8 de Agosto
Sábado XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 agosto 2026
a) Hab 1, 12; 2, 4
Escuchamos hoy un pasaje de un nuevo profeta: Habacuc, que nos viene a decir, a forma de resumen, que "desde los tiempos más lejanos el Señor es Dios", y que "Dios no puede morir", considerando a Dios como el eterno, el fuerte, el santo y el inmortal.
Algunos filósofos critican hoy esta concepción de Dios, acusándola de ser un fácil consuelo de nuestros límites humanos (como si Dios no fuera más que la proyección, más allá del hombre, de sus propias carencias; o como si con él se soñara lo que no se tiene, o ese sueño existiera en algún lugar). Y es verdad que tenemos siempre la tendencia a hacernos un Dios a nuestra medida, al que recurrimos en nuestras carencias.
No obstante, esto no es así, pues ya el propio Dios, a través de los acontecimientos, se encarga de purificar las imágenes simplistas que tenemos de él. E incluso es él mismo el que no para de desconcertarnos, incitándonos a seguir profundizando cada vez más lejos de nuestros límites, a ver si así algún día llegamos a descubrirlo.
Pero volvamos a Habacuc, que nos dice que "tú estableciste el pueblo de los caldeos, para ejecutar el juicio y llevar a cabo el castigo a los asirios". Ayer Nahúm nos invitaba a ver a Nínive aplastada por los caldeos de Babilonia. Y hoy Habacuc nos invita a considerar que esos mismos caldeos (instrumentos de la intervención de Dios) irían demasiado lejos en su represión.
Pero sigamos leyendo, pues nos dice Habacuc que "tus ojos (los de Dios) son demasiado puros para ver el mal y la opresión". Para terminar diciendo: "¿Por qué callas cuando el malvado devora a un hombre más justo que él?".
En este por qué está la clave de Habacuc, en su pregunta dirigida a Dios. Y ¡cuán actual es! Porque aunque nos hayamos hecho de Dios un concepto de fortaleza, o de justicia, o de santidad... esto no resuelve todas nuestras preguntas, y siempre nos quedamos en la duda. Así que ya están respondidos los filósofos del principio.
Analicemos ahora el por qué parece salirles bien todo a los impíos, y el por qué del sufrimiento, sin miedo a preguntar a Dios. En 1º lugar, Babilonia no es mejor que Nínive, y en 2º lugar Dios está mucho más allá de Nínive o de Babilonia (aunque ambas contribuyan puntualmente a hacer avanzar sus proyectos).
Pues bien, Habacuc responde a través de un simbolismo: el de la pesca. Así, la conquista babilónica sería como una red que recoge todo lo que encuentra, y que tras ello se vanagloría, y ofrece sacrificios a su red, y hace humear las ofrendas ante sus narices, porque gracias a ello ¡obtiene presa abundante! Realmente, el hombre se pasa de listo, y se atribuye a sí mismo los éxitos que no son suyos.
Entonces, el Señor contestó a Habacuc: "Escribe la visión, ponla en tablillas y que se pueda leer de corrido. Porque esta visión se realizará cuando llegue su tiempo". Dios es el enteramente Otro, y hay que saber esperar. Con él hay que hacer un salto a lo desconocido, y esperar los frutos "a su debido tiempo". Mientras tanto, hay que caminar en la noche. Como recomendaba el propio Habacuc: "La visión tiende a su cumplimiento, y no decepcionará. Así que, si parece tardar, espérala, pues ciertamente, y a su hora, vendrá".
Noel Quesson
* * *
Comenzamos hoy la lectura de otro de los profetas más desconocidos: Habacuc, del que apenas sabemos más que que su interesante reflexión sobre la historia, cuando a la caída de Nínive (Imperio Asirio) prosiguió la opresión de Babilonia (Imperio Caldeo), igualmente cruel y terrorífica para los israelitas. Habacuc es un profeta que se atreve a interpelar a Dios, y a "pedirle cuentas" de por qué permite el mal en el mundo: ¿Cómo puede ser que Dios lo consienta?
En efecto, Dios se había servido de los babilonios para destruir a los asirios ("has destinado al pueblo de los caldeos para castigo"). Pero ahora, ¿cómo permite que ellos, los babilonios, sigan haciendo el mal? ("¿por qué contemplas en silencio a los bandidos, cuando el malvado devora al inocente?"). Porque ellos son orgullosos de sí mismos y de sus propias redes y malas artes, y ¿se van a salirse con la suya?
