5 de Enero
Día 5 de Enero
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 enero 2026
a) 1 Jn 3, 11-21
"Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros". Después de haber insistido ayer en que nuestra condición de hijos de Dios nos debe hacer huir del pecado, hoy la carta de Juan se centra en la actitud del amor fraterno, y por el mismo motivo: porque todos somos nacidos de Dios, y por tanto hermanos los unos de los otros.
La iniciativa la ha tenido Dios. Hemos experimentado su amor a la humanidad enviándonos a su Hijo, y en la entrega del Hijo hasta la muerte en cruz por los demás. Y ahora nos toca a nosotros orientar nuestra vida en una respuesta de amor, porque "en esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros". Así, "también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos".
El que ama, vive; y el que no ama, permanece en la muerte. Y en esto sabemos que se pasa de la muerte a la vida: en que se ama. De ahí el interrogante planteado por Juan: "Si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo a va estar en él el amor de Dios?".
El argumento de Juan se hace todavía más dramático: "No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano", pues "el que odia a su hermano es un homicida". El amor al prójimo es el resumen de todas las enseñanzas de Jesús. Y es también, siguiendo la carta de Juan, el fruto coherente de nuestra celebración de Navidad.
Hubiera sido mucho más cómodo que la ley cristiana más característica fuera la oración, o la ofrenda de un sacrificio a Dios, en agradecimiento por el amor que nos ha mostrado. Pero el encargo de Jesús es el amor. Hubiera resultado mucho más tranquilizante que la eucaristía terminara en el "podéis ir en paz". Pero tiene una continuidad, que abarca el resto del día o de la semana.
José Aldazábal
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Continuando con su análisis de la condición de hijo de Dios, Juan subraya hoy que esa filiación lleva consigo la separación de un mundo que se niega a tomar en consideración la iniciativa de Dios. La humanidad se divide, pues, entre hijos de Dios e hijos del diablo (vv.9-10). Pero esta separación se convierte muchas veces en oposición, y los corresponsales de Juan lo saben seguramente (pues ya están sufriendo muchas persecuciones).
La caridad mutua es el criterio de los cristianos, es el mandamiento que conocen desde el comienzo de su conversión (v.11). Y lo más contrapuesto a la caridad es el odio (v.18). Esta oposición señala el ritmo de la vida del mundo, desde los orígenes del hombre, pues ya Abel era el justo y Caín el impío, que odiaba a su hermano (v.12). Nada extraña, pues, que lo mismo suceda a los cristianos, ya que, en la medida en que son signos del amor, son el blanco del odio del mundo (v.13).
El odio puede terminar ciertamente en la muerte del cristiano, pues lleva en germen la muerte física (v.15). Pero ¿cómo podría afectar a quienes han pasado ya de la muerte a la vida eterna (v.14)?
Ya en el evangelio había afirmado Juan que quien recibía la palabra de Jesús había pasado de la muerte a la vida (Jn 5, 24). Aquí precisa que esa palabra no es otra que el mandamiento del amor (v.11). Para conocer su estado espiritual y saber si posee la vida, el fiel no tiene más que preguntarse si posee la caridad. Entonces, incluso si se le arrebata la vida física, no se podrá nada para quitarle la vida eterna.
Juan ha visto el amor actualizado en Jesucristo (v.16a), que ha ofrecido su vida por los hombres. El amor no es, pues, una teoría, sino un ejemplo a imitar (v.16b). Encontramos aquí el alcance experimental que Juan atribuye siempre a la noción de conocimiento.
El apóstol, por otra parte, pasa a una aplicación concreta: si nosotros debemos reproducir el amor de Cristo que da su vida por los demás, a fortiori debemos imitarle cuando se trata de dar nuestros bienes a los pobres (v.17) Y termina Juan: no hay conocimiento abstracto de Cristo, como tampoco existe el amor al prójimo con sólo las palabras (v.18).
Maertens-Frisque
b) Jn 1, 43-51
El relato de la vocación de los primeros discípulos, iniciado el 3 de enero, continúa hoy con el llamamiento de Felipe y de Natanael (Bartolomé). Pero esos llamamientos son superados por la promesa misteriosa que Cristo hace de una nueva escala de Jacob (v.51).
