30 de Mayo

Sábado VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 30 mayo 2026

a) Jds 17, 20-25

         Leemos hoy uno de los libros más cortos del NT, escrito por un tal Judas (hermano de Santiago el Menor y, por tanto, pariente de Jesús). Se trata de una epístola particularmente violenta para con los heréticos, esos "falsos doctores" totalmente reprensibles por sus errores doctrinales y su mala conducta moral.

         Vosotros, comienza diciendo Judas, "acordaos de lo que predijeron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, hay que tener como referencia la verdad es el evangelio, que es lo que han relatado los apóstoles. Es la llamada "tradición apostólica", no inventada sino recibida, e incluso inspirada.

         Para nosotros, la traditio apostólica no es una invitación suplementaria a la que referirnos, sino que es a la que hay que recurrir para captar la veracidad de la palabra de Dios, así como para comprenderla mejor.

         No obstante, conservar la tradición no consiste tan sólo en repetir las palabras del pasado, aunque éstas haya que conservarlas fielmente como criterio de verdad. Sino que también consiste, por ejemplo, en adaptar las palabras del pasado al presente, con traducciones que no traicionen pero sí aclaren la terminología.

         Es en lo que consiste la "tradición eclesial", como responsabilidad propia de los cristianos de todos los tiempos, y en el siglo presente en constante y acelerada mutación. Es decir, que la verdad fue dicha por Jesucristo, escrita por los apóstoles y traducida por los cristianos (sobre todo por el papa, como criterio último del depósito de la fe). Danos, Señor, esa fidelidad y esa audacia, y haznos ser verdaderos hombres de la tradición y de la actualidad.

         A continuación, anima Judas a mantenerse insertos en un perfecto marco trinitario: "Orad en el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, estad prestos a recibir la misericordia de nuestro Señor Jesucristo".

         Conforme a la práctica de la Iglesia primitiva, la conclusión a cada escrito o carta se hacía con una explícita referencia a un himno trinitario, como bien vemos en la mayoría de oraciones de la misa (el Gloria, el Credo, el Invitatorio, el Envío...). ¿Qué lugar ocupa la Trinidad en mi oración?

         Tras lo cual, concluye Judas animando a la misión, desde la persuasión y prudencia: "Si titubean algunos, tratad de convencerlos. Salvadlos arrancándolos del fuego, y mostradles misericordia con cautela, odiando la túnica manchada por su carne".

         Es decir, que termina como empezó, aludiendo a la relación con los heréticos. Hay que tratar de salvarlos mediante el diálogo, pero sin caer en sus redes e incluso huyendo de ellos si hace falta. La fórmula es particularmente violenta, y en ciertas épocas puede que la Iglesia se cebara excesivamente con los herejes. No obstante, la advertencia está ahí. Perdón, Señor, por las épocas de la Inquisición, y por la inversa época actual donde todo da igual.

         "Al que puede preservaros de la caída, y presentaros sin tacha ante su gloria con alegría, fuerza y poder, ahora y por todos los siglos". Es el final de la Carta de Judas. Danos, Señor, este sentido agudo de tu gloria, ayúdanos a ser más irreprochables y más "llenos de alegría".

Noel Quesson

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         Todo el escrito de hoy de Judas está presidido por una doble preocupación:

-que los cristianos se mantengan firmes en la fe tradicional, que proviene de los apóstoles y que se ha escrito de una vez para siempre (vv.3.17.20),
-que no se dejen engañar, seducidos por el modo de obrar y de hablar (vv.8-16) de quienes, llamándose discípulos y participando en "vuestras comidas fraternas", son en realidad impíos (vv.4.12.18-19).

         Se trata, éstos últimos, de los herejes, los impíos de los últimos tiempos (v.18) que, en sus desviaciones, tratan de no distinguirse del resto de cursantes de la historia de salvación (v.4).

         El autor expone lo que les pasó a los impíos antiguos (vv.5-8), para mostrar cómo éstos, que viven cometiendo los mismos pecados, no podrán evitar su condenación en el juicio del Señor (vv.9-16).

