6 de Junio
Sábado IX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 junio 2026
a) 2 Tim 4, 1-8
La fórmula que emplea hoy Pablo es extremadamente solemne, pues lo que va a decir es grave. Y con ella vuelve de nuevo a uno de sus temas preferidos: el evangelio proclamado. Ha entregado toda su vida a esta tarea, y la transmite a su discípulo y a todos los obispos del futuro: "Te conjuro en presencia de Dios, y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos: proclama la Palabra".
Guardada toda proporción, yo soy también responsable de esta Palabra, en "presencia de Dios y de Cristo". ¿Cómo asumo esta responsabilidad, con mis hijos, o acerca de aquellos con quienes convivo?
La forma de asumir esta responsabilidad es explicada por el propio Pablo: "Insiste a tiempo y a destiempo, denuncia el mal, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".
Hay muchas maneras de proclamar la palabra de Dios, por tanto. Está el anuncio de la buena nueva, la refutación de los errores, la lucha contra el mal en todas sus formas, la exhortación alentadora a los que están pasando una prueba, la enseñanza de la doctrina...
A veces, Señor, llego a justificarme de apenas "proclamar tu Palabra", constatando que las ocasiones de hablar de ti son raras, o que no es corriente decir Dios o pronunciar Jesús en una conversación. Pero, en realidad, hay mil maneras de proclamar la buena nueva de Dios, como mantenerse firmes ante la adversidad, hacer el trabajo diario con afán de perfección, seguir comprometidos en el servicio de los hermanos, educar a los hijos según los valores evangélicos, luchar contra el mal en los sectores donde eso sea posible, visitar a los enfermos o a los que viven en soledad...
Muchas vidas de hombres y mujeres están diariamente, de hecho, proclamando este evangelio, aunque sigan existiendo esas muchas otras que lo contradigan. Manifiéstate, Señor, a través de nuestras pobres vidas.
De todos modos, ya sea con palabras o con hechos, la proclamación de la palabra de Dios debe ser auténtica, pues "vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros, apartando sus oídos de la verdad".
Es decir, que siempre existirá el peligro de manifestarse uno mismo en lugar de manifestar la verdad de Dios, y el peligro de dejarse seducir por las filosofías o ideologías humanas, en lugar de proclamar el puro evangelio. Siempre existirá, en ese sentido, el peligro de seguir a maestrillos humanos, o las consignas de los grupos-capillas, o de salirse de la ancha corriente de la Iglesia universal. Danos, Señor, el gusto de la santa doctrina, el amor a la verdad, la docilidad a la Iglesia y al Espíritu Santo.
Así que, como dice San Pablo, "permanece prudente, soporta los sufrimientos, trabaja en la extensión del evangelio, cumple con fidelidad tu ministerio". Esa es la única forma de "trabajar en la extensión del evangelio", y de hacerlo con competencia, empeño, habilidad, capacidad de escuchar, conocimiento de los procesos de comunicación y don de sí. "Cumple tu ministerio", dijo Pablo a su discípulo Timoteo, porque ese es el verdadero servicio a la humanidad. Nuestros hermanos no necesitan más que eso. ¿Quién se lo ofrecerá?
Noel Quesson
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El apóstol Pablo nos pide hoy una fidelidad total y comprometida en la proclamación y el testimonio del evangelio. Y no dice que a tiempo y destiempo hemos de anunciar la palabra de Dios, para que ésta sea fuente de salvación para todos los que crean en él. Pero no haciendo relecturas, ni acomodando el evangelio para que se conviertan en connivencia con el pecado.
Muchos querrán ser halagados, nos viene a advertir Pablo, y escuchar campanillas en su oído. Pero de esta manera el evangelio no se convertirá en fuego purificador, sino que tan sólo halagará a los oídos, y acabará supliendo su intrínseca verdad por simples fábulas e inventos humanos.
La fidelidad al evangelio nos puede acarrear la misma muerte, así que es necesario poner nuestra vida totalmente en manos de Dios, de tal forma que nuestra entrega sea como una ofrenda de libación en su honor. Sigamos el ejemplo de los capitanes de barco, cuando desatan las amarras, elevan las anclas e inician el camino hacia la meta final.
Junto con Cristo, los cristianos estamos librando una batalla contra el pecado. Si permanecemos fieles al Señor y a su evangelio, al final recibiremos la corona de la justificación plena, en la presencia divina. Vivamos plenamente unidos a Cristo y seamos fieles a su evangelio. Tengamos fijamente la mirada puesta en Cristo, porque él consumará nuestra salvación.
Javier Soteras
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Acabamos hoy la lectura de la Carta II a Timoteo, con una patética despedida de Pablo: "Estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente".
En efecto, Pablo es el que mejor puede hacer un buen resumen de vida, mirando hacia atrás: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe, ahora me aguarda la corona merecida". Y faltaría tan sólo aplicarle las palabras del salmo responsorial de hoy: "No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones".
En efecto, Pablo va apurando las últimas fuerzas que le quedan para asegurar el futuro de las comunidades. Y el viejo león está alerta, porque vendrán maestros falsos "a la medida de sus deseos", y hay que prevenir a la Iglesia contra ellos. Por eso recomienda a Timoteo: "Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda paciencia".
El propio ejemplo de Pablo, y sus recomendaciones sobre el futuro de la Iglesia, nos iluminan también a nosotros, y nos invitan a un discernimiento de nuestros caminos. Ojalá pudiéramos decir que nuestra vida, hasta ahora, ha sido parecida a la de este gran gigante de la fe, y que estamos dedicando a la salvación de los hombres nuestras mejores luces y energías. ¿Hemos combatido ya el combate de la fe? ¿Y recorrido la carrera hasta la meta? Esto es lo que merece la pena vivir, si lo que queremos es ayudar a los demás y hacer algo útil para la salvación de la humanidad.
Pablo predice tiempos en que "se volverá a las fábulas" y aparecerán maestros falsos, que seguirán sus gustos personales y no los criterios de Cristo. Así que no nos extrañe cuando los obispos se sientan obligados a ejercer corresponsablemente el discernimiento de espíritus y de doctrinas, movidos a "proclamar, reprender, reprochar, exhortar", como Pablo invitaba a hacer. Se trata de un ministerio nada fácil (el del discernimiento), pero totalmente necesario por el respeto y amor a la palabra auténtica de Cristo, que ha sido encomendada a la Iglesia.
José Aldazábal
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Uno de los más graves problemas por los que pasa nuestra sociedad actual es la educación. Formar ciudadanos para la convivencia y el bien común no es tarea fácil, así que tampoco lo es la convivencia y el bien común de la Iglesia. De ahí el consejo de hoy de Pablo: "Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir". Como se ve, Pablo urge a Timoteo a dejar atrás el respeto humano, o cualquier complejo, a la hora de anunciar el evangelio.
Pero para esto es necesaria la formación y la paciencia, ambas íntimamente unidas a esa perseverancia de la que habla Pablo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe". De hecho, es verdad que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, pero este triunfo no es una excusa para cruzarnos de brazos.
La perseverancia en el día a día nos hará más fuertes en la esperanza, porque el mundo no se cambia de la noche a la mañana. Sólo si somos sembradores de pequeñas semillas, que germinen en el momento oportuno, recogeremos buenos frutos, aunque éstos tarden en llegar. Entonces esos frutos impregnarán el mundo del sabor y aroma de lo divino.
Este fue el compromiso de Dios con los que le son fieles. No desprecies lo más cotidiano de tu vida, por falta de motivaciones. Y de vez en cuando escarba en tu interior, para descubrir cómo el Espíritu Santo realiza su tarea, como el más genial de los artesanos.
Diócesis de Madrid
b) Mc 12, 38-44
Jesús previene hoy al pueblo contra los letrados ("cuidado") y pone en evidencia su conducta, pues muestran un ansia desmedida de honores (vistiendo de manera especial, para señalar su categoría y recibir reverencias) y aceptan con gusto las señales de deferencia ("los primeros puestos"). Pues al reconocimiento de su superioridad corresponde la sumisión del pueblo.
Efectivamente, por su deseo de preeminencia y prestigio, los fariseos querían ser siempre los primeros en ponerse por delante de los demás. Y eso era todo lo contrario a lo que debe suceder entre los seguidores de Jesús (Mc 9,35; 10,44). Subrayando su superioridad, los fariseos creaban la desigualdad y afirmaban su poder sobre el pueblo, y eso en todos los terrenos, tanto en lugares públicos ("la calle") como en la asamblea religiosa ("las sinagogas") y actos sociales ("los banquetes").
En el ámbito privado, los fariseos utilizaban la religión para aprovecharse de la gente desamparada e indefensa, cuyo prototipo eran las mujeres viudas (Mc 7, 6). Y ellos, auto-constituidos en hombres ejemplares, se hacían los intercesores ante Dios; disfrazando su ansia de dinero con buenas obras y el estar apoyando la lucha contra la injusticia (cuando hacían todo lo contrario). Además, en todo ello no sólo se ponían ellos como ejemplo, sino que utilizaban y hablaban en nombre de Dios.
Jesús no hace acusaciones vagas e imprecisas, sino que invita a la gente a darse cuenta de lo que tienen ante los ojos. Pues lo que quiere es que el pueblo adquiera espíritu crítico y sea realmente libre; que no se someta a superioridades inmerecidas, que no tribute respetos impuestos, que dé a las personas su valor real. La apariencia de virtud de los letrados es, pues, falsa, y está muy alejada de Dios (Mc 7, 6). Si el pueblo es capaz de ver los hechos, no se dejará guiar por tales maestros.
Terminados los encuentros con los dirigentes, Jesús se sienta ante la Sala del Tesoro, punto neurálgico del Templo de Jerusalén. Su postura lo presenta como antagonista permanente de ese lugar, que almacena el expolio hecho al pueblo por los dirigentes.
La multitud, aunque ha quedado impresionada por la enseñanza de Jesús en la que denunciaba la explotación (Mc 11, 18), y a pesar de ser víctima de ésta, sigue apoyando al templo ("iba echando monedas"). El halo religioso de que la institución se rodea tiene más fuerza que la denuncia de Jesús. Un grupo numeroso (los ricos) contribuye con grandes sumas de dinero ("echaban en cantidad"), con una generosidad que muestra que aprueban los métodos de la institución injusta y la sostienen con gusto.
A la gente y a los ricos se contrapone la figura de una viuda pobre, miembro débil de la sociedad (viuda) y sin relieve social (pobre). Su oferta es insignificante, pero su actitud muestra que lo hacía no tanto por contribuir al sostenimiento del templo, sino como un acto de devoción y amor.
Jesús convoca a los discípulos, que no habían comprendido su exigencia de dejar la riqueza (Mc 10, 23-26). Y les enseña a interpretar los hechos, comparando el comportamiento de los ricos y el de la viuda pobre. Su dicho es solemne ("os aseguro") y enuncia una paradoja: lo que es menos vale más, lo poco del pobre vale más que lo mucho del rico. Y a continuación, lo explica.
La explicación de Jesús parte de que "todos han echado de lo que les sobra". Es decir, que es una gran multitud no se entrega a Dios, ni pone a éste como valor supremo. Porque dar de lo superfluo significa no dar lo esencial, que es la persona. Y eso significa no poner la confianza en Dios.
Con su óbolo, la viuda se da a sí misma, haciendo de Dios el valor supremo (por encima de su propia persona) y haciendo depender su vida de él (pues no tiene más medios de subsistencia). La expresión "todo lo que tenía" refleja así el mandamiento principal citado antes por Jesús ("Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón"; v.30).
Éste ha de ser, para Jesús, el criterio de los discípulos: no una entrega parcial (como la de los ricos, cuya entrega es aparente) sino total (aunque su apariencia sea modesta). Lo que vale es la totalidad del don, y la viuda es ejemplo de un amor total a Dios, expresado en el total desprendimiento del dinero. Y lo que no vale es la actitud de los dirigentes, infieles a Dios por su amor al dinero. La viuda representa al Israel fiel a Dios, al estimar más la entrega que la gloria.
Cuando Jesús les explicó el tema de la riqueza, los apóstoles se extrañaron de las exigencias de Jesús, y por eso le preguntaban: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" (Mc 10, 26). La respuesta de Jesús ("con Dios todo es posible"; Mc 10,27) es la que hace patente el comportamiento de la viuda, que da todo lo que tenía para vivir. Esta confianza es la que ha de tener todo discípulo de Jesús ("tendrás en Dios tu tesoro"; Mc 10,21), y el verdadero esplendor y gloria de Israel.
Juan Mateos
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Jesús se sienta frente a la Sala del Tesoro, corazón del templo judío y expresión del sistema de sustentación del mismo, no sólo por el dinero de los ricos sino también de los pobres (que debian comprar animales para ofrecerlos a Dios, y de este modo obtener su perdón).
En el evangelio de hoy se oponen 2 actitudes: la de los letrados y la de la viuda pobre. Los letrados (de los que "hay que guardarse") buscan la ostentación, ser respetados y ocupar los primeros puestos en la vida litúrgica (sinagoga) y social (banquetes). Pero sobre todo son amantes del dinero, pues sólo dan a Dios el dinero que les sobra.
La viuda, por su parte, da a Dios todo lo que tiene para vivir, sabiendo que el 1º mandamiento consistía en "amar al Señor con todo su corazón" y ponerlo en práctica (dando de lo que a ella le hacía falta, y poniendo así su futuro en las manos de Dios).
Jesús aprecia este gesto de la viuda, y lo compara con la actitud de los ricos, aludiendo a que Dios no quiere las sobras, sino una entrega total a él. La viuda sabe que tendrá en Dios su tesoro, pero los ricos prefieren reservar parte de su tesoro como garantía de vida y seguridad. Por eso, concluye Jesús, "esos tales recibirán una sentencia más severa".
Gonzalo Fernández
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El evangelio de hoy presenta la escena con la cual se concluyen las controversias de Jesús con las autoridades de Israel en Jerusalén, en el cap. 12 de Marcos.
En 1º lugar desenmascara Jesús la hipocresía y falsedad de los maestros de la ley, que con sus actitudes y comportamiento han desnaturalizado la práctica religiosa auténtica. Su piedad es una vil mentira delante de Dios: conocen la Escritura pero se aprovechan de ella para provecho personal, frecuentan asiduamente la sinagoga pero su corazón está lejos de la justicia y la humildad, hacen oraciones ostentosas para ser vistos y alabados por los otros.
Y es también una mentira delante de los seres humanos: se preocupan sobre todo de lo exterior pues gustan de vestirse en forma diversa para ser tenidos como importantes, buscan que su valor sea reconocido por los demás y por eso buscan los puestos de honor en las sinagogas y ser saludados en público, se aprovechan de los demás utilizando los bienes de los pobres para sus propios intereses (vv.38-39).
De estos profesionales de la religión afirma Jesús: "Estos, que devoran los bienes de las viudas, con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso" (Mc 12, 40). La viuda, el huérfano y el forastero, eran figuras bíblicas que representaban a los pobres y desvalidos, objetos del amor providente de Dios que los defiende y les hace justicia frente al opresor (Dt 10,16-29; Ex 22,21-23). Los escribas eran unos explotadores que se aprovechaban de los pobres para obtener ganancias económicas. Por eso estaban irremediablemente condenados al juicio condenatorio del Dios que es justicia y amor en favor de los últimos de la tierra.
En 2º lugar ofrece Jesús como modelo de vida a una pobre viuda, que vive la fe como experiencia de confianza en Dios y la manifiesta en gestos de gratuidad hacia los demás. Jesús contempla a esta viuda pobre mientras está sentado frente a las arcas del templo observando cómo la gente va echando dinero en ellas.
Mientras muchos ricos echaban grandes sumas de dinero, ella "echó dos monedas de poco valor" (v.42). Jesús, que 1º ha acusado de incoherencia y de injusticia a los maestros de la ley, ahora presenta a esta viuda como modelo de vida para el discípulo cristiano: "Os aseguro que esta viuda pobre ha echado en las arcas más que todos los demás. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir" (lit. holon ton bion autes, "toda su vida"; v.44).
Esta viuda representa lo mejor de la piedad del verdadero Israel. Ella no ha pervertido la religión del templo. Para ella, como para Jesús, el templo es "casa de oración" (Mc 11, 17). Por eso va al lugar santo y pone su vida en las manos de Dios. Colocando aquellas moneditas en las arcas sagradas, lo da todo para el culto divino y para el bien de otros pobres. Esta mujer también representa el ideal del discípulo cristiano. Desde su pobreza y su abandono, sin ser una profesional de la Escritura y sin conocer siquiera a Jesús, pone en práctica su doctrina y vive el ideal evangélico de la gratuidad del amor.
Esta pobre viuda, que no parece haber sido discípula explícita de Jesús, se convierte en auténtico símbolo del Mesías, que ha venido a "dar su vida" (lit. ten psichen autou; Mc 10,45). Con su gesto de abandono amoroso en Dios y de gratuidad total, anticipa la muerte de Jesús por la salvación de todos. Es una verdadera encarnación del reino de Dios y un espejo de su gracia, ya que ha ofrecido todo lo que es y todo lo que posee.
Fernando Camacho
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Hoy, como en tiempo de Jesús, los devotos (y todavía más los profesionales de la religión) podemos sufrir la tentación de una especie de hipocresía espiritual, manifestada en actitudes vanidosas, justificadas por el hecho de sentirnos mejores que el resto: por alguna cosa somos los creyentes, los practicantes, ¡los puros! Por lo menos, en el fuero interno de nuestra conciencia, a veces quizá nos sentimos así; sin llegar, sin embargo, a "hacer ver que rezamos" y, menos aún a "devorar los bienes de nadie".
En contraste evidente con los maestros de la ley, el evangelio de hoy nos presenta el gesto sencillo e insignificante de una mujer viuda, que suscitó la admiración de Jesús: "Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas" (Mc 12, 42). El valor del donativo era casi nulo, pero la decisión de aquella mujer era admirable, heroica: dio "todo lo que tenía para vivir".
En este gesto, Dios y los otros y los demás pasaban delante de ella y de sus propias necesidades. Ella permanecía totalmente en las manos de la Providencia. No le quedaba ninguna otra cosa a la que agarrarse porque, voluntariamente, lo había puesto todo al servicio de Dios y de la atención de los pobres. Jesús (que "lo vio") valoró el olvido de sí misma, y el deseo de glorificar a Dios y de socorrer a los pobres, como el donativo más importante de todos los que se habían hecho (quizás ostentosamente) en el mismo lugar.
Todo lo cual indica que la opción fundamental y salvífica tiene lugar en el núcleo de la propia conciencia, cuando decidimos abrirnos a Dios y vivir a disposición del prójimo; y cuando el valor de la elección no viene dado por la cualidad o cantidad de la obra hecha, sino por la pureza de la intención y la generosidad del amor.
Enric Prat
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Hoy es el último día que leeremos a Marcos en las ferias del Tiempo Ordinario, pues el lunes empezaremos ya el evangelio de Mateo. Y la liturgia dedica su última página al contraste entre los letrados y la pobre viuda.
En efecto, nos dice Marcos que a los letrados judíos "les encanta pasearse con amplio ropaje, y que les hagan reverencias", así como "buscan los asientos de honor y los primeros puestos". Unos letrados que, además de orgullosos, son también avaros, pues "devoran los bienes de las viudas". Mientras que la viuda pobre se acerca al cepillo del templo de un modo discreto, sin imaginar que le están observando, y allí deposita allí 2 reales. A lo que comenta Jesús: "Ha echado en el cepillo más que nadie, porque ha echado todo lo que tenía para vivir".
¿En cuál de las 2 estampas quedamos retratados nosotros? ¿De qué vamos por la vida: buscando los primeros lugares, o tratando de hacer el bien sin llamar la atención? ¿Idólatras del dinero o desprendidos? ¿Dando lo que nos sobra o dándonos a nosotros mismos, y sin factura?
A la buena mujer no le aplaudieron los hombres, y nadie se hubiera dado cuenta de ella si no llega a ser por la observación de Jesús. Pero Jesús sí se dio cuenta, y la puso como modelo para generaciones y generaciones de cristianos. Así como también fue aplaudida por Dios, "que ve en lo oculto".
Dios lo ve todo. Los que han recibido diez talentos, pueden dar más. Los que sólo uno, menos. Pero Dios ve el corazón. No todos son líderes, ni salen en los periódicos. Dos reales, pero dados con amor. En nuestra vida de cada día ¿cuánto tiempo y cariño y atención damos, tanto a Dios como al prójimo?
