14 de Abril
Martes II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 abril 2026
a) Hch 4, 32-37
La multitud de los creyentes "tenía sino un solo corazón y una sola alma", ideal de Dios para la humanidad por él creada. En efecto, en los tiempos de la Iglesia naciente hubo un entusiasmo festivo y alegre, y a mediados del s. XX el Concilio II Vaticano volvió a repetir que "la Iglesia es un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
De ahí que tener "un solo corazón y una sola alma" no sea otra cosa que "reproducir sobre la tierra las relaciones de amor de las 3 personas divinas", según definición de la propia Iglesia. Este debería ser, pues, el esfuerzo y el testimonio de toda comunidad de cristianos: aunque seamos muchos, no ser sino uno, "una multitud, un corazón".
¡Cuán lejos estamos de ello, Señor! Y quizás sea ésta la razón por la cual tantos jóvenes abandonan la Iglesia, al no encuentrar en ella esa fraternidad, ni esa alegría. ¡Oh nuestras asambleas dominicales, que no dan una visión de comunidad sino de individualismo!, ni tampoco una visión festiva sino aburrida. Pues, por encima de todo, la humanidad aspira profundamente a la fraternidad y a la alegría. Ayúdanos, Señor.
Pero sigamos, porque en aquella Iglesia naciente "nadie llamaba suyos sus bienes, sino que todo era común entre ellos". La cosa comenzó espiritualmente, por una comunión de corazones y mentalidades. Pero enseguida se tradujo en un reparto concreto, material y visible.
Los primeros cristianos no se contentaban con una mística de unidad desencarnada, ni se contentaban con asistir a misa sin conocerse. Todo era común entre ellos, ¡todo! ¡Oh, Señor, concédenos que sepamos compartir nuestros proyectos y trabajar juntos! Ayúdanos a abandonar nuestras autonomías, nuestros cotos de caza y nuestros egoísmos.
Noel Quesson
* * *
La 1ª lectura de hoy nos presenta el 2º de los sumarios (el 1º está en Hch 2, 42-47 y el 3º en Hch 5, 12-16) acerca de la situación de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, en los primeros tiempos de la predicación apostólica.
Se nos describe una situación ideal, una comunidad unida por vínculos estrechísimos entre sus miembros y que practica una especie de comunismo primitivo, tratando de poner todos los bienes en común, vendiendo incluso las propiedades privadas y depositando todo lo obtenido en un fondo comunitario, del cual se proveían las necesidades de todos.
Pero no se trataba sólo de una experiencia socioeconómica, sino de una vivencia de fe, pues se nos dice expresamente que, con ello, los apóstoles "testimoniaban valerosamente la resurrección de Jesús". Es el convencimiento de que hemos entrado en una nueva era, de que Dios ha intervenido definitivamente en la historia (resucitando a su Hijo de entre los muertos).
Esto fue lo que llevó a los primeros cristianos a revolucionar la práctica ordinaria de la posesión de bienes, como si concluyeran que la resurrección de Cristo (en la cual quedaban involucrados todos los cristianos) exigía una nueva práctica de convivencia social, no basada ya en la propiedad de los bienes sino en cominitariedad.
Según esta primitiva mentalidad, los apóstoles pensaban que, si hemos sido hechos hijos de Dios, y si todos somos hermanos, no puede haber entre nosotros ninguno que pase necesidad. Y para lograr semejante meta no había nada mejor que poner sus bienes en común.
La historia demostró que este primitivo intento de comunitarismo fracasó, y que pronto la Iglesia de Jerusalén agotó sus reservas y debió pedir ayuda a las otras comunidades cristianas, como nos cuenta más adelante el mismo libro de los Hechos (Hch 11, 27-30) y como consta en varias de las cartas de San Pablo (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Gál 2,10). De todas maneras, subsistió y sigue subsistiendo en la Iglesia, en gran medida, ese ideal de iglesia-familia, en la cual todo es de todos, y en la cual nadie pasa necesidad.
Además, la Iglesia sigue persiguiendo este ideal de "comunión de bienes" a través de múltiples iniciativas, por las cuales los cristianos más pudientes hacen como Bernabé: entregan sus bienes a la comunidad para la asistencia de los más pobres.
Podríamos mencionar con nombre propio muchas de esas iniciativas, pero ofenderíamos su sentido de la modestia y no seríamos capaces de ser justos mencionándolas a todas, pues son muchas y variadas y existen en todos los lugares en donde hay cristianos. Una lección de solidaridad para los egoístas, que solo piensan en satisfacer sus caprichos.
En este modelo de la primitiva comunidad de Jerusalén, y en aquel ecumenismo del Espíritu divino, debemos inspirarnos siempre los cristianos, a nivel personal y comunitario. Nuestra fe tiene implicaciones sociales, económicas y políticas.
Si somos cristianos de verdad no podemos tolerar la injusticia, la miseria, la corrupción o la mentira, ni ningún tipo de opresión o discriminación. Hemos de abrir nuestro corazón para que éste llegue a ser tan amplio como el corazón de Dios, en el cual todos los seres humanos tenemos un lugar (como hermanos), especialmente los más pequeños (pobres y humildes).
Juan Mateos
* * *
La actitud de la primitiva comunidad de Jerusalén fue algo parecido a la realización de una utopía. En ella todo resulta positivo: intercomunicación, acogida y prestigio entre el pueblo, alegría pascual en el alma, pan compartido aunque no fuera ganado, disponibilidad sin preocupación por prever el futuro... ¡Tan bello que no podía mantenerse sino unos días!
Por otro lado, los resúmenes de la acción pastoral de los apóstoles se manifiesta de un modo especial el mensaje de Cristo muerto y resucitado y la unión de mente y corazón que existía entre ellos y los fieles, en toda la Iglesia. Como comenta Tertuliano:
"Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen, y, por esto, toda la multitud de comunidades son una con aquella primera Iglesia fundada sobre los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son pruebas la comunión y la paz que reinan entre ellas, así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica" (Sobre la prescripción de los Herejes, 20).
O como dice San Cipriano:
"Tenemos que mantener y defender esta unidad, sobre todo los obispos, que tenemos la presidencia de las Iglesias. Nadie engañe a la comunidad de hermanos con una mentira, nadie deforme la verdad de la fe con una deformación infiel. La Santa Iglesia es una sola. Lo mismo que el sol tiene muchos rayos, pero una sola luz, y el árbol tiene muchas ramas, pero un tronco único al que profundas raíces dan posición fija, y lo mismo que de una fuente saltan muchos arroyos, así la unidad es conservada en el origen, aunque parezca que de ella brota una pluralidad en rica abundancia" (Sobre la unidad de la Iglesia, 6).
El Señor reina, y ha triunfado de la muerte y es el Señor del mundo y de la historia. Y reinará para siempre, porque su trono es eterno. El cristiano camina hacia la consumación de ese reinado y por eso, no obstante las dificultades, la persecución, la Iglesia unida en oración grita esperanzada: ¡El Señor reina! Así lo proclamamos nosotros con el Salmo 92 de hoy:
"El Señor reina, vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder. Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre y tú eres eterno. Tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término".
Manuel Garrido
* * *
La praxis de los apóstoles en la primitiva Iglesia de Jerusalén recuerda la enseñanza del Deuteronomio como ley promulgada para crear un pueblo de hermanos. Los pobres tendrían derecho (según Dt) a recuperar sus terrenos durante el Jubileo, y luego derecho a trabajar (durante un tiempo) como asalariados del terrateniente (Dt 15, 4). Desafortunadamente, esa ley nunca se hizo realidad, ni siquiera cuando llegaron los jubileos.
La comunidad de cristianos de Jerusalén quiso también hacer realidad esa utopía del AT, y se propuso compartir, desde la pobreza, todos los bienes. De este modo, los pobres no padecían hambre y necesidades (Hch 4, 34).
Bernabé fue el 1º en dar testimonio de esta entrega total al evangelio, y de servicio a la comunidad. Donó todos sus bienes y se dedicó por completo a la misión evangelizadora. Con una actitud solidaria realizó lo que sólo era un remoto ideal en la antigua ley.
Como nota explicativa, hay que decir que el ideal de la comunidad que aparece en Hch 4,32-37 debe ser leído en conjunto con Hch 5,1-11. Allí se muestra el fracaso administrativo de una comunidad basada únicamente en la solidaridad de bienes y en la predicación. De hecho, pocos días después Ananías y Safira mentirán para quedar bien ante la comunidad (actitud que, en paralelo con Jos 7,1, hizo que esta pareja es duramente castigada, pues el engaño es contrario al Espíritu).
Posteriormente, y debido a esta utopía comunitaria de Jerusalén, dicha comunidad sufrirá penurias económicas y hambre (Hch 11, 28-29), y el mismo Pablo tendrá que exhortar a sus comunidades a ayudar económicamente a la Iglesia de Jerusalén, así como en adelante "no vivir de la renta". El ideal de Pablo es que cada persona en la comunidad trabaje y se gane el sustento, dejando el apoyo económico únicamente para las viudas, los huérfanos y los enfermos (Hch 20, 32-35).
Emiliana Lohr
* * *
Una de las consecuencias más visibles de la Pascua, para la 1ª comunidad cristiana, fue esta fraternidad tan hermosa que nos narra el libro de los Hechos. Efectivamente, la vitalidad y la armonía de aquella comunidad fue tal, que quisieron idealizarla. Y basta seguir leyendo el texto, para darnos cuenta que pronto empiezan a aparecer tensiones y discrepancias.
Por ejemplo, Ananías y Safira (en una escena que hoy no leemos) no quisieron aceptar eso de poner en común sus bienes. Lucas nos presenta cómo debería ser una comunidad cristiana que cree en Cristo Jesús y sigue su estilo de vida. Y cómo, en efecto, ésta era en buena medida.
Pero vayamos por partes, porque el pasaje de Lucas de hoy nos dice 2 cosas.
En 1º lugar, describe la vida fraterna comunitaria como unión de sentimientos ("un solo corazón y una sola alma") y como comunidad de bienes y solidaridad hacia los más pobres (y en ese sentido, destaca la generosidad de uno de los grandes miembros de la Iglesia: Bernabé). En 2º lugar, nos dice que, a pesar de las persecuciones, "los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor" (es decir, que siempre predican lo mismo: la resurrección de Jesús, con mucha valentía).
Se trata de los 2 efectos comunitarios de la Pascua: la fraternidad interior y el impulso misionero exterior. No es extraño que una comunidad como la de Jerusalén, en que todos ponían sus bienes en común y se preocupaban de los más pobres, atrajera la simpatía de los demás y se mostrara creíble en su testimonio, pues "eran muy bien vistos" en el pueblo.
Todos soñamos con una comunidad así. Pero cuando nos fijamos en cómo son nuestras comunidades cristianas hoy, no podemos menos de pensar que también nuestro testimonio de vida cristiana tendría más credibilidad si mostráramos una imagen clara de unidad y de solidaridad interna y externa dentro y fuera de la comunidad. El testamento de Jesús en la Ultima Cena fue pedir al Padre "que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea".
En el mundo de hoy no se entenderán otros lenguajes, pero éste sí: si se ve a alguien dispuesto a compartir sus bienes con el más necesitado, si se tiene delante a un grupo de cristianos dispuestos a trabajar por los demás, a ayudar a solidarizarse sobre todo con los que sufren o son menos favorecidos por la vida Y eso, en nombre del Señor Jesús, por nuestra fe en él.
No hace falta que pensemos sólo en el 3º mundo o en la campaña del 0'7%. Pues cada eucaristía, dice el Catecismo de la Iglesia, "entraña un compromiso en favor de los pobres, pues para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos" (CIC, 1397).
José Aldazábal
b) Jn 3, 5.7-15
Con afirmaciones cada vez más profundas, Jesús va conduciendo a Nicodemo (y a nosotros) a un conocimiento mejor de lo que significa creer en él. Un conocimiento que nos transmite el que viene de arriba, el enviado de Dios, el que da testimonio del saber profundo de Dios.
Jesús se queja de la poca fe de "los sabios" de Israel, representados por Nicodemo. En realidad, la escena está contada por el evangelista como prototípica, con Nicodemo hablando como portavoz de los judíos ("nosotros sabemos") y con Jesús como representante de todos ("no aceptáis nuestro testimonio").
Tras esto, Jesús explica a Nicodemo aquello de que Dios "ha escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos", aludiendo a que algunos son muy sabios en las cosas de aquí abajo, y unos ignorantes en las de arriba, las que más valen la pena.
Sobre todo se trata de captar a Cristo en toda la hondura de su misterio pascual: no sólo como profeta o taumaturgo, sino como el que ha bajado de Dios y, después de su muerte en la cruz, sube de nuevo al cielo. Los que sepan ver y creer en Jesús levantado en la cruz y glorificado en el cielo, tendrán vida eterna.
El diálogo de Jesús con Nicodemo nos hace pensar también a nosotros. ¿Somos de las personas que prefieren vivir en la oscuridad o en la penumbra, precisamente por no aceptar las consecuencias de aceptar la luz? ¿No es verdad que también los hombres de hoy, incluidos "los sabios", a veces prefieren (o preferimos) no saber, no captar la profundidad de Cristo, porque eso nos obligaría a cambiar, a renacer?
Tal vez muchas personas sencillas, sin gran cultura, sin tantos medios espirituales como nosotros, que no saben mucha teología pero que tienen buen corazón y unos ojos lúcidos de fe, sí están mirando a Cristo Jesús con profundidad, y se dejan influir por él, renaciendo continuamente y creciendo en su vida cristiana.
José Aldazábal
* * *
En el pasaje de hoy, Nicodemo (como todo hombre colocado ante un misterio) no comprende lo que oye de Jesús, que le habla de una nueva existencia. La maravilla de la realidad cristiana es incomprensible cuando se la juzga con categorías humanas.
Esto es lógico, y desde las categorías de Nicodemo (y de cualquiera) resulta imposible abordar las realidades divinas. Por eso, hay que acudir a Jesús, el Rabbí (lit. Maestro), que en este caso le dice a Nicodemo: "Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos, y de lo que hemos visto damos testimonio. Y con todo eso, no aceptáis nuestro testimonio".
En este caso, explica Jesús a Nicodemo el por qué: "Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre". Ningún hombre ha tenido jamás acceso al mundo de Dios. Es absurda, por tanto, la pretensión de tantos maestros y salvadores de nuestro tiempo que intentan transmitir a los hombres la revelación del único camino para la felicidad o la realización personal o la salvación.
Todas las pretensiones de revelación, en este sentido, son vacías. Sólo el Hijo del Hombre, en razón de su origen divino, puede traer la revelación divina. Sólo Jesús es el revelador y enviado de Dios. Es fundamental, por tanto, la vinculación exclusiva y radical a la persona y obra de Jesús.
"Y lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna". Cuando se dice que el Hijo del Hombre "tiene que" ser elevado, se está aludiendo a un deber, que es la necesidad mesiánica del sufrimiento. La Iglesia primitiva reconoció en la muerte en cruz de Jesús el pasillo necesario, desde el punto de vista de la historia de la salvación, para que Jesús llegase a la gloria.
"Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". Entregar a su Hijo quiere decir dejarlo en nuestras manos para que hagamos lo que queramos: confiar en él y seguir el camino que él muestra, o rechazarlo. Pues como dice el salmo, Dios "lo puso todo en sus manos (humanas)".
El Padre, por amor a nosotros, nos entrega a su propio Hijo, el Único, en nuestras manos, y nosotros entregamos a este Hijo único de Dios a la muerte. El Padre no envía al Hijo a la muerte, sino a la solidaridad con todos nosotros. Una decisión que corría un riesgo, que Dios "no escatimó" (Rm 8, 32).
Si hubiéramos aceptado plenamente el amor de Dios ofrecido en Jesús, aquella venida de Jesús habría sido un acto de amor sólo positivo. Pero como desde nuestra situación de pecado lo hemos rechazado, aquella entrega toma la forma negativa de muerte.
Jesús, por amor, se ha hecho solidario de los hombres pecadores. Todo aquél que se adhiera a él en esa situación de entrega hasta la muerte y acepta su amor, obtendrá vida definitiva, es decir, nacerá de arriba, recibiendo su Espíritu que brota de su costado.
Noel Quesson
* * *
Hoy Jesús nos expone la dificultad existente a la hora de conocer la acción del Espíritu Santo, pues éste "sopla donde quiere" (v.8). Tanto, que para hacerlo nos explica Jesús la necesidad de un nuevo nacimiento: "Tenéis que nacer de lo alto" (v.7). Es decir, es necesaria una nueva vida para poder entrar en la vida eterna, y así conocer al Espíritu Santo.
No es suficiente, pues, con un ir tirando para llegar al Reino del Cielo. Sino que se necesita una vida nueva regenerada por la acción del Espíritu de Dios. Nuestra vida (profesional, familiar, deportiva, cultural, lúdica, y sobre todo de piedad) tiene que ser transformada por el sentido cristiano y por la acción de Dios. Todo ha de ser impregnado por su Espíritu (transversalmente), y nada (absolutamente nada) debiera quedar fuera de la renovación que Dios realiza en nosotros con su Espíritu.
Una transformación que tiene a Jesucristo como catalizador. Pues él, que antes había de ser elevado en la Cruz y que también tenía que resucitar, es quien puede hacer que el Espíritu de Dios nos sea enviado. Así como él ha venido de lo alto, ha mostrado con muchos milagros su poder y bondad, hace en todo la voluntad del Padre, ha sufrido hasta derramar la última gota de sangre por nosotros (según San Basilio Magno).
Por otra parte, gracias al Espíritu Santo, nosotros "podemos subir al reino de los cielos", podemos obtener la adopción filial, podemos llamar a Dios abbá (lit. padre), participamos de la gracia y tenemos derecho a participar de la gloria eterna. Hagamos que la acción del Espíritu Santo tenga acogida en nosotros, escuchémosle, y apliquemos sus inspiraciones para que cada uno sea (en su lugar habitual) un buen ejemplo elevado que irradie la luz de Cristo.
Xavier Sobrevia
* * *
Al dar testimonio de esa fuerza que viene del cielo, Jesús se refiere al Espíritu Santo. Pero no como esa parodia de Dios donde hay mucha permisividad que raya hasta en la tontería en la que están incorporados ritos y oraciones sin contenidos liberadores, huérfanos de toda práctica comprometida con el Reino.
Por eso la fuerza del Espíritu, como la propone Jesús, es necesario rescatarla para salir de ese apaciguamiento y ser más en el Señor, porque sólo con ella se hace posible el advenimiento del Reino, y porque sólo así somos capaces de apartarnos de las prácticas egoístas generadoras de opresión y muerte para nuestros hermanos.
A las personas como Nicodemo, auténticas representantes de la manera de ser y pensar de su tiempo, hay que precisarles que sólo a través de la toma de conciencia es posible el encuentro con Dios, porque sólo esa toma de conciencia (lo que también se llama Cielo) viene a ser la presencia permanente del Padre en las personas.
Según esto, el cielo no es algo que hay que ir a buscar fuera, si no que es una realidad que empieza a palparse dentro de nosotros, desde el mismo momento que uno entra en la conciencia grande y honda de que Dios está con uno y uno está con Dios.
Es conveniente que en la comunidad quede aclarado que de las cosas que habla Jesús, con respecto al Padre, no vienen de otro sitio distinto sino de ese lugar en el cual el alcanza tal intimidad con el Padre en su conciencia. "Bajar del Cielo" es venir de un encuentro en donde es posible hacerse uno con el Padre. Quien puede hablar y entender esto es sólo quien haya tenido esa experiencia. Este encuentro es lo que nos ayuda a hacer posible la entrega de la vida por el otro.
Juan Mateos
* * *
En el evangelio de hoy, la pregunta de Nicodemo a Jesús revela cierto escepticismo, y se podría traducir por: ¿Cómo? ¿Acaso esto es posible? Para el grupo que él representa (el fariseísmo), la realidad es inconmovible, todo ya está predicho de antemano, y cualquier cambio está fuera de las posibilidades históricas.
Como decía un dicho de la época, "al fariseo y al jefe no le cabe en la cabeza la ruptura con el pasado, ni la novedad de lo nuevo". La respuesta de Jesús es una dura crítica contra la mentalidad conformista, típica de los legalistas.
La comunidad cristiana habla en boca de Jesús, y critica la testarudez de sus opositores, que no aceptan el testimonio de los cristianos.
El escándalo de la ignominiosa muerte de Jesús, y la forma testimonial y poco erudita de las primitivas enseñanzas cristianas, fueron motivo de burla para judíos y paganos. Incluso fueron motivo de fuertes diferencias en el interior de la comunidad. Sin embargo, ésta continuó y continúa adelante. Con la fuerza del Espíritu nace en la Iglesia una nueva mentalidad: abierta a la novedad, y decidida a hacer realizar el Reino.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista Juan nos presenta hoy a Jesús en diálogo con Nicodemo, un maestro de la ley que fue de incógnito a ver a Jesús, posiblemente atraído por su doctrina, obras y personalidad. Por lo visto, posiblemente dicho evangelista fue también testigo presencial de la conversación, a no ser que hubiesen grabadoras de la misma en aquella época.
Fuese cual fuese el canal suministrador de la misma, lo cierto es que Juan nos ofrece este testimonio de primera mano, sobre todo cuando Jesús dijo a Nicodemo:
"Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Jesús remite su testimonio a una experiencia hecha de ciencia y de visión".
Como se ve, mientras que la enseñanza de los maestros de la ley está apoyada en una tradición, la enseñanza de Jesús brota de su propia ciencia y experiencia (de lo que sabe y ha visto). Es decir, que su enseñanza es el testimonio de un sabio y de un vidente, de alguien que sabe y que ha visto, sin tener por eso que menospreciar las conexiones con la antigua tradición profética.
En último término, Jesús remite a sus seguidores a su propia experiencia filial. Es decir, a esa íntima relación con el Padre que le hace sentirse Hijo único. El uso del plural (de lo que sabemos hablamos) parece acentuar la dimensión comunitaria del testimonio.
El testimonio de Jesús (en cuanto tal, personalísimo, pues sólo él tiene esta experiencia filial de Dios) se identifica en tiempos del evangelista con el testimonio de la Iglesia, que sigue hablando de lo que sabe, aunque lo que sabe lo sabe como recibido de su fundador.
Esto no significa que el cristiano no pueda hacer de la experiencia de Jesús experiencia personal por obra del mismo Espíritu filial que actúa en él tras la resurrección. Esto es precisamente lo que nos hace saber San Pablo: que tenemos el mismo Espíritu de Cristo, que es Espíritu de filiación (adoptiva), para hacer su misma experiencia y entablar con Dios una relación similar a la suya, relación de hijos de Dios.
El hablar de Jesús se presenta, pues, como un testimonio que no es aceptado por aquellos (los fariseos) que conforman el grupo al que pertenece Nicodemo. Y cuando un testimonio no se acepta es porque se desconfía del que lo da, o bien porque su contenido resulta increíble a los oídos de los receptores, o porque al testigo se le considera poco fiable.
Ambas cosas pudieron contribuir a este rechazo por parte de los fariseos, que veían en Jesús a un maestro de la ley muy particular, sospechoso de herejía y pregonero de una doctrina que les sonaba a presuntuosa, heterodoxa e incluso blasfema.
Jesús parece resignado a este rechazo, y de ahí que diga: Si no creéis cuando os hablo de la tierra. Es decir, de esas cosas que están al alcance de la investigación humana y que son más o menos comprobables, aunque resulten muchas veces también increíbles (como que la cal viva arda con el mismo agua que sirve para apagar el fuego o que en una gota de agua habiten millones de bacterias). Y que diga: ¿Cómo vais a creer cuando os hable de las cosas del cielo, que se rigen por otras coordenadas y pertenecen a otras dimensiones?
Pero él puede hablar del cielo, porque ha bajado del cielo y a él el cielo no le resulta desconocido porque procede de allí. No obstante, su hablar de esta realidad inimaginable es siempre analógico o metafórico. No puede ser un hablar unívoco porque el mismo lenguaje humano (finito y temporal) lo desnaturalizaría, lo convertiría en una realidad mundana como todas esas realidades de las que se extrae el mismo lenguaje.
Seguidamente Jesús se remite a un pasaje del libro de los Números (Nm 21, 9) para referirlo a sí mismo y a su propia elevación en el árbol de la cruz: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así también tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Este testimonio es también una predicción que podrá ser corroborada por la historia. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un estandarte para que todos los mordidos de serpiente pudiesen mirarla y obtener la curación.
Jesús equipara su propio cuerpo clavado en la cruz y puesto en alto al de esa serpiente benéfica de la que procede la salud para los afectados por el veneno de las serpientes del desierto. Todo el que mire con fe al Hijo del hombre así, elevado en el árbol (que hace maldito
al que cuelga de él) humillante de la cruz, podrá obtener una salud especial e inquebrantable, la que otorga la vida eterna.También aquí basta una mirada creyente para obtener el beneficio de la salud; pero en este caso se trata de una salud tan duradera que no se perderá jamás.
Conforme a lo predicho, Jesús fue realmente elevado en este patíbulo que es al mismo tiempo un trono honorable para todo el que le reconoce como el Ungido de Dios y como el Salvador del mundo. El testimonio encontró en parte, pues, su cumplimiento. Lo que quedaba por verificar era "que se obtenga la vida eterna", algo cuya realidad sólo podrá comprobarse con el acceso a esta vida (es decir, cuando dejemos de estar sujetos a la temporalidad en que vivimos).
Pero la participación en esa vida tiene sus anticipos en ésta, que adoptan diferentes formas: la de la paz o sosiego en medio del oleaje y la turbación, la de la serenidad ante el sufrimiento y la adversidad, la de la esperanza ante el fracaso y la muerte. La fe ya proporciona dones con sabor y valor de vida eterna. Son los dones ligados a esta promesa de vida que Dios nos permite disfrutar ya anticipadamente en este mundo.
Nuestra actitud tendría que ser la de vivir en un permanente estado de acción de gracias por la vida, siempre precaria, de la que hoy disfrutamos, y por la que nos es prometida como vida eterna por el que es la fuente de toda vida.
Act:
14/04/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()