5 de Mayo

Martes V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 mayo 2026

a) Hch 14, 19-28

         El pasaje que escuchamos hoy es la conclusión del 1º viaje misionero de San Pablo. Pablo y Bernabé hacen, en sentido inverso, el itinerario que acaban de recorrer para afianzar las comunidades fundadas. Ese viaje ha durado 3 años (años 45 y 48), 15 años después de la muerte y resurrección de Jesús y como 1ª experiencia de aclimatación del evangelio en tierra pagana.

         En Listra Pablo había curado a un tullido, y al día siguiente marchó a Derbe. Habiendo evangelizado esa ciudad, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, Iconio, Pisidia y Panfilia, fortaleciendo el ánimo de los discípulos y alentándolos a perseverar en la fe. Como se ve, el evangelio empieza a penetrar en Asia Menor, algo totalmente distinto al mundo judío de Jerusalén y aledaños.

         Se trata de una andadura evangélica de miles de kilómetros a pie, atravesando montañas y surcando ríos, adentrándose tanto en capitales (Iconio) como aldeúchas (Listra). Ciertamente, Señor, la fe tiene que enraizarse en una tierra, en comunidades humanas y en sus culturas, en grupos humanos.

         Pero la fe no es un tesoro material, que un día se recibe y queda tal cual. Es una vida que puede consolidarse o debilitarse, que puede crecer o morir. Pablo es consciente de ello. Retoma hacia los nuevos conversos para afianzarlos en la fe. Por eso, Pablo les decía: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios". Se trata de uno de los temas esenciales de San Pablo: la aflicción.

         La fe, pues, no suprime la tribulación, y el sufrimiento acompaña al cristiano como a todo ser humano. Pero dicho sufrimiento tiene para nosotros un sentido: sabemos que es un paso, ciertamente doloroso, que conduce al Reino, a la felicidad total junto a Dios. Pablo ya se atrevía a decir esas cosas a los recién convertidos. ¿Considero yo así también mis propios sufrimientos?

         Pero Pablo y Bernabé no se contentan con anunciar el evangelio, sino que empiezan a "designar presbíteros en cada Iglesia". En un 2º tiempo, algunos años después de su viaje de ida, vuelven, fundan comunidades estructuradas y designan a ancianos para jefes de las mismas (el término anciano traduce el término griego presbitre, del que vino más tarde la palabra castellana preste).

         La propia fe no puede vivirse individualmente. Es necesario vivirla en Iglesia, con otros. ¿Comparto yo mi fe con otras personas? o bien, ¿la vivo solo? ¿Qué sentido tiene para mí la Iglesia? ¿Cómo participo de la vida de la comunidad local?

         El sacerdote designado para presidir una comunidad de fieles, representa a Cristo, que es cabeza de su cuerpo místico: símbolo de la unidad, constructor de unidad y aquél por el cual se hacen "las junturas y los ligamentos, para que el cuerpo crezca y se desarrolle" (Col 2, 19).

Noel Quesson

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         Escuchamos hoy en la 1ª lectura que Dios nos regala un apoyo insustituible: la comunidad eclesial, protagonista del relato que acabamos de escuchar. Me llega particularmente este detalle: que habiendo dejado medio muerto a Pablo (después de ser apedreado), dice la Escritura que "entonces, lo rodearon los discípulos".

         ¡Qué hermoso! Y ciertamente, ¡qué eficaz! Porque ese bálsamo fraterno que fue "rodear a Pablo" inmediatamente ¡lo puso en pie!, y Pablo pudo volver a la ciudad, y al día siguiente proseguir su camino hacia Derbe predicando el evangelio. Todo ello, por la gracia de Dios, y el envío a la misión que habían recibido, él y Bernabé, de la comunidad de Antioquia.

         Por otro lado, vemos cómo uno de los objetivos primordiales de estos 2 apóstoles era animar y exhortar a los discípulos a ser fieles al don de la fe porque hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. Imagino la impresión de los discípulos al ver a Pablo, todavía con las heridas frescas, pronunciar estas palabras. Supongo que no necesitaría del poder de su persuasión (que sin duda no le faltaba) para convencerlos.

