2 de Junio
Martes IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 2 junio 2026
a) 2 Ped 3, 12-18
Nos dice hoy el apóstol Pedro en la 1ª lectura que la esperanza es "esperar con impaciencia la venida del día del Señor". Es decir, el día del Señor, la venida del Reino o el fin del mundo, como queramos llamarlo. Sobre todo porque eso es para lo que trabajamos, adelantando ya su advenimiento entre los hombres.
¡Si fuera verdad que los cristianos viviésemos así en la esperanza! Aunque a menudo, por desgracia, no esperamos nada, y por eso nos desanimamos. Pero hay que saberlo: no trabajamos para el presente, sino para algo futuro.
Ese día, nos sigue diciendo el apóstol, "los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos abrasados se disgregarán". Las palabras nos evocan una destrucción completa, y sugieren que no se pasa de este mundo al otro en una continuidad total. Es decir, que el mundo de Dios no será tan solo una prolongación del mundo actual, ni la eternidad una simple continuidad indefinida del tiempo, ni la futura humanidad una extensión de la humanidad presente. ¡Hay una ruptura!
Cuando se pase del "día de los hombres" al "día de Dios", nos viene a decir Pedro, sucederá algo así como si una ciudad antigua fuese destruida con el fuego para construir otra nueva encima suya.
No obstante, no nos escandalicemos con estas palabras, aparentemente pesimistas, porque no se trata más que imágenes que no han de ser tomadas en sentido material. Dejémonos captar, por el contrario, por la esperanza extraordinaria a la que está interpelando, porque pronto sucederá ese advenimiento radical del mundo de Dios, mundo de la justicia y de la belleza, del amor y de la santidad... tras la total destrucción de la injusticia, la fealdad, el egoísmo y la mediocridad.
Ésa es nuestra esperanza, según explica Pedro, y "lo que esperamos, según la promesa del Señor: unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia". Como se ve, no hay aquí ningún pesimismo, sino una espera alegre y dinámica, capaz de suscitar el entusiasmo y de dar un sentido a todas nuestras actividades.
Los cristianos, lejos de ser unos resignados más, deberíamos encontrarnos entre los primeros en hacer crecer en la tierra esa justicia, que estallará triunfante en el mundo nuevo prometido por Dios. ¿Y por qué? Porqude Dios es una fuerza viva de novedad y renovación.
Lo mejor no está a nuestra espalda, sino delante de nosotros. Lo mejor no está en el pasado, sino en el porvenir. Los cielos y la tierra son ya muy hermosos, pero de momento no son más que un pálido bosquejo de la maravilla que serán "los cielos nuevos y la tierra nueva".
En la espera de ese día, nos dice el apóstol Pedro, los cristianos hemos de "esforzarnos en ser hallados en paz ante el Señor, sin mancilla, sin tacha e irreprochables". Es decir, que no se trata de una espera pasiva, sino de un "esforzaos para". Cristo espera algo de nosotros, y ese algo es la nitidez. Una vida nítida y sin mancilla, un objeto limpio, un trabajo limpio y lo más perfecto posible, sin mancha ni arruga.
Ayúdanos, Señor, a poner en todas las cosas ese acabado perfecto que esperas de nosotros. Progresemos en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria, ahora y hasta el día de la eternidad.
Noel Quesson
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Acabamos hoy esta breve selección de la carta de Pedro. Y lo hacemos con una mirada hacia delante: el cristiano vive en una tensión hacia el futuro. La venida del Señor -sea próxima o lejana- ilumina y da sabiduría a nuestro camino.
El lenguaje es apocalíptico ("cielos consumidos por el fuego y derretidos los elementos"), pero no pesimista, sino al contrario, optimista: "Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva".
Eso sí, debemos estar preparados, de modo que "os encuentre en paz con él e irreprochables" y "no os arrastre el error y perdáis pie", "creciendo en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo".
Nos hace sabios mirar al futuro. Como le conviene al viajero recordar de cuando en cuando el destino de su billete. Como le anima al sembrador la esperanza de la cosecha. Como le estimula al estudiante pensar en el examen final. Como le motiva al deportista la meta final de la carrera.
A los cristianos, tanto ayer como hoy, Pedro nos invita a crecer, a seguir adelante con esmero, que "no nos arrastre el error" que nos amenaza continuamente a nuestro alrededor. Que no perdamos pie en las trampas de este mundo. La vida cristiana está llena de alegría y a la vez de estímulo y exigencia.
La Eucaristía que celebramos es alimento, luz y fuerza para el camino, "mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo". Con la mirada puesta en la Pascua de Jesús, hace dos mil años, y a la vez en su manifestación final definitiva. Celebrando mientras tanto, con densidad, el hoy de cada día, en el que sentimos su presencia y su fuerza.
José Aldazábal
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La primera lectura tomada de la segunda carta de Pedro refleja las expectativas escatológicas de la primera comunidad cristiana. La expresión "cielos nuevos y tierra nueva" designa la renovación total del universo al final de la historia. Esta esperanza cristiana no es alienante, sino que se convierte en la fuerza más estimulante para que los creyentes asuman su responsabilidad histórica.
Experimentando en lo más profundo de su ser el consuelo de Dios en medio de las luchas de cada día, el cristiano vive orientado radicalmente hacia el bien, anuncia la palabra de Dios con valentía, supera el temor a las fuerzas hostiles al evangelio incluso en los momentos de más dura persecución y se mantiene fiel en el seguimiento de Cristo esperando con firmeza su manifestación gloriosa.
Con razón el autor de la segunda carta de Pedro exhorta a sus lectores: "Por tanto, queridos, esforzaos con esa esperanza por mostraros en paz, sin mancha ni tacha" (v.15).
José A. Martínez
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Dios es el Creador de todo, y a pesar de las insidias del mal y de nuestra propia concupiscencia (que muchas veces nos ha alejado del amor a Dios y al prójimo), Dios jamás ha dejado de amarnos. Él ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva, pues por medio de la entrega de su propio Hijo nos ha concedido el perdón de nuestros pecados y nos ha concedido participar de su misma vida; y ha infundido en nosotros su Espíritu Santo.
Así no sólo ha restaurado en nosotros la imagen y semejanza de Dios, que había deteriorado el pecado, sino que nos ha sellado con su Espíritu para que seamos en el mundo y su historia, un signo vivo de su presencia salvadora para toda la humanidad.
Que Dios nos conceda crecer en su gracia y en su conocimiento para que, permaneciendo fieles al Señor, podamos santificar su Nombre constantemente y algún día participemos de su gloria eternamente.
Javier Soteras
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"Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos". ¡Vaya manera de comenzar una carta! San Pedro no se anda con chiquitas. Para algunos podría sonar a cierta amenaza, o género apocalíptico, tal y como la emprende el vicario de Cristo en su segunda carta.
Con lenguaje de nuestros días, podríamos asegurar que la experiencia de Cristo en medio de sus discípulos fue muy fuerte. No se trataba de la continuidad de algo a lo que estaban acostumbrados (la ley, el templo, los sacerdotes...), sino que la ruptura con todo lo anterior fue radical. El mismo Jesús había dicho que él venía a renovar todas las cosas. Y la ascensión de la que tantos habían sido testigos, no fue el final de nada, sino el comienzo de todo.
"Mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables". No hay desperdicio alguno en esta carta. Cristo anunció su segunda venida, ya definitiva, y todos la esperan como "agua de mayo".
San Pedro apela a esa predisposición, necesaria por nuestra parte, para poder completar en nuestra carne la pasión y resurrección de Jesús. Si hemos sido incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, no se trata de vivir entre nubes, sino de construir a golpe de rectitud de intención nuestra vida con él.
"Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación". Esperar al Hijo de Dios no es cuestión de sentarse en la parada del autobús, y mirar de vez en cuando el reloj porque hoy viene con retraso. La paciencia a la que alude el apóstol es la que tiene como alimento la virtud teologal de la esperanza. "Saber esperar", expresión empleada por santos de nuestro tiempo, es reconocer que todas nuestras expectativas están fijadas en una persona: Jesucristo.
Por eso, ninguno de nuestros actos caerán en saco roto, sino que se prolongan hasta alcanzar el deseo de Dios: nuestra salvación. Una consecuencia de tal espera es nuestra perseverancia: "Estad en guardia para que no os arrastre el error de esos hombres sin principios, y perdáis pie". ¡Bendita tensión sobrenatural!
Diócesis de Madrid
b) Mc 12, 13-17
Los dirigentes judíos se sirven hoy de un grupo compuesto por fariseos ("observantes de la ley") y partidarios de Herodes ("representantes de la ley"). Llevan el encargo de proponer a Jesús una pregunta que, responda lo que responda, lo pondrá en una situación difícil. Los fariseos son anti-romanos;, y los herodianos son aliados de los romanos. Y en su pretensión de acabar con Jesús (Mc 3, 6), ahora simulan un desacuerdo.
Para preparar el terreno, empiezan adulando a Jesús. No sólo lo llaman respetuosamente Maestro, sino que alaban su independencia y sinceridad, que expone fielmente el camino de Dios sin dejarse intimidar por la posición social de las personas ("tú no miras lo que la gente sea"). Pretenden que un maestro tan insigne y tan valiente les dé una respuesta inequívoca que dirima el desacuerdo entre ambos grupos.
Le proponen entonces la pregunta comprometedora, presentada como un deseo de fidelidad a la ley divina. Le proponen 1º la cuestión de si es legítimo el pago del tributo ("¿está permitido?"), y luego si dicho problema es aceptable a nivel de conciencia ("¿pagamos o no pagamos?"), en cuya solución no están de acuerdo y cuya respuesta va a enemistarlo con alguna de las partes, sí o sí.
La cuestión es delicada porque Jesús pone siempre sobre la mesa el 1º mandamiento de la ley ("el Señor nuestro Dios es el único Señor"; Dt 6, 4), y los fariseos saben que pagar el tributo significaría reconocer al césar como Señor. De ahí que, subyacentemente, exista una 3ª e implícita: ¿somos infieles a Dios si pagamos ese tributo?
Pagar el tributo implicaba, al mismo tiempo, la renuncia a la propia independencia y libertad nacional. De hecho, ya cuando Roma nombró al 1º gobernador en Judea, e impuso el tributo, se originó la rebelión armada de Judas Galileo (ca. 6 d.C), en nombre de la fidelidad a Dios.
Si Jesús diera una respuesta afirmativa (acatamiento al césar, posición de los herodianos) se acarrearía el descrédito ante el pueblo, contrario al régimen romano. Y si la respuesta fuera negativa (declaración de rebeldía, posición farisea y zelota) sería detenido por la autoridad romana. De un modo o de otro, estaría acabado.
Pero Jesús conoce esa hipocresía, y sabe que unos (los fariseos) están aparentando fidelidad a Dios cuando no la llevan a cabo en sus vidas, y que los otros (los dirigentes) envían a sus emisarios para no dar la cara ante el pueblo (al que están explotando; Mc 11,17). Además, ninguno de ambos grupos ha hecho caso al mensaje de Juan Bautista (Mc 11, 30-33). Por eso, Jesús manifiesta que ambos grupos están aprovechándose del pueblo ("¿por qué también a mí me tentáis?"; Mc 1,13).
Juan Mateos
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En 2º lugar, Jesús les pide una moneda. Como la moneda del tributo era la acuñada por el emperador pagano, no la llevan consigo, tienen que ir a buscarla a un cambista. Jesús la examina y les pregunta; ellos tienen que admitir que tanto la efigie como la leyenda indican que la moneda pertenece al césar: el dominio político está basado en la dependencia económica; aceptar el dinero del césar significa reconocer su soberanía.
En cuanto a la respuesta de Jesús, ellos le han hablado de pagar (v.14), como si ese dinero fuese suyo. Jesús los corrige y habla de devolver, indicándoles que ese dinero no es suyo sino del césar: "Lo que es del césar, devolvédselo al césar". Pues ambos grupos, bajo pretexto de fidelidad (a Dios, o al cesar) dicen querer rechazar lo injusto, pero se quedan con su dinero. Y mientras usen ese dinero, les viene a decir Jesús, estarán simultáneamente dando culto a Dios y al césar, de forma hipócrita. Sólo renunciando a ese dinero, pues, dejarán de reconocer al césar como señor (en el caso fariseo) u oprimir al pueblo (en el caso herodiano).
En cuanto a la fidelidad a Dios que decían preocuparles, si quieren serle fieles de verdad tienen que devolverle al pueblo lo que le han quitado, al césar lo que le han quitado, y a Dios lo que le han quitado. Y renunciar a los cargos fraudulentos que siguen ejerciendo, en beneficio propio (Mc 11, 17).
El objetivo de los dirigentes es su propio lucro: pretenden rebelarse contra el dominio del césar despojándolo de su dinero, como se han rebelado contra Dios despojándolo de su pueblo (Mc 12, 2). Se aprovechan del césar, protestando de su dominio, y roban a Dios, alardeando de fidelidad a él.
Sorpresa ante la respuesta. Jesús ha renovado la denuncia de infidelidad a Dios que había hecho con la parábola, y es ilusorio todo intento de emanciparse del césar si no hacen caso a Dios. Al fin y al cabo, lo que hacen los romanos con la nación judía no es diferente de lo que hacen ellos, los dirigentes judíos, con el pueblo. Pero por su amor al dinero siguen siendo infieles a Dios y siguen sometidos al césar.
Juan Mateos
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El pasaje de hoy pertenece al relato de las tentaciones a que los escribas, fariseos y saduceos someten a Jesús. Los partidarios de Herodes lanzan el 1º ataque, muy atentos a denunciar cualquier alusión hiriente al césar. Creen, efectivamente, que Cristo pronunciará pronto alguna palabra en ese sentido, puesto que su pretensión de ser el Mesías no podrá tardar mucho en enfrentarse con el emperador.
La pregunta es clásica en el mundo de los sabios encargados de interpretar la ley: "¿Está permitido?". Porque pagar impuestos estaba considerado por los judíos como una obligación religiosa, pero no al césar (romano) sino a Dios (y pueblo judío).
Cristo responde con un argumento ad hominem: vosotros aceptáis la autoridad y los favores del imperio romano; aceptad también sus prescripciones y someteos a sus exigencias. No se pronuncia, pues, respecto a la legitimidad del poder; se limita a hacer constancia de que es aceptado y que, como tal, exige obediencia. Al actuar así, Jesús desacraliza el concepto de impuesto, que no es ya, como lo era para los judíos, un acto religioso en beneficio del templo y un reconocimiento de la teocracia, sino un acto profano regulado por el bien común.
De esta forma quedan los inquisidores reducidos a su sitio y al mismo tiempo confirmados en su celo pro-romano. Por eso añade Cristo un inciso: "Y dad a Dios lo que es de Dios". Es decir: actuad de forma que vuestra obediencia cívica no esté en contradicción con vuestros deberes para con Dios.
De donde se sigue una doble lección: la autoridad civil tiene derecho a la obediencia, sobre todo la de quienes se benefician de las ventajas que representa (Rom 13,1-8; Tit 3,1-3; 1Pe 2,13-3,17), pero esa obediencia no puede contradecir una obediencia superior: la que se debe a Dios.
La distinción que el evangelio establece entre lo que es del césar y lo que es de Dios no implica una contradicción intrínseca. Realmente es algo que cae fuera de toda duda. El Reino de Dios no margina a los reinos terrestres asumidos por Dios en Jesucristo.
Querer dar a Dios lo que le es debido supone necesariamente también que se dé al césar lo que le pertenece. El reino de Dios no es de este mundo en el sentido de que no es uno más entre los reinos terrestres; pero está en el mundo, en el sentido de que es extensible a todos los reinos de acá abajo. No se podrá, por tanto, ser auténticamente cristiano al margen de las realidades de este mundo, y todo intento de marginación desemboca al final en un estilo de vida que es también marginal al verdadero Dios.
La Iglesia no tiene, pues, por qué reclamar un lugar a ella reservado, un lugar en donde establecerse, puesto que es el signo visible del mundo reconciliado con Dios. No puede tampoco aspirar a ejercer su imperio sobre el mundo profano y secularizado; porque no es precisamente transformando el mundo en cristiandad, sino enviándole sus miembros sin orden preestablecido como representará para él su salvación final en Jesucristo.
Maertens-Frisque
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Los adversarios de Jesús tratan hoy de encerrarle en un dilema: "¿Es lícito o no pagar el impuesto al césar?". Trampa grosera, cuando es bien sabido que aquel impuesto estaba considerado como el signo de la sujeción a Roma. Los zelotes prohibían a sus seguidores pagarlo, mientras que los fariseos (opuestos a ello en principio) se acomodaban a la práctica, y los herodianos adulaban al poder establecido. Por lo tanto, cualquiera que sea la respuesta que dé Jesús, se meterá en dificultades; sus enemigos tendrán así un buen pretexto, sea para desacreditarle ante la población o para acusarle de rebelión contra el ocupante.
Con su respuesta, Jesús no pone a Dios y al césar en el mismo plano y mucho menos considera como independientes ambas realidades. Afirma la primacía de Dios (y por consiguiente la libertad de conciencia), pero la primacía de Dios y la libertad de conciencia no privan al estado de sus derechos.
La frase de Jesús ("dad al césar lo que es del césar") se puede acentuar de diversas formas. En un contexto religioso, en donde la afirmación de la primacía de Dios corre el riesgo de privar a la sociedad de su autonomía, el acento recae en "dad al césar lo que es del césar". Pero en una sociedad en donde la intromisión del estado se convierte en idolatría pública, el acento caerá en "dad a Dios lo que es de Dios", afirmando de este modo la libertad de conciencia y la repulsa decidida de todo tipo de idolatría política.
¡A pillo, pillo y medio! Jesús empieza pidiendo a sus impugnadores que le muestren un denario con la efigie del emperador, prueba de que ellos mismos utilizan esa moneda y de que, por lo tanto, aceptan beneficiarse de cierto orden político. A continuación, les pregunta acerca de la efigie y la inscripción que lleva la moneda: "¿De quién es esta cara y esta inscripción?".
Replanteada en el contexto del hombre, creado a imagen de Dios, la pregunta no tiene nada de anodina. En efecto, aquí se oponen dos poderes: el religioso y el civil. ¿De quién es imagen el hombre, en último término? De Dios. El poder político no es más que una realidad humana; como tal, sólo tiene un valor relativo. La obediencia a Dios, por el contrario, es absoluta. A él le pertenece la vida entera, y el mismo Jesús lo manifestó en la cruz.
Bruno Maggioni
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Los fanatismos, las intransigencias y la violencia de todo género, llevan en el fondo una raíz: absolutizar lo que es contingente y relativo. Incluso a nivel religioso. De ahí que sea necesario decir: al césar sí y a Dios también.
Pero metámonos en la escena del evangelio de hoy. Porque frente a Jesús, hipócritamente halagado por los herodianos y fariseos (nacionalistas y colaboracionistas) salta la pregunta trampa: ¿Dios o el césar? Cualquier respuesta llevaba la sentencia de muerte. Pagar el tributo era algo sacrílego, y significaba apoyar al régimen romano de ocupación. Pero no pagarlo suponía atentar contra la autoridad.
Y Jesús acepta el reto. No va directamente al trapo (como aquella vez que le preguntan: ¿Serán muchos los que se salven?), pero sí se eleva sobre las mezquindades que absorbían a aquellos hombres. Y les viene a decir que lo importante no es dar al césar, sino dar a Dios. Porque el césar (tan finito, y por lo visto odiado o utilizado) no tiene la categoría de ser el contrincante de Dios, y también el césar está referido al dominio absoluto de Dios. Aun pagado el tributo, queda clara la primacía de Dios y su 1º mandamiento: amarás al Señor y a él solo servirás.
Conrado Bueno
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Nos maravillamos hoy de nuevo con el ingenio y sabiduría de Cristo, que con una magistral respuesta señala directamente la justa autonomía de las realidades terrenas: "Devolved al césar lo que es del césar" (Mc 12, 17).
Y es que Jesús no responde nunca para salir de apuros, sino para apuntar a cuestiones de permanente actualidad: ¿qué le estoy dando a Dios? ¿Es realmente lo más importante en mi vida? ¿Dónde he puesto el corazón? Porque "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12, 34).
Ya decía San Jerónimo que "hay que devolver forzosamente al césar la moneda que él mismo acuñó", pero también que "podemos dar con gusto todo nuestro ser a Dios". Y aludía al por qué: "Porque lo que está impreso en nosotros es la imagen de Dios, mientras que la imagen del césar sólo está impresa en trozos de cobre".
A lo largo de su vida, Jesucristo plantea constantemente la cuestión de la elección. Somos nosotros los que estamos llamados a elegir, y las opciones son claras: vivir desde los valores de este mundo, o vivir desde los valores del evangelio. Siempre es tiempo de elección, para volver a resituar nuestra vida en la dinámica de Dios. Será la oración, y también la Palabra de Dios, la que nos vaya descubriendo lo que Dios quiere de nosotros. El que sabe elegir a Dios se convierte en morada de Dios, pues "si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23).
Es la oración, pues, la que se convierte en la auténtica escuela donde, como afirma Tertuliano, "Cristo nos va enseñando cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, y cual la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio". Sepamos, por tanto, elegir lo que nos conviene.
Manuel Sánchez
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Una comisión de fariseos y partidarios de Herodes viene a Jesús, no para saber, sino para tenderle una trampa: "Sabemos que enseñas el camino de Dios con sinceridad". Y ya sabemos la pregunta, sobre el pago de impuestos al césar.
El asunto de los impuestos pagados a Roma era espinoso para los judíos, porque venían a ser como el símbolo y el recordatorio de la potencia ocupante. De ahí que si Jesús decía que había que pagarlos, se enemistaba con el pueblo; y si decía que no, podía ser acusado de subversión.
Jesús respondió saliendo, con elegancia, por la tangente. A veces, ante preguntas de economía o política, o cuando veía que la pregunta no era sincera, prefería no contestar o lo hacía a su vez con otras preguntas. Aquí ni afirma ni niega lo de los tributos, sino que les da una lección sobre la relación entre lo político y lo religioso: "Dad al césar lo del césar, y a Dios lo de Dios".
Es bueno distinguir los planos. Los judíos tenían la tendencia a confundir lo político con lo religioso, ya desde los inicios de su etapa monárquica (s. X a.C), y estaban bastante confusos en estos asuntos. De hecho, la espera mesiánica (de la que Pedro y los otros discípulos son buenos ejemplares) identificaba junto a la salvación espiritual una salvación política, cosa que una y otra vez Jesús tuvo que corregir, llevándoles a la concepción mesiánica que él tenía.
El césar es autónomo, y Cristo solía pagar a su tiempo el tributo, por sí y por Pedro (la Iglesia). La efigie del emperador romano en la moneda (en su tiempo, Tiberio) lo recuerda. Pero Dios es el que nos ofrece los valores fundamentales y absolutos. Las personas hemos sido creadas "a imagen de Dios", y para nosotros la efigie de Dios es más importante que la del emperador. Jesús no niega lo humano ("dad al césar") pero lo relativiza ("dad a Dios").
Las cosas humanas tienen su esfera, su legitimidad. Los problemas técnicos piden soluciones técnicas. Pero las cosas de Dios tienen también su esfera y es prioritaria. No es bueno identificar los 2 niveles. Aunque tampoco haya que contraponerlos. No es bueno ni servirse de lo religioso para los intereses políticos, ni de lo político para los religiosos. No se trata de sacralizarlo todo en aras de la fe. Pero tampoco de olvidar los valores éticos y cristianos en aras de un supuesto progreso ajeno al plan de Dios.
También nosotros podríamos caer en la trampa de la moneda, dando insensiblemente, contagiados por el mundo, más importancia de la debida a lo referente al bienestar material, por encima del espiritual. Un cristiano es, por una parte, ciudadano pleno, comprometido en los varios niveles de la vida (económica, profesional y política). Pero es también un creyente, y en su escala de valores (sobre todo en casos de conflicto) da preeminencia a "las cosas de Dios".
El magisterio social de la Iglesia, antes y después de la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, nos ha ayudado en gran manera a relacionar equilibradamente estos dos niveles, el del césar y el de Dios, de modo que el cristiano pueda realizar en sí mismo una síntesis madura entre ambos.
José Aldazábal
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Escuchamos hoy la 2ª ocasión en que los fariseos y herodianos actúan de mutuo acuerdo para tentar a Jesús. Se trata de una extraña pareja, pues los primeros no aceptan el dominio de Roma sobre Israel (convencidos de que Dios es el único rey del pueblo) y los segundos son partidarios del poder romano sobre Israel (colaborando en que el pueblo no tenga por rey a Dios, sino al césar).
Entre ambos formulan una doble pregunta difícil de responder, tratándose de dos grupos tan opuestos: "¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?" La 1ª pregunta es teórica, y la 2ª es práctica. Pagar el tributo significa reconocer como Señor al césar (y no a Dios), además de aceptar la pérdida de la soberanía nacional como hecho consolidado.
Si Jesús responde afirmativamente, se pone en contra del pueblo (que veía con malos ojos la dominación romana), y si responde negativamente será detenido y preso por las autoridades romanas (como subversivo del orden establecido). No parece haber salida.
Por eso Jesús buscará una 3ª vía. Y para ello pide una moneda y se pone a observarla, deteniéndose en la efigie del césar. Tras lo cual, responde: "Lo que es del césar devolvédselo al césar, y lo que es de Dios, dádselo a Dios". Y los dejó asombrados.
Jesús no acepta la coexistencia de 2 poderes autónomos e independientes (el césar y Dios) que se repartan el mundo a partes iguales, sino uno sólo con una sola finalidad: dar y no quitar. Por eso Jesús responde con una doble orden. En 1º lugar, devolviendo el dinero (lo que es del césar) al mundo (no aceptando su señorío). Y en 2º lugar, dando a Dios (lo que sea, menos el dinero) lo que es de Dios (sí aceptando su señorío).
