25 de Mayo
Lunes VIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 mayo 2026
a) 1 Ped 1, 3-9
Empezamos hoy la lectura continua de la Carta I de Pedro, escrita hacia el año 64, justo entre las epístolas de San Pablo (escritas del 50 al 64) y los evangelios (escritos del 64 al 90).
Centrada sobre el tema del bautismo, esta carta es quizás una homilía pronunciada en una vigilia pascual en la que tenían lugar los bautizos de adultos. De hecho, el comienzo de esta homilía podría ser la repetición del Himno de Entrada que inauguraba la celebración:
"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, y mediante la resurrección de Jesucristo, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia que no conocerá ni destrucción, ni mancilla ni envejecimiento".
Se trata de un himno primitivo, que expresa a la perfección los sentimientos que debían de experimentar los hombres que recibían el bautismo: regeneración, renacimiento, renuevo de vida y esperanza. El signo y la causa de ese "nuevo nacimiento" residía en la resurrección de Jesús, cuya fiesta se celebra esa noche. Mi vida de bautizado, ¿qué es para mí? ¿Soy capaz de dar gracias a Dios por mi bautismo? ¿Me apoyo en la gracia de mi bautismo para renacer de nuevo hoy, para marchar sin cesar como un ser nuevo y renovado?
Porque "esta herencia está reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada al final de los tiempos". Los primeros cristianos, más que ahora nosotros, estaban a la espera y la esperanza de la realización escatológica. ¿Tiendo yo también a ese futuro que Dios está preparándome? ¿Tiendo hacia ese término final?
La predicación de Pedro es realista, pues la vida no es divertida, y sin embargo el cristiano es un "hombre feliz", incluso en las pruebas: "Rebosáis ya de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas". ¿Puede decirse de mí que "salto de gozo"? Y en ese caso, ¿en qué se apoya mi alegría? Porque "esas pruebas verificarán la calidad de vuestra fe, que es mucho más preciosa que el oro". Es decir, porque la fuente de la alegría es la fe.
Pedro describe esa alegría de la fe con lirismo: "Rebosáis ya de una alegría inefable que os transfigura". Las pruebas mismas no destruyen la alegría porque profundizan la calidad de la fe. Reflexionemos detenida y pausadamente sobre nuestras pruebas y las pruebas de la Iglesia, para considerar de qué modo esas pruebas me acercan más a Dios.
Termina Pedro el pasaje de hoy con una alusión a la futura revelación de Jesucristo, "a quien amáis sin haberle visto, y en quien creéis aunque de momento no le veáis". Estar bautizado es perdurar en un lazo de amor y de fe personal con Jesús, en la espera de verle un día.
Noel Quesson
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Durante hoy y mañana vamos a leer como 1ª lectura algunos fragmentos de la Carta I de Pedro. Lo más llamativo de este escrito es que, en sus 5 capítulos, hace una hermosa síntesis de todo el NT. Y no sólo eso, sino que comunica seguridad y entusiasmo, dos notas de las que estamos muy necesitados en nuestros días.
La carta está dirigida a comunidades poco organizadas y todavía muy vulnerables, en medio de una sociedad hostil. Por eso el autor subraya mucho la solidaridad que tiene que existir en el seno de la Iglesia, para poder soportar los ataques.
Pero permitidme que hoy me fije en una sola frase: "No habéis visto a Jesucristo y lo amáis". He aquí la entraña de la fe. ¿Cuántas veces nos vemos impotentes para justificar muchos aspectos de nuestra fe, y sin embargo nos sentimos visitados por una seguridad que no nace ni de los argumentos ni de nuestra conducta irreprochable? Es la fuerza del amor.
Es la misma fuerza a la que se refiere Jesús en el evangelio, la que permite superar el cumplimiento de los preceptos para ir detrás de él. Sin la fuerza del amor, no vendemos lo que tenemos y no lo damos. Al contrario, con el paso del tiempo caemos en la cuenta de que necesitamos buscarnos muchas seguridades. Concluyamos con una oración final: "Señor, seducido por algunas cosas y paralizado por otras, hoy te pido que me concedas amarte por encima de todo. Yo sé que lo que es imposible para mí constituye tu don más precioso y posible".
Gonzalo Fernández
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Empezamos hoy la Carta I de Pedro, cuya fecha de redacción debió ser en torno al año 64, posiblemente coincidiendo con la puesta en prisión del apóstol Pedro en Roma.
En un período de persecuciones, la carta quiere dar ánimos a los cristianos, recordándoles la fuente de su identidad cristiana (el bautismo) y su pertenencia a la Iglesia. Algunos estudiosos han creído reconocer en este escrito un guión de celebración bautismal y pascual, o una homilía dirigida a los recién bautizados (los neófitos) para que empiecen a vivir el nuevo estilo de vida de Cristo.
La 1ª página de la carta es un himno de acción de gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Un himno impregnado de esperanza y de ánimos, que contiene estas ideas:
-los cristianos hemos nacido de nuevo,
hemos sido regenerados;
-por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos;
-y eso nos llena de esperanza y nos da ánimos para seguir fieles a Cristo, a
pesar de que haya pruebas y sufrimientos;
-mientras caminamos hacia la herencia final e incorruptible, que tenemos reservada
para nosotros en el cielo;
-y se nos dará cuando se manifieste Jesucristo;
-los cristianos de las siguientes generaciones tienen un gran mérito: "No
habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en él y os
alegráis con un gozo indecible y transfigurado".
En nuestra vida ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa, resucitando a Jesús de entre los muertos y ofreciéndonos después el bautismo como inicio de una nueva vida. Y así nos ha puesto en el mejor y más seguro camino de salvación. Somos herederos de una herencia que está a buen recaudo, y nuestra garantía está en el cielo, y se llama Cristo Jesús, a quien seguimos como cristianos.
La página de Pedro está llena de optimismo: resurrección, nacimiento nuevo, esperanza, alegría, fuerza, y marcha dinámica de la comunidad hacia la salvación final. Y que en medio haya momentos de sufrimiento y prueba tiene, en este contexto, menos importancia, porque con la fuerza de Dios podemos superarlo todo. En verdad podemos decir, con el salmo responsorial de hoy: "Doy gracias al Señor, de todo corazón y en compañía de los rectos. Porque él envió la redención a su pueblo, y ratificó para siempre su alianza".
Nos puede resultar estimulante que Pedro nos diga (a nosotros, aún con mayor motivo que a los de la 2ª generación) que tenemos mérito en amar y seguir a Cristo, sin haberle visto ni haber sido contemporáneos suyos.
Los cristianos tendríamos que recordar más nuestro bautismo. Podríamos, por ejemplo, visitar la fuente bautismal, en que renacimos a la vida de Cristo y fuimos incorporados a su comunidad. Y en torno a la Pascua podíamos hacer una oración, junto al baptisterio de la parroquia, dando gracias a Dios porque por medio de este sacramento fuimos hechos coherederos con Cristo de una esperanza que no nos fallará, y recibimos la fuerza del Espíritu para emprender el difícil camino de la vida, hasta la alegría final.
José Aldazábal
b) Mc 10, 17-27
Un hombre angustiado ("arrodillándose ante él") busca hoy solución para un problema crucial: cómo evitar que la muerte sea el fin de todo, y qué hacer para tener vida después de la muerte. Reconoce en Jesús un saber superior ("maestro insigne") y cree que puede resolver su problema y calmar su angustia. Jesús le responde que no es necesario consultarle a él, pues en esta cuestión los judíos han tenido el mejor de los maestros: Dios.
De los 10 mandamientos, Jesús omite los 3 primeros (que se refieren a Dios) y le recuerda solamente los 7 últimos (que se refieren al prójimo). Marcos añade "no defraudes", o no prives a otro de lo que se le debe. Son los mandamientos negativos, que prohíben cometer ciertas injusticias contra el prójimo.
En último lugar, e invirtiendo el orden, menciona Jesús el 4º mandamiento ("sustenta a tu padre y a tu madre"), insinuando con ello que la obligación para con la familia no puede servir de pretexto para eximirse de la obligación respecto al prójimo. La condición mínima para superar la muerte es, para empezar, no ser personalmente injusto con los demás.
El hombre declara que siempre ha sido fiel a esos mandamientos. Esto hace ver que Marcos describe aquí una figura ideal (el perfecto judío), para crear el contraste entre éste y las exigencias del mensaje de Jesús.
