28 de Mayo
Jueves VIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 28 mayo 2026
a) 1 Ped 2, 2-5.9-12
El pasaje de hoy es de una riqueza tal que hay que meditarlo en su texto íntegro, junto a algún que otro comentario. En general, el mensaje de Pedro va dirigido a la nueva vida de los nuevos bautizados.
Comienza diciendo el apóstol Pedro: "Hermanos, desead todos la leche espiritual y pura de la palabra de Dios". Todos hemos visto a niños recién nacidos lanzarse ávidamente sobre el pecho materno. Pues bien, ¡Pedro nos desea esta misma avidez! Según esto, estar bautizado significa ser ávido de la palabra de Dios. ¿Lo soy yo?
El texto griego es casi intraducible a nuestras lenguas, pues los términos empleados sugieren literalmente "una leche de palabras" y "una leche no adulterada. La leche es tradicionalmente en la Biblia el símbolo de lo mejor en alimentación, y por eso la Tierra Prometida era aquella que manaba leche y miel. Por su parte, también la leche será el manjar preferido de entre los alimentos del festín escatológico.
¿Y por qué dice Pedro eso? Lo responde él: "A fin de que por ella crezcáis para la salvación", si es que habéis "gustado que el Señor es bueno". Así como el crecimiento del niño está asegurado por la leche de la cual se nutre, así también nuestro crecimiento de bautizados queda asegurado por la asimilación de la palabra de Dios. Esa es la forma de asimilar a Dios, de gustar a Dios y de crecer en Dios.
Pensemos en el crecimiento rápido del recién nacido, durante las primeras semanas, alrededor de sus padres. Pues bien, ésto es lo que sigue pidiendo Pedro: "Acercaos a él, la piedra viva elegida por Dios", pues "así también vosotros seréis piedras vivas, y materiales, del templo espiritual" que se está construyendo.
A continuación, el apóstol Pedro pasa a una nueva imagen, sin duda recordando aquel nombre que le había dado Jesús ("Simón, tú te llamarás Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia"). Dirigiéndose a los cristianos dispersos en tierra pagana, y que seguían soñando en las grandiosas ceremonias del Templo de Jerusalén, Pedro repite que el verdadero templo es Jesucristo, y que todos ellos son el culto espiritual que Dios está esperando.
Ya no es necesario entrar en el Templo de Jerusalén, por tanto, para ofrecer sacrificios, pues quien quiera que adopte, en su vida cotidiana, la actitud de Cristo (es decir, la actitud filial de sumisión respetuosa y amorosa, a la voluntad del Padre) constituye un nuevo templo.
De esta manera, recuerda Pedro, "seréis un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo". Los bautizados, por tanto, ya no han de convertirse en una casta sacerdotal como la de Aaron, especializada en el culto, sino que como pueblo cristiano al completo son los encargados de ese papel sacerdotal. Ser bautizado es "ofrecer a Dios un sacrificio espiritual", permaneciendo unidos al Señor Jesús. Y esta ofrenda o sacrificio es "nuestra propia vida".
En efecto, continúa diciendo Pedro, dirigiéndose a los recién bautizados, "vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios y encargado de anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz". Así, "los que no habíais alcanzado misericordia, ahora Dios os ha mostrado su amor".
Pedro acumula citaciones bíblicas. Los cristianos son el Nuevo Israel, y todos los antiguos títulos y privilegios pasan a los cristianos. Ser bautizado, en definitiva, es anunciar las maravillas de Dios.
Noel Quesson
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"Raza elegida, real sacerdocio, pueblo santo", dice hoy Pedro refiriéndose a los cristianos. En efecto, éste era el espíritu que animaba a los cristianos de los primeros siglos, que les hacía sabeedores del real sacerdocio de Cristo y participantes de los sagrados misterios de Dios, de forma activa y eficaz.
También era ésta la señal de que el contacto de los cristianos con Dios no se limitaba a los instantes del culto, sino que afectaba a toda su vida, alimentada y transformada por la virtud del Señor (de quienes eran miembros).