El profeta resume la respuesta de Dios, que invita a la paciencia y a la confianza, porque la historia seguirá su curso: "La visión espera su momento, se acercará a su término y no fallará. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe".
La misma pregunta nos viene a la mente con frecuencia, y también ahora: ¿Por qué Dios permite el mal, y que los malvados se salgan siempre con la suya, y prosperen en sus planes?
A través de su propio lenguaje, los salmos nos enseñan a introducir estos interrogantes en nuestra oración, para que no se nos olvide que todavía está abierta la lucha del bien contra el mal, y del mal contra el bien. Una lucha en la que Dios se pondrá de parte de los débiles: "Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped. Tú detestas a los malhechores, y aborreces al hombre sanguinario y traicionero".
Pero hasta que esto ocurra (que Dios intervenga) es necesario no perder la paciencia ("¿hasta cuándo va a triunfar tu enemigo?"), y no interpretar el silencio de Dios como olvido ("¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?"). Así como intensificar las súplicas a Dios: "Despierta, Señor, y no te estés callado, que tus enemigos se agitan, y los que te odian levantan cabeza". Es la queja y la Oración de Habacuc, que hoy podemos hacer nuestra, al ver los males de nuestro mundo.
Habacuc no nos da todas las respuestas, pero sí nos recuerda que Dios se preocupa de los buenos, y sigue estando cerca de los atribulados. Porque como dice el salmo responsorial de hoy: "El Señor no abandona a los que le buscan, y juzga el orbe con justicia. Él rige las naciones con rectitud, y no olvida los gritos de los humildes".
También nos enseña a tener una visión más global de la historia, recordando que "se acercará a su término y no fallará", y que "si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse". Una vez más, los cínicos caerán en su propia trampa, porque "el injusto tiene el alma hinchada", mientras que "el justo vivirá por su fe", y a los pobres "Dios los llenará de bienes".
Dios enseña a su profeta Habacuc, y a nosotros, a respetar los tiempos, y a seguir luchando contra el mal. Pero sin perder el ánimo ni querer quemar etapas.
José Aldazábal
* * *
Ante un mundo cargado de injusticias y guerras, de culpables e inocentes, de falsos mesianismos liberadores y de millones que se mueren de hambre, tal vez haya más preguntas que respuestas por parte de muchos de nosotros, reclamando a Dios que rompa su silencio.
El profeta Habacuc fue uno de esos, que oraba con el corazón herido (por todos estos males) y esperaba una respuesta de Dios. Como él mismo dice, "me puse en mi puesto de guardia, y me aposté en la muralla, para ver qué decía el Señor, y qué respondía a mi reclamación". Pues bien, tengamos por cierta la respuesta: A quienes somos hombres de fe, y a quienes oramos y entramos en una relación personal con el Señor, él quiere convertirnos en un signo de su amor liberador, para el resto de la humanidad.
Cuando hablamos de fe nos referimos a una actitud personal en la que, como personas abiertas a los demás y necesitados de ellos, confiamos en su bondad y verdad, en su poder y generosidad, en su solicitud y e interés por los demás. Sin esa confianza que nos pone en comunicación amigable con los demás, no habría auténticamente fe, ni adhesión ni "puesta en sus manos". Sino que la desconfianza rompería las relaciones, distorsionaría las mentes y distanciaría los corazones. Y eso habría matado la fe.
¿Y quiénes son aquellos en quienes podemos confiar y creer? El primer Otro es Dios, y el resto de otros son los hombres. El 1º de ellos es un misterio escondido, que nos dice que es Amor sin medida, un Padre y un Amigo, y que quien se pone en sus manos encontrará las sendas de la felicidad. Los demás son nuestros compañeros de viaje y fatigas, inteligentes y limitados, dotados de bondad y agitados por sus pasiones, urgidos por la verdad pero salpicados de malicia.
Pues bien, si nos fiamos de estos últimos, con todo lo que son, ¿cómo no nos vamos a fiar de Dios, con todo lo que parece ser? Ellos son creíbles, mas no como lo es Dios. Ellos son solidarios, mas no como lo es Dios. Por eso hemos de aprender a vivir en el mundo con cautelas, y ponernos más en manos de Dios que en otras manos, porque su amor es inquebrantable. Repetidas veces en esta semana nos hemos encontrado en la liturgia con la alabanza de la fe y con el lamento por la impiedad. ¿Cómo es nuestra fe? ¿Cuánta es nuestra seguridad y confianza en el Señor?
Dominicos de Madrid
b) Mt 17, 14-20
La narración de hoy es colocada por los 3 evangelios sinópticos inmediatamente después de la transfiguración. Luego es un pasaje que está en relación con ella y, en consecuencia, con el problema del mesianismo, que viene tratando Mateo desde Mt 16,13.
Mateo combina en la figura del hijo una multitud de datos: "está lunático" o epiléptico (es decir, tiene períodos en que pierde el control), "sufre terriblemente" (es decir, esos ataques le acarrean consecuencias dolorosas) y "lo llevan a caer a menudo en el fuego y en el agua".
Estas precisiones, narrativamente superfluas pero que Mateo, a pesar de abreviar notablemente el texto de Marcos, no ha suprimido (Mc 9, 22), han de tener un sentido particular. De hecho, pueden ponerse en relación con los 2 personajes aparecidos en la transfiguración, de los cuales Elías acaba de nombrarse (Mt 17, 11).
El fuego es símbolo del celo violento de Elías (Mt 3,10.11.12; 8,14); el agua es símbolo del éxodo de Egipto, preparado por prodigios de fuerza y acaudillado por Moisés. La enfermedad se identifica con un demonio (v.18), que sale del niño como el espíritu inmundo sale de un hombre (Mt 12, 43). Al mismo tiempo, esta expulsión es curación (v.18), como en el caso del endemoniado ciego y mudo (Mt 12, 22). En este último caso de expulsión de un demonio, Mateo condensa rasgos de los anteriores.
El demonio que posee al hombre representa en Mateo una ideología contraria al plan de Dios (Mt 16, 23), que ciega al hombre. La relación con Mt 12,22 muestra que se trata de la ideología mesiánica popular, que, según enseñan los letrados, espera la venida de Elías para arreglar milagrosamente la situación (Mt 17, 10).
El pueblo, representado en este aspecto por el hijo, tiene exasperaciones periódicas ("epiléptico"): busca salir de su situación desesperada usando la violencia ("fuego, agua"), según modelos del AT (Elías, Moisés). Se transparenta el espíritu zelota, que provoca rebeliones armadas que llevan al pueblo al fracaso.
Los discípulos, que siguen con la idea de los hombres (Mt 16, 23), es decir, que profesan aún el mesianismo de los letrados, no son capaces de liberar al pueblo. La invectiva de Jesús se dirige, pues, sobre todo a los discípulos. Pues el pueblo, representado también por el padre, tiene fe en Jesús ("de rodillas", "Señor, ayúdame") y desea salir de su situación.
Los discípulos se extrañan de no haber sido capaces de expulsar el demonio. De hecho, Jesús les había dado la autoridad para hacerlo (Mt 10, 1); es la 1ª vez que se les ofrece la ocasión, y fracasan. La razón es su falta de fe; esto es lo que hace fracasar la misión. Un mínimo de fe (Mt 13, 31) sería suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.
La imagen del monte se repite en términos parecidos en Mt 21,21, donde se refiere al monte sobre el que está edificado el templo. Es posible que contenga aquí la misma alusión. La imagen escriturística (Is 49,11; 40,4; 54,10) indica la supresión de obstáculos a la acción de Dios. El monte (Jerusalén, o doctrina oficial) se interpone en el camino del reino de Dios. Con la verdadera fe o adhesión a Jesús y a su mensaje mesiánico, que comporta el cumplimiento de las condiciones para seguirlo (Mt 16, 24), serían capaces de todo.
Juan Mateos
* * *
Al volver junto a la gente y los demás discípulos, a Jesús le sale al encuentro un hombre muy preocupado por su hijo epiléptico, que se lesiona a sí mismo. Se trata aquí de un hombre que ruega a Cristo, movido por una desgracia familiar. Su oración Kyrie, eleison significa: Señor, movido por tu misericordia, intervén y da una solución a esta situación miserable.
El v. 17 subraya que el milagro no se había realizado. Los discípulos no habían sido capaces de hacer nada por él, pese al hecho de que anteriormente habían sido enviados a predicar y a curar (Mt 10, 1.8). La fe de los discípulos ha sido insuficiente. De ahí la exhortación de Jesús a que acrecienten la fe ya que de otro modo no serán capaces de hacer presentes los signos del reino.
Se hace notar, y este es un mensaje fuerte para nosotros, que si hubieran tenido al menos una brizna de fe, hubieran podido hacerlo. El término "poca fe", más que en sentido de cantidad, tiene un sentido de calidad. Esto lo podemos aplicar a otras virtudes como la esperanza y sobre todo la caridad. Cuánto agradecerían las personas, en especial los hijos, si el poco tiempo que les damos por tantas ocupaciones y preocupaciones fuese con calidad y (obvio) si a la calidad le añadimos cantidad. Lo cierto es que en este pasaje lo que les falta a los discípulos es una fe auténtica.
En efecto, además de la comprensión (Mt 17, 13), es necesaria la fe. Bastantes manuscritos, aunque no los mejores, añaden Mt 17,21, que dice que "esta clase de demonios sólo se expulsa con la oración y el ayuno". Jesús manifiesta su molestia y exasperación ante esta falta de fe, utilizando frases que Moisés había empleado para indicar la incredulidad de Israel (Dt 32, 5.20); después expulsa al demonio, y el muchacho queda curado.
Más tarde cuando los discípulos están a solas con Jesús, le preguntan por qué no pudieron ellos expulsar al demonio. La respuesta de Jesús es: "Por vuestra poca fe", frase que ya ha utilizado antes (Mt 6,30; 8,26; 14,31). La fe es tanto receptiva como activa, porque expresa una relación con Dios que se refleja en las relaciones con los demás. Por esta razón utiliza Jesús la declaración proverbial de Is 54,10 cuando dice que, si tuvieran fe como un grano de mostaza (Mt 13, 31), podrían mover montañas.
Ante esto, debemos reflexionar que muchas veces no nos cansamos de acusar a Dios porque no nos escucha después de haber pedido y no obtener lo que pedimos, le echamos la culpa a él. Ahora, Jesús nos echa la culpa a nosotros, por no tener una fe auténtica, una confianza a toda prueba. Esto lo comprobamos cuando Jesús se encontraba con una fe de esta naturaleza, le atribuía los milagros que realizaba ("tu fe te ha salvado"), así como cuando no encontraba fe "estaba admirado de la incredulidad y no pudo hacer muchos milagros ahí" (Mc 6, 5-6).
Dios está dispuesto a intervenir aquí y ahora para salvarnos; pero si tenemos dudas, si no creemos que su amor pueda llegar hasta aquí, no esperemos ser escuchados. Recibimos lo que esperamos: ¡nada! Por otra parte, no debemos pretender obtener milagros a placer.
Aquella montaña que podemos trasladar de un lugar a otro no está fuera sino dentro de nosotros: montañas de egoísmo, autosuficiencia, insensibilidad hacia los otros, materialismo, sensualidad... Para moverlas debemos creer en Dios que nos ayudará, siempre y cuando nos empeñemos con Fe, aunque sea poca, pero auténtica. Dios tendrá piedad de quien se acerque a él con un corazón sencillo.
Fernando Camacho
* * *
Al bajar del monte, después de la escena de la transfiguración (que no hemos leído), Jesús se encuentra con un grupo de sus apóstoles que no han sido capaces de curar a un epiléptico.
Jesús atribuye el fracaso a su poca fe. No han sabido confiar en Dios. Si tuvieran fe verdadera, "nada les sería imposible". Después, "increpó al demonio y salió, y en aquel momento se curó el niño". ¡Cuántas veces fracasamos en nuestro empeño por falta de fe! Tendemos a poner la confianza en nuestras fuerzas, en los medios, en las instituciones. No planificamos con la ayuda de Dios y de su Espíritu.
Jesús nos avisó: "Sin mí, no podéis hacer nada". Apoyados en él, con su ayuda, con un poco de fe, fe auténtica, curaríamos a más de un epiléptico de sus males. El que cura es Cristo Jesús. Pero sólo se podrá servir de nosotros si somos buenos conductores de su fuerza liberadora. Como cuando Pedro y Juan curaron al paralítico del templo.
La de cosas increíbles que han hecho los cristianos (sobre todo, los santos) movidos por su fe en Dios. Tener fe no es cruzarse de brazos y dejar que trabaje Dios. Es trabajar no buscándonos a nosotros mismos, sino a Dios, motivados por él, apoyados en su gracia.
José Aldazábal
* * *
Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: "Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte Desplázate de aquí allá, y se desplazará" (Mt 17, 20). De hecho, como hacen notar San Jerónimo y San Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este "desplazarse el monte". Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.
Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.
El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.
Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada.
En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión "nada os será imposible" (Mt 17, 20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.
La palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.
