21 de Febrero
Sábado de Ceniza
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 21 febrero 2026
Lectio
Dice el Señor: "Si alejas de ti toda opresión, y si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias, y si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te guiará siempre, te saciará en el desierto y te fortalecerá. Serás como un huerto regado, como un manantial inagotable. Reconstruirás viejas ruinas, edificarás sobre los antiguos cimientos y te llamarán "reparador de brechas" y "restaurador de viviendas en ruinas". Si observas el descanso del sábado y no haces negocios en mi día santo, y si consideras al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor, y si lo honras absteniéndote de viajes y evitas hacer negocios y contratos, entonces el Señor será tu delicia. Te encumbraré en medio del país, y disfrutarás de la herencia de tu antepasado Jacob". Es el Señor quien lo dice (Is 58, 9-14).
El texto de hoy es continuación del que escuchamos ayer. Y si el Señor había pedido al profeta dirigir al pueblo una acusación "sin miramientos" (Is 58,1), ahora el tono es más sereno y exhortativo. Cuatro son los puntos que se pueden resaltar en el texto.
En los vv. 9-10a se indican los ámbitos de conversión interior, de lo que hoy llamaríamos caridad fraterna. Con estas condiciones sigue la promesa de comunión con el Señor y de restauración del país (vv.10b-12). A continuación reaparece el tema del 1º punto, pero en el contexto de los derechos de Dios y del sábado (v.13), y el v. 14 indica la promesa consiguiente.
En 1º lugar, el Señor pide quitar de en medio lo que divide al pueblo (opresión, falsas acusaciones en los tribunales, difamación), para luego construir la comunión nivelando las diferencias sociales ("si das al hambriento tu alma/vida y sacias el alma/vida del oprimido"; v.10).
Con estas condiciones Dios promete la comunión con él y la prosperidad. De hecho, si sacias "de ti mismo" a tu hermano en dificultad, el Señor te saciará. Y si reconstruyes con justicia la trama social, el Señor te concederá reconstruir viejas ruinas.
La añadidura respecto al sábado (v.13) sigue de nuevo la estructura de los versículos precedentes (si... entonces...). En este caso, si sabes refrenar la avidez de la eficiencia comprendiendo el sentido del reposo sabático, entonces el Señor te hará gustar su gozo y sus bienes, y te dará esa soberanía que buscas en vano con tus múltiples ocupaciones.
Después de esto, salió Jesús y vio a un publicano, llamado Leví, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví le obsequió después con un gran banquete en su casa, al que también había invitado a muchos publicanos y a otras personas. Los fariseos y sus maestros de la ley murmuraban contra los discípulos de Jesús y decían: "¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?". Jesús les contestó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan" (Lc 5,27-32).
Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino "a los pecadores". ¿A qué? A que "se conviertan". Como se ve, el versículo final de esta perícopa resume y constituye el culmen de lo que precede.
La llamada de los primeros discípulos (gente ruda y sencilla), la curación del leproso (sin temer la impureza legal), el perdón de los pecados y la curación del paralítico... todo esto va revelando el rostro desconcertante del Maestro. Ahora, él mismo invita a su seguimiento a un hombre doblemente despreciable, por su oficio de recaudador y por ser colaboracionista del odiado ocupante romano.
Jesús muestra la libertad soberana de sus elecciones, una libertad liberadora porque brota del amor. Y por eso tiene poder de elegir del mundo del pecado a cuantos se dejen interpelar.
En el brevísimo v. 28 aparecen 3 verbos significativos: "dejándolo todo" (toda atadura, toda cadena o peso), "se levantó" (anastas, el mismo verbo usado para la resurrección de Jesús) y "lo siguió" (pues la liberación y la resurrección a una nueva vida se orientan a seguir a Jesús, a la misión).
Leví no desaprovecha la ocasión del paso de la misericordia en su vida y en su casa, y quiere compartir con los demás la alegría de este encuentro desconcertante, para que se convierta en acontecimiento de gracia para muchos. Por eso prepara un "gran banquete", reuniendo a una multitud (v.29).
Meditatio
El hombre pecador es llamado por la Misericordia a la conversión, para gustar la comunión con Dios. Enfermo en lo hondo del corazón, ese hombre languidece buscando en el atolondramiento de los sentidos, o de la superactividad, el paliativo a la angustia que le devora interiormente, quizás sin saberlo.
Si no me reconozco a mí mismo en ese hombre pecador, herido, no es para mí la fiesta del perdón, la alegría de la curación. Continuaré sentándome en la mesa de la gente de bien, sin contaminarme con la suciedad moral y material de los otros, sin dejar que me inquiete el Amor que va en busca de quien está llagado interiormente para sanarlo.
