10 de Febrero

Martes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 febrero 2026

a) 1 Rey 8, 22-23.27.30

         El día de la consagración del templo, Salomón se puso ante el altar del Señor, en presencia de todo el pueblo. Y extendiendo sus manos al cielo, pronunció esta oración: "Señor, no hay otro Dios como tú en lo alto de los cielos, ni abajo sobre la tierra. Tú que guardas la alianza y el amor a tus siervos".

         Efectivamente, la grandeza de Dios está en ponerse a disposición de su pueblo, en ligarse a él y en hacer alianza con él. El Dios trascendente se hace próximo, y es a la vez el Altísimo y el muy Próximo. Este es el gran misterio del Templo de Jerusalén.

         ¿Será verdad que Dios habita sobre la tierra? Porque "si los cielos y las alturas de los cielos no pueden contenerte, cuánto menos este templo que te he construido". En efecto, Salomón no se equivoca, y Dios está de veras "en el cielo" (es decir, es inaccesible e imposible de captar, y está fuera de nuestro alcance y comprensión). Pero el hombre tiene necesidad de mediaciones para alcanzar a Dios, y de intermediarios para encontrar a Dios.

         El templo es un medio de significar y sensibilizar la presencia de Dios. Porque sabemos que Dios está en todas partes y es difícil de alcanzar. Pero necesitamos lugares, o espacios sagrados, que nos ayuden a orar, concretizando y facilitando el encuentro con Dios. ¿Sé yo utilizar estos lugares? Porque, ciertamente, es verdad que un templo concretiza y facilita el encuentro con Dios.

         En el texto hebreo hay 3 palabras diferentes para designar la oración de Salomón ("Señor, presta atención a mi clamor, a mi súplica, a mi oración"). La 1ª es tefilá, que es un grito de angustia que se lanza en el dolor. La 2ª es tekinná, que es una súplica confiada en la misericordia de Dios. Y la 3ª es rinná, que es una plegaria gozosa, y ya segura de ser atendida. La plegaria ha de tomar en nuestros corazones toda clase de formas, según los diversos momentos que atravesemos.

         Tras lo cual, clamó Salomón: "Que tus ojos, Señor, estén abiertos noche y día sobre este templo. Y tú, desde el cielo donde habitas, escucha y perdona". Un Dios que me mira sin cesar, en este momento mismo: ése el el verdadero Dios de Israel, presente en el Templo de Jerusalén.

Noel Quesson

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         En su plegaria de hoy reconoce Salomón que la presencia del Señor en el templo recién construido es una nueva muestra de su fidelidad. Y esto le da confianza para pedir que el Señor continúe fiel a sus promesas, exigiendo solamente (según la tradición deuteronómica) que los descendientes de David sigan el ejemplo de fidelidad que David les dejó.

         Por más increíble que parezca la presencia de Dios en un lugar de la tierra, ahora de alguna manera es ya un hecho, gracias a la bondad con que Dios condesciende a los deseos de sus amigos. Por otro lado, Salomón es consciente de que el pueblo de Dios, pobre en la presencia del Señor, acudirá a rezarle en ese lugar en toda clase de necesidades, penas o peligros.

         Quisiera Salomón que el templo fuese un enlace entre el cielo y la tierra, como si Dios, poniendo oído y abriendo los ojos sobre ese lugar, acortase la distancia que separa al hombre que suplica del trono de Dios, inasequible arriba en el cielo.

         Pero bien sabe que esta distancia nada tiene que ver con lugar alguno: es sólo que el templo se ha convertido en un signo sagrado de la alianza que acerca a Dios a su pueblo. Mirando así el templo, está claro que el corazón del pueblo que ora y el corazón de Dios estén en trance de tocarse. Si la alianza es la que corta la distancia que nos separa de Dios, ni que decir tiene que, a medida que los lazos de la alianza se estrechan en el curso de la historia, Dios se acercará más a nosotros para escuchar nuestras oraciones.

         El deseo de Salomón se cumple más plenamente desde el día en que Jesucristo, sacerdote y templo de la nueva alianza, penetró en el cielo. Jesús no nos decía que orásemos en el templo para ser más prontamente escuchados, sino que orásemos "en su nombre", porque entonces será plena nuestra alegría de obtener lo que pedimos (Jn 16, 23-24). Y nos prometía también Jesús que el Padre concederá todo lo que 2 ó 3 estén de acuerdo en pedirle (Mt 18, 19-20).