Natanael estaba probablemente bastante versado en las Escrituras, hasta el punto de ser conocido como un doctor de la ley. Y quizás por esa razón se dirigiera a él Felipe haciendo alusión "a aquel de quien se ha hablado en la ley y los profetas" (v.45). O a que estuviera sentado debajo de una higuera, costumbre peculiar de los sabios de la época (v.49), y compartiera el desprecio de los sabios por todo lo que pudiera proceder de Nazaret (v.46).
El origen humano del Mesías choca a sus conciudadanos. Pero a Natanael, demasiado implicado en su visión rabínica de las cosas, Felipe le propone una conversión: "Ven y ve" (v.46). Se trata, en efecto, realmente de un llamamiento a la conversión, enteramente dominado por la idea de ver (Jn 1, 39). Esta palabra no designa para Juan tan sólo una mirada simplemente material sobre la humanidad de Cristo, sino una contemplación de su gloria y de su divinidad. En ese sentido es como "ha visto" el Bautista al Espíritu descender sobre Cristo.
Ahora bien, Cristo llama precisamente a Natanael para realizar esa conversión de la vista, y para pasar de la mirada sobre la humanidad de Jesús a la contemplación de su gloria. Para impulsarle a ese cambio, Cristo actúa con habilidad comenzando por hacer el elogio del discípulo: es "verdaderamente Israel", o "verdaderamente hijo de Israel" (v.47). En otras palabra, va a poder realizar en plenitud lo que el patriarca Israel (o Jacob) no pudo más que entrever. Ése es el sentido habitual de verdadero o verdaderamente en Juan.
En efecto, lo mismo que Jacob tuvo la clara visión de Dios en Betel (Gn 28, 10-17), Natanael verá así a Dios en la persona de Cristo (v.51). Pero la conversión de Natanael se realiza gradualmente. En la 1ª etapa ha visto a Jesús hijo de José (v.45), la 2ª le lleva ya a profesar la mesianidad de ese Jesús (v.49), y en la 3ª reconocerá a la vez su divinidad (cielo abierto, ángeles...) y su humillación (v.51).
En cierto modo es un itinerario catecumenal lo que Juan propone al analizar la conversión progresiva de Natanael: de la humanidad de Cristo a su mesianidad; de la mesianidad al misterio pascual de la humillación y de la exaltación.
La mirada humana basta para ver la humanidad de Cristo, pero originará muchas veces desprecio y falta de comprensión. Se necesita ya cierta fe para leer la mesianidad de Cristo en determinados signos como el que se describe en el v. 48 y los que irán apareciendo a lo largo de la vida de Cristo (Jn 2,11; 2,23; 4,54). Pero sólo la verdadera fe puede leer el signo por excelencia, la humillación y la glorificación del Hijo del hombre en su misterio pascual (Jn 2,18-21; 8,28; 3,12-15).
Los ángeles "suben y bajan sobre el Hijo del hombre" (v.51), sin duda para indicar el doble movimiento del misterio pascual. En efecto, "¿quién puede subir a los cielos sino aquel que ha bajado de allí?" (Jn 3, 13).
Un pasaje como el que leemos hoy impele al cristiano a verificar el grado de su fe. ¿Se trata tan sólo de una concepción del Cristo-hombre, como sería el caso si su piedad de Navidad se dejara impresionar tan sólo por la pobreza y la debilidad del niño de Belén? En ese caso, la religión se vería expuesta entonces a perderse en el sentimentalismo. ¿Se trata ya de la inteligencia de los signos y de los milagros de Cristo, reconociendo en él un auténtico enviado de Dios? Entonces la religión se expondría a perderse en la apologética.
Ojalá pudiera consistir en ver, en el sentido joánico de la palabra, la humillación-exaltación de Cristo en su Pascua y en aceptar modestamente seguirla para caminar con él y saber al fin dónde mora.
Maertens-Frisque
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Natanael es un hombre recto, un modelo en su género y un escriba. Y bajo su higuera, escudriña minuciosa y fielmente el bien y el mal. Ciertamente, no es un espíritu abierto a lo inesperado, sino que tiene muy claras sus propias ideas, aunque, eso sí, no sabe mentir. ¡Cuántos profesionales de la religión se le parecen! Eso sí, al menos Natanael se fía de Felipe.
