9 de Febrero

Lunes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 febrero 2026

a) 1 Rey 8, 1-7.9-13

         Escuchamos hoy una de las grandes realizaciones del rey Salomón: la construcción de un templo para Dios. Pero antes de meditar sobre el significado espiritual de este acto, recordemos la trágica historia de ese Templo de Jerusalén, porque:

-en el 960 a.C. Salomón construye un templo grandioso,
-en el 586 a.C. el templo es destruido por Nabucodonosor II de Babilonia,
-en el 516 a.C. el templo es reconstruido, tras el retorno del exilio,
-en el 10 a.C. Herodes I de Judea (el Grande) reconstruye el templo.

         Allí fue donde Jesús se encontró con los doctores de la ley (a los 12 años), allí donde fue a orar en peregrinación anual de la Pascua, allí donde pronunció varios de sus grandes discursos, y allí donde Jesús anunció que ese templo sería destruido y reconstruido en 3 días. Efectivamente:

-en el 66 los ejércitos del emperador Tito incendian el templo,
-en el 132 se edifican allí varios templos en honor de Júpiter,
-en el 687 se construye una mezquita musulmana en la explanada del templo.

         Hoy en día los judíos van a rezar al pie del muro de las lamentaciones, sobre las mismas piedras del templo de Herodes (el que Jesús vio), los musulmanes oran en la Mezquita de Omar (edificada en el mismo emplazamiento del templo), y los cristianos oran en las múltiples iglesias de Jerusalén y de las afueras (porque para ellos la verdadera presencia de Dios es el cuerpo resucitado de Jesús).

         ¿Cuál es mi devoción a esta presencia en los santuarios? Y ante todo, ¿cuál es mi inclinación y afecto a esta otra presencia en el corazón de todos los cristianos, y en el mío? Cuando Jesús entró en el templo (el reconstruido por Herodes I), allí gritó "destruiré este templo, y en tres días lo reconstruiré", y los judíos lo acusaron de blasfemia. Pero él se refería al templo de su cuerpo. San Pablo sacará de ello una consecuencia: los cristianos son también el cuerpo de Cristo, donde Dios habita. Y el padre de la Iglesia Orígenes dirá al respecto:

"Tú estás siempre en el santuario y nunca sales de allí. No hay que buscar el santuario en un lugar determinado, sino en los actos, en la vida, con los comportamientos. Si éstos son según Dios poco importa que estés en casa, en la plaza pública o en el teatro. Si sirves a Cristo, tú estás en el santuario, no tengas la menor duda de ello".

         Salomón hace introducir hoy en el templo el Arca de la Alianza. Pero nada había en el Arca, sino tan sólo las tablas de la ley. Porque Dios no es materializable, y por eso no hay nada en el Arca, ni objetos misteriosos ni ningún talismán. Solamente se colocaron allí las tablas de la ley, signo de los mandamientos de Dios. Los comportamientos del hombre rinden gloria a Dios. Y hacer el bien, y evitar el mal, es ya hacer presente a Dios.

Noel Quesson

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         El Señor, verdadero rey de Israel, había consentido dar un rey a Israel, como el resto de pueblos vecinos y cuando Israel se lo pidió. Pero no había escogido ninguna ciudad para hacerse presente en ella, ni fijar en ella su residencia. No obstante, aceptó que David trasladase el Arca a Jerusalén (una ciudad que, como dirá más adelante Ezequiel, era cananea de origen, y venía de padres amorreos y madres hititas).

         Así como la realeza se consolidó con la elección de David (y la sucesión de Salomón), también la presencia del Señor en Jerusalén se consolidará con la dedicación del templo. Son 2 iniciativas humanas convertidas por Dios en grandes favores para su pueblo, mas la ambigüedad de su origen no se borrará del todo hasta que la historia llegue a su término en Cristo Jesús y en la Jerusalén celestial.

