4 de Febrero

Miércoles IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 febrero 2026

a) 2 Sam 24, 2.9-17

         Hacia el final de su reinado, el rey David se enorgullece ante la obra de unificación que ha llevado a cabo sobre Israel, se siente en la cumbre de su gloria (tras haber partido de cero) y ahora quiere saber el número de sus súbditos, ordenando a sus ministros: "Haced el censo del pueblo, para que yo sepa la cifra de la población".

         Como se ve, David se considera ya un rey ordinario más, y según esa mentalidad organiza un censo poblacional porque confía plenamente en sus propias fuerzas humanas, y deja de apoyarse ya en la providencia de Dios. Y de ahí su pecado.

         También nosotros sentimos a menudo esa necesidad de seguridad, y quisiéramos poder contar con nuestros propios medios humanos. Esto es natural, pero sabemos muy bien que Jesús nos ha lanzado a una aventura dependiente de la voluntad de Dios, pues "el que quiera salvar su vida, la perderá, y el que la pierda por mí la ganará".

         Además, "el Hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza", y "si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo". Todas estas fórmulas son invitaciones a cortar amarras y partir al futuro con una total confianza... en Dios, sin cálculos humanos y sin hacer censos.

         "He cometido un gran pecado", reconoce David, pues efectivamente había hecho cuentas y había querido cuantificar las cosas de Dios. Una vez más, la grandeza de David saber reconocer sus faltas, y ponerse por encima de éstas. Él es pecador, como todos los hombres, pero también lúcido y leal. Concédenos, Señor, esa delicadeza de conciencia, para que sepamos confesar enseguida nuestros errores.

         El profeta Gad propuso entonces a David, en expiación, que eligiera entre 3 castigos posibles ("tres años de hambre, tres años de persecución o tres días de peste"). ¿Qué aspecto de la virtud de la penitencia es más habitual en mi vida: la de veracidad, la de transparencia, la de generosidad?

         En general, las personas nos solemos quedar con la mentalidad más primitiva, la de expiar para compensar el pecado y restablecer la balanza. En el caso de David, lo notable no es lo que él elige, sino el motivo de su elección: la misericordia de Dios. De ahí que delibere: "Estoy en grande angustia. Pero caiga yo... porque es grande la misericordia del Señor".

         Es decir, David implora al Señor para que el castigo recaiga sobre él, y quede a salvo el pueblo. Como él mismo dice: "Fui yo fui quien pequé, y éstos ¿qué mal han hecho?".

         Aquí encontramos ya una de las argumentaciones que ofrecerá San Pablo en su Carta a los Romanos: la generosidad, diciendo que "la falta de uno es causa de la desgracia de todos, así como la obediencia de uno basta para detener la plaga al resto".

         ¿Tengo yo tendencia a salir adelante por mí mismo, reparando mis propias faltas y olvidando la generosidad? ¿Me aparto, quizás, de los males que afligen a mis hermanos, buscando mis equilibrios e integridad? ¿O bien acepto compartir los riesgos?

         David "compró la era de Arauná el Jebuseo, y allí levantó un altar para el sacrificio". Así termina el libro II de Samuel y la historia de David. Dios ha perdonado, David es agradecido, y compra el terreno donde se levantará pronto el Templo de Jerusalén: una era para la trilla del trigo.

Noel Quesson

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         La dramática y aleccionadora historia de la sucesión de David no se acaba con el cap. 20 del libro II de Samuel, sino que continúa con el libro I de Reyes (1Re 1-2). No obstante, al final de Samuel II se interrumpe el hilo de la narración, y se intercalan a forma de apéndice 6 documentos o relatos heterogéneos relativos al reinado de David. Uno de ellos es el del censo de la población, que hoy leemos.

         El lector moderno, acostumbrado al uso de las estadísticas y de las encuestas, tanto en el campo civil como en el religioso, no acaba de ver que este censo pueda constituir un pecado, y que sea castigado tan duramente. Tanto más que, si hay que interpretar al pie de la letra el v. 1 precedente de hoy ("volvió a encolerizarse Dios contra Israel, impulsando a David a que hiciera el censo de Israel y de Judá"), parece que la iniciativa partía del mismo Dios.

         Ya sabemos que es usual en los autores bíblicos poner a Dios como causa 1ª de muchas cosas que ocurren, e incluso de cosas que él no ha querido, o ha prohibido previamente y hasta castigado. En todos estos casos, habría que entender que, como castigo a los humanos, permite Dios que éstos hagan algo malo, o que repercutirá en daño suyo.

         En este caso, emprender el censo implicaba una actitud de orgullo del rey David ante Dios, que para Israel era el único que podía llevar el registro de cuantos habían de nacer o morir. Al menos, ésta es la motivación que se busca para la gran peste que va a afligir al pueblo. La versión paralela y posterior, que relatará el libro I de Crónicas (1Cr 21, 1-5), simplificará las cosas, al reemplazar la sugestión divina por la de Satanás.

         Otra dificultad que surge aquí es: ¿Cómo puede Dios hacer pagar al pueblo un pecado del rey? La respuesta habría que encontrarla en el sentido de solidaridad colectiva de Israel, de todos los miembros del pueblo escogido entre sí y con su caudillo. El pueblo se beneficiaba de la plegaria y de los sacrificios ofrecidos por el rey, y sufría las consecuencias de sus pecados. Y a la inversa, el pueblo oraba por el rey, y la infidelidad colectiva arrastraría a la caída del reino.

         De hecho, recordemos lo que dijo San Pablo de Jesucristo, el nuevo Adán: "Si por la trasgresión de uno solo reinó la muerte, la gracia y la justicia reinarán en todos por obra de uno solo" (Rm 5).

         Los resultados del censo de David (v.9) son evidentemente hinchados, y aún más lo son más en 1 Cr 21. Lo cual nos puede dar pistas sobre el objetivo que se propuso David con tal censo: no tanto conocer el número de sus súbditos, sino como pura publicidad triunfalista. No es ésa la intención que han de tener las estadísticas eclesiales, pues el buen pastor no cuenta vanidosamente las 99 ovejas que tiene en el aprisco, sino angustiadamente la que falta en él. Y sale a buscarla.

Hilari Raguer

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         Así como por el delito de un solo hombre (Adán) la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo (Jesucristo) otorgó una fuente de salvación y de vida para todos los hombres. Es lo que explicará siglos más tarde San Pablo, aludiendo a la falta de un rey David que hoy confiesa: "Fui yo quien pequé, y yo cometí el mal. Así que estas ovejas, ¿qué han hecho?".

         El problema de quien ha sido puesto al frente de su pueblo es que Dios lo ha constituido en cabeza de su pueblo, y por eso no puede considerar su actuar al margen del pueblo que le ha sido confiado.

         David, escogido por Dios para gobernar al pueblo de Israel, debería confiar sólo en Dios y no en la fuerza de los hombres. Y al hacer el censo poblacional, lo que está manifestando es que quiere estar seguro de poder enfrentar por sí mismo alguna contingencia, algún ataque o alguna trama de sus enemigos contra su pueblo.

         Muchos pastores en la Iglesia pueden caer en la misma tentación, al pensar que podrán llevar adelante su tarea a través de los recursos humanos, o planificando bien las cosas a través de un censo de las fuerzas vivas de la Iglesia.

         No está mal avenirse con todos estos recursos, pero hemos de saber que, finalmente, es el evangelio el que santifica y salva, y que el pastor no tiene ninguna fuerza de influencia sobre su pueblo, sino tan sólo Dios. En éste es en quien hemos de poner la confianza, y la suficiente apertura para escucharle y dejarnos guiar.

José A. Martínez

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         Hoy en día resulta difícil entender por qué puede ser considerada una falta grave el realizar el censo de una nación, e incluso nos parece una medida acertada de política social, tan acostumbrados como estamos a las estadísticas y los censos. Pero la Biblia del s. X a.C lo interpreta como un pecado, y lo señala como culpable de una epidemia de peste que asoló al pueblo de Israel.

         El mismo rey David, nada más terminar el censo, tiene que reconocer: "He cometido un grave error". Seguramente porque la medida había sido tomada como un signo de orgullo, o incluso de independencia con respecto a Dios (que era el verdadero rey de Israel), o como excesiva confianza en los medios humanos.