El bautismo significaba, por tanto, una constante prolongación del santo sacrificio de Cristo, e implicaba en cierto modo vivir el estado glorificado, en calidad de ciudadanos del cielo (a pesar de peregrinar todavía en esta tierra). Significaba un ir acercándose a la patria de Dios, y eso llenaba de entusiasmo a los primeros cristianos, y los convertía en vencedores del mundo.
Emiliana Lohr
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La Carta I de Pedro se dirige a un público al que no se le promete una casa a la orilla del mar, pero sí la clave que les permita ser alguien mucho más feliz que en el pasado. Y lo hace con expresiones que les transporta al más allá, al tiempo que les anima a caminar hacia ese más allá: "Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios".
Esta es la pura verdad. Por la fe, y más allá de nuestra cuenta corriente, los cristianos hemos pasado de ser "no compadecidos" a ser "compadecidos". Y por ende herederos de una dignidad que nada ni nadie nos podrán quitar. Esta es la dignidad de los cristianos: pobres de solemnidad en este mundo, pero alegres por sabernos hijos de Dios.
Gonzalo Fernández
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Si es verdad que esta Carta I de Pedro está escrita para los recién bautizados, se entienden mucho mejor los pensamientos que leemos hoy, centrados en las claves de la leche, de la piedra y del pueblo sacerdotal.
Respecto al símil de la leche, nos dice Pedro que, "como el niño recién nacido ansía la leche, ansiad vosotros la auténtica leche, la no no adulterada". En efecto, el niño quiere la leche materna, y el cristiano que ha gustado "lo bueno que es el Señor" quiere seguir experimentando esa bondad.
Respecto al símil de la piedra, nos dice Pedro que, "al igual que Jesús es la piedra viva escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu". Esta vez, la imagen nos lleva a la dinámica del edificio de la Iglesia, basado en la piedra angular (Cristo) pero formado por las piedras vivas (cada uno de los bautizados).
Respecto al símil del pueblo sacerdotal, nos dice Pedro que "vosotros sois raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios". Ya en el AT se consideraba al pueblo de Israel pueblo sacerdotal (es decir, mediador), porque estaba llamado a ser signo salvador para todos los demás pueblos. Ahora, el NT aplica estos mismos títulos, y con mucha más razón, a la comunidad cristiana.
¿Tenemos conciencia, y conciencia gozosa, de las riquezas que supone para nosotros el pertenecer al pueblo de Dios, a la Iglesia del Resucitado? Las comparaciones pueden hacernos pensar, y por eso deberíamos desear la palabra de Dios y su cercanía, del mismo modo que un niño recién nacido está ávido de la leche materna.
Tendríamos que recordar que entre todos, como piedras vivas, formamos el edificio de la comunidad eclesial. La piedra angular es Cristo, pero también Cristo le dijo a Pedro: "Tú eres roca, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia". Así que, también cada uno de nosotros, podemos somos piedras vivas de este nuevo edificio.
Además, como pueblo de sacerdotes, unidos por el bautismo a Cristo sacerdote, estamos llamados a ser mediadores entre Dios y los demás. ¿Y cómo? Anunciándoles la buena noticia, siendo signos creíbles de su amor ("vuestra conducta entre los gentiles sea buena, así darán gloria a Dios") y sacrificando nuestra propia vida ("ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo).
En la eucaristía ejercitamos este sacerdocio bautismal, con 2 momentos muy expresivos: en la oración universal (cuando pedimos por el mundo) y en el Sanctus (cuando cantamos en unión con los ángeles y los santos).
José Aldazábal
b) Mc 10, 46-52
Ayer estábamos en el camino de Jerusalén, y hoy nos situamos en Jericó, a 20 km de distancia y cuesta arriba. En efecto, el camino de Jericó a Jerusalén consiste en una interminable subida, desde Jericó (a 200 m. bajo el nivel del mar) hasta Jerusalén (a 900 m. sobre el nivel del mar), a través de un camino muy brusco y laberíntico.