Por medio del profeta Isaías, Dios nos ha pedido compartir. Y esto, en el evangelio, lo vemos encarnado, pues Jesús mismo ha compartido y saciando con la propia vida al hambriento de justicia y santidad.
La comunión que el Señor nos invita a construir entre nosotros tiene un precio elevado, que él ha pagado totalmente solo. Y también asume todo el dolor del otro, aun el sufrimiento más desolador y que menos se nota, el del pecado. Si reconozco ser yo el pecador sanado de sus heridas, no buscaré más (tanto para mí como para los míos) que el abrazo infinitamente misericordioso de esas manos crucificadas.
Oratio
Padre misericordioso, tú cuidas de todos los pequeños de la tierra, y quieres que cada uno sea signo e instrumento de tu bondad con los demás. Tú brindas tu amor a todo hijo herido por el pecado, y quieres unirnos a unos con otros con vínculos de fraternidad.
Perdóname, Señor, si he cerrado las manos y el corazón al indigente que vive a mi lado, pobre de bienes o privado del bien. Todavía no he comprendido que tu Hijo ha venido a sentarse a la mesa de los pecadores, y me he creído mejor que los demás. Por esta razón soy yo el pecador.
Haz que resuene tu voz en mi corazón, llámame ahora y siempre, oh Dios. Abandonando las falsas seguridades, quiero levantarme para seguir a Cristo en una vida nueva, y eso será una fiesta.
Contemplatio
En su infinita misericordia, el Señor se da a sí mismo y no recuerda nuestros pecados, como no recordó los del ladrón en la cruz. Grande es tu misericordia, Señor, y ¿quién podrá darte gracias como mereces, por haber derramado en la tierra tu Espíritu Santo? Grande es tu justicia, Señor.
Tú hiciste una promesa a los apóstoles, al decir: "No os dejaré huérfanos" (Jn 14,18). Ahora, nosotros vivimos de esta misericordia, y nuestra alma experimenta que el Señor nos ama. Quien no lo experimente, que se arrepienta, y el Señor le concederá la gracia que guíe su alma. Pero si ves un pecador y no sientes compasión, la gracia te abandonará.
Hemos recibido el mandamiento del amor. El amor de Cristo se compadece de todos, y el Espíritu Santo nos infunde la fuerza de hacer el bien. El Señor perdona los pecados de quien se compadece del hermano. El hombre misericordioso no recuerda el mal recibido, y aunque le hayan maltratado y ofendido, su corazón no se turba, porque conoce la misericordia de Dios.
Nadie puede apropiarse de la misericordia del Señor, porque ésta es inviolable, y habita en lo alto de los cielos, junto a Dios (cf. Silvano de Athos, No te Desesperes, Magnano 1994, pp. 91-93).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sus llagas nos han curado" (Is 53,5c).
Conclusio
La ascesis de los padres del desierto imponía un tiempo de ayuno agotador y privaciones rigurosas. Hoy en día, la lucha ataca por otro frente, y el hombre no necesita un suplemento dolorosísimo (cilicios, cadenas y flagelaciones), pues correría el riesgo de quedar destrozado inútilmente.
La ascesis de hoy en día consiste en imponerse un reposo y ponerse bajo la disciplina de la calma y el silencio, para encontrar el lugar adecuado y la capacidad de orar y contemplar, aun en medio de la barahúnda del mundo. Sobre todo, la ascesis actual pasa por imbuirse en el evangelio.
En un mundo cansado, asfixiado por las preocupaciones y ritmos de vida cada vez más agobiantes, el esfuerzo ascético ha de dirigirse a encontrar y vivir la frescura y espiritualidad evangélica de ese caminito que nos irá llevando a sentarnos a la mesa con los pecadores y a compartir con ellos el pan.
La ascesis no tiene nada que ver con el moralismo, sino en activar la heroicidad de la vida cristiana, a través de esas virtudes que hemos de recibir como don y tarea por parte del Espíritu Santo, reconociendo que todo es suyo y que él nos lo pide todo.
En las alturas de la santidad está el saber vivir en presencia de Dios. El alma reconoce a Dios confesando su impotencia radical y renunciando a pertenecerse. La ofrenda, el don de sí, es la humildad en acción.
El hombre desnudo sigue a Cristo desnudo, permanece vigilante en su espíritu y espera la venida del Señor. Pero su alma lleva el mundo dentro de sí. Al atardecer de su vida, el hombre será juzgado de su amor (cf. Evdokimov, P; La Novedad del Espíritu, Milán 1980, pp. 64-65).
Act: