27 de Mayo

Miércoles VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 mayo 2026

a) 1 Ped 1, 18-25

         San Pedro continúa hoy su catequesis bautismal, en este caso presentando una de las mejores preparaciones al bautismo para los padres que esperan a un niño y lo confían ya en su oración al Señor. Por supuesto, también es para nosotros una de las mejores meditaciones a la hora de avivar en nuestro interior la gracia de nuestro bautismo.

         A forma de introducción, nos dice Pedro: "Hermanos, conducíos con respeto y temor de Dios, mientras estáis aquí de paso". Respecto al término temor, conviene recordar que, en la lengua bíblica, dicha palabra está exenta del matiz teñido de miedo que posee en nuestras lenguas. De ahí que pueda ser mejor traducido por "conducíos en el respeto amoroso de Dios", pues ése es el sentimiento que experimentamos hacia nuestros padres, o el que tienen los hijos hacia sus padres, cuando se sienten profundamente amados.

         Eso es lo que propone Pedro a los bautizados: "Vivir delante de Dios y con Dios", como los hijos en una familia. Lo cual nos da ocasión para revisar nuestras actitudes como padres y madres, y para preguntarnos si adoptamos ante Dios esa misma actitud que pedimos a nuestros hijos.

         Estar bautizado es, en el fondo, "estar dispuesto a obedecer a Dios", a hacer su voluntad por amor, a adoptar su proyecto sobre el mundo, a ser un verdadero hijo para con Dios... Y no como privilegio, sino como ¡una responsabilidad! El bautismo no es compromiso, como decimos hoy, sino una responsabilidad. En este sentido, convendría que fuésemos siendo capaces de decir a nuestros amigos, sobre todo no creyentes, lo que significa el bautismo para nosotros: Vivir adoptando el proyecto de Dios.

         Continúa diciendo Pedro que "habéis santificado vuestras almas obedeciendo a la verdad, para amaros sinceramente como hermanos". Es decir, que en una misma frase nos introduce las palabras santidad, perfección, obediencia a la verdad, sumisión al plan de Dios, amor fraterno... Tal es el contenido, para Pedro, de esta "vida nueva en la que el bautismo", y lo que Dios espera de nosotros: la perfección del amor. Haciendo esto, "obedecemos a la verdad", y estaríamos realizando aquello para lo cual fuimos creados, y a lo que Dios nos ha destinado.

         "Amaos intensamente unos a otros con corazón puro", continúa diciendo el apóstol, pues "habéis sido reengendrados de un germen no corruptible: la palabra de Dios viva y permanente". Dios es amor, y corresponder a Dios es amar. De hecho, nuestro primer nacimiento humano fue ya el fruto de un amor (el de nuestros padres), y nuestro nuevo nacimiento ("engendrados de nuevo") viene del germen mismo de Dios: el amor. Un germen que, por otro lado, es incorruptible, vivo y permanente.

         Ser bautizado es dejar que la palabra de Dios quede sembrada en nosotros. Concédenos, Señor, vivir de tu palabra. Que tu palabra fecunde nuestra vida, y que nuestra vida llegue a ser amor, bajo la influencia de tu gracia.

         "Toda criatura es como hierba, como flor del campo", termina diciendo el apóstol Pedro. Efectivamente, la hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de Dios permanece eternamente. ¡Admirable imagen bautismal, la de una flor perdurable! El hombre por naturaleza es efímero y frágil, pero ¡Dios lo eterniza!

Noel Quesson

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         Pedro recuerda hoy a los recién bautizados la suerte que han tenido, porque ahora creen en Cristo Jesús, porque han sido rescatados de su antigua vida y porque han vuelto a nacer de Dios. De hecho, "ser rescatados" significa que alguien ha pagado el precio o fianza por su liberación. Ese alguien ha sido Cristo, que no ha pagado con una cantidad de dinero, sino con su propia sangre.

         Con eso ha cambiado la situación de estos neófitos, y por eso ahora pueden poner su fe y esperanza en Dios, que ha resucitado a Cristo de la muerte. Ellos han vuelto a nacer por el bautismo, pero no de un padre mortal sino de Dios mismo, y de su palabra viva y duradera que es el evangelio.

