20 de Enero
Martes II Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 enero 2026
a) 1 Sam 16, 1-13
Dentro de las diversas tradiciones recopiladas en el libro I de Samuel, leemos hoy el relato de la unción de David. En lo que atañe al hilo de los acontecimientos, tal como históricamente debieron suceder, habrá que dar confianza más bien a otras narraciones, según las cuales David fue ungido rey por los hombres de Judá (2Sm 2), y más tarde por los ancianos de Israel (2Sm 5).
El presente relato, nacido probablemente en ambientes proféticos, da una visión más teológica del traspaso de la monarquía de Saúl a David. Eso no significa que no aporte una perspectiva real, aunque lo que le interesa no es tanto los hechos externos como iluminar aquello que pasaba en el corazón de los hombres.
La unción profética de David, que se mantiene oculta (pues Eliab, el hermano mayor de David, desconoce la unción de éste cuando se enfrenta con Goliat: 1Sm 17,28), recuerda la unción secreta de Saúl por el propio Samuel (1Sm 10, 1). Dios interviene por medio de sus profetas en la historia de los hombres, y conduce ésta según desea, sin que esa intervención estorbe la libertad de los hombres.
Si el pueblo libremente aclama por rey a Saúl (antes) o David (ahora), es porque previamente Dios, en su impenetrable designio, los había ya escogido, y esta elección divina está simbolizada por la unción con el óleo sagrado. Desde aquel momento de la unción, "invadió a David el espíritu de Dios" (que se había retirado de Saúl; v.13).
Todos estos textos nos hablan de la libre iniciativa de Dios en la dirección de la historia de su pueblo. La gran novedad es que, a diferencia de Saúl, la elección de David es irrevocable. Por supuesto, irrevocable por puro don inmerecido, que brota de la misericordia gratuita del corazón de Dios.
El lector se preguntará por qué Saúl, de quien conocemos solamente 2 faltas no demasiado graves (véase el comentario de ayer), fue rechazado. Mientras que David, del cual la historia sagrada cuenta pecados muy graves, no sólo es perdonado, sino que se le describe como "hombre según el deseo de Dios", y es propuesto como un modelo para sus sucesores.
En 1º lugar, David no es elegido por sus méritos, ni por ellos conservó el favor del Señor. Por tanto, no podemos pedir a Dios la razón de su generosidad porque nos podría responder: "¿No puedo hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O ves tú con malos ojos que yo sea generoso?" (Mt 20, 15). Y en 2º lugar, cuando Samuel reprende a Saúl, busca éste excusas, mientras que cuando Natán echa en cara a David su crimen, David responde inmediatamente: "He pecado" (2Sm 12, 13).
Hilari Raguer
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La lectura de hoy del AT, por desconcertante que parezca, tiene la ventaja de proporcionarnos unos resúmenes sorprendentes. Saúl, el elegido por Dios como rey de Israel, debió de reinar 10 años, y apenas sabemos que fue proclamado rey (1Sm 10), cuando ya leemos que ha sido rechazado (1Sm 15), 5 capítulos después. Hoy nos enteramos de quién es su sucesor, y el nuevo elegido por Dios: David.
Con todo ello, aprendemos una lección esencial que el pasado pone en evidencia para nuestro día de hoy. Y es que el rey de Israel no debía olvidar jamás que su realeza le venía del único y verdadero Rey, y que él había recibido unas responsabilidades no a causa de sus excelencias, sino para que la gracia de Dios fuese exaltada en sus debilidades.
El Señor dijo a Samuel: "¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl? Lo he rechazado para que no reine sobre Israel". Que es lo mismo que decir que no hay que mirar atrás, sino siempre avanzar. Tras un desastre nacional, viene a decir Dios, no os quedéis en las lamentaciones (porque el rey Saúl morirá en el combate), ni ante una dificultad colectiva o personal. Porque la vida sigue, y hay que mirar al futuro.
Ante Dios oigo esas palabras divinas, y trato de aplicarlas a mi propia vida. ¿Qué es lo que debo emprender? ¿Qué es lo que debo continuar? En los próximos 10 años, ¿qué proyecto o qué responsabilidad voy a tener?
Samuel contestó a Dios: "¿Cómo voy a ir?". Ciertamente, el profeta duda y tiene miedo. Y es que en la Biblia, cada vez que alguien es investido por Dios, se constata ese reparo. Yo también, Señor, tengo miedo de lo que me pides, y a ese respecto San Pablo escribirá: "Lo que hay de necio en el mundo, lo ha escogido Dios para confundir a los sabios, y lo que hay de débil Dios lo ha escogido, a fin de que ningún mortal se gloríe delante de Dios. Yo mismo, me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso" (1Cor 1,27; 2,3)
El problema de Samuel es buscar un sucesor al rey Saúl, en una época difícil de la historia de las 12 tribus. Humanamente se esperaría una elección racional y segura (un hombre maduro, fuerte y experimentado), pero he ahí que Dios envía a su profeta a casa de un sencillo campesino de Belén, y hace que desfilen los 7 hijos mayores (los más gallardos y más fuertes) como designados por adelantado.
Pero no son éstos los que Dios ha elegido, y el profeta Samuel exclama: "¿No quedan ya más muchachos?". Sí, aquel en quien nadie pensaba: David, el más pequeño, y tan sólo capaz de guardar el rebaño en las colinas de Belén. Porque "Dios no ve las cosas al modo de los hombres, sino que el Señor mira el corazón".
Detengámonos a escuchar esta enseñanza, y contemplar detenidamente también la escena de la elección del más débil. ¡Qué misterio! Pues anticipa ya el misterio del nacimiento de Jesús, débil y en ese mismo lugar (Belén). Y a pesar de ello, nosotros continuamos elaborando criterios, pretendiendo con ellos planificar el ejercicio de responsabilidades (el derecho de primogenitura, la pertenencia a una dinastía o a una familia particular, los méritos, la experiencia de los años...).
Los designios de Dios no son los de los hombres, y él es libre de forma absoluta. Ayúdame, Señor, a no ser más que un pobre instrumento en tus fuertes manos.
Noel Quesson
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Hoy se nos cuenta, en una de las varias versiones que existen en los libros de la época, la elección y unción de David como rey de Israel. Y se nos describe cómo Samuel recibe el encargo de preparar a ese sucesor de Saúl, que todavía seguirá un tiempo en su cargo.
Empieza así la historia de David, el rey ideal, y el carismático por excelencia. Uno de los personajes más importantes de todo el AT (junto con Abraham y Moisés), el que logró la victoria contra los filisteos y el que forjó la unidad territorial y política de Israel.
Lo que más se resalta del texto es que, sea cual sea la intervención que han tenido los hombres y las circunstancias, la de David ha sido una elección hecha por Dios, que es el que guía la historia de su pueblo. Como dice el salmo responsorial de hoy, "encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él". El fracaso de Saúl se interpreta como castigo de Dios, y el éxito de David como don gratuito de Dios.
La simpática y novelesca escena de Samuel, en casa de Jesé y su familia, nos da a entender que los caminos de Dios no son como los nuestros. Todos hubieran apostado por los hermanos mayores (más fuertes y avezados), y nadie contaba con David, pues su padre Jesé hasta se olvida que existe, y ya iban a empezar a comer sin él. Pero Samuel espera que llegue el más pequeño, y le unge de parte de Dios. En aquel momento, "el espíritu del Señor invadió a David".
Las bromas de Dios son así, porque él es libre y sorprendente en sus caminos. Pero nosotros seguimos juzgando por las apariencias y por criterios externos. El mundo de hoy aplaude en sus concursos, en sus campeonatos y en sus telediarios a los fuertes y a los que tienen éxito. Pero Dios aplaude otros valores, y en David no se fijó en si era fuerte o no, sino en su corazón.
Sigue siendo actual para nosotros, si queremos ir consiguiendo la sabiduría de Dios y no la del mundo, el consejo que se le dio a Samuel: "No mires su apariencia ni su gran estatura". La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues "el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón".
Si siguiéramos esta norma, nos llevaríamos seguramente menos desengaños en la vida. Porque tendemos a poner nuestras ilusiones y confianza en los ídolos humanos y en las instituciones efímeras. Y no acabamos de aprender la lección que Dios nos da Dios, que con los medios más pobres y las personas más débiles (según el mundo) es capaz de hacer cosas grandes. Como dijo la Virgen María: "Él ha mirado la pequeñez de su sierva, y ha hecho en mí cosas grandes".
José Aldazábal
b) Mc 2, 23-28
Ayer leíamos que el motivo del altercado de Jesús con los fariseos fue el ayuno. Hoy, el motivo es una institución intocable para el pueblo judío: el sábado. Pues "recoger espigas" era una de las 39 formas de violar el sábado, según las interpretaciones que algunas escuelas farisaicas hacían de la ley. ¿Es lógico criticar que en sábado se cojan unas espigas y se coman? Pero Jesús no aplica la lógica, sino otro principio más fundamental: "El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado".
Trae como argumento la escena en que David come y da de comer a sus soldados los "panes presentados", de alguna manera sagrados. Lo cual nos enseña que una cosa es obedecer a Dios (que David y sus hombres hacían), y otra caer en una casuística estéril. Y que el hombre, que no es causa estéril, está siempre en el centro de la doctrina de Jesús. La ley del sábado había sido dada por Dios, precisamente, para favorecer la libertad y la alegría del hombre (Dt 5, 12-15), y no para una casuística asfixiante (que habían fabricado los fariseos).
Además, Jesús lanza valientemente una de aquellas afirmaciones que tan nerviosos ponían a sus enemigos: "El Hijo del Hombre es señor también del sábado". No es que Jesús haya venido a abolir la ley, pero sí a darle pleno sentido. Si todo hombre es superior al sábado, mucho más el Hijo del Hombre, el Mesías. También nosotros podemos caer en unas interpretaciones tan meticulosas de la ley que lleguemos a olvidar el amor. La letra puede matar al espíritu.
La ley es buena y necesaria, e incluso el camino para llevar a la práctica la caridad. Y por eso mismo no puede ser absolutizada. El sábado (para nosotros el domingo) está pensado para el bien del hombre, como un día en que nos encontramos con Dios, con la comunidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. El descanso es un gesto de Dios que nos hace bien a todos, para huir de la esclavitud del trabajo y de la carrera consumista.
Por eso, el día del Señor es también el día del hombre, con la eucaristía como momento privilegiado. Deberíamos ver en el domingo, por tanto, más sus valores que sus preceptos, aunque éstos también existan y sigan vigentes. Las cosas no son importantes porque estén mandadas, sino que han de preservarse (legalmente) para que no pierdan su importancia.
Es interesante observar el lenguaje con que el Código de Derecho Canónico (ca. 1983) expresa hoy día ese precepto del descanso dominical: "El domingo, los fieles tienen obligación de participar en la Misa, y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo" (CIC, 1247). El CIC se preocupa del bien espiritual de los cristianos, y también de su alegría y de su salud mental y corporal.
Tendríamos que saber distinguir lo que es principal y lo que es secundario. Y la Iglesia debería referirlo todo (también sus normas) a Cristo, la verdadera norma y la ley plena del cristiano.
José Aldazábal
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Guardar el sábado para un judío era algo importante, y para los fariseos sumamente importante. Por eso se escandalizan de que los discípulos de Jesús recojan espigas para comer el día del sábado, y le reprochan al Maestro que no se lo advierta. Tal era su interpretación de la ley, y a eso habían llegado.
No obstante, Jesús les recuerda que ya en tiempo del rey David no se entendía así la ley del descanso, pues al rey David y a sus soldados se les permitió comer de los panes presentados a Dios.
A continuación, enseña Jesús que las leyes son buenas y necesarias, pero que no son más que mediaciones de otra ley mucho más importante y general: la ley del amor. Lo sustantivo y lo esencial es el amor, y lo demás son desviaciones legalistas.
Es verdad que el descanso el día del sábado (o el domingo) es un gesto profético que nos hace bien a todos, pero eso será mera metáfora hueca si ese día no se dedicase a establecer una comunión más profunda con Dios y los demás. El domingo es por antonomasia el día del Señor. ¡Ojalá así lo sea en tu vida, y encontrarás de verdad tu descanso!
Patricio García
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El evangelista Marcos continúa presentando a Jesús enseñando, con su palabra y con sus actitudes. Hoy, el tema de controversia es el sábado, el día de descanso sagrado para los judíos, y durante el cual asistían a las sinagogas para alabar a Dios y escuchar su Palabra, sin realizar ninguna otra clase de trabajo.
Los rabinos fariseos habían catalogado las actividades prohibidas ese día, y las pocas actividades permitidas. Y resultaba que el cumplimiento de las minucias (y enredos de la ley) hacía olvidar su verdadero significado: la gloria de Dios y la felicidad de sus hijos, los seres humanos. Por eso, los fariseos se escandalizaban de que los discípulos "arrancaran espigas" en sábado, para disimular el hambre.
Vuelve Jesús a enseñarnos que las leyes, aún las más sagradas, no pueden estar por encima de la vida (las necesidades, la felicidad, la plena realización existencial de cada uno). Y no dice que él es Señor del sábado y Señor de la ley, y por tanto el verdaderamente autorizado para poder interpretar, e incluso abolir. Y lo hará cuando se ponga en juego la dignidad humana, que tantas leyes inhumanas pretenden someter.
¿No somos a veces demasiado legalistas? ¿No juzgamos con dureza a nuestros hermanos cuando creemos que no cumplen las leyes, sean las humanas o las de la Iglesia, o las mismas leyes divinas? ¿No nos falta la misma comprensión de Jesús?
Nelson Medina
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La ley vuelve a ser cuestionada por el comportamiento de Jesús y sus discípulos, quienes se mueven y actúan en un plano que para la mentalidad judía tradicional no es correcto. La necesidad de arrancar unas espigas para alimentarse, como haría cualquier persona con hambre, es tachada como conducta incorrecta por quienes consideran que la ley de guardar el sábado (por ser ley) es más importante que cualquier necesidad humana, sea la que sea.
Jesús recuerda el caso de otros que, por necesidad, pusieron la ley a un lado para poder sobrevivir a la adversidad, y finaliza su aclaración afirmando que no se debe ser esclavo de preceptos que deshumanizan.
Los tan afamados doctores de la ley se han apegado a la ley de manera perniciosa. Y la ley que ellos están interpretando ya no es humanizadora, sino que se ha corrompido poniéndose por encima de todo, absolutizándose y poniendo a su servicio al ser humano. Por eso, ponen a un lado lo que es fundamental, y absolutizan lo secundario. Pero la ley no puede ser la depositaria única del plan que Dios tiene con cada ser humano. Los doctores de la ley la han desviado, y posiblemente lo han hecho para favorecer sus intereses.
Jesús, al hacer su propuesta (la propuesta del reinado de Dios, que es tan superior a la ley), relativiza la ley, la pone en el lugar que le es debido y, con ello, saca a la luz los mecanismos de manipulación que la habían absolutizado, para ser utilizada como defensa de unos intereses minoritarios.
Para nosotros, es de vital importancia saber que cuando no vivimos centrados en lo sustancial, tendemos a reemplazarlo inconscientemente con prácticas exageradamente piadosas, que a la postre resultan ser falsas. La ley no puede ser malversada, no puede pasar de ser instrumento de convivencia a otra forma de opresión. El espíritu de la ley debe ser siempre el servicio, tanto del hombre como de Dios. Nadie lo ha dicho tan claramente como Jesús: "El sábado se hizo para el ser humano, y no el ser humano para el sábado".
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El texto de hoy de Marcos se sitúa en el marco de las controversias que Jesús mantuvo con los fariseos a propósito de la observancia de la ley del sábado, ley sagrada para un judío. Un sábado, nos dice el evangelista, Jesús y sus discípulos atravesaban un sembrado.
Durante la travesía, los discípulos iban arrancando espigas, probablemente para comérselas porque tenían hambre. Al verles los fariseos actuar en este modo, se dirigen a Jesús censurando su conducta: Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?
El motivo de su censura es que hacían "lo que no estaba permitido en sábado", obrando contra la ley del sábado y del descanso sabático (que prohibía trabajar en sábado).
No se les acusa, por tanto, de robar en campo ajeno, o de substraer bienes que no eran suyos. Sino que se les acusa de "arrancar espigas", esto es, de trabajar durante el día del descanso sagrado (aunque lo hicieran con el fin de calmar el hambre o en situación de necesidad).
Al parecer, los fariseos también admitían ciertas excepciones a esta ley, como la de llevar al buey o al asno a abrevar, o rescatarlo si se había caído en un pozo. Así que Jesús, tratando de justificar el comportamiento de sus discípulos, les propone, a modo de ilustración, un ejemplo tomado de la historia del pueblo de Israel.
Se trata de lo que hizo David, el más grande y piadoso monarca judío, cuando él y sus hombres, en una de sus frecuentes campañas guerreras, se vieron faltos y con hambre. Entró en la casa de Dios (es decir, en el templo), en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, y comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros de batalla.
David hizo, por tanto, lo no permitido por la ley, como era comer unos panes "ofrecidos en sacrificio sagrado" (= consagrados) que sólo podían comer los sacerdotes. Y no sólo comió él, sino que los compartió con sus compañeros.
Hacer uso profano de unos bienes sagrados puede ser calificado como sacrilegio. Pero sea como fuere, lo cierto es que David hizo lo prohibido por la ley, estando en situación de necesidad (falto y con hambre). Se sirvió de un alimento sagrado para saciar una necesidad corporal. Y Jesús justifica esta actuación, aludiendo al estado de necesidad (material) en que se encontraban aquellos hombres.
La autoridad del personaje ejemplarizado, el gran rey judío David, ayudó a Jesús a refrendar la conducta de sus discípulos. Y la consecuencia moral que saca Jesús es que Dios no hace distinción de personas: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.
Toda ley, incluida la ley del descanso sabático (la ley más sagrada), se hizo para el hombre
, para el bien integral del hombre y no al revés. Invertir los términos es deformar las cosas queridas por Dios.Suponer que el hombre ha sido hecho para la ley, para el engrandecimiento o la salvaguarda de la ley, de modo que tenga que sacrificar su vida en aras de la ley, es deformar el orden de las cosas. La ley está al servicio del hombre, de su dignidad, de su bien integral, de su vida.
La ley del sábado se hizo para que el hombre pudiera descansar de sus afanes diarios, para que pudiera glorificar a Dios, para que pudiera compartir gozosamente su tiempo con su familia y sus amigos, para que pudiera dedicarse a otras cosas, para que pudiera recrearse en las obras de Dios. Y no para que no pudiera saciar su hambre, ni para que no pudiera recuperar la salud.
El sábado se hizo (lo hizo Dios) para facilitar la vida del hombre en la tierra, y no para dificultarla. Pero eso no significa que el mismo Dios de la vida no pueda exigir el sacrificio de la vida temporal en aras de un bien superior (como es la vida eterna), y que la ley del amor a Dios (o al prójimo) pueda exigir en ocasiones la entrega (martirial) de la propia vida.
En definidas cuentas, esta ley, que puede exigir la entrega de la vida disponible, no por eso deja de estar al servicio del hombre y del bien supremo de su salvación. Así que el hombre es señor del sábado, y el Hijo del hombre con mayor razón.
Es verdad que las leyes se han dado para que se cumplan, y si siendo justas no se cumplen, no justifican su promulgación. Pero toda ley tiene su excepcionalidad, que hay que valorar en cada caso y sin perder nunca de vista que la ley se hizo para bien del hombre y de los hombres (en su convivencia social).
Si se olvida esta perspectiva incurriremos en un legalismo malsano y perjudicial, y haremos del hombre un esclavo de la ley que no discierne situaciones personales ni necesidades. Las exigencias de la ley pueden resultar en ocasiones verdaderamente inmisericordes. Por todo ello es muy conveniente sentar este supuesto evangélico: que el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.