu permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus antepasados, a Abraham, Isaac y Jacob" (Dt 30,15-20).

         Este fragmento con el que se concluye la proclamación de la ley deuteronómica tiene como destinatarios los desterrados de Israel. Privados de su tierra, se les exhorta a reflexionar en las causas de su situación, a acoger de nuevo la alianza del Señor con todas sus exigencias, a abrirse a la esperanza.

         El autor inspirado expresa todo esto contraponiendo vida y muerte, bien y mal, bendición y maldición, que se proponen a nuestra libre elección ("delante de ti"; v.15). Al individuo y a todo el pueblo les pide una opción responsable, de graves consecuencias. Cielo y tierra son testigos (v.19), y el cosmos creado por Dios es llamado a estar presente y a ser vengador del pacto.

         La vida no es sólo don de Dios, sino también participación de su ser (v.20). Él es el viviente que hace vivir, luego hay que adherirse a él por el amor y la obediencia a sus mandamientos. Dios está deseando comunicarnos la vida y la bendición, y para obtenerlos da unas normas y preceptos, sobre cómo caminar por sus sendas (v.16) y conseguir sus promesas.

22 Dijo Jesús: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley, que lo maten, y que resucite al tercer día". 23 Entonces se puso a decir a todo el pueblo: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga. 24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará. 25 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde o se arruina a sí mismo?" (Lc 9,22-25).

         A los discípulos que, después de haberles manifestado las opiniones de la gente, le declaran la propia fe, Jesús, por 1ª vez, les anuncia la necesidad de su pasión (Lc 9,18-22). Es una enseñanza impartida a unos pocos, aparte. Sin embargo, a todos (v.23) el Maestro les indica claramente qué camino se debe seguir, si se quiere ser de sus discípulos.

         Según la costumbre de la época, los que entraban a formar parte de la escuela de un rabino le seguían detrás, siguiendo sus huellas. Es el camino de la abnegación cotidiana, superando el miedo a la ignominia, al sufrimiento y a la muerte. Jesús lo indica hablando de la cruz.

         En la época de la dominación romana era frecuente el espectáculo de los condenados a muerte que transportaban el patibulum (o sea, el brazo transversal de la cruz) por las calles, desde el lugar de la condena al de la ejecución.

         Se trata, pues, de una imagen terriblemente realista, que nos deja claro una cosa: que seguir a Cristo como discípulos es vivir como condenados a muerte por el mundo (2 Cor 4,10; Rm 8,36), dispuestos cada día a afrontar el desprecio de todos.

         Lo característico de esta muerte concreta (su cruz, aceptada y llevada "cada día") es conducirnos a la verdadera vida, pues "¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?" (v.25).

Meditatio

         El Señor pone ante nosotros la vida y la muerte, pidiéndonos tomar una decisión y ratificarla día tras día. Se trata de una opción que no es evidente, ya que Jesús lo indica con una paradoja, que viene a decir que, a la vida según Dios (o a la vida que es Dios), se llega negándonos a nosotros mismos, llevando nuestra cruz cada día tras el Maestro, aceptando perder por él la vida presente.

         El cristianismo es una disposición radical a seguir a Cristo hasta el final, no un esfuerzo moral por mejorar el propio carácter o las propias costumbres.

         No es fácil responder "sí, yo" a esta invitación de Jesús, sobre todo porque él no deja lugar a ilusiones y lo deja bien claro: "El que quiera seguirme, que se niegue". Sin embargo, si aparece clara la perspectiva de sufrimiento incluida en el seguimiento, no aparece menos clara la meta final: la resurrección, salvar la vida, una vida en plenitud, sin parangón con ganar el mundo entero.

         Optamos, pues, por la vida amando al Señor, obedeciendo su voz y manteniéndonos unidos a él. Si con él logramos atravesar la muerte a nosotros mismos cada día, con él experimentaremos desde ahora el inefable gozo de la resurrección, de la vida con él.

Oratio

         Jesús, tú eres el camino, el único que conduce al Padre. Tu camino no es de gloria, oh Varón de dolores, que sabes bien lo que es padecer. Mas tú me invitas a seguirte, a optar en todo momento en dar mis pasos vacilantes siguiendo tus huellas seguras.

