12 de Febrero
Jueves V Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 12 febrero 2026
a) 1 Rey 11, 4-13
Nos dice el pasaje de hoy que "en la ancianidad de Salomón, sus mujeres inclinaron su corazón tras otros dioses". En 1º lugar, notemos que la posesión de muchas mujeres era entonces un signo bien visto (de riqueza y notoriedad), más que una depravación de las costumbres. De hecho, lo que se reprocha aquí es la idolatría, y no la tenencia de mujeres.
En aquel tiempo, la mujer era considerada como el lugar misterioso de fuerzas incontrolables, y recurría gustosa a la magia para dominar las fuerzas que rigen la fecundidad o la esterilidad. Y eso es lo que ocurrió a las mujeres de Salomón, que permanecieron en contacto con los cultos de su clan, sobre todo con "Astarté, diosa de los sidonios; con Milkom, ídolo abominable de los amonitas; con Kemós, dios de Moab...". Y a ellos les ofrecían sacrificios. Por supuesto, el Señor se irritó contra Salomón, por lo que hacían sus mujeres.
Sobre todo, era Milkom el peor y más abominable de esos ídolos, porque a él se le ofrecían sacrificios de niños recién nacidos, que se hacían pasar por el fuego. Líbranos, Señor, de todos nuestros ídolos, y ayúdanos a progresar más en humanidad. Hay que progresar en conocimientos y cultura, para que no tengamos necesidad de recurrir a ninguna clase de magia.
Por supuesto, el Señor se irritó contra Salomón, "porque tal ha sido tu modo de comportarte, y porque no has guardado mi alianza, ni las prescripciones que te ordené". Dios no es indiferente a los comportamientos humanos, sino que le interesan. Porque hay cosas que no pueden hacerse, y aunque no sea siempre fácil determinar lo que está bien y lo que está mal, tenemos que buscar lo que es mejor.
Sabemos que las normas morales son ambiguas, y que han evolucionado al correr de los siglos. Es cierto. Pero eso no nos dispensa de buscar lo que está bien y de evitar lo que está mal, porque lo 1º construye y lo 2º destruye. De otra parte, el bien y el mal están inextricablemente mezclados (según Jesús), y en nuestros comportamientos y decisiones hay una parte de buen grano y otra de cizaña. Lo esencial es no resignarnos, por cansancio o hastío, a hacer cualquier cosa, o bien a hacer solamente lo que nos gusta.
Se enojó el Señor contra Salomón porque "había desviado su corazón del Señor". A través de nuestro combate moral, es Dios quien está en juego, y no nosotros. Y en el resultado de la lucha es nuestra relación con Dios la que sale maltrecha o reforzada. Sobre todo, observemos que los reproches de Dios ("apartarse de Dios" y "observar la Alianza") están referidos al amor. El pecado es ante todo una ruptura entre nosotros y Dios.
Noel Quesson
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Escuchamos hoy el final el reinado de Salomón, oscurecido por problemas políticos y económicos, y por sus dificultades dentro y fuera de sus fronteras. Se apuntaba ya la división que pronto sucedería entre los reinos del norte y del sur, y el autor del libro no duda en atribuir esa decadencia al pecado en que cayó Salomón.
El pecado de Salomón no radicó tanto en la multiplicidad de esposas que tuvo en el pasado (que era costumbre de la época), sino en los pactos y alianzas que tuvo que firmar con esos matrimonios políticos, cuanto más numerosos mejor (para el presente) y peor (para el futuro).
El pecado que se le achaca al ya anciano Salomón es, pues, el de idolatría, pues esas mujeres le arrastraron hacia sus dioses, con la edificación de ermitas y con la corrupción consiguiente. Salomón faltó al 1º mandamiento, que entonces como ahora es el más importante: "No tendrás otro Dios más que a mí". Y por eso se encolerizó Dios contra él, y le anunció el castigo a su infidelidad.
¿Qué dioses extraños podemos estar adorando nosotros? ¿Qué altares o ermitas hemos construido, en vez de adorar y seguir al único Dios? ¿Se podría decir de nosotros lo que el texto dice de Salomón: "había desviado su corazón del Señor Dios"?
En nuestro caso no será nuestro pecado la multitud de mujeres, ni los templos a dioses falsos. Pero puede que lo sea el dinero, o el deseo de poder, o la ambición, o el poco control de la sensualidad, o el excesivo apego al dinero, o algún otro afecto desordenado. Porque todos ellos son ídolos que nos alejan de Dios, y que acaban dividiendo nuestro corazón entre el amor a Dios y el amor a sus falsedades (por ejemplo, con nosotros mismos).
Parecía imposible pensar que Salomón, el que había iniciado su reinado pidiendo humildemente a Dios que le diera la sabiduría, y que construyó el Templo de Jerusalén, pudiera luego caer luego en la idolatría, y acabar construyendo ermititas a otros dioses. Pero cuidado, porque también nosotros podemos caer en incongruencias, pequeñas o grandes.
Nadie está seguro, e incluso el propio Pedro negó a Cristo. Porque todos estamos en medio del mundo, y este mundo no piensa precisamente como Cristo. Podría darse que lo que dice el salmo responsorial de hoy, aplicándose a nosotros mismos: "Emparentaron con los paganos, imitaron sus costumbres, adoraron sus ídolos y cayeron en sus lazos".
José Aldazábal
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Las alianzas que había hecho Salomón con otros reinos del Oriente Medio se habían ido concretando en infinidad de matrimonios con princesas extranjeras, que con el tiempo empezaron a exigir a su marido Salomón el derecho a tener sus propios lugares de culto, para adorar a sus propios dioses. Así, dichas mujeres obligaron a Salomón a construir los santuarios en los altozanos, donde poder continuar con sus cultos idolátricos. Y el corazón de Salomón también se desvió hacia ese culto. "Desviar el corazón" significó, en Salomón, dar culto a otros dioses.
La lección está clara: no podemos hacer alianzas con los poderosos, bajo pena de quedar atrapados en sus redes. Porque hay muchos que, para no perder la amistad ni el apoyo de los poderosos, acaban justificando sus maldades. Y finalmente, ya no están al servicio de Dios, sino de los poderosos.
Si somos personas consagradas al Señor debemos ser un signo profético que ayude a que todos, dejando sus malos caminos, vivan con la dignidad que todos tenemos de hijos de Dios. Sobre todo, dispuestos a construir un mundo más justo y más fraterno, con la mirada siempre puesta en Aquel que nos ha amado para vivir. Y no conforme a los criterios de este mundo, sino conforme a los criterios de Cristo, con humildad y sencillez de espíritu.
Pero reparemos sobre todo en una frase: "Salomón hizo lo que el Señor reprueba, y no siguió plenamente al Señor como su padre David". Esto significa que la figura de David había llegado a ser para los israelitas prototipo de conducta noble y ejemplo a imitar. No había sido justo en todos sus caminos, pero por su arrepentimiento logró la justicia. En adelante, todos los reyes serán juzgados por referencia a la fidelidad de David, único rey perfecto de Israel.
Desde esa óptica, todos los gobiernos de Israel fueron juzgados y purificados por el pueblo a través del ejemplo de David, el verdadero "hijo de Dios". Pueden ser frases exageradas, pero ahí está el sentir del pueblo. Y Salomón es el 1º en escuchar su condena, en juicio a sus infidelidades.
Nosotros tenemos por guía a otro Maestro, muy superior a Salomón y el verdadero "hijo de David". Y en cierto modo podemos compararnos con David, porque también como él tenemos debilidades, pero podemos mirarnos en su espejo y arrepentirnos.
Dominicos de Madrid
b) Mc 7, 24-30
Jesús toma hoy la iniciativa de marcharse al extranjero, a la región de Tiro (costa fenicia), territorio de paganos y, por tanto, impuro. Nos recuerda al profeta Elías en su viaje a Fenicia (1Re 17). Según el historiador judío Flavio Josefo, los habitantes de Tiro eran los fenicios que peor reputación tenían para los judíos.
De inmediato, Jesús entra en una casa, quedando impuro según la ley. La intención de Jesús es pasar desapercibido, según algunos en la línea del secreto mesiánico, y según otros por preferir Jesús esconderse para que no le fuese pedido algún favor que le pusiera en una situación incomoda.
La intención de Jesús se ve interrumpida por la presencia de una madre que se echa a sus pies, igual que la mujer con el flujo de sangre (Mc 5, 33), para suplicarle por una hijita que está poseída por un espíritu impuro. Seguramente, la mujer había oído hablar de Jesús como un taumaturgo poderoso. Recordemos que, en el sumario de Marcos (Mc 3, 7-12), la gente de Tiro forma parte de la muchedumbre que sigue a Jesús.
El uso del término hijita denota el lenguaje popular en que está construido el texto, además de ser el relato con más diminutivos en todo el evangelio. La expresión "espíritu impuro" es típicamente judía, y es la que el helenismo entiende por la palabra demonio. El v. 26 describe detalladamente a la mujer: de religión pagana y de origen siro-fenicio. Esto nos indica su pertenencia a la cultura helénica de habla griega que, tras conquista de Alejandro Magno (ca. 333 a.C), desplazó al arameo como lengua política, diplomática, comercial y cultural.
A continuación, el evangelista recuerda la petición de la mujer, ya manifestada en el v. 25: que Jesús expulse un demonio, que tiene poseída a su hija. Notemos que en la petición de la mujer se usa la expresión helénica demonio, y no la judía "espíritu impuro" (usada en el v. 25). De todas maneras, ambas expresiones reflejan una misma realidad: una niña esclavizada por el sometimiento a Satanás.
Uno esperaría que Jesús reaccionara poniéndose de inmediato en camino, tal como en el episodio de la curación de la hija de Jairo (Mc 5, 21-43). Sin embargo, Jesús establece con la mujer una conversación, dejando claro que su condición de pagana no la hace apta para que él pueda intervenir de inmediato. La referencia a dejar que "primero se sacien los hijos" se refiere a los judíos, pero también es cierto que al decir primero no está excluyendo a los paganos de los bienes de Dios (por lo menos, de momento).
El que aparezcan los judíos en la historia de la salvación concuerda con la teología paulina, cuando el apóstol dijo: "No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación. Ños judíos en primer lugar, pero también los que no los son" (Rm 1,16; Hch 13,46). La 2ª parte de la respuesta de Jesús ("no está bien quitarle el pan a los hijos, y dárselo a los perros"; v. 27) es una negativa que deja sin esperanza a los que no son hijos, a menos que éstos pasen a la condición de hijos.
Estamos ante una alegoría donde los hijos son los judíos y los perros los paganos. De hecho, los judíos se referían con frecuencia a los paganos con el apelativo perros. El rabino Eliezer decía que "el que come con un idólatra es como uno que come con un perro". La expresión no hay que mirarla con un tono ofensivo, sino simplemente como una manera de decir que el anuncio del Reino pertenece a los judíos (Mt 15, 24).
La respuesta de la mujer ratifica lo que Jesús le ha dicho (v.27), con palabras que reconocen a Jesús como Señor (única vez en el evangelio de Marcos) y que llaman la atención de Jesús con humildad, ternura y fe. La mujer responde desde su realidad concreta. Es decir, desde una familia donde los niños, con su tierna generosidad, echan migajas a los perros por debajo de la mesa.
Las palabras de la mujer, que habla desde el corazón, conquistan a Jesús, quien cambia su libreto del Reino en favor de los paganos creyentes. Son tan importantes las palabras de la mujer que son estas mismas las que logran la curación de su hija. Como le responde Jesús, "por haber hablado así, vete tranquila, que el demonio ya ha salido de tu hija" (v.29).
Bruno Maggioni
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Tiro era una gran ciudad comercial marina, que compraba productos agrícolas a la región judía de Galilea. No obstante, Jesús no entra en la ciudad, sino que se queda en el territorio que pertenece a ella. Por otra parte, no era un desconocido para muchos marginados de los alrededores de Tiro y Sidón (Mc 3, 8). Contra la costumbre judía de no pisar territorio pagano (impuro), Jesús lleva a la práctica la universalidad de su mensaje.