         De las gracias que Salomón pedía a Dios para su pueblo, son seguramente las más grandes la reconciliación con Dios (la única que nos permite el retorno a su casa) y la inclinación de nuestros corazones a seguir sus caminos. Por estos y otros favores obtenidos de Dios, podrán reconocer todos los pueblos del mundo que no hay otro Dios fuera del Señor.

Guiu Camps

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         Es impresionante la estampa que del joven rey Salomón nos ofrece hoy la 1ª lectura: delante del pueblo, con los brazos elevados al cielo, y dirigiendo a Dios, en el templo recién edificado, una solemne oración en nombre de todos. Al frente de un pueblo, que se considera propiedad de Dios, Salomón se siente rey y sacerdote a la vez.

         Aquí leemos una selección de su hermosa oración, que en el libro I de los Reyes aparece bastante más larga. Y en dicha selección, Salomón da gracias a Dios por su fidelidad, reconoce que Dios no necesita templos (ni puede quedar encerrado en ellos) y recuerda que Dios es trascendente (el todo otro) y a la vez cercano a su pueblo. Y termina pidiéndole, por sí mismo y por todos los miembros de su pueblo (presentes y futuros), que preste siempre atención y escuche las oraciones que se le dirijan en este templo.

         El salmo responsorial de hoy nos hace cantar la alegría y el orgullo que los judíos sentían por su templo: "Qué deseables son tus moradas, Señor. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre". Todas las religiones dan importancia al lugar sagrado, lugar de oración y de encuentro con la divinidad. Los mismos judíos tuvieron su propia Tienda del Encuentro (durante su travesía por el desierto), y una vez consolidado su reino, el Templo de Jerusalén.

         Para nosotros la novedad radical ha sido la persona de Cristo, que además de ser el sacerdote y la víctima y el altar, también se nos presenta como el auténtico templo del encuentro con Dios: "Destruid este Templo y lo reedificaré en tres días".

         Los cristianos, desde el principio, dieron más importancia a la comunidad que al edificio. Y al contrario que los paganos y de los judíos (que ponían énfasis en el templo como lugar de la presencia divina o domus Dei, al que pocos tenían acceso), los cristianos entendieron el lugar de culto como un domus Ecclesiae o casa de la comunidad, considerando a la comunidad misma como lugar privilegiado de la presencia de Cristo: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo".

         Los judíos (y ahora nosotros) eran invitados a no absolutizar su templo, y los profetas ya se encargaron de advertirles que no podían buscar en el templo como un álibi para descuidar el cumplimiento de la Alianza con Dios: "No os fiéis de palabras engañosas diciendo: templo del Señor, templo del Señor, templo del Señor. Si me juráis vuestra conducta y obras, y si hacéis justicia y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar" (Jer 7, 4-7).

         Los cristianos vieron muy pronto la conveniencia de construir iglesias para la reunión de la comunidad y para la celebración de sus sacramentos, en un espacio separado de los espacios profanos. Nuestro aprecio y respeto al lugar de nuestro culto está aún más motivado que el que los judíos tenían a su templo: para los que nos reunimos en él (y también hacia fuera), por la imagen de una iglesia con su campanario en medio del pueblo, como recordatorio hecho piedra de nuestra dirección existencial hacia Dios.

José Aldazábal

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         De la Oración de Salomón de hoy podemos aprender varias cosas. En 1º lugar que nada hay imposible para Dios, y que si a él no lo pueden contener los cielos de los cielos, sin embargo se ha dignado hacer su morada en nosotros, en su afán por mostrarse misericordioso para con nosotros. Y en 2º lugar que, puesto que él no habita en un corazón manchado, sus seguidores debemos vivir, con amor de hijos fieles, en una continua conversión hacia él, aprendiendo a cumplir de todo corazón su voluntad.

         Dios siempre está dispuesto a escuchar nuestros ruegos, como hizo con Salomón. Sobre todo porque él está con nosotros, y no como enemigo a la puerta, sino como Padre compasivo y misericordioso hacia nosotros. Por eso nuestras súplicas no pueden quedarse sólo en pedirle que nos ayude con cosas materiales (cosa que nunca hizo Salomón), sino que le hemos de pedir que venga a morar en nosotros, para que por medio de la fe lo aceptemos como único Dios y Señor nuestro.

Dominicos de Madrid

b) Mc 7, 1-13

         Jesús ha tenido ya encuentros con los fariseos (Mc 3, 1-7) y con letrados de Jerusalén (Mc 3, 22-30) que ejercían la vigilancia del centro de la institución religiosa sobre él. Y a la embestida de hoy se alían ambos grupos al unísono: los letrados, apoyándose en los fariseos. En este caso, la acusación contra Jesús se basa en que éste no respeta la distinción entre lo sacro y lo profano, y que sus discípulos siguen su ejemplo.

