31 de Enero

Sábado III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 31 enero 2026

a) 2 Sam 12, 1-7.10-17

         Escuchamos hoy cómo envía el Señor al profeta Natán donde David, y le increpa: "Tú eres ese hombre". Se trata del mismo profeta que había anunciado a David las maravillosas promesas divinas, y que ahora se atreve a ir donde el rey para un mandado muy diferente. Los profetas son la conciencia viviente del pueblo de Dios.

         Pero su habilidad como educador y su delicadeza son notorias. Natán no condena desde el exterior, sino que cuenta una parábola y conduce al rey para que tome conciencia por sí mismo, y sea él mismo quien aporte un juicio sobre su pecado. Gracias, Señor, por ayudarnos a respetar siempre el lento caminar de las conciencias.

         Cuando la conciencia de David se hubo despertado, el profeta sólo tuvo que constatar y autentificar. "Es verdad lo que dices: tú eres ese hombre". Y esa bonita historia del pobre y del rico nos recuerda al mismo tiempo, y una vez más, que Dios, sistemáticamente toma la defensa de los oprimidos y de las víctimas.

         ¡Gracias, Señor, por tomar la defensa de los pobres! ¡Del fondo de mi corazón te digo: "Gracias, y ayúdame a tomar conciencia de mis pobrezas y limitaciones". Ayúdame a no caer jamás en esa terrible pendiente que es la nuestra, que era la de David, que es la de todo hombre, de aplastar a su hermano. El hombre, víctima del hombre; el fuerte aplastando al débil; el rico aplastando al pobre. Perdónanos. Señor.

         "Tú eres ese hombre", le dijo el profeta a David, aludiendo al responsable del pecado. ¿Soy yo también ese hombre? ¿Cuál es mi forma de opresión sobre los demás? ¿De utilización de los otros en provecho propio? Resulta muy fácil condenar a David.

         Pero David reaccionó, y no dudó en reconocer: "He pecado contra el Señor". La verdadera santidad de David es haber sabido reconocer su falta: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Devuélveme la alegría de tu salvación, y exímeme de la sangre".

         Esto es ya como un avance del Sacramento de la Penitencia, con el papel del penitente, y el del confesor que escucha la confesión y transmite el perdón divino. Sólo Dios cambia el corazón del pecador: pero ha sido necesaria la mediación de un diálogo, de una conversación con Natán, para que David se entienda y haga un juicio más objetivo sobre sí mismo. Porque "hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos".

         El verdadero sentido del pecado en la Biblia no es solamente un sentimiento de culpabilidad moral, no es tan solo la trasgresión de una ley. El pecado no se entiende de veras en su profundidad más que en el marco de las relaciones personales entre el pecador y Dios. Hay que ser un santo, hay que ser muy sensible a Dios, para pecar de veras. Muchos hombres, faltos de amor a Dios se quedan al nivel de la trasgresión moral. Señor, haz que comprendamos tu amor. Danos el sentido del pecado.

Noel Quesson

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         Después del pecado de David de ayer, viene hoy el arrepentimiento sincero de David. El profeta Natán, que en otras ocasiones le transmite al rey palabras de bendición y promesas, ahora denuncia valientemente su pecado, con ese expresivo apólogo del rico que le roba al pobre su única oveja.

         David reacciona bien y reconoce su culpa, pidiendo perdón a Dios. El autor del libro interpreta las desgracias que le llegarán a David, en forma de muertes e insurrecciones, como castigo de Dios por su pecado. Además de ese primer hijo con Betsabé, otros más le murieron prematuramente a David: Absalón, Adonías...

         El Salmo 50 (o Miserere) que hoy cantamos como salmo de meditación a la 1ª lectura, es la oración modélica de un pecador que reconoce humildemente su culpa ante Dios, y le pide un corazón nuevo. Y es un salmo que resume los sentimientos de tantas personas que, en toda la historia de la humanidad, han experimentado la debilidad pero que se han vuelto confiadamente a la misericordia de Dios.

         También nosotros somos débiles. Es verdad que no matamos ni cometemos adulterio, pero si podemos (en niveles más domésticos) aplastar de algún modo los derechos de los demás, y tener un corazón enrevesado. Pues bien, somos invitados a reaccionar como David. Podríamos rezar despacio el Salmo 50, aplicándolo a nuestra vida.