Fidel Catalán
* * *
Jesús, hoy enseñas a tus discípulos (y a mí) que si no pueden expulsar al demonio es por falta de fe. ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? Por nuestra poca fe. El demonio se mete en mi vida de mil formas distintas: suscitándome tentaciones de avaricia y sensualidad, sugiriéndome que escoja siempre lo fácil y cómodo y, sobre todo, engrandeciendo mi soberbia, mi amor propio, el deseo de que los demás se fijen en mí.
El gran triunfo del demonio es que la gente no crea en su existencia. De esta forma puede «trabajar» a sus anchas sin encontrar la menor resistencia. Nunca ha estado más activo que ahora que el mundo piensa que ha vencido este mito. Porque no es un mito. Jesús, tú has hablado innumerables veces del demonio. Incluso te has dejado tentar por él al comienzo de tu vida pública, dándome ejemplo de cómo vencer sus engaños.
Hoy en día la gente quiere entenderlo todo científicamente. Por eso algunos pretenden explicar las tentaciones buscando razones psicológicas o del entorno. Con esta visión puramente humana, de paso, desaparece la responsabilidad de las acciones, la misma noción de pecado y, en el fondo, la libertad.
El demonio utiliza esta visión falsamente científica para adormecer las conciencias ante el mal. Por ello, para luchar contra las tentaciones del demonio, 1º hay que tener fe en tu palabra. Jesús, tú hablas del pecado, del demonio, de sus tentaciones, y también del remedio: orad para no caer en tentación (Mt 26, 41).
El non serviam de Satanás ha sido demasiado fecundo. ¿No sientes el impulso generoso de decir cada día, con voluntad de oración y de obras, un serviam (lit. te serviré, te seré fiel) que supere en fecundidad a aquel clamor de rebeldía?
Jesús, el gran pecado de Satanás fue de soberbia: no quiso servir a su Creador (non serviam, no serviré). Prefirió servir su orgullo. Ahora (y siempre) intenta que yo caiga en su mismo error: disfrazado de estatua de libertad, me insinúa que haga lo que me plazca, que no me sujete a nada, ni siquiera a tus mandamientos o a la Iglesia.
La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida desde el principio" y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre. "El hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo". La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios (CIC, 394).
Jesús, además de la oración diaria y de los sacramentos, me has dejado otro medio espléndido para vencer al demonio: tu Madre, mi madre Santa María. Madre, tú has sabido decir al Señor: Serviam (lit. te serviré, te seré fiel). Ayúdame a que mi vida también sea una continua expresión de fidelidad que supere en fecundidad a aquel clamor de rebeldía. Madre, tú has pisado la cabeza del demonio, y él nada ha podido contra ti. Ayúdame a vencer las tentaciones del demonio, cueste lo que cueste.
Pablo Cardona
* * *
A la subida al Monte de la Transfiguración se contrapone, en los 3 sinópticos, una bajada cuyo término es el "encuentro con el pueblo". En este encuentro, Jesús se pone en contacto de nuevo con 3 manifestaciones de la miseria humana: la enfermedad, el influjo diabólico y la falta de fe. El hecho en torno al que se desarrolla el texto es la curación de un muchacho epiléptico y poseso.
En la estructura de Mateo, la unión entre la transfiguración y esta curación se encuentra en el rechazo o en la imposibilidad de creer que rodean inmediatamente a aquel a quien acaba de cubrir la gloria divina. Jesús se va a quejar en varias circunstancias de que los hombres no tienen fe: el padre del niño enfermo y los discípulos mismos.
Jesús quiere darle al padre del muchacho, a sus discípulos y a la gente que lo rodea, una lección práctica sobre la fe. Ante la impotencia del hombre frente a la enfermedad, Jesús desenmascara una miseria todavía más grave: la incapacidad de creer, la cual se compara aquí a una perversión generalizada que afecta a toda la generación. Esta última palabra se extiende no a toda la humanidad en general, sino a los hombres, especialmente a los judíos del tiempo de Jesús.
En este relato, Mateo insiste en la autoridad real de Jesús a pesar de la impotencia de los hombres; Jesús obra contra la generación descreída. Jesús por su poder conmina al espíritu inmundo por medio de un exorcismo que libera al muchacho. De nuevo aparecen en el relato los discípulos de Jesús, cargados de preguntas sobre su imposibilidad para curar a los enfermos.