         En la mentalidad del judaísmo, Israel era el pueblo consagrado por Dios (Dt 7,6; 14,2; Dn 7,23.27), y todos los demás pueblos eran profanos, y no estaban vinculados con el verdadero Dios.

         Para los fariseos, además, la manera de mantenerse en el ámbito de lo sacro era la observancia de la ley tal como ellos la interpretaban, porque ésta expresaba la voluntad de Dios. De ahí que, incluso dentro del pueblo, estableciesen la distinción entre sacro y profano referida a personas: pertenecían al pueblo santo (unidos a Dios) los que observaban fielmente la ley, y eran profanos (separados de Dios) los que no se atenían minuciosamente a ella.

         Aún más, para un fariseo el contacto con gente profana ponía en peligro la propia consagración a Dios, y en consecuencia, había que tomar precauciones (en particular con los alimentos, manoseados por gente de cuya observancia no constaba).

         En consecuencia, antes de comer había que lavarse ritualmente las manos que habían tocado esos alimentos (o cualquier cosa del mundo exterior), y mediante el lavado había que quitar también a los alimentos lo profano que hubieran podido adquirir (por el contacto con los que los habían recolectado o vendido). Sólo así se aseguraba el propio carácter sacro, y se mantenía el vínculo con Dios.

         Para los fariseos, el contacto con el mundo profano contaminaba al hombre, y hasta la misma vida ordinaria amenazaba con separar de Dios. Si se ponía en tela de juicio esta distinción, la religión judía caía por su base. Y de ahí su doble discriminación.

         Dentro del pueblo, los fariseos excluían a la gente ordinaria que no seguía rigurosamente la interpretación farisea de la ley. Y negar la necesidad de los ritos preventivos (que ellos practicaban) significaba negar la necesidad de la observancia de la ley para estar a bien con Dios, equiparando los no observantes a los observantes.

         Fuera del pueblo, los fariseos excluían a los paganos. Y una señal de la sacralidad de Israel era la fidelidad a los tabúes alimentarios impuestos por la ley judía. Si éstos se suprimían, se borraba la distinción entre Israel y los otros pueblos. La frontera entre lo sacro y lo profano era, pues, la que permitía a Israel sentirse distinto y superior a los paganos.

         La estricta observancia de los ritos de purificación no caracterizaba a todos los judíos, sino tan sólo a los fariseos y a los judíos observantes. Y nunca a las masas marginadas. Y el lavatorio no era solamente higiénico, sino también religioso, según un complicado ritual. En esa práctica, el escrúpulo y la minuciosidad dominaban, mostrando hasta qué punto establecían una separación entre ellos y el mundo, como si lo creado por Dios no fuera bueno (Gn 1, 31).

         Se dirigen, pues, los fariseos a Jesús, escandalizados de la conducta de los discípulos, que han roto con la tradición de los mayores (según la tradición oral supuestamente comunicada por Dios a Moisés en el Sinaí, transmitida por éste a Josué y después a los sucesivos jefes de generación en generación), por lo que se ve con la misma autoridad divina que a la ley escrita (e incluso mayor, porque una trasgresión de la ley podía ser menos grave que la de un precepto de la tradición).

         Jesús responde con una invectiva, viendo realizarse en ellos el texto de Isaías (Is 29, 13) que hablaba del culto hipócrita, manifestado con signos exteriores (labios), mientras interiormente (su corazón) estaban separados de Dios. De hecho, esas observancias y la separación que significan no proceden de Dios, que no discrimina entre los hombres (Mc 1, 39-45); lo que ellos llaman "tradición de los mayores" es sólo humana y carece de la autoridad divina que le atribuyen. Esa tradición contradice el mandamiento de Dios y es incompatible con él.

         La crítica se hace más concreta, pues en vez del mandamiento de Dios imponen los fariseos mandamientos humanos, poniéndose por encima de Dios mismo. Jesús añade un ejemplo de la perversión a que los lleva la tradición que enseñan, que la utilizan para esquivar la voluntad de Dios y sus mandamientos (Ex 20,12; 21,17; Lv 20,9).

         Con ello, los fariseos ponen a Dios en contraste con la ley misma, y crean la imagen de un Dios egoísta, que busca sólo su honor y no tiene en cuenta al hombre. Lo que vale para los fariseos, viene a decir Jesús, no es Dios o la Escritura, sino lo que ellos inventan y dicen. Y si la piedad hacia Dios debería expresarse en el amor al prójimo (Mc 12, 28-30), ellos pretenden honrar a Dios desentendiéndose del hombre y hasta despreciándolo.

Juan Mateos

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         He aquí una 1ª afirmación importante: el mandamiento de Dios y las tradiciones de los hombres tienen que ser considerados como 2 cosas distintas (vv.8-9). No están en el mismo plano, sino que el primero es perenne y las segundas son provisionales. Además, las tradiciones (aunque hayan nacido como un esfuerzo de interpretación del mandamiento e incluso como un intento de veneración del mismo) no tienen que esconder a dicho mandamiento hasta el punto de distraernos de lo que es esencial.

         Una 2ª afirmación: Jesús rechaza la distinción judía entre lo puro y lo impuro, entre una esfera religiosa, separada, en la que Dios está presente, y otra esfera ordinaria, cotidiana, en la que Dios está ausente. No nos purificamos de la vida de cada día para encontrar a Dios fuera de ella; tenemos que purificarnos del pecado que llevamos dentro de nosotros.

         Según los fariseos, ir al mercado lleva consigo el peligro de caer en la impureza, por el contacto probable con pecadores y paganos. La afirmación de Jesús a propósito de este caso adquiere una significación ulterior: se trata no sólo de abolir la distinción entre sagrado y profano, sino incluso de superar toda división entre los hombres, entre los puros e impuros.

         Finalmente, la absurda tradición del corbán (que permitía a los hijos desentenderse con la conciencia tranquila del deber de mantener a los padres ancianos e inválidos gracias a una pequeña ofrenda hecha al templo) revela otra equivocación: la casuística elaborada e hipócrita, que acaba inutilizando aquella misma ley a la que debería servir.

         Hasta aquí hemos visto algunos casos concretos que esta página de Marcos considera como un pretexto para llegar al meollo de la cuestión. El elemento esencial está constituido por la pequeña parábola de Jesús que, una vez más, los apóstoles son incapaces de comprender (vv.15-19): no es lo que entra en el hombre lo que lo mancha, sino más bien lo que le sale de dentro.

         Con esta pequeña parábola, Jesús afirma la moral del corazón, no sólo la de las acciones. Es el hombre el que debe estar en forma; sólo de un hombre debidamente ordenado es de donde pueden proceder acciones morales. Es una llamada a la rectitud de intención. El corazón puede estar en desorden y entonces es ciega la conducta. Se necesita entonces un esfuerzo continuo de purificación.

         El 1º deber de conciencia para Jesús es tener limpia la conciencia, incluso antes de seguirla. Por tanto, no se trata sólo de hacer las cosas de corazón (en contra del formulismo), sino de hacer cosas que procedan del corazón recto. Esa es la cuestión. Para Jesús el corazón tiene que estar limpio, porque tiene que estar en disposición de captar la voluntad de Dios, una voluntad que no es simplemente letra escrita, que no es repetitiva. No basta con superar la hipocresía y el formalismo; la interiorización pide algo más que sentimiento de sinceridad.

         Sería igualmente empobrecer la enseñanza de Jesús, reducirla a una simple llamada al coraje, esto es, a la disponibilidad entendida como capacidad de poner en práctica las normas que se han dado, cueste lo que cueste. El corazón recto de que habla Jesús no está hecho solamente de coraje, de fidelidad y de buena memoria. Está hecho de disponibilidad, entendiendo con ello la libertad y la intuición.

         Se trata, pues, de crear una situación interior capaz de conocer a Dios (al verdadero Dios), capaz de leer de nuevo la voluntad de Dios. El corazón es el lugar donde Dios se revela, no simplemente el lugar donde se percibe la obligatoriedad de un esquema ya existente y donde se encuentra el coraje de repetirlo.

         Así, pues, en la página que hemos leído se encierran diversos reproches contra el espíritu farisaico: la confusión entre el rigorismo minucioso en la observancia de la moral y la fidelidad a Dios (la minuciosidad no siempre es signo de la fidelidad), artimañas casuísticas en la interpretación de los deberes morales (un defecto que lleva a un doble desequilibrio: complicar la observancia de la ley especialmente a la gente sencilla y tranquilizar la conciencia de los astutos que intentan salvar el esquema de la ley descuidando su sustancia), y finalmente (como tercer peligro) la confianza en las propias obras por encima del amor de Dios que nos llega gratuitamente.

         Para todo esto el evangelio asume una doble tarea: poner en evidencia cuál es el centro de la ley (la caridad) y considerar la obediencia del hombre a la ley como respuesta al gesto salvífico y gratuito de Dios. Detrás de todo esto hay una advertencia fundamental, que sirve de hilo conductor a todo este capítulo de Marcos: todas estas formas de legalismo son siempre una forma de rechazar a Dios. El legalismo farisaico nace de una incomprensión de Dios y ofrece una razón para rechazarlo; de hecho fue un motivo para rechazar a Jesús.

Bruno Maggioni

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         En el texto de hoy Jesús entra en controversia con los preceptos de pureza ritual al momento de comer los alimentos, fijados en la tradición religiosa de Israel. Y ahonda en el tema sobre la pureza e impureza referida a los alimentos, esta vez en conflicto con la Biblia misma (que es la que fijaba esos preceptos). La primera controversia fue con los escribas y fariseos, la segunda se convierte en una invitación a toda la gente para que escuchen y comprendan.

         El v. 15 es "una de las más grandes palabras de la historia de las religiones" (Montefiore) y "una de las sentencias morales más importantes de toda la historia de la humanidad". Jesús apunta a la auténtica moralidad, aquella que no está amarrada a una piedad exterior y ritualista, sino al corazón, es decir, a una opción y decisión profunda y conciente del ser humano.

         A reglón seguido, Jesús volverá al argumento de los alimentos afirmando que no hacen impuro porque en su camino natural no entran al corazón sino que van al vientre y luego a la letrina. Los alimentos no tocan el corazón. Jesús deja claro para los cristianos de todos los tiempos que la verdadera fuente de pureza o impureza no son los alimentos ni las cosas externas, sino el corazón, "centro de la persona, sede propia de las opciones y decisiones que regulan la relación del hombre con Dios".

         Por tanto, no son las cosas las que contaminan, sino que es el mismo ser humano, quien a partir de sus opciones, de sus decisiones, le dice si o no a Dios mismo, haciéndose así puro o impuro frente al proyecto de Dios en la historia. Se enumera a continuación una serie de doce vicios que en el v. 23 se denominan "cosas malas".

Emiliana Lohr

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         La vida podría convertirse en un cumplimiento meticuloso de la ley, normas, compromisos, como hacían los fariseos y judíos. Pero valdría preguntarse en medio de tanta exigencia personal ¿por qué? ¿Por qué tanto empeño y dedicación para ser fieles?. ¿Realmente cumplían de esa manera para agradar a Dios? Por la actitud de Jesús su fidelidad era incienso que en lugar de agradar a Dios los alababa a ellos mismos.

         Sólo a Dios hay que dar culto, y el verdadero culto consiste en la caridad y amor a Dios, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 2095. Debe ser aquí por tanto, donde florezca la exigencia por ser fieles a los compromisos.

         Ya Juan Pablo II escribió que ser cristiano no es en primer lugar cumplir una cantidad de compromisos y obligaciones sino dejarse amar por Dios. De esta manera, hemos de buscar a Dios para que nuestra jornada no se convierta en una serie de actividades, compromisos, obligaciones sin sentido, porque se tienen que hacer, hechos en ocasiones sin saber por qué se hacen, sino que sean nuestros días un continuo ofrecimiento a Dios de nuestras acciones.

Misael Cisneros

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         Hoy contemplamos cómo algunas tradiciones tardías de los maestros de la ley habían manipulado el sentido puro del cuarto mandamiento de la ley de Dios. Aquellos escribas enseñaban que los hijos que ofrecían dinero y bienes para el templo hacían lo mejor.

         Según esta enseñanza, sucedía que los padres ya no podían pedir ni disponer de estos bienes. Los hijos formados en esta conciencia errónea creían haber cumplido así el cuarto mandamiento, incluso haberlo cumplido de la mejor manera. Pero, de hecho, se trataba de un engaño.

         "Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición" (v.9): Jesucristo es el intérprete auténtico de la ley, y por eso explica el justo sentido del cuarto mandamiento, deshaciendo el lamentable error del fanatismo judío.

Iñaki Balbe

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         Jesús como buen judío conocía la tradición. Desde pequeño en la familia fue adquiriendo los conocimientos de la ley y de la tradición judía. Manifiesta respeto y veneración por ala ley y la tradición. "No he venido a derogar, sino a dar cumplimiento, porque os aseguro que no desaparecerá una sola letra o un solo acento de la ley antes que desaparezcan el cielo y la tierra, antes que se realice todo" (Mt 5, 18).

         Pero por encima de la ley está el amor: "Amarás a Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley entera y los profetas".