Jesús le demostró su amor, invitándolo a seguirlo y a incorporarse al grupo de discípulos. Y le expone la condición que tiene que cumplir: "Una cosa te falta". El hombre está preocupado por el más allá, pero eso no basta para su desarrollo como persona (el cual se obtiene siguiendo la línea de Jesús; Mc 9, 35), y para ello tiene que abandonar sus muchas posesiones. Así contribuirá a crear en este mundo una sociedad nueva ("el reino de Dios") donde reine la justicia y el ser humano encuentre su plenitud.
Aunque personalmente no sea injusto, este hombre está implicado, por su riqueza, en la injusticia de la sociedad. Como se ve, la ética propuesta por Moisés no eliminaba en la práctica la desigualdad, ni llevaba a una sociedad verdaderamente justa.
Es condición para todo seguidor, por tanto, tomar la decisión de eliminar, en cuanto esté de su parte, la injusticia. Para ello ha de renunciar a la acumulación de bienes ("todo lo que tienes"), que crea la desigualdad y la dependencia humillante, y "darlo a los pobres" (para reparar a nivel personal esa injusticia).
La acumulación de bienes proporciona una seguridad en el plano material, pero al ser injusta impide el desarrollo humano. En cambio, la verdadera riqueza y la seguridad definitiva se encuentran sólo en Dios ("Dios será tu tesoro"; Mc 10,14), que actúa a través de la solidaridad y el amor mutuo de la comunidad de Jesús, y garantiza el desarrollo personal.
El hombre, por su apego a la riqueza, no asiente a la invitación de Jesús. Sobre todo porque su amor a los demás es relativo, y no llega al nivel necesario para un cristiano. No está dispuesto a trabajar por un nuevo mundo (el de Jesús), y el antiguo mundo le basta. Prefiere el dinero al bien del hombre.
El grupo de discípulos no ha entendido el mensaje, y la ambición de preeminencia (Mc 9, 34) hace que no aspiren a un mundo nuevo que favorezca el desarrollo humano. Como se ve, su espíritu reformista piensa todavía en las categorías de la antigua sociedad.
Jesús resume lo sucedido con el rico, y resalta el obstáculo que constituye la riqueza para formar parte del reino de Dios. Aquí aparece la diferencia entre "la vida definitiva" (a la que aspiraba el rico, y que puede alcanzar si evita la injusticia) y "el reino de Dios" (en el cual no entra, y que no puede referirse en concreto más que a la comunidad de Jesús).
Las palabras de Jesús siembran el desconcierto entre los discípulos, que piensan que en el reino de Dios (la nueva sociedad) continúa existiendo la riqueza individual y la dependencia que ésta crea (Mc 6, 36).
Jesús no se retracta, sino que insiste en la misma idea ("para los que confían en la riqueza", frase muy bien atestiguada y requerida por el v. 25). Y añade un matiz: el rico no sólo tiene riquezas, sino que confía en ellas, y cree que son el único medio de asegurar la propia existencia. Con una frase hiperbólica ("más difícil es que un camello pase") acentúa la práctica imposibilidad de que un rico renuncie a la seguridad que le da su riqueza, para contribuir a la creación de una sociedad nueva ("el reino de Dios").
Los discípulos no se explican la exigencia de Jesús, y se preguntan si es posible la subsistencia del grupo sin el apoyo de la riqueza material de algunos de sus miembros (sothenai, lit. escapar de un peligro, en el sentido de "salvar su vida").
Jesús les da la solución: ellos miran la cuestión desde el punto de vista puramente humano, y la juzgan según su experiencia de sociedad. Y en ese planteamiento no hay más solución que la riqueza, para el problema de la subsistencia. Pero ésta es también posible de otro modo alternativo: con la solidaridad que produce el reinado de Dios.
Juan Mateos
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El texto de Marcos de hoy es parte de una unidad temática dividida en 3 partes, que están construidas bajo un mismo esquema. Cada intervención de Jesús suscita una respuesta-reacción de los discípulos que lleva a precisar el tema bajo la forma de enseñanza dialogada de Jesús en torno a la riqueza. En esta línea, Marcos ha construido un texto amplio y complejo, donde ha entretejido varias enseñanzas que subrayan las exigencias del seguimiento y precisan los peligros que genera la acumulación de la riqueza.