Mateo atribuye dicha imposibilidad a su incredulidad, porque no tienen ni un mínimo de fe, del tamaño de un grano de mostaza. La intención de Jesús no es llamar la atención de los discípulos sobre la debilidad de su fe, sino de remitirlos al poder incomparable de Dios.
Confederación Internacional Claretiana
* * *
El niño endemoniado es símbolo de 2 tendencias negativas a las que conduce el mal (el demonio). Cuando se cae en el fuego indica de qué modo la gente espera ser liberada del mal (de los romanos) por la vía violenta. Cuando cae al agua señala el camino de los prodigios ahistóricos en los que la gente colocaba su esperanza de liberación. Esta mentalidad la compartían los discípulos, por eso no podían liberarse.
Jesús les reprende su falta de fe en el Reino como proyecto alternativo. Se desespera ante la física miopía de los discípulos y de la multitud que lo sigue. Le desespera la enajenación en que permanecen las mentes de sus seguidores. Aunque están con él no son capaces de percibir la nueva luz que brilla sobre las personas, luz que trae la liberación de las ataduras del mal. Jesús definitivamente no pacta con las aspiraciones violentas o milagreras que estaban presentes en la mentalidad de sus contemporáneos.
Jesús atribuye esta cerrazón del entendimiento a la más simple falta de fe en la voluntad de Dios. El designio de Dios se revela como un Reino que tiene por modelo la persona, vida y obra de Jesús. Lo que no pinte por ese lado, definitivamente no es de Dios.
Hoy nosotros nos enfrentamos con fe tímida, y mas bien entumida, a la mentalidad vigente del mundo de hoy, y nos dejamos arrastrar por ella. Definitivamente, nos cuesta trabajo ver la nueva luz que irrumpe con Jesús y que nos libera de la opresión y el mal que se ha instalado en la sociedad, y en lo profundo de nuestro corazón. Necesitamos, pues, de una fe que nos ayude a mantenernos despiertos y dispuestos.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
De nuevo nos encontramos hoy con Jesús atendiendo la petición de un hombre afligido que, arrodillándose ante él, le pide compasión para su hijo, que está enfermo. Señor, le dice, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y sufre muchos ataques. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.
Es la súplica de un hombre angustiado que se agarra a Jesús como último recurso, puesto que ya ha probado otros medios sin éxito alguno. Ha acudido incluso a los discípulos del Maestro, pero éstos no han sido capaces de curarlo.
Jesús reacciona señalando una carencia que parece concernir no sólo a sus discípulos, sino a su entera generación, y que es la causa que explica su incapacidad para obrar el milagro: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.
La gente sin fe no puede obtener nada de Dios, porque lo que da el poder es precisamente la fe. He aquí la imagen humana del Dios que se ve obligado a soportar con paciencia la incredulidad de sus criaturas. Aun así, no deja de ser Dios lo que es (es decir, compasivo y misericordioso), y por eso les dice Jesús: Traédmelo, sobre todo para tenerlo delante.
Cuando Jesús tiene al muchacho delante, increpa al demonio (pues no era epilepsia lo que tenía, aunque lo pareciera) para que salga de él, y el niño se ve liberado y curado.
Es entonces cuando, una vez que consumada la sanación, los discípulos se acercan a Jesús pidiendo una explicación: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Se creían con potestad para hacerlo, pero el poder les había fallado. ¿Dónde estaba, pues, el problema?
Jesús señala de inmediato la causa: Por vuestra poca fe, tras lo cual da la explicación: Porque si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría, y nada os sería imposible.
La falta de poder radica, pues, en la falta de fe. Luego la fe, por pequeña que sea (como el grano de mostaza), es la que da capacidad, tanto para curar como para expulsar al intruso. Nada os sería imposible, apostilla Jesús, porque el poder que otorga la fe es el poder del mismo Dios, para quien nada es imposible (como el trasladar montañas).
No hay poder más grande que el poder creador que otorga el ser y la vida. Sobre todo donde no hay nada. Tal es el poder de Dios, y ese poder al que alude Jesús. Si no somos capaces de entender esto, como aquellos discípulos, es que no tenemos fe o nuestra fe es raquítica.
A la pregunta de por qué no pudimos expulsar el mal, ahí está la respuesta: por nuestra poca fe, y porque la fe del Maligno es (por lo visto) mayor que la nuestra. Puede parecer que tenemos fe porque rezamos o vamos a misa, pero en realidad está fe está muy condicionada y atrofiada. Y ya sabemos la fuerza que tienen las cosas (o personas) débiles o debilitadas: muy poca.
![]()