25 de Mayo

María, madre de Iglesia

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 mayo 2026

Lectio

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, pues, viendo a su madre, y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, he ahí a tu hijo". Luego dice al discípulo: "He ahí a tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió como algo propio (Jn 19,25-27).

         En el pasado, estos versículos se interpretaban, de ordinario, como una entidad aislada. Gracias a un mejor conocimiento de la composición del 4º evangelio, y a una mejor comprensión de la íntima unidad de los acontecimientos del Calvario, se ha puesto de manifiesto que la escena de María y del discípulo al pie de la cruz (vv.25-27) se halla estrechamente vinculada tanto a los versículos que la preceden inmediatamente (la "túnica sin costura") como a los versículos que la siguen ("todo está consumado").

         Esta escena también resulta ser formalmente paralela de Jn 2,1-11 (las bodas de Caná). Sólo en este contexto, a la vez inmediato y lejano (de un gran alcance teológico, tanto desde un punto de vista mesiánico como eclesiológico), puede comprenderse el sentido profundo de los vv. 25-27.

         El contexto muestra, por tanto, que esta escena de María y del discípulo al pie de la cruz significa mucho más que la piedad filial de Jesús hacia su madre, y que está poniendo de manifiesto la dimensión mesiánica y eclesiológica del episodio.

         Respecto al paralelismo de María al pie de la cruz con las bodas de Caná, ya San Agustín se refirió al estrecho vínculo que une las dos perícopas al decir: "Esta es la hora a que se refería Jesús cuando, poco antes de cambiar el agua en vino, di o a su madre: ¿Qué hay entre tú y yo, mujer? No es llegada aún mi hora. Esta hora, que entonces no había llegado aún y que él había anunciado, era la hora en la que, estando ya para morir, había de reconocer por madre a aquella de la que nació en cuanto mortal".

las palabras de Jesús

         Debemos examinar más a fondo estas palabras de Jesús a su madre ("mujer, he ahí a tu hijo") y a su discípulo ("he ahí a tu madre"). Más adelante hablaremos del v. 27b, que describe la realización de la última recomendación de Jesús.

         Uno de los logros de la exégesis moderna es haber descubierto que, en este caso, nos hallamos ante un género literario particular. Los exegetas se planteaban la siguiente cuestión: ¿de qué género se trata? Pensaban algunos (lo cual ha de excluirse, sin lugar a dudas) que se trata de una fórmula de adopción. Pero al principio de los años sesenta, el carmelita francés Goedt publicó a este propósito un artículo que se ha hecho clásico y que ha recibido prácticamente la aprobación de todos.

         La novedad de su interpretación consiste en que demuestra que nos encontramos aquí ante una fórmula técnica (esquema de revelación) que se presenta nada menos que 4 veces en el evangelio de Juan (Jn 1,21; 1,36; 1,47; 19,25-27). Este esquema literario se compone de 4 elementos:

-las personas A y B;
-la persona A ve a la persona B, y mirando a B, A declara a propósito de B algo que en griego comienza siempre por idou (lit. "he ahí");
-sigue entonces un título que dice, anuncia o revela algo de la persona B.

         Para comprender de manera concreta lo que el autor quiere decir, partamos de un caso paralelo realmente claro; nos referimos a Jn 1,36, donde se habla de Juan Bautista a orillas del Jordán: "Al día siguiente, otra vez hallándose Juan con dos de sus discípulos, fijó la vista en Jesús, que pasaba, y dijo: He ahí el Cordero de Dios".

         Los 4 elementos del esquema de revelación se distinguen aquí fácilmente: Juan con dos discípulos cerca del Jordán y Jesús que pasa, Juan Bautista mira a Jesús y dice: "He ahí el Cordero de Dios". Con esta declaración, Juan Bautista revela (v.31) que el desconocido que pasa es el Mesías de Israel.

         Si admitimos que en la escena que tiene lugar al pie de la cruz (vv.25-27) el evangelista emplea una fórmula semejante, entonces debemos admitir también que las palabras que Jesús dirige a su madre y al discípulo forman parte de un esquema de revelación.

         Significan, concretamente, que Jesús, poco antes de morir en la cruz, revela que su madre (en cuanto mujer, con toda la resonancia bíblica de esta palabra) será también desde ahora la madre del discípulo, y que éste, como representante de todos los discípulos de Jesús, será desde ahora el hijo de su propia madre.

         Dicho de otro modo, revela una nueva dimensión de la maternidad de María, una dimensión espiritual, y una nueva función de la madre de Jesús en la economía de la salvación; pero, de manera correlativa, revela al mismo tiempo que la primera tarea de los discípulos consistirá en ser "hijos de María".

         Integrados en la estructura de este esquema de revelación, los dos títulos madre e hijo indican, pues, una nueva relación entre la madre de Jesús y el discípulo. Es esta una relación querida por el mismo Jesús en el contexto del acontecimiento mesiánico y eclesiológico de la cruz.

         A este propósito, debemos tener muy presente lo que la exégesis moderna ha puesto definitivamente en claro, es decir, que hay en Juan una tendencia constante a presentar a las personas en su evangelio actuando como personificaciones de un grupo, y en este sentido, como símbolos, como prototipos. No lo hace en modo alguno para dejar que se volatilicen en el vacío o en la mitología, sino para mostrarlas como representativas de un grupo determinado.

         Vemos así, por ejemplo, que en el cuarto evangelio las conversaciones de Jesús se establecen casi siempre con personas aisladas y que estos individuos representan entonces una categoría de hombres en su relación con Jesús. Los ejemplos principales son Nicodemo, la mujer samaritana, María y Marta (las hermanas de Lázaro). Algo parecido puede decirse de las 2 personas presentes al pie de la cruz. La madre de Jesús y el discípulo amado cumplen aquí una función representativa.

la madre de Jesús

         Debemos recordar, ante todo, lo que antes hemos dicho a propósito del contexto, a la vez más amplio y más inmediato, de la escena que tiene lugar junto a la cruz. Es decir, el paralelismo con el relato de las bodas de Caná y el hecho de que esta escena se sitúe en el centro del relato de los 5 episodios del Calvario.

         Por estas correlaciones, la escena de María y del discípulo al pie de la cruz reviste una significación netamente mesiánica y eclesiológica. Además, no podemos perder de vista el género literario de las palabras de Jesús: un esquema de revelación. Con todos estos datos a la vista, podemos ahora comprender mejor la significación central de la madre de Jesús en esta escena.

el título mujer

         Como en Caná, Jesús se dirige a María llamándola mujer y no madre, como hubiera sido más normal. Convendría introducir aquí toda una exposición sobre el significado del título mujer, pero nos limitaremos a remitir al capítulo anterior, donde hemos hablado del misterio de las bodas. Si el título mujer se interpreta en este sentido, a saber: como la personificación y la imagen de la "hija de Sión", entonces la dimensión mesiánica y eclesiológica de este título se hace más manifiesta.

         Sobre este telón de fondo (como explica acertadamente Serra) debemos situar algunos grandes textos proféticos que hablan de la "hija de Sión" (Is 60,4-5; 31,344; Bc 4,36-37; 5,5) o la "madre Sión" llama a sus hijos del exilio a fin de formar en torno a ella el nuevo pueblo de Dios sobre el monte Sión.

         Juan aplica esto, por transposición, al misterio de la cruz, y lo concreta en las personas de María y del discípulo al pie de la Cruz: "Alza en torno tus ojos y mira. Todos se reúnen y vienen a ti, llegan de lejos tus hijos, y tus hijas son traídas a ancas" (Is 60,4). Existe probablemente un cierto contacto literario entre este texto de Isaías y la fórmula de revelación de Jn 19,26.

         Si consideramos este texto de Isaías u otros análogos como trasfondo del versículo de Juan, entonces este versículo se hace realmente muy sugestivo. María, la "madre Sión", realiza aquí en su persona concreta y representativa lo que estaba anunciado en la gran tradición profética. El discípulo que se hace hijo suyo es la personificación de los "hijos de Israel", que ahora forman en torno a ella (la "madre Sión") el nuevo pueblo de Dios sobre el monte Sión, en la cruz.

         El título mujer, con el cual Jesús se dirige a su madre, aquí más aún que en Caná, parece ser el eco de esta gran tradición profética sobre la "nueva Sión", que con cierta frecuencia se representa bajo el símbolo de una mujer (la "hija de Sión", la "virgen Israel"...), y esto en relación con su maternidad mesiánica y escatológica.

         Junto a este trasfondo veterotestamentario, es de capital importancia considerar también algunos textos paralelos de los escritos joánicos, que arrojan abundante luz sobre nuestros vv. 25-27.

         Tenemos, en 1º lugar, el texto de Jn 16,21, sobre el que se apoya expresamente Ruperto de Deutz: "La mujer, cuando pare, siente tristeza, porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tribulación, por el gozo que tiene de haber venido al mundo un hombre". En este texto, Jesús habla de su pasión y de su muerte empleando la imagen de los dolores del parto.

         En 2º lugar, entre Jn 16,21 y Jn 19,25-27 hay claramente 3 puntos de contacto: la mujer, su maternidad, la hora. La imagen de la mujer que da a luz es frecuente en la tradición bíblica y judía. Esta mujer que alumbra es la comunidad mesiánica, Sión, personificada en la mujer que está de pie junto a la cruz de Jesús. A propósito de 16,21, Feuillet escribe: "Jesús presupone aquí la identificación de su hora con la hora de la mujer (Sión), de la que ha de nacer el nuevo pueblo de Dios representado por sus discípulos".

         Los diferentes contactos literarios entre los 2 pasajes nos permiten suponer que el evangelista, al escribir Jn 16,21, pensó en la hora de Jesús y en la mujer que el mismo Jesús da como madre al discípulo.

         En razón de esta función de María en la hora de Jesús, los vv. 25-27 no pueden comprenderse simplemente en un sentido individual y moral. María representa una colectividad, o mejor aún, en ella nace el nuevo pueblo mesiánico que alumbra a sus hijos. "A los ojos de Cristo, escribe en otro lugar Feuillet, ella representa a Sión y así quiere atribuirle la maternidad metafórica y sobrenatural que los profetas predijeron de Sión".

         Otro de los pasajes paralelos que es preciso considerar es un texto del Apocalipsis (Ap 12,1-8). Puesto que hablaremos de ese texto con más detalle en el capítulo siguiente, bastará indicar brevemente algunos puntos de contacto. Sea quien fuere el autor del Apocalipsis, lo cierto es que el libro vio la luz en el ámbito de la tradición joánica.

         Ahora bien, en Ap 12 se habla también (en un contexto mesiánico) de una mujer que sufre los dolores del parto. Según la mayoría de los exegetas, el texto describe metafóricamente la comunidad mesiánica, la Iglesia. Por 2 veces (vv.2.5) se hace referencia explícita a Is 66,7, donde se describe la Sión mesiánica que da a luz.

         Por otra parte, según algunos autores, esta mujer también se refiere indirectamente a María, la madre del Mesías, como imagen de la Iglesia. El paralelismo con Jn 19,25-27, donde aparece igualmente la palabra mujer, se confirma por la función comunitaria y eclesiológica que María cumple junto a la Cruz.

el versículo 27b

         Este reviste una gran importancia para la interpretación fundamental de toda la escena del Gólgota. De hecho, la traducción habitual "y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa" no refleja exactamente la significación profunda del texto griego: "elaben ho mathetes autén eis ta idia".

         El verbo lambano que aquí se utiliza tiene tres significaciones en el evangelio de Juan. Cuando se trata de un objeto material, lambano tiene el sentido activo de tomar, como por ejemplo "tomó entonces los panes" (Jn 6,11).

         Cuando el verbo lambano tiene como complemento directo una realidad puramente espiritual, significa en sentido pasivo: recibir, por ejemplo, cuando Jesús dice a sus discípulos "recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22), o en el prólogo ("de su plenitud recibimos todos, gracia por gracia"; Jn 1,16). Estos son 2 casos extremos: el objeto del verbo es bien un objeto puramente material, bien una realidad exclusivamente espiritual.

         Pero se da un 3º caso: cuando el complemento del verbo lambano es una persona viviente; las más de las veces se trata de la persona de Jesús. En estos casos, lambano no puede traducirse por tomar ni por recibir. No se toma una persona viviente como se toma un pan o un libro, ni tampoco se la recibe como se recibe la gracia o el Espíritu Santo.

         Las lenguas germánicas no disponen de ningún verbo que traduzca exactamente este matiz; pero las latinas tienen uno excelente: en francés, es accueillir (en español, acoger). En realidad, este verbo expresa una actitud de fe, como puede verse en 3 ó 4 textos en que el verbo lambano se emplea en este sentido y donde es puesto en relación con el verbo creer. Concretamente, se trata siempre de la persona de Jesús, que es acogida con fe o rechazada por la incredulidad de los hombres.