Los fariseos deben renunciar a beneficiarse del dinero del césar y a explotar al pueblo y a aprovecharse de él, como lo hacían hasta en el recinto más sagrado, en el templo, donde incluso el perdón de Dios se conseguía con dinero (haciendo comprar incluso a la gente pobre animales, previo cambio de la moneda del césar por la del templo, para ofrecerlos como víctimas expiatorias a Dios, beneficiándose en estas transacciones comerciales las autoridades religiosas.
La respuesta de Jesús deja desarmados a los dos grupos. Sorprendente y radical maestro que muestra que la dominación que ejercen los romanos con el pueblo judío, lo hacen también a su manera los dirigentes religiosos de este pueblo. Y Dios no está por la opresión, sino por la liberación del pueblo.
Confederación Internacional Claretiana
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En el evangelio de hoy los fariseos y los herodianos se acercan a Jesús, con la intención de hacerle una pregunta y ponerlo a prueba. Le ponen sobre la mesa la obligación de pagar el tributo a Roma (la potencia imperial a la que estaba sometida Israel), y con 2 astutas preguntas ("¿es lícito pagar tributo al césar?", "¿pagamos o no pagamos?") intentan que Jesús caiga en la trampa, ya sea criticando la autoridad del césar o ya sea aceptando el chantaje romano.
En el 1º caso, si Jesús hubiera criticado el tributo al emperador, se habría enfrentado directamente al imperio a través de una postura política claramente anti-romana, dando la razón al Partido Zelote (instigador de la objeción fiscal y de la revolución armada). En el 2º caso, si Jesús hubiera aceptado el pago de los impuestos al Imperio, estaría aceptando la autoridad divina del emperador a través de una posición política filo-romana (en abierta contraposición con la religión de Israel, y la forma de pensar de la gran mayoría de los judíos de su tiempo).
Jesús se sitúa a otro nivel. No sólo rechaza la alternativa césar o Dios, sino que hace referencia a la coherencia y al compromiso de la relación del ser humano con Dios: "Dad al césar lo que es del césar y dad a Dios lo que es de Dios" (Mc 12, 17). Jesús respeta la autonomía del poder político, pero al mismo tiempo afirma implícitamente que las estructuras políticas (representadas en este caso por el emperador romano) no pueden nunca ser divinizadas. Sólo Dios es Dios.
Jesús acompaña sus palabras con un gesto al estilo de los antiguos profetas. Toma una moneda, en la cual estaba la imagen del emperador romano y pregunta: "¿De quién es esta imagen y la inscripción?" (v.16). Cuando le responden que en la moneda está la imagen del emperador, les invita a dar al emperador lo suyo y a Dios lo que sólo a él le corresponde (v.17).
La imagen de césar en la moneda constituía para un hebreo piadoso un verdadero pecado idolátrico, ya que se violaba con ello la afirmación del primer mandamiento que prohibía las imágenes (Ex 20, 4). El gesto de Jesús es claro: la moneda, marcada con la imagen del césar, debe darse al emperador; el ser humano creado a imagen de Dios (Gn 1,26), en cambio, debe entregarse radicalmente sólo a Dios su Creador.
La salida de Jesús es genial. Reconoce la autonomía del estado, pero al mismo tiempo proclama su límite: el ser humano pertenece solamente a Dios. Jesús reconoce al poder civil su legítima autonomía, rechazando cualquier sueño teocrático. Dios no es ni una alternativa al césar, ni su rival. Dios está en otro plano muy diverso del emperador romano. Dios es el Señor de la historia y el Señor de todo ser humano, creado a imagen suya.
Al mismo tiempo Jesús enseña que ningún césar de este mundo podrá constituirse Dios y señor del ser humano, por mucho que la tiranía de los distintos césares pretendan usurpar la soberanía de los seres humanos.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista nos refiere hoy que los dirigentes judíos enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes para cazarlo con una pregunta. El hecho de que quienes le hacen la pregunta sean fariseos y herodianos ya revela la mala intención de los encuestadores, pues mientras que los fariseos eran (en general) contrarios al gobierno de Roma y al pago de impuestos a un gobierno extranjero, los herodianos eran (por conveniencia) conformistas con la situación y favorables al régimen imperante y a la contribución exigida.
La pregunta capciosa era ésta: Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa nadie, porque no te fijas en las apariencias sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al césar o no? ¿Pagamos o no pagamos?
