14 de Febrero

Sábado V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 febrero 2026

a) 1 Rey 12, 26-32; 13,33-34

         El cisma humano y político, que escuchábamos ayer y antesdeayer, pasa a ser hoy un cisma religioso. En efecto, antes del período monárquico el único enlace entre las 12 tribus hebreas había sido su fe religiosa en Yahveh. Y a partir de Saúl, a ese enlace religioso se la había unido el enlace político, aunque se tratase de un enlace siempre frágil.

         Bajo un solo rey, las tribus hebreas conservaron su peculiaridad. Pero las torpezas económicas de Salomón y de Roboán exasperaron en extremo a las tribus del norte, y a la 1ª dificultad cada grupo se encerró en sí mismo. La unidad se ha hecho añicos.

         Durante la monarquía, los habitantes del norte habían tomado la costumbre de ir a Jerusalén en peregrinación, para visitar el Arca de la Alianza. Y que esa peregrinación continuase haciéndose, era algo que no agradaba al nuevo rey Jeroboán, rey de las tribus del norte. De ahí que opte por el cisma religioso, rompiendo con el Templo de Jerusalén y volviendo a renovar los santuarios antiguos de Betel y Dan (en los que "erigió dos becerros de oro, uno en Betel y otro en Dan"). Al cisma humano, se añade ahora el cisma religioso.

         Los razonamientos de Jeroboán para consumar dicho cisma no habían podido ser más aberrantes, pues según la Escritura se dijo: "Tal como van las cosas, el reino volverá a la casa de David. Pues si este pueblo continúa subiendo a la casa del Señor de Jerusalén, el corazón de este pueblo volverá también a su señor, a Roboán, rey de Judá".

         Al principio del cisma, el culto del norte no fue un culto idolátrico, pues sus sacerdotes vieron en las 2 estatuas de Roboán una evocación del Dios verdadero. Pero el pueblo pronto se deslizó hacia la idolatría, por contagio de los cultos fenicios de Baal, existentes en toda la región, y también representado por estatuas de animales.

         La falta principal de Jeroboán, y de las tribus del norte, fue el querer usar la religión para un fin político, sobre todo para conservar su reino y salvaguardar sus intereses, instituyendo para ello lugares de culto.

         Puede ser que esto mismo ocurra también hoy día, cuando ponemos a Dios a nuestro servicio, en vez de ponernos nosotros al servicio de Dios. Pues de esa manera nos vamos forjando una concepción de Dios a la propia carta, según nuestras inclinaciones. Señor, ayúdanos a aceptar tus exigencias, incluso cuando nos parece que van contra nuestros intereses inmediatos.

         Este proceder "hizo caer en pecado a la casa de Jeroboán, y fue causa de su ruina y exterminio sobre la faz de la tierra", nos recuerda el libro I de los Reyes, a forma de interpretar la historia. El destino trágico de las tribus del norte está ahí, para confirmar que no se separaron impunemente de Dios. Los golpes de estado se fueron sucediendo en el Reino del Norte en todas las sucesiones de sus reyes, hasta la total destrucción del reino bajo las armas del asirio Teglat-Falasar, 200 años después. Señor, ten piedad de nosotros, y sálvanos de nuestras culpas.

Noel Quesson

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         Cuando el pueblo de Israel se libera del abuso de poder introducido por Salomón, ya estaba demasiado habituado a ser gobernado por un rey. Y por eso elige uno de la oposición como nuevo rey del norte (Jeroboán), pensando que respetaría sus tradiciones y dignidad.

         Pero ¿acertará este antiguo arquitecto de Salomón en su esperanza? Pues aunque Jeroboán se había rebelado contra la política de Salomón, no por eso dejará de imitar (en más de un aspecto) la conducta de Salomón. Igual que él, construyó una capital y fortificó la ciudad de Fanuel, que se añadía así a las que ya Salomón había fortificado en todo el territorio del norte.

         Sólo esto indica ya que la fuerza misma de la institución le ha llevado a mantener al menos una parte del aparato estatal salomónico. No tiene nada de extraño que en este clima el cálculo político le obligue a crear un santuario rival del que Salomón había creado en su capital de Jerusalén. Como hemos visto tantas veces en la historia, el poder político quiere utilizar para sus propios fines las instituciones religiosas del pueblo de Dios.

         La división política cristalizará en una multiplicidad de santuarios y de instituciones sagradas: un becerro de oro en lugar del arca, un sacerdocio no levítico de elección real, una fiesta de peregrinación celebrada un mes más tarde que la de Jerusalén.

         Algunas de estas diferencias tal vez no eran otra cosa que la consagración de diversas tradiciones vigentes en el pueblo de Israel, pero a los ojos de los narradores deuteronomistas significaban una manifestación del capricho real que tergiversaba arbitrariamente las instituciones dictadas a Moisés por Dios mismo.

         Al amparo de estos santuarios fueron creciendo desviaciones en la fe, en el culto y en la vida moral, desviaciones que los profetas (como Oseas y Amós) denunciaban crudamente.

         Las consecuencias de la protección real sobre santuarios y sacerdocio se manifiestan en los intentos de hacer callar la voz de los profetas: Jeroboán mismo intenta hacer callar a un hombre de Dios que le habla (1Re 13, 4), el sacerdote Amasías expulsa de Betel al profeta Amós (Am 7, 10). Pero es inútil taparse los oídos, delante de la llamada de Dios.

         El libro I de los Reyes saca una clara lección de la historia del reino del norte: que los cálculos para salvar el poder real, pasando por encima de la fidelidad a Dios, son una culpa original que acabará llevando a la ruina, tanto la dinastía de Jeroboán (que Dios habría consolidado, igual que la de David; 1Re 11,38), como el mismo reino de Israel con todo su pueblo (que finalmente será deportado; 1Re 14,7-16).

Guiu Camps

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         Terminamos hoy las 5 semanas de lectura de los libros históricos del AT, con nubarrones oscuros sobre la casa de David y Salomón: el pecado de idolatría de Jeroboán. El lunes que viene pasaremos a leer libros del NT, empezando por la carta de Santiago.

         Al cisma político le sigue ahora el cisma religioso. Es una jugada astuta la de Jeroboán, el rey del norte: si permite que sus súbditos sigan yendo cada año a adorar a Dios en el Templo de Jerusalén (que está en el sur), nunca se consolidará la unidad de su pueblo norteño.

         Como tantas veces, entonces y a lo largo de la historia antigua y moderna, el poder político tiene la tentación de servirse de la religión para sus fines. Y como han pagado los templos, luego pueden mandar callar a los profetas o a los sacerdotes.

         Así que Jeroboán construye, en los antiguos santuarios de Betel y Dan, 2 becerros de oro, que en un principio parece que querían representar a Yahveh ("éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto"), pero que luego fácilmente derivaron en idolatría. Para colmo, el rey decide establecer por su cuenta fiestas y sacrificios, y hasta nombra sacerdotes tomados del pueblo, sin que pertenecieran a la tribu de Leví. Como se ve, un disparate detrás de otro.

         Disimulando más o menos nuestras debilidades, también los cristianos podemos caer en la tentación de adorar ídolos y levantarles ermitas y altares y ofrecerles sacrificios.

         Cada uno sabrá cuáles son esos dioses falsos a los que les dedica al menos parte de su corazón y de su fe. Estamos avisados de que el pecado nos lleva a la destrucción: "Este proceder llevó al pecado a la dinastía de Jeroboán, y motivó su destrucción y exterminio de la tierra". Pero no solemos hacer mucho caso, porque los ídolos son agradables y nos volvemos ciegos. Tendemos a elegir lo más fácil, lo que satisface más inmediatamente nuestros gustos. No vemos las cosas con los ojos de la fe, sino con los ojos humanos.

         Y luego nos quejamos de las consecuencias, o de que mi comunidad no va bien, o de que la Iglesia está decayendo, o de que nosotros mismos somos cada vez más débiles. Pero no escarmentamos. ¡Cuántas veces nos tenemos que arrepentir de haber iniciado aquel camino que ya veíamos que no era el recto! Pero nos dejamos seducir por los muchos dioses y altares que nos ofrece el mundo de hoy.

         Tenemos que estar corrigiendo siempre, a la luz de la palabra de Dios, que nos amonesta y nos enseña, nuestra tendencia a desviarnos del recto camino: "Hemos pecado con nuestros padres. Porque nuestros padres se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba, y se olvidaron de Dios su salvador".

José Aldazábal

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         Aprendemos del novato rey Jeroboán hoy una lección: apartarse del Dios verdadero, ¿no tendrá como consecuencia la destrucción, sobre todo para quien se alejó del Señor? Porque la religión no es cuestión política, sino de fe (o "no es de este mundo", como nos dirá Jesús). Y porque muchas veces el ansia de poder lleva a querer empezar cosas que es mejor no empezar, si no entran en los planes de Dios. Dios nos quiere en torno a él con un amor indiviso, y 

         La Iglesia no puede convertirse en una comunidad de fe si quienes la conformamos vivimos guiados por el ansia de dominar a los demás (como fue el caso de Jeroboán). Porque esto, en lugar de conducir hacia Cristo, nos llevaría a despreciar a los demás, y a pensar que sólo nosotros tenemos la razón.

         Vivamos firmemente afianzados en Cristo, para que seamos realmente constructores de la unidad, muchas veces resquebrajada por culpa nuestra. Dios es Dios de todos, y no podemos crearnos imágenes falsas de él (como los 2 ídolos fabricados por Jeroboán) para asegurar nuestros intereses. Quien vaya hacia el Señor no puede ir encadenado, sino con la libertad de quien se siente hijos suyo.