         Jesús, tú eres la verdad, la única que lleva a conocer el rostro de Dios. No infunde mucho entusiasmo verlo en el tuyo, oh Siervo doliente, pues está tan desfigurado que no parece rostro humano. Mas me invitas a creerlo, y el que te ve a ti ve al Padre, y éste es el gozo perenne.

         Jesús, tú eres la vida, la eterna, que comienza ahora y desemboca en el seno de Dios. No es fácil aceptar perderla aquí y ahora, negando lo que satisface inmediatamente porque sacia mis deseos orgullosos y egoístas, mas tú me repites: "Quien pierda su vida por mí, la salvará".

         Señor, tú eres el único que puedes darme fuerza, la gracia de dar un paso adelante y de abrazar mi cruz diciendo a tu invitación: Sí, quiero. De esta manera, te seguiré caminando contigo hasta la meta, sin retroceder, por el camino de la vida en plenitud.

Contemplatio

         Vivimos para Aquel que, muriendo por nosotros, es la vida. Y morimos a nosotros mismos para vivir para Cristo, pues no podemos vivir para él si antes no morimos a nosotros mismos, a nuestra propia voluntad. Somos de Cristo, no de nosotros.

         Morimos, pero morimos en favor de la vida, porque la vida muere en favor de los que están muertos. Ninguno puede morir a sí mismo si Cristo no vive el él. Si Cristo vive en él, ninguno puede vivir para sí. ¡Vive en Cristo como Cristo vive en ti! Se ama a sí mismo rectamente quien se odia a sí mismo para su bien. Esto es, quien se mortifica.

         Debemos dirigir nuestros ataques contra todo vicio, sensualidad y atracción del mal. Al que lucha le basta con vencer a los adversarios, mas venciéndote a ti mismo, habrás vencido a todos. Si te vences a ti mismo, das muerte a ti mismo, y serás juzgado vivo por Dios.

         Tratemos de no ser soberbios, malvados y sensuales, sino humildes, dóciles, afables y sencillos, para que Cristo reine en nosotros. Él que es un rey humilde y excelso (cf. Columbano de Luxeuil, Instrucciones, X).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si morimos con él, viviremos con él" (2Tm 2,11).

Conclusio

         Por encima de la finitud, del espacio y del tiempo, el amor infinitamente infinito de Dios viene y nos toma. Llega justo a su hora. Tenemos la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo. Si permanecemos sordos, volverá una y otra vez como un mendigo, pero también como un mendigo llegará el día en que ya no vuelva. Si aceptamos, Dios depositará en nosotros una semillita y se irá.

         A partir de ese momento, Dios no tiene que hacer nada más, ni tampoco nosotros, sino esperar. Pero sin lamentarnos del consentimiento dado, del sí nupcial.

         Esto no es tan fácil como parece, pues el crecimiento de la semilla en nosotros es doloroso. Además, por el hecho mismo de aceptarlo, no podemos dejar de destruir lo que le molesta; tenemos que arrancar las malas hierbas, cortar la grama. Y desgraciadamente, esta grama forma parte de nuestra propia carne, de modo que esos cuidados de jardinero son una operación cruenta.

         En cualquier caso, la semilla crece sola. Y llegará un día en que el alma pertenezca a Dios, en que no solamente dará su consentimiento al amor, sino que, de forma verdadera y afectiva, amará. Hasta entonces, deberá atravesar el universo, antes de llegar hasta Dios.

         El alma no ama como una criatura, con amor creado. El amor que hay en ella es divino, increado, pues es el amor de Dios hacia Dios que pasa por ella.

         Sólo Dios es capaz de amar a Dios. Lo único que nosotros podemos hacer es renunciar a nuestros propios sentimientos para dejar paso a ese amor en nuestra alma. Esto significa negarse a sí mismo. Sólo para este consentimiento hemos sido creados (cf. Weil, S; A la espera de Dios, Madrid 1993, p. 84).

 Act: 19/02/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A