A esta pregunta, los herodianos responderían que no sólo es lícito pagar el impuesto al césar, sino justo y necesario, pues los judíos también formaban parte del Imperio Romano, y tenían que contribuir a su mantenimiento y esplendor.
Los fariseos, en cambio, responderían que no es lícito que el césar romano exija pago de impuestos a los judíos, pues su régimen imperial está basado en la injusticia y la opresión, mientras que los judíos son el pueblo liberado por Dios de Egipto y de todos sus enemigos. Sólo Dios, por tanto, y las autoridades investidas por Dios, podrían reclamar el pago de los impuestos.
Ante esta alternativa, la respuesta de Jesús acabaría situándole en un partido o en el otro, reduciendo el horizonte de su misión a los límites de una determinada perspectiva política o ideológica. Y por eso, captando la hipocresía y doblez de sus encuestadores, les replica: ¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.
El denario era la moneda (oficial) con la que se pagaban los impuestos. Se lo trajeron, y él les preguntó: ¿De quién es esta cara y esta inscripción? Le contestaron: Del césar. Y Jesús sentenció: Lo que es del césar pagádselo al césar, y lo que es de Dios a Dios.
Aquella respuesta les desarmó, dejándoles sin recursos argumentativos. Se quedaron admirados, dice el evangelista.
Pero reparemos un poco más en la ingeniosa respuesta del Maestro. La moneda que le presentan llevaba evidentemente impresa la imagen e inscripción del césar romano, porque había sido acuñada por su gobierno y bajo su imperio. En semejante situación, lo lógico es pensar que el césar pueda exigir el pago de impuestos con la moneda acuñada bajo su régimen gubernativo.
Los impuestos son siempre (o deben ser, al menos) la contraprestación a unos servicios de los que se benefician todos los ciudadanos. En este sentido, Jesús no ve inconveniente en que el césar romano pueda cobrar tales impuestos, pues al fin y al cabo es su moneda.
Según esto, Jesús parece aliarse más bien con los herodianos. O al menos no se pone de la parte de quienes preconizan una sublevación social para echar abajo a un gobierno extranjero que ha impuesto injustamente su dominio. Su trato con los militares extranjeros, como el centurión de Cafarnaum, fue siempre exquisito. Y no parece tener, pues, ningún tipo de xenofobia, ni albergar sentimientos nacionalistas como muchos de sus contemporáneos.
Pero después de haber dicho "dad al césar lo que es del césar", añade: Y a Dios lo que es de Dios. Si todos los ciudadanos del Imperio pagan impuestos, y los judíos son también ciudadanos del mismo Imperio, es justo que paguen impuestos como los demás. Pero no hay que olvidar, viene a decir Jesús, que Dios es también dueño y Señor, y mucho más que el césar. Por tanto, también a él hay que darle lo que es suyo.
Aquí no se trata propiamente de impuestos, sino de devoluciones. Dios espera que le devolvamos lo que es suyo. ¿Y qué es de Dios? Sin duda, todo lo que somos y tenemos. Dios es, respecto de nosotros, el Creador. Y el Creador tiene un dominio mayor sobre cada criatura suya que los gobernantes de turno. Pertenecer a Dios significa ser enteramente de Dios, con todo lo que tenemos y hemos adquirido.
En nosotros, hechos a imagen de Dios, está grabada la imagen e inscripción de Dios, lo queramos reconocer o no. Y lo que es de Dios, porque lleva su imagen y su sello, debe serle devuelto cuando sea reclamado. De hecho, esto es lo que sucede forzosamente con la muerte.
De nosotros, criaturas libres, se espera una respuesta consciente y agradecida. Porque así como Dios nos ha dado la vida, así nos puede exigir su devolución. Estemos prestos a darle lo que es suyo. Negarse a ello, además de inútil, sería un acto de rebeldía e insumisión poco inteligente.
No debemos olvidar, tampoco, que Dios es infinitamente más generoso que nosotros, y que el impuesto que él reclama no lo ha pagado él con antelación, para seguir dando mucho más de lo que pide. Entre otras cosas, Dios nos puede pedir parte de nuestras posesiones, para socorrer a los demás. Es la dimensión solidaria de Dios, o impuesto de Dios.
Como vemos, la respuesta de Jesús se sitúa en otro nivel bien distinto al de las disputas políticas e ideológicas sobre la financiación del estado judío. Que Dios no permita que perdamos esta lucidez mental, y la verdadera dimensión de las cosas.