         Ante el relato de un mal pastor del pueblo (Jeroboán), y ante la triste realidad de un pueblo de Dios que sigue viviendo "como ovejas sin pastor", Jesús se nos presenta como el Buen Pastor, como ese Pastor que, lejos de toda división, odio fratricida o rebeldía, siente una profunda pena por sus ovejas, su pueblo amado. Roboán y Jeroboán seguirán en su división y lucha, y Jesús seguirá dándonos pan y paz.

Dominicos de Madrid

b) Mc 8, 1-10

         La fórmula "por aquellos días" señala en Marcos el tiempo del cumplimiento de las profecías (Mc 1, 9); sugiere así que se trata de un tiempo posterior al de la vida histórica de Jesús. La escena se sitúa en la orilla oriental del lago de Genesaret, en territorio pagano.

         Jesús toma la iniciativa, pero, al contrario que en el reparto de los panes a Israel, aquí no enseña; «enseñar» significa exponer el mensaje tomando pie del AT, tradición religiosa ajena a los pueblos paganos. El primer problema que se presenta es que la gran multitud necesita alimento. Marcos juega con el doble sentido del alimento: comida y mensaje. Como en el caso de los judíos (Mc 6, 34-46), el reparto de los panes va a ser la expresión gráfica del mensaje.

         Jesús convoca (Mc 6, 7) a los discípulos: los informa del sentimiento que despierta en él la multitud ("me conmueve"), la misma reacción de ternura y amor que tuvo al ver la multitud judía (Mc 6, 34), y del problema que pide solución (no tienen qué comer). Esta multitud ha dado ya su adhesión a Jesús ("llevan ya tres días conmigo") y, como lo indica la expresión de lejos, procede de pueblos paganos (Is 5,25; Jr 4,6.20). Ahora que van a vivir por su cuenta ("si los despido a su casa") necesitan el alimento y un mensaje.

         Jesús esperaba alguna iniciativa de los discípulos, pero éstos opinan que el problema de los paganos es insoluble, incluso para Jesús ("¿de dónde va a poder nadie?"). No puede haber éxodo ni sociedad nueva para los paganos en cuanto tales; lo que ocurrió con los judíos es imposible con éstos; no encontrarán solución más que a través de Israel. Los discípulos no tienen conciencia de lo que Jesús puede hacer ni creen en el amor universal de Dios.

         Jesús no responde a la objeción, sino que se dirige directamente a la multitud; si el nuevo Israel se resiste a su vocación universal, Jesús actuará por su cuenta. "Recostarse en el suelo" para comer era la postura de los hombres libres (Mc 6, 39). Se expresa así la base de la alternativa de Jesús: plenitud de vida (alimento) en libertad. La tierra (no en Mc 6,39), que alude a la tierra prometida, se menciona aquí (no en Mc 6,39) porque la nueva tierra prometida, el reino de Dios, no es ya el territorio de Israel, sino el mundo en su totalidad.

         Jesús coge todo el alimento que tienen sus discípulos, no reserva nada. El nº 7 indica totalidad (Mc 6,38), y está en relación con la totalidad de la humanidad (70 naciones, según la creencia judía del tiempo). Los discípulos que poseen los siete panes tienen ya el mensaje completo y están capacitados para la labor con todos los hombres y pueblos; si no lo hacen es porque no quieren.

         Jesús pronuncia sobre los panes una "acción de gracias", mientras que con los peces usará el término bendecir, mismos términos que usará más tarde en la Última Cena (Mc 14, 24).

         El pan es factor de vida, y si se parte es para compartirlo, siendo su reparto una expresión de amor. Es decir, la misión de la comunidad de Jesús es un servicio de solidaridad y amor, para comunicar vida a toda la humanidad. Marcos hace hincapié en el servicio de los discípulos, que menciona 3 veces (vv.6.7). Jesús les enseña a servir, a ofrecer a los paganos la vida que ellos reciben de Jesús. Ellos hacen lo que Jesús les dice, pero pronto se verá que no lo interiorizan.

         Se añaden los peces, aun fuera del nº 7, para indicar la igualdad de los éxodos judío y pagano. Y la multitud, que no tenía qué comer, ahora tiene alimento sin límite. Jesús colma todas sus aspiraciones, y los lleva hasta la plenitud de vida (hasta saciarse). Jesús muestra a los discípulos que existe un éxodo (una alternativa) para los paganos igual al de Israel.

         La misma multitud recoge los trozos que han sobrado, pero no los retiene para sí: expresa así su compromiso de seguir compartiendo. Las 7 espuertas, como los 7 panes, miran a los 70 pueblos de la tierra, y vienen a decir que compartiendo se puede dar vida a la humanidad y saciar todas sus aspiraciones.

         El nº 4.000 es múltiplo de 4, número que indica universalidad ilimitada ("los 4 puntos cardinales"). No se usa la figura de "hombres adultos" (Mc 6, 44) que remitía a las comunidades proféticas del AT, pero se los designa en plural, porque ya están personalizados. Tienen ya el Espíritu, porque llevan 3 días con Jesús (v.2).

