2 de Febrero

Lunes IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 febrero 2026

a) 2 Sam 15, 13-14; 16,5-13

         No había costado mucho a David mostrarse brillante en medio de la prosperidad o en los momentos de triunfo. Pero la verdadera grandeza de un hombre se revela cuando es capaz de soportar con dignidad la pobreza o el fracaso. Por eso la grandeza del rey David nunca resplandece tanto como en los momentos de máxima humillación que escuchamos hoy, cuando su hijo Absalón se ha hecho proclamar rey en Hebrón y la mayoría del pueblo le sigue.

         Para no caer en manos de su hijo, David ha de huir de Jerusalén. Abandonado de los suyos, sólo le acompañan los soldados mercenarios. El autor sagrado describe morosamente el itinerario del rey anciano, bajando por el torrente de Cedrón y subiendo por la montaña de los Olivos; itinerario doloroso que nos sugiere el que hará en sentido inverso el Hijo de David, Jesús, abandonado también de todos, antes de ser condenado y crucificado.

         En los inicios de su carrera, David había tenido que huir también al desierto, perseguido por Saúl, pero la juventud le permitía soportarlo todo, tenía toda una vida por delante, estaba seguro del favor de Dios y veía a cada momento cómo aumentaba el número de los simpatizantes que dejaban el partido de Saúl y se integraban al suyo. Ahora, viejo, gusta aquella amarga experiencia que había tenido que saborear Saúl de ver el vacío en su entorno, incluyendo a sus amigos y a su propio hijo.

         Pero mientras Saúl reaccionaba con desesperados golpes de ciego, como los intentos de matar a David y la liquidación de los sacerdotes de Nob, David se pone del todo en manos del Señor. No quiere que el arca lo siga al exilio, sino que manda al sacerdote Abiatar que la devuelva a la ciudad, seguro de que, si Yahvé quiere, le hará volver en paz, y, en caso contrario, "haga de mí lo que le parezca bien" (2Sm 15, 26).

         Traicionado por Ajitófel, de quien teme la ayuda que con su habilidad política pueda dar a Absalón, no desea que muera, sino que ora tan sólo porque fracasen sus consejos, y Dios oirá esa plegaria (2Sm 17, 14). Meribaal nieto de Saúl, tan generosamente tratado por David, se ha pasado también a Absalón.

         Un hombre de la familia de Saúl, Semeí, sigue a la caravana de fugitivos insultando y apedreando a David, mas éste no permite que ninguno se vuelva, antes ve ahí la mano de Dios, diciendo: "Un hijo mío, salido de mis entrañas, trata de matarme, ¡y os extraña ese benjaminita!" (2Sm 16, 11).

         Dios recompensa esta fe generosa de David haciendo que todo acabe bien para él. De las 3 únicas veces en que el autor de esta historia de la sucesión de David hace mención explícita de la intervención de Dios, la 1ª es cuando desaprueba el pecado de David, la 2ª cuando, al nacer Salomón, dice que le «amó Dios» (2Sm 12, 24), y esa predilección es la clave para entender que llegue a reinar, con preferencia a otros hermanos que tenían más derechos que él. La 3ª es ésta: "Es que el Señor había determinado hacer fracasar el plan de Ajitófel, que era el bueno, para acarrearle la ruina a Absalón" (2Sm 17, 14).

Hilari Raguer

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         Habíamos escuchado la semana pasada la profecía de Natán, que prometía la estabilidad a la dinastía de David hasta el final de los tiempos. De hecho veremos las intrigas, las bajezas, los homicidios. El trono real es una presa, y en esa cacería Absalón da muerte a su hermano Amnón (el primogénito de David) por haber violado a su hermana. Un oficial de David da muerte a Absalón (2º hijo del rey), y Adonías (el 3º hijo de David) es ejecutado por Salomón al pretender la sucesión. Triste y sangrienta historia.

         Hoy se nos relata la historia de la huida de David, ante su propio hijo Absalón. David ha envejecido: su hijo Absalón quiere arrebatarle la corona. El conflicto entre generaciones no es de hoy. El enfrentamiento entre los hijos mayores y sus padres es cosa de siempre. Te ruego, Señor, que, en los conflictos existentes en nuestras familias, tu perdón, tu reconciliación, puedan triunfar finalmente.

         Volviendo al pasaje, nos dice el cronista que "David subía la cuesta de los olivos llorando, con la cabeza cubierta y los pies desnudos y todo el pueblo que le acompañaba llevaba la cabeza cubierta y subía llorando". Para huir de Jerusalén, David cruza el valle del Cedrón, llega al Huerto de los Olivos y sube a la colina de los olivos. Mil años después, precisamente en este mismo lugar, irá a refugiarse Jesús, huyendo también del odio. Misterio de la Providencia.

         Entonces un hombre de la familia de Saúl, llamado Semei, salió maldiciendo a David y tirándole piedras. En la desgracia, vuelven a salir todos los antiguos rencores, pero David sabe reaccionar: "Dejadle que me maldiga, si el Señor se lo ha mandado. Acaso el Señor mire mi aflicción y me devuelva el bien por esta maldición".

         Es aquí donde está la auténtica grandeza de David. No sólo porque aceptó la humillación de la huida (para evitar que el conflicto con su hijo fuera sangriento), sino porque acepta hasta la humillación de las injurias de uno de sus enemigos, y se encomienda a Dios. Curiosamente, en ese mismo lugar también recibirá Jesús el beso de Judas, la bofetada del servidor del sumo sacerdote, los latigazos de la flagelación, el abandono de sus amigos y las maldiciones de sus enemigos.

         A la escalada de la violencia, David contrapone la misericordia, fruto de su experiencia de la misericordia de Dios con él. El destino trágico de David, frente a sus propios hijos, le lleva a comprender mejor la actitud de Dios con nosotros: él nos perdonó. Y ahora nos toca perdonar a nosotros.

Noel Quesson

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         La historia de David se ensombrece hoy por completo. En el reino del norte le sigue considerando un usurpador en contra de la familia de Saúl. Su propio hijo Absalón (quizás por haberse visto postergado por Salomón, el hijo de Betsabé), se rebela contra su padre y se hace coronar rey, siguiéndole gran parte del pueblo.

         La escena es dramática, y David descalzo, con la cabeza cubierta, y subiendo entre lágrimas por la cuesta de los Olivos, huye de su hijo para evitar más derramamiento de sangre. Soportando humildemente las maldiciones de Semeí, uno de los seguidores de la dinastía de Saúl, que aprovecha la ocasión para desahogarse y soltar en cara a David todos los agravios que lleva archivados contra él.

         Estos libros históricos interpretan siempre las desgracias y fracasos como consecuencia del pecado. Los fallos se pagan pronto o tarde. Ahora David se siente rodeado de enemigos (como expresa el salmo responsorial de hoy) pero él a su vez había sido protagonista activo de intrigas y violencias en años anteriores. El libro no ahorra, al hablar de grandes hombres como David, el relato de sus debilidades.

         La patética figura de David nos recuerda, precisamente en el Huerto de los Olivos, la de Jesús en los momentos dramáticos de su crisis ante la muerte. También él con lágrimas, abatimiento y sudor de sangre, tuvo que soportar el abandono o incluso la traición o la negación de los suyos. Esta vez con absoluta injusticia, porque en él sí que no había habido engaño ni malicia.

         Podemos vernos interpelados también nosotros. ¿Sabemos reconocer nuestras debilidades y culpas, aceptando humildemente las críticas que nos puedan venir, aunque nos duelan? Nuestras pequeñas o grandes ambiciones, ¿no nos han llevado alguna vez a injusticias y hasta violencias, pasando por encima de los derechos de los demás? Y puede ser que alguna vez tengamos que pagar las consecuencias.

         La grandeza de una persona, como aquí la de David, se ve sobre todo en el modo de reaccionar ante las adversidades y la contradicción. Lo que nunca hemos de perder es la confianza en Dios y la ilusión por el futuro. También a través de los fracasos humanos, y del pecado, sigue escribiendo Dios su historia de salvación y nos va ayudando a madurar.

José Aldazábal

b) Mc 5, 1-2.6-13.16-20

         El pasaje del endemoniado de Gerasa, que hoy escuchamos, merece una atención particular por varios motivos. No puede negarse que en esta narración se mezclan rasgos populares, pintorescos y no carentes de cierto humorismo; por ejemplo, ese detalle de los demonios que piden permiso para entrar en los puercos y precipitarse luego en el mar.

         Por otra parte, el análisis crítico no tendría muchas dificultades en encontrar en el relato varias incoherencias, repeticiones, lagunas, que dejan traslucir ciertas adaptaciones y algunos manejos redaccionales. Pero no es esto lo que aquí nos interesa. Si lo leemos con ojos penetrantes y con el deseo de descubrir allí un mensaje (y es ésta sin duda la intención del evangelista), entonces el relato nos revela ciertos detalles sorprendentes y ricas intuiciones teológicas.

         Jesús llega a la región de los gerasenos, o sea, a un territorio pagano: la presencia del Reino no se limita a los confines de Israel. Vive por allí, lejos de los poblados, entre los sepulcros, un hombre poseído por el espíritu maligno. La sociedad, como siempre, lo ha marginado. Es la forma más rápida de resolver los problemas: se encierra al enfermo en su enfermedad y se le deja inmóvil en su situación, para que no moleste.

         Pero la vocación de Jesús es la de acercarse a los que ha apartado la sociedad. El desarrollo del relato mostrará (y no es ésta ciertamente la enseñanza menos importante) que son éstos precisamente los que le están esperando, abiertos a la curación y al perdón.

         El endemoniado hace gestos insensatos y descompuestos, pues "andaba siempre, día y noche, entre los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras" (v.5). Es un pobre hombre desquiciado, privado de sus facultades mentales, que no es dueño de sí mismo y que se ha convertido en su propio enemigo.

         Quizás sea éste el mal que ha venido Cristo a combatir, ese mal misterioso que hoy llamamos alienación, que divide al hombre en lo más profundo de sí mismo y lo empuja contra sí mismo. Jesús no ha venido solamente a reparar una injuria cometida contra Dios. A no ser que por injuria contra Dios se entienda esa alienación que nos aparta de su amor y de nosotros mismos.

         El relato indica que el encuentro con Jesús (esto es, la llegada del reino de Dios) no es únicamente una curación, sino una verdadera liberación, un encontrarse a sí mismo, una reconquista de la propia autenticidad. La gente que acude contempla sorprendida que el endemoniado estaba ahora "sentado, vestido y en su sano juicio". De un ser dividido e insociable Jesús ha hecho un hombre dueño de sí mismo, lo ha convertido en un hermano.

         Los gerasenos se admiran de lo ocurrido, pero cuando se enteran de lo que ha pasado con los cerdos, que se habían precipitado en el lago le invitan a Jesús que se aleje de su territorio. Se asombran de la trasformación conseguida por Jesús y quizás incluso lo aprecian, pero creen que es demasiado el precio que han tenido que pagar por ello (pues la liberación de un hombre vale menos que una piara de puercos). Así que optan por la solución menos costosa (obligados por el bien común, ¡naturalmente!).

         El relato nos ofrece un último detalle, "mientras subía Jesús a la barca, el hombre que había tenido el espíritu malo le pidió que lo dejara ir con él" (v.18). Pero Jesús no se lo permitió. ¿Por qué? Porque, quizás, la hora de los paganos no había llegado todavía.

         O quizás también para que quedase claro que Cristo (expulsado por los hombres que más hablan de liberación, pero que la rechazan apenas se dan cuenta de que tiene un precio que pagar) deja, a pesar de todo, junto a ellos un testigo: "Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti" (v.19).

Bruno Maggioni

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         Nos narra hoy Marcos el pasaje del endemoniado curado, de cuya narración me centraré en el episodio final, en que el endemoniado curado "le pedía ir con él", y evangelista Marcos recalca que Jesús "no le dejó" estar con él, ni formar parte de su grupo apostólico.

         El verbo griego usado por Marcos en el v. 37, y para el endemoniado de Gerasa que quería seguirle, volvemos a encontrarlo en Mc 1,35: "Jesús no dejaba hablar a los demonios porque le conocían". Jesús establece, pues, una delimitación neta: esto no es para ti, no es ésta tu vocación. Es una toma de posición negativa respecto a la vocación que uno pensaba tener.

         Podemos imaginar la decepción de este hombre, que quisiera, lleno de reconocimiento por la curación, dejarlo todo y seguir a Jesús. Pero hemos de examinar atentamente las palabras que siguen al rechazo: "Vete a tu casa con los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". El se fue y comenzó a publicar por la decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban".

         Son palabras para meditar, pues describen la vocación de uno que, aun no siendo llamado como los Doce, tiene una vocación de verdadero seguimiento de Cristo y, en realidad, participa muy estrechamente de una llamada. El evangelista usa un lenguaje muy preciso: ¡Vete!; de alguna manera es un envío misionero, la orden para una misión.

         ¿Qué misión? Anunciar, y el verbo siguiente describe lo que debe hacer: proclamar ("anuncia y proclama"). Anunciar y proclamar son términos típicos de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Y eso sin ser misionero, sin haber sido llamado (pudiéramos decir hoy) a una vocación de entrega total (o sea, dejando casa, familia, oficio): aquel hombre recibe una verdadera y auténtica misión de evangelización. El kerigma se le confía también a él: "Anuncia, proclama".

         ¿Y qué anuncia y proclama? Lo que se dice a continuación: "lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo". La proclamación se ciñe estrictamente a su propia persona; él proclama con la novedad de su propia vida, con su modo de actuar, con el cambio experimentado. Proclama con tal novedad que su incapacidad precedente de comunicar, de trabajar, de hacerse útil, ahora es capacidad de comunicar, de trabajar, de hacerse útil.

         Hay, finalmente, otro aspecto determinante, característico, para captar el significado de esa vocación: "Vete a tu casa con los tuyos". Y, añade el evangelista "comenzó a publicar por la decápolis". El ex-endemoniado, por el mandato que ha recibido, no debe abandonarlo todo (como Pedro, Santiago y resto de apóstoles), sino que se le envía a su casa "con los tuyos". En su ambiente, en su realidad de vida, en su realidad de trabajo, en su sociedad y en su ciudad, la decápolis, sociedad y ciudad paganas, ahí se le manda al geraseno proclamar la misericordia de Dios.

Carlo Martini

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         Cristo se dirige hoy a la región de Gerasa para salvar, explícitamente, a un endemoniado, aunque el endemoniado no lo sabía y una vez que lo supo no lo aceptó. El mismo poseído es quien se arroja a sus pies para pedirle que se aleje de él, para pedirle que no lo atormente.

         La presencia de Cristo nos perturba cuando nuestro pecado nos mantiene alejados de él. Y podría ser que también nosotros nos arrojemos a sus pies para pedirle que se vaya, en lugar de pedirle nuestra curación. Parecería que es una visita casual, por pura coincidencia, lo que para él es la salvación de nuestra alma. Pero ya lo dice Cristo "No son los sanos los que necesitan de curación, sino los enfermos".

         Nuestra vida, como la del endemoniado, ¿es un tormento por ver a Jesús, como la de este endemoniado? ¿Es un tormento que nos ciega al pecado y hace herir constantemente nuestra alma? ¿Ya nadie es capaz de soportarnos, ni siquiera nosotros mismos, sino sólo Cristo que nos visita?

         Por otro lado, ¿cuántas veces optamos por el valor material de las cosas que tener a Cristo entre nosotros? Preferimos la cantidad de nuestras posesiones al bien y salvación de un alma. Porque, ¿qué son 2.000 cerdos comparados con la gracia de ser curado por Cristo?

         Los habitantes de la región de Gerasa escuchaban atentos el milagro y se alegraban con el desposeído, pero sus corazones se cerraron al escuchar la pérdida de los cerdos por el precipicio. Creemos en Jesús pero hasta la multiplicación de los panes, no hasta la cruz. Creemos en él siempre y cuando no eche por el precipicio a "nuestros cerdos".

         Por ello, confiemos plenamente en Jesús. No importa si para ello necesita de nuestros bienes, pues ¿de qué nos sirve ganar todo el mundo si al final perdemos nuestra alma?

Misael Cisneros

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         Para componer el relato (bastante complejo) del endemoniado de Gerasa, Marcos combinó 2 tradiciones. La 1ª refería uno de los muchos exorcismos atribuidos a Jesús: la 2ª reinterpretaba ya este milagro con arreglo a un ahogamiento de cerdos en el lago Tiberiades, ahogamiento que se atribuyó a la acción de los demonios expulsados del poseso.

         El relato contiene un dato muy importante: Jesús se encuentra en tierra de gentiles. Es decir, en una tierra impura, circunstancia subrayada mediante la mención de las tumbas y la presencia de la piara de cerdos. Lo que en realidad se pone de relieve con este dato es que, después de haberse enfrentado al mal en la guarida marina de éste, Jesús viene a perseguirlo en una tierra en la que reina como dueño y señor.

         Además, cuando el poseso se vea liberado de su alienación, pedirá a Jesús que le conceda el privilegio de ser admitido en el círculo de los discípulos; pero Jesús no accederá a su petición, ilustrando con su denegación el hecho de que sólo a él corresponde la iniciativa de la elección. En cambio, le enviará a su casa con una misión: la de manifestar a sus compatriotas, que en el episodio de los puercos sólo veían un hecho folklórico original, la misericordia divina que él acaba de experimentar. Era la 1ª vez que se anunciaba la Buena Noticia en tierra de gentiles.

         Otro dato de la narración es la presencia de un número impresionante de espíritus inmundos en el poseso, con lo cual se indica lo muy dividido que está el hombre. Cuando Jesús, haciendo referencia al uso habitual entre los exorcistas, pregunta al demonio cuál es su nombre, éste responde que legión, pues son muchos los demonios alojados en aquel hombre.

         Por otra parte, esa legión sólo progresivamente hace entrega de las armas, conforme van siendo desalojados y expulsados los espíritus. Así pues, Jesús es verdaderamente "el forzudo", que alcanza tal victoria en el reino mismo de Satanás. La verdad es que ya no está lejos el tiempo en que celebrará la eucaristía en aquella tierra considerada impura (Mc 8, 1-10).

Emiliana Lohr

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         El evangelio insiste en un hecho muy singular: los gerasenos no podían sujetar al hombre del espíritu inmundo. Y no lo podían controlar precisamente porque utilizaban la fuerza, las cadenas y los grilletes. Querían reducir aún más la miserable existencia de un hombre prisionero de sus propios temores.

         El endemoniado de Gerasa se autolesionaba, se hería incesantemente buscando callar el griterío furioso de todas las ideologías que bullían en su cerebro y que lo alienaban. ¿Qué podía hacer este pobre hombre ante la magnitud del problema que lo agobiaba?