En la 1ª parte del pasaje (vv.17-22) nos encontramos de nuevo en el camino. Se le acercó a Jesús uno, lo saludó con profunda reverencia y le preguntó cómo heredar la vida eterna. El texto resalta con muchas palabras que el hombre es buen israelita (cumplidor de los mandamientos) y hombre intachable (conforme a los principios y valores de la tradición).
Pero para Jesús la observancia de la ley resulta insuficiente, porque él viene a ofrecer algo más grande que la ley judía: un proyecto de vida que desborda todos los valores anteriores en los que está construido el judaísmo. Por eso Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: "Una cosa te falta. Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Y luego ven y sígueme".
Jesús pone sus ojos en el hombre que ha buscado sus palabras, y al mirarlo con amor lo invita para que lo siga, y así puedan recorrer juntos el camino de la salvación. El hombre, en cambio, frunce el ceño y se va, pues no puede aceptar lo que Jesús le propone, "porque tenía muchos bienes".
De esta manera el texto nos plantea claramente esta disyuntiva: el cumplimiento ciego de la ley, o el camino de la pobreza evangélica, que el texto lo expresa así:
1º "Anda, cuanto tienes véndelo", que expresa la idea sobre la pobreza real y concreta: el no tener nada propio, y el no aspirar a la acumulación, como exigencia de Jesús para los que quieran seguirlo y aceptar su mensaje.
2º "Dáselo a los pobres", que indica el desprendimiento real y el empleo social de los bienes. De esta forma, el desprendimiento es signo de la entrega de la propia vida, y de lo que se tiene en favor de aquellos que no tienen nada. Es compartir con los desposeídos de la tierra, como una actitud de total encarnación en su propia realidad, compartiendo con ellos la vida y los bienes. Y solo así se podrá tener "un tesoro en el cielo".
3º "Luego, ven y sígueme", que invita a seguir a Jesús, a ser su discípulo y a compartir con él el camino del reino de Dios, libre ya de toda atadura que genera la acumulación de la riqueza.
En la 2ª parte del pasaje (vv.23-27) nos encontramos con el diálogo sobre la riqueza: "¿Quién podrá salvarse?". El texto está construido sobre el fondo anterior, y bajo el mismo esquema literario.
El hombre se ha ido, y Jesús se dirige a sus discípulos diciendo: "Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios". La sentencia es un campanazo para los discípulos, y una respuesta a la actitud del hombre en el contexto de la entrega y la llamada al seguimiento. El efecto en los discípulos es el desconcierto ("quedaron sorprendidos por estas palabras"), pero Jesús arranca de ellos toda ansia de poder pensado en la riqueza.
De nuevo Jesús reitera su sentencia sobre los ricos, y se dirige a sus discípulos con una imagen fuerte para acentuar la oposición entre riqueza y Reino: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios". La sentencia deja sin piso a los discípulos, que tienen otra idea sobre el Reino y la riqueza, y que por eso le preguntan: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?".
Jesús aclara la situación con otra sentencia: "Para los hombres es imposible, pero no para Dios. Porque todo es posible para Dios". Y de esta manera deja a los discípulos en una actitud de apertura y disponibilidad total, frente a la voluntad del Padre.
Carlo Martini
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Contesta hoy Jesús al joven rico una de las preguntas que muchos podrían hacerse: "¿Qué es lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17). En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la pregunta viene formulada así: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios" (Mc 10,18; Lc 18,19).
Pero antes de responder a la pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a sí mismo, sobre el motivo por el que lo interpela. Y así, indica a su interlocutor (y a todos nosotros) que la respuesta a la pregunta ("¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?") sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a Aquel que es el solo Bueno: "Nadie es bueno sino sólo Dios" (Mc 10,18; Lc 18,19). Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el bien.
En efecto, interrogarse sobre el bien significa en último término dirigirse a Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven es en realidad una pregunta religiosa, y que la bondad (que atrae, y al mismo tiempo vincula al hombre) tiene su fuente en Dios, aquél que sólo es digno de ser amado "con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente" (Mt 22, 37). Jesús relaciona la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas.