         Pedro quiere que los cristianos saquen de esta convicción una consecuencia concreta: "Amaos unos a otros de corazón". Si todos hemos nacido del mismo Dios, todos somos hermanos. Una perspectiva tan optimista debería motivar nuestra vida cristiana, y de nosotros se tendría que poder decir que "habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza".

         Tenemos motivos abundantes para esta confianza. Hemos vuelto a nacer, y esta vez del amor de Dios mismo, no del amor de unos padres mortales. Hemos sido rescatados por la sangre de Cristo, así que debemos valer mucho, cada uno de nosotros, a los ojos de Dios, porque él ha pagado un precio muy alto por nosotros.

         Una 1ª consecuencia de esto es que nuestra vida ha de verse cambiada de forma radical. La palabra viva de Dios, que a diario escuchamos y acogemos, nos quiere regenerar, e infundir su fuerza transformadora. Otras palabras y doctrinas nos podrán gustar, pero son caducas y como la flor campestre, que "cuando se agosta la hierba, la flor se cae". Mas la palabra del Señor "permanece para siempre" y es firme. Así, si construimos sobre ella, edificaremos para siempre.

         Hay otra consecuencia que se deriva de la anterior, y es que los mismos dones que yo, los han recibido también los demás. Así que los demás también son hermanos míos, e hijos del mismo Dios. La invitación de Pedro va para nosotros, cada uno en su ambiente: "Habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, así que amaos unos a otros de corazón e intensamente". ¿Cuántas veces nos enseña Dios, a través de las lecturas bíblicas, esta doble dirección de nuestra vida cristiana? Estamos llamados a una unión gozosa con Dios, y a la caridad sincera con el prójimo.

José Aldazábal

b) Mc 10, 33-45

         Continúa el camino de Jesús, y ahora en su recta final, hacia Jerusalén. Jesús va en cabeza. Suben con él los 2 grupos de seguidores: los Doce (como nuevo Israel) y los seguidores no israelitas. La disposición de ánimo de cada grupo es diferente; y así, mientras los 12 están desconcertados, los seguidores van con miedo.

         Así como la 1ª y 2ª predicción eran enseñanzas (Mc 8,31; 9,31), en correspondencia con la designación "los discípulos", esta 3ª es información y se dirige a los Doce. Solamente en ésta se nombra a Jerusalén y se afirma que las autoridades de Israel condenarán a muerte a Jesús y lo entregarán a los paganos. Se subrayan también los ultrajes que precederán a la muerte ("se burlaran de él").

         La mención de Jerusalén, centro del sistema judío, y del papel que van a desempeñar las autoridades mira directamente al nuevo Israel (los Doce). Este no puede ya estar centrado en la institución civil que entrega a la muerte al Mesías, ni tampoco vinculado a la institución religiosa (sumos sacerdotes) o legal (letrados), sino que tiene que desligarse de ese pasado (que ha desembocado en la traición a Dios).

         No hay reacción explícita de los Doce al anuncio de Jesús. E incluso, por lo que sigue en la escena, parece que les ha resbalado. De hecho, como después del 2º anuncio de la muerte (v.31), se manifiesta también ahora la ambición del grupo (v.34). Santiago y Juan, los Boanerges (lit. los Autoritarios; Mc 3,17), sin darse por enterados del anuncio anterior, esperan que Jesús ocupará el trono de Israel ("el día de tu gloria") y, adelantándose al resto del grupo, solicitan para ellos los primeros puestos en el reino que imaginan.

         Jesús les reprocha su ignorancia, que nace de la resistencia a aceptar sus palabras ("no sabéis los que pedís"), y les propone otro programa: aceptar una muerte como la suya (Mc 8, 34), expresada con 2 figuras:

-pasar el trago (lit. "beber la copa"), que subraya el aspecto de voluntariedad activa ("entregarse"; Mc 4,29);
-ser bautizado por las aguas (lit. "ser sumergido"), que pone de relieve la inevitabilidad pasiva ("ser entregado"; Mc 10,34).