         Su suerte cambió el día que se encontró con Jesús de Nazaret. Sin embargo, el proceso de cambio no fue nada simple. Era tan grave la situación de esta persona, incapaz de aceptar ayuda que Jesús tuvo que imponerse a todos los bloqueos con los que el endemoniado intentaba obstruir su palabra sanadora.

         El 1º bloque, y uno de los más hábiles, consistía en reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, pero no para someterse, sino para demarcar el territorio geográfico y mental donde dominaba el pecado demoníaco. Ante la resistencia, Jesús pregunta por el nombre que identifica tal pecado.

         Al final, los espíritus se rinden y se desplazan hacia el animal impuro por excelencia, símbolo de todas las religiones paganas. Pero ni siquiera allí soportan un pecado tan aberrante. La gente se llena de terror y no comprenden la oferta salvadora de Jesús, solamente el hombre liberado está dispuesto a seguirlo. Sin embargo, Jesús lo envía como misionero de su propia gente, para que proclame allí la noticia liberadora del evangelio.

Gaspar Mora

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         Hoy Jesús se nos presenta de nuevo como liberador. Desde la fuerza del Reino es capaz de enfrentarse a la furia de un endemoniado, que tiene atrapado a un hombre. Este encuentro de Jesús revela la situación del mundo, de nuestro mundo. Todos sabemos que vivimos bajo la amenaza de la guerra, de la muerte, del hambre... de tantos signos de alineación y muerte.

         La situación es difícil, pero sabemos y creemos que el poder del Hijo de Dios, supera a toda fuerza del mal. Sabemos y creemos que es el único que nos puede hacer recobrar la paz interior, el dominio de nosotros mismos y la dignidad humana, como al endemoniado nos puede hacer que aparezcamos sentados, vestidos y en sano juicio.

         Nosotros en nuestra vida tenemos que ser presencia viva de la fuerza liberadora de Jesús, no debemos dejarnos atrapar por los signos de muerte, tenemos que ser fuertes y valientes de corazón. Para ello no dejemos pasar las oportunidades de ayudar a otro (esté cerca o lejos), de protestar y manifestar nuestra oposición a las guerras, de luchar por el bienestar de todos o de atender al enfermo.

         Y no dudemos que la fuerza liberadora realizada por Jesús a través de nuestras vidas ayudará renovar nuestro viejo mundo, además la fe nos proporciona la fortaleza para afrontar las más variadas circunstancias, porque sabemos que Dios tiene preparado algo mejor para nosotros.

Rosa Pérez

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         Marcos nos narra hoy el pasaje que sucedió en la región de los gerasenos, en el que Jesús libera a un hombre poseído por una legión de demonios (quienes, al ser expulsados, entran en una piara de 2.000 cerdos, que corren hacia el mar y se ahogan).

         En resumidas cuentas, se trató de una gran pérdida económica para aquellos gentiles, aunque recuperaran a un paisano. Sin embargo, sobre estas gentes pesa más el daño temporal que la liberación del endemoniado y rogaron a Jesús que se marcharan de su país.

         La presencia de Jesús en nuestra vida puede significar, alguna vez, perder un buen negocio porque no era del todo limpio, o, sencillamente que quiere que ganemos su corazón con nuestra pobreza. Y siempre nos pedirá el Señor, para permanecer junto a él, un desprendimiento real de los bienes, que señale la primacía de lo espiritual sobre lo material, y del fin último sobre los bienes temporales.

         Todas las cosas de la tierra son medios para acercarnos a Dios. Si no sirven para eso, no sirven para nada. Más vale Jesús, que la vida misma. Seguir a Jesús no es compatible con todo. Hay que elegir, y renunciar a todo lo que sea un impedimento para estar con él. Para eso, debemos tener enraizada en el alma una clara disposición de horror al pecado, pidiendo al Señor que aparte de nosotros todo lo que nos separe de él. Porque ¿para qué queremos el mundo entero si perdiéramos a Jesús?

         La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios.

         Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la comunión, las palabras de San Buenaventura: "Que tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón". Señor, ¿a dónde iría yo sin ti?

Francisco Fernández

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         Es pintoresco y sorprendente el episodio que hoy nos cuenta Marcos, con el endemoniado de Gerasa. Se acumulan los detalles que simbolizan el poder del mal: en tierra extranjera, un enfermo poseído por el demonio, que habita entre tumbas, y el destino de la legión de demonios a los cerdos, los animales inmundos por excelencia para los judíos.