José Aldazábal

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         Hermosa y valiente es la acción y la palabra del profeta Natán. En 1º lugar, una parábola con profundo mensaje: la justicia frente a la injusticia. En 2º lugar, el juicio y discernimiento del rey David: reo de muerte, por conducta vil. Y en 3º lugar, el grito de la conciencia: ése personaje vil eres tú.

         ¿Quién de nosotros puede sentirse libre de culpa? Dios conoce nuestras maldades, miserias y pecados. Ojalá que con grandes penitencias hubiésemos logrado lavar nuestras culpas. Porque hay Alguien que, por nuestros pecados, aceptó ir libremente a la muerte para purificarnos y presentarnos libres de culpa ante su Padre. Y por más ayunos que hubiésemos hecho, o por más sayales que nos hubiésemos puesto, o por más oraciones elevadas ante Dios, jamás hubiésemos logrado, por nosotros mismos, ser perdonados.

         Por eso no podemos decir que hubiésemos podido evitar que Cristo muriera, pues la salvación sólo nos llegaría por su muerte salvadora. A nosotros corresponde no vivir encadenados al mal, sino aceptar esa salvación que sólo nos viene de Dios por medio de su Hijo. Por eso, reconozcamos con humildad que hemos pecado, confesemos nuestros pecados, aceptemos a Cristo como nuestra única salvación, y Dios tendrá compasión de nosotros y nos dará vida eterna.

         Ojalá tuviéramos en todos los tiempos hombres-profetas, denunciadores de las injusticias a cara descubierta, y gobernantes que oyeran, reconocieran sus errores y volvieran a la verdad. Para que eso se cumpla, necesitamos un hombre mejor. Y para que esto se vaya logrando se hace indispensable que a todos llegue (en la educación familiar, escolar y ciudadana) una orientación clara sobre el sentido de su existencia como personas, ante Dios y ante los demás.

Dominicos de Madrid

b) Mc 4, 35-41

         En la escena que contemplamos hoy en el evangelio, los discípulos de Jesús temen que una tormenta haga naufragar la barca en la que van navegando, y sus vidas acaben por la borda. Mientras tanto, Jesús permanece durmiendo, tal vez cansado o confiado, hasta que sus discípulos le despiertan alarmados.

         Después de apaciguar los vientos y contener las olas, Jesús hace un reproche a sus discípulos: ¿"Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?", sobre todo teniendo en cuenta que él mismo está en la barca.

         Este reproche de Jesús recae también hoy sobre nuestras comunidades cristianas, cuando nos dejamos asustar por las dificultades, persecuciones, incomprensiones u otros problemas. Si creemos de verdad que Jesús está presente entre nosotros, como él nos prometió, debemos mantenernos serenos y confiados, frente a todo tipo de vientos y olas contrarias.

         El relato de la tempestad calmada nos ha impresionado siempre, sobre todo por el contraste entre la serenidad de Jesús, y su dominio sobre los elementos, y la angustia de los discípulos y su perplejidad ante los poderes de Jesús. Él es el señor de las tormentas, el creador de los vientos y las aguas, el dueño del cosmos, y ellos son apenas unos pobres mortales que pueden ser arrebatados en cualquier instante por las olas, y ser precipitados a lo más profundo del mar.

         Este episodio nos recuerda el libro de Jonás, el profeta que también debió enfrentar una tormenta en alta mar, hasta que sus compañeros lo arrojaron al agua pensando que el peligro que sufrían era por culpa suya. Aquí los discípulos no culpan a Jesús, pero no acaban de entender el misterio profundo de su persona.

         Con Jesús, y en compañía de los discípulos, la Iglesia es capaz de atravesar el lago y llegar a puerto seguro, a través de los mares y las tormentas de los siglos. A veces nos parecerá que el Señor se duerme, y que las olas amenazan con hundirnos, pero él va con nosotros y nada tenemos que temer.

          No podemos ser hombres y mujeres de poca fe, ni unos cobardes. Al desembarcar, iremos por los caminos y las aldeas a proclamar el reinado de Dios que ya viene, y Jesús seguirá estando siempre con nosotros, o saliéndonos al paso para seguir construyendo confiadamente la Iglesia.

Emiliana Lohr

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          La vida es como una ensalada bien variada, llena de momentos de tranquilidad y de turbación. A veces nos sentimos con tanta fuerza como para mover el mundo con un dedo, y otras veces nos sentimos caídos en el fondo de un pozo, abandonados y sin esperanza. Pues bien, la fe nos exige creer en la presencia de Dios, en cualquiera de esas variaciones e incluso cuando no lo podamos sentir. 

         Los apóstoles tuvieron la experiencia de un gran peligro, en que las aguas del mar de Galilea amenazaban con tragárselos mientras su maestro Jesús seguía durmiendo tranquilamente. La experiencia de la tempestad, o de cualquier tipo de adversidad, es común a todos los hombres de todas las razas, culturas, lugares y tiempos. La cruz nos persigue como nuestra sombra. ¿Y qué hay que hacer? Hay que despertar al Cristo que está durmiendo dentro de nosotros.

         Para algunos hombres, Cristo está ausente de sus vidas, pues no tienen ningún contacto personal con él. No le hablan en la oración y no lo experimentan en los sacramentos.

         Para otros, Cristo murió dentro de ellos. Hubo un tiempo, tal vez cuando eran jóvenes, en que caminaban mano a mano con él. Lo veían en todas partes: en la belleza de la naturaleza y en las maravillas del firmamento. Como dijo un poeta irlandés Plunket: "Dios ha hecho tres cosas muy bellas: las estrellas del cielo, las flores del campo y los ojos de los niños".

         Pero para muchos, el pecado ya ha obstaculizado esta experiencia de Dios, y él es sólo un eco arcano del momento de su 1ª comunión o de su boda. Para otros más, Cristo está dentro de ellos, pero durmiendo. Tratan de despertarlo por medio de su fe. A veces la fe se hace auténtica. Es la fe de los mártires que no ven nada que no sea la punta de un fusil. La fe no es un sentir, sino un aceptar voluntariamente la presencia de un Dios que no vemos con los ojos, pero estamos seguros que está ahí.

         La experiencia del Cristo durmiendo en la barca de nuestra vida es bastante común. Muchas veces uno escucha: "Padre, he perdido mi fe". Y uno le pregunta: "Pero, ¿es que ya no cree en Dios?". La persona responde que sí cree en él, pero que no lo siente. Pero a Dios no se lo siente como si fuese un caramelo.

Fintan Lelly

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         Hoy el Señor riñe hoy a los discípulos por su falta de fe: "¿Cómo no tenéis fe?" (v.40). Jesucristo ya había dado suficientes muestras de ser el enviado y todavía no creen. No se dan cuenta de que, teniendo con ellos al mismo Señor, nada han de temer. Jesús hace un paralelismo claro entre fe y valentía.

         En otro lugar del evangelio, ante una situación en la que los apóstoles dudan, se dice que todavía no podían creer porque no habían recibido el Espíritu Santo. Mucha paciencia le será necesaria al Señor para continuar enseñando a los primeros aquello que ellos mismos nos mostrarán después, y de lo que serán firmes y valientes testigos.

         Estaría muy bien que nosotros también nos sintiéramos reñidos, pues hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace capaces de entender cómo realmente el Señor está con nosotros, y si es que de veras buscamos hacer siempre la voluntad del Padre. Objetivamente, no tenemos ningún motivo para la cobardía. Jesucristo es el único Señor del universo, porque "hasta el viento y el mar le obedecen" (v.41), como afirman admirados los discípulos.

         Entonces, ¿qué es lo que me da miedo? ¿Son motivos tan graves como para poner en entredicho el poder infinitamente grande como es el del amor que el Señor nos tiene? Ésta es la pregunta que nuestros hermanos mártires supieron responder, y no ya con palabras sino con su propia vida. Como tantos hermanos nuestros que, con la gracia de Dios, cada día hacen de cada contradicción un paso más en el crecimiento de la fe y de la esperanza. Nosotros, ¿por qué no? ¿Es que no sentimos dentro de nosotros el deseo de amar al Señor con todo el pensamiento, con todas las fuerzas, con toda el alma?