Y un mendigo ciego (hijo de Timeo), que estaba sentado junto al camino, oyendo que era Jesús de Nazaret, comenzó a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!". Se trata de un pobre que no puede trabajar. Espera, sentado sobre el terraplén, tiende la mano a los que pasan. Oye pasar una muchedumbre y se entera que Jesús de Nazaret está entre la multitud, entonces una esperanza loca levanta su miseria: se pone a gritar. Muy sencillamente, sin pretensión sin grandes referencias teológicas, usa el título más popular para hablar del Mesías: "Hijo de David".
Es la 1ª vez que Marcos cita ese título real. El Mesías era esperado como "aquel que debía restablecer la realeza en Israel". Y como Jesús sube a Jerusalén, los que están a su alrededor piensan que va allí para ejercer el poder (Mc 11, 10).
Se detuvo Jesús y dijo: "Llamadle". Llamaron pues al ciego: "Animo, levántate, que él te llama". El ciego arroja su manto, "da un salto" y corre hacia Jesús. Hay que detenerse unos momentos e imaginar esta escena, como en el cine. Ver a la muchedumbre, a Jesús y al ciego, y adivinar sus sentimientos: "¿Qué quieres que haga por ti?". A lo que el ciego contesta: "Señor, que vea". Y Jesús responde: "Anda, tu fe te ha salvado".
¿Y mi fe, la mía? ¿Me hace saltar y correr hacia Jesús? ¿Tengo conciencia, ante Dios, de ser un ciego? Cierto día, el card. Newman escribió esto:
"Una vez al año, en primavera, el mundo que vemos hace que estallen sus potencias ocultas. Entonces las flores aparecen, en los árboles frutales se abren sus flores, la hierba y el trigo crecen. Hay un súbito aliento, un estallido de la vida oculta puesta por Dios en el mundo material".
¿Quién pensaría, sin la experiencia de primaveras precedentes, que fuese concebible con dos o tres meses de antelación que la faz de la naturaleza aparentemente muerta, pudiese llegar a ser tan espléndida y tan variada? Lo mismo sucede con la primavera eterna, que vendrá aunque tarde. Esperémosla. Sabemos que existen muchas más cosas de las que vemos: Estas no son más que la corteza exterior de un reino eterno.
Noel Quesson
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Nos dice el evangelio de hoy que "un ciego, soltando el manto, de un salto se acercó a Jesús". Se trata de un gesto que expresa, de manera muy significativa, la ruptura del hombre con su pasado. Por otra parte, el ciego es imagen del verdadero discípulo que se despoja del manto que hasta entonces le cegaba; deja hacer a Jesús y, desde ese momento, puede seguirle ya por el camino que conduce a Jerusalén. Aquel hombre estaba sentado al borde del camino, ciego y sin más porvenir que seguir prisionero para siempre de sus tinieblas.
Nosotros estamos rendidos y ya no tenemos fuerzas para levantarnos y reaccionar: ya no sabemos adónde nos lleva la vida, y menos aún dónde podrá quedar asegurado nuestro porvenir. Transcurre todo delante de nuestros ojos, y no sabemos ya adónde ir ni qué camino tomar. Somos ciegos y nos encontramos sin fuerzas al borde del camino.
Pero podemos oír, como Bartimeo. Y éste es el principio de nuestra curación. Pues nos llega la Palabra de Dios y provoca en nosotros la llamada de salvación. "¡Maestro, que pueda ver!". Este grito de la fe que brota de nosotros encuentra el impulso de amor del corazón de Jesús, y su palabra se convierte en palabra de salvación. Palabra de poder que hace brotar la luz. Porque, por gracia de esta palabra que nos levanta, se nos concede ver la conclusión de nuestra prueba y poder seguir a Jesús por el camino.
La Iglesia entera, y todos los que recorrieron el camino antes que nosotros, nos dicen: "¡Animo, levántate, que te llama!". Cuantos van en busca de un mundo nuevo son portadores de esta invitación para la humanidad: "¡Animo, levántate!".
Todas las páginas del evangelio nos hacen saber que este camino de los ciegos y los cojos es el camino que lleva a Jerusalén: es la subida con el Hijo de Dios, es el paso por la cruz y la vida consagrada, por ser entrega total en manos del Padre. Y para cada uno de nosotros este camino toma una dirección más precisa: "¡Animo, levántate!". Si este camino pasa por la conversión de la cruz, también da acceso a la Pascua, y podemos decir con Simeón: "Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has preparado ante todos los pueblos".
Emiliana Lohr
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Un ciego estaba sentado al borde del camino, inmóvil y dependiente de los que le rodeaban. Había oído hablar de Jesús y, en medio de su ceguera, oía el gentío pasar, correr, bailar, pero nada de aquello era para él. Aquello era sólo un sueño; su realidad era la de un hombre mutilado, abandonado a sus tinieblas y a su soledad.
El griterío le dice que allí está Jesús. Desde su noche, se pone a pregonar su vida de infortunio y la esperanza loca que se despierta en él: "¡Ten compasión de mí!". No le importan las recriminaciones que le hacen, pues nada tiene que perder. Él confía, al igual que el niño, y Jesús se detiene, pues "no necesitan médico los sanos, sino los que están mal".
Jesús había puesto en pie al niño. La multitud levanta al enfermo y lo conduce a presencia de aquel en quien se cumple el oráculo de Isaías. El ciego suelta su manto (aquel manto mugriento era, sin duda, todo lo que poseía), rompe con su pasado y da un salto hacia la luz.
Los hombres se arrastran en medio de las tinieblas, pregonando su miseria con su cuerpo mutilado. Mirad a vuestro alrededor, mirad dentro de vosotros mismos; abrid el periódico; prestad oído a la larga letanía de las miserias que os rodean. Llamada desgarradora ("¡ten compasión de mí!") y llamada mal acogida (porque nosotros preferimos hacer callar esas voces de infortunio).
Por eso Jesús nos interpela a todos nosotros, diciéndonos: "Llamadle". Nosotros, los que fuimos llamados por Dios a salir de las tinieblas y a entrar en su admirable luz, somos los encargados de levantar al ciego. Estamos en el corazón del mundo, encargados de presentar a Dios el grito de los hombres. La Iglesia no tiene otra razón de ser que convocar ante Dios a un mundo mutilado. Llegará un tiempo en que los que vivían en tinieblas "darán gloria a Dios el día que venga a visitar a su pueblo".
Gaspar Mora
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El evangelio de hoy nos ayuda a tomar la actitud de corazón que nos ayudará a renovar al amor languidecido. Necesitamos de Cristo para amar a Cristo; necesitamos de Cristo para servir a Cristo; necesitamos de Cristo para alabar a Cristo. Y esa necesidad de la que el mismo Cristo nos hace conscientes tiene que volverse súplica, clamor, insistente oración, como la de aquel ciego: "Jesús, ten compasión de mí".
Podemos apelar a la justicia de Cristo cuando nos sentimos buenos, y a la sabiduría de Cristo cuando nos sentimos sagaces. Pero ¿a qué apelaremos cuando nos sentimos pobres, desvalidos, endeudados? Sólo a la misericordia de nuestro Salvador.
Tal es precisamente la mejor actitud para recibir la comunión. ¿Quién presumirá de su inteligencia ante el misterio del altar, que desborda a toda inteligencia? ¿Quién alardeará de pureza o virtud delante de la santidad misma? Lo único nuestro que puede acercarnos al corazón de Dios es la humilde confianza con la que dejamos sus manos libres para amarnos, restaurarnos y bendecirnos.
Nelson Medina
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Jesús cura hoy al ciego Bartimeo, a través de un relato sencillo pero lleno de detalles, que hace referencia a la ceguera humana espiritual (que también puede ser curada). Esta vez es Marcos quien dice el nombre del ciego, a través de testimonios de 1ª mano. Y nos dice de él que "recobró la vista y le seguía por el camino", convirtiéndose tal vez en un discípulo conocido.
La gente reacciona perdiendo la paciencia con el pobre que grita. Pero Jesús sí le atiende, y manda que se lo traigan. El ciego (soltando el manto) se acerca de un salto a Jesús, y éste (tras un breve diálogo en que constata su fe) le devuelve la vista.
La ceguera de este hombre es en el evangelio de Marcos el símbolo de otra ceguera espiritual e intelectual más grave. Sobre todo porque sitúa el episodio en medio de escenas en que aparece subrayada la incredulidad de los judíos y la torpeza de entendederas de los apóstoles.
Como cuando vamos al oculista a hacernos un chequeo de nuestra vista, hoy podemos reflexionar sobre cómo va nuestra vista espiritual. ¿No se podría decir de nosotros que estamos ciegos, porque no acabamos de ver lo que Dios quiere que veamos, o que nos conformamos con caminar por la vida entre penumbras, cuando tenemos cerca al médico, Jesús, la luz del mundo? Hagamos nuestra la oración de Bartimeo: "Maestro, que pueda ver". Soltemos el manto y demos un salto hacia él: será buen símbolo de la ruptura con el pasado y de la acogida de la luz nueva que es él.
También podemos dejarnos interpelar por la escena del evangelio en el sentido de cómo tratamos a los ciegos que están a la vera del camino, buscando, gritando su deseo de ver. Jóvenes y mayores, muchas personas que no ven, que no encuentran sentido a la vida, pueden dirigirse a nosotros, los cristianos, por si les podemos dar una respuesta a sus preguntas. ¿Perdemos la paciencia como los discípulos, porque siempre resulta incómodo el que pide o formula preguntas?
Cristo es la luz del mundo. Pero también nos encargó a nosotros que seamos luz y que la lámpara está para alumbrar a otros, para que no tropiecen y vean el camino. ¿A cuántos hemos ayudado a ver, a cuántos hemos podido decir en nuestra vida: "Animo, levántate, que te llama"?
José Aldazábal
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El relato del milagro del ciego de Jericó es el final de esta sección de Marcos (Mc 7, 24-10, 45) la cual tiene como idea central el seguimiento de Jesús. La curación se convierte en signo para que los discípulos comprendan que es necesario tener una nueva mirada a fin de comprender lo que significa entregar la propia vida por los demás.
El relato está magistralmente construido. A Jesús lo acompañan los discípulos y una gran muchedumbre: es el último tramo del camino que los lleva a Jerusalén. El hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego que estaba sentado junto al camino, al saber que pasaba Jesús, se puso a gritar: "Hijo de David, ten compasión de mí". La gente lo quería callar, pero Jesús hace que se lo traigan.
El ciego Bartimeo llama a Jesús Hijo de David y con este título hace una verdadera confesión mesiánica, propia de los que buscan seguir a Jesús y desean que se cumplan las expectativas mesiánicas en un pueblo que desde hace mucho tiempo espera la libertad.
Bartimeo sólo pide un poco de compasión, pide poder ver, en contraste con los discípulos que en el pasaje anterior se disputan el 1º lugar. Los que acompañan a Jesús lo quieren callar creyendo que Jesús se debe ocupar sólo de las cosas de Dios, olvidando que es precisamente en los pobres como Bartimeo donde se manifiesta el amor de Dios.
Este relato nos permite ver cómo los discípulos no han llegado a la fe y por eso siguen ciegos, enredados pensando en las riquezas y en el poder; creen que ya lo tienen todo y se quieren aprovechar de Jesús para alcanzar poder en su Reino.
En cambio, el ciego no tiene ninguna ambición; deja tirado al pie del camino lo poco que tiene, su manto. Sabe que su única necesidad es poder ver, superando así la seguridad, la ambición y el poder de los discípulos. El ciego está dispuesto a convertirse en un seguidor auténtico de Jesús; por eso grita pidiendo ayuda y de esta manera quiere que sus ojos puedan ver para convertirse en un auténtico seguidor de Jesús.