         Hallamos un nuevo ejemplo, muy claro, en el prólogo: "Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron (ou parelabon). Mas a cuantos le acogieron (elabon) dióles poder a aquellos que creen en su nombre" (Jn 1,11-12). En otros lugares del 4º evangelio encontramos también esta misma relación entre lambano (con el sentido de acoger) y creer (Jn 5,43-44; 13,19-20).

         También aquí se trata de acoger a Jesús. La única ocasión en que este verbo no se refiere a la persona de Jesús es precisamente en la escena que tiene lugar al pie de la cruz, donde el verbo tiene como complemento a la madre de Jesús, María.

         ¿Cuál es su significación? No significa, ciertamente, que el discípulo toma a María para conducirla a su casa. Esta interpretación corriente es demasiado material. Pero tampoco quiere decir que el discípulo la recibió pasivamente (¿de quién la recibe?).

         El objeto del verbo lambano es aquí la persona de María; como en los casos anteriores, se trata de un "acoger en la fe", en el sentido de una actitud de fe, de una reacción positiva al testamento de Jesús. El discípulo pone en práctica en su vida misma lo que Jesús acaba de pedirle: hacerse hijo de María. Ha de hacerse, en otros términos, un verdadero creyente, creyente con respecto a María y con respecto a la Iglesia.

         Pero son las tres últimas palabras del versículo las que plantean el problema más grave: "eis ta idía", que la Vulgata traduce "in sua". ¿Cómo han de entenderse estas palabras? ¿Y cómo traducirlas? Hay una versión de todos conocida: "El discípulo la tomó en su compañía", con lo cual se entiende, de ordinario, en el sentido de "en su casa".

         Creemos haber demostrado en otro lugar que esta traducción es inexacta. Pero ésta es una toma de posición que ha suscitado prolongados debates. Aquí no podemos hacer otra cosa que presentar un resumen muy sucinto de la interpretación que, a nuestro juicio, impone el análisis detallado del vocabulario y de los paralelos.

         Es verdad que eis ta idia significa, con frecuencia, "en la casa", "en su patria"... No obstante, en este caso la expresión se emplea siempre con un verbo que describe un desplazamiento material. Se sale de viaje y, después de una larga ausencia, se vuelve a casa. O bien, se envía a alguien a su casa.

         Hallamos algunos ejemplos en el NT, como "subimos a la nave, volviéndose ellos a sus casas" (Hch 21,6). No obstante, en la escena de la cruz, elaben no describe un desplazamiento material. Como ya hemos indicado, este verbo significa el principio de una actitud de fe; se trata de un movimiento, si se quiere, pero de un movimiento puramente espiritual (acoger), la 1ª etapa del itinerario de la fe.

         Cierto es que, junto con esta actitud de fe, pudo darse también un desplazamiento físico. Pero tal desplazamiento queda totalmente fuera de la perspectiva del versículo y de toda la perícopa, que se sitúa en un plano propiamente teológico. Sin embargo, a pesar de que se trata de una actitud espiritual, se añade aquí eis ta idia

         ¿Cuál es, entonces, el sentido de estas tres palabras? No se hace referencia ciertamente a una casa, sino a lo que es propio del discípulo, como lo sugiere la utilización reiterada de idia en Juan (Jn 10,4). Es preciso comprender eis ta idia en el sentido de una apropiación metafórica, en relación con el discípulo: él la acogió "como propia, como suya" (según Blaquiere).

         ¿Y cómo traducir esta significación metafórica? Porque la preposición eis tiene un sentido dinámico en Juan; describe siempre un movimiento hacia el interior (físico o metafórico).

         El comentario del cardenal Toledo, que data de la época del Renacimiento, pero que remite aquí a San Ambrosio, nos servirá de punto de partida para la exégesis que vamos a proponer. Ambrosio, según Toledo, habla a este propósito de los bienes espirituales (spiritualia bona) que el discípulo había recibido de Jesús. Toledo resume esta exégesis de in sua de Jn 19,27b en una hermosa fórmula: "inter sua spiritualia bona".