         Y por último, vemos de nuevo a la comunidad en el centro, cuando al retornar a su punto de partida, Pablo y Bernabé lo 1º que hacen es reunir a la Iglesia para contarle lo que Dios había hecho por medio de ellos. Y termina diciendo que se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos. ¡Aprendamos a ser comunidad que abraza, cura, anima, conforta, envía y comparte.

         Y para terminar, un interrogante: ¿Cómo es posible que los discípulos fueran capaces de abrazar todo tipo de sufrimientos por causa de Jesucristo? ¿Cómo se pudo operar un cambio tan radical en unos hombres aterrados, confusos y llenos de dudas después de la muerte del Señor?

         Los datos nos muestran a un grupo que ha perdido no sólo la esperanza, sino casi también la fe. A un grupo desconfiado, que no se convence con nada, que parte siempre de la duda, que se resiste a creer. Cristo tiene que repetir sus apariciones, debe aportar pruebas, dejarse tocar, comer con ellos... para ser creído.

Carolina Sánchez

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         Ayer leíamos que les ensalzaban como a dioses, y hoy, que les apedrean hasta dejarles por muertos. Una vez más Pablo y sus acompañantes experimentan que el reino de Dios padece violencia y que no es fácil predicarlo en este mundo. Pero no se dejan atemorizar, y se marchan de Listra, y empiezan a predicar a otras ciudades. Son incansables, y para ellos la palabra de Dios no se queda muda.

         El pasaje de hoy nos describe el viaje de vuelta de Pablo y Bernabé de su 1ª salida apostólica. De hecho, van recorriendo en orden inverso las ciudades en las que habían evangelizado y fundado comunidades, hasta llegar de nuevo a Antioquía, de donde habían salido.

         Al pasar por cada comunidad reafirman en la fe a los hermanos, exhortándoles a perseverar en la fe, "diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios". Van nombrando también presbíteros o responsables locales, orando sobre ellos, ayunando y encomendándolos al Señor. Se trata de un 2º momento, tras el 1º momento de la implantación: el momento de la estructuración y afianzamiento comunitario.

         Llegados a Antioquía de Siria dan cuentas Pablo y sus acompañantes a la comunidad, que es la que les había enviado a su misión. Las noticias no pueden ser mejores, y "les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe". El salmo responsorial de hoy, en ese sentido, es también consecuentemente misionero y entusiasta: "Tus amigos, Señor, anunciarán la gloria de tu Reino, explicando tus hazañas a los hombres".

         También a nosotros, como a Pablo y Bernabé, se nos alternan días de éxito y días de fracaso. Encontramos dificultades fuera y dentro de nosotros mismos. Tal vez no serán persecuciones ni palizas, pero sí la indiferencia o el ambiente hostil, y también el cansancio interior o la falta de entusiasmo que es peor que las dificultades externas. Y eso no sólo en nuestro trabajo apostólico, sino en nuestra vida de fe personal o comunitaria.

         Tenemos que aprender de aquellos primeros cristianos su recia perseverancia, su fidelidad a Cristo y su decisión en seguir dando testimonio de él en medio de un mundo distraído.

         También hay otra lección en su modo de proceder: su sentido de comunidad. Se sienten, no francotiradores que van por su cuenta, sino enviados por la comunidad, a la que dan cuentas de su actuación. Se sienten corresponsables con los demás. Y la comunidad también actúa con elegancia, escuchando y aprobando este informe que abre caminos nuevos de evangelización más universal.

José Aldazábal

b) Jn 14, 27-31

         En el clima de despedida de Jesús, hay una preocupación lógica por el futuro. Y Jesús les tranquiliza: "La paz os dejo, mi paz os doy". Eso sí, no es una paz barata, sino una paz que viene de lo alto: "No os la doy yo como la da el mundo". La consigna de Jesús es clara: "No tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Es verdad que "me voy", pero también lo es otro dato: "Vuelvo a vuestro lado, y si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre".

         La paz y la seguridad que Jesús promete a los suyos deriva de la unión íntima que él tiene con el Padre: él ama al Padre, cumple lo que le ha encargado el Padre y ahora vuelve al Padre. Desde esa existencia postpascual es como volverá a los suyos y les apoyará y les dará su paz. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy las recordamos cada día en la misa, antes de comulgar: "Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy".

         También ahora necesitamos esta paz. Porque puede haber tormentas y desasosiegos más o menos graves en nuestra vida personal o comunitaria. Como en la de los apóstoles contemporáneos de Jesús. Y sólo nos puede ayudar a recuperar la verdadera serenidad interior la conciencia de que Jesús está presente en nuestra vida.

         Esta presencia siempre activa del Resucitado en nuestra vida la experimentamos de un modo privilegiado en la comunión. Pero también en los demás momentos de nuestra jornada: "Yo estoy con vosotros todos los días", "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo", "lo que hiciereis a uno de ellos, a mí me lo hacéis". La presencia del Señor es misteriosa y sólo se entiende a partir de su ida al Padre, de su existencia pascual de Resucitado: "Me voy y vuelvo a vuestro lado".

         A veces podemos experimentar más la ausencia de Cristo que su presencia. Puede haber eclipses que nos dejan desconcertados y llenos de temor y cobardía. Como también en el horizonte de la última cena se cernía la "hora del príncipe de este mundo", que llevaría a Cristo a la muerte. Pero la muerte no es la última palabra. Por eso estamos celebrando la alegría de la Pascua. También Cristo encontró la paz y el sentido pleno de su vida en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, aunque le llevara a la muerte.

         Escuchemos la palabra serenante del Señor: "No tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Si estamos celebrando bien la Pascua, deberíamos haber crecido ya notoriamente en la paz que nos comunica el Resucitado, venciendo toda turbación y miedo.

José Aldazábal

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         Desear la paz era el saludo ordinario al llegar y al despedirse. La despedida y el saludo de Jesús no son, como los ordinarios, triviales. Tampoco se despide como todos, pues, aunque se va, no va a estar ausente (v.28).

         Ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es una tragedia, puesto que su muerte va a ser la manifestación suprema del amor del Padre (Jn 12, 27). El Padre es más que Jesús, porque en él Jesús tiene su origen (Jn 1,32; 3,13.31; 6,61), el Padre lo ha consagrado y enviado (Jn 10, 36) y todo lo que tiene procede del Padre (Jn 3,35; 5,26; 17,7).

         Jesús había predicho la traición que lo llevaría a la muerte (Jn 13, 19), y ahora predice los efectos de ésta: el triunfo de la vida. Su marcha es inminente, y posiblemente se cronifique en su ausencia la personificación del poder opresor.

         Es verdad que Jesús no está para nada sometido a ese poder, y que éste no puede pretender tener autoridad sobre él. Pero Jesús va a aceptar el enfrentamiento entre ambos para mostrar a la humanidad su amor al Padre (Jn 8, 28), llevando a cabo su obra aun a costa de su propia vida (Jn 10, 17). Este ejemplo de Jesús debe ser el que convenza, o por lo menos lleve a todos a verificar, la autenticidad de su mensaje, y su fidelidad al que lo envió.

         La exhortación a salir ("levantaos, vámonos de aquí"), después de anunciar la llegada del jefe del orden este (v.30), tiene un tono de desafío que se convierte en consigna para toda la comunidad. Como Jesús, ésta ha de afrontar la hostilidad del mundo.

         Estas palabras dividen el discurso de la cena en 2 partes. En la 1ª, la instrucción de Jesús, de obra y de palabra, se ha referido a la constitución de la comunidad; en la 2ª va a tratar de su identidad y misión en medio del mundo. La invitación a marcharse con él indica precisamente la diferencia de tema. Jesús va a marcharse con el Padre pasando a través del mundo de tiniebla y muerte, y en este paso se lleva a los suyos consigo. La constitución de la comunidad se ha hecho dentro de casa, pero su camino está fuera, en medio de la humanidad.

Juan Mateos

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         Hoy Jesús nos habla indirectamente de la cruz: nos dejará la paz, pero al precio de su dolorosa salida de este mundo. Hoy leemos sus palabras dichas antes del sacrificio de la cruz y que fueron escritas después de su resurrección. En la cruz, con su muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz "como la da el mundo" (Jn 14, 27), sino que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor misericordioso al ser humano.

         En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el pecado entró en el mundo. Unas veces es dolor físico; otras, moral; en otras ocasiones se trata de un dolor espiritual. Y a todos nos llega la muerte. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio para tener paz en medio del dolor: él ha aceptado marcharse de este mundo con una salida sufriente y envuelta de serenidad.