José Aldazábal
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En la sociedad del tiempo de Jesús la única forma de escalar posición y de adquirir poder, era a través del estudio de la ley y con él llegar a ser letrado. De esta forma se conseguía ser bien visto entre la gente y gozar de prestigio. El conocimiento de la ley y el manejo de la Palabra de Dios, en esos tiempos como en éstos, traía consigo la pretensión de disponer de Dios.
Por ello, no hay grupo judío al que Jesús trate más duramente que a los letrados. En nuestras circunstancias religiosas cristianas, equivaldrían al gremio clerical de los teólogos. Este gremio cree que tiene el don del conocimiento y de la sabiduría. Y como están convencidos de comprender mucho mejor que todos, especialmente por sobre la gente simple y sencilla, las cosas de Dios, creen que pueden disponer a su antojo sobre las conciencias de los demás.
Los escribas en el tiempo de Jesús eran personas engreídas y arrogantes, creyeron que con su luz íntima podían iluminar las tinieblas de los demás, y no se percataron de que los pobres, con su simplicidad, le podían dar una profunda lección: que, finalmente, lo que viene de Dios y lo que lo manifiesta, no es la erudición, sino el amor y la justicia.
Frente a la casta de los letrados, el evangelio de hoy nos presenta a una pobre viuda que echó en el arca del templo sus 2 moneditas, que era todo lo que tenía. En la dinámica de Dios no vale dar cosas, y para Dios lo más importante es darse, cosa que se le imposibilitaba a los letrados por tanta sabiduría y por tanta erudición. La gran ofrenda fue la de la viuda. No fueron aquellas 2 monedas que depositó en la alcancía, sino ella misma, precisamente por eso, para Jesús, ella fue quien dio más.
Con esta figura de la viuda pobre, alabada por Jesús, el evangelista Marcos lleva a su final esa serie de controversias y enseñanzas de Jesús en el templo. La viuda contrasta en el episodio con los muchos ricos, pero en el contexto total contrasta con los letrados judíos, que, apegados a las riquezas, se aprovechan de su posición para explotar a los más humildes y pobres. La figura de la viuda resplandece al final de esta serie de episodios en los cuales se destaca el conflicto entre Jesús y los grandes del judaísmo de su tiempo.
Confederación Internacional Claretiana
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El texto de hoy nos presenta la enseñanza de Jesús sobre el contenido de la verdadera religión en 2 cuadros opuestos, en que cada uno tiene su propio personaje: los escribas (hipócritas, avaros y ansiosos de dinero, avaros) y una viuda pobre (que convierte toda su riqueza en limosna para el templo, quedándose sin nada sino sólo en las manos de Dios, en quien confía profundamente). Y entre estos 2 polos sitúa Jesús a sus discípulos.
Los 2 cuadros se encuentran muy bien relacionados el uno con el otro, marcando a través de su presentación un llamativo contraste. Los escribas son parte de la religión israelita, especialistas en la Escritura y buenos conocedores de la ley. Pero no interpretan la palabra de Dios en favor de lo pobres.
Jesús llama la atención sobre la actitud de los escribas, que han convertido la religión en principio de honor propio y egoísta, obteniendo de ella los puestos, privilegios y seguridades materiales. Su experiencia religiosa se convierte en signo de dominación que se expresa en 2 fórmulas contrapuestas pero complementarias: aparentar ante Dios y aprovecharse de los otros. Los escribas son juzgados por Jesús con un juicio condenatorio por aprovecharse de su cargo, y sobre todo de su función religiosa oficial para su propio provecho.
Por otro lado nos encontramos con la viuda pobre que pone en el tesoro del templo todo lo que tiene. En contraste con el escriba que pervierte la religión haciéndola mentira y engaño para su propio provecho, la viuda como signo de la verdadera religión entiende y cumple el sentido más profundo de la piedad israelita como ejercicio de gratuidad, es decir, confiar plenamente en la providencia divina, lo que se traduce en un gesto de gratuidad total para con los demás entregando aún la propia vida.