No obstante, otra vez surge la historia de la mirada, cuando Jesús le dice: "Te vi". El escriba se siente subyugado y acelerado, lo cual demuestra que Jesús es un consumado seductor. Pero hay que ir más allá de la 1ª manifestación, pues rápidamente le espeta Jesús: "Has de ver cosas aún mayores".
Es decir, Jesús viene a decirle: Natanael, vas a ver lo que sólo la fe puede contemplar. Donde escrutabas la palabra como una tupida red, descubrirás el cielo abierto y una palabra que no esperabas. Donde te apresurabas a exclamar: "Tú eres el Hijo de Dios", verás a un Hijo de hombre al que Dios resucitó a pesar de la muerte. Eras escriba, pero en adelante serás testigo del amor, pues así son nuestras vidas.
Escudriñamos el bien y el mal para saber hasta dónde llegará el amor, para definir sus límites y sus exigencias. Somos honrados y, sin embargo, nos sentimos incómodos en nuestro corazón, que tarde o temprano nos acusa. Por querer vivir el amor sin dejar que su fuente nos vivifique, ya no nos atrevemos a estar confiadamente delante de Dios. Y es preciso que un día alguien nos mire y nos diga: "Te conozco". Él nos conoce con su corazón y nos lleva más allá, hasta la visión de la fuente, donde todo se vuelve posible, porque todo está bañado en Dios.
Josep Oriol Tuñí
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Es interesante destacar la exclusividad con que hay que afrontar el seguimiento de Jesús. Pues para Juan no es el evangelio del reino de Dios (con sus exigencias de conversión y de fe en la buena nueva de Mc 1,14) lo que ha de despertar a los hombres, y moverlos a que se adhieran a Jesús. Y ni siquiera hay un mensaje que se pueda distinguir y separar de él. No, nada de eso. Para Juan de lo que se trata es de la persona y figura de Jesús, a quien los hombres han de conocer ante todo, y tras ello adherirse o rechazarlo.
Jesús encuentra hoy a Felipe y le invita a seguirle. Y Felipe encuentra por su parte a Natanael, al que se ha considerado como su amigo, y le dice: "Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret".
El evangelista Juan se interesa por la reacción en cadena por la cual debió formarse el círculo de los 12 apóstoles: de hombre a hombre, de amigo a amigo. Andrés había dado ya la noticia a su hermano Pedro, y hoy hace lo mismo Felipe a Natanael. Hasta que Natanael replicó: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?". Contestación que indica que en tiempos de Jesús aquella gente no gozaba de buena reputación.
Natanael se queda con su primera impresión, una impresión muy humana. Y por eso le costó descubrir al Hijo de Dios en los signos pobres de Jesús de Nazaret. Pero dio el paso definitivo tomando una opción fundamental por Cristo.
Lejos de incomodar a Jesús, la franqueza de Natanael le place, así como el reconocer que "de Nazaret no puede salir nada bueno". De ahí que comente Jesús: "He aquí un verdadero hijo de Israel, en quien no hay engaño". Una afirmación de Jesús que supone lógicamente que Natanael acaba superando el obstáculo que suponía el origen de Jesús de Nazaret.
Es también una afirmación de Jesús que está por encima de los prejuicios que los demás puedan tener. Nosotros nos limitamos la mayoría de las veces a contradecir enseguida a los que no piensan como nosotros, en vez de ayudar a los demás a expresarse y a decir todo lo que tengan que decir, aunque sea en contra nuestra.
Natanael continúa con su franqueza: "¿De qué me conoces?". Y es que la llamada de Jesús es mirada hasta el fondo del corazón, como llamándonos por el nombre, que sólo Dios ha podido grabar en la profundidad de nuestro ser.
La revelación que Jesús trae es algo que sorprende al hombre, porque de inmediato le descubre la verdad sobre sí mismo: "Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, te vi". Jesús lee el interior del corazón, y su mirada está vuelta, en cada momento, hacia cada uno de nosotros.
"Rabí, tú eres el Hijo de Dios", le contestó Natanael. En verdad aquí hay una conversión de la mirada. Es una revisión, una nueva visión, una manera más profunda de mirar. Natanael ha pasado de un mirar simplemente humano (cargado de prejuicios y centrado en la humanidad de Jesús) a un mirar de fe que va más allá de las apariencias (y que se sumerge en las realidades profundas de la persona de Jesús). El cielo se ha abierto sobre él.