         Uno de los grandes ejemplos de valentía y de fe, lo tenemos en María, auxilio de los cristianos, reina de los confesores. Al pie de la cruz supo mantener en pie la luz de la fe... ¡que se hizo resplandeciente en el día de la resurrección!

Joaquim Fluriach

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         Qué pregunta la de hoy del Señor: "¿Todavía no tenéis fe?". A esa pregunta, que es también un reproche, le viene, de parte de los discípulos, a modo de respuesta, otra pregunta, que en realidad es una alabanza: "¿Quién es éste?". Sobrecogidos de admiración descubren que no conocen a su Señor. Y fue maravilloso regalo del Cielo que hicieran este descubrimiento porque la conciencia de la ignorancia suele ser principio de conocimiento.

         El viento y el lago obedecen a la voz de Jesús. Y yo, ¿obedezco la voz de Jesús? Ls astros y los planetas lejanos obedecen la voz del Jesús. Y la humanidad ¿obedece la humanidad a la voz de Jesús?

         A los discípulos les maravilló que el lago obedeciera a Jesús. Pero ¿debe admirarnos menos o más que un corazón humano llegue a obedecer a Jesús? ¿No es cierto que es un milagro bellísimo encontrar una sola alma que le diga a Jesús: "Yo quiero hacer tu voluntad; yo quiero creer en tu palabra"? ¿Y qué tal que esa alma fueras tú hoy?

Nelson Medina

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         ¿Podríamos confeccionar una lista con los hombres y mujeres que nos han enseñado a creer, aquellos que han mantenido la confianza, que han salido sin saber a adónde iban? Es imposible la fe personal aislada de la cadena de testigos. Por eso necesitamos tanto contarnos unos a otros el desenlace de las vidas de aquellos que creyeron y siguen creyendo.

         Los apóstoles tuvieron dudas como nosotros, y en algún momento todo les pareció un timo. Sin embargo, confiaron hasta el final. Prestaron más adhesión al misterio de Dios que al enigma de su pequeño corazón humano. Y acabaron viendo la luz, pisando el umbral de la tierra prometida.

         Quizás nosotros nos reconocemos espontáneamente en los discípulos que, cuando las olas rompen contra la barca, gritan: "Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?". Jesús no les reprocha su poca destreza para mantener el rumbo sino algo más simple y, al mismo tiempo, más difícil: su falta de fe: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

         La fe no es una botica de la que vamos sacando recetas para todos los males de nuestro mundo. La fe no nos libera de la dureza del camino, de la búsqueda compartida, del remar contra corriente, pero nos mantiene en la seguridad de que el Señor está con nosotros. La fe es hoy una "reserva de confianza" en un mar embravecido.

Gonzalo Fernández

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         Jesús dormía. No es que no le importase que los apóstoles muriesen anegados por las aguas. Es que dolores más fuertes y urgencias más amargas pesaban sobre su Corazón fatigado: los pecados de los hombres, el hambre de las almas, el desconcierto de un rebaño sin pastor... Eso preocupaba al Señor. Al fin y al cabo, nada puede una tormenta contra la claridad de un alma en gracia; los vientos y las olas, cuando se apoderan de la barca en que navega un hijo de Dios, pueden llevarla a la otra orilla del Lago o a la playa de la eternidad... Nada más.

         Y en todo caso, basta con decir: "¡Silencio cállate!", y la tempestad se amansa obediente ante la voz del Verbo. Es como para preocuparse, sí, aunque haya cosas peores.

         ¡Ojalá bastase, para acallar la tormenta de pecados que zarandea a los hombres, con decir: "¡Silencio cállate!". Días enteros exponiendo ante los hombres la Palabra no habían sido suficientes para devolver a su Padre el rebaño. Esto es lo que le importaba a Jesús; esto es lo que tenía su corazón ahogado en un gemido y vencido hasta el sueño.

         Porque el pecado tiene el poder que no poseen todas las tormentas de la Tierra desatadas al unísono: el de enviar al hombre a la gehenna. Hay mayor mal en una sola infidelidad del corazón humano que en el huracán más poderoso con que pueda verse agitada la Tierra.

         Y cuando Jesús, agitado por nuestros ruegos, despierte y traiga la paz. ¿Despertaremos nosotros y llevaremos la paz a su corazón? ¿Acallaremos el pecado en agradecimiento a quien acalló la tormenta? Tras la santidad vendría la paz, y esa paz sería para siempre.