         En la descripción de los pecados de los impíos, Judas muestra una buena formación judía, y que conoce los apócrifos Libro de Henoc (vv.6.15-16) la Asunción de Moisés (v.9) y el Testamento de los Doce Patriarcas, donde también se citan (uno tras otro) el pecado de los ángeles y el de Sodoma (vv.6-7).

         En su exhortación a luchar por la fe, Judas aporta unos fundamentos sólidos. Pero sobre ellos ha de reinar el amor de Dios, la esperanza en Jesucristo y la oración al Espíritu Santo, que unifica todo pluralismo y diversidad de dones (1 Cor 12, 4.7.11) e irán construyendo un firme edificio de vida eterna.

         La fe, pues, supone una doctrina recibida (que hay que recordar constantemente), y una acción que la mantiene viva, ya que quien escucha y conoce las palabras de Jesús, pero no las pone en práctica, "se parece al necio que construyó su casa sobre arena" (Mt 7, 26).

         Un cristiano auténtico, en total desacuerdo con los vicios de la carne, no puede quedar indiferente ante los falsos discípulos, sino que debe convencer a los que vacilan (v.22) y apartar del fuego a los que se queman, sin ninguna clase de opresión ni injuria. Eso sí, sabiendo que el que lucha de parte de Dios siempre deja el juicio, la represión y el castigo al Señor (vv.9.23; Rm 12,19), el cual "promoverá fielmente el derecho, y no vacilará ni se quebrará" (Is 42,3-4).

Josep Magí

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         La Carta de Judas que hoy escuchamos es tan breve que ni siquiera está dividida en capítulos. Su estilo es vibrante, duro y casi violento. A nosotros puede resultarnos desconcertante porque no encaja con nuestras moderadas formas actuales, pero hay que situarla en su contexto.

         El autor de la carta es Judas, el hermano de Santiago el Menor (obispo de la Iglesia de Jerusalén), que escribe a finales del s. I a cristianos que conocen bien la tradición judía. Con su mensaje enérgico, trata de prevenir contra los falsos maestros que se han infiltrado en la Iglesia, y por eso los anima a "mantenerse firmes en la fe recibida de los apóstoles", y a no ceder a las tentaciones.

         ¿Podemos usar hoy este registro, en un contexto cultural que promueve la tolerancia y el diálogo? Creo que sí. Cuando perdemos la capacidad de no sobresaltarnos por nada, o cuando todo nos parece uniformemente gris, o cuando nos da igual dedicar el tiempo a ayudar que a holgazanear, entonces necesitamos que alguien nos despierte con energía. Es lo que hace hoy Judas, en una de esas formas de amar que también tiene el amor.

Gonzalo Fernández

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         Hoy leemos uno de los escritos más breves del NT: la Carta de Judas, no escrita por el apóstol Judas sino por otro Judas, el hermano de Santiago (el "pariente de Jesús") y su sucesor como responsable de la comunidad de Jerusalén (en el tiempo inmediatamente posterior al apostólico).

         La breve carta va dirigida, con términos muy duros, contra los herejes gnósticos, que se metían en la Iglesia y que se las daban de maestros, proclamando un espiritualismo falso, una moral libertina y una filosofía sincrética con todo tipo de galimatías y absurdas cábalas.

         Judas anima a los cristianos a mantenerse firmes en su fe, haciendo frente a las desviaciones y proclamando sin cesar la devoción en la divina Trinidad: "Movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando a nuestro Señor Jesucristo".

         También parece como si Judas hubiera querido reunir en un mismo programa de vida las 3 virtudes teologales. Es lo que él mismo describe: "Continuando el edificio de vuestra santa fe, manteneos en el amor de Dios, aguardando a que Jesucristo os dé la vida eterna".

         Cada generación cristiana necesita permanecer alerta ante los falsos maestros y ante los movimientos que no vienen del Espíritu de Dios. Por eso se tiene que mantener vigilante, y ejercer con sabiduría el oportuno discernimiento, guiada por el magisterio de los que Cristo puso como obispos (apóstoles) y papas (cabezas de los apóstoles).

         Haremos bien en escuchar a Judas en su dinámico programa: seguir edificando sólidamente la fe, mantener el amor, dejarnos ganar por la esperanza, apoyarnos en Dios. Esto es "lo único que puede preservaros de tropiezos, y presentaros ante su gloria exultantes y sin mancha".

