4 de Abril
Sábado Santo
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 abril 2026
Lectio
Sábado Santo, día de la sepultura de Dios. ¿No es acaso, de forma impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, en el que los discípulos experimentan el vacío de corazón, y se preparan llenos de vergüenza a volver a casa, y se encaminan sombríos hacia Emaús, sin darse cuenta de que Aquel que creían muerto está en medio de ellos?
"Descenso al infierno" significa que Cristo ha sobrepasado la puerta de la soledad, que ha tocado el fondo inalcanzable de nuestra soledad. Significa que aun es noche externa, no franqueada por palabra alguna, en la que todos somos expulsados. Significa que una voz nos llama, y una mano nos coge y nos guía.
La soledad del hombre ha sido superada desde el momento en que Cristo ha pasado por esta soledad. El infierno ha sido vencido desde que el amor ha entrado en la región de la muerte, y la "tierra de nadie" ha sido habitada por él (cf. Ratzinger, J; Sábado de la Historia, Milán 1998, pp. 43-46).
Oratio
Padre nuestro, que estás en los cielos y nos miras a nosotros, pequeñas criaturas de la tierra, reaviva nuestra fe y nuestra esperanza ante el misterio de la muerte.
También tú, junto con tu Hijo, has querido experimentar el gélido silencio del sepulcro. También tú, que eres el eterno Viviente, has querido ser una semilla enterrada en la tierra.
Por tu desconcertante humildad y empatía, concédenos la gracia de saber aceptar con entereza y serenidad la ley natural de la muerte, como paso a la vida resucitada (cf. Canopi, A. M; Via Crucis, San Giulio 1999, p. 52).
Contemplatio
Un José te protegió siendo niño. Otro José te desclava dulcemente de la cruz. En sus manos estás más abandonado que un niño en brazos de una madre. Introduce en el seno de la roca la reliquia de tu cuerpo inmaculado. Se rueda la piedra, todo es silencio. Es el sabath misterioso.
Todo calla, y la creación contiene la respiración. Cristo desciende al vacío total del amor. Pero lo hace como vencedor, y arde con el fuego del Espíritu. A su contacto se queman las cuerdas que atan a la humanidad. Oh vida, ¿cómo puedes morir? Muero para destruir el poder de la muerte y resucitar a los muertos del infierno.
Todo calla, pues concluyó la gran batalla. El que divide ha sido vencido, y bajo tierra ha prendido una chispa de fuego. Es vigilia de pascua y, aunque todo calla, se barrunta la esperanza. El último Adán tiende la mano al primer Adán. La madre de Dios enjuga las lágrimas a Eva. En torno a la roca mortal, florece un nuevo jardín (cf. Bartolomé I; Via Crucis en el Coliseo, Vaticano 1994).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Está bien esperar en silencio la salvación del Señor" (Lm 3,6).
Conclusio
La tierra está extenuada. Todo duerme y espera. Y también reposa el cuerpo de Jesús. Como en el caso de Lázaro, la muerte de Jesús no es más que efímera. Mientras su alma descendía a llevar la victoria a lo más hondo de los infiernos, su cuerpo duerme pacíficamente en la tumba, esperando las maravillas de Dios.
Este gran sábado no es como otros. Algo ha cambiado radicalmente. El velo del templo se rasgó hace poco brutalmente, dejando al descubierto al Santo de los Santos. El templo ya no está en su lugar. El sábado ya no está en el sábado, ni la pascua en la pascua. Todo está en otro sitio. Todo está cerca, cerca del cuerpo que duerme en la tumba. Todo es espera, a la espera de lo que pueda suceder.
La Iglesia, esposa de Jesús, no se desorienta, sino que sigue junto a la tumba que encierra el cuerpo amado. El amor no flaquea, no se desespera, lo puede todo, todo lo espera. Sabe ser más fuerte que la muerte.
¿Qué no habría hecho en aquella hora de tinieblas el amor de algunos, entre ellos el de la Virgen María, para que Jesús fuera arrancado de la muerte? Sólo Dios lo sabe. ¿Alguno ha presentido la densidad de vida que colma este cadáver y esta tumba, como jardín en primavera, donde incluso la noche es un crujido de vida y de savia que fluye?
Nosotros no lo sabemos. Sólo sabemos que José de Arimatea hizo rodar una gran piedra hasta la boca de la tumba antes de irse, mientras María Magdalena y la otra María estaban allí, firmes junto a la tumba. Seguramente, no saben nada todavía, y tan sólo perseveran en el amor.
El vacío que se ha creado entre ellas es tan grande que sólo Dios puede llenarlo. Con ellas, toda la Iglesia espera en el amor (cf. Louf, A; Sólo mi Amor te Basta, Roma 1985, p. 63).
Act: