30 de Marzo
Lunes Santo
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 30 marzo 2026
Lectio
"Éste es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no alzará la voz, no voceará por las calles; no romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue. Proclamará fielmente la salvación y no desfallecerá ni desmayará hasta implantarla en la tierra. Los pueblos lejanos anhelan su enseñanza". Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que asentó la tierra y su vegetación, que concede aliento a sus habitantes y vida a los que se mueven en ella: "Yo, el Señor, te llamé según mi plan salvador; te tomé de la mano, te formé e hice de ti alianza del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los cautivos y del calabozo a los que habitan las tinieblas" (Is 42,1-7).
En estos días santos se yergue ante nosotros la figura del Siervo de Yahveh de forma silenciosa y majestuosa, para introducirnos en el misterio pascual. En efecto, su elección, misión y sufrimientos son profecía de la suerte de Cristo.
Es Dios mismo, y no el profeta, quien presenta a su Siervo. Él lo ha elegido para una misión difícil y de capital importancia, y por ello lo sostiene. Consagrado con el espíritu profético, el Siervo "llevará el derecho a todas las naciones". Es decir, el conocimiento práctico de los juicios de Dios (v.1).
Este carácter judiciario se ilustra con la imagen del v. 2, donde la misión del Siervo se describe teniendo en cuenta la figura del "heraldo del gran rey".
Según las costumbres de Babilonia, el heraldo estaba encargado de proclamar en las plazas de la ciudad los decretos de condenas a muerte. Si al concluir el pregón no surgía ningún testimonio en defensa del condenado, rompía la caña y apagaba la lámpara de aceite que llevaba, para indicar que la condena era ya irrevocable.
Por ello, el Siervo de Yahveh, del único verdadero rey que es Dios, "no quiebra la caña cascada". Él es mensajero del juicio divino, mas no viene a condenar sino a salvar. Con la fuerza de la mansedumbre y la firmeza de la verdad, el Siervo persevera en su tarea, y llega hasta las regiones más remotas para que todos reciban la enseñanza del Rey altísimo (v.4).
En Cristo, la figura se convierte en realidad. Cristo es a la vez Siervo doliente y Siervo libertador, elegido y enviado para la salvación. Él es la luz que ha venido al mundo a iluminar a todas las gentes, él es el mediador de una nueva y eterna alianza (v.6), ratificada con su cuerpo entregado y con su sangre derramada.
Seis días antes de la fiesta judía de la pascua, llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Ofrecieron allí una cena en honor de Jesús. Marta servía la mesa y Lázaro era uno de los comensales. María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro, y ungió con él los pies de Jesús; después, los secó con sus cabellos. La casa se llenó de aquel perfume tan exquisito. Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a traicionar, protestó diciendo: "¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?". Si dijo esto, no fue porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero común, robaba de lo que echaban en ella. Jesús le dijo: "¡Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura. Además, a los pobres los tenéis siempre con vosotros; a mí, en cambio, no siempre me tendréis". Un gran número de judíos se enteró de que Jesús estaba en Betania, y fueron allá, no sólo para ver a Jesús, sino también a Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Los jefes de los sacerdotes tomaron entonces la decisión de eliminar también a Lázaro, porque, por su causa, muchos judíos se alejaban de ellos y creían en Jesús (Jn 12,1-11).
"Seis días antes de la fiesta judía", comienza diciendo el texto de hoy. Como siempre, la habitual precisión de Juan nos permite revivir puntualmente, en la liturgia, la gracia de los últimos acontecimientos que preparan la pascua del Señor. La cena de Betania es preludio de la última cena.
Según la mentalidad de aquel tiempo, la comida, particularmente la comunitaria, reviste un carácter sagrado, pues indica comunión de vida y acción de gracias conjunta. Este aspecto, en esta cena, se profundiza ulteriormente por la presencia de Lázaro, "resucitado de entre los muertos", del que se dice que era uno de los que "estaban recostados" con Jesús (según la costumbre de comer recostados). Es decir, en gran proximidad de vida y muerte, como presagio de comunidad de destino.
No obstante, es la figura de María la que aparece en 1º plano, con su silencioso gesto de amor de adoración, sin cálculo ni medida. El perfume que derrama a los pies de Jesús es sumamente caro, pues 300 denarios corresponden al salario de 10 meses de trabajo de un obrero. De hecho, "toda la casa", nota el evangelista aludiendo al Cantar de los Cantares (Cant 1,12) "se llenó de la fragancia".
Éste es un detalle que nos muestra en María la imagen de la Iglesia esposa, unida amorosamente al sacrificio de Cristo esposo. A la donación total sin límites se contrapone la tacañería de Judas Iscariote (vv.4-6). Sin medias tintas, Juan nos presenta los 2 tipos de seguimiento del Señor, el de María y Judas. El amor dilató el corazón de una, y la mezquindad cerró por completo el corazón del otro.
Meditatio
Se nos invita hoy a la cena de Betania para estar con Jesús en esa atmósfera cálida de afecto y amistad. Permanecemos en esa casa acogedora para afianzar nuestro seguimiento de Jesús. Se trata del camino de salvación, de la muerte a la vida (como le sucedió a Lázaro), y en él la activa solicitud se convierte en servicio cotidiano al Maestro y a los suyos, como Marta.
