24 de Enero

Sábado II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 enero 2026

a) 2 Sam 1, 1-4.19.23-27

         No deja de tener una trágica grandeza la figura de Saúl, y pese al resultado negativo de la consulta hecha ayer en Fuendor, hoy acepta su destino y va al combate y a la muerte. Derrotado el ejército de Israel, cayeron muertos los 3 hijos de Saúl, y por último él mismo, cuando es descubierto por los arqueros filisteos. Entonces, para no dejarles la gloria de haberle matado, se lanza él mismo sobre su espada (o según otra tradición también recogida aquí, se hace matar por uno de los suyos).

         Había reinado Saúl unos 10 años, y casi desde el principio lo hemos visto abrumado por la reprobación divina que Samuel le reveló. Encendido de celos contra David, y víctima de una depresión o melancolía, no desertó Saúl de su puesto, hasta morir al frente a sus soldados, en la Batalla de Gelboé (ca. 1.007 a.C). Su destino es un misterio, pero el hecho de que Dios quisiese traspasar el reino a David no prejuzga la suerte eterna de Saúl. No podemos convertir su reprobación política en una reprobación religiosa.

         David, que últimamente había entrado con sus hombres como mercenario al servicio del rey de Gad, se pudo ahorrar el drama de conciencia de tener que combatir al lado de los filisteos contra Saúl, Jonatán y los israelitas. Providencialmente, los oficiales filisteos no se fiaron de aquella tropa de hebreos, y obligaron al rey Aquis I de Gad a despedirlos. David hace ver que le desagrada esa desconfianza, pero está contento de ello.

         En Sicelag, la ciudad fronteriza que Aquis I le había designado como residencia, para que vigilase las incursiones de la gente del desierto, le llega la noticia a David del desastre de Gelboé. Su reacción es característica, pues aunque la muerte de Saúl supone la desaparición del rival político, David inicia públicamente un gran duelo por su muerte, y al saber que los habitantes de Yabés Galaad se habían arriesgado a cobrar los cadáveres de Saúl y sus hijos (profanados por los filisteos), y los han sepultado con honor, les dirige un mensaje de elogio y de bendición (2Sm 2, 4-7).

         Además, ordena matar David al mensajero, que esperaba unas buenas albricias por haberle traído, juntamente con la noticia de la muerte de su enemigo, la diadema y el brazalete reales. Un mensajero que, además, decía que él mismo había rematado a Saúl. David, conjugando una vez más virtud y política, declara crimen "digno de muerte" matar al rey de Israel, que es lo que él está a punto de ser.

Hilari Raguer

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         Se anuncia hoy a David que Saúl y su hijo Jonatán han muerto en el combate, en los montes de Gelboé. Y pesar de todas las dificultades que le ha ocasionado, David está profundamente conmovido por esta muerte, y lejos de alegrarse por ella (pues ahora podrá reinar en su lugar), entona una elegía.

         Entonces, "tomando David sus vestidos los desgarró, y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él". Se lamentaron, lloraron y "ayunaron hasta la noche por Saúl y por su hijo Jonatán". La Biblia es un espejo de la humanidad, donde se reflejan todos los verdaderos sentimientos humanos.

         No es necesario poner entre paréntesis ciertos aspectos de nuestras vidas. Nuestra vida entera, con nuestras alegrías y penas, es la que ha de desarrollarse y expresarse ante Dios. Señor, te ofrecemos nuestras vidas y nuestras penas. Mira, Señor, nuestras lágrimas y nuestras angustias. Señor, oye los gemidos de los que sufren. Señor, no cierres los oídos a las lamentaciones de los que están separados.

         Para David, Saúl continuaba siendo el ungido del Señor, y el rey consagrado por la unción divina. Y es profundamente escandaloso que un hombre elegido por Dios conozca tal destino. La pregunta queda sin respuesta: "¿Cómo han caído?". La muerte nos deja siempre desamparados.

         Serán precisos muchos siglos para que la humanidad reconozca, en Jesús y a la vez:

-la unción divina, signo de la elección irreversible de Dios,
-la muerte escandalosa, signo de la condición humana.

         Pero únicamente la resurrección da la respuesta definitiva. Como dice el Credo, "espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro". Este es el último artículo del Credo, y la última respuesta de Dios a nuestros interrogantes, como el de David: "¿Cómo caíste, Jonatán? Tu amistad era delicia para mí". Debemos prepararnos para el reencuentro con los nuestros.

Noel Quesson

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         A David le duele hoy la muerte de Saúl, que se había levantado en contra suya, y en contra del cual jamás quiso levantar la mano, al ser el ungido de Dios. Y por eso, mientras fuera el rey de Israel, merecía todo respeto. Lo contrario sería ir en contra de la voluntad de Dios.

         Esto es para nosotros un gran ejemplo, de cómo hemos de respetar a las autoridades legítimamente constituidas, especialmente dentro de la Iglesia, viviendo sin rebeldía en contra de quienes Dios puso al frente de su pueblo (conforme a su voluntad soberana). Puesto que ha muerto también Jonatán (su amigo íntimo), David eleva una elegía de dolor tanto por él como por su padre.

         En el fondo vislumbramos aquellas palabras en las que se nos dirá que "a Dios le llena de pesar la muerte de los suyos". Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y no importan nuestras grandes miserias, pues Dios simplemente quiere que estemos con él eternamente, y a nadie creó para su condenación. Por eso Dios no se recrea en la muerte de los suyos. Dejémonos amar por Dios, y permitámosle llevar adelante en nosotros su obra de salvación.

José A. Martínez

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         Con un desastre militar termina hoy el reinado y la vida de Saúl. Y la de sus hijos, entre ellos Jonatán, el amigo de David. Desde luego, Saúl no tuvo suerte en la vida. Diez años de reinado, para dejar a la historia una imagen bien patética.

         Es conmovedora la reacción de David, que siempre había respetado al ungido de Dios (al rey Saúl), aunque éste le persiguiera. Valdría la pena coger hoy la Biblia y leer entero (aquí está resumido) el poema que el libro II de Samuel pone en labios de David, cantando los méritos del rey Saúl y de su amigo Jonatán, y doliéndose de su triste final. Porque refleja un corazón noble, y aunque la desaparición de Saúl le favoreciera (dejó de ser un perseguido, y le abrió el camino para el trono), parecen sinceros y muy finos los sentimientos que aquí expresa David.

         Tendríamos que revisar nuestro corazón. ¿Somos capaces de sentir este profundo dolor ante la desgracia de los demás? ¿E incluso cuando le sucede algo malo a alguien que no nos mira bien? ¿Solemos reconocer los valores que tienen los otros y alabarlos en público? Jesús era un hombre que mostraba estos sentimientos de amor y amistad, de tristeza y lágrimas, y hasta lloró la muerte de su amigo Lázaro, y por la suerte de Jerusalén.

         Además, ¿no nos enseñó Jesús el perdón a los enemigos? ¿Y no nos dio él mismo un ejemplo magnífico en su muerte, perdonando a los que le crucificaban? ¿Somos capaces de perdonar, aunque sepamos que hablan mal de nosotros? El ejemplo de David nos estimula a tener sentimientos más nobles en nuestra vida.

         El salmo responsorial de hoy apunta hacia otra lección. En situaciones catastróficas para el pueblo, el salmista nos invita a poner nuestra confianza en Dios, que "guía a José como un rebaño" y conduce nuestra historia. Y con valentía se atreve a interpelarle: "Despierta tu poder y ven a salvarnos. Pues ¿hasta cuándo estarás airado, mientras tu pueblo te suplica? Que brille tu rostro y nos salve".

José Aldazábal

b) Mc 3, 20-21

         El evangelio de hoy es bien corto y un tanto paradójico. Sus mismos familiares no comprenden a Jesús y dicen que "no está en sus cabales" porque no se toma tiempo ni para comer.

         Ciertamente no lo tiene fácil el nuevo profeta. Las gentes le aplauden por interés. Los apóstoles le siguen pero no le comprenden en profundidad. Los enemigos le acechan continuamente y le interpretan todo mal. Ahora, su clan familiar (primos, allegados, vecinos) tampoco le entienden. Además de su ritmo de trabajo, les deben haber asustado las afirmaciones tan sorprendentes que hace, perdonando pecados y actuando contra instituciones tan sagradas como el sábado. Se cumple lo que dice Juan en el prólogo de su evangelio: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron".

         Entre estos familiares críticos, no nos cabe en la cabeza que pudiera estar también su madre, María, la que, según Lucas, "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón", y a la que ya desde el principio pudo alabar su prima Isabel: "dichosa tú, porque has creído". Pero a Jesús le dolería ciertamente esta cerrazón de sus paisanos y familiares.

         También en el mundo de hoy podemos observar toda una gama diferente de reacciones ante Cristo. Más o menos como entonces. Desde el entusiasmo superficial hasta la oposición radical y displicente. Pero más que las opiniones de los demás, nos debe interesar cuál es nuestra postura personal ante Cristo: ¿le seguimos de verdad, o sólo decimos que le seguimos, porque llevamos su nombre y estamos bautizados en él? Seguirle es aceptar lo que él dice: no sólo lo que va de acuerdo con nuestra línea, sino también lo que va en contra de las apetencias de este mundo o de nuestros gustos.

         Si Jesucristo es el maestro y profeta que Dios nos ha enviado, tenemos que tomarle en serio a él, como persona, y lo que nos enseña. Y eso tiene que ir iluminando y cambiando nuestra vida. Podemos recordar además otro aspecto de este evangelio: que también nosotros podemos ser objeto de malas interpretaciones por llevar en medio de este mundo una vida cristiana, que muchas veces puede despertar persecuciones o bien sonrisas irónicas.

         Eso nos puede pasar entre desconocidos y también en nuestros círculos más cercanos, incluidos los familiares. Deberíamos seguir nuestro camino de fe cristiana con convicción, dando testimonio a pesar de las contradicciones. Como hizo Cristo Jesús, con libertad interior.

José Aldazábal

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         Hoy leemos en el evangelio cómo los propios de la parentela de Jesús se atreven a decir de él que "está fuera de sí" (Mc 3, 21). Una vez más, se cumple el antiguo proverbio de que "un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio" (Mt 13, 57). Ni que decir tiene que esta lamentación no salpica a María Santísima, porque desde el primero hasta el último momento (cuando ella se encontraba al pie de la cruz) se mantuvo sólidamente firme en la fe y confianza hacia su Hijo.

         Ahora bien, ¿y nosotros? Hagamos examen. ¿Cuántas personas que viven a nuestro lado, que les tenemos a nuestro alcance, son luz para nuestras vidas, y nosotros...? No nos es necesario ir muy lejos: pensemos en Juan Pablo II: ¿cuánta gente le seguía, y cuántos le interpretaban como un anticuado, al mismo tiempo? Es posible que Jesús (dos mil años después) todavía siga en la cruz por nuestra salvación, y que nosotros, desde abajo, continuemos diciéndole "baja y creeremos en ti" (Mc 15, 32).

         O a la inversa. Si nos esforzamos por configurarnos con Cristo, nuestra presencia no resultará neutra para quienes interaccionan con nosotros por motivos de parentesco, trabajo... Es más, a algunos les resultará molesta, porque les seremos un reclamo de conciencia. Bien garantizado lo tenemos: "Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros" (Jn 15, 20). Mediante sus burlas esconderán su miedo; mediante sus descalificaciones harán una mala defensa de su poltronería.

         ¿Cuántas veces nos tachan a los católicos de ser exagerados? Les hemos de responder que no lo somos, porque en cuestiones de amor es imposible exagerar. Pero sí que es verdad que somos radicales, porque el amor es así de totalizante: "o todo, o nada", "o el amor mata al yo, o el yo mata al amor". Es por esto que Juan Pablo II no se cansaba de hablar del radicalismo evangélico, y de no tener miedo: "En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza".

Antoni Carol

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         ¡Vaya papelón el de la familia de Jesús! Pero se puede comprender, al menos en parte. Jesús se había separado del clan familiar, y parece que no se había atenido a un principio fundamental del judaísmo de la época: la cohesión del grupo por encima de todo, la supeditación total del individuo a dicho grupo de pertenencia.

         Desde hará cosa de 20 años, algunos investigadores americanos vienen señalando los rasgos de las sociedades mediterráneas. Dicen que en este mundo de la cuenca del Mare Nostrum se entiende a la persona, no como un ser independiente, sino ante todo como vinculado. Esta referencia y dependencia del grupo ha recibido un nombre técnico: hablan de "personalidad diádica".

         El caso es que Jesús rompió el molde de esa personalidad, y aparece como sorprendentemente libre de los lazos y ataduras familiares. Se comprende así que esa conducta escandalosa, que mermaba la autoridad de los parientes y podía cuestionar la respetabilidad de la familia, suscitara en ésta el deseo de reintegrar a Jesús en su lugar, y de hacerle volver "a sus cabales". O sea, al puesto que tenía asignado en aquella cultura y aquel grupo familiar.

         Hay otras interpretaciones del verbo, que la traducción litúrgica ha interpretado por "no estar en sus cabales". Podemos desentendernos de ellas. Lo que sí advertimos en Jesús es una interpelación a cada uno de nosotros. ¿Qué consistencia personal tenemos? ¿Qué voz obedecemos más: consignas que circulan por ahí, y que se nos han colado de rondón, sin someterlas a análisis, como evidencias indiscutibles y principios sacrosantos? ¿O más bien lo que hemos escudriñado de la realidad a la luz de la palabra de Dios y lo que hemos discernido como eventual voz del Espíritu?

         ¿Tenemos miedo a pensar por nosotros mismos y a hablar desde nosotros mismos? ¿Somos la voz de su amo, más que la voz del Señor? ¿Actuamos desde reflejos condicionados, o desde cierta reflexión personal que sabe poner filtro a los mensajes que sutil o machaconamente nos envían desde fuera?

Pablo Largo

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         No lo tienen fácil en este mundo los profetas, como no lo tuvo fácil Jesús. Su mensaje no acababa de calar en el corazón de las gentes. Las multitudes le aplauden, pero no le siguen, los apóstoles le siguen pero no le comprenden, los enemigos presumen de que le comprenden pero le interpretan mal. Y ni siquiera sus familiares se hacen cargo de lo que significa Jesús. De seguro que les resultaba extraño su género de vida y su comportamiento.

         ¿Cómo estar de acuerdo con aquellas palabras que Jesús dice a los pecadores, perdonándoles los pecados? ¿Cómo no escandalizarse de lo que profería acerca del templo? Ni siquiera su madre, que tan amorosamente guardaba las palabras de su Hijo en su corazón y que tenía el alma limpia desde el primer momento, pudo llegar a entender acabadamente a Jesús. Porque ¿quién de entre los humanos puede abarcar a Dios?

         Jesús, a la vista está, no era como los demás hombres. Ni siquiera como los otros profetas, que estaban animados por el Espíritu de Dios como por un principio extraño. Jesús poseía el Espíritu como algo natural, y veía las cosas al estilo de Dios. Por eso no acababa de ser comprendido por los hombres.

         Siempre sucede lo mismo, y lo plausible para los hombres no es en todo momento lo honesto para Dios. Lo políticamente correcto no coincide en muchas ocasiones con lo éticamente justo. Un profeta dice a su tiempo y contra su tiempo lo que Dios le manda decir, que, aunque parezca lo contrario, conviene a los hombres. No es fácil ser profeta. Hay que estar muy identificado con Jesús para serlo de verdad. Eso sí, seguirlo siempre nos viene bien.

Patricio García

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         "Se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer". La actividad del Señor sigue siendo desbordante, siendo su único interés anunciar la palabra de Dios y acoger y enseñar a aquellos que caminaban "como ovejas sin pastor". En tiempos de nuestro Señor no debían conocer la jornada intensiva, las 35 horas laborales, el fin de semana, los días de libre disposición, el derecho a vacaciones pagadas y el fin terapéutico del ocio.

         Vivir el evangelio tiene unas consecuencias, y exige de nosotros que seamos consecuentes. Seguir a Cristo no es una tarea para unos instantes al día, sino que es una tarea para toda la vida y para cada instante. Las consecuencias del seguimiento a Cristo son claras:

-trato constante con el Señor, con el que no dejamos de dialogar y de poner en sus manos cada situación de nuestra vida;
-disposición permanente para servir a los demás, aunque parezca que abusen de nuestra buena voluntad;
-renuncia de derechos, incluso a los buenos y nobles, para que otros puedan conocer y seguir a Cristo, y palpar el amor de Dios en la práctica de la caridad.

         Unido a todo esto, nos dice el evangelio que "vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales". Es decir, no vendrá el aplauso, sino el desprecio de muchos (incluso de los más cercanos) por ser consecuente con Dios.

         ¿Te parece esto una esclavitud? Tienes razón, es la esclavitud de María ("he aquí la esclava del Señor"), que entregó su vida a Dios porque quiso. Hoy sábado, ¿te imaginas a María triste cuando dijo el fiat, aunque intuyese las consecuencias que le traería? ¿Te imaginas a María no siendo consecuente con Dios? Todo eso le costó, pero cuando no entendía lo que pasaba, entonces confiaba y "guardaba todas estas cosas en su corazón".

         Más vale entregarse que lamentarse, y si todos hubiéramos estado siempre en esa actitud, no tendríamos las Iglesias divididas y el cuerpo de Cristo roto. María, madre buena, ayúdanos a ser consecuentes, para que todos seamos uno y así el mundo crea.

Diócesis de Madrid

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         El evangelio que acabamos de leer llama la atención por su brevedad. Como si lo que se dijera fuera muy importante y debiéramos pensarlo bien. La familia de Jesús fue a buscarlo para llevárselo de regreso a casa, pues pensaban que estaba loco. No es la única opinión que la gente se hizo, y todavía se hace, sobre Jesús.

         Escucharemos otras muchas opiniones sobre su persona: que estaba endemoniado, que era la reencarnación de un antiguo profeta, que era peligroso, blasfemo, revolucionario, ingenuo... En todo caso no era ni es posible permanecer indiferente ante su persona, ante su predicación y su compromiso.

         El relato de Marcos empieza con un dato sorprendente: los parientes de Jesús, al oír que él se estaba volviendo loco, resuelven ir por él, pues la locura era signo de posesión diabólica. Calificar de loco a alguien ha sido siempre una buena forma de excluirlo, anularlo y condenarlo. Con Jesús quisieron aplicar también esta táctica. Si sus enemigos tuvieran éxito en ella, la figura de Jesús se derrumbaría por sí misma.

         Por eso, ante el comentario callejero de la locura de Jesús, era natural que reaccionara su familia, afectada por el problema. Había que disuadir a Jesús de esa causa que anunciaba y que sólo traía riesgos (posiblemente un apedreamiento, ya que la locura era considerada posesión diabólica).

         En el caso de Jesús, seguir el dictamen de la familia significaba abandonar la causa del Reino. Y no siempre la familia es la que mejor comprende el proyecto radical de uno de sus miembros.

         La propuesta del Reino, en efecto, iba muy lejos. Implicaba una comunidad no basada en la carne y en la sangre, sino cimentada en los valores del amor y de la justicia. La igualdad, la solidaridad y la fraternidad universal significaban romper con el modelo de familia tradicional. Había que sentirse hermano del que hasta entonces era considerado excluido, impuro, forastero, enemigo, pecador...

         Por eso Jesús no podía estar de acuerdo con sus parientes que, dejándose llevar de la calificación de loco que le daban sus enemigos, trataban de retirarlo de su misión. El evangelista no excluye a la madre de Jesús de este episodio.

         Pero Jesús hizo lo que la causa del Reino le pedía: rechazó la acusación de loco o demoníaco, tampoco se plegó al paternalismo familiar (lo que hubiera significado una negación de la causa de la justicia), y dejó bien establecido (como lección permanente para el futuro) que el modelo de fraternidad del Reino está por encima y va más allá de cualquier lazo familiar, y establece algo más duradero, menos vulnerable: un amor abrasado que se basa en la justicia, y la lleva a su plenitud.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Según la breve narración de hoy de Marcos, parece como si Jesús y sus discípulos hubiesen hecho un alto en el camino de su frenética actividad, y hubiesen vuelto a casa con intención de descansar. No es la única vez que se alude a este intento.

         Pero la gente no les dejaba en paz, y eran tantos los que se juntaron que no les dejaban ni comer. Esta precisión es significativa. Estaban tan absorbidos por las demandas de la gente, que no les quedaba tiempo ni para las tareas más necesarias.

         Si Jesús atendía estas demandas, es porque le importaban las personas que acudían a él, porque sentía lástima de ellos, porque amaba a la humanidad en su concreta situación. Jesús se deja hasta tal punto comer que no tiene tiempo ni para comer.

         Por otro lado, esta entrega era preludio de su disposición a morir por el hombre, de su entrega hasta la muerte y muerte de cruz. Porque no sólo por atender a la humanidad dejó de ser dueño de su propio tiempo (hasta no tenerlo para comer), sino que él mismo acabó dándose a comer en su cuerpo crucificado y glorioso, para provecho de esa misma humanidad. Tal es nuestro Cristo-eucaristía.

         No obstante, aquella entrega y actividad en favor de los demás no fue entendida por todos. Y los primeros en no entenderla fueron los más próximos a él por razón del parentesco, los de su propia sangre. El evangelista destaca esta incomprensión con una escueta, pero elocuente frase: Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales.

         No precisa qué miembros de su familia eran éstos, y menciona a su familia sin más precisiones. Pero está claro que la actividad profética iniciada por Jesús no había caído bien en el seno de su familia, que empezó a sospechar que el hijo de María (tal vez su primo o su sobrino) había perdido la cabeza con esos sueños de grandeza mesiánica que le habían llevado a la plaza pública.

         Jesús fue un incomprendido en su círculo familiar más próximo, y aquello tuvo que apenarle y entristecerle. Pero él no podía abandonar la misión que el Padre le había confiado, sino seguir adelante a pesar de esos intentos de retenerle o de apartarle de la misma.

         Su familia le tuvo por loco. Más adelante, otros le tendrán por malhechor, heterodoxo y blasfemo. Algunos incluso le tendrán por revolucionario y alborotador. Pero él no se desviará de su camino, el camino marcado por la voluntad del Padre, hasta ver consumada su hora en el Calvario. Esta fue la actitud de Jesús, un hombre convencido de lo que hacía y dispuesto a recorrer su camino existencial con todas las consecuencias. 

         Pues bien, esa convicción de Jesús, y su testimonio de amor hasta el extremo, hasta la entrega total de la propia vida, son hoy nuestra fuerza. Son hoy nuestra fuerza pero con cierto temor, porque todo lo que se expresa con esa radicalidad acaba poniendo en cuestión el valor de esta vida temporal que tanto apreciamos.

 Act: 24/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A