Alojarse en una casa, con una familia del lugar, sin especificar religión ni raza, fue una instrucción que dio Jesús a los Doce (Mc 6, 8). Se rompe así el tabú judío de la impureza de los demás pueblos. Sin embargo, Jesús no va a ejercer ninguna actividad en ese territorio ("no quería que nadie se enterase"), y algo frena su labor en este país (Fenicia), y que su mensaje se difunda en ese territorio.
Con este artificio literario señala Marcos el gran obstáculo que presenta la sociedad pagana al mensaje de Jesús, y advierte que en estos casos hay que preparar el terreno antes de difundir en él el mensaje, trabajando antes en la humanización progresiva de esa sociedad. Este sería el objetivo primario de la misión entre paganos, pues mientras la relación entre los hombres no tenga un mínimo de humanidad, y los individuos no alcancen en alguna medida el nivel de personas, no se puede proponer el mensaje. El evangelista lo expone narrativamente, en el encuentro que se describe a continuación.
La sociedad pagana, considerada desde el punto de vista de los esclavos en rebelión (Mc 5, 2-20), está ahora representada por una madre y su hija. Este binomio está en paralelo con el de Jairo y su hija (hijita, chiquilla), que en forma figurada describía la situación extrema en que se encontraba el pueblo sometido al poder del mal.
La madre es una griega y tiene libre ciudadanía, aunque ella misma fuera de origen indígena (siro-fenicia). Y la hija está infantilizada (vv.25.30) y tiene un espíritu inmundo (Mc 5, 2) o demonio (Mc 5, 15). Es decir, está sujeta a un espíritu maligno, que la está llevando a la autodestrucción.
La madre reconoce la superioridad y poder de Jesús ("se echó a sus pies"), y al mismo tiempo muestra la gravedad de su problema. La situación de su hija resulta insostenible, y quiere que Jesús la libere del espíritu inmundo. No obstante, no analiza la causa que ha originado esa situación, ni se le ocurre que posiblemente se encuentre en la propia relación entre la madre y la hija.
La respuesta de Jesús sorprende por su tono despectivo, y replica a la mujer de ese modo para hacerle comprender lo que tanto ella como su hija están haciendo en su vida. Al oír la frase despectiva, la mujer no se marcha, sino que comprende el reproche, y responde con realismo.
Jesús la despide (márchate) porque ha hecho el mínimo indispensable: reconocer la fe en Dios. Jesús es quien expulsa al demonio, pero también colaboró la actitud de la madre. En cuanto ésta empezó a tomar conciencia de la situación que tanto ella como su hija habían provocado, comenzó a desaparecer el obstáculo. Pero la chiquilla aún no tiene vitalidad ("tirada en la cama, sin fuerzas"), y sólo un encuentro con Jesús podría dársela (como sucedió a la hija de Jairo; Mc 5, 41).
Jesús no habla a los paganos de la ley judía, ni de normas a las que tengan que atenerse. Sino que les pide renunciar al paganismo para poder acceder al reino de Dios, y formar parte de la nueva comunidad universal.
Juan Mateos
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El evangelio de hoy nos muestra la fe de una mujer que no pertenece al pueblo elegido, pero que tenía la confianza en que Jesús podía curar a su hija. En efecto, aquella madre "era pagana, siro-fenicia de nacimiento", y le pide a Jesús que "expulse de su hija al demonio" (v.26). El dolor y el amor le llevan a pedir con insistencia, sin tener en cuenta los desprecios, retrasos e indignidad. Y consigue lo que pide, pues "volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido" (v.30).
San Agustín decía que muchos no consiguen lo que piden pues piden "aut mali, aut male, aut mala". Es decir, o porque son malos (y lo 1º que tendrían que pedir es ser buenos), o porque piden mal (sin insistencia, en lugar de hacerlo con paciencia, con humildad, con fe y por amor) o porque piden malas cosas (que si se recibiesen harían daño a su alma o a los demás). Hay que esforzarse, por tanto, por pedir bien. En este caso, la mujer siro-fenicia era buena madre, pedía algo bueno ("que expulsara de su hija al demonio") y pidió bien ("vino y se postró a sus pies").