         Seguramente quiere subrayar que Jesús es el dominador del mal o del maligno. En su 1º encuentro con paganos (abandona la tierra propia y se aventura al extranjero en una actitud misionera). Jesús libera al hombre de sus males corporales y anímicos. Parece menos importante el curioso final de la piara de cerdos y la consiguiente petición de los campesinos de que abandone sus tierras este profeta que hace cosas tan extrañas.

         Probablemente, el pueblo atribuyó a Jesús, o mejor a los demonios expulsados por Jesús, la pérdida de la piara de cerdos que tal vez habría sucedido por otras causas en coincidencia con la visita de Jesús. El evangelio recogería esta versión popular.

         La Iglesia ha sido encargada de continuar este poder liberador, la lucha y la victoria contra todo mal. Para eso anuncia la Buena Nueva y celebra los sacramentos, que nos comunican la vida de Cristo y nos reconcilian con Dios. A veces esto lo tiene que hacer en terreno extraño: con valentía misionera, adentrándose entre los paganos (como Jesús) o dirigiéndose a los neopaganos (del mundo de hoy). Y también con los marginados (a los que Jesús no tenía ningún reparo en acercarse y tratar), para transmitirles su esperanza y su salvación (pues después del encuentro con Jesús, el energúmeno de Gerasa quedó "sentado, vestido y en su juicio").

         Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia y miedo.

         Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición "líbranos del mal"? ¿O tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida?

         En Gerasa, los demonios obedecieron a Jesús, así como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre el hombre, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios?

José Aldazábal

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         La historia de hoy del evangelio nos parecería estar lejana a nuestra realidad, sin embargo la verdad es que se repite frecuentemente hoy en nuestra sociedad dominada por el materialismo. Jesús sana y libera a un hombre, a un ser humano que sufrían a causa de unos demonios.

         Al hacerlo, los demonios destruyen toda una piara de cerdos. Los habitantes en lugar de agradecer el haber liberado y sanado al pobre hombre que sufría, se preocupan más por la perdida material de una piara de cerdos. Vale más la piara de cerdos que la salud y bienestar de un ser humano. Como consecuencia, los gerasenos rechazan a Jesús.

         Como vemos, la historia se repite una y otra vez. Hoy es más importante la cantidad de producción y la eficiencia que la vida familiar, social y económica de los trabajadores; son más importantes nuestras pertenencias, que el bien social de la comunidad; es más importante el trabajo y el bienestar económico, que la vida familiar y la atención a los hijos. En definidas cuentas, preferimos lo material a lo espiritual.

         Y cuando Jesús, a través de la Escritura o de la Iglesia nos advierte de esto, o busca ayudarnos a liberarnos de estas esclavitudes... la respuesta es: Que tiene la Iglesia (o el mismo Jesús) que decirme sobre qué es más importante, que tiene que hacer en mis negocios, en mi medio social, en mi vida. No dejemos que nos domine lo material.

         Dios nos ha regalado todas las cosas materiales las cuales son buenas y son para nuestro bienestar, pero jamás deberán estar éstas por encima de los valores como son: la vida humana, la vida familiar, y la protección del medio ambiente. Nada vale una piara de cerdos comparada con la alegría que produce el ver a un hermano sano y feliz.

Ernesto Caro

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         Escuchamos hoy el episodio del endemoniado geraseno, una historia algo extraña y en la que los estudiosos de la Biblia han tenido que rastrear por distintos motivos, sobre todo porque una piara de 2.000 cerdos (número redondo y abultado, acaba sepultada en el mar de Galilea), para regocijo de todo buen judío (enemigo de cuantas granjas de animales impuros hubiera en el entorno) y como evocación de la legión de egipcios que acabó sepultados en el mar Rojo.

         Sea de ello lo que fuere, nosotros nos concentraremos en lo nuestro. La gente del pueblo y los cortijos se quedó espantada de lo que había sucedido y le rogó a Jesús que se marchase de su país. La presencia de Jesús resultaba demasiado perturbadora. Es una triste y tristemente equivocada reacción de autodefensa.

         Cerramos las puertas a una posible salvación que necesariamente desmantela nuestros tinglados. Uno prefiere quedarse como está y poner distancias, aparentemente salvíficas, a entrar en contacto con esa presencia que ha irrumpido en el propio mundo. Y dice: "déjame en paz, que no me quiero salvar. En el infierno no se está tan mal". Tenemos miedo a la luz, miedo a la historia de libertad que se nos regala, miedo a los precios que hay que pagar si damos cabida a esa presencia.

         Pero quien ha conocido la liberación está dispuesto a embarcarse en la historia de Jesús, como el antiguo endemoniado. Se quedará, sin embargo, entre los suyos y se convertirá en un evangelizador "en tierra extranjera", contando a la gente "lo que el Señor había hecho con él por su misericordia".

Pablo Largo

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         La descripción del endemoniado no puede ser más triste: vive donde habitan los muertos, tiene una violencia indomable, que no puede ser controlada por la sociedad; más aún, él mismo tiende a autodestruirse. Siendo uno, se llama legión. No puede haber un estado más deplorable.