         Jesús los despide sin alejar antes a los discípulos (Mc 6, 45), pues no hay peligro de que éstos manifiesten en esta ocasión sus deseos de restauración de Israel. Los individuos de la multitud, con el mensaje que han recibido, pueden ya valerse por sí mismos. No tienen que integrarse en el pueblo judío ("la casa de Israel"), sino que irán "a sus casas" (v.2) para poner allí en práctica la alternativa de Jesús.

         Después de manifestar su proyecto mesiánico con judíos y paganos, Jesús vuelve a territorio judío para ofrecer a Israel este proyecto, que extiende la salvación a todos los pueblos. Y como dice el evangelio, "se montó en la barca con sus discípulos y fue derecho a la región de Dalmanuta" (v.10).

         Esta travesía está en paralelo con la de Mc 6,47-53. No hay acuerdo sobre la identificación de Dalmanuta, aunque, al mencionarse la presencia de los fariseos, se trata ciertamente de un lugar judío. No obstante, dichos fariseos salen en escena sin que se especifique de dónde.

Juan Mateos

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         La expresión "en aquellos días" permite pensar que la multiplicación de los panes de hoy se hace en territorio pagano, lugar del ministerio de Jesús en los últimos días. De entrada, el evangelista nos prepara para el milagro al hablar de "una multitud que no tiene nada que comer". También cabe destacar dentro de este 1º versículo el adverbio "de nuevo", que indica un acontecimiento similar en el pasado, o una 1ª multiplicación de los panes (narrada en Mc 6,30-44).

         Mientras en la 1ª multiplicación son los discípulos los que plantean a Jesús su preocupación por la situación de la gente, aquí es Jesús mismo quien llama a los discípulos para expresarles su preocupación y compasión por una multitud, que "llevan tres días con él y no tienen nada para comer".

         El término "tres días" significa que la situación es bastante crítica, y que a diferencia del 1º relato de multiplicación, no hay aldeas cercanas donde pueda ser despedida la gente para procurarse alimentos. No obstante, también significa en la Biblia "tres días" el plazo máximo que se da Dios para intervenir con su ayuda (Jos 1,11; Gn 40,13; Os 6,2). La preocupación de Jesús de que puedan desfallecer por hambre al regresar a sus lejanas casas, es una buena manera de introducir el milagro.

         El hecho que vengan "desde lejos" ratifica el contexto pagano del relato, pues era común entre las primeras comunidades cristianas considerar a los paganos como los lejanos, en cuanto lejanía de Dios y de la salvación (Ef 2,13.17; Hch 2,39; 22,21).

         La actitud de los discípulos refleja el máximo de la incomprensión y falta de fe, si suponemos que ya había presenciado un milagro similar. Con razón se afirma que "no habían entendido lo que había pasado con los panes, tenían la mente cerrada" (Mc 6, 52). También podría pensarse que estamos ante una pregunta retórica, recurso literario utilizado por Marcos, para responder que solo hay uno, Jesús de Nazaret, que puede saciar el hambre de la multitud. Como en la 1ª multiplicación, Jesús pregunta por la existencia de pan.

         Los discípulos sin tener que indagar entre la gente le contestan de inmediato que hay 7 panes, número que indica plenitud. Los paganos están invitados a participar de la plenitud del banquete eucarístico. Cabe anotar que en la primera multiplicación el nº 7 se forma de los 5 panes y los 2 peces, con el mismo carácter simbólico.

         Las palabras de Jesús tomando, dio gracias, los partió... son típicas de la fórmula utilizada en las diferentes comunidades cristianas en la comida eucarística (Lc 22,19; 24,30; 1Cor 11,24). El papel de los discípulos es el de intermediarios entre Jesús y la multitud. La compasión de Jesús pone en acción la inactividad e incomprensión de los discípulos en favor de los hambrientos.

         Aunque los discípulos son lentos para entender son rápidos para ejecutar las iniciativas de Jesús, esto les permite continuar el camino del discipulado. Cuando todo parecía estar listo, el evangelista añade la presencia de unos pescaditos, sin precisar siquiera el número. La bendición a los pescados es extraña, en cuanto en el judaísmo no se bendecían los alimentos como tal sino a Dios que los procuraba. Otra pista para pensar que es un relato cuya procedencia es de ambientes no judíos.

         De nuevo los discípulos reparten lo que a su vez han recibido de Jesús. Todos comieron hasta saciarse. Es interesante constatar que el verbo saciar solo aparece 3 veces en Marcos, en los dos relatos de la multiplicación de los panes y en el de la mujer sirofenicia. La petición de la mujer sirofenicia de ayer, que se conformaba con las migajas que caían de la mesa, es hoy escuchada hasta el punto de compartir la mesa y comer hasta saciarse.

         En el 1º relato eran 12 los canastos donde se recogieron los sobrantes (simbolizando probablemente las 12 tribus de Israel). Aquí son 7 los canastos, cifra que podría hacer referencia a los "siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y sabiduría" (Hch 6,3) que reciben el encargo de "hacerse cargo de las mesas "(Hch 6,2). También puede indicar los 7 pueblos que habitaban la tierra prometida (Dt 7,1), totalidad de un mundo pagano que anteriormente estaba expulsado y hoy es invitado a participar de la totalidad del banquete eucarístico.