         En traducción literal, esto significa "entre sus bienes espirituales", según Luis de Palma. Aunque esta expresión resulta algo extraña en las lenguas modernas, nos permite comprender claramente el sentido del texto. Journet entiende también estas palabras de la misma manera: "la tomó en su intimidad", en su vida interior, en su vida de fe.

         Esta interioridad del discípulo no es otra cosa que su disponibilidad a abrirse en la fe a las últimas palabras de Jesús y a poner en práctica su testamento espiritual, haciéndose hijo de la madre de Jesús, acogiéndola como a su propia madre: desde este momento, la madre de Jesús es también la suya, el discípulo "la ha acogido como algo propio".

         Es interesante mencionar, además (son varios los autores que también lo han indicado), que la fórmula eis ta idia presenta un claro paralelismo con el v. 11 del prólogo. Jesús, cuando tuvo lugar la Encarnación, vino a sus propios dominios: "eis ta idía". Es literalmente la misma fórmula.

         El dominio propio de Jesús no es un lugar, sino el pueblo de Israel. La idea de dominio o posesión ocupa el primer plano. Este dominio es "el suyo"; está constituido por "los suyos", que acogen o que no acogen al Mesías. Se trata también aquí de una actitud de fe (v.12b).

interpretación

         María y el discípulo amado representan conjuntamente a la Iglesia. Recapitulando todas estas consideraciones, dice el exegeta Lightfoot, vemos con claridad que la madre del Señor y el discípulo amado, que a partir de esta hora la toma "en su compañía" representa a la Iglesia y a sus miembros, en la "nueva creación" que ha recibido del Espíritu Santo. Juntos personifican a la Iglesia, aunque de manera diferente.

         El discípulo que Jesús amaba simboliza a los "discípulos de Jesús" en cuanto tales, es decir, a todos los creyentes, y en este sentido, a toda la Iglesia. María, la madre de Jesús, simboliza a la Iglesia misma en su función materna. Ella es el tipo, la imagen de la Iglesia y la madre de todos los creyentes. Y después de recibir el título y la función de "madre de Dios", recibe el título y la función de "figura de la Iglesia-madre".

         Comprendemos así la maternidad de la Iglesia meditando sobre la maternidad de María, madre del Señor y madre del discípulo amado. La doctrina según la cual María es la figura de la Iglesia es clásica en toda la tradición: "Maria-Ecclesia, Ecclesia-Maria;, ambos siempre unidos en la reflexión de los padres de la Iglesia.

         De todo ello se desprende claramente que la doctrina mariana de Juan se integra en su eclesiología. Como ya dijimos antes, toda la escena de la cruz tiene en Juan un alcance principalmente eclesiológico. Pero esto ha de afirmarse sobre todo de la parte central de esta escena, de las palabras de Jesús a su madre y a su discípulo. Así podemos concluir, con Feuillet:

"Nos parece anacrónico sostener que Juan pudo celebrar una maternidad espiritual de María concebida de manera autónoma, sin relación estrecha con la maternidad de la Iglesia. Si, sobre todo, es Lucas el evangelista que pone de relieve la maternidad propiamente divina de la Virgen, es Juan, sin lugar a dudas, el que más empeño pone en mostrar en ella el prototipo de la Iglesia".

María, arquetipo de la Iglesia

         Lo que hasta ahora hemos dicho acerca de los vv. 25-27 nos permite comprender que este texto de San Juan, de tan denso contenido, alberga varios elementos. Junto a la cruz, María es efectivamente incorporada a la misión mesiánica de su Hijo. Se encuentra allí representada como la madre de los discípulos de Jesús; así se prolonga en ella la función de la "hija de Sión" en el AT.

         Esta función de María tiene un carácter tanto individual como comunitario. Ella es la madre de Jesús y de sus discípulos, pero es también la "consummatio Synagogae", la "Ecclesiae sanctae nova inchoatio", el arquetipo de la Iglesia.

         Las nuevas relaciones entre la mujer y el discípulo, que se establece al pie de la cruz en virtud de las palabras de Jesús, son la manifestación del amor extremo de Jesús en el momento de su hora (Jn 13,1). Estas nuevas relaciones constituyen la verdadera base de la unidad de la Iglesia.

el rostro mariano de la Iglesia

         La significación de "la mujer Sión" del AT se aplica tanto a María como a la Iglesia. María, tipo de la Iglesia, es un tema clásico, del que se ha hecho eco el Vaticano II; debemos abordar todo lo que en este tema se halla implicado.

         María al pie de la Cruz es verdaderamente la "personificación de la Iglesia naciente", en palabras de Ratzinger. Quiere esto decir que nos encontramos aquí con un dato teológico importante, tanto para la eclesiología como para la mariología; este tema ha sido ya objeto de notables estudios por parte de algunos teólogos modernos. Von Balthasar, por ejemplo, habla del "rostro mariano de la Iglesia" y Journet dijo que "toda la Iglesia es mariana".

         El simbolismo de la "hija de Sión" es el dato bíblico más fundamental de este aspecto mariano de la Iglesia. Concuerda perfectamente con la eclesiología de Juan, que es en esencia una teología de la relación de alianza. En el plano simbólico, la Iglesia, como María, es la mujer que se encuentra en relación de alianza con su Esposo, Cristo.

         Esta es la estructura básica de la Iglesia en cuanto esposa de Cristo y madre del pueblo de Dios; como enseña claramente el Vaticano II, la Iglesia es esto en 1º lugar. En cuanto "pueblo de Dios" y "esposa de Cristo", la Iglesia ha de interpretarse bíblicamente sobre el trasfondo de la teología de la Alianza.

         Ahora bien, es ahí precisamente donde se sitúa también la dimensión mariana de la Iglesia. Se pone así de manifiesto una relación dialéctica entre los dos rostros de la Iglesia, el rostro mariano y el rostro petrino. Ambos pertenecen a la estructura de la Alianza, y son las dos caras de una misma realidad. Pero el rostro mariano expresa el aspecto más interior y más profundo del misterio de la Iglesia.

         Lubac ha reunido numerosos textos de la tradición que hablan de la función maternal de la Iglesia. Fundamentalmente, la Iglesia es nuestra madre. ¿Por qué? Porque es a ella a la que debemos el haber nacido a la vida sobrenatural.

         Es nuestra madre, la Iglesia, la que nos hace descubrir a Cristo. Es nuestra madre, la Iglesia, la que nos ha engendrado como cristianos. Es nuestra madre, la Iglesia, la que nos ha instruido en la fe. Gracias a la Iglesia, nuestra madre, venimos a ser hijos de Dios.

         El aspecto maternal de la Iglesia guarda un paralelismo perfecto con todo lo que una madre hace por su hijo: concebirle, darle a luz, educarle, hacerle crecer, afirmarse y madurar en el círculo familiar; todo esto se aplica a la Iglesia y a María. Sorprende ver cómo se identifican aquí, por así decir, las 2 figuras (la Iglesia y María). María es verdaderamente la "realización suprema de la Iglesia", según Journet.

         Debemos plantear una última cuestión. ¿Cómo la madre de Jesús ejerce su función de madre del discípulo amado y, por consiguiente, de todos los discípulos de la Iglesia? No nos lo dice el pasaje de Jn 19,25-27. Pero también aquí puede venir en nuestra ayuda una perícopa cercana, la que nos relata el episodio del costado traspasado (Jn 19,31-37), con el que se concluye el relato joánico de la pasión; el último versículo es particularmente sugestivo: "Ellos miraban al que traspasaron" (Jn 19,37).

         ¿A quiénes designa el pronombre ellos? Casi sin ninguna duda designa, en 1º lugar, al discípulo mismo (v.35); pero el plural ellos ha de designar a las dos personas presentes al pie de la cruz, la madre de Jesús y el discípulo. Además, el discípulo representa a todos los discípulos, a toda la Iglesia.

         En esa mirada de María y de los discípulos al costado abierto de Jesús, la madre de Jesús ejerce ya su papel de madre. Viene a confirmarse así un nuevo paralelismo con las bodas mesiánicas. En Caná, María dijo a los servidores que hiciesen todo lo que Jesús les dijera.

         Estas palabras de las bodas de Caná tenían que ver con la Alianza, como ya hemos mostrado. Y tenían por finalidad orientar a los servidores hacia Jesús y constituir de este modo el nuevo pueblo de Dios. Como dice el AT, "cuando abrieron su corazón, ya había él preparado la morada, y abrió la puerta a su esposa. Así, gracias a él, pudo ella entrar y pudo él acogerla. Así pudo ella habitar en él y él en ella".

 Act: 25/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A