16 de Abril
Jueves II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 16 abril 2026
a) Hch 5, 27-33
Escuchamos en la 1ª lectura cómo "los guardias se llevaron a los apóstoles, y los presentaron ante el Gran Consejo". Imagino la escena: 11 hombres (los apóstoles), conducidos por la policía al tribunal. Por lo visto, es lo que estaba de moda esos días en Jerusalén: los arrestos, los interrogatorios y la cárcel. Y lo que rezumaba aquel Gran Consejo (o Sanedrín judío), que pensaba que podía volver a repetir la chapuza que pocos días atrás había hecho con otro personaje llamado Jesús, a quien aquel Gran Consejo tuvo a bien hacerlo desaparecer.
"Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre", amenazó el Consejo judío a los apóstoles. En el fondo, los jefes de Jerusalén tenían miedo, y les remordía la conciencia sobre el homicidio que habían cometido 50 días atrás. La sangre de Jesús les atormentaba, y no se atrevían siquiera a pronunciar su nombre. El caso de Jesús continuaba embarazándolos.
Por lo que se ve, Jesús sigue estando allí, prolongándose en sus apóstoles. Y en cuanto a los judíos, la cosa no les ha salido bien. Creyeron haber haber suprimido a Jesús ("ese hombre", como ellos decían), pero ahora, en vez de uno son 11, reproduciendo casi miméticamente la vida de su maestro, y yendo todos en masa ante aquel tribunal. Efectivamente, la Iglesia es la continuación de Cristo, y tanto ayer como hoy sigue estando expuesta al juicio del mundo.
"Pedro y los apóstoles contestaron" al Consejo. Se trata de la realidad del Colegio Apostólico al completo, que ya existe y que empieza a manifestarse. El papel de Pedro no compite con el de los demás, sino que trata de hacer de resorte de unión del resto, y por eso hace de portavoz en nombre de todos.
"Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", contestan los apóstoles al Consejo. En su situación de acusados, los apóstoles continúan siendo testigos, y ninguna situación puede ya apartarlos de su condición de testigos de Jesús. ¿Me encuentro yo también, alguna vez, ante opciones o decisiones de ese género: obedecer a Dios, o bien obedecer a los hombres? ¿Me decido por Dios, o por lo que el mundo quiere? ¿Me mantengo firme en mis convicciones, o me dejo llevar de las mentalidades de moda? ¡Ayúdanos, Señor!
Noel Quesson
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Escuchamos hoy cómo el Consejo Judío (y sus sacerdotes) se inquieta ante la decisión de los apóstoles de hablar de Jesús. Y le hacen creer que por eso pueden detenerlos, sometiéndolos a interrogatorio. No obstante, eso no intimida a los apóstoles, sino que les estimula para proclamar, más fuerte todavía, el mensaje fundamental del cristianismo: "Cristo ha muerto y ha resucitado, y de él viene la salvación".
Los apóstoles son consecuentes con su fe, y empiezan a desarrollar la vocación para la que habían sido llamados, sin importarles que alguien se pudiera molestar (pues no hacían nada malo). Es lo mismo que decía San Juan Crisóstomo:
"Lo que hay que temer no es el mal que digan contra nosotros, sino la simulación de nuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán pruebas de vuestra firmeza. Mas, si por el temor de ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y os despreciarán; en esto consiste en ser pisoteados por la gente" (Evangelio de Mateo, XV).
Por eso, dice San Gregorio Magno que "así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados" (Regla Pastoral, II).
Jesús pasó por la cruz para llegar a la resurrección, y es necesario que el grano de trigo muera para que pueda dar fruto. Los sufrimientos de todo apóstol, y de todo creyente (pues todos hemos de ser apóstoles en nuestro ambiente), están marcados con vida y no muerte: "El Señor está cerca de los que sufren". Así nos lo dice el Salmo 33 de hoy:
"Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor".
Manuel Garrido
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Dios libera hoy a los apóstoles de la cárcel, pero no para que se queden sentados, sino para que den testimonio en la calle. En el caso de hoy, en el Templo de Jerusalén. No será fácil, pero el Espíritu se manifiesta a través de estos testigos de la resurrección: él los llena de su impulso y su valor; él pone en su boca las palabras oportunas; él preserva sus vidas en medio de la persecución; y él las resucita, como la de Cristo, cuando el testimonio se rubrique con la muerte.
