21 de Enero

Miércoles II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 enero 2026

a) 1 Sam 17, 32.37.40-51

         Escuchamos hoy la victoria de David sobre el gigante Goliat, que los que hemos asistido desde pequeños a las explicaciones bíblicas recordaremos con especial sensibilidad. No obstante, la crítica moderna advierte que, según 2 Sm 21,19, no fue David, sino uno de sus soldados (Eljanán, betlemita como él) quien mató a Goliat. Y nos viene a decir que el nombre de Goliat fue añadido posteriormente a los vv. 4 y 23, y que la narración primitiva hablaba tan sólo de un filisteo anónimo.

         En todo caso, se trata de una lección que hay que recordar, sin dejarnos deslumbrar por los detalles concretos y sin caer tampoco en las interpretaciones abusivas y subjetivas, creyendo saber nosotros la intención teológica de los autores sagrados.

         En este episodio, la intención del autor no es la de narrarnos una victoria de David, sino una victoria de Dios. Pues ése es el tema tantas veces reencontrado en los libros históricos, al igual que en las exhortaciones de los profetas y recordatorio de los salmos: que la fuerza divina se manifiesta en la debilidad, y en los instrumentos que él elige.

         Y es que si Dios así lo quiere, un muchacho como David, o una mujer como Judit, o un pequeño ejército como el de los macabeos, pueden vencer a fuerzas mucho más numerosas. Pues es Dios quien da la victoria, y en la nueva alianza, la victoria de Dios se obtendrá no sólo por la debilidad, sino incluso mediante la derrota (pues la victoria de la cruz es la del rey que vence y libera no matando, sino muriendo).

         En todo caso, lo que trata el pasaje de hoy es de prevenir contra una vieja tentación de los antiguos reyes de Israel: la de poner su confianza no tanto en Dios como en las murallas, ejércitos y alianzas. Por no decir la de querer implantar el reino de Dios a través del poder temporal y de las riquezas.

         David, al rechazar la pesada armadura de Saúl (que le agobiaba, hasta inmovilizarle), y al salir al encuentro del filisteo con un cayado, una honda y un puñado de guijarros del torrente, aparece así como el símbolo del creyente, e incluso de una Iglesia necesitada de agilizar sus instituciones y metodologías, a fin de hallar una nueva mordiente capaz de derrotar al enemigo.

Hilari Raguer

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         Los relatos de la infancia de David provienen de diferentes tradiciones mal yuxtapuestas. Y hoy, después de haber sido ungido por Samuel en secreto (en la granja de su padre Jesé), parece que David fue puesto al servicio de Saúl (rechazado por Dios, pero no totalmente destronado). En un estilo muy popular (del tipo de Tarzán), asistimos hoy a alguna de las hazañas de David como jefe de una banda, que hoy se enfrenta los filisteos. Todo el relato está compuesto para subrayar que el que sostiene a David es Dios.

         El muchachito David se enfrenta hoy, pues, al gigante Goliat. Ciertamente, esto es todo un símbolo de la debilidad, frente a la fuerza. La Iglesia tiene, a menudo, la apariencia del muchachito David. Y la verdad también tiene, a menudo, esa apariencia. Las fuerzas del mal son gigantescas, y la fe es una llamita frágil, expuesta a los fuertes vientos de la historia. En nuestros combates interiores o exteriores, con frecuencia tenemos esta impresión de encontrarnos delante de cosas que nos rebasan, o frente a dificultades insuperables.

         El muchachito David se enfrenta ante un gigante que es más fuerte que él. Evoco algunas situaciones de hoy, y vuelvo a recordar el rechazo a la armadura de Saúl. El relato cuenta cómo se trató de proteger Saúl a David con una armadura. Pero David no podía caminar, pues le estaba demasiado grande. Cuando le dieron los medios humanos para vencer al gigante en su terreno, David no pudo avanzar. Constantemente, nosotros queremos poseer armaduras de Saúl, enfundándonos en seguridades y fuerzas humanas.

         Es necesario tener mucha valentía y mucha fe para pedir a Dios que "él sea nuestra sola fuerza", y para desprendernos de nuestras armaduras. Porque como dijo el pequeño David al gigante Goliat: "Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor del universo". Esta frase es la clave del relato.

         Danos, Señor, la fe en tu victoria, y vuelve a decirnos: "No temáis, yo he vencido al mundo, y el Príncipe de las tinieblas no puede nada contra mí" (Jn 16, 11 33). Mediante la oración, apliquemos esta palabra de Dios a todas nuestras situaciones de debilidad, y avancemos "en nombre del Señor del universo". Y para mi último combate, el de la muerte, quédate conmigo, Señor. Desde ahora, permanece siempre conmigo.

Noel Quesson

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         La victoria del joven David contra el gigante Goliat, que hoy leemos, es uno de los episodios bíblicos más populares, y se ha convertido en el símbolo de cómo el débil puede humillar al más fuerte.

         No sabemos bien cómo entró David al servicio del rey Saúl, si como un pastor que se da a conocer (según este episodio), o como especialista en aplacar con la música de su arpa los malos humores del rey (según otro pasaje). Pero lo que el relato subraya es la intervención de Dios en su victoria.

         La tesis que el autor del libro quiere establecer, como lección para todas las generaciones, la pone en labios de David: "Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor. Hoy te entregará el Señor en mis manos y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel y que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas".

         El salmo responsorial de hoy, como siempre, hace eco a esta 1ª lectura: "Te cantaré a ti, Señor, que das la victoria a los reyes, y salvas a David tu siervo. Bendito el Señor, mi Roca". Dios tiene caminos llenos de sorpresas, y un muchacho con unas piedras y una honda es capaz de abatir al guerrero más fiero de los enemigos.

         Podemos interpretar en esta clave muchos momentos de la historia, del AT y del NT y de nuestra vida actual. Dios se sirve a veces de lo más débil para conseguir sus planes, y así se ve que no son nuestras fuerzas las que salvan al mundo, sino la misericordia gratuita de Dios.

         Tendemos a confiar en la técnica, en nuestras habilidades y en los medios materiales, y cuanto más modernos mejor. Pero la eficacia en todas nuestras empresas nos la da Dios. Ya nos avisó Jesús: "Sin mí no podéis hacer nada". ¡Cuántas veces los más débiles y humildes, confiados en Dios, han conseguido lo que los fuertes no han podido!

         También en nuestra lucha contra el mal, que puede parecernos desigual por nuestras escasas fuerzas, Dios es nuestra Roca. Por eso nos enseñó a rezar Jesús: "Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación".

José Aldazábal

b) Mc 3, 1-6

         De nuevo Jesús quiere manifestar su idea de que la ley del sábado está al servicio del hombre y no al revés. Y delante de sus enemigos, que espían todas sus actuaciones, cura al hombre del brazo paralítico. Lo hace provocativamente en la sinagoga y en sábado. Pero antes pone a prueba a los presentes: ¿se puede curar a un hombre en sábado? Y ante el silencio de todos, dice Marcos que Jesús les dirigió "una mirada de ira, dolido de su obstinación".

         Algunos, al encontrarse con frases de este tipo en el evangelio, tienden a hablar de la santa ira de Jesús. Pero aquí no aparece lo de santa. Sencillamente, Jesús se enfada, se indigna y se pone triste. Porque estas personas, encerradas en su interpretación estricta y exagerada de una ley, son capaces de quedarse mano sobre mano y no ayudar al que lo necesita, con la excusa de que es sábado. ¿Cómo puede querer eso Dios?

         En su lucha contra la mentalidad legalista de los fariseos, ayer nos decía Jesús que "el sábado es para el hombre" y no al revés. Hoy aplica el principio a un caso concreto, contra la interpretación que hacían algunos, más preocupados por una ley minuciosa que del bien de las personas, sobre todo de las que sufren. Cuando Marcos escribe este evangelio, tal vez está en plena discusión en la comunidad primitiva la cuestión de los judaizantes, con su empeño en conservar unas leyes meticulosas de la ley de Moisés.

         Ley sí, pero legalismo no. Porque la ley es valiosa y necesaria. Pero detrás de cada ley debe haber una intención, y esa intención debe responder al respeto máximo por el hombre. Es interesante que el Código de Derecho Canónico, a este respecto, ponga en su último número (CIC, 1752) el "procedimiento en los recursos administrativos", que si a 1ª vista puede parecer un tema árido, tras leerlo comprobamos que viene a decir que toda ley canónica (todas las expuestas en el CIC) ha de ser resuelta "teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia".

         Estas son las últimas palabras de nuestro Código de Derecho Canónico: la salvación de las personas. Porque detrás de la letra (la ley) debe estar el espíritu (el bien humano), y no al revés. Y porque nunca debe prevalecer la ley al espíritu de la ley, que es la salvación de las personas.

José Aldazábal

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         El enfrentamiento de Jesús con los fariseos llega a una especie de climax en el pasaje de Marcos que acabamos de leer. Se trata de un hombre disminuido por la parálisis de un brazo, que probablemente no puede trabajar, aunque tiene una familia que alimentar. En aquellos tiempos, no había seguridad ni asistencia social, ni se adelantaban programas de rehabilitación para los discapacitados.

         Se trata de un hombre religioso, que acudía a la sinagoga y seguramente confiaba en Dios, en su Palabra que iba a escuchar con atención y esperanza. Y el encuentro con Jesús le va a cambiar la vida: recibe la orden de ponerse en medio y asiste al duro enfrentamiento que tiene lugar: por una parte los guardianes del sábado sagrado, que consideran que sanar a alguien ese día, así sea con una simple palabra de mandato, es practicar la medicina, prohibida en día santo.

         Por otra parte, Jesús, resuelto a romper ese círculo de legalismo ciego que hace que el sábado pese sobre los pobres y los humildes. Hemos escuchado que el hombre del brazo paralizado quedó sano, que Jesús juzgó severamente la dureza de sus contrincantes, e incluso que Jesús los miró con ira. Y que éstos resolvieron matarlo, y para ello hablaron con los herodianos, tal vez espías o partidarios de la dinastía fundada por el famoso Herodes. Y nosotros ¿qué? ¿Qué partido tomaremos? ¿El del servicio incondicional de los hermanos? ¿O el de la salvaguardia de las leyes, por inútiles e inhumanas que sean?

         Otra vez, frente a los acuciosos judíos, vuelve Jesús a cuestionar lo que ellos consideraban como centro de su fe judía: la ley. Un sábado hay en la sinagoga un hombre con la mano paralizada. Y aunque sabe que por esto lo acusarán, Jesús hace caso omiso y procede a curarlo.

Bruno Maggioni

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         Al anunciar el Reino, Jesús se da cuenta de que el primer enemigo de este Reino es la ley, es tenida como valor supremo, incuestionable, absoluto, que como oprime tanto al hombre termina por destruirlo. Mientras que el Reino propone la reconstrucción del ser humano, desde dentro y desde fuera.

         En los evangelios se ve simbólicamente que esta reconstrucción va sucediendo gradualmente: una vez en la vista, otra en sus manos, y del todo cuando resucita a alguien. Para Jesús, "dejar de hacer el bien" el sábado, negando una curación a un pobre que la necesita, es pecar. Así, la dinámica del Reino también es exigente: si no reconstruimos, estamos colaborando a la destrucción.

         Los que seguimos la dinámica de este Reino que Jesús anuncia, no podemos entrar en la misma dinámica de la ley, la cual considera que con "no hacer el mal" y guardar determinadas normas es suficiente. El Reino exige que se trabaje por la reconstrucción del ser humano, individual y social. Y con su testimonio Jesús nos hace entender que la despreocupación por las personas, como ocurre siempre en todo legalismo, es pecado. Ese pecado, que es el egoísmo, que engendra todas las otras acciones pecaminosas, es lo que Jesús viene a destruir.

         Hoy también hay en nuestra sociedad actual, en la que nosotros queremos ser seguidores de Jesús y constructores de su Reino, principios o valores que empiezan a constituirse en nueva ley (como la ley judía que encontró Jesús), que empiezan a absolutizarse como algo supremo... y que acaban sacrificando, para ello, el bien de las personas, tanto de individuos como de grandes mayorías.

         Son la nueva ley de nuestro mundo, que como en el caso de la sociedad de Jesús, quiere imponerse como algo incuestionable, ocultando los intereses particulares a los que sirve, y el desfavor de la gran mayoría de los seres humanos a la que va dirigida (o a la que va imponiéndose). Los problemas que ya descubrió Jesús en su sociedad, no fueron una excepción, sino que también existen en nuestros días.

         Al final, con el anuncio del Reino, Jesús pone al descubierto la maldad interior de las autoridades, que se preocupaban más por la ley (su ley) que por los seres humanos. Y la luz y verdad cristiana los pone al descubierto. Con ello, a los dirigentes no les quedan más que 2 alternativas: eliminar (ellos) a Jesús, o convertirse (a Jesús). Y terminan escogiendo lo suyo, y su poder: el crimen.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

          El texto evangélico de hoy nos traslada de nuevo al ámbito de las controversias de Jesús con los fariseos, a propósito de la observancia del sábado. Jesús se encuentra en la sinagoga, como era su costumbre, y allí se encuentra también un hombre con parálisis en un brazo.

          No parece que la presencia del paralítico en la sinagoga fuese casual (coincidir con Jesús, y en sábado), y da la impresión de que hubiese sido llevado allí por los mismos fariseos, como cebo para acusar a Jesús. Es lo que insinúa el evangelista, cuando dice de ellos que estaban al acecho para ver si curaba en sábado y poder acusarlo.

          Hacen los fariseos de aquel paralítico, por tanto, un medio al servicio de sus malévolas intenciones, que no son otras que encontrar un motivo de acusación contra ese maestro trasgresor.

         Jesús acepta el desafío que le proponen, lanzándoles un pulso en toda regla. Y por eso, dirigiéndose al paralítico le dice, como retando a sus adversarios: Levántate y ponte ahí en medio. El movimiento de Jesús es manifiesto, y acaba de aceptar el reto de sus acusadores.

          Tras hacer del paralítico el centro de todas las miradas, Jesús les dirige una pregunta que no deja escapatoria: ¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer lo bueno o lo malo? ¿Salvar la vida a un hombre o dejarlo morir? ¿Qué podían responder a esto? ¿Que en sábado no estaba permitido hacer el bien o salvar la vida de alguien?

         La contradicción entre la observancia sabática y la buena acción resultaba demasiado flagrante. ¿Cómo prohibir la práctica del bien en sábado? ¿Acaso el sábado no era una ley de cuño divino? ¿Cómo podía Dios prohibir la buena actuación en el día consagrado a él?

          Los fariseos tenían claro lo que no estaba permitido en sábado (no trabajar, no encender fuego, no caminar más de un determinado número de pasos, no hacer negocios, no traficar con dinero, no viajar...). Pero lo que no tenían tan claro es lo que estaba permitido, ni lo que realmente había que hacer en sábado.

         Así que ¿acaso la ley del descanso sabático podía convertirse en una barrera que limitase la práctica del bien? ¿O es que la buena acción puede estar condicionada por algún límite temporal o legal? ¿No es la ley la que tiene que amparar el bien? Porque no sólo está permitido hacer lo bueno en sábado, sino que está incluso recomendado. Hacer el bien debe ser una obligación moral para todo hombre, en cualquier circunstancia de espacio y tiempo.

          Jesús lleva el caso hasta su extremo, pues no parece que aquel paralítico del brazo se encontrase en peligro de muerte, o exigiese una cura de urgencia o una rápida intervención.

         En este contexto, adquiere aún más relieve la actitud desafiante del maestro taumaturgo, como si Jesús quisiera cuartear su mentalidad haciéndoles ver no sólo que la ley del Sábado admite excepciones (algo que ya sabían y practicaban ellos), sino que el código del buen obrar puede muchas veces obligar a transgredir una ley tan sagrada como ésta: ¿Qué está permitido en sábado: salvar la vida a un hombre o dejarlo morir?

          La pregunta no dejaba alternativa, pues en ninguna circunstancia se debe preferir dejar morir a una persona que salvarla, si ello es posible. La vida humana es un valor supremo, que debe ser custodiado por toda ley.

         Aquí encuentra su lugar idóneo el dicho de Jesús: El sábado (la ley) se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. En este caso, lo que parecía en juego no era la vida del paralítico, sino únicamente su salud. Pero Jesús parece recrearse en extremar las cosas.

          Aquellos aprendices de jueces no encontraron la respuesta adecuada y prefirieron callar. ¿Cómo iban a decir que en sábado no estaba permitido hacer lo bueno? ¿Es que la ley del descanso sabático no era buena? ¿Es que observar esta ley no era bueno?

         Se suele decir que "el que calla otorga", pero el silencio de los fariseos no era un asentimiento, sino sólo una falta de respuesta y, como delata su inmediata reacción, un adentramiento en el castillo de su propia obstinación.

        No encontraron los fariseos respuesta, pero tampoco dieron su brazo a torcer. Su obstinación no les permitía reconocer que no sólo se podía hacer el bien en sábado, sino que se debía hacer el bien, siempre que se ofreciera oportunidad de ello; y la curación de un enfermo era una buena oportunidad para la práctica del bien y para honrar el Sábado.

          Y llegó el momento de la actuación. Para que la cosa no quede sólo en una simple discusión doctrinal, Jesús, aunque indignado y dolido por la obstinación de sus contrincantes, se pone manos a la obra, y le dice al paralítico: Extiende el brazo. Y el brazo quedó restablecido.

         La culminación del acto acabó desatando la ira contenida de sus acusadores, y en cuanto salieron de la sinagoga (nos informa Marcos) los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

          Enemigos tan irreconciliables como fariseos y herodianos (los unos enemigos, los otros amigos del régimen imperante) se ponen de acuerdo, porque les une un mismo propósito. Tanto para unos como para otros, Jesús resulta un estorbo, alguien que pone en riesgo sus propios intereses.

          Jesús se había limitado a hacerles ver que su interpretación de la ley estaba equivocada, y que una ley como la sabática no podía ser de ninguna manera un impedimento para la práctica del bien, que en último término el espíritu de la ley (de toda ley).

          Jesús resquebrajó así la mentalidad monolítica y rocosa que mantenía a los fariseos aferrados a su concepción legalista. ¿Hacemos nosotros lo mismo? Porque todos disponemos de hábitos mentales que el tiempo ha ido endureciendo y esclerotizando, y que también tenemos que remodelar.

 Act: 21/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A