La afirmación de que "uno solo es el Bueno" nos remite así a la 1ª tabla de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto, y a darle culto solamente a él, porque es infinitamente santo (Ex 20, 2-11). El bien es pertenecer a Dios, obedecerle y caminar humildemente con él, practicando la justicia y amando la piedad (Miq 6, 8). Reconocer al Señor como Dios es el núcleo fundamental y el corazón de la ley, del que derivan y al que se ordenan los preceptos particulares.
Pero si Dios es el bien, ningún esfuerzo humano, o ni siquiera la observancia más rigurosa de los mandamientos, logra cumplir la ley (es decir, reconocer al Señor como Dios, y tributarle la adoración que sólo a él es debida (Mt 4, 10). Y el cumplimiento sólo puede lograrse como un don de Dios, como una participación en la bondad divina que se revela y se comunica en Jesús (aquél que el joven rico llama con las palabras maestro bueno; Mc 10,17; Lc 18,18). Lo que aquel joven logra solamente intuir será plenamente revelado al final por Jesús mismo, con la invitación "ven y sígueme" (Mt 19, 21).
Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el bien. Pero Dios ya respondió a esta pregunta, cuando creó al hombre y lo ordenó a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón (Rm 2, 15) o ley natural. Y después lo hizo en la historia de Israel, particularmente con los mandamientos del Sinaí, mediante los cuales fundó el pueblo de la Alianza (Ex 24).
Por esto, y tras precisar que "uno solo es el Bueno", Jesús responde al joven: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17). De este modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios. Los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna, y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús (nuevo Moisés), los mandamientos del decálogo son nuevamente dados a los hombres, él mismo los confirma definitivamente, y nos los propone como camino y condición de salvación.
A esta misma realidad se refiere la expresión "vida eterna", que es participación en la vida misma de Dios. Una vida eterna que se realizará en toda su perfección sólo tras la muerte, pero que desde la fe se convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida e incipiente participación de una plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús dice a sus discípulos justo tras el encuentro con el joven rico: "Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna" (Mt 19, 29).
La respuesta de Jesús no le basta todavía al joven, que insiste preguntando al Maestro sobre los mandamientos que hay que observar: "¿Cuáles?" (Mt 19, 18). Interpela el joven a Jesús sobre qué debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios, y Jesús le recuerda los mandamientos del decálogo que se refieren al prójimo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 19, 18-19).
Por el contexto del coloquio, parece que Jesús no pretende detallar todos y cada uno de los mandamientos necesarios para "entrar en la vida", sino más bien indicar al joven la centralidad del decálogo respecto a cualquier otro precepto.
Sin embargo, no nos pueden pasar desapercibidos los mandamientos de la ley que el Señor recuerda al joven: la 2ª tabla del decálogo, cuyo compendio (Rm 13, 8-10) y fundamento es el mandamiento del amor al prójimo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 19, 19; Mc 12, 31). Jesús remite al joven a los 2 mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo (Lc 10, 25-27), y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la vida eterna: "Haz eso y vivirás" (Lc 10, 28).
La respuesta sobre los mandamientos no satisface al joven, que de nuevo pregunta a Jesús: "Todo eso lo he guardado. ¿Qué más me falta?" (Mt 19, 20). No es fácil decir esto con la conciencia tranquila ("todo eso lo he guardado"), sobre todo si se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la ley de Dios. Sin embargo, aquel joven fue capaz de responder así, aunque reconociendo que todavía le falta algo.
Jesús, en su última respuesta, se refiere a esa conciencia de que "aún falta algo", e invita al joven a emprender el camino de la perfección: "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y sígueme" (Mt 19, 21).
No sabemos hasta qué punto el joven del evangelio comprendió el contenido profundo y exigente de la 1ª respuesta dada por Jesús ("si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos"). Sin embargo, sí comprendió perfectamente la 2ª respuesta de Jesús, sobre las condiciones para el crecimiento moral del hombre hacia la perfección (la pobreza evangélica). Y el joven, que hasta ahora ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente, pues hacerlo necesitaría una libertad madura ("si quieres") y el don divino de la gracia ("ven, y sígueme").
Nelson Medina
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El evangelio de hoy nos dice que cuando Jesús salió al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: "¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?". Se trata de un buscador de la vida, incluyendo la vida eterna (su centro de interés y lo que a él le interesa). Y cuando recibe la respuesta de Jesús, enumerando los preceptos de la 2ª tabla del decálogo, puede responder con orgullo autosuficiente que "todo eso lo he cumplido desde que era pequeño".
Pero Jesús no se queda ahí, e invita al joven a ir más allá de su cumplimiento de la ley y de sus propios intereses. Y le invita a poner a Dios y al reino de Dios en su seguimiento como nº 1 y por encima de sus propias posesiones (que, según parece, no eran pocas).
Ante esta invitación, el joven "frunció el ceño y se marcho pesaroso", estropeando la mirada de ternura que había suscitado en Jesús. Y prefirió seguir en sus propias seguridades. La búsqueda de aquel joven, por tanto, estaba subordinada a su propia seguridad, y ésta usurpaba el papel de Dios.
Pero lo mismo puede pasar en nosotros, aunque no seamos ricos. Porque puede haber otras seguridades que sean nuestro irrenunciable tesoro, y no podemos olvidar que nuestro tesoro está donde está nuestro corazón. Desde ahí, nos tenemos que preguntar: nuestro corazón, ¿está en Dios y en la búsqueda del reino de Dios como algo irrenunciable¿ ¿U otras seguridades nos impiden el acceso a la vida en plenitud? ¿Cuáles son? ¿Estamos dispuestos a renunciar a estas falsas seguridades? Si no lo estamos en este momento, ¿esperamos que Dios nos cambie el corazón, puesto que para él nada hay imposible?
José Vico
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Jesús se encuentra con un joven que quiere "heredar la vida eterna", y entabla con él un diálogo lleno de buena intención y de psicología.
El joven parece sincero, aunque tal vez demasiado seguro de su bondad ("todo eso lo he cumplido desde pequeño"). Jesús le mira con afecto, con esa mirada que tanto impresionó a sus discípulos (la mirada de afecto al joven de hoy, o la de ira a los que no querían ayudar al enfermo en sábado, o la de perdón a Pedro después de su negación). Y al joven le propone algo muy radical: "Una cosa te falta. Anda, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme". El joven se retiró pesaroso, y no se atrevió a dar el paso.
Jesús saca la propia lección: los ricos, o los que están demasiado apegados a sus bienes, no pueden acoger el reino de Dios, pues "más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja" que eso suceda.
Se trata de una escena simpática, en que un joven inquieto busca caminos y quiere dar un sentido más pleno a su vida. Pero el diálogo, que prometía mucho, acaba en un fracaso. Cojo se ve, tampoco Jesús consigue todo lo que quiere en su predicación, al respetar con delicadeza la libertad de las personas. Y como se ve, algunos le siguen a la primera, dejándolo todo (como los apóstoles) y otros se echan atrás.
Jesús se debió quedar triste, porque había puesto su cariño en aquel joven. Al igual que más tarde mirará con tristeza a la higuera estéril (que es Israel) y a los que habían convertido el templo en una cueva de ladrones.
El joven se convirtió en símbolo del pueblo elegido de Dios, que llegado el momento no quiso aceptar el mensaje del Mesías. No tuvo fácil su misión Jesús de Nazaret, y así nos lo hace ver a nosotros. Y es que Jesús no pide cosas, sino que pide la entrega absoluta. Y esto no consiste en tener o no tener, sino de ser y seguir vitalmente, en "cargar con la cruz cada día" y en renunciar a lo que estamos apegados.
Cuando estamos llenos de cosas, tenemos menos agilidad para avanzar por el camino, al igual que el atleta que quiere correr con una maleta a cuestas. Es el ejemplo que nos dio el mismo Jesús, "el cual, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, y se humilló hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,6-7). Jesús era rico y se hizo pobre por nosotros.
Los que han abrazado la vida religiosa han decidido imitar a Jesús más de cerca, lo han vendido todo y le han seguido. Y si han querido hacer los votos (de pobreza, celibato y obediencia) ha sido para poder caminar más ágilmente por el camino de las bienaventuranzas, y para poder amar más, para estar disponibles para los demás y para ser libres interiormente, como Jesús. Y todo ello no fiados en sus fuerzas, sino en las de Dios, porque esto "es imposible para los hombres, pero no para Dios".
Todo cristiano puede seguir el camino de las bienaventuranzas, y éstas no impiden que el discípulo de Jesús no pueda tener nada propio, sino de que no se apegue a lo que posee, o que no intente servir a dos señores. Sobre todo que sepa relativizar las cosas para conseguir el tesoro y los valores que valen la pena (los que ofrece Cristo).
José Aldazábal
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De camino a Jerusalén Jesús se encuentra hoy con una persona, muy reverente, que lo llama "maestro bueno" y que le pregunta por la práctica más segura para heredar la vida eterna. Cómo todos los israelitas, esta persona buscaba la manera de asegurar su salvación individual, y acude a Jesús como quien acude a un sabio reconocido que posee los arcanos secretos que aseguran la vida eterna.
Jesús no le revela a esta persona ningún secreto recóndito, sino todo lo contrario: le recuerda los principios éticos del decálogo (que todo el pueblo conoce), pero con un énfasis especial. Jesús destaca la importancia de los mandamientos referentes a la relación con el prójimo, y no los primeros mandamientos referentes a la relación con Dios.
Los 7 últimos mandamientos revelan la voluntad de Dios, y la justicia que debe observarse en las relaciones con los demás. Se enfatiza especialmente en la obligación de no robar y no estafar, o no engañar por ningún medio (aunque sea legal) a los demás. Deberes que no escapan a la comprensión de cualquier ser humano.
Aquel hombre rico responde que "todo eso lo he cumplido desde que era niño". Jesús le mira con cariño por la buena voluntad y sinceridad que manifiesta, y que ha sido en él un ideal de vida. Mas como el otro pide más certeza en los métodos para asegurar la salvación, Jesús le expone su propio ideal de vida: tener fe en Dios, y abandonar las seguridades que produce la riqueza.
Frente a esto, aquella persona se repliega y se aparta pesaroso, pues había asegurado ya esta vida con la riqueza, y lo único que quería era cubrir también la otra. Buscaba la seguridad última, y Jesús le ofrece la libertad y la solidaridad en la que viven él y sus seguidores (una vida que, por lo visto, el hombre adinerado no puede comprender, porque implican inseguridad).
Confederación Internacional Claretiana
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La escena evangélica de hoy nos muestra a un hombre rico preocupado por heredar la vida eterna. Para ayudarle en su propósito, Jesús le indica que basta con cumplir los mandamientos que miran al prójimo. Y al ver que éste los cumplía ya, le indica el camino para llegar a la plenitud humana, que pasa necesariamente por desprenderse de los bienes, darlos a los pobres y seguirlo. Asís su riqueza será Dios y éste (y no el dinero) será también su único señor.
Al oír esta recomendación de Jesús, el joven "se marchó entristecido, pues tenía muchas posesiones". Acto seguido Jesús hace notar a los discípulos lo difícil que es para los ricos entrar en el reino de Dios, pues para ello tendrán que renunciar al dinero como prueba de que adoran al único Dios verdadero, que se define como amor sin límite. Ser rico y cristiano resulta tan difícil como hacer pasar el animal más grande (el camello) por el agujero más pequeño (el de una aguja).
Los discípulos no entienden que Jesús recomiende a un hombre que se le ha acercado, y que podría resolver los problemas económicos del grupo, ponerle como condición previa vender todo lo que tiene y darlo a los pobres. De ahí que le pregunten: "Entonces ¿quién podrá subsistir?". No creen que sea posible la subsistencia material del grupo sin el apoyo de la riqueza material de algunos de sus miembros.
Jesús zanja la cuestión diciendo que lo que es humanamente imposible, no es imposible para Dios. Con Dios será posible el amor solidario, y la generosidad de los miembros de la comunidad se encargarán de proveer lo necesario para cada una de las necesidades.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
En cierta ocasión, nos dice hoy el evangelista, se acercó a Jesús uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? La formulación de la pregunta denota estima y respeto, y muestra aprecio a esa enseñanza de Jesús que él espera aplicar, de inmediato, a su propia vida. De hecho, la pregunta se sitúa en el nivel del hacer: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar esa meta y esa herencia?
Lo que aquel interlocutor espera es una directriz práctica, una doctrina moral a seguir. Así lo entiende Jesús, y por eso le responde: Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
El Maestro le indica, por tanto, el camino de esos mandamientos que integran la ley de Dios. Los que aquí se enuncian hacen referencia al prójimo, al respeto que merece su vida, sus bienes, su mujer, su fama y sus padres. Tales mandamientos son voluntad de Dios, y el que los cumple cumple la voluntad de Dios y se hace merecedor de la herencia eterna. Aquel muchacho le respondió: Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Si esto era realmente así, no había más que añadir: se había hecho merecedor de la herencia prometida a los cumplidores. Pero Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres (así tendrás un tesoro en el cielo) y luego sígueme. Le muestra, por tanto, un camino complementario: el camino hacia la perfección, pues cumplir los mandamientos no lo es todo.
Con ello, alude Jesús a que hay una conducta superior al hecho de no matar, no robar o no adulterar. Y que esa conducta superior consiste en entregar lo que uno tiene en bien de los demás, vender las propias posesiones, y con el dinero obtenido socorrer a los pobres. Al tiempo que les hacemos un bien a ellos, nos liberamos nosotros y nos hacemos más aptos para el seguimiento de Jesús.
Pero la acción de desprenderse
no es fácil, sobre todo cuando uno está apegado a esos bienes en los que pone su "siempre insegura" seguridad. Y al parecer, ésta era la situación anímica de aquel joven rico, porque a las palabras de Jesús frunció el ceño y se marchó pesaroso. Y es que era muy rico, precisa el evangelista, y por eso no estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas, ni a su bienestar ni a sus seguridades.La experiencia de aquel encuentro sirvió a Jesús para extraer una enseñanza moral muy útil para sus discípulos: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras de Jesús, que parecían dificultar enormemente la entrada en el Reino de los Cielos a los ricos. Y por eso Jesús precisa aún más: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios.
Esta comparación sorprende todavía más a los discípulos, y provoca su espanto. Y por eso comentan: Entonces, ¿quién puede salvarse?
El interrogante es pertinente, pues si la exigencia es ésta, ¿quién puede salvarse o entrar en el Reino de los Cielos? ¿Qué rico puede salvarse? ¿El que no ponga su confianza en el dinero? Pero ¿es posible ser rico, tener dinero, y no poner la confianza en él?
Quizás sea esto imposible para los hombres, pero no para Dios, pues Dios lo puede todo y puede hacer que un rico deje de poner su confianza en el dinero. Basta con hacerle pasar por una experiencia de ruina para hacerle tomar conciencia de que el dinero no sirve para todo, sino tan sólo para los cuidados paliativos.
Nos podemos hacer, por tanto, una pregunta: ¿Por qué esta incompatibilidad entre el dinero (o la confianza en el dinero), y el reino de Dios? Probablemente, porque tras el afán por el dinero hay una idolatría al dinero, que resulta incompatible con el verdadero culto a Dios.
Es lo que dice Jesús en otro pasaje del evangelio: No podéis servir a Dios y al dinero. Y es que el dinero se convierte fácilmente en un pequeño reyezuelo, un amo que reclama servicio, atención, culto y adoración. Y con ello deja de ser un medio (de adquisición de ciertos productos, más o menos indispensables para la vida) para convertirse en un fin (un ídolo que absorbe todas nuestras energías, y por el que uno arriesga y sacrifica aspectos tan importantes como la amistad, la armonía familiar, la paz social y la estabilidad personal).
El que pone su confianza en el dinero, frecuentemente deja de ponerla en los demás e incluso en Dios. Y este es el gran peligro del dinero: que somete a esclavitud, que despierta la codicia, que genera una espiral de efectos imprevisibles, que nunca se ve saciado, que aparta de Dios, que provoca la engañosa imaginación de que aporta seguridad.
La dificultad que Jesús ve en el dinero está en su poder encadenante y en su capacidad para atar, hasta el punto de encadenar nuestra voluntad y dejarnos sin libertad para actuar conforme al dictado de nuestra recta conciencia. Esto es lo que le sucedió a aquel joven rico: que sus posesiones le tenían tan aprisionado y le impedían seguir a Jesús, cuando éste parecía ser su verdadero deseo.
Ante semejante panorama ¿qué queda sino pedir al Señor que nos libere de nuestras posesiones (reales o imaginarias) y de ese falso espejismo que nos lleva a creer que son una base firme en la que poner nuestra seguridad?