         Jesús como hombre libre denuncia el legalismo y la hipocresía de algunos de sus contrincantes y hoy vemos como en el evangelio polemiza con los fariseos y maestros de la ley que protestan ante la conducta de sus discípulos que "no siguen la tradición de los ancianos" (v.5).

         Ellos consideran que el guardar estas tradiciones y practicarlas acerca más a Dios. Jesús respetándolas pone el acento en lo esencial y desautoriza el camino oficial que los fariseos y maestros de la ley tienen para llegar a Dios.

         Así Jesús propone que para estar más cerca de Dios hay que convertirse a él y seguirle de corazón. Antepone el mandamiento del amor a Dios al querer familiar y a las necesidades económicas del templo (vv.8.13). Y acentúa el compromiso por la vida sin olvidar el culto y la tradición. Jesús les pone metas más altas. ¿Qué puede importar lavarse o no las manos si el corazón no está limpio? Es más fácil lavarse las manos que amar y comprometerse.

         Jesús denuncia la hipocresía, la falsedad de darse golpes de pecho, del no manifestar el verdadero rostro de Dios. Por eso dirá "preceptos de hombres y no mandatos de Dios son vuestras normas y prescripciones legalistas".

         Jesús desmonta el tinglado socio-religioso diciendo cual es el mandamiento de Dios y lo que él quiere: "Venid a mí los cansados, yo os aliviaré. Cargad con mi yugo, porque mi yugo es llevadero". No nos exime Jesús del yugo, de la carga pero es ligera con él, es llevadera con él. Él es para nosotros la paz y la libertad. Dios, el Dios del creyente es un Dios de libertad, de vida, de justicia, de amor.

         Hoy Señor te damos gracias por tu palabra sincera y valiente. Gracias porque nos has dicho que prefieres una religión de amor y de libertad.

Segundo Vicente

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         Los fariseos no eran mala gente. La mayoría e ellos eran buenas personas que buscaban ser fieles a la ley de Dios. Pero habían equivocado el camino. Ponían su fidelidad no en el seguimiento del Dios de la ley sino en la obediencia a la ley de Dios. Es decir, en el cumplimiento meticuloso de cada uno de sus preceptos. Y con facilidad terminaban convirtiéndose en escrupulosos, personas realmente enfermas, obsesionadas por los más mínimos detalles.

         Los que viven en esa dinámica asumen que cumplir la ley es lo mismo que ser fieles a Dios. Todos los preceptos, grandes o pequeños, tienen la misma importancia, puesto que en todos está en juego la fidelidad de la persona a Dios. Hay mucho, muchísimo diría yo, de buena voluntad en esta actitud. Pero también hay un algo de querer controlar a Dios.

         Eso es como decirle: "nosotros estamos haciendo todo, absolutamente todo lo que nos mandas. Y más. Estamos cumpliendo con nuestra parte, aunque sea difícil y pesada. Ahora, esperamos que no nos falles. Tú tienes también que cumplir tu parte". Pero no es así la religiosidad que Jesús nos invita a vivir.

         El evangelio no nos propone cumplir una ley, sino entrar en relación con una persona, Jesús, y dejar que su amor y su presencia llegue hasta el centro de nuestro corazón. No es más cristiano el que más inclinaciones de cabeza hace al recibir la comunión o el que más tiempo está arrodillado. Ni siquiera el que mejor cumple con los mandamientos de la Iglesia. Tampoco se trata de intentar ser más cristiano que nadie. Esto no es una competición. El cristiano, como Jesús, solamente tiene que amar. Nada más. Esa es la verdadera fidelidad.

Ignacio Sarre

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         La tirantez entre Jesús y los fariseos (de nuevo, venidos de Jerusalén) surge esta vez por la cuestión de lavarse o no las manos, antes de comer. Ciertamente, se trata de un tema que a nosotros nos parece insignificante, pero que a Jesús le sirve para dar consignas de conducta a sus seguidores.

         Una vez más, Jesús fustiga el excesivo legalismo de algunos letrados, y del episodio de las manos limpias pasa a otros temas más importantes. Porque a base de interpretaciones caprichosas, los fariseos llegan a anular el mandamiento de Dios (que sí es importante), y se escudan para ello en las tradiciones heredadas. Por eso, les dice Jesús, "dejáis a un lado el mandamiento de Dios, y os aferráis a la tradición de los hombres".

         El ejemplo del 4º mandamiento, que aduce Jesús, es muy aleccionador. Dios quiere que honremos al padre y a la madre, y que lo hagamos en la práctica, con ayuda económica también. Pero se ve que algunos no cumplían eso, y bajo pretexto de que dichos bienes (con los que debían ayudar a sus padres) eran ofrecidos al templo (el famoso corbán, o módica ofrenda sagrada), se consideraban dispensados. Y ahí es donde quiere llegar Jesús, al recordar que, por encima de los sacrificios al templo (costumbre humana), está la ayuda y honra a los padres (ley divina).

         Todos podemos tener algo de fariseos en nuestra conducta. Sobre todo si somos dados al formalismo exterior, dando más importancia a las prácticas externas que a la fe interior. O si damos prioridad a normas humanas, a veces insignificantes incluso tramposas, por encima de la caridad o de la justicia.

         Tal vez nosotros no seremos capaces de perder el humor o la caridad por cuestiones tan nimias como el lavarse o no las manos antes de comer. Ni tampoco recurriremos a lo de la ofrenda al templo para dejar de ayudar a nuestros padres o al prójimo necesitado. Pero ¿cuáles son las trampas o excusas equivalentes a que echamos mano para salirnos con la nuestra? ¿Tenemos también nosotros la tendencia a aferrarnos a la letra y descuidar el espíritu? ¿En qué nos escudamos para disimular nuestra pereza o para inhibirnos de la caridad o la justicia?

         Sería muy triste que mereciéramos nosotros el fuerte reproche de Jesús: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". El Concilio II Vaticano llegó a decir que "la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo" (GS, 43).

José Aldazábal

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         El diagnóstico de Israel que hace hoy Jesús, utilizando un texto de Isaías, es certero: este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

         El corazón es para los hebreos la sede de los pensamientos. Fariseos y letrados, que debían tener su mente centrada en Dios, parecen estar más interesados en aumentar los bienes y las arcas del templo. Más que amigos de Dios, lo son del dinero, como dice el evangelista Lucas (Lc 16, 14).

         Los mandamientos de Dios les traen a los fariseos al paire, sin cuidado. Han llegado a un grado de refinada perversión. Dios manda sustentar a los padres en la ancianidad ("honrar padre y madre"), y ellos, sin embargo, eximen de esta responsabilidad a los hijos que den sus bienes para el templo. Piensan que es mejor acrecentar el patrimonio del templo que ejercer la misericordia y el amor hacia los padres ancianos. Y presentan de este modo una imagen de un Dios egoísta, que se desentiende de la debilidad y del dolor humano.

         Esto es sólo un botón de muestra de la falsa religión de los fariseos, cuyo culto es inútil y cuya doctrina son meros preceptos humanos que pretenden sustituir el mandamiento de Dios por tradiciones tan poco humanas. Una religión así y una enseñanza de este calibre carecen de toda autoridad y quedan descalificadas por sí mismas.

Confederación Internacional Claretiana

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         El evangelio de hoy nos relata cómo los escribas y los fariseos al ver que los apóstoles no se apegan a las tradiciones de purificación de los antiguos (lavarse la manos antes de comer, bañarse antes de comer si han ido a la plaza, purificar copas, jarros y bandejas) cuestionan a Jesús esta actitud. Jesús aprovecha esta oportunidad para llamarlos hipócritas, por que se jactan de cumplir las leyes que son hechas por los hombres, humanas, sin importarles que sus tradiciones violen la ley dada por Dios.

         La ley de Dios tiene como fin su gloria, que consiste en el "gloria Dei, homo vivens" (en que el ser humano viva) y en la dignificación del ser humano, por el amor y la justicia. La ley de Dios respeta los ritos y las tradiciones, siempre que éstas estén en ese camino del amor y la justicia.

         Jesús no estaba de acuerdo con el comportamiento de los que detentaban el poder dentro de la iglesia judía. Para cuestionarlos acepta las actitudes de los apóstoles cuando éstos hacían caso omiso de las tradiciones sin sentido que no hacían más que gravar la conciencia y ser un "fardo pesado".

         Jesús era consciente de que la tradiciones habían cumplido su función dentro del pueblo judío de unificar y fortalecer su cultura en momentos en que corrían el riesgo de diluirse, pero también tenía claro que estas leyes creadas por los humanos fueron la respuesta a una situación concreta, que no eran en sí mismas un camino absoluto para llegar a Dios. Apegarse a ellas sin examinar antes si su contenido posibilitaba de la mejor manera posible el amor y la misericordia en la nueva situación del momento, no tenía sentido para Jesús. Ni lo debe tener para nosotros.

         En cierto sentido, Jesús desteologiza la ley. Es decir, la valora, pero no como un absoluto. El único valor absoluto es Dios y su voluntad, su proyecto, su reinado. Todo lo demás son medios, mediaciones. La ley es una de estas mediaciones, y por tanto es algo relativo, relacional, que hace relación a la voluntad de Dios, que está al servicio de la voluntad de Dios, para facilitar su cumplimiento.

         Cuando la situación cambió, Jesús supo releer la ley. No la obedece ciegamente, sino conscientemente, críticamente. Lo único que Jesús obedece ciegamente es la voluntad de Dios, su proyecto. Y para realizar éste en una situación distinta, las también cambiantes mediaciones (la ley entre ellas) debe ponerse al servicio de la permanente voluntad de Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El pasaje evangélico de hoy nos pone al tanto de las controversias de Jesús con los fariseos. En este caso, el motivo de la disputa es la tradición de los mayores, o simplemente la tradición, que según la mentalidad judaica debía ser observada en su totalidad y sin discusión.

         Formando parte de esa tradición estaba la norma de pureza ritual, que prescribía lavarse las manos antes de las comidas, además de otros lavados como los de vasos, jarras y ollas. No se trataba de una simple norma higiénica, sino de un ritual de carácter religioso: un lavarse para purificarse. 

         Los fariseos y letrados de Jerusalén observan cómo los discípulos de Jesús comen con manos impuras, es decir, sin haberse lavado las manos para purificarse. De este modo, estaban contraviniendo una norma de pureza de la más auténtica tradición judía. Y Jesús no parece darle importancia a esta negligencia, puesto que no corrige la conducta descuidada de sus discípulos.

         De ahí la acusación que dirigen al Maestro: ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de sus mayores? La censura se hace radicar, por tanto, en el quebrantamiento de una norma tradicional, pues no siguen la tradición de sus mayores.

         Ante esta acusación, Jesús reacciona denunciando un vicio muy notable en ellos, y ya denunciado tiempo atrás por el profeta Isaías: la hipocresía. Es hipocresía honrar a Dios con los labios y no con el corazón, pues semejante división hace de la alabanza divina un culto vacío, que no brota de dentro (del corazón) y que se queda en palabras vacías que no transportan nada auténtico (ni amor, ni afecto, ni sentimiento de adoración).

         Y aquí viene lo más grave de la reprensión de Jesús: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Para ello, Jesús les pone un ejemplo para que no haya lugar a equívocos o a fáciles escapatorias: el mandamiento de Dios, que por medio de Moisés dice "honra a tu padre y a tu madre", y "el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte".

         Jesús entiende que este mandamiento implica el respeto y el cuidado de los padres, en su situación de invalidez o de ancianidad. Pero al parecer, los fariseos habían introducido una nueva norma en su tradición, que permitía o determinaba entregar al templo los bienes destinados al socorro de los padres. De esta manera, obstaculizaban o impedían a los hijos el piadoso deber de atender a sus padres ancianos.

         La norma de entregar los bienes al templo se convirtió, de hecho, en un precepto (humano) que impedía cumplir el mandamiento divino de honrar (es decir, de atender) al padre y a la madre en su desvalimiento. Y con ello se invalidaba la palabra de Dios con sus implicaciones, a través de una norma tradicional que se habían dado a sí mismos.

         En esta norma (ofrecer los bienes al templo) había sin duda motivos religiosos (tal vez, mantener la magnificencia del culto), pero ni siquiera estos motivos bastaban para anular el mandamiento de Dios, que prescribía algo tan natural como el cuidado del padre y de la madre. También en esta suplantación, de la ley divina por la humana (a todas luces menos humana que la divina), advertía Jesús hipocresía, tanta hipocresía como en el rito purificatorio del lavado de las manos.

         De nada servía, por tanto, lavarse las manos, si el interior permanecía sucio o impuro. Porque eso era un lavado exterior, que no significaba ni alteraba el estado interior. Por eso, semejante comportamiento podía calificarse de hipócrita, porque ocultaba la realidad bajo una apariencia engañosa, y lo que trasladaba al exterior no era expresión de lo que latía dentro.

         También nosotros deberíamos someter nuestra conducta al juicio crítico y depurador de Jesús, porque puede que no diste tanto de esa actitud farisaica caracterizada por la hipocresía. También en nuestra práctica religiosa hay comportamientos hipócritas, apariencias de lo que no es, ropajes que ocultan realidades inconfesables, palabras huecas, suplantaciones engañosas, exterioridades vacías de contenido e intenciones torcidas.

         Por todo ello, necesitamos contemplarnos detenidamente en el espejo de la palabra de Jesús, para que él ponga al descubierto lo que se nos oculta y purifique nuestras intenciones.

 Act: 10/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A