La 2ª etapa de esta 1ª comunidad cristiana en Jerusalén está marcada por la persecución, así como también la vida de Jesús estuvo marcada por la persecución (desde el comienzo). De hecho, Rahner llegaba a hablar de la "situación de diáspora perseguida, inherente al cristianismo". Tal vez se trate de un sello perenne de la misión cristiana.
Si nuestro testimonio resulta demasiado acomodaticio habremos de preguntarnos a quién estamos obedeciendo de verdad. Quien se ha encontrado con el resucitado pondrá siempre a Dios antes que a los hombres. Gracias a tantos otros que han hecho de su fe una entrega total, incluso hasta el martirio, la Iglesia continúa evidenciando la primacía de la obediencia Dios que hace hombres libres, frente a la sumisión a los criterios humanos que convierte a los hombres en esclavos.
Carlos Oliveras
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Escuchamos hoy un valiente testimonio de Pedro y los apóstoles delante del Sanedrín judío. Las autoridades les habían pedido que se callasen y no hablasen de Jesús. Pero la Palabra no conoce obstáculos, y los apóstoles tienen que obedecer a Dios (no a los hombres), y no pueden dejar, por ello, de predicar la Buena Noticia.
Ya les había anunciado Jesús que les llevarían ante los tribunales por ello, y que el Espíritu les inspiraría qué decir y cómo defenderse. En efecto, de un modo muy vivo, y movido por el Espíritu, Pedro aprovecha de nuevo la ocasión para proclamar su convicción sobre Cristo Resucitado, refiriéndose a:
-Dios,
el "Dios de nuestros padres" (del AT), que bien las autoridades
de Israel;
-Jesús, también judío (de Nazaret), a quien "vosotros matasteis, colgándolo de un
madero" de forma infamante;
-Dios, que ha resucitado a Jesús, constituyéndolo jefe y salvador;
-Jesús, a través del cual se obtiene el perdón de los pecados.
La afirmación final es concreta y atrevida: "De esto somos testigos nosotros y el Espíritu Santo". Realmente están llenos de Espíritu estos discípulos de Jesús, pues ya no sólo dicen lo que han visto, sino que lo interpretan (desde la luz y la fuerza del Espíritu).
Se trata de un magnífico resumen de la fe pascual y de la predicación sobre Jesús en la 1ª comunidad. De nuevo los apóstoles nos han dado ejemplo de valentía y coherencia. A lo largo de los siglos, cuántos cristianos los han imitado dando testimonio incluso con sus vidas, de su fe en el Resucitado. Si también nosotros estuviéramos llenos de fe, se volvería a repetir el hecho. Seríamos pregoneros valientes en medio del mundo de cuál es nuestra fe, de quién es el Salvador que el mundo espera y necesita.
Por grandes que fueran las dificultades o las persecuciones, si nosotros fuéramos en verdad personas pascuales, llenas de fe pascual y guía del Espíritu, se nos notaría en todo momento, en las palabras y en las obras. Seríamos independientes en relación a las modas o a las corrientes ideológicas o a los intereses humanos, económicos y sociales. Nadie podría poner trabas a la Palabra, ni a la evangelización.
Nunca se nos ha prometido que esto sería fácil, como no lo fue para Pedro y los suyos. De hecho, la respuesta de éstos "xasperó a las autoridades, y decidieron acabar con ellos". No nos extrañen las reacciones de muchos contemporáneos ante el testimonio evangélico del papa, o de los episcopados, o de familias sencillas y cristianos anónimos que viven coherentes su fe en un barrio o en su ambiente concreto.
José Aldazábal
b) Jn 3, 31-36
Las palabras con las que concluye el diálogo de Jesús con Nicodemo son el resumen de todo el evangelio de Juan, y nos vienen a decir que:
-Jesús
"ha venido del cielo", y es el enviado de Dios para traer su Palabra (verdadera sabiduría, y
la que da sentido a la vida) como mejor prueba de que Dios nos ama;
-el que acoge a Jesús (y su Palabra) es el que acierta, y "tendrá la vida eterna" que
Dios le está ofreciendo a través de su Hijo;
-el que no acepta a Jesús, o no quiere escuchar su Palabra, se excluye a sí mismo de la vida.
Nosotros seguramente hemos hecho hace tiempo la opción, en nuestra vida, de acoger a Jesús como el enviado de Dios. Hemos considerado que es él quien da sentido pleno a nuestra existencia, y nos esforzamos por seguir su estilo de vida. Estamos guiándonos, no con los criterios "de la tierra" sino con los "del cielo", como decía Jesús a Nicodemo.