         La dedicación del templo de Salomón es un paso adelante en la gracia de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Dios había escuchado la plegaria de Moisés de querer acompañar personalmente a su pueblo hacia la tierra prometida (Ex 33, 12-17). Israel sabía que no podía representar a Dios bajo imagen alguna, porque nada hay en todo el cielo y en la tierra que se le pueda parecer. También sabía que ningún lugar del cielo ni de la tierra puede circunscribir su presencia.

         Pero el Arca de la Alianza contenía las tablas donde constaba la alianza de Dios con su pueblo. Era éste el lazo de compromiso que Dios hacía presente. El Arca se podía comparar con el escabel del trono de Dios, porque aunque son invisibles el propio Dios y su trono, el testimonio de su alianza (guardado dentro del Arca) estaba como depositado a sus pies. Así, Dios residía en el tabernáculo que acompañó a Israel de campamento en campamento, desde el Horeb (montaña de la alianza) hasta la tierra prometida.

         Mas una vez ha tomado el pueblo posesión del país, y le ha dado el Señor la paz frente a los enemigos, el Señor fija su residencia en el templo construido por Salomón. De ahora en adelante todo el pueblo de Israel, presente en la fiesta, mirará con amor la ciudad y la montaña santa, donde el Señor, aunque sea en la tiniebla, hace residir su gloria. Y cuando, por las culpas del pueblo, sea destruido el templo, la gloria de Dios se hará presente donde se reúnan dos o tres en nombre de Jesús. Por último, iluminará la Jerusalén de lo alto, donde "Dios con ellos" será su Dios.

Guiu Camps

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         Lo más característico del reinado de Salomón es que construyó el Templo de Jerusalén, el que David había querido edificar pero que las circunstancias, y la voz del profeta, aconsejaron dejar para más tarde.

         Este templo, inaugurado unos 1.000 años antes de Cristo, había sido destruido por Nabucodonosor 400 años más tarde, y luego reconstruido varias veces. En tiempos de Jesús estaba en su esplendor, aunque poco después (el año 66) los ejércitos de Roma lo destruirán de nuevo. Ahora hay en su lugar una gran mezquita musulmana.

         Hoy leemos cómo organizó Salomón el templo, haciéndolo coincidir con la Fiesta de los Tabernáculos, el solemne y festivo traslado al recién inaugurado Templo del Arca de la Alianza (el Arca que acompañó al pueblo en su época nómada por el desierto, y que luego había estado depositada en varios templos y casas). El Arca con las 2 tablas de la ley de Moisés es ahora llevada al templo, como símbolo de la continuidad con el período de las peregrinaciones (a pesar de que el pueblo ya se ha asentado definitivamente).

         Si los judíos estaban orgullosos de su templo y del Arca de la Alianza que albergaba, nosotros tenemos todavía más motivos para apreciar nuestras iglesias como edificio sagrado. Dios está presente en todas partes. Pero nos ayuda para nuestra oración, y para la reunión de la comunidad, y para nuestro encuentro con Dios, el tener un espacio adecuado, convenientemente separado del espacio profano.

         Además, la presencia eucarística de Cristo Jesús, que ha querido que participemos sacramentalmente de su cuerpo y su sangre en la comunión, y que prolonga esta presencia en el sagrario sobre todo para la comunión de los enfermos o moribundos, da a nuestras iglesias una dignidad nueva y entrañable. Con más motivos que el salmista del AT podemos nosotros decir: "Entremos en su morada. Y tú, Señor, levántate y ven a tu mansión, y no niegues audiencia a tu ungido".

         No hay una nube visible que envuelva nuestras iglesias, para recordarnos la presencia misteriosa de Dios. Pero sí estamos convencidos de que la de Cristo Jesús es una presencia privilegiada, un sacramento visible de su continua e invisible cercanía como Señor resucitado. Esto nos ayuda a tener ánimos en nuestra marcha por la vida. Es nuestro viático, alimento para el camino.