         Será la cruz el lugar donde se proclame la realeza de Jesús ("el rey de los judíos"; Mc 15,26), y los puestos a su derecha y a su izquierda corresponden a los de los crucificados con él (Mc 15, 28). Jesús declara no poder asignar esos puestos más que a aquellos para quienes estén preparados, es decir, a aquellos que, al llegar el momento de la prueba ("cargar con su cruz"; Mc 8,34), respondan con una entrega como la suya. Ocupar esos puestos depende no de Jesús, sino de los discípulos.

         El deseo de poder y gloria de los dos hermanos hace estallar la indignación de los otros y causa división en el grupo (Mc 9, 50). Y los diez, por oposición a "los dos" (v.35), recuerdan el Cisma de las Tribus (1Re 12) y la ambición de algunos, que rompe la unidad del nuevo Israel.

         Jesús toma como contraste para la conducta en la comunidad a los poderes paganos absolutos ("los jefes de las naciones las dominan"); implícitamente está poniendo en paralelo con éstos el ideal mesiánico de los discípulos. Los regímenes paganos institucionalizan la absoluta desigualdad entre los hombres, estableciendo una clase dominante ("sus grandes"). Conforme a las expectativas judías, los discípulos conciben un Mesías autoritario y exigente, tan pernicioso para el hombre como las regímenes paganos que tanto desprecian. La esencia del poder dominador es la misma en todos los casos.

         Jesús pone de relieve el contraste de la nueva comunidad humana ("el reino de Dios") con esa organización social. Excluye terminantemente todo dominio de unos sobre otros, y declara que la grandeza no consiste en pertenecer a una clase dominante sino que se basa en el servicio. Así como que la ambición ("el que quiera ser grande") no tiene más ámbito que ése ("ha de ser servidor vuestro"; v.35). Tal debe ser la actitud de todos y cada uno dentro de la comunidad, actitud que, por ser de todos para con todos, crea la igualdad.

         La denominación "siervo de todos" (1ª vez en Mc) alude a la situación de la humanidad pagana, donde la sociedad legitimaba la esclavitud (Mc 5,2-20; 7,24-31). Y designa a los seguidores de Jesús en cuanto se ponen voluntariamente junto a los que sufren la opresión de los gobernantes ("las dominan, les hacen sentir su autoridad", v.42); la denominación implica, pues, la misión entre los paganos y la solidaridad con los oprimidos de todos los pueblos.

         Jesús caracteriza, por tanto, a sus seguidores como los diakonos (lit. servidores) por amor a la comunidad, y como siervos respecto a la humanidad, a través de un término (siervo) explícitamente opuesto a toda concepción pagana de dominio y poder.

Juan Mateos

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         Según Marcos, en la construcción de su relato, es la primera vez que el grupo se dirige hacia Jerusalén. Hasta aquí todo tuvo lugar en Galilea o en territorio pagano y he aquí que ahora suben hacia la capital. Jesús va delante. Y detrás, ¡todos tienen miedo! Gesto afectuoso de Jesús. Les agrupa "junto a él", para hacerles una nueva confidencia: el 3º anuncio de su pasión y de su resurrección.

         Jesús sabe lo que le espera, y la muerte no va a ser un accidente fortuito en su vida. Él sube hacia ella, aunque no de forma fatalidad ni como algo inevitable. Se dirige voluntariamente, como un paso más en la vida. Pues la finalidad es la resurrección.

         Entonces, Santiago y Juan se acercaron a Jesús y le dijeron: "Concédenos sentarnos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria." Jesús les respondió: "No sabéis lo que pedís."

         Esta es todavía la postura de los apóstoles: buscan los primeros sitios, buscan escalar cargos, comparten todavía los sueños mesiánicos de su pueblo. El Mesías es aún para ellos (¿y para nosotros hoy?) el triunfador victorioso que arreglará todas las cosas por su poder, con un "soplo de sus labios".

         Jesús trata de hacerles comprender cuál es el camino para acceder a la gloria, el suyo. Y les lanza 2 símbolos:

-el cáliz, imagen de algo difícil de tragar,
-el bautismo, imagen de la inmersión en el agua, con todos sus riesgo.

         Los otros 10 apóstoles "oyeron esto y se indignaron contra Santiago y Juan". Pero en el fondo, se indignan porque todos comparten la misma ambición.

