13 de Abril

Lunes II de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 abril 2026

a) Hch 4, 23-31

         Puestos en libertad por el Sanedrín, los apóstoles se dirigen hoy a casa de "los suyos" (v.23), expresión que parece designar no la comunidad cristiana sino los demás miembros del cuerpo apostólico. El tema subyacente de la oración pronunciada durante la reunión es, en efecto, el de la misión de los apóstoles y de las emboscadas con que tropieza.

         La oración de los apóstoles parte de los acontecimientos (v.23), es el fruto de una reflexión sobre los "hechos de vida" y se formula a partir del momento en que se ha descubierto en ellos claramente la presencia de Dios.

         Comienza dicha oración con una introducción (vv.24-25), seguida por una invocación, un versículo del Salmo 145 (Sal 145, 7) y una fórmula cultual. Prosigue con un canto del Salmo 2 (vv.25-26) y termina con una meditación cristiana sobre el salmo mencionado (vv.27-31), en el que la Palabra de Dios es confrontada a la luz de los últimos acontecimientos.

         La unidad entre la acción de Dios en los acontecimientos y en su Palabra está profundamente expresada en esta oración. Ya en la invocación los apóstoles interpelan a Dios con un título muy raro en el NT ("el Amo"; Lc 2,29; Ap 6,10), con oraciones en que se apela, ante todo, al poder de Dios sobre el curso de los acontecimientos).

         La cita que hacen a continuación de un versículo del Salmo 145 subraya la acción de Dios en el mundo ("tú eres quien ha hecho", mientras que la fórmula cultual siguiente ("tú eres quien ha dicho") recuerda la eficacia de su Palabra.

         Los apóstoles realizan, pues, una confrontación entre el acontecimiento vivido y la Palabra proclamada. La continuación de la oración lo confirma: releen el Salmo 2. Se trata de un salmo profético y mesiánico que se han habituado a aplicar al Señor (Hch 13,33; Heb 1,5; 5,5), pero inmediatamente añaden a ese encuentro de Dios en su palabra (vv.25-26) un encuentro de Dios en los acontecimientos (vv.29-30).

         Esta 2ª parte de la oración está tejida de palabras tomadas del Salmo 2 (amenazas, servidores, tu palabra) y del relato mismo del 1º proceso de los apóstoles (seguridad, anunciar tu palabra, nombre, signo). Así pues, el hecho de vida (aquí la persecución) es el motivo para la comunidad de confrontar su situación y la Palabra de Dios, incluso de remitir a Dios, en oración, la palabra que ha inspirado.

         Pero una confrontación de este tipo no puede hacerse si no es a través de la persona de Jesús. De ahí que los vv. 27-28 constituyan el nudo de la oración: Cristo cumple la Palabra, y es el acontecimiento que ilustra los hechos vitales de la comunidad. Por eso, los apóstoles ya pueden en adelante rezar el salmo confrontando la Palabra de Dios y su experiencia.

         Para comprender religiosamente su situación de comunidad perseguida, la Iglesia de Jerusalén se apoya tan solo en Cristo y su misterio pascual, pero le sitúa en la encrucijada de la palabra de Dios y del desarrollo de los acontecimientos que la dan cumplimiento. Los hechos de vida y las maravillas de la historia de la salvación encuentran conjuntamente su elucidación en la persona de Cristo.

         El objeto mismo sobre la libertad de hablar (v. 29), y la seguridad de los apóstoles en ello, habían sorprendido a los miembros del sanedrín (v.13) y Pablo las reivindicará frecuentemente como características de su ministerio (Hch 9,27-28; 13;46; 14,3; 18,26; 19,8; 26,26; 28,31).

         Si los apóstoles piden el poder de hacer milagros (v.30) es porque estiman que ese poder puede ayudarles psicológicamente a encontrar el valor necesario para hablar en voz alta. Pero la verdadera fuente de la libertad y del valor es el Espíritu Santo (v.31).

         La oración apostólica nos proporciona el ejemplo de 2 dimensiones esenciales de la oración: el aspecto anamnético (que repasa la historia de la salvación) y el aspecto epiclético (que espera la revelación de esa salvación en la vida actual).

         La oración edificada sobre estas leyes permite comprender cómo la asamblea apostólica reúne el presente y el pasado, para disponernos mejor para el futuro. Por eso no basta hacer memoria de la resurrección para vivir su fe; se necesita además situarla correctamente en la vida de la Iglesia y de los hombres. Se trata continuamente de aclimatar, si así puede decirse, la vida del Resucitado en tal o cual espacio cultural.

Maertens-Frisque

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         El texto corresponde al reencuentro de los apóstoles excarcelados con sus gentes. Al hacer juntos oración recuerdan pasajes de la historia de salvación y versos de los salmos, y, sobre todo, imploran una gracia especial que les dé fortaleza en la confesión de su fe, pues se sienten débiles ante las adversidades.

         Después de la liberación de Pedro y de Juan, la comunidad cristiana ora rememorando las palabras del Salmo 2, interpretadas como una profecía de la pasión y de la resurrección del Mesías. Se trata de la 1ª oración comunitaria de la Iglesia. La persecución provoca y acentúa una mayor unión de sentimientos y el recurso a Dios, que escucha la súplica de la Iglesia reunida.

         En la acción eucarística, y al hacer presente la actuación salvífica de Dios en Cristo, pedimos y recibimos la fuerza del Espíritu, que se ha de manifestar en el testimonio valiente de nuestras palabras y de nuestras obras. San Agustín habla muchas veces sobre la oración pública y privada, sobre sus cualidades y eficacia:

"Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male porque pedimos mal, con poca fe y sin perseverancia, o con poca humildad. Mala porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros" (Ciudad de Dios, XX, 22).

"Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de Aquél que nos escucha. Porque con frecuencia la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales" (Cartas, CXXX).

         Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre, lleva a plenitud el significado del Salmo 2. Todo se lo ha dado el Padre. Su herencia son las naciones, y su posesión los confines de la tierra. Y él intercede por nosotros como pontífice supremo de nuestra fe. Es el Mediador y presenta al Padre nuestra oración. Con el Salmo 2 cantamos a la grandeza de Jesucristo:

"¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean un fracaso? Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías: Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo. El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos. Luego les habla con ira, los espanta con su cólera: Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, en mi monte santo. Voy a proclamar el decreto del Señor, pues él me ha dicho: Tú eres mi hijo, y yo te he engendrado hoy; pídemelo, que te daré en herencia las naciones, y en posesión los confines de la tierra. Los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza".

Manuel Garrido

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         La 1ª comunidad cristiana nos da un ejemplo magnífico de oración a partir de los hechos de la vida. Cuando Pedro y Juan volvieron a donde estaban reunidos "los suyos" y contaron lo que había pasado en su encuentro con las autoridades, todos se pusieron a orar.

         Los apóstoles podían haber tenido otras reacciones (preparar subterfugios para escapar de la persecución, apelar a otras influencias...), pero se pusieron a orar a Dios, a partir de las circunstancias que estaban viviendo. Juan y Pedro saben "orar la vida", viéndola desde los ojos de Dios y a través del Salmo 2 (que hoy rezamos como responsorial).

         Este Salmo 2 se refería a otra etapa de la historia, en que unos reyes y príncipes conspiraban contra "el ungido" (o sea, el rey de Israel). Aquí la comunidad de Jerusalén lo reza aplicándolo a su propia historia: son Pilato y Herodes y los judíos los que han tramado la muerte del Ungido por excelencia, Jesús de Nazaret (pues Mesías en hebreo, y Cristo en griego, significan lo mismo: el Ungido). Y piden a Dios una cosa que tal vez nosotros no hubiéramos puesto en 1º lugar.

         Nos hubiera resultado más espontáneo pedir que Dios nos liberara de la persecución. Pero los apóstoles pidieron "valentía para anunciar la Palabra". Querían, como expresaría otras veces San Pablo, la libertad para la Palabra. Sea lo que sea lo que nos pase a nosotros (podemos perder la libertad e ir a parar a la cárcel) lo que pedimos es que la Palabra nunca se vea maniatada. Que pueda seguirse anunciando la Buena Noticia del evangelio a todos. Si para ello hacen falta carismas y milagros, también los pedimos a Dios, para que todos sepan que se hacen en el nombre de Jesús.

         El temblor del lugar de la reunión se interpreta en la Escritura como asentimiento de Dios: Dios escuchó la oración de aquella comunidad. Los llenó de su Espíritu, como en un renovado Pentecostés. Y así pudieron seguir predicando la Palabra, a pesar de los malos augurios de la persecución. Ojalá supiéramos interpretar y rezar nuestra historia desde la perspectiva de Dios. Por ejemplo, a partir de los salmos.

         Los salmos que rezamos y cantamos se cumplen continuamente en nuestras vidas. Con ellos no hacemos un ejercicio de memoria histórica. Cuando los rezamos pedimos a Dios que salve a los hombres de nuestra generación, alabamos a Dios desde nuestra historia, meditamos sobre el bien y el mal tal como se presentan en nuestra vida de cada día, protestamos del mal que hay ahora en el mundo, no por el que existía hace 2.500 años.

         Como la 1ª generación aplicaba el Salmo 2 a su propia historia (y el Salmo 21, a Cristo en la cruz), nosotros los tendríamos que hacer nuestros, con su actitud de alabanza, de súplica o de protesta. Una oración así da intensidad y a la vez serenidad a nuestra visión de la historia, la eclesial, la social, la personal.

         Otra lección que nos da la comunidad de Jerusalén es la parresía (lit. ímpetu) evangelizadora. ¿Tenemos nosotros ese amor a la evangelización como lo tenían ellos? ¿Estamos dispuestos a ir a la cárcel, o soportar algún fracaso, o entregar nuestras mejores energías para que la Buena Nueva de Cristo Jesús se vaya extendiendo en torno nuestro? ¿Andamos preocupados por nuestro bienestar, o por la eficacia de la evangelización en medio de este mundo a veces hostil?

José Aldazábal

b) Jn 3, 1-8

         A partir de hoy, y durante todo el tiempo pascual, leeremos el evangelio de Juan, comenzando por el cap. 3 (que leeremos los 4 primeros días) acerca del diálogo entre Jesús y Nicodemo. El fariseo, doctor de la ley, está bastante bien dispuesto. Va a visitar a Jesús, aunque lo hace de noche. Sabe sacar unas conclusiones buenas: reconoce a Jesús como maestro venido de Dios, porque le acompañan los signos milagrosos de Dios. Tiene buena voluntad.

         Es hermosa la escena. Jesús acoge a Nicodemo, y a la luz de una lámpara dialoga serenamente con él. Escucha las observaciones del doctor de la ley, algunas de ellas poco brillantes. Es propio del evangelista Juan redactar los diálogos de Jesús a partir de los malentendidos de sus interlocutores.

         Aquí Jesús no habla de volver a nacer biológicamente, como no hablaba del agua del pozo con la samaritana, ni del pan material cuando anunciaba la eucaristía. Pero Jesús no se impacienta. Razona y presenta el misterio del Reino. No impone sino propone y conduce.

         Jesús ayuda a Nicodemo a profundizar más en el misterio del Reino. Creer en Jesús (que va a ser el tema central de todo el diálogo) supone "nacer de nuevo" (lit. renacer) de agua y de Espíritu. La fe en Jesús (y el bautismo, que va a ser el rito de entrada en la nueva comunidad) comporta consecuencias profundas en la vida de uno. No se trata de adquirir unos conocimientos o de cambiar algunos ritos o costumbres: nacer de nuevo indica la radicalidad del cambio que supone el "acontecimiento Jesús" para la vida de la humanidad.

         El evangelio, con sus afirmaciones sobre el «renacer», nos interpela a nosotros igual que a Nicodemo: la Pascua que estamos celebrando ¿produce en nosotros efectos profundos de renacimiento? El día de nuestro bautismo recibimos por el signo del agua y la acción del Espíritu la nueva existencia del Resucitado. Celebrar la Pascua es revivir aquella gracia bautismal.

         La noche de Pascua, en la Vigilia, renovamos nuestras promesas bautismales. ¿Fueron unas palabras rutinarias, o las dijimos en serio? ¿Hemos entendido la fe en Cristo como una vida nueva que se nos ha dado y que resulta más revolucionaria de lo que creíamos, porque sacude nuestras convicciones y tendencias?

         Nacer de nuevo es recibir la vida de Dios. No es como cambiar el vestido o lavarse la cara. Afecta a todo nuestro ser. Ya que creemos en Cristo y vivimos su vida, desde el bautismo, tenemos que estar en continua actitud de renacimiento, sobre todo ahora en la Pascua: para que esa vida de Dios que hay en nosotros, animada por su Espíritu, vaya creciendo y no se apague por el cansancio o por las tentaciones de la vida.

José Aldazábal

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         Durante 6 semanas haremos una lectura casi continua del evangelio según Juan. El tiempo pascual es un tiempo de plenitud: la resurrección de Jesús ha revelado su ser profundo, su misterio divino. Era bastante natural, en este momento del año, colocar el evangelio que ha ido más lejos en la contemplación de la persona de Jesús. El tema fundamental de Juan podría expresarse así: el Hijo único de Dios se ha encarnado y ha sido entregado por el Padre al mundo, a fin de revelar y comunicar a los hombres las riquezas misteriosas de la vida divina

         Nicodemo fue de noche a Jesús y le dijo: "Sabemos que has venido como maestro de parte de Dios". Nicodemo es un hombre de buena fe. Ha observado a Jesús y de sus observaciones ha sacado la conclusión de que "Jesús viene de Dios". A lo que Jesús responde: "Sí, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo no podrá entrar en el reino de Dios".

         El Reino, o "reinado de Dios" era una noción frecuente en los otros 3 evangelios. El evangelista Juan reemplaza esta noción por la de vida. La fe da acceso al hombre a un modo de existencia totalmente nuevo, porque es divino: ¡es la vida de Dios! Es necesario pues "un nacer de nuevo". San Pablo habla de un injerto, y cada autor, a su modo, intenta revelarnos el misterio.

         Ser bautizado es renacer. Es como si todo volviera a empezar. Es una resurrección. Un nuevo ser, porque "lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu". ¿Es realmente verdad que soy espiritual, que soy espíritu? ¿Qué exigencias debería tener esto en mi vida cotidiana?

         Jesús le dice a Nicodemo que "el viento sopla donde quiere, y oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va". Y que "así es todo hombre nacido del Espíritu". La imagen es sugestiva, pues aparte de que en griego la palabra pneuma designa a la vez al viento y al espíritu, Jesús subraya el carácter misterioso, invisible y difícil de controlar del viento: "no se sabe de dónde viene ni adónde va".

         Estar bautizado es ser conducido por ese soplo divino invisible. ¿Acepto yo que sea Dios, el Espíritu, quien me impulse hacia adelante, quien me conduzca "no sé dónde"? Pues "el viento sopla donde quiere". ¡Vivir con lo invisible! Como escribía Saint-Exupery en su Pequeño Príncipe, "lo esencial es invisible para los ojos".

         Jesús le dice a Nicodemo que no se maraville si le ha dicho "es preciso renacer". Porque sí, se trata de una novedad radical y nueva, la de un "hombre divinizado", un hombre animado de una vida superior, un hombre participante actualmente de la vida divina. Es conveniente hallar de vez en cuando el tiempo para pensar en ello, para realizar esta vida de verdad: la oración, tiempo privilegiado de empalmar con el Espíritu.

Noel Quesson

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         Después de haber analizado los hechos y gestos de Jesús, Nicodemo concluye que este último debe tener seguramente a Dios consigo y ser un rabino válido (vv.1-2). Pero Jesús sale inmediatamente al paso a este silogismo: no basta con ver cómo se cumplen los theorao (lit. signos; Jn 2, 23), sino que hay que ver el Orao (lit. Reino; v.3), cosa que no está al alcance de la ciencia (a menos de que "se nazca de arriba).

         Al oír por 1ª vez esta última expresión, Nicodemo formula una pregunta que refleja la ingenuidad de su fe (v.4). Cristo emplea entonces una expresión paralela, pero más tradicional y más bíblica: "nacer del Espíritu". El Espíritu (v.6) hace precisamente que el hombre cumpla una misión que por sí mismo, en su estado de carne, no puede realizar (Ez 36, 26-28; Sab 9, 16-18).

         Cristo presenta la recepción del Espíritu como necesaria para ver el Reino como un nacimiento (imagen similar a la de Mt 18, 3; "hacerse como niños"). Se trata de hacerse pequeño ante Dios, de aceptar el depender de él, de no empeñarse en salvarse por uno mismo (que es "lo propio de la carne"). La expresión "nacer del Espíritu" designa, pues, un giro completo de la existencia que sitúa al hombre en dependencia de Dios en la fe.

         Nicodemo hubiera debido comprender esto, ya que el AT preparaba las mentes para asimilar esta idea. Ahora bien: una vez más da señales de su asombro (v.9) y Cristo, cansado ya de tanta cerrazón, no puede por menos que remitir al sabio a su conocimiento de las Escrituras (v.10) y concluir que todo es cuestión de fe y que la fe, por lo demás, es un don de Dios brindado a quienes se abren a la iniciativa divina (vv.11-12).

         Ahora es cuando el evangelista introduce su propia conclusión (vv.13-15): para creer en Cristo no basta solo con ver sus signos, hay que verle, sobre todo en la cruz (v.14) y en su gloria (v.13). Su misterio de muerte y de resurrección es la fuente de la fe porque la humanidad muere ahí a sí misma y ahí renace enteramente transfigurada por la gloria del Espíritu.

         El discurso de Cristo a Nicodemo podía servir de punto de partida para una iniciación de catecúmenos. Las condiciones para el ingreso en el Reino están claramente definidas en él, así como el objeto y las condiciones de la fe.

         Este contexto catecuménico ha inspirado sin duda la introducción del tema del nacimiento bautismal en el agua (v.5). A lo largo de su conversación con Nicodemo, Cristo no ha hablado de bautismo porque todavía no estaba instituido. Esta expresión hubiera provocado, por lo demás, un movimiento de rechazo sin posible retroceso. En cambio, después de la Ascensión ya pudo Juan precisar las condiciones requeridas para entrar en el Reino: hacerse semejante a un niño pequeño, creer y aceptar el bautismo.

         Este nexo entre conversión, fe y bautismo será, por otra parte, una constante en la tradición primitiva (Mc 16,15-16; Mt 28,19; Hch 2,38; 8,12, 36-37; 1Jn 5,6-8).

         Al hablar de "nacimiento en el agua y el Espíritu", el evangelista no pretende limitar la acción de Espíritu solo al bautismo: piensa también en el "nacimiento en el Espíritu" como una vida de conversión y de dependencia respecto a Dios. El agua hace referencia ciertamente al momento preciso del bautismo, pero la acción del Espíritu no se limita a ese momento: impregna y transfigura gradualmente toda la vida.

         Tampoco basta un conocimiento perfecto de las Escrituras y de los signos realizados por Cristo. No basta para comprender el misterio de la personalidad de Cristo, y a fortiori el del Padre y de su amor. Por eso Juan propone un itinerario preciso para pasar de un conocimiento externo a la fe, de una simple simpatía por la obra de Jesús a la adhesión al Padre y al don que ha hecho de su vida.

         Todo cristiano tiene también la misión de proponer a quien quiera se presente a él un itinerario que le lleve de la simpatía o de la religiosidad a la verdadera fe. Pero ¿cuántos hombres no se habrán visto rechazados por una falta de fe en lugar de ser conducidos a Cristo? ¿Y cuántos otros, acogidos al principio, se quedan en una simple religiosidad sin recibir una verdadera educación de la fe?

Maertens-Frisque

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         Jesús dice hoy a Nicodemo que hay 2 maneras de vivir la vida humana: o movido por los impulsos naturales del hombre (vida carnal) o movido por la gracia de Dios y la acción de su Espíritu (vida espiritual). Para San Pablo, esta será la gran novedad del cristianismo.

         El hombre ahora puede enfrentar la vida, que es en sí difícil pues está marcada por el pecado (personal y social), con la fuerza divina. Mientras el hombre no renace a esta vida, continua sujeto (dirá San Pablo) a su esclavitud y sus pasiones, y buscará resolver sus problemas con sus propias fuerzas.

         El renacido es una nueva criatura en Cristo. Su manera de pensar, de actuar de dirigir su vida, está ahora marcada por la presencia del poder de Dios, el cual se manifiesta en amor. Ciertamente al ser bautizados, esta nueva vida se ha hecho una realidad en nosotros, pero es necesario que como toda vida: crezca, se desarrolle y dé fruto. Abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu. Hagámonos conscientes, que la muerte no reina más en nosotros y dejemos que el Espíritu Santo crezca y conduzca nuestra vida.

Ernesto Caro

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         En el evangelio de hoy un magistrado judío (v.1) va al encuentro de Jesús. El evangelio dice que lo hace de noche, pues ¿qué dirían sus compañeros si se enterasen de ello? En la instrucción de Jesús encontramos una catequesis bautismal, que seguramente circulaba en la comunidad del evangelista.

         Hace muy pocos días celebrábamos la vigilia pascual. Una parte integrante de ella era la celebración de bautismo, que es la Pascua, el paso de la muerte a la vida. La bendición solemne del agua y la renovación de las promesas fueron puntos clave en aquella noche santa.

         En el ritual del bautismo hay una inmersión en el agua (símbolo de la muerte) y una salida del agua (imagen de la nueva vida). Se es sumergido con el pecado, y se sale de ahí renovado. Esto es lo que Jesús denomina "nacer de lo alto" o "nacer de nuevo" (v.3). Esto es "nacer del agua", "nacer del Espíritu" o "el soplo del viento". Agua y Espíritu son los dos símbolos empleados por Jesús. Ambos expresan la acción del Espíritu Santo que purifica y da vida, limpia y anima, aplaca la sed y respira, suaviza y habla. Agua y Espíritu hacen una sola cosa.

         En cambio, Jesús habla también de la oposición entre carne y espíritu: "Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu" (v.6). El hombre carnal nace humanamente cuando aparece aquí abajo. Pero el hombre espiritual muere a lo que es puramente carnal y nace espiritualmente en el bautismo, que es nacer de nuevo y de lo alto. Una bella fórmula de San Pablo podría ser nuestro lema de reflexión y acción, sobre todo en este tiempo pascual:

"¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6, 3-4).

José Massana

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         Dentro del inquieto corazón de Nicodemo existe una preocupación, que a pesar de ser judío no puede esconder. Lo que hace y propone Jesús tiene mucha relación con un Dios muy cercano al querer de los seres humanos. Es por eso que se atreve a llamarlo rabbí (lit. maestro). Pero el mismo Jesús le hace saber que la única manera como es posible acercarse al Dios de su anuncio es a través de un renacer desde lo más profundo que posibilite asumir una nueva actitud en su vida.

         A los judíos del tiempo de Jesús no deja sorprenderles la manera como éste anuncia y enseña acerca de lo que es el Reino. Y les advierte que si no se tiene el deseo de querer ser una persona nueva ese Reino estará distante. Así le ha sucedido ya a él, y lo siente porque en su actuar ha comenzado a reflejar la voluntad de Dios con quien se identificará en la medida que haga sus obras.

         Los doctores de la ley ya han empezado a ver que los argumentos de su religión han sido rebasados por un aparecido del cual nadie nunca tuvo noticias y que está mostrando a un Dios que cada vez se le irá haciendo más verdadero al pueblo oprimido.

         En nuestras comunidades hay muchos Nicodemos, que tocados por la gracia del Señor se le acercan queriendo clarificar su puesto en una estructura que los aliena, deseosos de concientizarse de la paternidad de Dios, y tener definido si desean ser sus hijos o no. Nicodemo es también la voz de toda la comunidad que tiene necesidad de encontrar un camino de conversión, sin importar lo que se era antes. ¿Qué fuerza se debe tener dentro para convertirse? Esa fuerza interior la dará Dios si le abrimos el corazón.

Juan Mateos

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         En la oscuridad de la noche, se acerca sigilosamente hoy a Jesús un hombre llamado Nicodemo. En el saludo le da muestras de reconocimiento como rabbí (lit. maestro), y ambos conversan de igual a igual. Nicodemo representa al grupo de tradicionalistas moderados, más abiertos a la novedad. Y por eso habla en plural (sabemos). Las señales que Jesús ha hecho en el Templo de Jerusalén han constituido para él (o para ellos) un inequívoco signo de los nuevos tiempos. Y como la presencia de Dios se manifiesta en sus profetas, él (o ellos) considera que Jesús es otro de los profetas.

         La respuesta de Jesús sorprende por el giro que le da al pomposo saludo de Nicodemo. El conocimiento que Jesús tiene de las intenciones humanas le permite poner en evidencia las intenciones de sus interlocutores. Nicodemo reconoce los evidentes prodigios divinos que acompañan a los hombres de Dios. Jesús por el contrario, considera que la única señal divina es la conversión, el cambio de mentalidad, como condición para poder percibir el reino de Dios.

         La respuesta de Nicodemo sorprende aun más. Para este representante de la más fina legalidad y el prestigio nacional, la historia de cualquier ser humano es incambiable. El hombre y la mujer están irremediablemente sumergidos en una mentalidad fijada por las condiciones sociales, la educación y la historia individual. Para cambiar algo de esto sería necesario renacer en el vientre materno y comenzar una historia diferente.

         Jesús cuestiona esta habitual manera de pensar. El ser humano tiene en sí mismo la capacidad de abrirse a la acción del Espíritu y transformar en cualquier momento de su vida toda la historia personal y comunitaria. Nacer de nuevo es abandonar al ser humano viejo, liberarse de cabezonerías atrofiadas, buscar la "voz del viento" y ser como el Espíritu, en permanente acción innovadora.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Entre los fariseos, Jesús no sólo tuvo adversarios, contradictores y críticos, sino también anfitriones que le invitaron a compartir mesa y personas que se dejaron tocar por su palabra y se abrieron a su mensaje. Más aún, hubo fariseos que se dejaron ganar para su causa, como fue el caso del magistrado judío Nicodemo, que fue a ver de noche a Jesús.

         La precisión adverbial tiene su valor. Si fue a verlo de noche es porque no quería hacer pública su relación con el Maestro de Nazaret, porque no quería delatarse como admirador y tal vez como partidario de este singular rabino de corte heterodoxo.

         Al parecer, Nicodemo ansiaba mantener una entrevista personal con Jesús, y a él se dirige en términos muy respetuosos, incluso obsequiosos: Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él.

         Le reconoce, pues, como maestro digno de crédito. Más aún, como alguien venido de parte de Dios, como un profeta reconocible no sólo en sus palabras, sino también en sus obras (pues no podría hacer obras tan poderosas y benéficas si Dios no estuviera con él, o si no tuviera a Dios por aliado). De hecho, Jesús había invocado en más de una ocasión a las obras como signo de credibilidad: Si no me creéis a mí, creed al menos a las obras que yo hago por encargo de mi Padre; ellas dan testimonio de mí.

         Nicodemo había recibido el testimonio de estas obras y había visto en ellas signos que delataban a un enviado de Dios. Es decir, a alguien que tenía a Dios de su parte porque venía de parte de Dios. Esto mismo le daba autoridad ante los que habían acogido semejante testimonio, y entre ellos estaba, sin duda, el fariseo y magistrado Nicodemo.

         Pero el Maestro venido de parte de Dios no se contenta con este reconocimiento, y aprovecha el momento para transmitirle su enseñanza: Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. La frase del Maestro, pretendidamente enigmática, suscita interrogantes en el discípulo, el cual pregunta: ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?

         Las preguntas se podrían multiplicar en la misma dirección, pues ¿cómo puede volver a nacer el que ya ha nacido? ¿No se requiere antes morir para volver a nacer? ¿Es posible nacer a una segunda vida? Pero ¿no implicaría esto una apertura a la idea de la reencarnación y de las vidas sucesivas?

         Jesús le contesta elevando el nivel del discurso a esferas más simbólicas (o espirituales) y menos biológicas (o corporales): Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho "tenéis que nacer de nuevo".

         Cuando Jesús habla de nacer de nuevo como requisito para ver el reino de Dios o entrar en él, no piensa en un reingreso en el seno intrauterino para volver a nacer de él; esto sería absurdo. A lo que se refiere es a un nacer del agua y del Espíritu, que la tradición ha visto como una clara alusión al bautismo cristiano (en el que confluyen la materialidad del agua y la fuerza del Espíritu en perfecta sincronía, pues el agua sin el Espíritu no produce nada y el Espíritu sin el agua carece de significación).

         Lo que produce el Espíritu en ese vientre que proporciona el agua es una nueva vida conformada (y caracterizada) por la matriz de la que procede, esto es, por el Espíritu Santo.

         Lo que nace en el primer nacimiento (de la carne) carne es, si bien una carne dotada de alma o carne animada. Mientras que lo que nace en el segundo nacimiento (del agua y del Espíritu) es espíritu, si bien un espíritu (o ser espiritual) en la carne del primer nacimiento, un espíritu encarnado o vida dotada por el Espíritu para realizar obras espirituales o sobrenaturales (si hablamos en términos de naturaleza).

         Sólo este nuevo ser vivo (hombre nuevo, en expresión paulina), con nueva mentalidad, con nuevas capacidades y sentimientos, engendrado en este segundo nacimiento, estará dotado (o capacitado) para vivir en el Reino de los Cielos, y eso no sin antes adaptarse al nuevo hábitat.

         Todo hábitat exige una adaptación en sus habitantes. El medio acuático obliga a los que allí viven (los peces) a adaptar su organismo a él, y lo mismo sucede con el hábitat terrestre, que obliga a sus habitantes a tener pulmones que les permitan respirar el oxígeno atmosférico.

         También el reino de Dios exigirá una adaptación de cuerpo y alma a sus moradores. Por tanto, nada tiene de extraño que tengamos que nacer de nuevo y sufrir las transformaciones necesarias tanto de cuerpo como de alma para adaptarnos a ese hábitat, que no es terrestre (ni acuático), sino celeste.

         Y el que ha nacido del Espíritu, dice Jesús añadiendo más misterio a su hablar misterioso y simbólico, obrará movido por la fuerza del Espíritu (el cual, al igual que el viento, cuando sopla, no sabemos de dónde viene, ni adónde va). A esta afirmación podríamos objetar que algo sabemos de la procedencia del viento: si éste es cálido, procede del sur; si es frío, procede del norte.

         Pero ¿sabríamos precisar con exactitud el origen de ese viento? Sea como fuere, lo cierto es que el movimiento generado por el Espíritu nos pude resultar muchas veces desconcertante e imprevisible, sin saber de dónde viene ni adónde va. Lo que sí sabemos, no obstante, es que viene de Dios y a Dios va. Por eso, los nacidos del Espíritu, que van y vienen adonde el Espíritu les lleva, podrán entrar y vivir en el reino de Dios por toda la eternidad.

 Act: 13/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A