         Por último, es muy realista la consigna que da San Judas respecto a los vacilantes: "Algunos titubean. Pues bien, tened compasión de ellos. A unos, salvadlos arrancándolos del fuego; a otros, mostradles compasión pero con prudencia". En los tiempos que corremos, tan difíciles como los primeros, nos tenemos que ayudar unos a otros, haciendo caso a lo que nos dijeron los apóstoles.

José Aldazábal

b) Mc 11, 27-23

         Jesús dedica hoy una nueva jornada a Jerusalén, donde se prevén las reacciones judías respecto a la denuncia que había hecho ayer Jesús, en el propio Templo de Jerusalén.

         Y nos dice Marcos que, aunque los dirigentes tramaban ya su muerte (Mc 11, 18), Jesús sigue paseándose por el templo, sin que se mencione a sus discípulos. Y es que mientras los dirigentes tienen miedo de Jesús (Mc 11, 18), éste no les tiene a ellos miedo.

         Se le acercan entonces los 3 grupos que componían el Sanedrín (o Gran Consejo), exponentes de los 3 poderes oficiales: el religioso-político (los sumos sacerdotes, o aristocracia sacerdotal), el intelectual (los letrados, o teólogos y juristas) y el económico (los senadores, o aristocracia civil). La presencia de los 3 grupos (o Gran Consejo en pleno) indica la gravedad de la situación, y deciden hacer a Jesús 2 preguntas. La 1ª quiere saber qué clase de autoridad se atribuye Jesús para hacer lo que hace, y la 2ª quién le ha dado esa autoridad (si es que la tiene).

         Efectivamente, a su entrada en Jerusalén (que hoy no aparece, sino el día de Ramos) Jesús ha sido aclamado como Mesías, y la expulsión de los mercaderes era fácil de interpretar como un gesto mesiánico. Pero los dirigentes no consideran de momento si esa actuación de Jesús estaba justificada, o si su denuncia correspondía a un abuso real. Lo que realmente quieren destruir es la autoridad y legitimidad de Jesús, y quieren pillarlo por eso en un renuncio, llevándolo así al terreno jurídico.

         Jesús decide entonces desenmascarar la mala voluntad de los dirigentes, que impide toda posibilidad de diálogo. Y por ello contesta con una pregunta que invita al diálogo, aunque prevé que no van a contestarla ("contestádmela y os diré") porque cualquier respuesta los comprometería.

         Los dirigentes quieren juzgar sobre la procedencia del mesianismo de Jesús, pero no pueden hacerlo sin definirse antes sobre la procedencia del bautismo de Juan, precursor de Jesús. Les pide una opinión sobre la actividad de Juan Bautista, que tampoco tenía credenciales jurídicas. La pregunta que les hace (¿era cosa de Dios o cosa humana?) es la misma que puede hacerse sobre su pretensión mesiánica. Y está claro que ellos, los administradores de la "cueva de bandidos", no han hecho caso de la exhortación de Juan a la enmienda.

         Los dirigentes se muestran inseguros, ponderando los pros y los contras de cada alternativa. Querrían decir que el bautismo de Juan era cosa humana, pero no se atreven por miedo al pueblo (que lo tenía por profeta). Y si responden que era cosa de Dios, ya sabían ellos que Juan señaló a Jesús como el Cordero de Dios.

         Optan los dirigentes judíos, por tanto, por no pronunciarse, mostrando su mala fe. Sus motivaciones nada tienen que ver con Dios, cuya invitación han rechazado en la persona de Juan. Buscan tan sólo conservar su poder y salvaguardar sus intereses, y para ello lo más conveniente es mantener una postura ambigua (que no los comprometa). Con ello, sin embargo, no podrán condenar el mesianismo de Jesús, ni tampoco desautorizarlo. Tendrán que tolerar, de momento, su enseñanza, aunque más tarde lo prendan de forma ilegal y a traición. Jesús no responde a la mala fe.

Juan Mateos

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         La 3ª jornada de Jesús en Jerusalén está ocupada por discusiones con las autoridades y la intelectualidad de la capital. Los responsables de la religión, los educadores y los intelectuales de entonces, acosan a preguntas a Jesús. Y todo porque Jesús ha manifestado que tiene autoridad sobre el templo.

         En el contexto histórico éste fue un gesto significativo. Hoy estamos tentados de retener sólo el aspecto espectacular, pero para un judío de aquel tiempo el gesto de Jesús era la afirmación de una pretensión inverosímil. ¡Jesús reivindica su soberanía sobre la casa de Dios! Y lo hace pretendiendo así cumplir las profecías mesiánicas que expresan la espera de todo un pueblo.

         Hábilmente, Jesús hace una pregunta indirecta a sus acosadores, a propósito de Juan Bautista. Sabe, en efecto que ante él tiene a unos interlocutores que no buscan precisamente la verdad, sino prolongar quisquillosamente la discusión. No están dispuestos a cambiar de opinión ni de conducta, pues están seguros de sí mismos y de su verdad. Pero la personalidad misteriosa de Jesús, así como sus palabras y acciones, les interpelan, y dejan bloqueadas sus certidumbres.

         Y henos también a nosotros aquí, entre la espada y la pared. A los pocos días de la Pasión surgen las posturas, los campos se delimitan, y no es posible quedarse neutral. Nosotros también tendremos que escoger en pro o en contra de Jesús, y comprometernos por entero a seguirle.

         Entonces, Jesús les dijo: "Tampoco yo os digo con qué poder hago estas cosas". ¡No! que no se espere tampoco que Jesús les vaya a forzar la mano con una manifestación de potencia divina. Cuando, dentro de unos días le provocarán ("si eres Hijo de Dios, baja de la cruz"), el no bajará. Dios sólo quiere reinar sobre los corazones libres y entregados.

Noel Quesson

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         La escena de hoy es continuación de la de ayer, en la que Jesús había expulsando proféticamente a los mercaderes y cambistas del Templo de Jerusalén, alborotando a las autoridades. En esta ocasión, las autoridades envían una delegación para pedirle cuentas de con qué autoridad ha hecho eso.

         Jesús no les contesta, sino que a su vez les propone una pregunta, pues cuando él ve que no hay fe (o que hay doblez en la pregunta) considera inútil dar argumentos. De hecho, a veces Jesús sabe guardar silencio (como ante Caifás, Pilatos o Herodes), contestar esquivamente (como en el caso de la moneda del César) o incluso poner trampas a sus interlocutores (desenmascarando sus intenciones capciosas).

         La pregunta de los jefes no era sincera, pues la única respuesta posible era la de la autoridad mesiánica, proveniente de Dios, y eso es lo que ellos querían escuchar. Pero Jesús no les va a dar el gusto de afirmar una cosa que no van a aceptar, y que les daría motivos de acelerar su decisión de eliminarlo. Desde ahora se van a precipitar las cosas, con fuertes controversias que desembocarán en el proceso y la ejecución de Jesús.

         Ante los gestos proféticos que también ahora se dan en el mundo y en la Iglesia, deberíamos afinar un poco más nuestra reacción. Pues hay que saber discernir si los movimientos y nuevas voces vienen o no del Espíritu. Pero no deberían ser los intereses personales o el orgullo, o la pereza ante los cambios, lo que motive nuestra decisión. De hecho, los jefes que interpelan a Jesús rechazan ya de entrada toda explicación que les vaya a dar.

         Cuando no nos interesa un mensaje, intentamos desautorizar al mensajero. Cuando un profeta nos interpela en una dirección que sacude nuestros hábitos mentales o nuestra comodidad o nuestros intereses, en lugar de preguntarnos si vendrá de Dios, nos dedicamos rápidamente a desprestigiar al profeta, para no tener que hacerle caso. A los judíos les pasó con el Bautista y luego con Jesús.

         A nosotros nos pasa siempre que en nuestro camino vemos u oímos voces proféticas que ponen en evidencia nuestra pereza y nuestros fallos, o nos estimulan hacia caminos más exigentes. Lo hacemos con mayor disimulo que los jefes de Jerusalén. Pero lo hacemos, e ignoramos al profeta. No nos damos por enterados de lo que Dios nos estaba queriendo decir. Luego no nos quejemos de la obstinación de los judíos.

José Aldazábal

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         El evangelio de hoy nos presenta una escena singular, en que Cristo responde a una pregunta con otra pregunta, y supedita su respuesta a la respuesta de quien le pregunta. Parece un juego de dialectos, o una forma elegante de evadir un asunto comprometedor, pero se trata de algo en cuyo fondo hay algo máss.

         En efecto, Jesús no les pregunta cualquier cosa, sino que les pregunta por Juan, a forma de "¿habéis entendido el mensaje de Juan?". Porque quien no entiende el mensaje de Juan (del arrepentimiento) no entiende el mensaje de Jesús (de la gracia). Y les viene a decir que la gracia no significa nada para quien cree que no la necesita, al igual que el alimento no significa nada para quien no tiene hambre.

Nelson Medina

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         Esta vez se acercan a Jesús representantes de los 3 poderes judíos: el religioso (sumos sacerdotes), el ideológico (escribas y letrados) y el económico (senadores, o saduceos). Y deciden hacer una pregunta de gran importancia, pues afectará a todos por igual. Están preocupados seriamente por saber con qué autoridad actúa Jesús y de quién proviene su autoridad, pues su modo de hablar y de actuar de Jesús cuestiona el de ellos y su autoridad.

         Jesús, consciente de la mala voluntad de quienes le preguntan, les responde con una pregunta que desenmascara su manera de proceder ambigua: "El bautismo de Juan, ¿era cosa de Dios o cosa humana?". Pero ellos no responden, porque no han venido para eso. Y porque si dicen que era cosa de Dios, serían responsables de no haberse convertido. Y porque si dicen que era cosa humana, la gente se les echaría encima (porque consideraban a Juan como profeta).

         Por eso, a quien se niega a dialogar dando la callada por respuesta, Jesús no dará respuesta alguna. Él sabe de sobra que lo único que les interesa a sus interlocutores es conservar su poder y continuar aprovechándose del pueblo. Y ellos intuyen que Jesús los conoce. Así que por el momento tendrán que seguir tolerando la enseñanza de Jesús hasta que encuentren el momento de entregarlo a traición y consigan condenarlo a muerte embaucando y engañando al pueblo. El poder tiene siempre una estrategia de ambigüedad pretendida con la única finalidad de perpetuarse a cualquier precio. ¿Somos conscientes de ello?

Confederación Internacional Claretiana

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         La controversia de ayer de Jesús frente al Templo de Jerusalén no terminó tan rápido. Jesús vuelve hoy a Jerusalén y vuelve a pasearse por el templo, como esperando la respuesta judía. Efectivamente, su presencia provoca a las autoridades religiosas, que ven cómo este hombre criticaba ayer todas las estructuras religiosas y hoy se pasea con toda libertad. Por eso, se le acercan los representantes del templo, de la estructura social y de la propia ciudad. E interrogan a Jesús sobre su autoridad y sobre su forma de hablar sobre las estructuras que durante siglos habían sustentado la vida de los judíos.

         El texto nos presenta la controversia sobre la autoridad, suscitada entre Jesús y los notables del pueblo y en relación al pasaje anterior sobre la expulsión de los mercaderes del templo. Pareciera que Jesús se resistiera a responder y a dar razón de parte de quién hablaba; no quiere situarse en el plano que ellos quieren situarlo, por eso toma distancia.

         Para Jesús no es importante dar razón en nombre de quién esta hablando. Como sí lo era para sus adversarios. A Jesús lo acompaña el testimonio de su propia vida, la coherencia entre su palabra y las actitudes que asume frente a los demás. En cambio, para ellos era necesario el respaldo de la institución religiosa (que ya se encontraba en decadencia), y por eso su testimonio y la supuesta autoridad con la que se presentaban al pueblo. Jesús la pone en ridículo cuando se niega a responder de parte de quién hablaba.

         Con su actitud, Jesús dejó ver que no es necesario hablar en nombre de una institución, ya que la misma vida ratifica lo que predica o condena.

         Sin embargo, Jesús no quiere dejarlos sin una respuesta y por eso los lleva al lugar donde pueden entenderse perfectamente, los lleva al tema de Juan Bautista y por eso les propone una nueva pregunta de contenido evangélico: "El bautismo de Juan, ¿provenía de Dios o de los hombres?". Efectivamente, el bautismo de Juan perdonaba los pecados desde el perdón, y ese es el camino hacia el que quiere llevar Jesús a las autoridades religiosas y civiles: hacia la salvación.

         Ellos no responden, y los jefes supremos (los que dictan las sentencias) enmudecen por miedo a la opinión del pueblo. Y por eso, para no generar controversia, responden: "No sabemos". No quieren asumir el tema y sus implicaciones, porque ello significaría acoger el mensaje de Jesús. De esta manera, es evidente la respuesta de Jesús: "Pues yo tampoco os puedo decir con qué autoridad hago esto".

         Asumamos la misma actitud de Jesús, que fue capaz de sustentar su palabra con la vida, y fue capaz de buscar nuevas alternativas para su pueblo, capaces de generar una sociedad nueva. Esta nueva sociedad pone sus bases en la defensa de la vida y de la justicia, en torno al Dios y Señor de la historia.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El evangelista sitúa hoy a Jesús enseñando en el templo, y nos dice que mientras ejercía esta labor se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para pedirle cuentas, puesto que ninguno de ellos le había autorizado a enseñar en el templo: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad? Exigen de él una acreditación, por parte de las autoridades competentes, para enseñar en ese lugar sagrado.

         Jesús no puede presentar semejante acreditación, pues ninguno de los sumos sacerdotes le ha dado permiso para realizar esa tarea. Y de ahí que intente salir airoso de la situación, planteándoles una cuestión incómoda: Os voy a hacer yo también una pregunta. Si me la contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era de Dios o de los hombres?

         Si ellos decían "de Dios", podrían ser acusados de haber rechazado algo que tenía origen divino y de haberse negado a recibir el don de Dios llegado por el ministerio de Juan. Si decían "de los hombres" podrían ser acusados de no tener a Juan por profeta, echándose al pueblo encima.

         No encontrando la respuesta adecuada, las autoridades deciden responder: No lo sabemos. Era la manera de escapar del compromiso en que les había puesto la pregunta de Jesús. Al ver esto, Jesús les replica: Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

         Si el templo de Jerusalén era la "casa de Dios" para los judíos, Jesucristo no necesitaba ningún permiso para enseñar en la "casa de su Padre". Pero los sumos sacerdotes no estaban dispuestos a reconocer esta filiación divina de Jesús, sobre todo si no habían reconocido tampoco la autoridad profética de Juan el Bautista.

         En el fondo, tras las exigencias de las autoridades judías se escondía una falta de reconocimiento del magisterio de Jesús, y no sólo de su filiación divina. Es decir, que no era tan sólo por un problema de fe, sino de autoridad.

         Esta es la incredulidad humana, que se resiste a dar crédito tanto a la presencia de Dios en el mundo como a la verdad proclamada por la Iglesia. Aquellos sacerdotes y ancianos del pueblo no admitían la autoridad magisterial de Jesús porque Jesús había venido por caminos extraoficiales y porque no era de los suyos.

         Según su proceder, ellos no podían aprobar la consideración de profeta de Jesús, y mucho menos la de Mesías o Hijo de Dios. Y por eso trataron de dejarlo por un impostor.

         Esta práctica fue la que que siguieron las autoridades judías con Jesús, hasta que lo llevaron a la cruz. No obstante, los hechos posteriores dieron la razón a Jesús, y confirmaron su autoridad divina. Jesús no disponía de la autorización de nadie (permiso humano) porque ya poseía la autoridad de Dios humana, ratificada en la resurrección. Al final, éste fue el hecho trascendental de Jesús: que resucitó, y las autoridades religiosas del pueblo judío no pudieron impedirlo.

         ¿En qué posición nos situamos nosotros? ¿En la de los que siguen exigiendo a Jesús signos acreditativos de su autoridad? ¿O en la de los que le acogen como al enviado de Dios, como Hijo de Dios hecho hombre?

 Act: 30/05/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A