         El número de los que habían comido varía en los 2 relatos. En el 1º eran 5.000 hombres, y en el 2º 4.000. Se trata de un número (4.000) que podría simbolizar los 4 puntos cardinales de la tierra, de donde acudirán todos al banquete del reino de Dios (Lc 13, 19). Pasado el 3º día, con la manifestación salvífica de Dios a través de la consolación y la solución de una necesidad básica como la de la alimentación, Jesús puede despedir tranquilamente la gente, para continuar su travesía misionera.

Fernando Camacho

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         Escuchamos hoy la 2ª multiplicación de los panes de Jesús, o con una situación que se repite por 2ª vez en el evangelio. Jesús y sus discípulos rodeados de muchas personas que los escuchan a pesar de la falta de alimentos, y la solidaridad de Jesús y su grupo, que permite que se realice el milagro de tener alimento para todos cuando se creía que sólo había para unos pocos.

         El hecho de que los sinópticos relaten en dos ocasiones la multiplicación de los panes, nos permite pensar que este acontecimiento los marcó de manera importante. ¿Y por qué esa sensibilidad aparentemente tan especial frente a este milagro? ¿Qué huella dejó en ellos que lo recuerdan tanto?

         Jesús tiene clara la importancia de la solidaridad para la existencia del Reino que él propone, y es por eso por lo que insiste en este mensaje para sus discípulos y la comunidad . En todos sus actos la propuesta de igualdad estaba presente. Sólo de esta manera creía Jesús que podría existir una sociedad fraterna. No se podía estar tranquilo si sabía que un hermano estaba en desventaja. Cómo disfrutar con sus discípulos de un alimento que les faltaba a otros? La única posibilidad de estar verdaderamente satisfechos era compartiendo con todos.

         La sociedad actual maneja unos principios muy distintos a los enseñados por Jesús, y su principal propuesta s acaparar, no compartir, producir hasta el máximo, sin importar a expensas de qué o de quién. Sus principios se pueden resumir en la frase "sálvese quien pueda y como pueda". Y esta manera de pensar da como resultado la existencia de unos grupos humanos llenos de miseria, a los que se les entrega lo que a los pudientes les sobra.

         La multiplicación de los panes por parte de Jesús no es un cuadro de un museo, ni una pieza arqueológica. Preguntémonos sinceramente, con el corazón en la mano: Señor, ¿qué quieres de mí en este mundo con tantos hambrientos? ¿Tengo yo que hacer algo en la multiplicación de los panes hoy?

Emiliana Lohr

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         Jesús partió el pan. Si no hubiese partido el pan ¿cómo habrían llegado las migajas hasta nosotros? Pero Jesús rompió el pan y lo distribuyó "da con largueza a los pobres" (Sal 111, 9) Ha roto el pan para romper la cólera del Padre y la suya propia, pues "Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo ante él para apartar su furia destructora" (Sal 105, 23). Jesús se mantuvo ante él y lo apaciguó, y por su fuerza indefectible se mantuvo ante Dios sin romperse.

         Pero Jesús, voluntariamente ha ofrecido su carne rota por el sufrimiento (Sal 73, 13), y de alguna manera ha roto las tablas de la 1ª alianza, para que ya no estemos bajo la ley. Ha roto el yugo de nuestra cautividad y todo lo que nos aplastaba, para reparar en nosotros todo aquello que estaba roto, y para hacer volver a la libertad los que estaban cautivos.

         Buen Jesús, a pesar de haber partido el pan por nosotros, pobres mendigos, seguimos con hambre. ¡Parte cada día este pan para los que tienen hambre! Hoy, como todos los días, recogemos algunas migajas, y cada día volvemos a tener hambre de nuestro pan de cada día. ¿Si tú no nos lo das, quien nos lo va a dar?

         Todos nosotros somos menesterosos, estamos desprovistos de lo eterno, y no tenemos a nadie que nos parta el pan espiritual, nadie que nos alimente, nadie que nos restablezca las fuerzas. Nadie más que tú, Dios nuestro. En cualquier consuelo que nos envíes, recogemos las migajas de aquel pan que tú nos partes.

Baudoin Ford

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         Lo que impresiona del relato de hoy es la gente: "un gentío numeroso, venido a pie de todas partes", que sigue y escucha a Jesús durante días y días. Según Montefiore, toda esa gente nos hace sospechar la formación de un movimiento mesiánico de tipo político que ve en Jesús a un posible jefe. Es verosímil.

         Por lo demás, y a propósito de este mismo episodio, Juan indica que la gente buscaba a Jesús con la intención de hacerlo rey (Jn 6, 15). El clima de Galilea por aquel tiempo estaba efectivamente bastante recalentado y bastaba con cualquier cosa para suscitar fanatismos mesiánicos.