Esto supone que nos esforzamos, día tras día, en ir asimilando vitalmente las categorías evangélicas, para no dejarnos llevar de las categorías humanas que se respiran en este mundo, que son "de la tierra" y a veces opuestas a las "de allá arriba".
Si tenemos la posibilidad y la opción de una eucaristía diaria, ella nos da la mejor ocasión de acudir a la escuela de Jesús, de escuchar su Palabra, de dejarnos iluminar continuamente por los criterios de Dios. Para que nuestra categoría de valores y nuestra manera de pensar y de interpretar a las personas y los hechos de la historia vayan coincidiendo plenamente con la de Dios. Y además, la eucaristía nos da la fuerza diaria para que podamos realizar esto en la vida.
José Aldazábal
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El evangelista Juan acaba de relatar el episodio en que el Bautista se ha presentado como el amigo del Esposo y se ha felicitado de ver aumentar la popularidad del joven rabino Jesús (Jn 3, 20-30). Pero el testimonio del Bautista (Jn 3, 20-30) se contrapone al de Nicodemo (Jn 3, 1-15).
Nicodemo, en efecto, encuadra a Jesús dentro de sus ideas personales, de su ciencia humana; Juan Bautista, por el contrario, deja a Jesús en su trascendencia y en su misterio. El doctor aborda a Jesús "desde abajo", y Juan Bautista lo hace "desde arriba". La reflexión del evangelista parte de la comparación de estas 2 actitudes cuando distingue entre terrestre y celeste (v.31), entre una manera de ver las cosas que agota su realidad y otra que respeta su misterio divino.
Pero esta distinción no es puramente especulativa, sino que implica un juicio y una separación entre quienes promocionan lo celestial y los que se limitan a los conceptos terrestres, sin apertura a una trascendencia (vv. 34-36). El juicio lo aplica el mismo creyente (v.33), el cual verifica que Dios es veraz y que en Jesús se cumple la promesa (v.35).
Nicodemo consideraba a Jesús como un colega, y el Bautista hacía de él un enviado de Dios. Con el 1º, el pueblo judío sella su rechazo a la fe; con el 2º, un pequeño resto de Israel penetra en el misterio de la verdad.
Maertens-Frisque
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Del evangelio de hoy quiero destacar una sentencia: "el que cree en el Hijo tiene la vida eterna". La vida eterna, para el Jesús del evangelio de Juan, es que conozcan al Padre. Es decir, que sólo se llega a Dios a través de Jesús. Sé que en el diálogo interreligioso esta afirmación es muy radicial, pues para muchos (musulmanes, hinduistas...) Jesús es el mayor de los accesos al Padre, pero no el único.
Detrás de estas afirmaciones (de otras religiones) hay una sincera voluntad de acercamiento, pero me parece que naufragan en el mar de la indeterminación. Pues si eso fuera así, tendría que admitir que también puedo llegar a Dios Padre a través de las primitivas religiones de mi comarca, en este caso la celtibérica.
No, Jesús no es un acceso más. Jesús es el Hijo de Dios enviado en la plenitud de los tiempos. Naturalmente, yo no soy nadie para imponer a Jesús a los demás (entre otras razones, porque "sólo es posible decir Jesús es Señor por el Espíritu Santo"), pero si se me permite, la resurrección de Jesús ha desbordado todo espacio y tiempo, y se ha convertido en "patrimonio de la humanidad". Siento que el ecumenismo cristiano tiene todavía muchas cosas que profundizar.
Gonzalo Fernández
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En diálogo de Jesús con Nicodemo, del capítulo 3º del evangelio de san Juan, Jesús dice que "viene de lo alto", que "viene del cielo", y que por eso "habla de las cosas del cielo" (donde está Dios), a diferencia de otros (judíos o paganos) que son de la tierra y hablan de las cosas de la tierra.
Se trata de aceptar, por tanto, el testimonio integral de Jesús, pues él es el único que trae la Palabra de Dios. Pero no como una simple ideología, o un conocimiento secreto que debamos captar y entender. Se trata de la obra salvadora de Jesús, en cumplimiento de la voluntad del Padre y para otorgar la "vida eterna" a quienes crean en él.
Esta "vida eterna" que trae Jesús equivale al mensaje del Reino de Dios que encontramos en los evangelios sinópticos. No es solamente una vida más allá de la muerte que suponga la previa resurrección de los muertos. Es una vida ya desde aquí y ahora, en plenitud, fundada en el amor paternal de Dios por todos nosotros y en la fraternidad cristiana vivida en comunidad y transformadora del mundo.
¿Cómo encarnamos nosotros hoy el evangelio? Tenemos que hacerlo llegar a nuestros contemporáneos en el lenguaje de su cultura y de sus tradiciones, respondiendo a sus problemas y necesidades, encarnándolo en la realidad que hoy vivimos, como lo hicieron los primeros cristianos en la suya. Esto sin ir a traicionar de ningún modo su verdad esencial: que Dios nos ama a todos, preferentemente a los pobres y a los humildes, y que por este amor nos ha dado a su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación.
Fernando Camacho
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En los versículos precedentes, Juan Bautista ha reconocido la primacía de Jesús. Los judíos habían dado valor permanente a los enviados de Dios en el AT (en particular a Moisés), hasta el punto de que ellos y su mensaje no se consideraban anuncio y preparación del Mesías, sino término en sí mismos.
Sin nombrarla, se considera en el pasaje de hoy la figura de Moisés, el 1º de los enviados (v.31) y cuya ley (tenida por definitiva) se convierte en obstáculo para aceptar al Mesías, que propone las verdaderas exigencias (mandamientos) de Dios (vv.33-34).
Jesús no es un profeta más, sino el Hijo de Dios. Por eso, este miembro de Dios no puede ser alineado con los que lo han precedido en la historia de Israel (v.35). Quien no lo acepta se niega a entrar en la zona de la vida divina (eterna), y se queda en la zona de la vida humana (muerte), contraria al Dios de la vida (vv.35-36).
La presencia inmediata de Dios en Jesús hace, a partir de ahora, innecesaria cualquier clase de mediación o de intermediario. A lo largo de la historia del pueblo de Israel se habían creado instituciones que tenían por objetivo servir de cauce a la comunicación con Dios. Éstas se dan ya por caducadas, aunque se niegan a desaparecer, revelando así su perversión: se han constituido fin en sí mismas y no anuncio de la realidad definitiva del Mesías.
Desde un comienzo el Bautista había querido explicar lo que es la conciencia de quien vive amparado en la fe que Dios y lo que ésta le da si se somete a su voluntad. Sus acciones, por humanizadas, eran tan cercanas a la divinidad que nadie le podrá creer por más que dé testimonio de ellas. Entonces para tener una experiencia con el Dios de la vida eterna es preciso acudir a la fuente que la prodiga: Jesús.
Con elementos exclusivamente terrenales no es posible acceder al Reino de los Cielos, porque la lógica terrenal ha incorporado una manera de ser que se ampara en esquemas legales que no le permiten a las personas humanizarse y tener algún contacto con la divinidad.
El Bautista, que es siempre directo en sus palabras con la gente de su tiempo, puntualiza que quien actúa bajo la voluntad de Dios está en el cielo, y no puede congeniar con quien tiene su conciencia identificada con otro tipo de intereses contrarios a la voluntad de Dios. Son estos intereses, los intereses de nuestra conciencia, los que pondrán de manifiesto si la unión con el Padre es auténtica y generadora de vida eterna.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos invita a dejar de ser terrenales y dejar de hablar sólo de cosas mundanas, para hablar y movernos como "el que viene de arriba" (v.31), que es Jesús. En este texto vemos (una vez más) que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario, pues, que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre.
Si actuamos como "el que viene de arriba" descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si "venimos de lo alto" amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.
Pues "el que viene de arriba está por encima de todo" (v.31), y por eso puede servir a cada hombre y a cada mujer en aquello que necesita, ya que todo "lo que ha visto y oído" desde Dios (v.32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.
Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico, y ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien "da el Espíritu sin medida" (v.34)? Es por esto que "el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz" (v.33).
"Creer en el Hijo" quiere decir tener vida eterna, y significa que el día del Juicio no pesará encima del creyente, porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable. En cambio, "el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él" (v.36) mientras no crea.
Melchor Querol
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El evangelio de hoy nos presenta una reflexión sobre el testimonio de Juan Bautista, último de los profetas del AT, que reconoce en Jesús al enviado definitivo. Pero solamente en Jesús se tiene una experiencia de la presencia inmediata de Dios. Jesús realiza las promesas que vienen contenidas en la escritura: "el que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto personalmente".
El testimonio de Jesús no es aceptado por su pueblo, y provoca una reacción contraria a la fidelidad que se le debe a Dios. Por esta razón, la fe en Jesús se convertirá para la primitiva comunidad en el sello de lealtad a la obra de Dios.
Recibir o no recibir a Jesús es una opción entre la vida nueva (que Dios da) y la vieja mentalidad (los propios intereses). Quien opta por la vida, opta por Jesús. Quien opta por la antigua mentalidad, opta por las tinieblas y se opone a la acción de la vida divina en la realidad humana.
El estilo del evangelista Juan resulta revelador, y en sus vueltas y revueltas no deja lugar para que las personas se autoengañen con sus propias ideologías. Nos pone de frente la opción definitiva, y hace consistir en ello la fe en Jesús.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
En su diálogo de hoy con Nicodemo, Jesús insiste en la veracidad de su testimonio, que hace coincidir con la veracidad de Dios puesto que en él habla el mismo Dios. En concreto, lo que le dijo fue: El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos.
Como se ve, Jesús alude a un misterioso origen de lo alto (o del cielo) que le sitúa por encima de todo el que tiene origen terreno. Y no es que él no haya nacido en la tierra (el mismo evangelio da testimonio de su nacimiento en la ciudad de Belén), pero su origen primero lo pone en el cielo, que es la morada propia de Dios (su Padre).
De nuevo, encontramos aquí una referencia implícita a su filiación divina. Jesús tiene conciencia de su origen divino: él procede de Dios Padre como Hijo. Este origen le permite sentirse por encima de todos; y desde esta conciencia da testimonio. Su testimonio es, por tanto, fruto de una experiencia que implica conciencia de su origen divino.
Jesús da testimonio de lo que ha visto y ha oído. Pero siendo un testimonio tan basado en la experiencia, nadie acepta su testimonio, quizás porque la experiencia de los que recibimos el testimonio dista tanto de la del que lo da. De ahí que nos parezca increíble, porque increíble resulta que un hombre proceda del cielo y no de la tierra.
Es verdad, dicho testimonio resulta increíble. Pero el que acepta certifica la veracidad de Dios, porque Dios está manifestando su verdad en él, y el que viene de Dios (como enviado por él) habla sus mismas palabras. En las palabras de Jesús está hablando el mismo Dios que no puede engañarse ni engañarnos, que es veraz.
Su testimonio es, pues, manifestación y certificación de la veracidad de Dios, porque en él están las palabras de Dios, portadoras de su espíritu o de su ser (un espíritu sin medida, ya que éste es el espíritu que da Dios). Dios se da sin medida en su Hijo y en las palabras de su Hijo, y entre ambos hay una relación de amor y de confianza difícil de imaginar: El Padre ama al Hijo, y todo lo ha puesto en su mano. Por eso la autoridad del Hijo está por encima de toda autoridad humana.
Esta conciencia explica muchas de las actitudes de Jesús en presencia de los fariseos, del sumo sacerdote, de Pilato o de Herodes. Es la conciencia que le hace sentirse por encima de todos, que realza aún más su humildad y que le engrandece todavía más cuando se humilló hasta la muerte y muerte de cruz.
Siendo el testimonio de Jesús la expresión de la veracidad de Dios, debe ser creído para obtener lo que Dios quiere dar. Por eso es tan importante la fe, porque la fe es la puerta para la obtención del don divino. Sin fe, la recepción del don de la salvación sería algo involuntario y quizá despreciado o menospreciado. ¿Y cómo llamar salvación a algo que no aprecia el que la recibe?
Para llegar a poseer la vida eterna, que es el don que se nos promete, es preciso creer en ella. Y para creer en ella hay que creer en el testimonio del Hijo que procede del cielo, morada del Dios eterno y de la vida eterna. El que no crea al Hijo, no verá la vida, puesto que no creerá en ella, ni la deseará, ni la pedirá, ni la esperará, y en consecuencia no le será dada.
Esta carencia de vida, que no es tanto una privación cuanto una no-donación, es esa ira de Dios que se hará presente en el que, por falta de fe, desprecia el don. La ira de Dios no es propiamente un castigo divino sobrevenido a resultas del desprecio inherente a la incredulidad, sino la consecuencia lógica del que por falta de fe rechaza la increíble vida que se le quiere dar. No nos expongamos a vivir en esta carencia por ese estúpido orgullo que alimenta nuestra incredulidad.