         Ya el profeta Samuel, cuando en principio se oponía a nombrar un rey, anunciaba que la monarquía mal entendida iba a llevar a una negación práctica de Dios. Además, existía el peligro de absolutización y tiranía por parte del rey, o incluso la hipótesis de la jactancia, respecto del número de los guerreros y las riquezas humanas, poniendo así ambos pies en el despotismo y el orgullo.

         David se da cuenta de ello, y por eso pide perdón a Dios, como expresa muy bien el salmo responsorial de hoy. Además, asume toda la culpa, y pide a Dios que le castigue a él y no al pueblo.

         En nuestra vida podemos caer en el pecado de la autosuficiencia, poniendo una excesiva confianza en los medios económicos, estructurales, organizativos o ideológicos. Y si los reyes de Israel tenían que considerarse como representantes de Dios, y poner tan sólo en él su confianza, mucho más nosotros. Ya nos lo dijo Cristo: "Sin mí no podéis hacer nada". Muchos de nuestros desengaños y frustraciones vienen de poner nuestra confianza en los medios humanos, que luego nos fallan estrepitosamente.

         Los problemas técnicos y políticos tienen soluciones técnicas, y un censo bien hecho no es interpretado hoy como desconfianza hacia Dios. Ni tampoco está mal poner los mejores medios al servicio de la evangelización. Pero esto puede llevarnos a una cierta desacralización, cuando lo que se copia no es tanto las técnicas, sino los criterios y la mentalidad mundana.

         Una copia de los criterios humanos sería no contar con el Espíritu de Dios para la misión de la Iglesia, sino con nuestros propios dones y técnicas. Jesús nos enseñó a ir por el mundo sin demasiados cálculos, sin demasiadas túnicas ni dineros de repuesto. Y nos lo enseñó él, que "no tenía dónde reclinar la cabeza". No son las fuerzas humanas las que dan eficacia a nuestro trabajo, sino que es Dios.

José Aldazábal

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         Tres cosas sorprenden a nuestra mentalidad en la 1ª lectura de hoy: la fantasía en el resultado de un censo, a la hora de saber con qué soldados cuenta Israel; el remordimiento que atormenta a la conciencia del rey David, por haberlo hecho; y la elección de uno entre 3 castigos ("tres años de hambre, tres años de persecución o tres días de peste").

         En efecto, ¿acaso podía el rey David no interesarse por conocer a sus servidores? ¿Y acaso hay proporción entre la indelicadeza de hacer un censo y cualquiera de los 3 terribles castigos propuestos? Probablemente, aquí se está tratando de justificar un mal sobrevenido y padecido, recurriendo a que hubo previamente una actitud de rebeldía ante Dios.

         Como esto resulta misterioso y enigmático, prefiramos la claridad del mensaje de Jesús, que nos invita a ser realistas y valientes en la acción. Hagamos un buen desechado de prejuicios (de familia, raza, cultura, ambiente...), los cuales nos privan en excesivas ocasiones de la grandeza de reconocer los valores y dones de los demás. Y sepamos que ni siquiera Jesús estuvo libre de la desconfianza y ceguera de los suyos, cuando presentó su mensaje de salvación a quienes formaban parte de su familia y pueblo.

         ¿No es con frecuencia el mensaje bíblico mejor acogido por los venidos de lejos, o desde la soledad y el desierto, o del mundo desvinculado de las tradiciones y herencias de sangre, que por nuestro vecino y amigo de al lado?

Dominicos de Madrid

b) Mc 6, 1-6

         Por 1ª vez después de la constitución del nuevo Israel (Mc 3, 13-19), Jesús va a reanudar el contacto con el público de las sinagogas de Galilea. En la 1ª ocasión en que tuvo ese contacto la reacción fue favorable (Mc 1, 21-28); en la 2ª intentó liberar al pueblo de la opresión legalista (Mc 3, 1-7). Ahora, cuando ya ha propuesto su alternativa para los oprimidos paganos y judíos, vuelve al ámbito de la sinagoga para exponer esa alternativa a los integrados en ella, esperando que le den su adhesión.

         No se nombra a Nazaret, porque su tierra/patria es el pueblo judío y, en particular, Galilea. Esta sinagoga representa todas las de esa región, donde Jesús ha ejercido su actividad (Mc 1, 39). Cuando llega a "su tierra", sin embargo, nadie acude a él (Mc 2,l; 4,1; 5,20), insinuándose ya el rechazo que va a experimentar.