         Sin embargo, no todo es malo en aquel hombre dominado por el espíritu, pues fue corriendo a Jesús, como expresión de su anhelo de liberación y él, que no podía ser dominado por nadie, se postró voluntariamente ante Jesús, como señal de sumisión y homenaje, con la esperanza de que fuese Jesús quien lo sacase de su situación de muerto en vida.

         Por si fuera poco, reconoce a Jesús como "Hijo del Dios Altísimo", aunque le pide que no lo someta a suplicio. Poco conocía al Maestro con el que se había encontrado cuando le dirige esa súplica. Jesús había venido "para que tuvieran vida y les rebose" (Jn 10, 10).

         El endemoniado estaba equivocado. Tras su encuentro con Jesús recuperaría el juicio y el deseo de seguirlo, pero Jesús no se lo permite: él deberá anunciar a los paganos, a sus convecinos, la alternativa de sociedad que Jesús proclama. No basada en la violencia (legión) ni en el dinero o capital (los cerdos), sino en la misericordia y el amor de Dios, mostrado en el ex-endemoniado.

         Este anuncio, al igual que cuando Jesús liberaba a los endemoniados en Galilea, causa sorpresa en todos, pues aún es posible encontrar la vida en el país de la muerte, gracias a la acción de Jesús que está dispuesto a morir para que vivamos.

Severiano Blanco

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         El endemoniado geraseno, cuya liberación nos relata hoy Marcos, es como un modelo de tantos hermanos y hermanas nuestros, excluidos de la vida social, comunitaria, por algún estigma: por enfermedades, por condición de pobreza, ignorancia o absoluta miseria, o por ser de otra raza, o por hablar otra lengua, o por ejercer algún oficio humilde, de esos que consideramos sucios, o por tener que ganarse la vida indignamente (en la prostitución o la mendicidad, o esculcando entre las basuras de nuestras grandes ciudades).

         Como el endemoniado de Gerasa, ellos habitan fuera, en la periferia; allí los tenemos amarrados porque son peligrosos, nos pueden robar o contagiar, nos molestan con su suciedad y su fealdad, sus llagas y harapos. Pero Jesús los ama, los acoge y libera, los viste dignamente y los consuela, ya no maldicen su suerte cuando se sienten amados, cuando la legión de demonios que los atormentan se despeñan con los cerdos hasta el fondo del mar.

         Cuando los pobres se liberan al recibir la buena noticia de Jesús, los demás temen, como los habitantes de Gerasa ante el endemoniado libre de sus cadenas, ante la pérdida de sus cerdos. El relato termina con algo muy aleccionador: en lugar de llevarse consigo al endemoniado, Jesús lo manda a predicar entre los paganos, a contar las maravillas de su liberación; y el evangelista nos dice que obedeció al encargo de Jesús, causando admiración entre la gente.

Conrado Bueno

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         El relato evangélico de hoy se desarrolla en un ambiente pagano, en un lugar de excluidos por el judaísmo oficial. Jesús desembarca en este lugar asumiendo las consecuencias legales que puede acarrearle al entrar en contacto con los paganos. Tener algún tipo de contacto con gentiles era señal de impureza y de abandono a los preceptos de la ley.

         Pero frente a toda la tradición de pureza que vivían los judíos de su tiempo, Jesús fue capaz de asumir una posición crítica y de renovación. Su actuar libre y serio frente a las leyes establecidas y su cercanía al pueblo vulnerado, oprimido y excluido, le fueron dando la autoridad necesaria para hacer posible la irrupción del Reinado de Dios en esta historia humana.

         El milagro que realiza Jesús es analizado por la Iglesia primitiva, que llega a una conclusión: Jesús es el enviado de Dios, que entra a liberar al ser humano de las fuerzas negativas que lo dominan.

         El milagro también nos da una lección fundamental: la violencia no es el medio verdadero para superar la opresión. Lo que Jesús y la comunidad de Marcos nos ratifican en este milagro, debe ser asimilado hoy con mucho criterio también: la liberación y la humanización, no deben ser conseguidas con base en la fuerza (como lo quiso hacer el endemoniado), sino a través de procesos que lleven al ser humano a la verdadera humanización (como lo hizo Jesús).

Confederación Internacional Claretiana

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         El endemoniado geraseno, cuya liberación nos relata hoy Marcos, es como un modelo de tantos hermanos y hermanas nuestros, excluidos de la vida social por algún tipo de estigma: enfermedades, condición de pobreza, ignorancia, absoluta miseria, ser de otra raza, ejercer algún oficio humilde, ganarse la vida indignamente, esculcar entre las basuras de nuestras grandes ciudades... Y como el endemoniado de Gerasa, ellos habitan fuera de nuestra sociedad, en la periferia. Y allí los tenemos amarrados nosotros, porque los consideramos peligrosos, capaces de robar o contagiar, molestos por su suciedad o fealdad.

         Pero Jesús ama a esos excluidos, los acoge y los libera, los viste dignamente y los consuela, no maldice su suerte y los hace sentirse amados. Es lo que vemos con los endemoniados, a los que Jesús libera de sus demonios, y envía a éstos acantilado abajo, despeñándolos.

         Cuando los pobres se liberan al recibir la buena noticia de Jesús, las demás personas de la sociedad temen lo ocurrido. Es lo que vemos con los habitantes de Gerasa, que cuando ven al endemoniado libre de sus cadenas, piden a Jesús (y al ex-endemoniado) que se vaya de allí. El relato termina con algo muy aleccionador: en lugar de llevarse consigo al ex-endemoniado, Jesús lo envía a evangelizar a los paganos, a contar las maravillas de su liberación. Y el evangelista dice que el ex-endemoniado obedeció al encargo de Jesús, causando admiración entre la gente.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El relato de hoy de Marcos nos cuenta la curación de un hombre poseído por el demonio, porque también se puede hablar de enfermedad en relación con la posesión diabólica, y del exorcismo como curación. En su relato, el evangelista nos ofrece todo lujo de detalles, como recreándose en la descripción del hábitat en que se produce el exorcismo.

         Se trata de un endemoniado que les sale al encuentro apenas desembarcados en la región de los gerasenos. Vivía en el cementerio, en medio de las tumbas. Se comportaba como un loco peligroso, a quien había que sujetar con cepos y cadenas por su fuerza desenfrenada (superior a las cadenas con las que pretendían controlarlo). Se pasaba los días y las noches gritando e hiriéndose con piedras. Y por supuesto, un personaje así sólo podía infundir temor y lástima, porque su situación era realmente lastimosa.

         Nada más ver a Jesús, el endemoniado lo reconoce, y ante él hace un curioso acto de fe y de adoración, como admitiendo su autoridad. Al tiempo que se postra y le grita: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes.

         Resulta curioso ver al demonio reconociendo en Jesús al Hijo del Altísimo. Así como invocando a Dios, pues quien habla por boca del endemoniado es el mismo demonio que lo posee. En efecto, nada tenía que ver Jesús con el posesor, pero sí con el poseído, que como víctima del diablo era también objeto de la misericordia divina.

         Jesús había iniciado ya interiormente el proceso de liberación de ese hombre injustamente dominado por el espíritu del mal, pues le está ordenando: Espíritu inmundo, sal de ese hombre. Era un mandato de expulsión de un territorio ilegítimamente ocupado por el demonio. Y este decreto constituía un tormento para el que estaba sólida y confortablemente establecido en ese lugar.

         A la pregunta por su identidad, el demonio responde por boca del endemoniado: Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no les expulsara de la comarca.

         Jesús aparece siempre investido de un poder capaz de someter a otros poderes como el de la naturaleza (calma de la tempestad), el de la enfermedad, el de la muerte y hasta el de los mismos demonios. De ahí los ruegos de éstos últimos para no ser expulsados. El exorcista parece acoger parcialmente tales ruegos, pues les permite meterse en los cerdos. No obstante, semejante ocupación no resultó de mucha utilidad, ya que los cerdos se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron.

         Aquel incidente asustó a los porquerizos, y provocó la alarma de los paisanos del lugar. Y le rogaron que se marchase del país, a pesar de ver ahora al poseído sentado, vestido y en su juicio, liberado de la insana posesión que le tenía enajenado.

         El poseído, agradecido por el beneficio con el que había sido agraciado, le pide a Jesús que le admita en su compañía. Pero es rechazado o, para decirlo en términos más suaves, no es admitido. No es admitido porque sólo son admitidos a esta compañía los que han sido llamados, y aquí no caben los intrusos. Y esa llamada depende siempre del que llama a su seguimiento. Es probable que aquel liberado del demonio se sintiera vocacionado a seguir a Jesús, pero esto era una falsa impresión.

         En realidad, Jesús no le llamaba para estar con él y para enviarlo en su momento como apóstol. No obstante, le encomienda otra misión, también apostólica: Vete a tu casa, con los tuyos, y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. Aquel hombre así lo hizo, y su proclamación provocó la admiración de todos los que lo oían. Y ya sabemos que la admiración es la antesala de la fe o de la adhesión.

         Todo cristiano, también liberado del domino del demonio, está en condiciones de anunciar en su casa, entre los suyos, lo que el Señor en su gran misericordia ha hecho con él. Bastará este anuncio hecho con sinceridad para despertar la admiración de muchos y provocar la fe de otros muchos.

 Act: 02/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A