El ciego Bartimeo aparece como prototipo de los cristianos que se han liberado de sus viejas ataduras para convertirse en auténticos seguidores de Jesús, de los que asumen su proyecto y ofrecen si es necesario su propia vida por los demás.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
E
l hecho que hoy nos recuerda el evangelio es una muestra del poder y querer salvífico de Jesús, y nos presenta a un ciego (Bartimeo) que, al oír decir que pasaba Jesús Nazareno, se dirige a él a grito en cuello pidiendo clemencia.Llama la atención la insistencia del ciego, que grita una y otra vez hasta provocar el enfado de los acompañantes del Maestro. Era la insistencia que brota de la necesidad, y que muchas veces se confunde con el descaro que vemos en las actitudes de tantos mendigos que nos salen al paso. Jesús se deja mover a compasión por la desgracia de aquel indigente, se detiene ante él y le pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti?
Aquel mendigo privado de la visión estaba necesitado de muchas cosas. Tal vez podía querer dinero, pan o vestido. Pero no, lo que desea de Jesús es otra cosa: que le devuelva la vista. Pan o vestido podían dárselo otros, pero la vista, sin embargo, sólo Jesús podía devolvérsela. Y eso es lo que le pide: Maestro, que pueda ver.
Jesús, como si el donante del beneficio no fuera él, le dice: Anda, tu fe te ha curado. Es decir, esa fe que muestras tener, que se deja ver en tu insistencia, es la que realmente te está curando. Pero ¿no era a él a quien recurría para que le curase? Ambas cosas se reclaman, porque es evidente que la fe del ciego necesitaba apoyarse en el poder del taumaturgo Jesús.
Mediante la fe de ese hombre (causa dispositiva), que deseaba fervientemente ver la luz y confiaba en su poder curativo, el sanador Jesús realiza el milagro.
Sin la fe del que pide (aunque éste no sea el beneficiario), Dios no cura. Y cuando es otro el que pide el beneficio, como una madre para su hija, la fe no es causa dispositiva de la curación, pero sigue siendo medio de obtención del beneficio.
Lo mismo sucede con la salvación, de la cual la curación es una expresión parcial. Dios es quien nos salva, pero no sin nosotros, ni contra nuestra voluntad, ni sin el obsequio de nuestra fe. No se cura el que no quiere ser curado ni pone los medios para ello, como el paciente que no acude al médico ni toma las medicinas pertinentes.
Tampoco se salva el que no quiere ser salvado, ni el que pone los medios que le son exigidos para ello. Es verdad que querer la salvación es ya reconocer nuestra necesidad de la misma, pero sólo podrá alcanzarse si se pide (puesto que tiene más de don que de conquista) a quien puede darla. Y esto supone fe.
La salvación también consiste en ver lo que no vemos, y no porque estemos ciegos sino porque nuestra vista tiene un alcance limitado y no divisa lo que escapa al horizonte de su visión. También consiste en la liberación de todas nuestras cegueras, que nos impiden ver la bondad, la belleza, la unidad y la verdad presentes en la vida (muchas veces de manera velada), y que apuntan a una verdad, belleza y bondad supremas.
Quizás el deseo más hondo, no sólo del ciego Bartimeo, sino de todo ser humano, sea ver: ver la verdad de todo, ver lo que se oculta a nuestra inteligencia, ver la realidad que no captamos, ver a Dios. En el fondo, ése es el deseo que late en todo deseo, y no por simple curiosidad sino por nuestro afán de conocer.
Sólo cuando veamos la Verdad cara a cara, y cuando veamos a Dios de frente y sin velos, descansaremos. Hasta entonces, como nos recuerda San Agustín, no podremos evitar vivir en la inquietud, esa inquietud que genera el "enigma de la realidad" del que tanto habló Zubiri.
Lo que sí podemos, en medio de esta inquietud, es vivir confiados y alegres, pues tenemos por Padre a Dios. Él ha cambiado nuestra suerte enviándonos a su Hijo, y por eso podemos estar alegres aunque no veamos del todo, porque confiamos en que el que curó a Bartimeo de su ceguera nos dará ojos para ver la suprema verdad y belleza. Con esta visión beatífica quedarán colmados nuestros deseos, y nuestra satisfacción será plena.