3 de Junio

Miércoles IX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 junio 2026

a) 2 Tim 1, 1-12

         Comenzamos a leer hoy una de las últimas cartas del apóstol Pablo, dedicada a asegurar la solidez de sus comunidades, hacer frente a las desviaciones doctrinales y frenar las intrigas entre grupos.

         Como siempre, la carta comienza con el saludo inicial: "Yo Pablo, por voluntad de Dios apóstol de Jesucristo". Es decir, que su vida no había sido una pompa de jabón, ni el azar el causante de toda su obra apostólica. Sino que su vida había estado siempre en manos de Dios, y toda su obra había sido un continuo esfuerzo por corresponderle. Danos, Señor, a todos nosotros, esa fuerte convicción de que tenemos una vida, y una vocación, que vienen de Dios.

         Continúa diciendo Pablo que "doy gracias a Dios, con una conciencia pura, y sin cesar noche y día, por ti". Es decir, que el hombre ¡puede ponerse delante de Dios, y entrar en comunicación con é! ¿Qué densidad doy yo a mi vida?

         "Te recomiendo que avives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos", comienza diciendo Pablo a Timoteo.

         Adivinamos así la verdadera preocupación de Pablo. Hasta ahora, él ha sido el responsable de las comunidades fundadas. Las tenía presentes, les escribía y les solucionaba las cuestiones que pudieran surgir. Pero Pablo presiente una importante mutación, y prevé la desaparición de los apóstoles. Así que es preciso establecer una jerarquía, y Timoteo será el 1º en esa línea sucesoria, como primer obispo de Efeso y primer sucesor de los apóstoles.

         No obstante, no consiste dicha sucesión en una transmisión de poderes o de organización, sino en una transmisión de la gracia recibida, conferida por la "imposición de las manos" y como puro "don de Dios". Y esto es importante recordarlo, sobre todo en un tiempo actual en que toda autoridad está pasando por un proceso de reconsideración, también en el seno de la Iglesia.

         Porque Dios, continúa diciendo el apóstol, "no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de templanza". En efecto, ése debe ser el espíritu de todo obispo sucesor de los apóstoles (fortaleza, amor, templanza), como algo "dado por Dios" (o gracia episcopal) que ha de tratar circunscribirse en el ámbito de los valores humanos ordinarios.

         ¿Y para qué es necesario ese espíritu, y no otro? Lo contesta Pablo: para "soportar los sufrimientos por el anuncio del evangelio". No nos avergoncemos, por tanto, de dar testimonio, porque el 1º papel del cristiano es el servicio del evangelio, dando testimonio de nuestro Señor con fuerza, amor y templanza, por ese orden.

         "Yo sé bien de quien me he fiado", termina diciendo Pablo. Es decir, sufrimiento sí, pero no abatimiento; esfuerzo sí, pero no el desánimo. Y siempre por la misma razón: por una relación personal con alguien. "¡Yo sé en quien he puesto mi fe!". Pablo y Jesús, definitivamente, han vivido siempre unidos.

Noel Quesson

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         Para entender la segunda Carta II a Timoteo es preciso tener en cuenta su circunstancia vital: Pablo, envejecido, se halla en una de las duras cárceles de Roma, sin aire ni luz suficientes, una de las húmedas y angostas cárceles que ya en aquellos tiempos fueron objeto de fuertes críticas. Además, allí espera angustiadamente un juicio del que sabe que no escapará con vida. Por si esto fuera poco, el Apóstol tiene la triste conciencia de que "todos los de Asia me han vuelto la espalda, como Figelo y Hermógenes" (v.15).

         Por eso, el tema que resuena en toda la carta es "ven cuanto antes" (v.4). Pero tal petición no obedece al designio de que Timoteo pueda escuchar personalmente las últimas instrucciones de Pablo. Si Timoteo debe ir a Roma no es para recibir la última voluntad del apóstol.

         Pablo expone sus últimas enseñanzas en la propia carta. Por tanto, la Carta II a Timoteo no es estrictamente un discurso de despedida, si bien contiene materiales de tal género literario. En una palabra: Pablo, a la hora de la muerte, busca simplemente compañía humana.

         Y este gesto del siempre austero Pablo no debería extrañarnos. Tenía derecho a esperar esta respuesta de amor humano. El austero apóstol había mostrado afecto muchas veces: "Recuerdos a María, que tanto ha trabajado por nosotros; a Ampliato, mi amigo en el Señor; a mi amiga Pérside; a Rufo, elegido del Señor; a su madre, que también lo es mía", dice en Rm 16,6. Esta carta es sólo un ejemplo de ello.

         Las penas del apostolado y las dificultades de la vida célibe no han de convertir al apóstol en un hombre seco e insensible al amor. De hecho, en las cartas pastorales (por citar otro ejemplo) Pablo muestra su amor a su discípulo predilecto: cada vez que pronuncia su nombre añade «mi amado hijo» (v.2), "verdadero hijo en la fe" (1 Tim 1,2).