         Flavio Josefo, por ejemplo, escribe: "Había individuos falaces e impostores que bajo la apariencia de una inspiración divina promovían revueltas y agitaciones, inducían a la gente a realizar actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si Dios tuviera que mostrarles allí los signos de su inminente libertad" (De Bello Judaico, II, 259).

         Bajo esta luz adquiere especial importancia la indicación de que Jesús obligó a los discípulos a alejarse y de que él, después de haber despedido a la gente, se retiró a rezar a la montaña (Mc 6, 46). Jesús no quiere fomentar las esperanzas de la gente (que expresan la misma tentación con que se enfrentó en el desierto), sino que se aleja de ellas, encontrando en la oración la claridad de su camino mesiánico hacia la cruz y el ánimo para recorrerlo.

         Pero quedémonos con la frase clave de todo el pasaje: "Me da lástima la gente". Es lo que dice Jesucristo, el Hijo de Dios. Hermanos, nuestro Dios es un Dios compasivo (no nos engañemos), y el amor que se hace piedad y compasión tiene una fuerza que no es la de nuestras compasiones humanas, ni tampoco la de esas compasiones impotentes que suscitan el sarcasmo de nuestros contemporáneos.

         Pero el amor no se define por la lástima, sino por la admiración. Por eso, cuando Dios dice "me da lástima", no hay en él ninguna condescendencia, ninguna afectación intolerable, sino, más bien, esta revelación inaudita: Dios es un enamorado, pues "¿es que puede una madre olvidarse de su criatura? Pues aunque ella se olvide, Yo no te olvidaré" (Is 49, 15), porque ama y lo pone todo en ello, su tranquilidad, su reputación y su renombre.

         ¿Qué puede ver de bueno en nosotros? ¿Cómo puede hacer de nuestra tierra agotada, ingrata, pervertida o sublevada el objeto de semejante amor? ¿Qué pudo obligar al Hijo a tomar la cruz?. Y Dios rompe su propio cuerpo, para saciar con él a esta tierra que ni siquiera conoce el hambre que padece.

         Dios se tiende sobre el leño del Gólgota, para así levantar a una humanidad que aún no ha llegado a ver agotado su deseo. Sólo Dios puede decir con verdad estas palabras, porque sólo él admira suficientemente a nuestra tierra. Sólo él puede conocer lo que esa frase significa, porque sólo él conoce al hombre tal y como lo soñaba él al atardecer del día 6º.

         Sólo Dios puede repetirla sin condescendencia, porque sólo él puede hacer lo necesario para que se convierta en realidad aquel sueño olvidado. Sólo Dios tiene derecho a pronunciar estas palabras, por haber pagado un alto precio para que la lástima se trocara en purificación: "Tomad y comed: esto es mi cuerpo, entregado por vosotros y por todos los hombres".

Bruno Maggioni

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         Al escuchar el evangelio de hoy, sobre la multiplicación de los panes y peces por parte de Jesús, no puedo dejar de pensar en cómo estamos repartiendo los alimentos que, gracias a Dios, hay en abundancia en el mundo. Pero parece inútil el milagro de Jesús, porque aunque él siga multiplicando y regalándonos en abundancia alimento (material y espiritual), nosotros aquí lo menospreciamos (si es espiritual), o lo robamos a los que no lo tienen (si es material).

         ¿Qué estamos haciendo con el don abundante de Jesús? La tierra produce mucho más de lo necesario, pero somos incapaces de repartir lo que se produce de forma justa. He dicho que somos incapaces, pero igual debería decir que no queremos, que no tenemos voluntad de hacerlo.

Carlo Gallucci

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         El evangelio de hoy tiene un aire especial, cuya escena podría titularse Merienda sobre la Hierba. Todo resultaría bucólico y festivo si no fuera por el comienzo. Jesús ve a un enorme grupo de extras revoloteando en torno a él y sus discípulos y se desahoga: "Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer". Pues las consecuencias son serias: "Si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino".

         Lo que viene después se ajusta a las exigencias del guión: preocupación de los discípulos ("¿de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado?"), juego de pregunta ("¿cuántos panes tenéis?") y respuesta (siete), sucesión de acciones eucarísticas ("tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos"), encargo ministerial ("éstos los sirvieron a la gente") y reacción del personal ("la gente comió hasta quedar satisfecha").

         La obra Merienda sobre la Hierba también está hablando de ti y de mí. ¿Será necesario explicarla o habla por sí sola? Buen fin de semana. No tengamos reparo en ser camareros de ese Reino, desde lo poco que cada uno tenemos. Alguien se encarga de hacer fecunda nuestra pequeña disponibilidad.

Gonzalo Fernández

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         Es difícil no ver en éste y en los demás relatos en los que se nos cuenta cómo Jesús multiplica los panes y los peces (para dar de comer a las gentes que le siguen) una anticipación de la eucaristía. Como en la eucaristía, el mismo Jesús bendice el pan, da gracias, lo parte y lo entrega a sus discípulos para que lo distribuyan entre la multitud que le escuchaba. Del mismo modo bendice los peces. Y todo porque el hambre de la multitud había hecho que Jesús sintiera piedad por ellos.