         Por eso Jesús les dice que no sea esa la manera de tratarse entre ellos, y que "si alguno quiere ser grande, que sea el servidor". Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino "a servir y a dar su vida". Para Jesús, el camino de la cruz no es ante todo sufrir, sino servir. Y ésta es la regla constitutiva de la comunidad de Jesús: cada uno "debe ser servidor y siervo de todos". ¿Por qué? Para hacer como hizo Jesús. Sería una verdadera revolución, muy positiva, si todos nos esforzáramos en servir.

Noel Quesson

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         En el camino hacia Jerusalén, tanto geográfica como teológicamente, sitúa Marcos varias escenas programáticas. Jesús sube a la pasión, y deja bien claro a los discípulos que ellos habrán de seguir el mismo camino. Jesús va decidido y se adelanta un poco a los demás. Marcos dice que "los discípulos se extrañaban y los que seguían iban asustados".

         Jesús les anuncia por 3ª vez su muerte, y Marcos subraya que los discípulos no querían saber nada de eso. La 1ª vez fue Pedro el que tomó aparte a Jesús y le echó en cara que hablara de muerte y fracaso. La 2ª vez que Jesús anunció su muerte, los discípulos se pusieron a discutir sobre los primeros puestos. En esta 3ª, de nuevo Marcos subraya la cerrazón de los apóstoles: nos cuenta la escena de Santiago y Juan, ambiciosos, en búsqueda de grandeza y poder, pidiendo los primeros puestos en el Reino.

         Como respuesta Jesús les anuncia la muerte que deberán asumir esos 2 discípulos que ahora piden honores: lo hace con las comparaciones de la copa y el bautismo. Beber la copa es sinónimo de asumir la amargura, el juicio de Dios, la renuncia y el sacrificio. Pasar por el bautismo también apunta a lo mismo: sumergirse en el juicio de Dios, como el mundo en el diluvio, dejarse purificar y dar comienzo a una nueva existencia. La pasión de Cristo (la copa amarga y el bautismo en la muerte) les espera también a sus discípulos. Santiago será precisamente el primero en sufrir el martirio por Cristo.

         Los otros 10 se llenan de indignación, no porque creyeran que la petición hubiera sido inconveniente, sino porque todos pensaban lo mismo y esos 2 se les habían adelantado. Jesús aprovecha para dar a todos una lección sobre la autoridad y el servicio. Se pone a sí mismo como el modelo: "El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos".

         Por si también nosotros ambicionamos, más o menos conscientemente, puestos de honor o intereses personales en nuestro seguimiento a Jesús, nos viene bien su lección.

         La autoridad no la tenemos que entender como la de «los que son reconocidos como jefes de los pueblos», porque esos, según la dura descripción de Jesús "los tiranizan y los oprimen". Para nosotros, "nada de eso". Los cristianos tenemos que entender toda autoridad como servicio y entrega por los demás: "El que quiera ser primero, sea esclavo de todos". Cuando nos examinamos sinceramente sobre este punto, a veces descubrimos que tendemos a dominar y no a servir, que en el pequeño o grande territorio de nuestra autoridad nos comportamos como los que tiranizan y oprimen. Tendríamos que imitar a Jesús, que estaba en medio de los suyos como quien sirve.

         Pero además, y yendo a la raíz de la lección, debemos preguntarnos si aceptamos el evangelio de Jesús con todo incluido, también con la cruz y la subida a Jerusalén, sólo en sus aspectos más fáciles. Porque el mundo de hoy nos invita a quedarnos sólo con lo fácil, rehuyendo el dolor y el sufrimiento.

José Aldazábal

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         Camino de Jerusalén, y ya cerca de la ciudad, Jesús va delante, firme y consciente de su destino. Y anuncia por 3ª vez la pasión (el nº 3 significa insistencia). Los evangelistas presentan explícitas las predicciones, para resaltar que Jesús sabía adónde iba, en generosa libertad. Y como en las anteriores, también en esta última predicción podemos distinguir 3 pasos:

         1º Anuncio. Es va casi un esquema o programa de los hechos, que subraya sobre todo las humillaciones. El evangelista escribe para una Iglesia perseguida, que vive en clima de humillación social su propia pasión.

         2º Incomprensión. Pues 2 de los más destacados en el grupo apostólico manifiestan claramente su ambición de gloria y privilegio. En contraste con la humillación del Hijo del hombre, la iniciativa de los 2 hermanos resulta disonante y casi ridícula. Jesús interpreta y supera su deseo: tendrán ciertamente aquello que han pedido (la más íntima asociación de destino con el Maestro), pero a un nivel superior (el martirio) y no como lo esperaban (la gloria en este mundo)...

         3º Adoctrinamiento. Dirigido sobre todo a los discípulos futuros, sobre todo a los que tendrán alguna especial responsabilidad en la Iglesia. Y consistente en no imitar la forma pagana de gobierno (esclavizante) sino la del Hijo del hombre (liberalizante), que que se ha hecho el servidor no sólo de Yahveh (en la perspectiva de Isaías) sino de todos los hombres (Flp 2, 7-8).

         Se trata, pues, de la novedad cristiana de la autoridad como servicio. Servicio que se concreta en dar la vida y amar (Jn 15, 13), como único medio de posibilitar el lytron (lit. rescate) de la redención, a la manera de liberar esclavos o prisioneros de guerra (que era el contexto de la utilización del término lytron).

         Los asiduos a la Biblia pensarían que Jesús aludía a la liberación de Israel al salir de Egipto, así como los asiduos a la ley pagana pensarían que aludía a la liberación respecto de Roma. Pero el término que utiliza el evangelio (lytron) alude a algo más amplio, identificándose con una liberación total de toda esclavitud y servilismo: el pecado. Llega así Jesús a un rescate de la más profunda interioridad personal de cada existencia humana. Sólo será libre quien aprenda a servir y amar, a Dios y a los hermanos.

Emiliana Lohr

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         El pasaje del evangelio de hoy también nos habla de la gloria. Estas son las palabras de la petición que hacen los hijos de Zebedeo: "Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Por lo que parece, para ellos era evidente que Jesús iba camino de la gloria, y están ansiosos por asegurar sus puestos.

         Jesús, por su parte, les hace ver de inmediato la distancia entre sus pensamientos (ilusorios) y el camino de la realidad, que es el que él mismo sigue. Por eso, su réplica es: "No sabéis lo que pedís". Hay varios modos, todos saludables, de entender estas palabras.

         Aquellos apóstoles no sabían lo que pedían porque desconocían el camino que llevaba a esa gloria. Esta interpretación brota espontánea del texto escuchado. Cristo les dice: "¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber, o recibir el bautismo con que seré bautizado?". Ellos querían el premio pero desconocían el rigor de la batalla.

         Otra interpretación tiene que ver con el sentido mismo de aquella gloria. Hemos dicho que la gloria divina es la manifestación de la verdad de Dios. Es algo incomparable, como lo es Dios mismo. Nada se parece a Dios mostrándose en su esplendor y victoria definitiva. Estos Zebedeos se imaginaban las cosas según parámetros que hoy nos parecen muy estrechos. Pensaban quizá en un gran desfile militar o en una sala adornada ricamente, cuando la corte se restaurara en todos su esplendor en Jerusalén. Y querían estar allí, en esa sala o ese desfile.

         Todo eso parece ridículo. Pero no es menos ridículo lo que nosotros nos imaginamos que significa "ser importante". Lo verdaderamente importante es ser de Dios, pero esto sólo con trabajo lo descubrimos, y el camino para descubrirlo es el camino mismo de Cristo, hasta la cruz, el sepulcro y finalmente la pascua y la gloria.

Nelson Medina

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         El mensaje de hoy de Jesús es persistente. Y frente a la tendencia que tiene el ser humano a conquistar el poder, la fama y los honores, Jesús desvela a los discípulos que su camino pasa por "dar la vida" para "dar vida", que la cruz no es un fin en sí mismo, sino el paso necesario (la Pascua) para llegar a la resurrección. Pero los discípulos (y tal vez nosotros como ellos) o no entienden o no quieren entender.

         El evangelio de hoy da una vez más prueba de ello. Esta vez son 2 discípulos (los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan) quienes se acercan a Jesús para pedirle sentarse a su derecha e izquierda el día de su gloria. Ellos sueñan todavía en clave de poder, dominio y gobierno.