De esta manera la viuda pobre del evangelio, en su misma pobreza, sin ser profesional de la escritura como los escribas, como mujer abandonada, que no tiene marido, carece de familia y de recursos económicos es presentada por Jesús como signo de Dios y parte de su reino.
Marcos con este contraste expresa a través de los escribas la incredulidad del Israel oficial: su vanagloria, egoísmo, acaparamiento de los bienes ajenos con excusa de oraciones y la viuda pobre que expresa dónde está el camino para la fe auténtica: la pobreza como entrega de la propia vida por los demás.
El texto es una llamada a revisar nuestro modelo religioso construido según el modelo del Israel oficial, con puestos y jerarquías, con privilegios y categorías, con fuerzas de poder que se entremezclan con la compra-venta de ritos y sacramentos. Estamos llamados a vivir nuestra experiencia religiosa como un compromiso con los más pobres y oprimidos de la tierra desde la entrega generosa y gratuita de la propia vida, así asumimos el mensaje salvífico del evangelio como un gesto de amor liberador.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
En el pasaje evangélico de hoy comparecen también los letrados; pero en este caso como destinatarios de la enseñanza de Jesús. Jesús habla a la gente de los letrados, y les pone al corriente de lo que éstos últimos realmente esconden. Esto es, de su hipocresía (que hace de ellos personas de las que hay que cuidarse) y de sus vicios (la arrogancia, la presunción, la vanidad y la codicia):
"Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa".
En su crítica, Jesús se limita a describir lo que él ha visto, o lo que se deja ver en su conducta, empezando por su gusto por las reverencias y por su codicia de honores y bienes materiales. Y viene a decir que todo eso es lo que no hay que hacer, porque tras las apariencias viene lo que realmente se esconde, y lo que hace realmente de ellos sepulcros blanqueados.
El contraste con esta conducta lo pone la viuda pobre de la que se habla a continuación, como modelo a seguir. También ella oculta algo (su generosidad) que no se deja ver bajo las apariencias (su escaso donativo, de apenas dos reales) de su acción (que ella deposita en el cepillo del templo). Pero en este caso su ocultación no es hipocresía, porque lo que ella oculta no es su donativo, sino su donación.
Recuerda el evangelista que, estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero. La observación de Jesús se circunscribe a una situación bien definida: un espacio religioso y en el momento de la ofrenda
.Jesús observa la conducta de los demás, aunque no con el ánimo de fiscalizar sino de aleccionar a sus discípulos. Muchos ricos, precisa el evangelista, echaban en cantidad (una cantidad acorde con sus posesiones dinerarias), pero de repente se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Tratándose de una viuda en situación de necesidad, lo que dispone es una pequeña cantidad (dos reales) para la limosna del templo. Y aunque eso era todo lo que tenía para vivir, a pesar de todo se desprende de ello, mereciendo la moraleja de Jesús: Os aseguro que esta pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.
Jesús mide y valora la grandeza de una persona, por tanto, no por lo que da, sino por aquello de lo que se desprende. La pobre viuda ha echado más que nadie, no porque haya entregado mayor cantidad de dinero (pues no podía hacerlo, porque no lo tenía), sino porque ha dado lo que necesitaba para vivir; y evidente es que el que da lo que necesita no da lo que le sobra, por muy pequeña que sea su donación.
Como se ve, el valor de la donación no está en la cantidad objetiva que se entrega, sino en el grado de desprendimiento que exija su determinada entrega, aunque ésta sea objetivamente muy pequeña en términos de cantidad. Según este criterio, los dos reales de la viuda tenían un valor muy superior a las grandes cantidades de dinero que echaban los ricos. La limosna de éstos estaba compuesta de elementos sobrantes, y la de la viuda de elementos necesarios.
La pobreza de la viuda le ha permitido echar más que nadie, y en este sentido podría decirse que la viuda era más rica y generosa que los demás, o que había echado más que los demás. Dios, que ve el corazón del hombre, puede juzgar la grandeza y la calidad.
Jesús quiere que tomemos conciencia de esta mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y que sabe estimar el verdadero valor de las cosas y de las acciones. Sólo este conocimiento nos permite evaluar en sus justos términos la acción. Pidamos al Señor adquirir esta mirada (que es la suya), para saber enjuiciar en sus justos términos la conducta propia y la de los demás.