El Señor nos mueve a usar perseverantemente la oración de petición. Ciertamente, existen otros tipos de plegaria (la adoración, la expiación, la oración de agradecimiento), pero Jesús insiste en que frecuentemos la oración de petición.
¿Por qué? Muchos podrían ser los motivos. Porque necesitamos la ayuda de Dios para alcanzar nuestro fin, porque expresa esperanza y amor, porque es un clamor de fe... Mas existe un motivo que quizás sea poco tenido en cuenta: que Dios quiere que las cosas sean queridas por nosotros. De este modo, nuestra petición (acto libre) se unirá a la libertad omnipotente de Dios, y colaborará a que el mundo sea como Dios quiere. Es maravilloso el poder de la oración.
Enric Cases
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Nos encontramos hoy el ejemplo de una mujer anónima, llamada siro-fenicia (por su origen) y no por su nombre propio, que nos va a enseñar cómo es la fe de capaz, a la hora de ganarle a Dios el pulso. En este caso, a conseguir lo que aquella mujer tanto quería: la curación de su hija.
"Ten piedad de mí, Señor. Mi hija está malamente endemoniada", comienza diciendo la mujer. Es decir, su oración parte de una realidad: que nadie, a excepción de Dios, puede solucionar eso que atormenta tanto su corazón (el tormento de su hija, a manos del demonio).
En nuestras vidas, Dios no entra muchas veces en nuestros cálculos humanos, sino que las primeras puertas a las que llamamos son nuestras propias fuerzas, el progreso de la ciencia o el psicólogo. ¡Cómo nos cuesta decir "Señor, el que amas, está enfermo"! ¡Cómo nos cuesta ser niños ante Dios y decir "ten piedad de mí"!
En el pasaje de hoy, parece que Jesús no escucha el grito desgarrado de la mujer, porque no le responde. Sin embargo, aquella súplica debió llegarle al alma, y por ello se decido a poner a prueba la fe de aquella mujer, para agrandarla todavía más. Los discípulos, en cambio, intervienen desde un 1º momento en favor de ella, pero no por motivos profundos sino para quitársela de encima, pues resultaba molesta.
A veces parece que Dios no nos escucha, o no nos oye, y ese silencio de Dios nos hace desesperar, y hasta nos hace pensar que a Dios no le interesamos. Pero es ahí justamente cuando Dios pide un último gesto de entrega a él, y de confianza en su amor de Padre.
Jesús responde a los discípulos, y no a la siro-fenicia, que él no ha sido enviado más que a las ovejas perdidas de Israel. Esto parece un gesto de desprecio hacia los fenicios, como queriendo zanjar todo aquello de golpe. Pero la siro-fenicia insiste en su oración: "Señor, socórreme". Hay que ser humildes para aceptar a Dios, porque "si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos".
Ante aquel grito de dolor de la siro-fenicia, Jesús le dice que "no está bien quitarle el pan a los hijos para dárselo a los perros", aludiendo directamente a la dignidad humana, y purificación del corazón, como requisito previo para realizar cualquier milagro.
La mujer responde que "también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores", y aquello doblega el corazón de Jesús, que por lo visto también experimentaba aquel dolor terrible por la enfermedad de su hija. Ya no puede más, y ante tanta humildad, le contesta: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y la hija quedó curada.
La fe siempre lo puede todo, hasta lo imposible. Y la fe y la humildad de una pobre mujer cananea doblegaron el corazón de Dios. Nosotros, los cristianos, tenemos que aprender de esta mujer muchas cosas. A Dios se le vence con la fe, y no con la auto-suficiencia. Y de Dios se obtiene todo con la confianza, y no con los razonamientos. En Dios siempre encontrará uno acogida, sobre todo si se acerca con humildad. Por ello, estos ejercicios nos dan la oportunidad de revisar nuestra fe.
Juan José Ferrán
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Es duro comentar el evangelio de hoy, porque a 1ª vista la respuesta de Jesús puede hasta parecer insultante. Pero es bueno esforzarse en meditar palabras tan duras y crudas como éstas, en que Jesús llama perros a los paganos. Por eso, ahí va mi reflexión.
Voy a fijar mi atención sobre todo en la mujer, una extranjera (una inmigrante, diríamos hoy), pagana (musulmana o budista, diríamos hoy) y desesperada (por su hija endemoniada). Pero ¿qué no estaría dispuesta a hacer una madre para que su hija se cure? Creo que hay pocas cosas tan desesperantes como ver a tu hija enferma, y caer en la impotencia de no saber qué hacer para cambiar la situación.
Esta mujer extranjera y pagana supera todos sus condicionamientos culturales y sociales, para lanzarse a los pies de Jesús y rogarle que le ayudara. Y a la negativa de Jesús, ella sigue insistiendo, sin abandonar la lucha. ¿Te suena de algo? ¿No te ha pasado a ti? ¿Nunca has estado rezando, y has tenido la sensación de que eso no estaba sirviendo? ¿No te has preguntado a veces dónde está Dios, o si me oye, o si le importo? Ahí tienes la respuesta.
La mujer no pierde su fe, ni monta en cólera, ni protesta ante las negativas de Dios. Y aunque se siente humillada, no se marcha, sino que saca, a fuerza de desesperación, la chispa que salvará a su hija. Creo que mucho tenemos que aprender de esta extranjera pagana, y de muchas otras con las que nos podemos cruzar por nuestras calles todos los días.
Carlo Gallucci
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El evangelio de hoy nos sorprende con el relato del encuentro de Jesús con una mujer pagana siro-fenicia. Jesús "quería pasar inadvertido", pero no lo consiguió porque esta mujer se enteró en seguida dónde estaba, fue a buscarlo y "se le echó a los pies".
La reacción de Jesús puede ser calificada de muchas maneras (machista, engreída, puritana...), pero a pesar de todo, la mujer no se rinde, y le contesta: "Tienes razón, Señor, pero también los perros, debajo dela mesa, comen las migajas que tiran los niños". Esto, en boxeo, se llama un golpe bajo.
El desenlace es espectacular e insólito, y rompe todos los moldes. De hecho, Jesús le contesta: "Anda, vete, que por eso que has dicho el demonio ha salido de tu hija". Y el lector se queda con los ojos como platos: ¿Qué demonios ha dicho la mujer, para que Jesús cambie de actitud? Porque lo que está claro es que Jesús cambia de actitud, "por eso que has dicho".
La siro-fenicia ha hecho un quiebro femenino, y le ha dado inicialmente la razón a Jesús para, a continuación, concedérsela a sí misma. Y ha terminado triunfando. Hay más niveles, pero no debemos echar en saco roto este juego entre Jesús y la siro-fenicia, porque quizás nos enseñe mucho más de lo que a simple vista parece.
Gonzalo Fernández
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El episodio evangélico de hoy sucede en el extranjero, en territorio de Tiro (Fenicia). Y la mujer que protagoniza esta escena no es judía, lo que le da un sentido muy particular al gesto de Jesús.
La buena mujer se acerca a Jesús con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por el demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perros) pero que a la mujer no parecen desanimarla.
A Jesús le gusta su respuesta sobre los perros que también comen las migajas de la casa, y concede a la mujer lo que le pide. ¡Lo que puede la súplica de una madre! Sobre todo la de esta mujer, que podemos considerar modelo de oración humilde y confiada.
A los contemporáneos de Jesús el episodio les mostró claramente que la salvación mesiánica no era exclusiva del pueblo judío, sino que también los extranjeros podían ser admitidos a ella, si tenían fe. Es decir, que no es la raza lo que cuenta, sino la disposición de cada persona ante la salvación que Dios ofrece.
Lo que Jesús dice de que "primero son los hijos de la casa" es razonable, pues la promesa mesiánica es ante todo para el pueblo de Israel. También Pablo, cuando iba de ciudad en ciudad, acudía primero a la sinagoga, y sólo después pasaba a los paganos.
Para nosotros, el pasaje de hoy es una lección de universalismo. No tenemos el monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación, y también los alejados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso, y hacernos más acogedores hacia los extraños, hacia los que no piensan como nosotros, hacia los que no pertenecen a nuestro círculo.