         Alrededor de aquellos sencillos alimentos, aquella gente se convirtió en una familia. Y todos ellos, sentados a la misma mesa, compartieron lo que tenían. Tuvo que ser una verdadera fiesta, en la que todos se sintieron iguales, hermanos unos de otros.

         La eucaristía, en la que los cristianos participamos tantas veces, es el símbolo del gran banquete del Reino al que todos estamos invitados. Pero es también realidad, porque la presencia de Jesús en medio de nosotros nos hace sentir que ya somos una sola familia, que ya somos hijos del mismo Padre. Tarea de la comunidad cristiana es abrir sus puertas para que nunca nadie quede excluido de ese banquete, y para que el Reino se vaya haciendo realidad entre nosotros.

José A. Martínez

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         En el evangelio de Marcos se cuenta 2 veces la multiplicación de panes, por parte de Jesús. La 1ª no se lee en misa, y la 2ª (que hoy escuchamos) sucede en territorio pagano (la decápolis). Dicen los estudiosos que podría ser el mismo milagro, pero contado en 2 versiones, una en ambiente judeocristiano y otro en territorio pagano y helenista. Así Jesús se presenta como Mesías para todos, judíos y no judíos.

         Lo importante es que Jesús, compadecido de la muchedumbre que le sigue (para escuchar su palabra sin acordarse ni de comer), provee con un milagro para que coman todos. Con 7 panes y 2 peces da de comer a 4.000 personas, y sobran 7 cestos de fragmentos.

         Nosotros hemos recibido también el encargo de anunciar la Palabra. Y a la vez, el encargo de "dar de comer" y ser serviciales, luchando por un mundo más justo. Aprendamos de Jesús su buen corazón, y su misericordia ante las situaciones en que vemos a todo el mundo. Por pobres o alejadas que nos parezcan las personas, Jesús nos ha enseñado a atenderlas y dedicarles nuestro tiempo. No sabremos hacer milagros, pero hay multiplicaciones de panes (y de paz, y de esperanza, y de cultura y bienestar) que no necesitan poder milagroso, sino un buen corazón (semejante al de Cristo) para hacer el bien.

         La misión que Jesús nos ha encargado es que multipliquemos por el mundo los panes (tanto corporales como espirituales), mostrando que la totalidad de la persona humana es la destinataria del reino de Jesús, con el pan espiritual de su predicación y sus sacramentos, y con el pan material de todas las obras de asistencia y atención. Y esto se viene realizando ya desde hace 2.000 años en el mundo.

         La eucaristía es, por otra parte, la gran multiplicación que Cristo nos regala a nosotros: su cercanía y su presencia, su Palabra y su mismo cuerpo y sangre como alimento. ¿Qué alimento mejor podemos pensar como premio por seguir a Cristo Jesús? Esa comida eucarística es la que luego nos tiene que impulsar a repartir también nosotros, a los demás, lo que tenemos: nuestros dones humanos y cristianos. Sobre todo para que todos puedan alimentarse y no queden desmayados, por los caminos tan inhóspitos y desesperanzados de este mundo.

José Aldazábal

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         Escuchamos hoy la 2ª multiplicación de los panes que el evangelio de Marcos nos presenta en su evangelio. Jesús multiplica el alimento en beneficio de toda la multitud congregada, y lo hace a partir de 7 panes y de unos pocos pescados. Y sus grupo de discípulos es capaz de alimentar a una gran multitud, que necesitaba también del alimento corporal. Posiblemente este 2º milagro puede ser una relectura de la 1ª multiplicación de los panes (Mc 6, 32-44), pero aplicada al mundo pagano.

         El milagro de hoy de Jesús no se queda tan sólo en la acción milagrosa de Jesús, sino que viene a ser también un acto de solidaridad. Los que asumen la causa de Jesús deben ser capaces de aportar desde lo poco, y aun con sacrificios, para que se puedan solucionar los problemas y convencidos de que Dios podrá hacer el resto de la obra.

         Dentro del relato encontramos 2 actitudes que vale la pena releer, para poder entender el milagro propiamente dicho. Por una parte, Jesús expresa su compasión por la situación del pueblo que le sigue (que aguanta el hambre por seguirlo). Y por otra parte, el grupo de discípulos expresa su imposibilidad de conseguir pan en un lugar desierto. Por eso lo que pretende el milagro de Jesús es que el grupo de los discípulos supere las imposibilidades humanas, que impiden la fraternidad y la solidaridad.

         La Iglesia también tiene que hacer posible el milagro de Jesús, y hacer de esta sociedad un espacio donde se pueda vivir de forma diferente, multiplicando las experiencias (panes) de encuentro de cada individuo con Jesús.

Confederación Internacional Claretiana

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         Escuchamos en el evangelio de hoy la 2ª multiplicación de los panes. Nos encontramos con una situación que se repite por 2ª vez en el evangelio. Jesús y sus discípulos están rodeados de muchas personas que los escuchan a pesar de la falta de alimentos, y la solidaridad de Jesús y de sus discípulos permite que se realice el milagro de tener alimento para todos, cuando se creía que sólo había para unos pocos.

         El hecho de que los sinópticos relaten en 2 ocasiones la multiplicación de los panes nos permite llegar a una reflexión: que este acontecimiento los marcó de manera importante. ¿Y por qué esa sensibilidad aparentemente tan especial frente a este milagro? ¿O qué huella dejó en ellos que lo recuerdan tanto?

         Jesús tiene clara la importancia de la solidaridad para la existencia del Reino que él propone, y por eso insiste en este mensaje para sus discípulos, pues sólo de esta manera podría existir una sociedad fraterna. No se podía estar tranquilo si sabía que un hermano estaba en desventaja, y ¿cómo disfrutar con sus discípulos de un alimento que les faltaba a otros? La única posibilidad de estar verdaderamente satisfechos era compartiendo con todos.

         La sociedad actual maneja unos principios muy distintos a los enseñados por Jesús. Y hay quienes leen la palabra de Jesús sin relacionarla para nada con lo que ocurre hoy. Como si Jesús hubiera hablado para otro mundo, o simplemente para el pasado, o sólo en un lenguaje metafórico que nunca se referiría a nuestra realidad.

         Así, lo que hace esta sociedad es esterilizar las palabras de Jesús, privándolas de toda fecundidad y haciendo creer que Jesús sólo es capaz de aportar el pan espiritual. La propuesta de nuestra sociedad es acaparar (no compartir) y producir hasta el máximo (a expensas de qué o de quién). Sus principios se pueden resumir en la frase "sálvese quien pueda y como pueda". Y esta manera de pensar da como resultado la existencia de unos grupos humanos llenos de miseria, de enfermedades y de muerte, al lado de otros que derrochan.

         La multiplicación de los panes por parte de Jesús no es un cuadro de un museo, no es una pieza arqueológica. Preguntémonos sinceramente, con el corazón en la mano: Señor, ¿qué quieres de mí en este mundo con tantos hambrientos? ¿Tengo yo que hacer algo en la multiplicación de los panes hoy?

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Remito al comentario sobre Mc 6, 34-44, que nos refiere el 1º relato de la multiplicación de los panes. Pues de lo que está hablando Mc 8, 1-10 es de un 2º relato que apenas difiere del 1º. En efecto, nos presenta el evangelista una nueva multiplicación de panes y peces. Es lo que da a entender cuando dice:

"Por aquellos días, estando de nuevo (πάλιν) reunida mucha gente y no teniendo qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si les despido en ayunas, van a desfallecer por el camino".

         De nuevo se habla de muchedumbre, y de nuevo se invoca la compasión como motivo de la actuación de Jesús en esas circunstancias. Pero en este caso no se dice que Jesús "vea a la gente como ovejas sin pastor", sino como personas en riesgo de desfallecer por el camino, si se les despide en ayunas. También los discípulos advierten la desproporción entre los medios y los fines: ¿De dónde sacar pan aquí, en despoblado, para saciar a tantos? Pues sólo disponían de siete panes.

         De nuevo encontramos el mandato de Jesús de tomar asiento en el suelo, su acción de gracias sobre los panes y su partición y repartición (tarea en la que colaboran sus discípulos, que son quienes sirven los panes partidos a la gente). Los inmediatos colaboradores son también los más inmediatos testigos del hecho milagroso. Y a los panes se añadieron unos cuantos peces, que también fueron bendecidos y repartidos.

         El relato subraya nuevamente la saciedad de la gente tras haber comido. Y las sobras recogidas, hasta llenar siete canastas, a pesar de la gran cantidad de comensales, unos cuatro mil.

         Sea una nueva multiplicación, o sea un segundo relato de la misma multiplicación, lo cierto es que se usa el mismo esquema narrativo y se presta a una interpretación similar, y por eso remito a mi anterior comentario. El relato nos invita no sólo a la admiración del hecho sorprendente y maravilloso, sino también a la colaboración con el agente de semejante hecho de compasión y beneficencia.

         Dios nos quiere como colaboradores de sus portentosas obras. Y no sólo repartiendo lo que él pone en nuestras manos, sino también poniendo en sus manos lo que él puso previamente en las nuestras (es decir, lo que ya tenemos en nuestro poder). He ahí la base para el milagro, pues Dios puede multiplicar con extrema celeridad nuestros escasos recursos.

         Mediando la caridad y el poder de Dios, lo posible se hace real si proporcionamos los escasos bienes que disponemos. Y el efecto de esta conjunción de fuerzas y medios será siempre la saciedad de los beneficiarios. Que el Señor nos encuentre disponibles para que se obre el milagro.

 Act: 14/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A