José Aldazábal

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         Dios no sólo habita en el Templo de Jerusalén, sino que su morada especial somos nosotros mismos. Él nos ha consagrado como suyos, y por eso su gloria debe resplandecer desde nuestro propio interior. Desde que el Verbo se hizo hombre y puso su tienda en medio de las nuestras, Dios vino a vivir entre nosotros. Ya no es una nube la que lo cobija, sino él mismo en medio de los suyos.

         Ojalá lo recibamos así, pues su Reino debe estar no de un modo externo, ni siquiera de un modo cercano, sino dentro de nosotros mismos. A partir de su presencia en nosotros, nosotros hemos sido convertidos en un signo de él en medio de nuestros hermanos. Quien viva sólo dándole culto a Dios, lo tendrá como a un Dios lejano, al que acuda para que le solucione uno y mil problemas, y a quien tratará de tener propicio por medio de oraciones, de promesas o de donativos.

         Pero nosotros no podemos quedarnos en la celebración de ritos (tal vez muy suntuosos), sino que hemos de vivir en una estrecha relación de hijos. Pues eso es lo que somos, ya que su vida está en nosotros gracias a que Dios nos ha convocado para ser de su familia y linaje, y nosotros hemos dado un sí amoroso a ese llamado de Dios. Ojalá que este compromiso no se haya quedado en el olvido.

Dominicos de Madrid

b) Mc 6, 53-56

         Estamos hoy frente a una perícopa que los especialistas denominan sumario (Mc 3, 7-12), una especie de síntesis después de una colección de 5 narraciones de milagros. En el relato precedente los discípulos van rumbo a Betsaida, en la parte nororiental del lago, a la derecha de la desembocadura del río Jordán. Y Jesús camina sobre las aguas en esta misma ruta.

         Sin embargo, el texto que le sigue (que corresponde al evangelio de hoy) nos dice que, después de atravesar el lago, llegaron a Genesaret, en la parte noroccidental del lago. Genesaret hace parte de la llanura de Gennesar, ubicada entre las poblaciones de Magdala y Cafarnaún. Y forma parte de la región de Galilea, donde Jesús comenzó su ministerio apostólico.

         Un detalle interesante es la referencia inicial a los discípulos de Jesús bajando de la barca, aunque la gente sólo reconoce a Jesús. Esto no ha de suponer un desprecio a los discípulos, sino una muestra de la efectividad de su misión, que había tenido como centro el anuncio de la persona de Jesús.

         A partir del v. 55 la gente pasa a ser el sujeto protagonista del relato. Jesús es el punto de referencia que hay que encontrar y tocar, pero es la gente la que está en permanente movimiento. Jesús caminaba y la gente corría. Los más beneficiados de esta caminada son los enfermos.

         Por eso las plazas de los pueblos se llenaban de enfermos ante la presencia de Jesús, cuya fuerza curadora estaba a su servicio. Los enfermos le piden a Jesús que al menos los deje tocar el borde de su manto. Aquí se nos presenta a Jesús como un judío devoto que llevaba en las puntas de su manto las 4 bolas, compuesta de 4 hilos blancos y azules, respectivamente (Dt 22,12; Nm 15,38-39) y que servían para recordar los mandamientos del Señor.

         No es la 1ª vez que encontramos los deseos de tocar a Jesús, pues anteriormente (Mc 3, 10) los enfermos procuraban tocar a Jesús para quedar curados. La mujer que por 12 años ha tenido flujo de sangre había tocado el vestido de Jesús y había quedado curada (Mc 5, 27-28.30). El poder de Jesús ha ido creciendo. Inicialmente bastaba tocar a Jesús, luego bastaba con tocar su vestido, y finalmente es suficiente con tocar el borde de su manto.

Emiliana Lohr

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         Hoy contemplamos la fe los habitantes de aquella región a la que llegó Jesús para llevar la salvación de las almas. El Señor es dueño del alma y del cuerpo; por eso, no dudaban en llevarle a sus enfermos: "Todos los que le tocaban quedaban sanos" (v.56). Tenemos hoy, como siempre, enfermos del alma y del cuerpo.

         Conviene que pongamos todos los medios humanos y sobrenaturales para acercar a nuestros parientes, amigos y conocidos al Señor. Lo podemos hacer, en 1º lugar, rezando por ellos, pidiendo su salud espiritual y corporal. Si hay una enfermedad del cuerpo, no dudamos en enterarnos de si existe un tratamiento adecuado, o si hay personas que puedan cuidarlo.

         Cuando se trata de una enfermedad del alma (habitualmente, palpable, como puede ser que un pariente no asista a misa los domingos), aparte de rezar conviene hablarle del remedio, tal vez transmitiéndole de palabra algún pensamiento (o alguna orientación motivadora). Si el hermano enfermo es alguien constituido en pública autoridad, que justifica o mantiene una ley injusta (como puede ser la despenalización del aborto), no dudemos que, además de orar, hemos de buscar la oportunidad para transmitirle (de palabra o por escrito) nuestro testimonio acerca de la verdad.

         "Nosotros no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Todas las personas tienen necesidad del Salvador. Y cuando no acuden a él es porque todavía no le han reconocido, quizás porque nosotros todavía no hemos sabido anunciarle. El hecho es que, en cuanto le reconocían, "colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto" (v.56). Jesús curaba tanto más cuanto había algunos que colocaban (ponían al alcance del Señor) a los que más urgentemente necesitaban remedio.

Joaquim Monrós

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         El texto presente reúne todos los ingredientes que acompañan la predicación de Jesús, al lado de sus discípulos. Tan pronto se hacen presentes, la multitud se reúne alrededor suyo y trae a sus enfermos para que sean curados. Y enfermos de todas partes, con el sólo hecho de tocarlo (a veces aunque fuera sólo por tocar sus ropas), ya se sentían sanos.

         Cada milagro de Jesús no debe ser tomado al pie de la letra, ya que producía un doble efecto en las personas: una sanación interior (relacionada más con el cambio de vida que se experimentaba) y otra sanación exterior (que tenía que ver con el hecho material de ver restablecida su salud).

         Es importante relacionar también los milagros que Jesús hacía a la gente de aquellos lugares con la repercusión salvadora que podía producir en ellos en la medida que lo entendieran o no. Los cambios experimentados por aquellas personas debían deslindarse de lo individual, porque su fin último era ofrecerles la posibilidad de que experimentaran cambios individuales (que facilitaran la posibilidad de vivir en una nueva realidad).

         Mucha gente de los diferentes lugares a los que iba Jesús (a predicar) asociaban sus curaciones tan sólo de forma parcial y milagrera, más que como una llegada del reino de Dios. Por eso Jesús no pierde nunca de vista eso que es "lo más importante", y hasta "lo único necesario". Sus milagros son a la vez siempre signos de la gran transformación, de la venida del Reino.

         Si no se llega a entender el verdadero fondo espiritual de la sanación corporal que se efectúa en el milagro, Jesús puede ser visto como uno de tantos curanderos que sólo ofrece curaciones físicas. Hoy día, en nuestra situación, donde la salud carece de atención pública por parte de sus estados, muchos se ven tentados a utilizar su cristianismo como un remedio de sus males físicos, y centran todo en curaciones milagrosas... Por ese camino, muchos no van a conocer realmente al Jesús verdadero.

Fernando Camacho

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         El texto evangélico de hoy resume la actividad creativa de Jesús a orillas del lago de Galilea. La gente seguía al Maestro allí donde estuviese y presentaba a los enfermos de cualquier enfermedad o dolencia. Y Jesús también se acercaba hacia ellos y los curaba.

         Muchos que se acercaban a Jesús querían tocarle y quedaban curados. Pero no ya por el contacto con el manto de Jesús, sino por la confianza que ponían en él. Se daba en ellos una paso de la religiosidad natural a la fe en Jesús como Mesías y Salvador y esto posibilitaba el milagro, la curación y el perdón de su pecados. Después muchos le seguían y daban gloria a Dios.