Igual que la Iglesia primitiva tuvo sus dudas sobre la apertura a los paganos, a pesar de estos ejemplos diáfanos por parte de Jesús, también nosotros tenemos la mente y el corazón pequeños, y nos encerramos en nuestros puntos de vista para negar a otros el pan, o no reconocer que también otros pueden tener una parte de razón. Deberíamos corregir nuestra pequeñez de corazón en el ámbito familiar (con los jóvenes y los más mayores), en el trato social (con los de otra cultura y lengua) y en el terreno religioso (sin discriminaciones de ningún tipo).
José Aldazábal
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Lo grandioso del relato de hoy es la forma como una mujer extranjera (fenicia) es colocada como modelo de fe, en el sentido más genuino y original que siempre lo había entendido Israel. Ella se abandona en los brazos de aquél que viene de parte de Dios (Jesús), se declara sin fuerza e incapaz, y viene a decir que, sin su ayuda, sería imposible en ella la normalización de su vida.
La dignidad de la mujer aparece en la misma respuesta que la mujer da a Jesús, con cierta crítica a la desvalorización que los judíos hacían de otras culturas. Y lo hace a través de la palabra perrito, dulcificando la palabra perro, expresión judía para nombrar a los pueblos de la gentilidad.
Con este milagro, Jesús entra directamente a combatir el alma social judía, sobre todo la concepción de la mujer como un ser inferior, sin plenos derechos e impura por su condición sexual. Ella era una cananea (extranjera), pero no por eso se deja amedrentar por un judío, sino que habla a Jesús con claridad. Por eso el milagro ocurrió, y su hija endemoniada quedó sanada a distancia.
La Iglesia también tiene que respetar las múltiples expresiones culturales que existen en nuestro mundo. Tenemos que dejar de ser como los colonialistas judíos, y respetar el legado cultural y ancestral que los otros pueblos tienen. Hay que mirar a los otros pueblos con respeto y con admiración, para hacer de este mundo una casa donde todos quepamos.
Confederación Internacional Claretiana
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La lectura del evangelio de hoy nos relata cómo una mujer extranjera pide a Jesús un milagro para su hija. Jesús pone a prueba su fe, a través de una frase que se utilizaba para despreciar a los extranjeros. Y la mujer siguió confiando en la justicia de Dios, convencida de la cabida que los rechazados tenían en el reino de Dios.
En concreto, el texto nos presenta a una mujer siro-fenicia, con la claridad necesaria para acercarse a Jesús, sabiendo perfectamente en quién podía esperar y confiando plenamente en la bondad divina que trasparentaba Jesús. A su vez, Jesús entabla un diálogo con esta mujer extranjera, dejando claro cómo las barreras humanas impuestas por las leyes han de ser derribadas, sobre todo si éstas se vuelven en obstáculo al mensaje de Dios.
La mujer sabía muy bien que su condición de mujer y extranjera era algo totalmente peligroso para el mundo judío, y mucho más si su hija estaba endemoniada. Sin embargo, se acerca a Jesús, porque sabe que no va a ser menospreciada por él, ni vista con malos ojos por él.
En este caso, el milagro que se produce es el que hace Jesús para llevar a esta mujer por el camino de Dios. El milagro realizado (aparte de la curación de la hija) es el de la aprobación, acogida, cercanía y bondad de Dios hacia todos los seres humanos. Jesús entiende a la mujer, y tiene claro que ella también pertenece (aunque en un 2º plano) a los hijos del Reino.
Hoy, 21 siglos más tarde, Jesús sigue haciendo esta clase de signos entre nosotros, porque todavía seguimos discriminando a la mujer, a los extranjeros y a los paganos. Ven, Señor Jesús, acerca tu Reino y haznos hombres y mujeres nuevos, llenos de amor a todos y todas, sin discriminación alguna y con apertura total de mente y de corazón.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El Dios creador del universo, infinitamente compasivo y misericordioso, no puede sino tener compasión de todos, incluso de los extraños y extranjeros. En realidad, para Dios no hay extranjeros, y ninguna criatura le puede ser extraña, aunque haya quienes puedan extrañarse (o alejarse) de él.
Así lo confirma hoy en el evangelio Jesucristo, teniendo misericordia de aquella mujer cananea que le suplica hasta el extremo de soportar una gran humillación. Todos estamos llamados a la salvación, y nadie es excluido salvo el que quiera excluirse.
El pasaje evangélico de hoy ilustra bien esta idea. Nadie está excluido de la misericordia divina, aunque a veces Dios se haga rogar para probar la fe e incrementar su humildad. Jesús sale del escenario habitual de su actividad, quizás buscando descanso en un país vecino donde pueda pasar desapercibido. De hecho, el evangelista nos dice que se retiró al país de Tiro y Sidón.
Pero ni siquiera en este país extraño (la antigua Fenicia) pasa Jesús desapercibido, pues una mujer (cananea) les sale al encuentro, como solía suceder en su querida Galilea (donde tantos enfermos y leprosos se presentaban a Jesús, en el momento más inoportuno implorando su compasión).
En este caso, la mujer que implora compasión no es para sí misma (al no estar enferma), sino para su hija (que tiene un demonio muy malo), aunque el beneficio de su hija sea su propio beneficio. Por eso pide compasión para sí (Señor, socórreme), porque ella está sufriendo el sufrimiento de su propia hija, y la liberación (= curación) de su hija será su propia liberación.
La primera respuesta de Jesús es una ausencia de respuesta. Es decir, Jesús responde con la indiferencia o una aparente insensibilidad, haciendo como que no oye. Pero ella insiste en su reclamo, hasta el punto de que sus discípulos, ya molestos, le dicen: Atiéndela, que viene detrás gritando.
Aquí sí hay respuesta por parte de Jesús, pero una respuesta displicente y excluyente: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, como viniendo a decir: Ni yo estoy en Israel, ni esa mujer que grita es israelita.
Pero ella les alcanza, se arrodilla ante él en un gesto de humillación, y le suplica: Señor, socórreme. Y la displicencia de Jesús se hace ahora humillante y ofensiva, pues la compara (en plural) con perros que no tienen derecho al pan de los hijos.
Ella acepta el desafío y la humillación, y le contesta: Está bien, somos perros. Pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Es decir, no tenemos derecho al pan de los hijos, pero podemos al menos comernos las migajas que caen de su mesa. ¡Qué alarde de fe y de humildad el de esta mujer!
Jesús se deja vencer por esta grandeza y humildad, y por eso, porque ha superado la prueba, le otorga el premio de los vencedores: Que se cumpla lo que deseas. Es lo que oyó aquella mujer, que vio su deseo cumplido porque había dado muestras de mantener la fe en la dificultad.
A partir de este momento, hasta el cual Jesús sólo ha venido a las ovejas descarriadas de Israel, Jesús empieza a darse a conocer por otras partes no israelitas de la humanidad, a lo largo de países extranjeros.
Con ello, la misericordia de Dios se universaliza, y los extraños de antaño podrán incorporarse a la alianza, y acceder al monte santo, y ofrecer sacrificios aceptos a Dios, y formar parte de esa casa (universal) de oración en la que nadie será excluido.
Es lo que recordará San Pablo, sobre los que en otro tiempo eran ajenos a la llamada de Dios, y ahora son obedientes por la fe. Tampoco los judíos quedarán encerrados en su obstinación y desobediencia, puesto que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios seguirá llamando tanto a unos como a otros, para tener misericordia de todos.
Pero ésta se hará efectiva en diferentes modos o por diferentes caminos: por el camino de la humillación (el más universal) que suele ir acompañado de sufrimiento, por el camino de la carencia, o también de la abundancia (aunque éste puede ser el más equívoco); acudiendo de inmediato, haciéndose rogar y esperar, por la senda del descalabro del pecado y del perdón que pasa por el arrepentimiento.
En fin, que de lo que se trata es de venir a la obediencia de la fe, por muy tenebrosas que sean las regiones de la desobediencia de las que procedemos. Ojalá podamos oír de sus labios algún día: ¡Qué grande es tu fe!
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