         Cuando llegó el día de precepto se puso a enseñar en la sinagoga. La mayoría, al oírlo, decían impresionados: "¿De dónde le vienen a éste esas cosas? ¿Qué clase de saber le han comunicado a éste, y qué clase de fuerzas son esas que le salen de las manos?".

         El 1º contacto con la gente lo tiene el día de precepto, en el que todos están obligados a asistir al culto sinagogal. La escena tipifica la actitud hacia Jesús de la mayoría del pueblo practicante, que está identificado con la postura de los letrados (Mc 3, 22).

         Están de nuevo impresionados por su enseñanza, pero no reconocen que su autoridad sea la del Espíritu. Cuando hablan de él, no pronuncian su nombre, y lo designan sólo con pronombres despectivos hacia su persona y actividad (éste, eso). Si ahora no ven que su autoridad provenga de Dios ("¿de dónde le vienen a éste esas cosas?"), se deduce que no puede ser más que del demonio ("es un agente de Belcebú"; Mc 3,22), y por eso dan un sentido peyorativo a su saber (magia) y actividad (no hace prodigios, sino que "le salen de las manos", como instrumento de otro).

         La gente pone como excusa que Jesús es "el carpintero, el hijo de María" y "el hermano de Santiago, José, Judas y Simón", y que "sus hermanas viven aquí con nosotros". Y se escandalizaban de él. Lo llaman "el hijo de María", como si fuese indigno de llamarse hijo de José, y lo equiparan a sus parientes más próximos (sus hermanos, sus hermanas). En definitiva, les resulta intolerable que uno como ellos, sin títulos reconocidos, se erija en maestro y actúe como lo hace. El rechazo de los judíos practicantes es total.

         El cambio de actitud respecto al pasado se debe a que, en el intervalo, el centro de la institución religiosa ha emanado una sentencia contra Jesús (Mc 3, 22.30), y los que una vez habían reconocido en él la autoridad del Espíritu (Mc 1, 22) se han plegado a esta sentencia.

         Los fieles de la sinagoga se han identificado de nuevo con los letrados, sus opresores. La institución religiosa, a la que ellos mismos inicialmente habían negado crédito (Mc 1, 22), ha vuelto a imponerles su autoridad. Se les ha dicho taxativamente que, a pesar de las acciones que realiza, Jesús integra en su comunidad a los impuros y niega validez a las instituciones e ideales de Israel, y por eso no puede ser un enviado de Dios, sino un enemigo suyo (Mc 3, 22). En consecuencia, el que al principio habían visto como un profeta no es ahora más que un impostor, un agente del demonio.

         A todos ellos, Jesús les dijo: "No hay profeta despreciado, excepto en su tierra, entre sus parientes y en su casa". Y no le fue posible fundar allí el reino de Dios, limitándose tan sólo a curar a unos cuantos postrados (aplicándoles las manos).

         Jesús, por su parte, se presenta como profeta, es decir, como inspirado por el Espíritu de Dios, desmintiendo la acusación de magia. Pero la falta de fe impide casi completamente su actividad (curó a unos pocos postrados), y hace que Jesús quede sorprendido "por su falta de fe".

         Desde entonces, Jesús no volverá ya nunca más a Nazaret, ni pisará una sinagoga judía. Respecto a este 2º dato, posiblemente lo hizo por los propios instructores religiosos, que fueron los primeros en ponerle obstáculos. De hecho, tanto tiempo han estado éstos sin criterio propio (infantilismo), que no se fían de sí mismos ni de su experiencia, y se dedican a emitir juicios contrarios sin más, sin ninguna vacilación. Sin embargo, no todo está perdido, y hay mucha gente del pueblo, alejada de la institución religiosa y residente en la periferia, que sigue escuchando su enseñanza.

Juan Mateos

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         A partir de hoy, y durante 3 capítulos más, Marcos nos va a ir presentando cómo reaccionan ante la persona de Jesús diferente tipos de personas. Antes lo habían hecho los fariseos, después el pueblo en general, y ahora los más allegados.

         De nuevo se ve que Jesús no tiene demasiado éxito entre sus familiares y vecinos de Nazaret, pues admiran sus palabras, no dejan de hablar de sus curaciones milagrosas, pero no aciertan a dar el salto, poniendo las excusas de que es carpintero, es "hijo de María" o sus parientes son sus paisanos. Con todo, ¿cómo se puede explicar lo que hace y lo que dice? La respuesta la da el evangelista: "Desconfiaban de él". No llegaron, pues, a dar el paso a la fe, y Jesús "se extrañó de su falta de fe". Tal vez, si hubiera aparecido como un Mesías más guerrero y político, lo hubieran aceptado.

         Se cumple una vez más el dicho de que "vino a los suyos, y los suyos no le recibieron", o como expresa el propio Jesús, "nadie es profeta en su tierra". Ya el anciano Simeón lo había dicho a sus padres: que Jesús iba a ser piedra de escándalo, y señal de contradicción.

         Lo de llamar hermanos a Santiago, José, Judas y Simón (por lo visto, parientes de Jesús, por vía de José) bien pudiera aludir a que eran primos, y de 2 de ellos nos hablará más adelante Marcos (Mc 15, 40).

         Equivalentemente, nosotros somos ahora "los de su casa", los más cercanos al Señor, los que celebramos incluso diariamente su eucaristía y escuchamos su Palabra. ¿Hará Jesús milagros en nosotros, o se extrañará de nuestra falta de fe? ¿No es verdad que otras personas, más alejadas de la fe, nos podrían ganar en generosidad y entrega?

         La familiaridad y rutina son a veces enemigas del aprecio y del amor, y nos pueden impedir reconocer la voz de Dios en los mil pequeños signos cotidianos de su presencia (en las noticias, en la naturaleza, en los compañeros de trabajo...), a veces muy sencillos e insignificantes, pero ricos en dones espirituales y verdaderas profecías de Dios.

         Tal vez podemos defendernos de tales testimonios, como hicieron los vecinos de Nazaret, e incluso poner la excusa de que "éste era carpintero", y seguir tranquilamente nuestro camino. Por esa vía, cualquier explicación nos resultaría válida ("no está en sus cabales", "es un fanático"...). Todo, menos aceptarle a él, y mucho menos su mensaje (porque resulta exigente e incómodo, o sencillamente no entra dentro de su mentalidad). Pues reconocer a Jesucristo como el enviado de Dios, supone aceptar también lo que está predicando sobre el Reino, lleno de novedad y compromiso.

José Aldazábal

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         Jesús regresa hoy a su tierra con sus discípulos, no repara en las leyes judías y se pone a enseñar en la singoga de una manera sorprendente para los concurrentes, quienes no se explicaban de dónde le venía tanta sabiduría y los milagros que realizaba. Él, tan conocido, no era descendiente de sabios ni de sacerdotes, así que todos se mostraban incrédulos ante sus palabras. Sobre todo alguna gente muy cercana a él, como algunos de sus familiares, que parecían ser los más acuciados en la no aceptación de la propuesta del Reino.

         A nosotros nos puede suceder como a los paisanos de Jesús en Nazaret. Él fue a predicar en su sinagoga y no le escucharon, pues no podían creer que "un hijo de vecino" como él, de quien conocían toda la parentela, pudiera tener algo importante que decirles, o ser un enviado de Dios, o hacer milagros en nombre de Dios. El refrán con que Jesús caracteriza la incredulidad de sus paisanos, bien puede aplicársenos a nosotros: "Nadie es profeta en su propia tierra".

         ¿No estaremos acostumbrándonos al evangelio que oímos cada día? ¿No nos pasan de lado las palabras de Jesús invitándonos a la solidaridad, al compromiso con los demás, al perdón, a la confianza en la bondad y en la providencia de Dios? ¿No juzgamos mal a quienes se toman en serio eso de ser cristianos, y nos parece que exageran, que buscan protagonismo, que son imprudentes?

         La escena evangélica que propone hoy Marcos, ante nuestros ojos, no es una simple anécdota del pasado o de la vida de Jesús. Es una advertencia para que estemos siempre atentos a reconocer a Jesús, la novedad de su palabra, su presencia en la comunidad y en aquellos que se afanan por servir a los demás, realizando nuevamente los milagros de la misericordia y de la acogida.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Comentario

         El evangelista sitúa hoy a Jesús en su tierra, concretamente en Nazaret, en compañía de sus discípulos. Llegado el sábado, y según costumbre, Jesús acude a la sinagoga judía y allí enseña como cualquier rabino, a partir de los textos proclamados de las Sagradas Escrituras (en este caso, del AT).