         En tiempos de Jesús, los enfermos eran personas excluidas en muchos casos de la sociedad y del culto como si su enfermedad dependiese del pecado familiar o el suyo propio. Jesús aclaró esto en algunas ocasiones diciendo que ni ellos habían pecado ni sus padres sino para que se manifestase mejor la gloria de Dios.

         Jesús con su forma de actuar los reintegra a la sociedad y a la religión y además y esto hace que crean en el como el Mesías él perdona los pecados, algo que sólo lo puede hacer Dios. Y él lo es. Así le dijo al paralítico: "Para que veáis que el Hijo del hombre puede perdonar los pecados, a ti te lo digo, coge tu camilla y ponte a andar. Y dejando la camilla le siguió".

         Hoy Jesús se manifiesta como el Médico que cura toda clase de enfermedades. Jesús apuesta por la salud y la vida. Los seguidores de Jesús debemos de apostar también como el por la salud y por la vida, por toda clase de vida. Los seguidores de Jesús lectores y oyentes de este evangelio debemos convencernos de lo importante que es tocar a Jesús y dejar que él nos cure y perdone todos nuestros pecados.

Vicente Segundo

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         Aunque Jesús llega con los discípulos hasta la orilla del lago, sin embargo éstos desaparecen de la escena, siendo sólo Jesús el centro de atención de la gente, que ya conoce cuáles son los efectos saludables de su enseñanza con autoridad.

         Jesús no recorre ya las sinagogas, en las que los fariseos le han declarado odio a muerte. Ahora se desplaza por la periferia, por la comarca de Genesaret, donde el influjo del judaísmo oficial queda lejano. Y entra con libertad en todos los sitios, porque no hay ningún lugar donde quienes se le acerquen no puedan experimentar la curación y la salvación.

         La gente, respetuosa con Jesús, es consciente de que emana vida de él, pero no quiere arrebatarle a hurtadillas la curación, como la hemorroisa, sino que los enfermos le ruegan que les deje tocar aunque sea sólo el borde de su manto con el convencimiento de que sólo con ello quedarían curados. Y la fe de aquella gente sencilla opera la curación. Lejos del judaísmo oficial (Galilea), y fuera del tiempo sagrado (el sábado), los enfermos (provenientes de las aldeas y pueblos) experimentan que sólo con tocarlo reciben la salud.

         Jesús se presenta ahora como la alternativa para tanta enfermedad y dolencia. Y por eso le traían enfermos. Deseaban, al menos tocar la orla de sus vestidos para ser curados. A nosotros, Dios no nos pide directamente que curemos enfermos o hagamos todo tipo de milagros.

         Quizás eso no esté a nuestro alcance. Pero sí una palabra de aliento al compañero de trabajo, o una sonrisa a quienes suben con nosotros en el ascensor, o una atención y un recuerdo en la oración para quien nos pide ayuda por la calle. La alegría y el detalle con nuestra esposa o esposo y nuestros hijos, a pesar de la tensión acumulada en el trabajo. Cosas sencillas pero que, a los ojos de Dios, tienen un valor inmenso. Los genios, los grandes santos, lo han sido a base de estos pequeños pero valiosos actos de amor y generosidad. Y tú, ¿qué esperas para ser feliz?

Xavier Caballero

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         Las gentes de los contornos llevaban a los enfermos para que, al menos, pudiesen tocar la orla del manto de Jesús. De esa manera se curaban. Hoy nosotros podemos pensar que quizá la fe de aquellas personas tenía algo de mágica. Es posible que fuese verdad. Sin embargo, en su sencillez aquellas gentes habían intuido algo muy importante: que sólo el contacto directo con una persona nos permite conocerla o sentirnos afectados por ella.

         Los cristianos tendríamos que aprender a tocar a Jesús, a no perder de ninguna manera el contacto directo con él, porque él es la fuente de lo que somos y de lo que da sentido a nuestras vidas. Lo mismo que tocando la orla de su vestido aquellas personas quedaban curadas, sólo tocando hoy a Jesús encontraremos la fuerza para seguir adelante y seguirle por los caminos de nuestra vida. No es imposible tocarle hoy. Ciertamente no es él una persona con un cuerpo como el nuestro, pero hay 2 caminos (al menos) para encontrarnos con él y tocarle.

         Una de esas maneras es a través de la eucaristía y de la lectura y escucha de la palabra de Dios. Ahí nos encontramos con Jesús tal y como fue, y no tal y como nos gustaría que fuese. Otra manera es acercarnos a nuestros hermanos y hermanas, especialmente a los que sufren. Ellos son hoy sacramentos vivientes de la presencia de Jesús en medio de nosotros, y por eso el contacto real y diario con ellos nos hará experimentar la humanidad viva y real de Jesús, que nos cura de nuestras enfermedades.

Hugo Prado

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         Con este breve pasaje termina Marcos su capítulo sobre la actividad apostólica de Jesús. Es importante notar en él que Jesús "cura a todos los que se acercan a él". Y no lo hace como una recompensa por haber escuchado el evangelio, o como pago a alguna buena acción. Sino que lo hace para mostrarnos la gratuidad del amor de Dios, su amor infinito por todos, y a ese Dios misericordioso que "hace nacer el sol sobre bueno y malos".

         Los milagros de Dios no son propiedad exclusiva de nadie, ni siquiera de los buenos. Sino que son, ante todo, un signo del amor incontenible de Dios, que busca que su criatura lo reconozca como la fuente del amor y de la misericordia. En Jesús, dichos milagros son el signo de su ser mesiánico, que ha venido a liberar a los oprimidos y dar alegría a toda la humanidad, incluso de manera inmediata.

         Acerquémonos con confianza al Dios de la misericordia, porque nadie que se acercó a él regresó con las manos vacías: ni paganos, no judíos, ni justos ni pecadores, ni buenos, ni malos. El amor de Dios es para todos, porque quiere que todos sean para el amor.

Ernesto Caro

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         El evangelio de hoy es como un resumen de una de las actividades que más tiempo ocupaba a Jesús: la atención a los enfermos. Son continuas las noticias que el evangelio nos da sobre cómo Jesús atendía a todos y nunca dejaba sin su ayuda a los que veía sufrir de enfermedades corporales, psíquicas o espirituales. Curaba y perdonaba, liberando a la persona humana de todos sus males. En verdad "pasó haciendo el bien". Como se nos dice hoy, "los que lo tocaban se ponían sanos". No es extraño que le busquen y le sigan por todas partes, aunque pretenda despistarles atravesando el lago con rumbo desconocido.

         La Iglesia recibió el encargo de Jesús de anunciar la buena noticia y curar a los enfermos. Y así lo hicieron los discípulos, ya desde sus primeras salidas apostólicas, predicando y curando. La Iglesia lleva ya más de 2.000 evangelizando este mundo, y predicando la reconciliación con Dios, como hacia Jesús. Y en todo ello manifiesta, de un modo concreto, un cuidando especial por los enfermos y los marginados. Una servicialidad concreta que ha hecho siempre creíble su evangelización, que es su misión fundamental.

         Un cristiano que quiere seguir a su Maestro no puede descuidar esta faceta: ¿cómo atendemos a los ancianos, a los débiles, a los enfermos, a los que están marginados en la sociedad? Los que participamos con frecuencia en la eucaristía no podemos olvidar que comulgamos con el Jesús que está al servicio de todos, "mi Cuerpo, entregado por vosotros", y por tanto, también nosotros debemos ser luego, en la vida, "entregados por los demás". De modo particular por aquellos por los que Jesús mostró siempre su preferencia, los pobres, los niños y los enfermos.

