17 de Abril
Viernes II de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 abril 2026
a) Hch 5, 34-42
Fariseo de tendencia liberal, Gamaliel había sido el profesor de Pablo de Tarso. Y cuando fueron detenidos los apóstoles, fue Gamaliel el que sugirió al Sanedrín judío que dejara que las cosas siguieran su curso. Pues según él, si el movimiento cristiano venía de Dios, los hombres no podrían nada contra él; y si por el contrario venía de los hombres, desaparecería por sí mismo.
La historia reciente de Israel ¿no aportaba ejemplos de movimientos que sólo habían sido fuegos artificiales? Teudas, que pretendía hacer pasar el Jordán a pie enjuto a sus partidarios, había sido muerto; y en tiempos del propio Gamaliel, Judas el Galileo animaba el movimiento zelota, abiertamente opuesto a la ocupación romana.
En el fondo, el eminente doctor no había sospechado el carácter explosivo de la predicación de los apóstoles, la cual no tenía ningún fin político ni invitaba a retirarse a la austeridad del desierto, sino que se dirigía al corazón del hombre y pretendía dar respuesta a las preguntas que éste se plantea. Estaba animada por el Espíritu, y veía en la cruz de Cristo todo el amor con que el corazón de Dios se desborda por el hombre. Se iba a comprobar que, verdaderamente, un poco de levadura es suficiente para que la masa crezca.
Noel Quesson
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Gamaliel recoge hoy de la memoria judía varios ejemplos en los que hay un común denominador: a la muerte de un líder sigue la dispersión de sus seguidores. Y con juicio sensato estima este maestro de la ley que en esos hechos asoma un buen criterio para analizar lo que sucede con ese fenómeno que es nuevo para ellos: los seguidores del crucificado.
Así, afirma Gamaliel que, si el fenómeno cristiano es cosa de hombres, seguirá la regla de las cosas humanas: muerto el líder se dispersarán sus discípulos. Al fin y al cabo, se supone que nadie va detrás de un fracasado; nadie da la vida por quien ya ha muerto.
Uno podría pensar que este criterio no es absoluto, porque hemos conocido obras simplemente humanas que duran muchos siglos. Religiones paganas y credos orientales han resistido miles de años sin diluirse. Mas hay que tener en cuenta el contexto en el que habla Gamaliel: no se refiere él a las religiones en general, sino a un momento y un lugar específicos, pues todos sus ejemplos tienen en común la fe en Dios y en sus promesas.
Las religiones paganas no tienen una promesa más allá del ciclo infinito de la naturaleza a la que divinizan, y las prácticas orientales son básicamente anestésicos para la mente, adormeciendo los anhelos más profundos del alma. No obstante, este tipo de anhelos sí que es espabilado de continuo, y con fuerza colosal, en los profetas del AT. La muerte de un adormecido, por ejemplo, no hace suficiente ruido como para despertar a sus seguidores, mientras que la muerte de un macabeo sí que confronta a sus seguidores, a forma de ¿vale la pena seguir ese mismo camino?
Pues bien, aquí es donde resulta notable la fe cristiana: en que no adopa un credo que nos estrella con la muerte, sino que despierta un vigor superior a la muerte. Es una fe que canta, y lucha, por la gloria del Resucitado.
Nelson Medina
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Una notable intervención de Gamaliel (el maestro de Saulo) inclina hoy al Sanedrín judío a dar libertad a los apóstoles. Pero, no obstante esto, fueron azotados y amenazados. Sin embargo, ellos salieron gozosos "por haber sufrido a causa del nombre de Jesús".
La situación es dispar, pues mientras para los judíos sanedritas el nombre de Jesús se convierte en causa de rabia (fracaso, envidia, venganza...), para los fieles seguidores de Cristo se convierte en fuerza, valentía, liberación y gozo en el sufrir por él. Se trata de la alegría (apostólica) por padecer por Cristo, que bien explicó Juan Pablo II:
"La alegría cristiana es una realidad que no se puede describir fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación y gozo. ¡No apaguéis esa alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaros a gozar de esta alegría!" (Alocución del 24-III-1979).
El cristiano es hombre que vive su presente proyectado hacia el futuro; salvación consumada que es vida eterna. Gozo de esperar la patria celeste. Espera vivida con la ayuda del Señor. Así lo proclamamos con el Salmo 26 de hoy:
"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida, y gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera tú también en el Señor. Sé valiente, ten ánimo y espera en el Señor".
Manuel Garrido
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Escuchamos hoy el sensato razonamiento que propone Gamaliel (doctor de la ley) a sus compañeros del Sanedrín judío, indignados por el discurso de Pedro. Sabemos que Gamaliel era maestro judío (incluso de Pablo) y director de la Escuela de Hillel, conocida por su talante más liberal y una interpretación más humana y amplia de la ley. Pues bien, en el pasaje de hoy propone a las autoridades de Israel 2 cosas, "por muy incómoda que sea la actitud de esos discípulos de Jesús":
1º que no se precipiten en su juicio,
no sea que
con ello estén oponiéndose a la voluntad de Dios,
2º que no se dejen guiar por las motivaciones
viscerales, sino
por la sensatez (desde la fe en Dios y la prudencia humana).
Los apóstoles, por su parte, siguen sorprendentemente valientes, impertérritos en su propósito de seguir anunciando a Cristo Jesús (a pesar de todas las prohibiciones) y denunciado a las autoridades judías (por haberlo crucificado). Al pie de la cruz casi todos habían huido cobardemente. Pero ahora (y eso que habían recibido ya azotes) aparecen "contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús".
Una 1ª lección nos la da Gamaliel a los cristianos de hoy. No tendríamos que asustarnos demasiado de los varios movimientos, más o menos mesiánicos, que van apareciendo también en nuestros tiempos. Es difícil ejercitar lúcidamente un discernimiento de estos casos.
Cuántas veces en la historia, personas que habían sido perseguidas y tachadas de heterodoxas en su tiempo, luego resultaron ser proféticas (por tanto incómodas) y claramente movidas por el Espíritu Santo, para bien de su Iglesia. Y viceversa: movimientos que parecían brillantes se demostraron vacíos de Espíritu Santo, y cayeron por su propio peso.
El problema ha sido de siempre. En el libro de los Hechos, en días sucesivos, encontraremos momentos en que los responsables de la comunidad tuvieron que ejercitar (casi siempre comunitariamente, con el parecer de todos) el discernimiento sobre las situaciones que se iban creando, por ejemplo de los cambios que se iban a dar en la nueva comunidad de Antioquía.
No es que haya que ignorar los hechos o las direcciones nuevas que van surgiendo, que en efecto pueden ser o muy beneficiosas o perjudiciales para la vida de la comunidad. Pero el discernimiento hay que hacerlo sin angustias, sin prisas y comunitariamente. Y con la finalidad de ser fieles a la voluntad del Espíritu Santo, no a nuestros gustos o intereses: discerniendo, por tanto, también nuestras propias motivaciones en el apoyo o en el rechazo de los varios casos.
De nuevo el ejemplo de los apóstoles nos pone en evidencia. Ellos estuvieron dispuestos no sólo a seguir predicando, sino a asumir los sufrimientos que su misión comporte. Siguiendo el ejemplo de su Maestro, ya saben que van a ser perseguidos. Y hasta fueron capaces de poner en práctica aquella bienaventuranza que en su tiempo tal vez les pareció extraña: "Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa: alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos" (Mt 5, 11-12).
José Aldazábal
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Sin buscarlo, los apóstoles encuentran un defensor ante el Consejo Supremo judío. Se trata de Gamaliel, un respetado maestro de la ley que pertenecía al grupo de los fariseos, y era miembro del Sanedrín. Más tarde se nos informará, en el mismo libro de los Hechos, que Pablo fue su discípulo. Otros grandes maestros de la tradición rabínica judía llevan ese nombre.
Gamaliel expone ante sus colegas un argumento muy convincente: en Israel había habido muchos movimientos revolucionarios y de carácter mesiánico a lo largo del agitado s. I d.C, y en ellos sus líderes se habían presentado como el enviado definitivo de Dios para salvar al pueblo. Gamaliel menciona la insurrección de un tal Teudas y la de Judas el Galileo, en ambos casos acabadas en levantamientos populares que siguieron a la muerte de Herodes I de Judea (ca. 4 d.C).
Según relata el historiador Flavio Josefo (del s. I d.C), fueron muchas las revueltas judías contra sus opresores romanos, incluidas las de Teudas y Judas. Sin embargo, todas ellas habían acabado en nada, y sus jefes fueron ejecutados violentamente, y sus seguidores se dispersaron.
De ahí que Gamaliel aconseje al Sanedrín no dar demasiada importancia al naciente movimiento de los apóstoles, pues si se trata de otro movimiento revolucionario (de los hombres) se disolverá por sí mismo. Mientras que si se trata de un movimiento espiritual (de Dios), nada podrán contra ellos.
Gamaliel no era cristiano ni en público ni en secreto, ni tampoco simpatizaba con el cristianismo. Pero sí era un hombre intelectual, conocedor de las ideas ajenas y amigo de filosofar más que de guerrear. De ahí que, a través de su palabra, lograra imponerse en el Sanedrín.
No obstante, los judíos no soltaron a los apóstoles sin más, sino después de haberles pegado la paliza de los 49 azotes (50-1) que les permitía la ley, y amenazarlos sobre una nueva proclamación de Jesús (amenaza que a los apóstoles, evidentemente, no intimidó).
La lectura termina diciéndonos cómo los apóstoles se alegraron por ser hallados dignos de sufrir por el evangelio, y cómo reanudaron su predicación evangelizadora incluso en el mismo Templo de Jerusalén, con gran éxito entre la gente.
Confederación Internacional Claretiana
b) Jn 6, 1-15
A partir de hoy, y durante 8 días, escucharemos el cap. 6 del evangelio de Juan: el discurso del Pan de Vida. Un relato que para Juan es importante y programático para poder entender la persona de Jesús, y en concreto el lugar que el binomio fe-eucaristía ocupa en la comunidad cristiana.
La escena cuenta con detalles expresivos: la iniciativa del mismo Jesús conmovido por la fidelidad de la gente, a pesar del no excesivo entusiasmo de sus apóstoles por la idea; su protagonismo (más subrayado en Juan que en los otros evangelistas), la cercanía del día de Pascua (matiz simbólico recordado por Juan), la simpática aportación de los 5 panes y los 2 peces (por parte de un joven anónimo), la reacción política de la gente (que quiere a Jesús como rey, entendiendo mal su mesianismo), la terminología eucarística del relato (aunque evidentemente no sea una eucaristía).
En definitivas cuentas, el milagro va a ser interpretado (como leeremos los próximos días) como un signo revelador de la persona de Jesús, referida claramente a su presencia eucarística (que la comunidad cristiana ya celebraba, cuando el relato se escribió).
En un mundo también ahora desconcertado y hambriento, Cristo Jesús nos invita a la continuada multiplicación de su pan (que es él mismo, su Cuerpo). También hoy la eucaristía se puede entender como relacionada a los dones humanos y limitados (pero dones, al fin) que podemos aportar nosotros.
Los 5 panes y 2 peces del joven pueden compararse a los deseos más básicos por parte de la humanidad, que Jesús multiplica como alimento vital y mejor respuesta a las aspiraciones de la humanidad. Nosotros, los que gozamos de la eucaristía diaria, apreciamos más todavía el don de Cristo que se nos da como Pan de vida.
José Aldazábal
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Empezamos hoy la lectura del famoso cap. 6 de Juan, una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos 2 signos prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana, y culminará con la multiplicación de los panes, la marcha sobre las aguas y el discurso sobre el Pan de Vida.
Efectivamente, nos encontramos hoy con que al otro lado del lago le seguía una gran muchedumbre que "había visto los signos que hacía". Entonces, subió Jesús al monte y se sentó con sus discípulos, en los días previos a la Pascua, la gran fiesta de los judíos.
La alusión explícita a la proximidad de la Pascua, y la fórmula de bendición de los panes (la eucaristasas, que es la palabra exacta utilizada durante la Cena Pascual), prueban que el evangelista Juan pensaba ciertamente en la eucaristía. No olvidemos, además, que cuando Juan escribió este relato, la Iglesia tenía ya una práctica de 40 años de celebraciones eucarísticas.
Levantando entonces Jesús los ojos, y contemplando la gran muchedumbre que venía a él, dijo a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para dar de comer a estos?". Definitivamente, Jesús es amor, y revela el amor de Dios. Jesús ve las necesidades de los hombres, se preocupa de la felicidad de los hombres y tiene presente la vida de los hombres. Así, su milagro de multiplicación de los panes (al igual que su milagro eucarístico) es un puro gesto de amor.
Pero Jesús quiere evitar que se crea que su interés es lograr un reino terrestre, o que su proyecto es político, o incluso que tenga incidencias humanas profundas. Jesús no entra directamente en el proyecto de liberación cívica en el que sus contemporáneos quisieran arrastrarle (para decepción de gran parte de esas gentes, que poco después le abandonarán), sino que piensa que su proyecto es otro. Su gran discurso sobre el "pan de la vida eterna" nos revelará su diferente contenido. De ahí que Jesús, intuyendo que querían arrebatarle para hacerle rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.
Noel Quesson
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Abrimos hoy el cap. 6 del evangelio de Juan que contiene el Discurso del Pan de Vida, precedido del relato de hoy sobre la multiplicación de los panes y los peces. Se trata del único milagro del ministerio de Jesús narrado por los 4 evangelistas, y con notables coincidencias. Más todavía, son 6 las narraciones que tenemos de este suceso que Marcos y Mateo presentan por duplicado.
Todo ello nos indica la importancia que la 1ª Iglesia atribuyó a tal milagro, por el alcance de signo que tiene. Basta con pararse en la iconografía cristiana primitiva y ver el puesto destacado del pan y los peces en catacumbas y basílicas.
Las precisiones del relato nos sitúan en un acontecimiento pascual y eucarístico. Pues la aclaración inicial de que "estaba cerca la pascua", y la descripción de los gestos de Jesús ("tomó los panes, dijo la acción de gracias, y los repartió") repiten el mismo esquema que subyace en nuestra eucaristía: presentación de dones, plegaria eucarística y rito de comunión.
Repartir el pan eucarístico es y seguirá siendo obra confiada por Jesús a su Iglesia, así como la solidaridad con los que padecen hambre de pan en toda su amplitud: física y afectiva. El pan compartido con los hermanos será el signo por el que demostremos que hacemos vida de nuestra vida el pan comulgado en la eucaristía.
Carlos Oliveras
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La muchedumbre sigue a Jesús por diversas causas: por sus milagros, por curiosidad, por necesidad, por compromiso personal... El escenario de esta muchedumbre tan diversa es ahora el lago de Galilea. Aquí el evangelista Juan nos va a narrar, a su modo, el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.
La muchedumbre, en todo caso, a pesar de su diversidad, tiene algo en común: el hambre. Jesús quiere responder a este problema, pero dejándonos una enseñanza. No se trata sólo de llenar el estómago. Se trata de hacer nacer la solidaridad, que es el milagro del futuro. La narración comienza contradiciendo el planteamiento tradicional y natural de que para dar de comer a mucha gente hace falta mucho dinero.
Jesús quiere demostrar que el dinero no lo es todo. Toma lo poco que los discípulos tienen (5 panes y 2 peces), lo bendice y se lo devuelve para que lo repartan. A partir de aquí, desde la entrega de lo que se tiene, se realiza el milagro.
Lo importante es "dar lo que se tiene", y hay una cosa que los pobres siempre tienen: esperanzas, ilusiones, sueños, fantasías, alegrías, tristezas, experiencia y lecciones duras que les ha dado la vida. Ése es el aporte de los pobres, al milagro que esperan de mejorar su calidad de vida. ¡Cuántas transformaciones y cuántos milagros empiezan con meras utopías, o los descontentos del pueblo!
En nuestros proyectos populares, por muy bien pensados y financiados que estén, siempre habrá lugar para el milagro, porque un proyecto popular no consiste en entregar al pueblo una obra, sino en que el pueblo se la apropie y aprenda a compartirla en solidaridad. Esto nunca es fruto del dinero, sino de la transformación interior: la cuota, el aporte de Dios. Dios hará ese milagro, si el pueblo pone su parte.
Esta dinámica del aporte permitirá organizar una sociedad alternativa, permitirá acercarnos un poco más a esa sociedad nueva que Dios en todo caso quiere que vayamos construyendo, donde el dinero no sea lo más importante, sino la complementariedad, el amor mutuo, la solidaridad de/con los pobres.
Juan Mateos
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El largo cap. 6 de Juan, con sus 71 versículos, está dedicado todo él al Pan de Vida y a la eucaristía, teniendo en cuenta que hace las veces de gran relato de la institución de dicho sacramento (pues Juan, a diferencia de los sinópticos, no la relata en el contexto de la Ultima Cena, en donde la reemplaza por el gesto del Lavatorio de los Pies).
Se trata de uno de los 7 grandes signos que realiza Jesús según el evangelista. Unos signos que deben suscitar la fe de los testigos presenciales y que, en todo caso, ilustran nuestra fe de cristianos, 21 siglos después. Para ello, Jesús va con sus discípulos en la barca, y desembarca al otro lado del lago de Genesaret.
Entonces sucede que en aquella región (deshabitada, y según la arqueología en el lado oriental del lago) se le reúnen miles de personas, que siguen a Jesús porque "habían visto los signos que hacía con los enfermos". Seguramente desean ver más signos de Jesús, o tal vez llevan enfermos para pedirle que los cure.
El hecho es que, jugando con el simbolismo de los números, el evangelista nos dirá que eran 5.000 hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Esa era la cifra exacta que, según la urbana época romana, ofrecía la cantidad mínima para definir a una aglomeración humana como pueblo: era el pueblo de Dios.
Todos los elementos del relato son significativos: Jesús está en la montaña (como un nuevo Moisés), y desde ella puede ver a la multitud que se va aglomerando a su alrededor. Lo rodean los discípulos (las primicias de la Iglesia) y está cerca la Pascua judía (la fiesta de la liberación de Egipto y del maná).
Ya no es la multitud la que pide comida, sino que es Jesús el que la quiere alimentar. Y prueba de ello es que pregunta a sus discípulos (tanteándolos, implicándolos) acerca de cómo llevarlo a cabo. Ellos le responden que con dinero, pero hay alguien que presenta otro plan: un niño ofrece sus 5 panes de cebada (el pan de los pobres) y 2 peces (que el muchacho está dispuesto a compartir). ¡5 panes para 5.000 hombres!
Los discípulos hacen de intermediarios entre Jesús y la multitud, y consiguen que ésta se siente en el campo. Mientras tanto, Jesús mismo prepara la cena, pronuncia la bendición y comienza a repartir los panes y peces. Todos comen hasta saciarse.
Ya en el AT Dios había alimentado al pueblo del desierto con el maná (Ex 16), y el profeta Eliseo había alimentado a 100 hombres con 20 panes de cebada que alguien le había llevado de regalo. Y también en aquella ocasión (la de Eliseo, y también en el caso del maná) había sobrado pan (2Re 4, 42-44). Ahora Jesús, el profeta por excelencia, va a hacer de mediador de la Alianza, que en este caso alimenta al pueblo del NT.
No es necesario especular acerca de cómo pudo hacerlo, ni imaginar gestos de magia o de prestidigitación. La Palabra de Dios, por la cual fueron hechos los mundos, puede hacer que una multitud egoísta se convierta en familia que comparte lo que tiene. Al final los discípulos, por orden de Jesús, recogen las sobras: 12 canastos, otro nº que simboliza al pueblo de Dios (a las 12 tribus, y a los 12 apóstoles).
La gente agradecida reconoce que Jesús es "el profeta que tenía que venir al mundo" (Dt 18, 15), el nuevo Moisés, y quieren hacerlo rey porque él sí se compadece de sus sufrimientos y los alivia, no como los reyes de este mundo. Pero Jesús sabe que su Reino no es de este mundo, que el poder universal está en manos del Tentador, y que su misión es hacer la voluntad del Padre. Por eso se retira, solo, a la montaña.
Confederación Internacional Claretiana
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En el evangelio de hoy, Jesús se refugia al otro lado del lago de Galilea, tras una discusión con los fariseos (a los que había criticado su cerrazón al sentido de las Escrituras, con su propia y exclusiva interpretación sobre el Pentateuco de Moisés).
Tras lo cual, Jesús cruza el mar de Galilea (al igual que Moisés cruzó el mar Rojo), decide acaudillar a una multitud hambrienta y sin líderes (al igual que el pueblo hebreo, en el Exodo), sube a una montaña en compañía de sus discípulos (al igual que Moisés y sus jueces) y observa a la gran multitud.
Plantea entonces Jesús el problema del sustento a los discípulos (quienes de inmediato buscan la solución fácil: "no hay suficiente dinero"), y tras ello decide hacerse cargo él mismo en persona, comenzando a repartir lo poco que llevaban (5 panes y 2 peces). Todos reciben alimento, y la multitud lo aclama y ve la ocasión propicia de aclamarlo como nuevo rey de Israel, ajustándose a sus expectativas.
Pero Jesús huye hacia un lugar apartado, pues teme que lo fuercen a tomar un camino (terrenal) que él abiertamente había rechazado (por otro celestial). Además, tiene presente Jesús la negativa experiencia de Israel, pues salvo David y Salomón (y alguno más), la mayor parte de los reyes judíos habían sido una verdadera calamidad para el pueblo, y desde Herodes se había vuelto ya hasta una institución contraria a los planes de Dios.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista Juan habla hoy de los signos de Jesús como acciones milagrosas y benéficas (sobre todo en relación con los enfermos), que suscitaban la fe en él y contribuían a su seguimiento. Lo seguía mucha gente, precisa el evangelista, porque habían vistos los signos que hacía con los enfermos.¿Y qué signos eran esos? Sin duda, las numerosas y extraordinarias curaciones con las que obsequiaba a tantas personas, que eran objeto de su misericordia. También en la extraordinaria comida con la que Jesús sació el hambre de tantos, con apenas cinco panes de cebada y un par de peces, vio la gente un signo que le acreditaba como profeta, y por eso acabó aclamando: Éste es el profeta que tenía que venir al mundo de parte de Dios.
Sucede que ya otros profetas habían hecho cosas similares. Es el caso de Eliseo, discípulo y continuador del gran Elías, el profeta por excelencia. Según el libro de los Reyes, Eliseo manda a su criado dar de comer a la gente congregada en torno a ellos, con los panes que llevaba en la alforja para el sustento propio y de su maestro. El criado advierte la desproporción existente entre el comestible y los comensales, y por eso le dice: ¿Y qué hago yo con esto, para tanta gente?
Pero el profeta insiste: Dáselos, porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará. Fiado en la palabra del Señor, el profeta le dice que comerán y sobrará. Pero para que esto suceda, o para que con tales panes pueda comer tanta gente y quedar saciada, tiene que producirse algo extraordinario, bien una multiplicación del comestible, bien una repentina saciedad en los comensales hambrientos. Dios puede multiplicar el pan como multiplica la siembra en la cosecha, el oxígeno en la atmósfera o el agua en los pantanos.
Narraciones como la de Eliseo explican que la gente viera en aquella acción de Jesús, con la que da de comer a toda una multitud con sólo 5 panes de cebada y 2 peces, un signo profético, prefigurado ya en los hechos de los profetas. Pero ¿de qué era signo esta extraordinaria multiplicación de panes y peces?
En primer lugar, de que el hombre que había llevado a cabo esta acción tan portentosa, alimentando a tanta gente con tan escasos recursos, era sin duda el profeta anunciado, el que había de venir de parte de Dios en los tiempos mesiánicos o en la plenitud de los tiempos (como dirá San Pablo).
La acción era, por tanto, un signo que le acreditaba como enviado de Dios (el Dios de la Alianza) para llevar a cabo sus designios, porque el que venía de parte de Dios no podía obrar sino con su consentimiento, con su poder y con su bondad.
En el actuar de Jesús estaban presentes el poder y la bondad del mismo Dios. Por eso, vislumbrando esta presencia, quieren proclamarlo rey, su rey. Pero Jesús entiende que éste no es el camino a seguir. Él no ha venido para ser rey en este mundo o de este mundo, sino para algo más importante, para dar testimonio de la verdad y de la misericordia divina. Y con acciones como éstas, inspiradas sin duda en la compasión, estaba dando testimonio de la misericordia del Dios clemente y compasivo.
En Jesús y en sus obras de misericordia Dios sale al encuentro del hombre necesitado. Dios es amor, nos dice el mismo Juan, y por eso la donación le es esencial. Lo propio de Dios es dar. O mejor, darse a sí mismo. Y porque él es donación de sí¸ puede darse a sí mismo en su Hijo, puede darse fuera de sí, y darse en el mundo y al mundo.
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo, recuerda el evangelista. Dios se da fuera de sí en su Hijo encarnado y en las diferentes acciones humano-divinas de este Hijo hecho hombre, cuando cura a los enfermos y cuando sacia el estómago de los indigentes.
Si esto es así, el obrar cristiano no puede ser otro que el que lleve consigo donación. Dios no nos exige dar más de lo que tenemos, pero sí dar lo poco que tenemos, de modo que poniéndolo a su disposición él pueda multiplicarlo en bienes del mismo género o en bienes de género superior.
Es el caso del bien de la solidaridad, o de la benevolencia, o de la generosidad, que son aún más grandiosos y efectivos porque no se agotan en una sola acción, sino que nos mantiene con las manos abiertas para saciar de favores a todo viviente.
Se trata de dar dándonos, porque si damos y no nos damos a nosotros mismos, nuestro dar se vacía del propio yo, convirtiéndose en una acción impersonal. Dios nos ha hecho para dar, pero para que esta donación sea posible es preciso que antes recibamos.
Todo lo que tenemos lo hemos recibido. Sin esta previa recepción, nos será imposible dar. Pero lo hemos recibido para darlo. En el dar de sí, en la fructificación, está la satisfacción de una vida. Y ello a pesar de que el egoísmo nos desaconseje tantas veces desprendernos de lo que tenemos, sobre todo cuando al dar sentimos que perdemos lo que damos (algo que suele suceder con bienes como el dinero).
Con frecuencia nos experimentamos tan pobres que creemos remediar nuestra pobreza a base de poseer cosas y más cosas; pero el deseo de posesión siempre deja insatisfechos, porque es un deseo que la mera posesión de cosas no puede colmar.
Siempre se desea tener más, pero por más que se tenga se sigue deseando, pues tal deseo no es un deseo de tener más, sino de ser más. No debe pasarse por alto, sin embargo, que para ser es preciso tener vida, y corporeidad, y capacidad de pensar y sentir.
Sólo situándonos en la perspectiva del dar encontraremos satisfacciones más duraderas en la vida. Quizás ante ciertas necesidades que nos salgan al paso podamos decir lo del apóstol Andrés: ¿Qué es eso para tantos?, ¿qué puedo hacer yo con tan escasos recursos para dar respuesta adecuada a una necesidad o problema de tan grandes dimensiones? Pues, a pesar de esa percepción, Dios te dice: Dales, dales lo poco que tengas y verás el resultado. Comerán y se saciarán.
El que tiene poder para crear ha de tener también poder para multiplicar lo creado. De hecho, ya lo hace (sirviéndose de la tierra, el agua y el sol) cuando multiplica lo sembrado en lo cosechado.
Pero a esta labor nos quiere incorporar como colaboradores que han de poner a su disposición los recursos de que disponen: esos cinco panes de cebada y un par de peces que, siendo nuestros porque están en nuestro poder, también los hemos recibido para provecho propio y de los demás.
Act:
17/04/26
@tiempo
de pascua
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R C A B A
M U R C I A
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