         Ahora vamos a despertar a Jesús. Vamos a pedirle a su Madre, la Reina de la Paz, que acaricie su rostro hasta que sus ojos se abran, y que le pida que nos libre de esta guerra. Pero, en adelante, no olvidemos cuál es el peor de los males, aquél que causa todas las guerras, aquél que taladra el corazón de Cristo.

José A. Martínez

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         Después de las parábolas, empieza aquí una serie de 4 milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando.

         El 1º es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente.

         El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

         Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del Maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.

         El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia.

         A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean.

         Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: "Sálvame, que me hundo".

José Aldazábal

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         Para adentrarnos en el pasaje evangélico de Marcos que nos presenta hoy la liturgia, es necesario comprender el problema de la persecución que vivía la comunidad seguidora del resucitado alrededor de los años 60 y 70, tiempo en el cual se puso por escrito la Buena Noticia según Marcos.

         Durante esas dos décadas los cristianos vivían tiempos de persecución, de caos y de muerte, y el miedo estaba apoderándose de los creyentes. El miedo en la comunidad imposibilitaba el comprender, aceptar y confesar a Jesús como el Señor de la vida y de la historia, aquel que triunfa sobre los poderes de la muerte y sobre la muerte misma.

         Frente a la realidad de persecución y de miedo que vivía la comunidad seguidora del Cristo Resucitado, el evangelista se sirve del testimonio que tienen los creyentes: que Jesús durante su vida histórica, en algún momento, se enfrentó con las fuerzas de la naturaleza cuando ellas eran incontrolables. Las fuerzas del mar fueron increpadas por Jesús de Nazaret y este acontecimiento se quedó grabado en la conciencia de los seguidores del Resucitado y lo proclamaron a lo largo de sus ministerios apostólicos.

         Para el pueblo de Israel y para la teología israelita el mar era el lugar de los poderes de la muerte, donde la vida de cualquier ser humano estaba en peligro y frente a este grave problema el único que podía enfrentar dicha realidad era el mismo Dios. Jesús entra a calmar la tempestad, y por lo tanto el evangelista le coloca a Jesús los mismos atributos que en el AT se le daban a Dios.

         Los discípulos estaban en un grave problema. La tempestad, es decir las fuerzas del mal, no había dejado que la travesía hubiera sido lo más placentera posible. La vida se encontraba amenazada y era necesario que Dios mismo entrara a defenderla. Jesús por lo tanto se enfrenta a los poderes del mal, los increpa y los desautoriza, haciendo de esta forma prevalecer la vida allí donde la muerte quería imponer su dominio y su imperio.

         Con este trozo evangélico Jesús es declarado verdadero Señor de la historia y sus seguidores se comprometen a seguirle con confianza y con fe.

         También nosotros hoy como Iglesia, estamos llamados a superar los temores que pueden aparecer en nuestra práctica eclesial. Temores que no nos dejan anunciar y construir desde nuestra propia experiencia de vida el Reinado de Dios, experiencia alternativa de soberanía de Dios en esta historia humana llena de injusticia, de violencia y muerte.

Confederación Internacional Claretiana

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         El evangelio de hoy narra cómo los discípulos pierden la calma y vacilan en la fe frente a un acontecimiento natural como una tormenta en medio de la travesía por el mar. Ellos creían que ir con Jesús les hacía estar libres de que alguna calamidad alterara la buena marcha en la travesía. Fue el momento para caer en cuenta que aun junto a él, también las olas se sienten fuertes y hacen estremecer la barca.

         Al ver que sus discípulos lo llaman con tanto susto, Jesús los interpela y les reprocha haber perdido la calma con tanta facilidad. Ellos estaban acostumbrados a la presencia del maestro. Pero Jesús los lanza a la aventura de poder enfrentarse a la vida con fe, ya que la pérdida de fe es pérdida de rumbo en la buena marcha de los compromisos adquiridos con el maestro.

         Mientras transcurre el tiempo de nuestra vida, necesitamos tener fe. Ya que en la medida en que nosotros dudemos seremos presa fácil en mano de nuestros opresores que tienen tanta fuerza como aquel mar que hacía tambalear la barca. Pero una fe sólida tendrá la fuerza de destruir toda fuerza que genere división y muerte en medio del pueblo.