José Aldazábal

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         La perícopa del evangelio de hoy nos presenta la realidad de las personas que vivían en Israel en tiempos de Jesús. En efecto, hoy nos encontramos con que Jesús visita la región de Genesaret, y allí se encuentra con todo un tropel de enfermos, que vivían excluidos corporal y espiritualmente.

         Con estas curaciones, el evangelista Marcos nos muestra el efecto más notable del anuncio del reino de Dios: la gracia de Dios. Y con este acto de curación de los enfermos, Jesús nos presenta el plan maravilloso de Dios: el amor gratuito del Padre para con el ser humano. Este amor no puede ser comprado, ni exigido, ni es respuesta a los méritos que alguien cree tener acumulado.

         Frente a la gracia anunciada y vivenciada por Jesús, el sistema religioso de su tiempo (que se basaba en la acumulación de méritos) entra en crisis, frente a la noción de gracia que Jesús inaugura. Y los miserables de aquel modelo social son los mayores beneficiados por la propuesta de Jesús. Por eso para los evangelios, y en especial para Marcos, son los desvalidos los principales receptores de ese amor gratuito que Dios ha querido manifestar.

         Con este milagro, como con los otros sobre los que hemos venido reflexionando en la liturgia diaria, nos podemos dar cuenta de que el empeño de Jesús fue el de rescatar el concepto bíblico de gracia, a través de palabras y hechos. Por eso tenemos que anunciarlo también nosotros, porque este milagro, que acontece en el texto de hoy, fue el signo manifiesto del amor gratuito de Dios.

         Al tocar a Jesús, los enfermos de Genesaret se curaban uno a uno, porque el amor del Padre se desbordaba en el Nazareno, y hacía posible que los que se encontraban deshumanizados llegaran a su plena humanización.

Confederación Internacional Claretiana

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         Este en este texto se resumen todos los ingredientes que acompañan la predicación de Jesús, al lado de sus discípulos. Tan pronto se hacen presentes, la multitud se reúne alrededor suyo y trae a sus enfermos para que sean curados. Enfermos de todas partes, con el sólo hecho de tocarlo, a veces aunque fuera sólo por tocar sus ropas, ya se sentían sanos.

         Cada milagro de Jesús no debe ser tomado al pie de la letra, ya que producía un doble efecto en las personas: una sanación interior, relacionada más con el cambio de vida que se experimentaba, y otra sanación exterior que tenía que ver con el hecho material de ver restablecida la salud de sus cuerpos.

         Es importante relacionar también los milagros que Jesús hacía a la gente de aquellos lugares con la repercusión liberadora que podía producir en ellos en la medida que lo entendieran o no. Los cambios experimentados por aquellas personas debían deslindarse de lo individual por que su fin último era ofrecerles la posibilidad de que experimentaran cambios individuales que facilitaran la posibilidad de vivir en una nueva sociedad.

         Mucha gente de las diferentes comunidades a las cuales asistía Jesús a predicar no descubrían en el milagro su sentido liberador, y se quedaban sólo con el milagro exterior, y con el Jesús milagrero. No eran capaces de leer otros aspectos en aquellos signos, y los asociaban más con la magia, con las curaciones parciales, fáciles y milagreras que con la difícil transformación integral de la persona y de la sociedad, es decir, con la llegada del Reino con el que él sueña. Pero Jesús no está haciendo milagros para exhibirse, ni para poner parches o pequeños remedios a nuestras deficiencias de salud.

         Pues todo eso, con ser muy importante, no es lo más importante. Y Jesús no pierde nunca de vista qué es "lo más importante", y hasta "lo único necesario". Sus milagros son, pues, meros signos de la gran transformación que él ha venido a traer: la llegada del reino de Dios.

         Si no se llega a entender el verdadero fondo de la sanación que se efectúa en el milagro, Jesús puede ser visto como uno de tantos curanderos que sólo ofrece curaciones físicas. Hoy día, en nuestra situación, donde la salud carece de atención pública por parte de los modernizados y reducidos estados, muchos se ven tentados a utilizar su cristianismo como un remedio de sus males físicos, y centran todo en curaciones milagrosas. Por ese camino, muchos no van a conocer realmente al Jesús verdadero, sino a un curandero con el mismo nombre.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El texto de hoy de Marcos nos trae a la memoria escenas ya narradas. En concreto, nos cuenta el evangelista que, apenas desembarcados, algunos lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca. Y que cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.

         Todos los detalles de la narración ponen de manifiesto el impacto magnético que Jesús ejercía. Allí donde se encontrase, se congregaba a su alrededor mucha gente, atraída por lo que se decía de él y por su fama de taumaturgo. Había enfermos que podían acudir por su propio pie, pero otros necesitaban ser transportados.

         En este pasaje se menciona sobre todo a los enfermos llevados en camillas y colocados en la plaza por donde Jesús había de pasar, con la expresa intención de poder tocarlo, porque de él emanaba una fuerza curativa. Buscaban la curación por medio de un simple contacto. Era tan sencillo obtener la salud que la gente no ahorraba esfuerzos de desplazamiento, con tal de acceder a esta fuente de sanación que era la persona misma de Jesús.

         Imaginemos que hoy se propagase el rumor de que en un determinado lugar de Europa o de América hay alguien capaz de curar el cáncer con sólo tocar exteriormente la zona en la que se encuentra localizado, y que además lo hace gratuitamente.

         Si eso fuese así, se produciría una verdadera conmoción social, y se generaría una enorme peregrinación de enfermos y acompañantes en busca de curación. Habría incluso quienes quisieran recompensarlo con verdaderas sumas de dinero, y sería la noticia del mes o del año.

         Pero la actividad taumatúrgica de Jesús se circunscribió a esas aldeas y pueblos visitados por él, y a los habitantes de la comarca y tuvo una duración muy limitada.

         A Jesús los enfermos le rogaban que se dejase tocar, porque ese tacto les reportaba salud. En definitivas cuentas, ¿para qué se había encarnado el Verbo, sino para dejarse tocar? No sólo para dejarse ver, sino para dejarse tocar. Todavía hoy entendemos que la salvación nos llega por la vía del contacto con la humanidad de Cristo.

         En todo sacramento hay no sólo visibilización, sino también contacto: el contacto de una mano desnuda sobre la cabeza del pecador arrepentido, el contacto de otra mano que derrama agua sobre la cabeza del bautizando, el contacto de una mano untada que unge la frente del confirmando o del que es consagrado en el sacramento del Orden, el contacto con el pan de la eucaristía, verdadero cuerpo de Cristo.

         Hoy entramos en contacto con Jesús a través de los sacramentos celebrados en su Iglesia. Hasta su palabra escrita o proclamada es una suerte de sacramento que nos pone en contacto con el mismo Jesús en su condición humana, pues tales palabras se suponen recogidas de la misma boca, del testimonio mismo del Maestro.

         Pero el momento de mayor contacto con Jesús, físicamente hablando, sea quizás el momento de la recepción eucarística, el momento de la comunión con su cuerpo. Nuestra fe católica nos dice que disponemos de su propio cuerpo, el cuerpo de Cristo, para ser tocado.

         ¿Tenemos el mismo deseo de tocarlo que tenían aquellos enfermos de Israel? ¿Nos acercamos a él con la misma fe? ¿Esperamos realmente obtener de él, en virtud de este contacto, el beneficio de nuestra salud material o espiritual?

         Quizás su presencia mistérica y sacramentada nos infunda más dudas, o exija de nosotros un mayor acto de fe. Pero en su condición gloriosa le ha sido dada toda potestad, la potestad del mismo Dios. Confiemos, por tanto, porque para Dios nada es imposible. Y no olvidemos que, si queremos obtener el beneficio de Dios, tenemos que presentarle como ofrenda el obsequio de nuestra fe. La incredulidad cierra el camino a todo posible don de origen divino.

 Act: 09/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A