         Jesús les dice que no saben lo que piden. Porque sentarse a la derecha y a la izquierda el día de su gloria (el día en que se manifieste el poder del amor de Dios en la cruz) será estar dispuestos a ser crucificados con él para dar vida, o lo que es igual, sumergirse en las aguas de la muerte como condición para arribar a la orilla de la resurrección. Y esto no depende de Jesús, ni siquiera del Padre, sino de quienes de entre sus seguidores estén dispuestos a seguirlo hasta la muerte. Ésos serán los que se sienten a su derecha y a su izquierda.

         El día de la muerte de Jesús ninguno de los discípulos optó por los primeros puestos, por ser crucificados con él. En su lugar tuvieron que poner dos bandidos. Ninguno de ellos había aprendido la verdadera lección de amor a partir de la cual nace una nueva humanidad en la que no se trata ya de tiranizar a los demás como suelen hacer los jefes de los pueblos, ni de oprimir a los otros como hacen los grandes.

         En la nueva sociedad de Jesús, vale más quien más se abaja para servir, y es el 1º el que 1º debe hacerse esclavo de todos. Así de sencillo, y así de difícil. ¿Estamos de acuerdo nosotros con esta forma de pensar? ¿La llevamos a la práctica en la vida diaria?

Confederación Internacional Claretiana

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         Nos encontramos con el 3º anuncio de la pasión (Mc 10, 32-35). Y lo que antes se había anunciado en forma incompleta, ahora se hace realidad al final del camino: Jerusalén, el lugar del cumplimiento de las promesas mesiánicas. El 3º anuncio de la pasión se convierte en marco de referencia para entender el relato posterior (centrado en las ambiciones de poder de los Zebedeos).

         El relato pone 2 situaciones en contraste: 1º Jesús marcha a la cabeza, abriendo camino y tomando la iniciativa; 2º los seguidores se regazan a la cola, llenos de miedo y tramando sus cargos. El contraste es evidente, pues para Jesús se ha cumplido el tiempo, y ha llegado el momento de enfrentar la realidad: "Mirad que subimos a Jerusalén, y el hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles". Por otro lado, para sus discípulos, la entrega y el sacrificio de la propia vida no es totalmente clara.

         Marcos nos presenta a Jesús subiendo a Jerusalén, lugar donde se manifestará plenamente el poder de Dios, como signo del antipoder. En este trasfondo debemos situar la petición de Santiago y Juan (los hijos de Zebedeo), que pretenden tergiversar el contenido del mensaje del Reino, queriéndose sentar a la derecha y a la izquierda y convirtiéndose así en signo de antagonismo mesiánico (ya que Jesús plantea la entrega de la propia vida, y ellos pretenden el poder de los primeros puestos).

         La actitud de los Zebedeos (búsqueda de puestos y cargos) origina la división y ruptura en la unidad del grupo. Y Marcos resalta que por un lado están los 2 hermanos (los Zebedeos) y por otro los 10 discípulos restantes, apareciendo como 2 grupos enfrentados entre sí. Los llamados y elegidos a ser signo de unidad como experiencia de verdadera vida común, prefieren la confrontación y la lucha por la ambición del poder temporal.

         Ante la lucha por el poder en los discípulos, Jesús responde de 2 maneras. A los Zebedeos los confronta con la capacidad de entrega de su propia vida y sacrificio (como clave para entender el discipulado). Y a los demás discípulos los confronta con la realidad de tiranía y opresión pagana (como clave para entender la pertenencia eclesial). Con sus respuestas, Jesús pone una vez más sobre la mesa la entrega de la propia vida, como base de todo seguimiento.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         En su trayecto hacia Jerusalén, Jesús hace hoy partícipes a los Doce de los acontecimientos que se avecinan: El Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes, será condenado a muerte y ejecutado por medio de paganos que lo llevarán a la cruz; y al tercer día resucitará. Es un recuento anticipado del kerigma o anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

         En este contexto, se acercan a él los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, con una petición: Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir. Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Albergaban deseos que no podían reprimir, pues eran deseos de gloria.

         Jesús, que ve la ambición que esconde esta petición, les dice: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Le responden: Lo somos.

         Para beber semejante cáliz, o para bautizarse con este bautismo con el que habría de bautizarse el Maestro, se requería capacidad, y eso era algo que los Zebedeos no tenían por el momento. No obstante, y sin medir el alcance de su afirmación, responden: Lo somos.

         Lo que pretendía ser sólo la petición de una concesión, se convierte así en una exigencia martirial, porque los dispuestos a recibir gloria lo están también de asumir ese compromiso de fidelidad, hasta la muerte. Por eso Jesús añade con palabras proféticas: El cáliz que yo voy a beber, lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con el yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, está ya reservado. Efectivamente, la gloria está reservada para quienes hayan bebido del cáliz martirial y para quienes Dios quiera concederlo.

         Pero aquella petición estaba bastante desorientada, a juicio de Jesús, pues él acaba de anunciarles su muerte y ellos siguen pensando en reinos humanos, en los que el poder se reparte en función de las preferencias del mandatario supremo. El reino de Cristo es de otro estilo, e implica compartir el destino mortal de Jesús, y beber el cáliz de la amargura que le va a ser entregado.

         Ser capaces de beber este cáliz es ser capaces del martirio, y por eso Jesús anticipa que en su momento lo beberán. Pero el puesto a ocupar en el Reino no es cosa suya, sino de su Padre.

         Ante la petición de los Zebedeos, cargada de ambición humana, Jesús parece significar que el acceso a su Reino pasa por la participación en su destino sufriente, y que su Reino es esencialmente un reino de mártires (al menos potencialmente), y de personas dispuestas a dar la vida por su causa.

         Por eso, la actitud que los Zebedeos muestran en su petición es en aquel momento opuesta a la actitud que deberían tener, que en aquel momento (de su vida) debería ser la de querer compartir su vida con Cristo. De hecho, aquella petición provocó de inmediato la indignación de los otros diez, que vieron en ella una actuación poco lícita, por no decir poco limpia, pues rivalizaba en ambiciones.

         Estando así las cosas, Jesús les reúne para adoctrinarles: Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso. El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

         Son muchos los casos de tiranía y de opresión, por parte de reyes y emperadores, que la historia ofrece en su recorrido por el tiempo. Pero estos no deben ser nunca modelo de conducta para la Iglesia, pues en ella no deben regir los criterios que rigen en el mundo.

         Es lo que recuerda Jesús: El que quiera ser realmente grande (que es lo que querían los Zebedeos, y quizás lo que queremos todos) que sea vuestro servidor. Aquí, la grandeza se mide por la capacidad de servicio, y como dirá San Pablo, el más grande es el amor. Es decir, el amor es servicial.

         La grandeza de una persona se mide en la Iglesia por su capacidad de entrega al servicio de los demás (= procurando su bien). La donación en el amor presente en una persona es la que le hace grande, porque lo más grande es el amor. Por eso, también es lo que más engrandece.

         Siempre nos resultará difícil conciliar los miembros de esa extraña ecuación: la primacía y la esclavitud, ser primero y ser esclavo. Porque el esclavo ha sido siempre el último en consideración social, y hasta ha sido equiparado a un animal doméstico o a una mercancía que se puede tasar, comprar y vender.

         La comparación resulta extrema, pero es iluminadora. A los ojos de Dios, la primacía la tienen no los esclavos forzados a serlo, pero sí los que por amor están dispuestos a servir a sus hermanos hasta el punto de prestarles un servicio de esclavos. Jesús dirá todavía más, cuando recordó que él ha venido para dar su vida en rescate por muchos.

         En este servicio eclesial, Jesús no nos ha dado simplemente ciertas prestaciones sociales, sin exigir nada a cambio (el trabajo de un esclavo que no reclama ningún derecho). Sino que nos ha dado su propia vida como rescate. Este es el precio de la redención, y la densidad del servicio eclesial.

         Por eso, Dios nos otorgará la primacía, como también otorgó a su Hijo la primacía (el nombre sobre todo nombre) el homenaje (de toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo) y el señorío (sobre toda criatura, para la gloria de Dios Padre).

         La primacía de Cristo podrá ser participada, por tanto, por todo aquel que decida, en su nombre, dar la vida en rescate (= en bien) por los demás. Esta es la grandeza que distingue a los santos y a los mártires, y la que nos ofrece la oportunidad de ocupar los puestos reservados por el Padre en el Reino de los Cielos. Lo demás es ambición vana y fugaz.

 Act: 27/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A