         La Iglesia debe aunar esfuerzos para luchar por la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Sabiendo que todos los días hay que renovar nuestra fe para no desfallecer en la causa, ya que muchas veces nuestro barco también es tambaleado por la fuerte tormenta del egoísmo, de la desilusión, de la falta de fe...

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         La escena que nos presenta hoy el evangelio de Marcos comparece en todos los sinópticos, y tiene una intencionalidad muy clara. El narrador quiere que nos preguntemos lo mismo que se preguntaron los testigos del hecho narrado, sin salir del asombro: ¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

         La pregunta lleva implícita la respuesta, la cual se deja ver en la admiración que le sigue: Aquel a quien obedecen el viento y las aguas. Pues si las leyes de la naturaleza se someten a su dictado, no puede ser otro que el Señor de esa naturaleza.

         El relato evangélico nos habla de un suceso ocurrido al atardecer del día, en ese lago que presenció tantas actividades de Jesús. Y nos dice que es precisamente él el que toma la iniciativa, cuando se dirige a sus discípulos y les dice: Vamos a la otra orilla. Ellos, secundando las palabras de su maestro, y dejando a la gente que les acompañaba, se lo llevaron en barca hacia el lugar indicado.

         De repente, cuenta el narrador, se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. La situación se volvió desesperada, porque no sabían cómo hacer frente a la fuerza del viento y del agua, y empezaron a temer por sus vidas.

         Mientras tanto Jesús estaba a popa, y dormía sobre un almohadón totalmente ajeno a la extrema gravedad por la que atravesaban. Entonces lo despertaron, reprochándole su despreocupación o negligencia. Maestro, le dicen, ¿no te importa que nos hundamos? Parecía no importarle, pero le importaba, porque Jesús se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate! Y el viento cesó y sobrevino una gran calma.

         El viento, que había desatado la tempestad, respondía mansamente a la voz imperiosa de Jesús, sometiéndose a su mandato como si dispusiera de voluntad. En sólo unos instantes había perdido toda su virulencia, recuperando el lago la calma anterior. Y la tranquilidad retornó de nuevo a los agitados corazones de aquellos avezados marineros.

         Había bastado una simple palabra (cállate) para operar esta repentina transformación. Y es en ese preciso momento cuando Jesús les dice: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

         La extrema gravedad de la situación había puesto de manifiesto dos cosas: su cobardía y su falta de fe. La cobardía es una actitud que tiene su asiento en la debilidad humana y que se pone especialmente de manifiesto cuando nos vemos obligados a hacer frente a fuerzas que nos sobrepasan o a superar acontecimientos para los que carecemos de recursos.

         Pero los discípulos de Jesús se acobardan porque se sienten solos y desvalidos frente a la adversidad. Es decir, porque carecen de fe, y de ese fundamento en el que poder apoyarse. Y es que la fe nos permite no sentirnos nunca solos (sea cual sea la circunstancia en la que nos encontremos), y disponer de esa fuerza o recurso extraordinario que no hallamos en nosotros mismos (por razón de nuestra propia naturaleza, siempre débil por comparación con otros fenómenos más imponentes de la misma).

         La fe, por tanto, puede infundirnos el valor que nos falta en algunas circunstancias de la vida. Sobre todo en las que arrecia la adversidad, y el peligro se nos antoja insuperable. Es el valor añadido que proporciona la confianza en un poder superior, capaz de doblegar el oleaje del mar, la fiereza del viento y el agua embravecidos.

         La cobardía es consecuencia no sólo de la fragilidad humana, sino de la falta de fe, de esa fe que otorga un plus de valor que viene del que es fuente de todo poder y a quien el viento y las aguas indomables obedecen.

         Lo que aquellos discípulos, espantados y asombrados, descubren experimentalmente es lo mismo que se pide a todo creyente: que pongan su confianza en el que tiene poder para someter las fuerzas de la naturaleza, porque es Señor y legislador de la misma. Y que crean en él como aliado y amigo, al que se puede recurrir en toda ocasión y del que no cabe esperar otra cosa que beneficios y salvación.

 Act: 31/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A