         Fuera de las cartas pastorales, Pablo utiliza las mismas expresiones afectuosas (como "mi hijo muy amado y fiel en el Señor"; 1Cor 4,17), y Timoteo es el hijo que "tiene los mismos sentimientos" de Pablo (Fil 2, 20). Un autor que hubiese escrito ficticiamente a Timoteo no se habría molestado en inventar tantas variantes del rico lenguaje del amor.

Enric Cortés

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         Dios quiso confiar el evangelio a Pablo, para que no sólo sea apóstol y heraldo, sino maestro del mismo. El evangelio es la fuerza de Dios que da la salvación no por las obras sino por la gracia manifestada en Cristo, el cual aniquiló la muerte y ofrece la vida inmortal.

         Este depósito de fe que Dios confió a Pablo, ahora él lo ha confiado a Timoteo, para que dé testimonio del mismo con la fuerza y el poder de Dios; por eso Timoteo no puede actuar con temor, pues Dios estará siempre con él como lo ha estado con Pablo, ahora prisionero de Cristo, no tanto de los romanos, pues la vida del hombre de fe está en manos de Dios y no de los hombres.

         Quien sufra por el evangelio estará manifestando que en verdad va por los caminos de Dios y que es fiel a la misión que se le ha confiado. Quien amolde su vida a los criterios de este mundo y se gane la complacencia de los poderosos y malvados dejándolos hundidos en su pecado, será un mercader del evangelio, pero no apóstol, ni heraldo, y mucho menos maestro del mismo. Vivamos con lealtad la confianza que Dios ha tenido para con su Iglesia al confiarle el evangelio y su anuncio al mundo entero para salvación de todos.

Javier Soteras

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         Leeremos durante los próximos 4 días una nueva carta del NT, la 2ª carta de Pablo a Timoteo. Se trata del testamento espiritual de Pablo, que escribe desde la cárcel (la "penosa situación presente") a su discípulo Timoteo, compañero de misión en los viajes II y III y ahora responsable de la comunidad de Efeso. Pablo aparece cansado pero no derrotado, todavía lleno de energía, esperando un juicio que no llega, abandonado de todos, en puertas ya del sacrificio supremo de su vida.

         Hoy leemos el saludo de Pablo, que tantas veces repetimos al inicio de la misa: "La gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús".

         Pablo recuerda con cariño a Timoteo, que le ha ayudado tanto. Le encomienda que siga adelante con valentía en su ministerio: "Aviva el fuego de la gracia" que recibiera el día de su ordenación, que no sea cobarde, sino que actúe con energía, amor y buen juicio, "no tengas miedo de dar la cara", "toma parte en los duros trabajos del evangelio".

         Vigoroso programa para todos los que de alguna manera somos apóstoles, testigos de Cristo en el mundo, evangelizadores en medio de esta sociedad.

         El modelo de esta actitud, aparte de Cristo Jesús, el apóstol auténtico y testigo fiel de Dios, puede ser el mismo Pablo, el viejo luchador y apóstol, que a lo largo de toda su vida se ha entregado de lleno a su ministerio. Y que ahora, en la cárcel, no cede en su empeño de anunciar a Cristo ("no me siendo derrotado", "sé de quién me he fiado"). Todavía le quedan fuerzas para preocuparse de las comunidades y aprovechar hasta las últimas energías para evangelizar.

         También nosotros, tanto los ministros ordenados como los religiosos y todos los cristianos, somos invitados por Pablo a agradecer a Dios nuestra fe, a crecer en ella, a dar la cara con nuestro testimonio en medio del mundo, a no ser cobardes en la vivencia de nuestra fe cristiana, a gastar todas nuestras energías trabajando por el evangelio. Es un testamento de Pablo y un programa estimulante para nosotros.

José Aldazábal

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         "Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día", confiesa hoy San Pablo a su discípulo y sucesor Timoteo. Al respecto, hay una expresión que hoy día se utiliza muy poco: la "comunión de los santos". Con estas palabras la Iglesia ha querido enseñar la eficacia de la oración. No se trata vivir grandes experiencias místicas, ni cosas fuera de lo normal, sino que es la comunicación que, de la manera más sencilla, se produce entre aquellos que compartimos una misma fe.

         Cuando San Pablo dirige su carta a Timoteo, le está recordando que no se encuentra solo. Gracias al poder de la oración somos capaces de crear la gran red entre los hijos de Dios. Y me río de la tan manida globalización, o los que se quedan pasmados ante el milagro de internet.

         Lo que tenemos entre manos es mucho más radical, ya que es el mismo Dios quién se ha comprometido a entrar en semejante dinámica comunicativa. ¿Cuál es nuestra fuerza?, nos interroga Pablo, aportando él mismo la causa de esa pregunta: "Porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio".

         Desde hace algunos años nos venimos asombrando de la renovación constante de las tecnologías en el mundo de la comunicación. El mundo se nos ha quedado pequeñito porque podemos comunicarnos con cualquiera y en cualquier parte. Con un diminuto teléfono podemos mantener una conversación sea la distancia que sea.

         Satélites, antenas, cable, ondas... todo está dispuesto para que el hombre no se sienta solo. Pero, curiosamente, el resultado suele ser el contrario. Cuanto más avance hay en la técnica, más soledad hay en los corazones. ¿Dónde está, entonces, el problema? En que el hombre parece estar al servicio de esas nuevas tecnologías, y no al revés.

         Pero "yo no me siento derrotado", nos dice hoy al respecto Pablo, pues "sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio".

         Fiarse de Dios es poner todas las demás cosas como medios, no como fin. El brillo que puede producirnos una gran avance tecnológico quedará oscurecido por un nuevo descubrimiento, y así consecutivamente. Lo que viene de Dios, en cambio, nunca se agota, y la oración es la que nos hace permanecer siempre en comunicación con él y con todos los hombres... nunca envejecerá semejante instrumento divino.

Diócesis de Madrid

b) Mc 12, 18-27

         Al Partido Saduceo pertenecían 2 grupos del Sanedrín o Consejo Judío: los senadores (seglares) y los sumos sacerdotes (religiosos). Desde el punto de vista político, los saduceos eran partidarios del orden establecido (en el que tenían un papel hegemónico) y colaboracionistas con los romanos (con los que mantenían un difícil equilibrio de poder). Y a nivel religioso rechazaban la tradición oral (a la que los fariseos atribuían autoridad divina; Mc 7, 5.8.13) y se mantenían abiertos respecto a la cultura helenística.

         No creían los saduceos en ninguna noción de vida después de la muerte, ni siquiera la noción bíblica. Y su horizonte se ceñía a esta vida, procurando mantener en ella su posición de poder y privilegio. Su pecado era el materialismo, pues sus objetivos en la vida eran el dinero y el poder, anejos a la posición social que ocupaban (Mc 10,1-12).

         Pues bien, nos dice el texto de hoy que los saduceos se acercan a Jesús y lo llaman maestro, pidiéndole que resuelva un caso teórico que, sin duda, refleja una larga controversia entre el Partido Saduceo y el Partido Fariseo. Ellos (los saduceos) sostienen que todo acaba con la muerte, y el caso que proponen demostraría lo absurdo de la creencia en la resurrección, sostenida por los fariseos (quienes concebían la vida futura como una continuación de la vida mortal. Mencionan la Ley del Levirato, instituida por Moisés). Y a continuación, proponen un caso con la intención de dejar en ridículo la doctrina del Partido Fariseo.

         La respuesta de Jesús es dura, y mostró a los dirigentes de la nación (y del templo) que estaban en un error por 2 razones: porque ignoran la Escritura ("lo que Dios ha dicho") y porque no conocen la fuerza de Dios ("lo que Dios hace"), que es el dador de vida (Mc 5, 30). Y todo ello porque no tienen experiencia de la acción de Dios. La denuncia de Jesús es tremenda, porque deja a las autoridades religiosas supremas (los que se llaman a sí mismos representantes de Dios, administrando el templo y ejerciendo el culto) como analfabetos de Dios y de la Escritura, e ignorantes de su palabra y acción.

         De paso, corrige Jesús la doctrina farisea en 2 aspectos, sobre el estado del más allá (que no será una prolongación de su estado presente) y sobre el hombre del más allá (que no se transmitirá por generación humana sino que se recibirá directamente de Dios; Job 1,6; 2,1; 32,7; Dn 3,21-91).

         Al mismo tiempo, precisa Jesús el cuándo de la resurrección. Y así, mientras los saduceos (ateniéndose a la doctrina farisea) hablan de ella en futuro ("¿de cual de ellos será mujer?"), Jesús habla en presente ("son como ángeles"). La resurrección no es, pues, un mero acontecimiento lejano, sino la continuación de la vida tras la muerte, y se está verificando ya desde ahora. Ahí está la fuerza de Dios, que Jesús demuestra que los saduceos no conocen.

         Les demuestra también Jesús a los saduceos que desconocen por completo la Escritura, que habla de la vida después de la muerte en uno de sus pasajes más importantes: "Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" (Ex 3, 6.15). Y esto cuando habló Dios a Moisés, aludiendo a que los patriarcas seguían vivos. El Dios de Jesús es el Dios de la vida, porque su fuerza es fuerza de vida.

Juan Mateos

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         Atravesado el umbral de la muerte para el creyente se abre el infinito horizonte de la comunión plena con Dios. Por eso cada cristiano puede confesar con el salmista su confianza en el Dios de la vida: "No abandonarás mi vida el sheol, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción. Me enseñarás la senda de la vida, me llenarás de alegría en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha" (Sal 16, 10-11).

         El evangelio narra una disputa de Jesús con un grupo de saduceos, "que niegan la resurrección" (v.18). A este grupo pertenecían las grandes familias sacerdotales y la aristocracia laica. Se distinguían por ser fuertemente tradicionalistas. Además de no aceptar la resurrección de los muertos, negaban la existencia de los ángeles (Hch 23, 8) y sólo aceptaban la ley escrita (el Pentateuco) y no el código legal oral que seguían los fariseos. En síntesis, se distinguían por no aceptar los desarrollos últimos de la tradición y del patrimonio de la fe de Israel.

         Para poner en ridículo la creencia en la resurrección de los muertos, proponen los saduceos a Jesús un caso extremo de aplicación de la Ley del Levirato, atribuida a Moisés y según la cual la muerte de un hombre que no había dejado descendencia, comprometía a su hermano a casarse con la viuda con el fin de garantizar una descendencia al difunto (vv.19-23).

         En 1º lugar, Jesús hace ver a sus interlocutores que están en un profundo error, debido a que no conocen ni interpretan bien las Escrituras, lo cual les lleva a ignorar el misterio de Dios y su poder (v.24). Para Jesús aquellos saduceos que desconocen e interpretan mal la Palabra de Dios viven "en un gran error" (v.27). En 2º lugar, ofrece una respuesta articulada en dos momentos, fundamentándose en el principio del poder y de la fidelidad de Dios.

         En una 1ª respuesta, construida a partir de la contraposición de signo apocalíptico entre 2 eones (épocas), Jesús declara que en la resurrección (vida futura) hay una lógica de vida distinta a la existencia histórica (vida presente): "Cuando los muertos resuciten, ni ellos tomarán mujer, ni ellas tomarán marido, sino que serán como ángeles en los cielos" (v.25). Es decir, siendo inmortales no tendrán ya necesidad de procrear. La institución matrimonial no tendrá ya razón de existir en una condición en la cual el hombre y la mujer participan plenamente de la misma vida de Dios.

         Jesús se opone así a una idea de resurrección concebida según los patrones de la vida mortal, tal como era vista en algunos ambientes populares y fariseos. Para Jesús la resurrección no es la simple continuación de la vida presente, sino una etapa de plenitud que transforma a la persona humana radicalmente gracias a la comunión escatológica con la vida y el amor de Dios y que difícilmente lograremos entender desde nuestra lógica terrena y nuestras realidades cotidianas.

         En una 2ª respuesta, Jesús con sobriedad, sin utilizar los razonamientos llenos de fantasía de los ambientes apocalípticos, utiliza explícita y únicamente la Escritura para describir la identidad de Dios (Ex 3, 6.15.16).

         Jesús cita el Éxodo, un libro del Pentateuco y la única parte de la Escritura aceptada por los saduceos. Hace alusión al encuentro de Moisés con Dios en la zarza, para evocar la fidelidad de Dios a las promesas de la Alianza, unas promesas que no pueden quedar incumplidas a causa de la muerte: "Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos" (v.26). Si los padres de Israel hubieran terminado en la muerte, Dios sería un Dios de muertos, mostrándose al mismo tiempo infiel a las promesas de la Alianza.

         El razonamiento de Jesús podría parecer extraño a 1ª vista. El problema que le plantean es la resurrección de los muertos y él habla de Dios, pero en realidad la fe en la resurrección depende de la imagen que se tiene de Dios. No es sólo un problema antropológico que se resuelve respondiendo filosóficamente a las preguntas de quién es el ser humano y cuál es su destino. Es ante todo un problema teológico. Para él, la resurrección de los muertos se fundamenta en el poder de un Dios que es vida y amor, quien en virtud de la comunión de vida que ha querido establecer con los seres humanos, no los abandona a la muerte sino que los conduce a una vida sin fin.

Emiliana Lohr

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         Vemos hoy cómo los enemigos de Jesús vuelve otra vez a la carga, en este caso los saduceos. Eran estos los guaperas de la elite social judía, aunque no por eso estaban exentos de la mezquindad de la casuística, ni de la mala uva de tratar de tender trampas a Jesús. Decididamente, Jesús no lo tuvo nada fácil, y la gente que almacenaba algo de poder (aunque fuese ridículo) chocaba con su mensaje.

         Estos saduceos no creían en la resurrección de los muertos. Sólo aceptaban la pervivencia de los hombres en sus hijos que engendraban, y que continuaban su sangre; es decir, era más un pervivir de la especie que un vivir detrás de la muerte de cada hombre y mujer. Algo de esto quería Unamuno cuando pretendía continuar viviendo en sus personajes.

         Y para tender la trampa a Jesús, recurren a la Ley del Levirato (Dt 25, 5): "Si unos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin descendencia, la mujer del difunto no se casará fuera con un extraño; su cuñado debe ir adonde ella y tomarla por mujer". Una vez más, la mirada y la palabra de Jesús sobrevuela por encima de los empeños chatos e interesados. Hay que penetrar en el poder de Dios. Dios es Dios de vida, Dios de vivos, Dios que engendra vida, Dios que vence a la muerte. Si decimos que el amor es más fuerte que la muerte, ¿cómo Dios no va a poder engendrar hombres nuevos, o resucitados?

         Hay que dejar de hozar en disquisiciones ridículas que no dan fruto ni mejoran a nadie. Gracias a Dios, ya ninguno te interrumpe con preguntas irrisorias sobre qué hacía Dios antes de la creación o, si Dios sabe nuestro futuro, ¿por qué creó a los que se iban a condenar? Y hasta, por preguntar, nos podemos interesar por el sexo de los ángeles.

         Para recrear el don de Dios, y para dar testimonio de nuestro Señor, o tener parte en los duros trabajos del evangelio, Jesús nos eleva hoy la esperanza: Dios "destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal". ¿Y todavía hay tiquismiquis perdidos en fantasías?

Conrado Bueno

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         Escuchamos hoy la palabra de Cristo sobre la resurrección y propiedades de los cuerpos resucitados. En efecto, el evangelio nos narra el encuentro de Jesús con los saduceos, quienes (mediante un caso hipotético rebuscado) le presentan una dificultad acerca de la resurrección de los muertos, verdad en la cual ellos no creían. Y le plantean que, si una mujer enviuda 7 veces, "¿de cuál de ellos será mujer?" (Mc 12, 23).

         En el fondo, los saduceos no buscan ridiculizar a Jesús sino la doctrina sobre la resurrección. Mas el Señor deshace tal compromiso doctrinal, al exponer que, "cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos" (Mc 12, 25).

         Jesús aprovecha también la oportunidad que se le brinda, reafirmando (por si había alguna duda) la existencia de la resurrección y citando lo que le dijo Dios a Moisés en el episodio de la zarza: "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Y agregando: "No es Dios un Dios de muertos, sino de vivos" (Mc 12, 26-27). Demuestra así Jesús la gran contradicción en la que están los que niegan la doctrina, pues o no entienden la Escritura o no entienden a Dios, ya que esta verdad doctrinal está en la esencia de la revelación de Dios. Así lo enseñaron Moisés, Isaías, la madre de los Macabeos, Job y otros tantos.

         San Agustín describía así la vida de eterna y amorosa comunión: "No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer todo; tendrás todo, y tu hermano tendrá también todo; porque vosotros dos, tú y él, os convertiréis en uno, y este único todo también tendrá a Aquel que os posea a ambos".

         Nosotros, lejos de dudar de las Escrituras y del poder misericordioso de Dios, adheridos con toda la mente y el corazón a esta verdad esperanzadora, nos gozamos de no quedar frustrados en nuestra sed de vida, plena y eterna, la cual se nos asegura en el mismo Dios, en su gloria y felicidad. Ante esta invitación divina no nos queda sino fomentar nuestras ansias de ver a Dios, el deseo de estar para siempre reinando junto a él.

Federico Alcamán

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         Los fariseos creían en el más allá, mientras los saduceos (tanto los pertenecientes a la clase sacerdotal, como los senadores laicos de Israel) pensaban que no hay otra vida y que Dios premia a los buenos en este mundo con dinero y descendencia. Dado lo incómodo de la doctrina social de los profetas y sus reivindicaciones de justicia, los saduceos tampoco aceptaban la autoridad de los escritos proféticos, mostrándose además colaboradores del poder romano, como garantía para conservar sus privilegios.

         Hoy son saduceos los que se acercan a Jesús con la finalidad de mostrar que la creencia de los fariseos en el más allá no tiene consistencia. Y le plantean para ello un caso teórico basado en la Ley del Levirato por la que cuando uno muere sin descendencia, su hermano debe casarse con la viuda para darle descendencia. Se trata del caso extremo de una viuda, que se casa con los 6 hermanos de su marido que mueren sin dejarle descendencia. ¿De cuál de ellos va a ser mujer en el más allá, si lo ha sido de todos en este mundo?

         Jesús les muestra su equivocación, porque entienden el más allá como una simple continuación de esta vida, como creían los fariseos: allí no habrá ni matrimonio ni procreación, pues todos serán como ángeles de Dios, de quien reciben directamente la vida inmortal. Y además, la vida resucitada no es algo del futuro, sino que es la misma vida presente que se perpetúa tras la muerte.

         Con esta respuesta, Jesús les muestra que los saduceos (muchos de ellos dirigentes del templo) no conocen ni saben interpretar la palabra de un Dios para quien los patriarcas están vivos o resucitados, de un Dios de vida, que no puede permitir que sus hijos permanezcan para siempre en la muerte. ¿Lo creemos nosotros de verdad? Y si lo creemos ¿vivimos para dar, contagiar, fomentar y promover la vida allí donde estemos?

José A. Martínez

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         A modo de burla, los saduceos ridiculizan la creencia en la resurrección con una tonta historia de una mujer que se ha casado varias veces. Cristo toma el argumento no sólo para reafirmar la verdad de la resurrección sino para enseñarnos sobre el destino del amor humano.

         La parte más impresionante de las palabras de Cristo, en mi concepto, es aquella forma de hablar: "No se casarán, porque serán como los ángeles". Aquí hay algo muy profundo sobre la naturaleza del matrimonio. La razón por la que no hay matrimonio más allá de la muerte es porque tampoco hay más muerte en aquellos considerados dignos de la resurrección.

         Es decir, el matrimonio es un remedio contra la muerte mientras no ha llegado a la muerte. Los que ya no pueden morir no necesitan de ese remedio, sino que reciben la vida de la fuente de la vida (como los ángeles) y no a través de las expresiones mediadas de esa vida (por vehículo del amor humano). Entonces el matrimonio es un modo de acercarse al amor fontal, al amor original que da la vida. Una vez que accedemos a ese amor en la resurrección, no cabe propiamente la mediación. Ya en el cielo todo es inmediato.

Nelson Medina

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         Los saduceos, tal y como le dice Jesús en este evangelio, no han entendido las Escrituras. Pues piensan que en la vida eterna seguiremos con las estructuras sociales que vivimos ahora. La asumen como una reproducción en el cielo de lo que tenemos aquí en la tierra. Más sin embargo Jesús aclara que en el día de la resurrección de los muertos ya no será necesario casarse pues seremos como ángeles. Nuestra vida se centra demasiado en preocupaciones futuras y nos olvidamos de vivir el presente tal y como Dios quiere que lo vivamos. Vivamos para acumular un tesoro en el cielo.

         Una de las cosas que siempre han cuestionado y preocupado al hombre es su destino final. ¿Qué pasa después de la muerte? Para el cristiano, la respuesta de Jesús ilumina este misterio y lo hace vivir en paz, pues ahora sabe que no existe la muerte sino simplemente una transformación. El hombre creado por Dios vivirá para siempre. La muerte dispone al hombre para disfrutar la eternidad.

         Contrariamente a otras filosofías y teologías, el cristianismo está basado en la revelación de Dios, y afirma (y esta es nuestra esperanza) que al ocurrir la muerte física, Dios nos resucitará de manera semejante a como lo hizo con Jesús. Nuestro cuerpo volverá a tomar su carne, será nuestro mismo cuerpo pero ahora será un cuerpo glorificado, un cuerpo que no sufre más, un cuerpo que no puede ya experimentar la muerte.

         Ciertamente, no podemos entender perfectamente este misterio, ni cómo será, o qué significa tener un cuerpo glorificado. Sin embargo le creemos a Jesús, creemos que su palabra se cumplirá y que nuestra existencia perdurará para siempre pues nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

Ernesto Caro

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         Escuchamos hoy otra pregunta hipócrita dirigida a Jesús, dictada no por el deseo de saber la respuesta, sino para hacer caer y dejar mal a Jesús. Esta vez, por parte de los saduceos, que no creían en la resurrección. Y el caso que le presentan es bien absurdo: la Ley del Levirato (de levir, lit. cuñado; Dt 25) llevada hasta consecuencias extremas, la de los 7 hermanos que se casan con la misma mujer porque van falleciendo sin dejar descendencia.

         También aquí Jesús responde desenmascarando la ignorancia o la malicia de los saduceos. A ellos les responde afirmando la resurrección: Dios es Dios de vivos. Aunque matiza esta convicción de manera que también los fariseos puedan sentirse aludidos: ellos sí creían en la resurrección pero la interpretaban demasiado materialmente. La otra vida será una existencia distinta de la actual, mucho más espiritual. En la otra vida ya no se casarán las personas ni tendrán hijos, porque ya estaremos en la vida que no acaba.

         Lo principal que nos dice esta página del evangelio es que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Que nos tiene destinados a la vida. Es una convicción gozosa que haremos bien en recordar siempre, no sólo cuando se nos muere una persona querida o pensamos en nuestra propia muerte.

         La muerte es un misterio, también para nosotros. Pero queda iluminada por la afirmación de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí no morirá para siempre". No sabemos cómo, pero estamos destinados a vivir, a vivir con Dios, participando de la vida pascual de Cristo, nuestro hermano.

         Esa existencia definitiva, hacia la que somos invitados a pasar en el momento de la muerte ("la vida de los que en ti creemos no termina, se transforma"), tiene unas leyes muy particulares, distintas de las que rigen en este modo de vivir que tenemos ahora. Porque estaremos en una vida que no tendrá ya miedo a la muerte. Es ya la vida definitiva. Jesús nos ha asegurado, a los que participamos de su eucaristía: "El que me come, tendrá vida eterna, yo le resucitaré el último día". La muerte no es nuestro destino, y estamos invitados a la plenitud de la vida.

José Aldazábal

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         De lo que escribió Moisés en la ley, los saduceos que aparecen hoy el evangelio proponen a Jesús las prescripciones acerca del levirato (Dt 25, 5). Según esto cuando una mujer quedaba viuda sin hijos, los hermanos del marido muerto, sucesivamente tenían obligación de casarse con ella.

         Como un hombre tenía varías esposas, el hecho de que estuviera casado no implicaba ningún problema. El primogénito de la mujer con su cuñado debía llevar el nombre del marido muerto. Si el hermano mayor del difunto rehusaba cumplir este deber, otro hermano debía remplazarlo. Al cuñado que se negaba a tomarla como esposa, la mujer debía delante de los ancianos escupirle en la cara y quitarle el calzado del pie diciéndole: "Así se hace con el hombre que rehúsa edificar la casa de su hermano". Por eso su familia será llamada la "casa del descalzado".

         El caso que exponen habla de una viuda que se casó sucesivamente con 7 cuñados, sin que hubiera tenido prole de ninguno. Después de la muerte de la mujer, cuando ocurra la resurrección de ella y los 7 maridos que tuvo, ¿de cuál de ellos deberá ser esposa?

         La respuesta de Jesús es una respuesta coherente. Al principio y al final Jesús hace caer en la cuenta que los saduceos que han planteado la cuestión andan muy equivocados frente al tema de la resurrección. Ellos concebían la resurrección de los muertos como un regreso a esta vida y a sus condiciones. Pero el poder de Dios alcanza para mucho más.

         Ellos suponen que los resucitados tomarán esposas y que las resucitadas tomarán marido. Pero no es así. Esa condición de la vida era propia de la historia israelita; no es por tanto la situación definitiva, ni lo que debe ser plenificado en la resurrección. Por eso Jesús, al tratar el tema de la resurrección, recurre a Ex 3,6, donde se plantea el problema de la resurrección y se declara a Dios Señor de la vida y no de la muerte.

Confederación Internacional Claretiana

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         Los saduceos pretenden hoy, por medio de artilugios verbales, ridiculizar a Jesús, con algo que para ellos no está dentro de sus presupuestos intelectuales: el tema de la resurrección. Su desbordado legalismo, que los ata a sus tantos intereses, considerados por ellos de vital importancia, no les permite pensar en una transformación. Cuando abordan la cuestión de la resurrección, piensan que ésta consiste en un reanimamiento del cuerpo en la cual deben ir incluida todas las apetencias humanas.

         Para los doctores de la ley del templo judío, la resurrección era asumida sólo como un proceso físico. Jesús les hace caer en el error en que están ya que estos interpretan las escrituras al pie de la letra. Su fundamentalismo, interesado y pernicioso, les dificulta entender cómo actúa el poder de Dios capaz de liberar al ser humano de las opresiones que lo deshumanizan.

         Para los cristianos de todas las épocas el misterio de la resurrección ha sido siempre asimilado, como en el texto de Jesús de hoy, como un proceso de transformación, que por opción se empieza a gestar en la vida terrenal de la persona. Y se ha defendido siempre que, de acuerdo al tipo de vida terrena que se haya llevado, se accederá o no al premio de la vida eterna. En efecto, el Dios que Jesús da a conocer hoy es un Dios "dador de vida", que desea que las personas vuelvan a nacer con nuevos valores de vida y justicia. El dios de los saduceos, que aprueba los intereses egoístas (acaparamiento de poder, riqueza...) es un Dios de muerte.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         En cierta ocasión, refiere hoy el evangelista, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección. Sabemos por la historia que los saduceos eran miembros de la aristocracia judía y que se mostraban doctrinalmente contrarios a la idea de la resurrección de los muertos. Esta información refuerza la precisión evangélica, que les presenta como enemigos de la resurrección.

         En su empeño por desacreditar esta fe, los saduceos le plantean hoy a Jesús un caso límite, que les permite presentar la resurrección como algo inconveniente e insostenible. Se trata de una mujer que ha estado casada con 7 hermanos, tras haber enviudado de cada uno de ellos y haberse vuelto a casar con el siguiente, conforme a la ley mosaica del levirato que dice: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.

         Tenemos, pues, a una mujer que ha estado legítimamente casada con 7 hombres. La cuestión que se plantea es la siguiente: Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella?

         En el caso de que haya resurrección, ésta nos introduciría en la vida eterna. ¿De quién será mujer por toda la eternidad la que ha estado casada con 7 maridos en el tiempo? ¿No se haría agravio al resto si se le asigna un solo marido? ¿Y si se recuperan todos los vínculos matrimoniales disueltos con la muerte, y se la considera casada con los siete? ¿No se estaría legitimando la poligamia o poliandria en el cielo?

         La circunstancia es límite, pero podría valer para cualquier caso de segundas nupcias: un marido casado por segunda vez con otra mujer, o una mujer casada por segunda vez con otro hombre. Si la resurrección recupera las vidas de los muertos, se verían unidos en matrimonio con varias personas simultáneamente. La resurrección vendría a consagrar e inmortalizar semejantes uniones poligámicas.

         Este es el razonamiento saduceo, un pensamiento que les lleva a descartar la resurrección como inadecuada, puesto que daría origen a una vida en la que se producirían situaciones realmente embarazosas.

         Jesús, en su respuesta a la cuestión planteada, acentúa el contraste entre la situación (marital) de hombres y mujeres en esta vida y su situación (angélica) en la otra. Un contraste que es el que pone de manifiesto la falsedad del razonamiento saduceo, como afirma Jesús: Ni entienden las Escrituras ni el poder de Dios; pues tanto las Escrituras como el poder de Dios permiten creer en la resurrección.

         Su incredulidad se debe a que no dan fe a la revelación contenida en las Escrituras ni al poder de Dios, puesto que la resurrección es un acto del poder divino. Y su actitud racionalista les coloca en un camino errado. Estáis muy equivocados, les dice el Maestro, que añade: Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán. Serán como ángeles del cielo.

         Según esta observación, en la vida futura (esa vida a la que nos da acceso la resurrección), y entre los resucitados, ya no habrá matrimonios ni relaciones matrimoniales, como no hay matrimonios entre los ángeles. Dado que seremos como ángeles, la institución matrimonial no tendrá ya ningún sentido ni funcionalidad.

         El amor excluyente y pasional de los cónyuges se verá superado. No seremos ángeles, puesto que somos hombres. Pero sí seremos como los ángeles en lo que se refiere a la corporeidad (gloriosa), a la inmortalidad y a la espiritualidad. ¿Qué necesidad hay de matrimonio entre seres inmortales, o entre seres dotados de cuerpos gloriosos?

         Y como no habrá matrimonios, tampoco habrá poligamia y menos aún promiscuidad. Pero sí habrá fraternidad, puesto que habrá hijos de Dios (en plural) e hijos de Dios resucitados. Es precisamente la participación en la resurrección la que nos hace definitivamente hijos de Dios, y tan definitivamente que ya nada ni nadie nos podrá arrebatar esta condición filial y fraternal, pues la filiedad deriva en fraternidad.

         Somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre. Luego no habrá matrimonios, pero amor mutuo (amor de hijos y de hermanos) y amor plenificante (capaz de colmar las ansias de unidad que bullen en el corazón humano).

         Jesús completa su respuesta remitiéndose a la Sagrada Escritura, palabra autorizada no sólo para él sino también para los saduceos. Concretamente, menciona Jesús el episodio teofánico del libro del Éxodo, en el que Moisés contempla una zarza ardiendo que no se consume y se dirige al Señor llamándole "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob".

         Con ello, interpreta Jesús que todos ellos son contemporáneos habiendo pertenecido a generaciones distintas. Y que si los personajes mencionados estuvieran muertos, Dios ya no sería su Dios. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

         Moisés se refiere a Dios, el que ha entrado en contacto con él, como "Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob", porque para él todos ellos están vivos. De no estarlo, habría dejado de ser su Dios.

         Jesús presenta las palabras de Moisés como una indicio de que hay resurrección de muertos, puesto que su Dios es también el Dios de sus antepasados Abraham, Isaac y Jacob (que ya murieron, pero que tienen que estar vivos para que Dios sea también su Dios). Para estar vivos, tras haber muerto, tienen que pervivir tras la muerte, o tienen que resucitar.

         El recurso de Jesús a este pasaje de la Escritura, y la interpretación que ofrece de él, revelan con toda claridad su postura doctrinal a favor de la resurrección. Y tras ello, no se atrevieron a hacerle más preguntas. Ahí concluye el debate, pero no las consecuencias que podemos extraer. Porque si creemos en la resurrección hemos de mirar la vida que ahora disfrutamos, y en la que padecemos temporalmente, con otros ojos.

         Aunque la vida, por el hecho de ser vida, se resista siempre a la muerte, ésta puede ser bienvenida como tránsito hacia la otra vida, a través del trámite la resurrección. Así, la vida mejor no nos resultaría tan tenebrosa, y podríamos tener una actitud más positiva ante ella.

         Hay quienes han comparado la muerte con un parto que nos traslada de la vida intrauterina a la vida extrauterina, y de la vida temporal a la vida eterna. No obstante, es verdad que en el parto no muere nada, mientras que en la muerte sí que fenece algo (la vida temporal). Y también que en el parto hay certeza de nacer a la vida temporal, mientras que en la muerte no tenemos esa certeza por falta de fe. Si tuviéramos la certeza que otorga la fe, viviríamos con otro ánimo el trance amargo de la muerte. Que Dios aumente nuestra fe.

 Act: 03/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A