Noel Quesson
c) Meditación
Según los relatos evangélicos, la vocación de los primeros discípulos de Jesús fue una sucesión de encuentros que hizo estrechar entre ellos lazos de comunión y compañerismo, y que originaron a una fuerte amistad que habría de perdurar en el tiempo.
En concreto, el evangelista Juan nos hace saber que Jesús, tras haber determinado salir para Galilea, encuentra a Felipe y le dice: Sígueme. Aclara que Felipe era de Betsaida (la ciudad de Andrés y de Pedro), y es probable que Felipe tuviera ya contactos con Andrés y Pedro, o que perteneciera al mismo círculo de los discípulos de Juan Bautista.
El encuentro con Jesús pudo deberse a estos contactos. Pero el evangelista añade a continuación que Felipe se encontró con Natanael, que no podía serle desconocido, y le expresó con asombro su última noticia: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret. Para decir que habían encontrado a aquel de quien escribió Moisés, tenían que estar familiarizados con tales Escrituras.
El personaje aludido era sin duda el Mesías esperado. Pues bien, Felipe manifiesta a su amigo la certeza de que el Mesías profetizado es Jesús el Nazareno. Natanael no da crédito a esta noticia, porque entiende que de Nazaret, tierra de gentiles, no puede proceder el Mesías anunciado porque de allí no salía nada bueno. Felipe no le replica, y se limita a facilitarle el encuentro personal con el personaje en cuestión: Ven y verás, ven y tendrás ocasión de comprobarlo por ti mismo.
Cuando Jesús ve a Natanael acercarse a él, dice de él, como si le conociera de siempre: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Aquello tuvo que sonarle a Natanael a un juicio un poco presuntuoso, pues ¿cómo se permitía enjuiciarle aquel desconocido que nada sabía de él? Por eso le contesta: ¿De qué me conoces para decir eso de mí? Y Jesús le muestra un indicio de sus dotes cognitivas: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.
Bastó esta simple indicación para que cambiara enteramente la actitud de ese israelita de verdad, íntegro, honesto, siempre con la cara descubierta, sin doblez ni engaño. Rabí (respondió Natanael), tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Confesar a Jesús Hijo de Dios por haberle adivinado el lugar en que se encontraba antes de ser llamado por Felipe, parece excesivo. Y Jesús se lo hace notar: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y realmente llegó a ver cosas mayores
, signos mayores de su poder de persuasión, de curación, de transformación. Veréis el cielo abierto, le dice Jesús, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.Verán, pues, abrirse el cielo; verán personajes celestes cortejando al Hijo del hombre. Pero también verán cosas contrarias; verán al Mesías contradicho, discutido, despreciado, rechazado, injuriado, humillado, condenado como un malhechor, crucificado, sepultado. Y en semejante visión su fe se verá zarandeada, combatida y cuestionada, a forma de "ahí tenéis a vuestro Rey, clavado en una cruz", dicho por boca de sus contradictores.
¿Era la amistad de estos hombres con Jesús, y su fe en él, tan fuerte como para hacer frente a estos desafíos? No lo parece. Pero la fe de aquellos discípulos reverdeció con la resurrección del Maestro. Sólo este hecho (= cosa) mayor explica la fuerza arrolladora de una fe capaz de entregar la vida en su momento testimonial (= martirio).
La amistad explica muchas cosas en la relación de aquellos discípulos con Jesús, pero no lo explica todo. Para seguir manteniendo la fe (= confianza) en él, tuvieron que ver realmente cosas mayores, tuvieron que ver el cielo abierto para dar entrada triunfal al Resucitado de entre los muertos.
Pero no cabe duda de que hubo unos contactos que propiciaron encuentros, y los encuentros hicieron surgir una amistad (esa confluencia de intereses entre diversas personas) que habría de robustecerse con el tiempo. Sólo esta amistad ininterrumpida explica la permanencia en el seguimiento, incluso en los momentos más críticos y complicados, y finalmente la experiencia de las apariciones tras su muerte y sepultura.
También hoy, como entonces, la fe sigue siendo una cuestión de amistad, que depende de un encuentro personal con el Viviente. Si falta éste se hace difícil no sólo el brotar de la fe, sino hasta su propio mantenimiento.
Act:
05/01/26
@tiempo
de navidad
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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