3 de Febrero

Martes IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 febrero 2026

a) 2 Sam 18, 9-32; 19,1-3

         El centro de interés del episodio de hoy no está en la guerra civil suscitada por Absalón contra su propio padre David (que así ocurrió), sino en la generosidad de David para con su hijo rebelde. Lo cual no hace en virtud de ninguna estrategia especial, sino porque le quiere extremadamente, por perverso y mal hijo que sea.

         Y esto por la experiencia de perdón que había experimentado días atrás David por parte de Dios, que no le había retirado su amor a pesar de sus graves pecados. David no retira su amor a Absalón pese al asesinato del primogénito Amnón, y su posterior rebeldía. Y todos oyen cómo David da orden expresa a sus generales (Joab, Abisay e Itay) de que no hagan ningún daño a Absalón (2Sm 18, 5).

         Pero el sanguinario y calculador Joab, que anteriormente había sido amigo y partidario del príncipe Absalón (2Sm 14), cuando éste nombra a Amasá jefe de sus tropas, se pasa a David y se venga matando a Absalón (v.14) y más tarde a Amasá (2Sm 20, 10), repitiendo lo que había pasado cuando David había aceptado a Abner como general suyo, de acuerdo con aquella política de reconciliación que siempre siguiera.

         La angustia de David por su hijo Absalón es dramáticamente descrita. Más que el resultado de la batalla, lo que le interesa es saber si ha salido de ella con bien Absalón. Ajimás, que se había adelantado a llevarle la buena nueva de la victoria, no osa comunicarle que Absalón ha muerto. Un 2º mensajero se lo hace saber, y David hace un gran duelo por ello.

         Mas en el triste espectáculo de su decrepitud, la bondad parece ser lo último que conserva David. Nunca, ni cuando Saúl lo perseguía a muerte, se nos había aparecido tan impotente como ahora, incapaz de castigar el crimen de Joab. Más aún, Joab le obliga a hacer de tripas corazón, a olvidar el dolor de padre y celebrar la victoria de rey, con la amenaza de que si no se muestra ante los soldados para compartir con ellos la alegría del triunfo, todos le abandonarán (2Sm 19, 6-9).

         Tristemente vencedor, David ve volver a él, pidiéndole perdón, a cuantos le habían traicionado, atacado o insultado. A todos perdona, los restablece en sus cargos y bienes. En impresionante contraste con esta amnistía general después de la guerra civil, según 1 Re 2, da David antes de morir unas terribles instrucciones a Salomón, y le encomienda matar a cuantos antes había perdonado.

         En realidad, según los mejores estudios recientes, se trata de una interpolación posterior. La primitiva historia de la sucesión de David dejaba bien claro que Salomón se había afirmado en el trono gracias a una purga implacable de enemigos políticos; un redactor posterior pro-salomónico habría añadido el testamento de David para atribuirle la responsabilidad moral y convertir la crueldad de Salomón en piedad filial y habilidad política.

         Mientras David llora por su hijo muerto, el ejército vencedor no se atreve a celebrar el triunfo y entra en la ciudad "a escondidas, como se esconden abochornados los soldados cuando han huido del combate" (2Sm 19, 4). Como dice Valerio Máximo, "la más vergonzosa de las victorias es la obtenida en una guerra civil".

Hilari Raguer

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         La insurrección de Absalón condujo a la victoria de su padre David. El pasaje de ayer nos mostraba al rey David acosado por su hijo y por sus enemigos, en el momento del duro fracaso. Y hoy escuchamos el momento de la victoria, cuando el rebelde es vencido y David podrá entrar en Jerusalén.

         Meditemos ahora sobre el 1º de esos hechos: el fracaso, porque la debilidad no contrarresta el plan de Dios. Dios puede lograr su fin, incluso sirviéndose de apariencias contrarias. Toda la historia de la salvación es buena prueba de ello.

         Meditemos sobre nuestros propios fracasos, y tratemos de comprenderlos a la luz del misterio de la cruz. Porque "nosotros predicamos un Cristo crucificado (1Cor 1, 22), y porque también Pablo pedía a Dios, como David, ser liberado de sus debilidades: "El Señor me declaró mi gracia te basta, porque su poder se muestra perfecto en la flaqueza" (2Cor 12, 9-10).

         Pero David no se alegró porque su hijo Absalón había muerto. David acaba de ganar una batalla y se ha dominado una insurrección, y esto podría alegrarle. Pero todo ello se esfuma ante el dolor de haber perdido a su hijo. No obstante, los allegados a David sólo ven la eficacia del resultado: que se ha batido al oponente, que se ha destruido al usurpador... y van a anunciarlo al rey como una buena noticia.

         Entonces el rey David se estremeció, subió a la estancia alta y rompió a llorar, diciendo entre sollozos: "Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón. ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!". Dolor punzante, que le hace retirarse a solas a su cuarto, para llorar.

         Se trata de una de las imágenes de Dios. Porque nuestro Padre celestial, aun cuando somos rebeldes y nos oponemos a él, sigue amándonos: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 33, 11).

         Si David ha comprendido el perdón hacia su hijo, es porque él mismo había experimentado el perdón de Dios ante el homicidio de Urías, cuando el profeta Natán había ido a su palacio y le había revelado su falta. El contagio de la misericordia divina había comenzado en el corazón de Dios, y ¡acaso podría David ser menos misericordioso! El propio Jesús también recordará esta ley: "Si no perdonáis vosotros, tampoco Dios os perdonará". ¿A quién tengo que perdonar también?

         En ese estado de cosas, "la victoria se trocó en duelo aquel día, para todo el ejército y el pueblo". Poco a poco, el pueblo de Dios llegará a entender que no necesita de técnicas militares para acabar con sus enemigos: el verdadero combate se da "contra las fuerzas del mal que alienan a la humanidad". Perdonar es siempre una victoria, mucho mayor que vencer en la batalla. ¿Cuál será mi victoria interior?

Noel Quesson

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         De nuevo escuchamos hoy una escena conmovedora: las lágrimas de David por la muerte de su hijo Absalón.

         Con astucia y con habilidad militar, el ejército del rey David ha logrado derrotar al hijo rebelde, y éste muere trágicamente entre los árboles del bosque. Pero lo que podría haber sido una victoria, y el final de una rebelión incómoda, llena de dolor a David, que muestra una vez más un gran corazón. Había dado órdenes de respetar la vida de su hijo, pero su capitán Joab aprovechó para saldar viejas cuentas, y mató al rebelde.

         Al igual que había llorado sinceramente David por la muerte de Saúl (aunque se había portado tan mal con él), ahora David llora por su hijo. No hay fiesta para celebrar esta triste victoria. Y aunque luchaba contra el rebelde, ha seguido queriendo a su hijo y llora por él desconsoladamente: "Hijo mío Absalón, ojalá hubiera muerto yo en vez de ti". El salmo responsorial de hoy pone en labios de David una súplica muy sentida a Dios para que le ayude en este momento de dolor: "Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado".

         El buen corazón de David nos recuerda la inmensidad del amor de Dios, que se nos ha manifestado ya en el AT y de modo más pleno en Cristo Jesús, siempre dispuesto a perdonar. Como David no quería la muerte del hijo, por rebelde que fuera, así Dios nos dice: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva". Y Cristo nos retrata el corazón de Dios describiéndolo como un padre que celebra una gran fiesta por la vuelta del hijo pródigo.

         ¿Tenemos nosotros un corazón así? ¿Sabemos perdonar a los que nos ofenden, o creemos que nos ofenden? ¿Y si nos persiguen? ¿Cuánto tiempo dura el rencor en nuestro corazón?

José Aldazábal

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         Escuchamos hoy cómo muere Absalón, bajo el filo de la espada. Pero ¿era rebelde? Sí, pero mucho más era hijo, y en esa muerte le salvó el amor de su padre David. No importa que el hijo muerto fuera un traidor. Ante todo era un hijo; y un hijo vale más que todos los reinos del mundo. Por eso David llora amargamente su muerte, pues ¿qué importan la victoria de la armas y la consolidación de un  reino si el hijo de las entrañas, el hijo del amor, ha muerto?

         Realmente, David es un signo profético del gran amor que Dios nos tiene, pues cuando aún éramos pecadores y enemigos de Dios, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para el perdón de nuestros pecados. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Dios nos ha amado con un amor eterno; y podrán desaparecer los montes y retirarse los mares, mas el amor que Dios nos tiene permanecerá para siempre.

         Por eso nosotros no podemos perseguir a los pecadores para acabar con ellos; sino que hemos de salir a su encuentro, buscándolos como hizo David con su hijo Absalón.

         Sólo cuando el hombre rechaza frontalmente a Dios, él mismo se condena a sí mismo, pues no aceptó para sí la oferta de salvación que Dios le ofreció. Entonces el Señor podrá decirle, como el rey David: Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, pero tú no quisiste pues te buscaste a ti mismo queriendo conservar tu vida, y finalmente la perdiste. Abramos nuestro corazón al amor de Dios, escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante él nuestro corazón.

Dominicos de Madrid

b) Mc 5, 21-43

         En la 1ª parte del pasaje de hoy (vv.21-24) Jesús regresa del otro lado del lago (tierra extranjera) a su patria. Y el que ayer fue rechazado y expulsado por los gerasenos, hoy es recibido por una muchedumbre. De esta muchedumbre surge un jefe de la sinagoga (Jairo), para suplicar a Jesús que vaya a su casa e imponga las manos sobre su hija enferma. Un jefe de la sinagoga que era el responsable de guardar el orden durante las celebraciones de culto.

         De esta manera, el que era representante de la institución que dudaba y perseguía a Jesús, ahora pone toda su fe en él y reconoce su autoridad al "ponerse a sus pies" (v.22). Le pide que le imponga las manos, que es un gesto común de curación (Mc 6,5; 8,23.25). Y la respuesta afirmativa de Jesús no es con palabras, sino con el gesto inmediato de ponerse en camino. Cuando se trata de un necesitado, Jesús no pierde el tiempo en acudir.

         Entre la multitud que acompaña a Jesús hacia la casa de Jairo, surge una mujer que durante 12 años h a cargado con una enfermedad triplemente grave, por el sufrimiento físico, el empobrecimiento económico y su exclusión religiosa (al no poder participar en el culto, según Lv 15, 25).

         En aquella época era común intentar tocar al taumaturgo para alcanzar un milagro, si por la multitud resultaba imposible pedirlo personalmente. La mujer que había escuchado hablar de Jesús acude a él de este método.

         Al instante, la mujer sintió la curación, y Jesús, también "al instante", sintió que una fuerza salía de él. La mujer ha tocado la fuente de la vida, y de Jesús no brota otra cosa que la vida en plenitud. Sin embargo, a Jesús no le gustan los anónimos, y por eso mira alrededor buscando quien lo ha tocado. Los discípulos no entienden que la relación con Jesús es personal, antes que comunitaria.

         La mujer se acerca con temor y temblor, porque sabe que con su actitud h a hecho impuro al Maestro, y que eso podría acarrearle un castigo severo. De todas maneras se acerca, y le cuenta toda la verdad. Grata coincidencia, porque Jesús también quiere contarle toda la verdad. En 1º lugar que él no es un milagrero, ni su vestido lo que la curó, sino su fe. Y en 2º lugar que la fe es condición fundamental para que se obre la salvación. Lo anterior ratifica que "no es el contacto físico lo que salva, sino el encuentro personal con Jesús, a través de la fe".

         Volvamos al relato de la hija de Jairo, porque el tiempo utilizado por Jesús, para la curación de la mujer, parece que fue el mismo que faltó para llegar hasta la niña. Unos mensajeros llegan para avisarle a Jairo que la niña ha muerto, y "¿para qué importunar al Maestro?".

         Jesús se da cuenta del hecho, y habla con el padre de la niña para decirle, casi suplicante, que basta la fe para realizar el milagro de la vida. Para Jairo es la prueba mayor, porque tener fe cuando la niña está ya muerta, es mucho pedir. Jesús se pone de nuevo en camino, y sólo permite que los acompañen Pedro, Santiago y Juan, los mismos que lo acompañarán en la Transfiguración (Mc 9, 2) y en Getsemaní (Mc 14, 33), dos relatos que anticipan la resurrección.

         Los llantos y el alboroto significan que la liturgia de la muerte ya había comenzado, sólo que no contaban con que el Reino de la vida había llegado. Jesús, alentado por la fe de Jairo ( que lo había seguido), y en contraste con las risas de los presentes ( por la afirmación de Jesús, de que la niña solo estaba dormida), entra a la casa en compañía de la familia.

         El ambiente de familia es el mejor marco para la realización del milagro de la vida. Dos hechos le dan fuerza al milagro: el contacto físico ("la tomó de la mano") y la palabra de Jesús ("a ti te lo digo"). Así como Jesús se había puesto "al instante" en camino para compartir la vida, la niña "al instante" se levanta (resucita) y se pone a caminar, ratificando el regalo de la vida.

         ¿Y por qué la prohibición de que la gente se enterara? Es probable que dentro de la pedagogía de la revelación, el evangelista quisiera distinguir entre la resurrección que da unos pocos años más de vida (reanimación) y la vida eterna. De no ser así, la gente se quedaría con la idea de un Jesús que ha vencido la muerte, pero no en forma definitiva y temporal. Por eso es mejor guardar el secreto hasta después de la resurrección, tal como sucederá en el relato de la transfiguración, donde Jesús aparece como el vencedor definitivo de la muerte.

Bruno Maggioni

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         Cuando leo el pasaje de hoy siempre recuerdo ese cuento del hombre callado que se queda con el dedo en el aire y todo el mundo empieza a mirar el dedo preguntándose qué tendrá de tan extraño y no se da cuenta de que lo que está haciendo el hombre es invitarles a mirar a la luna. Lo bueno es que en el caso del evangelio Jesús no se queda callado y nos explica lo sucedido: "Tu fe te ha salvado". No ha sido el hecho de que me toques, ni tan siquiera ha sido la fuerza que ha salido de mí, sino que "tu fe te ha salvado".

         "No temas, solamente ten fe". Parece que Jesús no nos pide otra cosa: tener fe. Eso sí, a veces nos lo pide en situaciones de desesperación total, de muerte. Es ahí que nosotros necesitamos que él nos grite con fuerza su talitá kum: "Chica, te estoy hablando a ti, levántate". Es decir, no te quedes ahí, no te dejes vencer por la muerte, te hayas metido donde te hayas metido. Porque yo, tu salvador, te estoy llamando a ti, me quiero preocupar por ti, quiero que vivas, que tengas comida para que seas fuerte, que crezcas, que seas fuente de alegría y de estupor para todos.

         Pero cuando Jesús grita su talitá kum, él no está solo, pide compañía, o puede que colaboración. Jesús echa a todo el mundo pero se queda con los padres de la niña y los suyos: Jesús y 2 comunidades de creyentes con una única misión compartida, la de conseguir el milagro de volver a llamar a la vida a una niña. Ojalá escuchemos nosotros también ese fuerte grito Talitá Kum que nos dé la fuerza de levantarnos.

Carlo Gallucci

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         El evangelio de hoy nos presenta 2 milagros de Jesús que nos hablan de la fe de 2 personas bien distintas. Tanto Jairo (uno de los jefes de la sinagoga) como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.

         La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, arranca su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (v.34).

         A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el AT, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: "No temas, solamente ten fe" (v.36). Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija.

         Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible. Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: "Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad" (Mc 9, 24).

Francesc Perarnau

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         Mientras Jesús se dirige hoy a curar la hija de Jairo, en el camino se encuentra con una mujer a quien cura de una penosa enfermedad. Y ésta, con sólo tocar la ropa de Jesús, y por la calidad de su fe, activa en él la fuerza de su poder sanador.

         La enunciación de este milagro, no sólo se limita a la curación física de la mujer enferma, sino que, le hace experimentar una transformación interior. La vuelta a la vida de la hija de Jairo, tal como ocurre, vuelve a ratificar que Jesús no desea sensacionalismos en torno a sus milagros; su misión está encaminada mucho más a hacer cambiar las estructuras mentales y sociales pecaminosas.

         En aquella época, para la sociedad y para el sistema judío, el ser humano enfermo era excluido tanto de la vida pública como de la vida del templo; cuando por desgracia se trataba de una mujer, el asunto era más difícil de solucionar, porque las mujeres eran consideradas impuras en sí mismas, aun sin enfermedad. Al escuchar Jesús las razones que tuvo la mujer para desear ser curada, públicamente la está liberando de las opresiones que la sociedad y la religión le hacían sufrir, y le ofrece la posibilidad de iniciar una vida nueva.

         En la lectura comunitaria debe quedar claro que la posibilidad de acceder a Dios no debe estar supeditada a ningún tipo de condición elaborada por los seres humanos, máxime cuando se hace por unas jerarquías interesadas en mantener su poder y sacar benéficos exclusivos. Lo que hace Jesús con ese milagro a la mujer, es dejar en claro que la mujer nunca más podrá ser excluida o señalada por su sexo ante Dios. Con ello les quita también toda la carga de purificaciones a las cuales debían estar sometidas.

Emiliana Lohr

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         El evangelio de hoy debe sobrecogernos si somos capaces de no perdernos en lo anecdótico. Alrededor de Jesús surge la vida, la muerte es vencida y los sin-esperanza renacen. Jesús aparece ante nosotros como el único médico capaz de dar al ser humano su genuina dignidad, la paz autentica, la vida verdadera.

         Ojalá los cristianos supiéramos de verdad celebrar la vida, es decir, esperar contra toda esperanza que la vida es más fuerte que la muerte. Esta aparece siempre más poderosa, porque la violencia y el caos son su rostro, y el amor ¡parece tan débil! Sobre todo hoy que vivimos en un mundo que al mismo tiempo que exalta y defiende la vida, la juventud, la diversión, el ocio... inventa nuevas formas de muerte.

         Celebremos la vida nueva que surgió de la muerte de Jesús, aquí debemos aprender a leer el misterio de la vida, tan cercano siempre a la muerte. Pues la vida está ligada esencialmente al amor, y ¿en que consiste amar sino en dar la vida libremente hasta la muerte?

         El odio, el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia, la pasividad engendran muerte. Quién lucha contra las formas de muerte, crea y comunica vida. Quién arriesga su vida y corre la carrera que le toca, sin retirarse, cansarse, desanimarse; quien da su vida por amor hace posible la esperanza y la vida de los otros. Sólo el amor crea vida y la devuelve a quien la ha perdido.

Rosa Pérez

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         El evangelio de hoy nos relata la curación de una mujer que había gastado toda su fortuna en médicos sin éxito alguno: solamente alargó la mano y tocó el borde del manto de Jesús, y quedó curada. También nosotros necesitamos cada día el contacto con Cristo, porque es mucha nuestra debilidad y muchas nuestras debilidades. Y al recibirlo en la comunión sacramental se realiza este encuentro con él: un torrente de gracia nos inunda de alegría, nos da la firmeza de seguir adelante, y causa el asombro de los ángeles.

         La amistad creciente con Cristo nos impulsa a desear que llegue el momento de la comunión, para unirnos íntimamente con él. Le buscamos con la diligencia de la mujer enferma del evangelio, con todos los medios a nuestro alcance, especialmente con el empeño por apartar todo pecado venial deliberado y toda falta consciente de amor a Dios.

         El vivo deseo de comulgar, señal de fe y de amor, nos conducirá a realizar muchas comuniones espirituales. Durante el día, en medio del trabajo o de la calle, en cualquier ocupación. Prolongan los frutos de la Comunión eucarística, prepara la siguiente y nos ayuda a desagraviar al Señor. Es posible hacerlo a cualquier hora, porque consiste en una acto de amor. Tanto, que podemos decir: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

         Por nuestra parte, debemos esforzarnos en acercarnos a Cristo con la fe de aquella mujer, con su humildad, con aquellos deseos de querer sanar de los males que nos aquejan. La comunión no es un premio a la virtud, sino alimento para los débiles y necesitados, para nosotros.

Francisco Fernández

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         En la página evangélica de hoy se nos cuentan dos milagros de Jesús intercalados el uno en el otro: cuando va camino de la casa de Jairo a sanar a su hija (que mientras tanto ya ha muerto) cura a la mujer que padece flujos de sangre. Son 2 escenas muy expresivas del poder salvador de Jesús, y que manifiestan que ha llegado el Reino prometido y está ya actuando la fuerza de Dios (que a su vez se encuentra con la fe que tienen estas personas en Jesús).

         El jefe de la sinagoga le pide a Jesús que cure a su hija. Y Jesús, en efecto, la cogió de la mano y la resucitó, ante el asombro de todos. La escena termina con un detalle bien humano: "Y les dijo que dieran de comer a la niña".

         La mujer enferma no se atreve a pedir: se acerca disimuladamente y le toca el borde del manto. Jesús "notó que había salido fuerza de él" y luego dirigió unas palabras amables a la mujer a la que acababa de curar. En las 2 ocasiones Jesús apela a la fe, y no quiere que las curaciones se consideren como algo mágico: "Hija, tu fe te ha curado", "no temas, basta que tengas fe".

         Jesús, el Señor, sigue curando y resucitando. Y como entonces, en tierras de Israel, sigue enfrentándose hoy con 2 realidades importantes: la enfermedad y la muerte. Sobre todo a través de la Iglesia y sus sacramentos. El Catecismo de la Iglesia, inspirándose en esta escena evangélica, presenta los sacramentos "como fuerzas que brotan del cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante":

"El bautismo o la reconciliación, o la unción de enfermos, son fuerzas que emanan para nosotros del Señor resucitado que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su cuerpo que es la Iglesia y las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza" (CIC, 1116).

         Todo dependerá de si tenemos fe. La acción salvadora de Cristo está siempre en acto. Pero no actúa mágica o automáticamente. También a nosotros nos dice: "No temas, basta que tengas fe". Tal vez nos falta esta fe de Jairo o de la mujer enferma para acercarnos a Jesús y pedirle humilde y confiadamente que nos cure.

         Ante las dos realidades que tanto nos preocupan, la Iglesia debe anunciar la respuesta positiva de Cristo. La enfermedad, como experiencia de debilidad. y la muerte, como el gran interrogante, tienen en Cristo, no una solución del enigma, pero sí un sentido profundo. Dios nos tiene destinados a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y sigue en pie la promesa de Jesús, sobre todo para los que celebramos su eucaristía: "El que cree en mí, aunque muera, vivirá; el que me come tiene vida eterna".

         Para la pastoral de los sacramentos puede ser útil recordar el proceso de la buena mujer que se acerca a Jesús. Ella, que por padecer flujos de sangre es considerada impura y está marginada por la sociedad, sólo quiere una cosa: poder tocar el manto de Jesús. ¿Es una actitud en que mezcla su fe con un poco de superstición? Pero Jesús no la rechaza porque esté mal preparada. Convierte el gesto en un encuentro humano y personal, la atiende a pesar de que todos la consideran impura y le concede su curación.

         Los sacerdotes, y también los laicos que actúan como equipos animadores de la vida sacramental de la comunidad cristiana, tendrían que aprender esta actitud de Jesús buen Pastor, que con amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayuda a todos a encontrarse con la salvación de Dios, estén o no al principio bien preparados.

José Aldazábal

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         El 1º milagro que realiza Jesús el presente texto evangélico se pone de manifiesto que el amor misericordioso del Padre es gratuito, e incluso es capaz de incluir a los funcionarios de la sinagoga. Jesús estaba convencido de que la sinagoga era una institución que cobraba la vida de los indefensos, la vida de los sencillos de la historia. En el texto podemos observar cómo un funcionario de la institución religiosa vive en carne propia la injusta realidad de la muerte temprana de su hija, sin poder hacer nada.

         El texto está cargado de una simbología maravillosa que se hace necesario entenderla para poder asumir los contenidos liberadores de dicho milagro. Se trata de una mujer joven, nos dice el texto, que apenas tenía doce años; es decir, era una mujer que apenas empezaba a vivir.

         No es normal que una persona empezando a vivir tenga que morir. Por eso, ella, que simboliza al nuevo Israel que nace, tiene que ser auxiliada por Jesús, para que la vida no sea consumida por las estructuras de muerte. Jesús frente a la muerte de la pequeña, lo da todo, lo empeña todo. Él sabe que solo su mano generosa y su palabra veraz harán posible el milagro de la vida para que el nuevo Israel que ha salido de él, llegue a su plenitud.

         Se trata, como lo dijimos antes, de una niña que tenía 12 años, y que por lo mismo podía ser dada en matrimonio. Ella es figura del nuevo Israel a quien Jesús simbólicamente desposará, pero que vive por su amor y por su cuidado. Es muy importante resaltar en el relato de milagro el papel que desempeña el padre de la niña. Él, un funcionario de la sinagoga, le ruega a Jesús por su hija. La sinagoga reconoce que el amor gratuito de Dios está en otra parte.

         El legalismo, lo contrario a la gratuidad de Dios, había enfermado espiritualmente al pueblo. Jesús le ofrece a todos los que se encuentran dominados por dicha estructura el amor incondicional de su Padre y los incluye en su proyecto de liberación. La comunidad tiene que alimentarse para seguir haciendo historia en medio de la historia. Es la tarea que tiene que asumir la Iglesia a la hora de marcharse Jesús.

Confederación Internacional Claretiana

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         Mientras Jesús se dirige hoy a curar la hija de Jairo, en el camino se encuentra con una mujer a quien cura de una penosa enfermedad; esta, con sólo tocar la ropa de Jesús, y por la calidad de su fe, activa en él la fuerza de su poder sanador. La enunciación de este milagro, no sólo se limita a la curación física de la mujer enferma, sino que, le hace experimentar una transformación interior. La vuelta a la vida de la hija de Jairo, tal como ocurre, vuelve a ratificar que Jesús no desea sensacionalismos en torno a sus milagros; su misión está encaminada mucho más a hacer cambiar las estructuras mentales y sociales pecaminosas.

         En aquella época, para la sociedad y para el sistema judío, el ser humano enfermo era excluido tanto de la vida pública como de la vida del templo; cuando por desgracia se trataba de una mujer, el asunto era más difícil de solucionar, porque las mujeres eran consideradas impuras en sí mismas, aun sin enfermedad. Al escuchar Jesús las razones que tuvo la mujer para desear ser curada, públicamente la está liberando de las opresiones que la sociedad y la religión le hacían sufrir, y le ofrece la posibilidad de iniciar una vida nueva.

         En la lectura comunitaria debe quedar claro que la posibilidad de acceder a Dios no debe estar supeditada a ningún tipo de condición elaborada por los seres humanos, máxime cuando se hace por unas jerarquías interesadas en mantener su poder y sacar benéficos exclusivos. Lo que hace Jesús con ese milagro a la mujer, es dejar en claro que la mujer nunca más podrá ser excluida o señalada por su sexo ante Dios. Con ello les quita también toda la carga de purificaciones a las cuales debían estar sometidas.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El evangelista nos presenta hoy a Jesús a la orilla del lago y rodeado de mucha gente. Entre sus congregantes no había sólo miembros del pueblo llano, sino que en este caso encontramos también a un jefe de sinagoga. Porque necesitados los hay entre los pobres, pero también entre los ricos y altos dignatarios.

         Jairo tenía una hija, una niña de 12 años, que estaba no sólo enferma, sino moribunda, en las últimas. Y así se lo hace saber a Jesús entre sollozos y ruegos insistentes: Mi niña está en las últimas. Ven y pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

         En la petición del padre angustiado no hay exigencias (sólo súplica), pero sí una profunda convicción: Si pones tus manos sobre ella se curará y vivirá. Jairo entiende que las manos del Maestro de Nazaret disponen de una fuerza sanadora inusual.

         Todas las noticias que le llegan a Jairo de Jesús, así como el gentío que le rodea y ansía tocarle, le han llevado a esta conclusión: que Jesús dispone de una medicina que no tienen los médicos, y de un poder de curación que no tiene nadie. Por eso acude a él, confiado en poder obtener su favor.

         Por eso insiste Jairo, sabiendo que sus ruegos serán escuchados. Porque Jesús no sólo es poderoso, sino que también es compasivo. Y la verdad es que no le hizo esperar, pues inmediatamente se fue con él, aunque no sin la gente que continuaba apretujándose en torno a él.

         En semejante situación se le aproxima una mujer también enferma, una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía años (doce años, concreta el evangelista). También ella tiene información de Jesús y de su milagroso poder curativo, y por eso se le acerca sigilosamente entre la gente, con la intención de tocarle y sabiendo que con sólo tocarle el vestido se curaría. Con esta simplicidad piensan los sencillos, y los imperiosamente necesitados. Tal es su estado de desesperación, que se agarran al más mínimo ribete de esperanza. 

         Al alcanzar su objetivo, la hemorroísa siente que ha cesado la fuente de sus hemorragias, y que se siente curada. Y cuando Jesús, en medio de los apretujones, pregunta quién le ha tocado, aquella mujer agraciada se le acerca asustada y temblorosa, como delatada en su atrevimiento y como si hubiera preferido mantener en secreto lo sucedido, y le confiesa todo: su intrépida acción y su oculta intención.

         Jesús no muestra extrañeza ni le echa en cara nada; al contrario, alaba su fe, como si fuera ésta y no él la que le ha curado. En realidad, le había curado él con su poder (pues de él había salido la fuerza curativa), pero no sin la fe que impulsó a aquella mujer hasta las proximidades de su sanador, buscando el contacto milagroso.

         Entre tanto, llega la noticia de que la niña moribunda acaba de fallecer. Llegada la muerte, parece que ya no tiene sentido solicitar la intervención del Maestro que cura a los enfermos (pero que no resucita muertos, de momento). Tu hija se ha muerto, le dicen al jefe de la sinagoga, y ¿para qué molestar más al maestro? Pero Jesús no se arredra ante la noticia de la muerte, y le dice al padre de la niña: No temas; basta que tengas fe.

         El evangelio no refiere cómo encajó aquel padre la noticia de su hija, ni cómo reaccionó a las palabras tranquilizadoras de Jesús. Probablemente el silencio sea el reflejo histórico de lo que realmente sucedió, pues ¿qué podía decir aquel padre destrozado? Sólo le quedaba confiar y esperar. Y las palabras de Jesús invitaban a la esperanza. Todo podía suceder.

         Cuando llegaron a la casa, Jesús se encuentra con el llanto y las lamentaciones de los familiares y amigos, y de manera incomprensible les dice: La niña no está muerta, está dormida. Aquello provocó la burla de todos los que le oyeron. Pero él, refiere el evangelista, los echó fuera a todos, y con el padre, la madre y los acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y la dijo: "Contigo hablo, niña, levántate".

         La niña difunta se puso en pie de inmediato y echó a andar. El impacto tuvo que ser brutal (se quedaron viendo visiones, dice el evangelio), y no era para menos.

         Desde entonces, tuvieron que pensar que a este sanador no se le resistía ni siquiera la muerte, y que su poder era ilimitado. Y por eso no extraña que quisieran proclamarlo rey o caudillo de la nación. Tampoco extraña que la gente se agolpara en su entorno y desease tocarle con verdadera ansiedad. E incluso que por eso mismo Jesús insistiese en mantenerlo oculto. Y es que la magnitud del hecho era tal que no podía quedar en secreto.

         Tanto la curación de la hemorroísa como la reanimación de la hija de Jairo son fenómenos que pusieron de manifiesto el poder de Jesús, un poder envuelto en discreción pero imposible de ocultar, un poder notorio que atrajo las simpatías de la gente y la animadversión de los adversarios (los cuales vieron en él un peligro para su statu quo político-religioso).

         Esto explica la creciente oposición que encontraría la actividad y mensaje de Jesús, por parte de las autoridades rectoras del momento. Y en último término la cruz, aunque ésta tenga una causa ulterior, porque no cabe duda que estos signos de poder alimentaban la fe de sus seguidores.

         La noticia de tales acciones benéficas de Jesús refrendó la fe de sus seguidores, y por eso cada vez habían más personas que acudían a él para ser curadas y que acababan creyendo. Es en lo que consiste la circularidad de la fe, y el signo de credibilidad.

         Ambas cosas se necesitan para que resplandezca el poder del Señor en la conciencia del hombre, y para que el hombre tome conciencia de ese poder que no es sino el poder de Dios: poder creador, poder sanador, poder recreador. No hay diferencia sustancial entre uno y otro.

         Al que lo ha creado todo de la nada, le es posible cualquier transformación en ese todo creado. Lo que hizo Jesús, según todos los relatos evangélicos, fue sólo una muestra de ese poder en el que podemos confiar, puesto que se trata del poder de nuestro Hacedor.

 Act: 03/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A