         ¿Por qué lo hizo así? Porque, de este modo, el dolor humano (unido al de Cristo) se convierte en un sacrificio que salva del pecado. Como decía Juan Pablo II, "en la cruz de Cristo el sufrimiento humano ha quedado redimido". Jesucristo sufre con serenidad porque complace al Padre celestial con un acto de costosa obediencia, mediante el cual se ofrece voluntariamente por nuestra salvación. Un autor desconocido del s. II pone en boca de Cristo las siguientes palabras:

"Mira los salivazos de mi rostro, que recibí por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido".

Enric Cases

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         En el evangelio de hoy Jesús comunica su paz a los discípulos. El evangelio de Juan gusta contraponer la propuesta de Jesús y la actividad el mundo. La oferta de Jesús es una paz nacida de la solidaridad, el respeto por la vida y la entrega generosa. La paz del mundo, pax romana, es una estrategia para garantizar el intercambio de mercancías y el comercio en general. Una y otra no se excluyen, pero la tranquilidad del mercado no sustituye a la paz que nace de la justicia.

         Se considera con demasiada frecuencia, desde la antigüedad, que el mejor ambiente para el gran comercio es la seguridad que ofrece la tropa militar. Sin embargo, esta paz tiende a ser frágil, porque está basada en el predominio de la guerra y se ha convertido en un simple paripé de su tiempo.

         El evangelio nos exhorta a valorar los esfuerzos humanos por consolidar la economía, pero nos recuerda que la vida del ser humano está por encima de todo cálculo y es un valor en sí misma. Por tanto, la paz debe fundarse en el respeto a la dignidad humana y no sólo en garantías militares.

         Jesús da la paz a los suyos en la forma tradicional del saludo y despedida de los semitas. Pero insinúa también que quiere dar su paz, la cual no corresponde a la paz que dan los que son del mundo.

         El judío usaba la fórmula de paz no sólo como saludo ordinario, sino también como parte de un acto sagrado. La fórmula de saludo estaba llena de contenido vivencial. En el AT llegó a ser fórmula litúrgica de bendición en el culto en Jerusalén (Nm 6,26; Sal 29,11). En el NT aparece desde el nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (Lc 2,14; Lc 1,79), hasta la resurrección.

         Jesús da la paz a sus discípulos antes de anunciarles su muerte, ligada a la acción del Maligno (v.30). Después de su resurrección da la paz a sus atemorizados discípulos (Jn 20,19; 21,26). Es decir, la paz de Jesús es algo más que un saludo. Es su misma fuerza, junto con la del Padre y la del Espíritu, que reconforta y anima. Es una comunicación sacramental. La Iglesia primitiva sintió la paz de Jesús como la fuerza que la reunificaba en las contradicciones (Ef 2, 14). Es decir, la paz estaba asociada a momentos especiales de gracia, en los que Dios se manifestaba como energía especial.

         Hoy Jesús nos da esa misma paz, que debe recibir el contenido que quiso darle Jesús: no sólo un saludo de cortesía, sino una ratificación de su presencia, para no perder la esperanza y para fomentar la fraternidad. La paz no es sólo ausencia de la guerra, sino un verdadero estado de gracia, construido en lo más profundo del ser humano. Ella posibilita que nos acerquemos al otro como a un hermano.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Jesús es portador de paz, y él da y deja la paz, como don que se queda en el que la recibe y como don que genera un estado de paz con uno mismo y con los demás (incluidos los adversarios, para que éstos no le quiten la paz). Como se ve, la paz que viene a traer Cristo no es una paz como la que persigue el mundo, sino una paz que alcanza los niveles más profundos e íntimos del ser humano.

         Y es que este mundo podrá llegar a ciertos armisticios o acuerdos de paz, y podrá restablecer las relaciones deterioradas o apaciguar conflictos entre regiones, y podrá amortiguar rupturas que amenazan tormentas imprevisibles... pero no podrá alcanzar nunca las honduras del corazón humano, lacerado por la culpa y la autocensura.

         Esta tarea de pacificación interior sólo puede llevarla a cabo alguien que tenga poder para erradicar la culpa y extender los efectos medicinales del perdón, porque únicamente este perdón restaurador puede proporcionar esa paz que el mundo no puede dar (ni siquiera con el restablecimiento de la justicia ultrajada).

         Tal es la paz que permite afrontar, con serenidad, el advenimiento de ciertas noticias que anuncian pérdidas y engendran temores. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, decía Jesús a sus discípulos, que añade: Me habéis oído decir "me voy y vuelvo a vuestro lado". Si me amarais, os alegraría de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo.

         Jesús había pronunciado palabras que presagiaban despedida. Y aquellas alusiones a su marcha, ya próxima, llenaron de tristeza el corazón de sus discípulos. Más aún, provocaron en ellos cierto pánico, desde el temor a quedarse huérfanos de padre, de maestro y de guía.

         En definitiva, los discípulos se habían apoyado de tal manera en Jesús, durante el período del discipulado, que ahora les suponía un gran quebranto prescindir de su compañía, de su apoyo moral, de sus consejos y magisterio, de sus certezas y convicciones, de la seguridad que les proporcionaba su cercanía.

         Por eso Jesús se ve obligado a calmar su ansiedad con palabras tranquilizadoras: Me voy, pero volveré. Es decir: Mi ida no es una marcha sin retorno, sino que volveré para llevaros conmigo y para que podáis gozar de mi compañía, estando donde yo esté.

         La situación es tal que su misma marcha debe constituir para ellos un motivo de alegría. Realmente, tendrían que alegrarse, porque donde Jesús va es nada menos que al Padre y a su lugar de origen. Y porque sólo así, sentado a la derecha del Padre (dirá San Pablo), Jesús estará en la plenitud. Los discípulos tendrían que alegrarse con este logro de su Maestro, aunque por el momento tengan que saborear la amargura de su ausencia.

         Pero el sentimiento de orfandad no será muy duradero, y pronto dispondrán del don de su Espíritu, defensor y consolador. Además, su vuelta para llevarles consigo no se hará esperar demasiado, y pronto podrán compartir su destino glorioso.

         Pero no conviene que los acontecimientos les pillen desprevenidos, y por eso Jesús les prepara por anticipado para ese momento: Os lo he dicho antes de que suceda, para que cuando suceda sigáis creyendo. Los sucesos que se avecinan, por muy duros que resulten, o por muy difíciles de digerir que sean, no deben arrebatarles la fe. Al contrario, deben reafirmarles aún más en ella, en esa fe que han depositado en él como enviado del Padre.

         Jesús prevé que su estancia en este mundo se agota. No le queda mucho tiempo, por tanto, para seguir adoctrinándoles y proporcionándoles los medios necesarios para afrontar su misión en el mundo y enfrentar con garantías las embestidas del príncipe de este mundo, ése que, sin tener poder sobre Jesús (porque no hay poder maléfico capaz de imponerse al poder del Dios), lo tendrá para extender su dominio en el mundo.

         El diablo, en cuanto criatura de Dios, no puede tener sino el poder de actuación que Dios, su Creador, le concede. El mismo Jesús demostró repetidas veces su capacidad para desactivar el poder de sugestión (tentación) y de actuación (posesión) del demonio. Pero aun careciendo el diablo de poder sobre él, precisa Jesús, es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago.

         En la actuación del príncipe de este mundo hay permisión de Dios, y las palabras evangélicas que acabo de citar nos permiten adivinar al menos una razón que justifica esta permisión divina. Y es que la misma actuación del Maligno acabará convirtiéndose en la ocasión histórica que permitirá al Hijo demostrar al mundo su amor al Padre, hasta el extremo de entregar la propia vida en una actitud de obediencia sin fisuras.

         Este amor demostrado en la obediencia (crucificado) y puesto en alto (en el árbol de la cruz) ante los ojos del mundo, para que éste comprenda y crea, será la muestra más palpable del triunfo de Jesús sobre el mal. Porque quien realmente triunfa en la cruz es el mártir del amor de Dios, y ese testimonio ha sido captado por el mundo. Ojalá que nosotros formemos parte de ese mundo que ha creído en el testimonio de amor y obediencia dado por Jesús, el testigo del amor del Padre.

 Act: 05/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A