Se trata del camino de amor y de adoración, que dilata día tras día el corazón. O quizás el camino de las reservas, y de los cálculos cada vez más mezquinos que acaban ahogándonos en la avaricia. María y Judas, ambos discípulos del Señor, se nos presentan como ejemplos de cada uno de esos caminos.
Estar con Jesús, escuchar su Palabra, o compartir con él la existencia, no es todavía lo que decide nuestra meta, ni los pasos para lograrla. Es decisivo reconocer y acoger el amor que él da, el amor que él es. Judas no lo acogió, y por eso condena el derroche de María, haciendo sus cuentas con el pretexto de los pobres.
María ha hecho de ese amor su vida, y ha trasladado el centro de gravedad de su vida fuera de sí misma, sin cálculos ni razonamientos, y con una intuición muy precisa y luminosa que se ha quedado con lo esencial: con ese Jesús que lo da todo.
María no puede esperar, y quiere imitar desde ya mismo a su Maestro. Derrama todo lo que tiene sobre esos pies que le han abierto el camino del amor, y se nos dice que tenía guardado desde hacía tiempo, y con cuidado, ese nardo preciosísimo. Efectivamente, "toda la casa se llenó de la fragancia del perfume".
Oratio
Señor Jesús, Hijo de Dios, que has venido al mundo para ser el hombre más familiar de nuestra casa, ven esta tarde y todas las tardes a compartir con nosotros la cena de los amigos.
Haz de cada uno de nosotros, Señor, tu Betania perfumada de nardo, donde los íntimos secretos de tu corazón encuentren el camino silencioso de nuestro corazón. Haz que podamos vivir contigo la hora suprema del amor, y que podamos decirte, con un gesto de pura adoración, y a pleno pulmón: Queremos vivir tu vida y morir tu muerte.
Contemplatio
Estaba yo meditando sobre la muerte del Hijo de Dios encarnado. Todo mi afán y deseo era cómo poder vaciar mejor la mente de cuanto la ocupase, para tener más viva memoria de la pasión y muerte del Hijo de Dios.
Estando ocupada con este afán, de repente oí una voz que me dijo: "Yo no te amé fingidamente". Aquella palabra me hirió con dolor de muerte, y al punto me abrió los ojos del alma, viendo yo cuán verdadero era lo que me decía.
Veía los efectos de aquel amor, y lo que movido por él hizo el Hijo de Dios. Veía en mí todo lo contrario, porque yo le amaba fingidamente y no de verdad. Ver esto era para mí un dolor de muerte tan insufrible que me creía morir, y de pronto me fueron dichas otras palabras que aumentaron mi dolor.
Mientras daba vueltas a aquellas palabras, él añadió: "Soy yo más íntimo a tu alma que lo es tu alma a sí misma". Esto aumentaba mi dolor, porque cuanto más íntimo le veía a mí misma, tanto más reconocía la hipocresía de mi parte. Estas palabras suscitaron en mi alma deseos de no querer sentir, ni ver, ni decir nada que pudiese ofender a Dios.
Esto es lo que Dios requiere a sus hijos, a los que ha llamado y escogido para sentirle, verle y hablar con él (cf. Angela de Foligno, Libro de Vida, Salamanca 1991, pp. 169-170).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros" (Ef 5,2).
Conclusio
El ungüento que María extiende es el símbolo de la comunión nupcial con Jesús, manifestado por la comunidad cristiana. Celebramos la llamada de nuestras comunidades cristianas, representadas por María de Betania, a la comunión total con Jesús, dador de vida.
Es él quien transforma lo que debería haber sido un banquete fúnebre (en memoria de Lázaro) en un banquete gozoso. Es él quien cambia el hedor insoportable (de un muerto de cuatro días) en el perfume que inunda la casa de alegría. Es él quien contesta a todos los Judas de la tierra, que consideran un despilfarro el ungüento precioso de la intimidad con Dios y oponen los pobres al Señor.
Es él quien rechaza la práctica de los que prefieren la eficiencia del dinero a cualquier éxtasis de amor, y reducen maliciosamente a un valor monetario lo que no tiene precio. Es a él, en resumidas cuentas, a quien debemos buscar en la oración del abandono, en la experiencia contemplativa y en nuestro modo de vivir.
Que el Señor nos libre del error de Judas, que fue insensible al perfume de nardo y sólo escuchó el tintinear de las monedas, en vez de percibir el resplandor del aceite y no tanto la seducción del brillo del dinero.
¿Cuál es este perfume de ungüento con el que debemos llenar la casa, y cuál es este buen olor de Cristo que debemos difundir por el mundo?
El perfume que debe llenar la casa es la comunión. Naturalmente, debe ser como el que compró María de Betania, que fue un ungüento costosísimo de comunión amorosa. Debemos pagarlo sin rebajas, con mucha oración, sin mercaderías y como fruto de nuestros esfuerzos titánicos.
Es éste un don de Dios, que debemos implorar sin cansarnos. Lo obtendremos, estoy seguro, y su perfume llenará toda nuestra Iglesia (cf. Bello, A; Léxico de Comunión, Terlizzi 1991, pp. 69-75).
Act: