2 de Abril
Jueves Santo
Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 abril 2026
Lectio
El Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto: "Este mes será para vosotros el más importante de todos, será el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel que el día décimo de este mes se procure cada uno un cordero por familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comerlo entero, que invite a cenar en su casa a su vecino más próximo, según el número de personas y la porción de cordero que cada cual pueda comer. Será un animal sin defecto, macho, de un año; podrá ser cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y toda la comunidad de Israel lo inmolará al atardecer. Luego untaréis con la sangre las jambas y el dintel de la puerta de las casas en las que vayáis a comerlo. Lo comeréis esa noche, asado al fuego, con panes ázimos y hierbas amargas. Lo comeréis así: la cintura ceñida, los pies calzados, bastón en mano y a toda prisa, porque es la pascua del Señor. Esa noche pasaré yo por el país de Egipto y mataré a todos sus primogénitos, tanto de hombres como de animales. Así ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto, yo, el Señor. La sangre servirá de señal en las casas donde estéis. Al ver la sangre, yo pasaré de largo y, cuando yo castigue a Egipto, la plaga exterminadora no os alcanzará. Este día será memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones" (Ex 12,1-8.11-14).
El presente texto tiene un carácter prescriptivo, al presentar la cena pascual de los hebreos en Egipto, en espera del paso del Señor que liberaría de la esclavitud, en clave litúrgica, con el fin de convertirse en un "rito perpetuo".
En dicho zikkaran (lit. memorial, v.14), la eficacia salvífica de cuanto Yahveh ha hecho, de una vez por todas, se actualiza para cada generación. Se actualiza en y a través de la liturgia, y de ahí la preocupación por dar normas concretas y detalladas sobre la celebración (vv.3-8.11).
El rito hebraico funde 2 elementos originariamente distintos, y los historifica.
El 1º elemento es el sacrificio anual del cordero, con la aspersión de la sangre. Se trata de la Pesaj (lit. Pascua), fiesta primaveral de los pastores nómadas, que a partir de ahora se convierte para los israelitas en signo de la protección del Señor (vv.7.12).
El 2º elemento es la ofrenda de las primicias del campo. Se trata de la Fiesta de los Ázimos, fiesta agrícola vinculada al ciclo de las estaciones, que a partir de ahora es puesta en referencia con la liberación de Egipto, recordando de generación en generación la rápida huida de aquel país de esclavitud.
En un momento concreto de la historia, Dios interviene con su poder en favor de un pueblo oprimido. Aquel momento no pertenece sólo al fluir de los tiempos, sino a la dimensión de Dios. Por eso es un hoy permanente, ofrecido al que quiera entrar en aquella historia de salvación, mediante la celebración del memorial.
Del Señor recibí la tradición que os he transmitido; a saber, que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía". Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cuantas veces bebáis de él, hacedlo en memoria mía". Así pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga (1Cor 11,23-26).
En la Ultima Cena en esta tierra de destierro, Jesús sustituye el memorial hebreo (de la liberación de la esclavitud de Egipto) por su propio memorial. Se trata de un nuevo memorial en concordancia con la ley y los profetas, que lleva a plenitud el antiguo rito con su sacrificio de amor.
Por nosotros, Cristo se dejó entregar a la muerte (v.23). El término entregar hace alusión a todo el misterio pascual, y no sólo a la entrega física. El término nueva alude a la alianza con Dios, sancionada con la sangre del verdadero Cordero (que con su inmolación nos libera de la esclavitud del mal) y consumada en la comunión del pan de la ofrenda (que, roto en la muerte, nos da la vida).
También debería ser nueva la conducta del cristiano, pues cada vez que éste come este pan y bebe este cáliz, graba en su propia existencia la extraordinaria riqueza de la pascua de Cristo, testimoniándolo en el tiempo hasta el día de la venida gloriosa del Señor (v.26).
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, y ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara. Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: "Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?". Jesús le replicó: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde". Pedro le dijo: "No me lavarás los pies jamás". Jesús le contestó: "Si no te lavo no tienes nada que ver conmigo". Simón Pedro le dijo: "Señor, entonces no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza". Jesús le dijo: "Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos". Y es que sabía quién lo iba a entregar, y por eso dijo "no todos estáis limpios". Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13,1-15).
"Llevó su amor hasta el fin". También Juan, como los sinópticos, quiere evidenciar en la narración de la Ultima Cena la total entrega del amor por parte de Jesús, que anticipa para "los suyos" el sacrificio de la cruz. No obstante, en vez de describir la institución de la eucaristía, ya presente en los otros evangelios y en la tradición oral (1Cor 11,23), Juan expresa el significado del acontecimiento por medio del episodio del lavatorio de los pies.
El fragmento pone en evidencia el lúcido conocimiento de Jesús (sabía, vv.1-3), que se abraza libremente al designio de Dios. También reconoce como inminente esa hora hacia la cual se dirigían los últimos días terrenos de Jesús. Es la hora del verdadero paso (Ex 12,12), de la nueva Pascua, del amor que llega a su plenitud definitiva (v.1).
Esta cumbre del amor se manifiesta en el más profundo abatimiento. Si bien el v. 3 alude a la encarnación (1º paso decisivo de la kenosis del Hijo eterno), los versículos siguientes muestran hasta qué punto ha asumido la condición de siervo (Flp 2,7), ya que la tarea de lavar los pies se reservaba a los esclavos, e incluso un rabino no podía exigírselo a un esclavo hebreo.
Jesús nos pide a todos esta misma humildad, y un espíritu de servicio recíproco que sólo puede inspirar el amor (vv.12-15). Acoger el escándalo de la humillación del Hijo de Dios, y dejarnos purificar por su caridad (v.8), nos implica en el dinamismo de la oblación divina, y seguir el ejemplo de Cristo. Ésta es la condición indispensable para participar en su memorial, y celebrar la pascua con él.
Meditatio
El discurso de Jesús en la Ultima Cena fue una conversación mantenida en un clima de amistad y confianza, así como el último adiós en que Cristo nos abrió su corazón. ¡Cómo debió esperar Jesús esta hora! Sobre todo, porque era la hora para la cual él había venido, y la hora de darse a la humanidad entera y a la Iglesia. Las palabras del evangelio, por tanto, rebosan una energía vital que nos supera.
El memorial de Jesús (el recuerdo de su cena pascual) no se repite en el tiempo, sino que se renueva y se nos hace presente. Lo que Jesús hizo aquel día, en aquella hora, es lo que él todavía, aquí presente, hace para nosotros. Por eso no dudamos en sentirnos de verdad en aquella única hora en la que Jesús se entregó a sí mismo por todos, como don y testimonio del amor del Padre.
Jesús dice "os he dado ejemplo". Es decir, él quiere que imitemos todo lo que él ha hecho esa noche. Debemos aprender, por tanto, a decir siempre gracias, y a celebrar la eucaristía desde la dinámica del amor que se ofrece y sacrifica a sí mismo para hacer vivir al otro.
El rito del lavatorio de los pies tiene como finalidad recordarnos que el mandamiento del Señor debe llevarse a la práctica en el día a día. La caridad no es un sentimiento vago, ni una experiencia de la que podemos esperar gratificaciones psicológicas, sino que es la voluntad de sacrificarse a sí mismo con Cristo por los demás, sin cálculos. El amor verdadero siempre es gratuito y siempre está disponible, y se da pronta y totalmente.
Oratio
Partirás solo, Señor, sin nosotros, tus amigos, para afrontar la lucha suprema del enemigo. Partirás solo porque no podemos seguirte antes de que hayas vencido a aquel que nos divide. Pero nos encontrarás en lo hondo de tu soledad, y nosotros te encontraremos en el fondo de nuestra humillación.
Señor Jesús, nosotros no sabemos cuál es la hora más dulce y pura del amor, si la que nos reúne juntos (confiados y descansados sobre tu pecho) o la que nos dispersa en la noche (perdidos y abatidos de tristeza). Si tú, desde tu lejanía de condenado a muerte, te vuelves un momento a mirarnos, percibiremos en la luz de tus ojos una chispa del insondable misterio que hoy nos pesa en el corazón y que mañana contemplaremos, sin velos, en el rostro del amor.
Contemplatio
Mi Señor se quita el manto, se ciñe una toalla, echa agua en la jofaina y lava los pies a sus discípulos. Y no sólo a Pedro, sino a cada uno de los fieles, a los cuales nos dice: "Si no te lavo los pies, no podrás contarte entre los míos".
Ven, Señor Jesús, y deja el manto que te has puesto por mí. Despójate y revístete de tu misericordia. Cíñete una toalla y cíñenos con tu don. Echa agua en la jofaina y lávanos no sólo los pies, sino también la cabeza y también el alma. Despójanos de toda suciedad, propia de nuestra fragilidad.
¡Qué grande es este misterio, Señor! Como un siervo, tú lavas los pies a tus siervos, y como Dios mandas rocío del cielo. También yo quiero lavar los pies a mis hermanos, y cumplir así el mandato del Señor. Él me mandó no avergonzarme ni desdeñar cumplir lo que él mismo hizo antes que yo. Mientras lave a los otros, purificaré mis manchas (cf. Ambrosio de Milán, Sobre el Espíritu Santo, I, 12-15).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11,24).
Conclusio
El Jueves Santo se celebra la 1ª vez que nuestro Señor tomó el pan y lo convirtió en su cuerpo, tomó el vino y lo transformó en su sangre.
Esta verdad requiere de nosotros una gran humildad, que sólo puede ser un don suyo. Me refiero a esa humildad de la mente por la que reconocemos la verdad de 2 cosas: que lo que antes era pan, ahora es su cuerpo, y que lo que antes era vino ahora es su sangre. Por eso nos arrodillamos, para honrar a Jesús en el Santísimo Sacramento.
Sucesivamente, cuando se ora ante el altar de la reserva, nos damos cuenta de cómo estamos unidos a él en el sufrimiento del huerto de Getsemaní, y cuán cercanos a él estamos, como cuando María Magdalenalo encontró en el huerto el domingo de pascua.
En Jueves Santo evocamos también cómo nuestro Señor, durante la Ultima Cena, se levantó y se puso a lavar los pies de sus apóstoles, mostrando con este gesto algo de la divina bondad. Jesús nos reveló en qué consiste lo divino, y lavó los pies de sus discípulos para mostrar las atenciones y la gran bondad que Dios tiene con nosotros. Es éste un pensamiento maravilloso, que podría ocupar nuestra mente y nuestras plegarias.
Si esta bondad divina puede manifestársenos, ¿qué podremos hacer nosotros a cambio? ¿No deberíamos igualar esta dulce bondad suya, que rebosa amor por nosotros, y brindar la misma bondad y el mismo amor? Esto demostraría que el amor, y la caridad cristiana, no son palabras huecas, sino algo que nos lleva a la acción y al servicio, especialmente al de los pobres y al de cuantos pasan necesidad (cf. Hume, B; El Misterio y lo Absurdo, Roma 1999, p. 107).
Act: