15 de Abril
Miércoles II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 15 abril 2026
a) Hch 5, 17-26
Los apóstoles ya habían sido detenidos una vez por su predicación (Hch 4, 1-21). Pero reinciden y su detención es decretada de nuevo por las autoridades religiosas judías (v.18), haciendo prever que esta vez la condena será pesada.
Todos los apóstoles han sido detenidos, y pronto pagará Esteban con la vida su fidelidad a Cristo. Pedro volverá a ser detenido (al igual que lo será Pablo, no mucho después), y la Iglesia de Jerusalén no conoce tregua. Sus adversarios no han cambiado, y siguen siendo los miembros del Partido Saduceo, unos aristócratas del culto y de las finanzas que gozan de mayoría en el Sanedrín judío y que se muestran reacios a cualquier tipo de novedad. Lo cual no les va a permitir poner freno a la palabra de Dios.
Deberían haberlo sabido aquellos sacerdotes de Jerusalén (pues los saduceos eran los verdaderos y oficiales sacerdotes de Israel, y no los arraposos fariseos), responsables de la muerte de Jesús y que no habían podido impedir que saltara por los aires el pedrusco del sepulcro (en la mañana de Pascua). En el pasaje de hoy, no será aquel pedrusco, sino las puertas de la prisión, las que no se podrán resistir a la fuerza del Espíritu.
En Hechos de los Apóstoles, cada detención de los apóstoles va seguida inmediatamente de una liberación providencial, como se ve en el encarcelamiento de Pedro (Hch 12, 7-10) y de Pablo (Hch 16, 25-26) y en el pasaje de hoy (v.19). Se trata de una liberación milagrosa producida, ante todo, para dar ánimos a los perseguidos (v. 20) y convencerles de que viven realmente los tiempos mesiánicos, caracterizados por la apertura de las prisiones (Is 42,7; Sal 106,10; Is 49,9).
El misterio de la liberación pascual no se presenta ya a los apóstoles como un mero revivir la vida de Cristo (de la que han de dar testimonio), sino como una experiencia religiosa personal, que encara un futuro nuevo. Sólo en ese momento alcanza la fe su culminación.
La eucaristía conmemora precisamente los hechos antiguos para que aprendamos a encontrarlos en nuestra vida personal, y especialmente en todo acontecimiento futuro que pueda liberar al hombre. La amnistía de los prisioneros y la asistencia a los condenados (incluso por delitos de derecho común) han sido siempre signos de la fe cristiana en las estructuras del mundo.
Maertens-Frisque
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Llenos de animosidad, los dirigentes judíos echaron mano de los apóstoles y los metieron en la cárcel. Los sumos sacerdotes (saduceos) y sus partidarios (ancianos) quisieron impedir el nacimiento de "esa comunidad virulenta", de esa gente disconforme con la religión judía oficial y que no para de propagar:
-una
nueva fe, que proclama que Jesús es hijo de Dios;
-un nuevo estilo de vida, empezando por la suplantación del sistema de propiedad privada de los
bienes, por otro nuevo que lo pone todo en común.
De ahí que los dirigentes pidieran, ante esa gente peligrosa, que se les detuviera de una vez, y se les metiera en la cárcel. Pero, durante la noche, el ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel, al tiempo que les dijo: "Id al templo y anunciad valientemente al pueblo todas esas palabras de vida".
Tal fue el mandato del ángel que les libera. Un mandato que no fue para salir del paso tranquilamente y reemprender una vida cómoda (al abrigo de arrestos y encarcelamientos), sino ¡para volver a empezar! Así que ¡cuidado!, y que quede bien entendido: anunciar "en el templo" no significa solamente en las iglesias.
El Templo de Jerusalén era una gran explanada, la mayor plaza de la ciudad, el lugar de todas las reuniones públicas. Hoy se traduciría: "Id a anunciar esas palabras de vida en vuestro quehacer cotidiano, en vuestras asociaciones, en los cines y allí donde se reúne la gente". Señor, Tú nos das hoy el mismo mandato ¿A quién debo comunicar las "palabras de vida" sobre Dios?
Valientemente es la palabra que repetirá sin cesar en San Pablo (Ef 6,19; Hb 3,6). Valentía, audacia, iniciativa, dinamismo. Y ellos "obedecieron y, al amanecer, entraron en el templo y se pusieron a enseñar". Llegó el sumo sacerdote con los suyos, se convocó el Gran Consejo judío, que decretó: "Mirad, los hombres que pusisteis en la cárcel, están en el templo y enseñan al pueblo. Es una reincidencia. Esta vez la condena será más dura".
¡Esta es la valentía!. Habían sido liberados de la cárcel durante la noche y ya desde el amanecer empiezan de nuevo a predicar. Imagino la escena. ¿Tenemos los cristianos de hoy esa virulencia, ese fervor? ¿Son capaces de proponer al mundo soluciones originales, los puntos de vista de Dios, las soluciones de Dios, sobre los grandes problemas del momento?
Noel Quesson
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La Palabra de Dios no se deja encadenar; esta frase podría sintetizar el contenido de la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de hacer. Al sumo sacerdote judío y a los de su partido, el de los saduceos, se atribuye la determinación de encarcelar a los apóstoles de Jesús que predican su resurrección.
Se trataba de las mismas razones de estado que los llevaron a condenar al Maestro: debían mantener inalterado el orden querido por los dominadores romanos. Nada de agitaciones populares ni de movimientos peligrosos. Los sacerdotes del partido saduceo debían dar cuenta de ello.
Se trataba de un movimiento aristocrático (saduceo) que convocaba a los jefes de las familias más ricas de Jerusalén y a los funcionarios más poderosos del Templo de Jerusalén. Ellos representaban los intereses de la antigua dinastía de los asmoneos, a la cual los romanos reconocían el poder religioso, reservándose la suprema autoridad política y civil.
Los saduceos se mostraban ideológicamente conservadores, partidarios de una religión arcaica y excesivamente patriarcal. No reconocían más autoridad que la de la Torah (Pentateuco), negando el carácter inspirado de los demás libros y cualquier validez a la tradición oral, que sus contrincantes, los fariseos, privilegiaban grandemente.
Su doctrina de la retribución (saducea) era, por tanto, materialista: Dios premiaba al justo con larga vida, cuantiosas riquezas, numerosa descendencia, prestigio y honor entre sus iguales. En cambio, el castigo del pecador era la enfermedad y la muerte temprana, la pobreza y la esterilidad. No había lugar para la esperanza en un más allá donde Dios pudiera realizar su misericordia y su justicia, por tanto no creían ni en los espíritus, los ángeles, ni mucho menos en la resurrección.
Se trataba, por tanto, de una religiosidad farisaica aristócrata, lejos de las necesidades del pueblo sencillo. Habían pactado con los romanos con tal de mantener los privilegios de poder y dinero que les aseguraba la posesión del templo, y no querían ni propiciar ni tolerar lo que les parecían aventuras de exaltados, como los apóstoles.
Pero, como hemos dicho, la palabra de Dios no se deja encadenar. El libro de los Hechos nos presentará escenas similares a ésta: los apóstoles, Pedro, Pablo... son liberados de las cárceles a las que son arrojados, y los ángeles desatan sus cadenas, hacen caer los grillos, abren las puertas selladas y deslumbran a los guardias.
Tras lo cual, dichos apóstoles aparecen después predicando libremente el evangelio, allí donde se les quería impedir hacerlo. Los primeros cristianos estaban convencidos de que era imposible encadenar la voz de los misioneros, que la Palabra de Dios traspasaba los muros más gruesos de las cárceles.
Así ha sido durante estos 21 siglos de existencia cristiana: ni los más represivos sistemas han podido impedir la difusión de la Buena Noticia de Cristo resucitado. Ni los propios pecados de la iglesia, ni los crímenes de los que se llaman cristianos han logrado callar la verdad del evangelio.
Juan Mateos
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La conciencia de ser testigos de la vida, obra, muerte y resurrección del Señor no permitía a los apóstoles arredrarse ante las dificultades, y, en cuanto se sintieron libres de su 1ª prisión, volvieron al templo a proclamar la verdad. ¿Fue prudente o fue imprudente actuar de ese modo? Hay aparentes imprudencias que son mociones del Espíritu Santo.
Por 2ª vez son detenidos los apóstoles, pero se ven libres de la prisión de modo milagroso. Los apóstoles son fieles al mandato de Jesucristo de predicar la buena nueva, aunque los persigan y encarcelen. La Palabra de Dios triunfa siempre. En los apóstoles triunfa Cristo, que los llena de su fortaleza. Siempre ha sido así. Oigamos a San Juan Crisóstomo:
"Muchas son las olas que nos ponen en peligro y una gran tempestad nos amenaza; sin embargo, no tememos ser sumergidos, porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo, de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir si no es para vuestro bien espiritual. Por eso os hablo de lo que ahora sucede, exhortando vuestra caridad a la confianza" (Homilía antes del Exilio, 1-3).
Todas las aflicciones del hombre son pequeñas muertes. Pero la muerte ha sido vencida, por eso el apóstol puede clamar con esperanza, lleno de fortaleza y desde lo más profundo de su contradicción, de su dolor, de su propia miseria. Lo decimos con el Salmo 33 de hoy:
"Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él".
Manuel Garrido
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De nuevo, y por 2ª vez, han ido a parar a la cárcel los apóstoles. Los ha mandado detener el Sanedrín judío, sobre todo el grupo de los saduceos. Pero el ángel del Señor les libera y les anima a seguir dando testimonio. Se repite la dinámica de la Pascua de Jesús: la muerte y la resurrección, la persecución y la liberación. Y los apóstoles, obedientes una vez más, e íntimamente convencidos de lo que hacen, se "pusieron a enseñar en el templo" ya de buena mañana. La obra de Dios sigue adelante: no tiene barreras.
Las autoridades judías tienen que volver a mandar que los detengan, aunque con miedo al pueblo. A la fe en Cristo Jesús que predican los apóstoles la llama el ángel: "ese modo de vida". Y es que no se trata sólo de un conocimiento, sino un estilo que revoluciona la vida entera de los seguidores de Jesús.
El salmo responsorial de hoy refleja bien el espíritu de la lectura: "El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege", y "si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias". No es con las propias fuerzas como los apóstoles dan testimonio: les está ayudando eficazmente Dios. ¿Cuántas veces hemos sido detenidos nosotros, y enviados a la cárcel, por ser cristianos? ¿Cuántas veces hemos sido azotados? ¿Cómo sabemos si es madura nuestra fe, si no hemos padecido contradicciones por su causa?
Si nos persiguieran a causa de nuestra fe, perdiendo prestigio social, o ventajas humanas; si nos pasara lo que les pasó a aquellos apóstoles, por querer anunciar a Cristo y seguir su estilo de vida, ¿seguiríamos dando testimonio valientemente? ¿O buscaríamos componendas para sobrevivir? Nuestra fe ¿es un "modo de vida", un estilo evangélico y convencido de conducta? ¿O meramente unos conocimientos que sabemos?; el menor obstáculo ¿ya nos hace tambalear en nuestro seguimiento de Cristo?
En los momentos en que la fatiga, el cansancio o el miedo nos hacen dudar en nuestra fe, podríamos rezar desde lo más profundo de nuestro ser el salmo de hoy: "Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias". Pues "si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias". Así que "gustad y ved qué bueno es el Señor", y "dichoso el que se acoge a él". Esto nos daría fuerzas para seguir con nuestro testimonio, de palabra y de obra, en medio de los ambientes en que vivimos.
José Aldazábal
b) Jn 3, 16-21
En el diálogo con Nicodemo de hoy, Jesús llega todavía a mayor profundidad en la revelación de su propio misterio. Aquí ya debe ser el mismo evangelista Juan quien introduce su comentario teológico a lo que pudo ser históricamente el diálogo en sí. La fe en Cristo la presenta en 2 vertientes muy claras.
Por parte de Dios, el pasaje de hoy nos dice claramente que todo es iniciativa de amor: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único". Dios ha demostrado históricamente su amor. Quiere la vida eterna de todos: por eso ha enviado al Hijo. Dios ama a todos, al mundo entero.
Ésta es la perspectiva que lo explica todo, desde la Navidad (en que Dios se hace Amor) hasta la Pascua (y toda la historia que viene después). Lo propio de Dios no es condenar, sino salvar. Como se vio continuamente en la vida de Jesús: vino a salvar y a perdonar. Acogió a los pecadores, perdonó a la adúltera, y la oveja descarriada recibió las mejores atenciones del Buen Pastor (dándole siempre un margen de confianza) para que se salvara.
Pero por parte nuestra hay la dramática posibilidad de aceptar o no ese amor de Dios. Una libertad tremenda. El que decide creer en Jesús acepta en sí la vida de Dios. El que decide no hacerlo, él mismo se condena, porque rechaza esa vida. Juan lo explica con el símil de la luz y la oscuridad.
Hay personas (como fue el caso de muchos judíos) que prefieren no dejarse iluminar por la luz, porque quedan en evidencia sus obras y porque saben que esta luz tiene consecuencias para su vida. Y viceversa: la clase de vida que uno lleva condiciona si se acepta o no la luz. La antítesis entre la luz y las tinieblas no se juega en el terreno de los conocimientos. sino en el de las obras.
Cristo ha muerto por todos. Es la prueba del amor que a todos y a cada uno nos tiene Dios. Yo, cada uno de nosotros, soy amado por Dios. He sido salvado por Jesús cuando hace dos mil años se entregó a la muerte y fue resucitado a la nueva vida. Puedo desconfiar de muchas personas y de mí mismo. Pero la Pascua que estamos celebrando me recuerda: tanto me ha amado Dios, que ha entregado por mí a su Hijo. Para que creyendo en él y siguiéndole, me salve y tenga la vida eterna.
Sólo si yo no quiero la salvación o el amor o la luz, quedaré excluido de la vida: pero seré yo mismo el que no quiere entrar a la nueva existencia que me está ofreciendo Dios. La Pascua anual que estamos celebrando, y la eucaristía en que participamos, deberían aumentar nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra unión con él. Pues "el que me come permanece en mí y yo en él", y esto debería dar fuerza y aliento a nuestra vida cristiana de cada día.
José Aldazábal
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Las palabras de Jesús en el evangelio de san Juan hacen parte de la conversación con Nicodemo que ayer comenzamos a leer. Fue una conversación nocturna, seguramente a la luz de una pequeña lámpara. Fue también una conversación secreta porque Nicodemo había ido a hablar con Jesús evitando ser visto por sus colegas del Sanedrín y del partido de los fariseos.
Jesús le hace ver su cobardía, pues ha preferido (como tantas veces preferimos nosotros) las tinieblas a la luz. La luz potente del evangelio que trae Jesús a nuestro mundo. Porque nuestras obras malas no resisten ningún examen, por eso las tenemos que hacer a escondidas, tenemos que disimularlas y maquillarlas, si las exponemos a la luz demostrarán nuestra maldad, nuestra codicia y crueldad. Quien hace el bien lo hace libremente, abiertamente, a la luz del mundo, porque no tiene nada de que avergonzarse.
Todo es cuestión de amor, le ha dicho antes Jesús a Nicodemo; el amor de Dios manifestado en el envío de su Hijo único al mundo, no para condenar sino para salvar, para dar vida eterna, salvación. Es un correctivo a la imagen que muchos tienen de Dios, un Dios como el que han descrito los filósofos y los psicoanalistas ateos: la proyección de nuestros temores y remordimientos, de nuestros complejos de culpa por esas acciones ocultas de codicia y crueldad que tanto nos avergüenzan.
Un Dios celoso y cruel que toma los rasgos de las figuras tiránicas de nuestra existencia: el padre irresponsable, el guardián insobornable, el juez inflexible, el jefe o el superior opresivo y tiránico. Pero nada de eso es "el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo", pues "Dios es amor", como dijo lapidariamente el mismo Juan (1Jn 4, 8). Amor que salva y que libera, y que devuelve la dignidad a los ofendidos y humillados de este mundo. Amor luminoso que revela la vergüenza del pecado, y la gloria y la belleza de la virtud.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos vuelve a invitar a recorrer el camino del apóstol Tomás, que va de la duda a la fe. Nosotros, como Tomás, nos presentamos ante el Señor con nuestras dudas. Pero él se nos hace el encontradizo, se nos adelante y nos interpela: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
La mañana del día de Pascua, en la 1ª aparición, Tomás no estaba con el grupo de los Once, y no fue hasta "pasados 8 días" cuando Tomás decide hacerles una visita. La indicación está clara: lejos de la comunidad no se conserva la fe. Lejos de los hermanos, la fe no crece, no madura. Si Tomás muestra la honestidad de su duda es porque el Señor no le concedió inicialmente lo que sí tuvo María Magdalena: no sólo escuchar y ver al Señor, sino tocarlo con sus propias manos.
Cristo viene a nuestro encuentro, sobre todo, cuando nos reencontramos con los hermanos y cuando con ellos celebramos la Fracción del Pan, es decir, la eucaristía. Entonces nos invita a "meter la mano en su costado", es decir, a penetrar en el misterio insondable de su vida.
El paso de la incredulidad a la fe tiene sus etapas. Nuestra conversión a Jesucristo (el paso de la oscuridad a la luz) es un proceso personal, pero necesitamos de la comunidad. En los pasados días de Semana Santa, todos nos sentimos urgidos a seguir a Jesús en su camino hacia la cruz. Ahora, en pleno tiempo pascual, la Iglesia nos invita a entrar con él a la vida nueva, con obras hechas según la luz de Dios (Jn 3, 21).
También nosotros hemos de sentir hoy personalmente la invitación de Jesús a Tomás: "No seas incrédulo, sino fiel" (Jn 3, 21). Nos va la vida en ello, ya que "el que cree en él, no es juzgado" (Jn 3, 18), sino que va a la luz.
Manel Valls
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En el evangelio de Juan, el paso de las tinieblas a la luz simboliza la opción ética que debe tomar cada ser humano frente a la realidad del mundo. El pecado de no creer en Jesús consiste en esto, precisamente: en mantenerse deliberadamente del lado de la oscuridad, en no optar por la verdad y por la luz, en no tomar la opción por el Dios de la vida como una decisión categórica y definitiva.
La obra de Dios en el mundo es principalmente el amor. Por esto, entrega a su Hijo para que él dé vida en abundancia a todos los seres humanos. En la medida en que los seres humanos acogen la vida divina, sus obras se iluminan por la verdad.
La defensa incondicional de todos los seres humanos, principalmente de los excluidos y marginados, se convierte en la obra de Dios en el mundo. De este modo, la vida alcanza a todos los seres humanos y los ilumina con la luz de la esperanza.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista Juan prosigue hoy el diálogo entre Jesús y Nicodemo. En concreto, nos dice que Jesús dijo a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Jesús concibe su vida como una entrega por amor, la entrega del Hijo único por parte del Padre para que ese mundo por el que se entrega no perezca, sino que se salve, obteniendo la vida eterna. La entrega del Hijo (a la muerte, y muerte de cruz) supone su envío a ese mundo en el que muere, y que es nuestro mundo.
Jesús interpreta su vida o estancia en el mundo como un acto de amor de Dios que se consumará en la entrega significada por la muerte. Dios, por tanto, manda su Hijo al mundo para salvarlo, puesto que está en trance de muerte y de condenación. El fin perseguido con el envío del Hijo no es la condenación, sino la salvación del hombre.
La condenación es únicamente el término de ese plano inclinado en el que se encuentra el hombre necesitado de salvación. Se condenarán los que, estando en situación de naufragio, desprecian esa tabla de salvación que les es ofrecida para sostenerse en medio del oleaje y alcanzar finalmente la orilla.
El acto de agarrarse a esa tabla de salvación es un acto de fe, que supone creer que es verdadera tabla de salvación, que me mantendrá a flote y que me permitirá alcanzar tierra firme. No perecerán los que creen en él porque se aferrarán a él pudiendo así ser llevados a puerto seguro.
Y los adheridos a él por la fe podrán obtener la misma vida que él ha obtenido trámite la resurrección y que es la vida del que ya no morirá jamás, la vida eterna. La fe en él permite este abrazo y esta adhesión, esta comunión con él en su propio destino de muerte y de vida.
Por eso, puede sentenciar Jesús: El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. No creer es no aceptar la tabla de salvación que le es ofrecida. No se trata de un simple desprecio, sino de que, a consecuencia de ese desprecio, no se dispone del medio necesario para salir a flote y alcanzar la orilla.
El que no cree se condena porque no se agarra a la tabla de salvación lanzada por el mismo Dios, porque no se adhiere a aquel a quien Dios envía para salvarle, rechazando o despreciando así el medio salvífico que Dios le proporciona. Aquí el medio, el puente, el camino es un Mediador, es una persona, la persona entregada en acto de amor.
Será precisamente la relación (adhesión, comunión amorosa, amistad) con esa persona la que nos permita obtener la salvación deseada, una salvación que implica no sólo la liberación de todos nuestros males y esclavitudes, sino la obtención de una vida infinitamente mejor, una vida sin sombra de muerte.
Y puesto que la causa de la condenación no es Dios, que envía a su Hijo al mundo para salvarnos, el evangelista Juan se propone explicarnos cuál es esa causa: la de aquellos que prefieren
permanecer en las tinieblas para no verse acusados por la luz porque sus obras son malas.Hay una maldad, por tanto, que lleva a preferir la oscuridad a la luz. Pero la salvación no está en las tinieblas, sino en la luz, y ésta es la causa de la condenación, según Juan: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran maldad. Pues todo el que obra perversamente, detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Condenado está el que vive en las tinieblas, y vive en las tinieblas el que vive en la mentira y en la maldad, aunque se trate de una mentira y una maldad encubiertas por la misma oscuridad en que se vive. En este mundo las tinieblas no son absolutas; están siempre entreveradas por zonas de luz. No existe el mal absoluto, porque todo mal se da en una naturaleza que en cuanto tal es buena, pues es creación de Dios.
La llegada del Salvador al mundo significa la afluencia de un rayo más intenso de luz. Él es la luz que vino a este mundo, proclama Juan. Pero no todos se dejaron iluminar por esta luz de especial intensidad venida de lo alto.
Hubo quienes prefirieron las tinieblas confortables en la que vivían a la luz inquietante que ponía al descubierto su propia verdad y con ella su maldad. Suele suceder que los que se han acostumbrado a vivir en la noche acaben detestando la luz del día; les hiere la luz como a los ojos de ciertos animales noctámbulos acostumbrados a la oscuridad.
Pero aquí hay algo más. El acostumbrado a obrar perversamente detesta la luz porque ésta pone al descubierto su perversidad, y por muy maleado que esté no quiere verse acusado por sus obras (señal de que conserva una cierta dignidad). Por eso, prefiere mantenerse alejado de la luz, escondido en la oscuridad.
Pero esa preferencia (fruto de una voluntad viciada por el mal) es ya en sí misma opción por una vida de condenado, privada de esa luz que procede de Dios y nos descubre la verdad en todo su esplendor.
El que desea vivir en la verdad, en cambio, se acerca a la luz para ver y para que se vean sus obras. No teme que la luz ponga al descubierto sus obras, para que se vea que sus obras están hechas según Dios, conforme a su querer. Puede que ciertas obras nuestras no hayan sido hechas según este querer de Dios, y puede que prefiramos que estas obras queden enterradas en un sótano o cubiertas por un manto de oscuridad. Pero así no resplandecerá nunca la verdad.
Mas la luz de Dios, que llega a todos los rincones y a cuya mirada nada se oculta, no es sólo iluminadora (poniendo al descubierto todo lo escondido), sino que también es purificadora o transformante. Al sacar a la luz la maldad adherida a nuestras obras, dicha luz cura y transforma nuestra voluntades recreándolas, devolviéndolas a su bondad primera y regenerándolas. Es el valor curativo que tiene la verdad.
Pero para que esto suceda hay que apartar de nosotros el temor a dejar entrar ese rayo de luz en el aposento recóndito de nuestra intimidad, a dejarse iluminar. Con la luz resplandecerá la verdad en nuestras vidas, y con la verdad accederemos a la salvación aportada por Dios en la donación del Hijo.