         La multitud congregada, precisa Marcos en sintonía con otros relatos evangélicos como el de Lucas, le oía con asombro y se preguntaba: ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.

         Del asombro inicial pasan, pues, casi sin solución de continuidad, a la desconfianza final. Y todo porque le conocían como el carpintero o como el hijo de María.

         Es este conocimiento previo y pretérito el que les impide aceptarlo en el modo en que ahora se les presentaba, como el portador de una sabiduría asombrosa y como el autor de unas acciones milagrosas. La imagen todavía reciente del Jesús carpintero no les permite asimilar esta otra imagen, más actual, del Jesús maestro y profeta.

         A los nazarenos les parece imposible que ambas imágenes pudieran confluir en la misma persona, y por eso desconfían de lo que ven y de lo que oyen, sobreponiéndose a su inicial asombro y como si éste fuera fruto de una alucinación o un espejismo engañoso.

         Jesús era para sus paisanos alguien demasiado conocido (incluso por su contexto familiar) como para ser reconocido ahora como profeta o portador del mensaje divino. Y la desconfianza provocada por ese conocimiento natural o familiar acabó degenerando en una atmósfera de frialdad, hasta estallar en brotes de ira descontrolada (como nos recuerda el relato de Lucas, cuando alude al hecho de que quisieron despeñarlo por un barranco).

         A ello contribuyeron, sin duda, las palabras del mismo Jesús, echándoles en cara su incredulidad y censurando su actitud: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Se hacía realidad histórica así la sentencia del evangelista Juan: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.

         Es históricamente constatable que Jesús encontró más oposición a su mensaje y actividad mesiánica entre sus paisanos y parientes, pero ¿por qué? No hay otra razón que la del conocimiento parental o de paisanaje, que actuaba como barrera y prejuicio difícil de superar. Sólo esto explica que un profeta sea menos apreciado (o más despreciado) en su tierra o en su casa.

         Y es que hay conocimientos que, sin ser falsos, pueden convertirse en un verdadero obstáculo para sucesivos reconocimientos. Y aceptar a Jesús (el carpintero) como profeta era reconocer la verdad completa del que hasta entonces no se había manifestado en esta condición.

         Aun a sabiendas de esto, y de que no desprecian a un profeta más que en su tierra, Jesús fue a su tierra (quizás para confirmar esta apreciación), y allí se extrañó de su falta de fe Y no pudo hacer allí ningún milagro, exceptuando la curación de algunos enfermos.

         Resulta asombroso el poder fáctico que se concede a la incredulidad. Por falta de fe, Jesús no pudo hacer allí milagros. Y eso que le habían pedido hacer los milagros que había hecho en Cafarnaum y en otros lugares (por lo visto, no desde la fe sino desde la desconfianza).

         La incredulidad tiene el poder de desactivar la beneficencia del mismo Dios. No su capacidad de hacer el bien, que permanece inmutable, sino su concreta activación y ejercicio.

         Pero también aquí se pueden establecer diferencias, pues también hay faltas de fe (como las que Jesús encontró en sus discípulos, también hombres de poca fe) superables y no paralizantes de la actividad benéfica y milagrosa. Dada nuestra fragilidad e ignorancia humanas, a Jesús no puede extrañarle nuestra falta de fe, pero sí esa obstinación farisaica, y casi sobrehumana, a negarnos a reconocerle como al que viene de parte de Dios con un mensaje de salvación, acompañado de efectos saludables.

         Si el Hijo de Dios se ha encarnado es para que el conocimiento humano de Jesús nos ayude a reconocerle como tal Hijo. Pero puede suceder, y de hecho sucede, que tal conocimiento se convierta en un obstáculo para el reconocimiento de su plena realidad (que implica el reconocimiento de su divinidad).

         Sin este supuesto, la biografía de Jesús será siempre una página de nuestra historia no del todo explicada o insuficientemente entendida. Ojalá que el Señor derribe las paredes de nuestras desconfianzas, y nos abra al horizonte inabarcable de la fe.

 Act: 04/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A