30 de Julio
Jueves XVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 30 julio 2026
a) Jer 18, 1-6
Escuchamos hoy la palabra que Dios dirigió a Jeremías, tras las quejas de ayer de Jeremías: "Levántate y baja donde el alfarero, que allí mismo te haré oír mis palabras". Es decir, ponte a observar cómo trabaja la gente, y reflexiona sobre su simbolismo, porque Dios te hablará a través del metalúrgico, del labriego, del alfarero, del agente de policía o del albañil.
Si hacemos un recuento de los hechos simbólicos vividos por los profetas, realmente Jeremías bate el récord entre todos ellos, aparte de lo asombroso que resulta su variedad en su propio drama personal con su mujer (Os 1, 3), los nombres de los hijos de Isaías (Is 7,3, 8,1; 8,18), el ramo de almendro y la marmita (Jr 1, 11-14), la faja escondida en el Eúfrates (Jr 13, 1), la jarra (Jr 19), los higos (Jr 24), el yugo (Jr 27), el campo comprado (Jr 32), el ladrillo grabado (Ez 4, 1), el alimento racionado (Ez 4, 9), la marmita (Ez 24, 3), los dos bastones (Ez 37, 15)... ¿Sabemos nosotros vivir con los símbolos, o esos humildes signos hechos para nosotros?
Entonces bajó Jeremías a la alfarería, y he aquí que "el alfarero estaba haciendo un trabajo al torno", y "cuando el vaso que estaba haciendo se estropeó, volvió a empezar otro vaso, según es costumbre entre los alfareros". Jeremías, de momento, se limitó a observar, compadeciéndose de aquel alfarero que quería hacer tal tipo de vaso, y la arcilla se le resistía (ya sea que por demasiado húmeda, o por demasiado seca). Pero lejos de desanimarse, aquel alfarero hizo de nuevo una bola de arcilla, y comenzó otra pieza con el mismo barro.
Pues bien, Dios quiso que el profeta experimentase esta sencilla parábola, para que él mismo le diera un significado espiritual. Así actúa Dios con nosotros, sin desanimarse nunca y probando otra cosa, pues como él mismo contestó a Jeremías: "¿No puedo hacer yo con vosotros, casa de Israel, lo mismo que este alfarero?".
No obstante, en la parábola de Dios hay un cierto tono de amenaza, por parte de Dios. Pues el artesano puede destruir su obra y comenzar otra, y de igual modo, si Israel no se deja modelar según el proyecto de Dios, Dios puede destruirlo y realizar su proyecto con otros pueblos.
De todas formas, nos quedamos con la lección principal: "Como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano". Es decir, estamos en manos de Dios, que quiere hacer algo de mí, y que si me dejo modelar, hará algo bueno de mí.
La imagen del alfarero es un tema frecuente en la Escritura, y desde el Génesis Dios formó a Adán del barro (Gn 2, 7). Isaías insistía en la dependencia absoluta del hombre con respecto a su creador (Is 29, 16), y San Pablo dirá también: "¿No es el alfarero dueño de su arcilla?" (Rm 9, 21). Una imagen, pues, que muestra la iniciativa absoluta de Dios respecto al hombre.
Señor, hoy acepto libremente estar en tus manos. Modélame según tu agrado, y concédeme ser cada día más dócil a los impulsos de tus dedos divinos. Termina en mí tu creación.
Noel Quesson
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¡Qué bonita es la 1ª lectura de hoy! Sobre todo porque Dios pide a Jeremías que baje a casa del alfarero para hablarle, y decide hablarnos desde lo cotidiano, desde la actividad de los hombres, desde lo que podemos comprender.
Pero detengámonos un instante en los 3 personajes que aparecen en escena, porque uno de ellos (Jeremías) obedece la llamada del Señor, y por eso es capaz de escuchar el mensaje. El 2º personaje (el alfarero) va creando con paciencia y tesón una vasija a su gusto, sin importarle tener que empezar de nuevo cada vez que el cacharro se estropea. Y por último, el mensaje nos interpela a nosotros (el 3º personje): "Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos". Es decir, ¿acaso no puede Dios hacer con vosotros igual que hace el alfarero?
Creer esto da mucha tranquilidad (a mí al menos), al saber que siempre estamos en manos de Dios, que él nos va creando y recreando con paciencia, y que muchas veces lo hace a pesar de nuestras resistencias. Al mismo tiempo, creo que hemos de sentir la necesidad de colaborar a esa obra creadora de Dios, mediante nuestra docilidad, flexibilidad y ductilidad. Porque la obra no puede llevarse a cabo sin nosotros.
Lidia Alcántara
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La Escritura nos dice que Dios formó al hombre del barro de la tierra, e insufló en sus narices aliento de vida. Y que el hombre fue un espíritu viviente. Pues bien, hoy el profeta Jeremías nos interpela: "¿Es el alfarero como la arcilla, para que le diga la obra a su hacedor No me has hecho, y la vasija diga de su alfarero No entiende el oficio?".
Tal vez, en algunas ocasiones no comprendamos a fondo los planes de Dios sobre nosotros. Pero si queremos llegar a nuestra perfección en él, hemos de aprender a escuchar su voz ,e ir tras Aquel que es el camino que nos conduce al Padre: Cristo Jesús. Él es el hombre perfecto; y unidos a él será nuestra la perfección, y la gloria que a él le corresponde como a Hijo único de Dios.
Tal vez nosotros quisiéramos hacer nuestro camino de salvación a nuestro modo, y a la medida de nuestras aspiraciones (quitando todo aquello que pudiese reportarnos algún sacrificio, renuncia o entrega). Sin embargo, el divino Alfarero es el que llevará a cabo su obra en nosotros, para que lleguemos, conforme a su voluntad, a la perfección. ¿Quién será grato a tus ojos Señor?
El Hijo amado del Padre, en quien él se complace, es Aquel que, aún siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Quien quiera ser grato a Dios no puede ir por un camino diferente al que nos manifestó el Señor de la Iglesia.
José A. Martínez
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Escuchamos hoy otro gesto simbólico de Jeremías, tras el cinturón de lino que leíamos anteayer: la Parábola del Alfarero, un trabajador que, al moldear una vasija con barro, si no le sale como quiere, vuelve a utilizar el mismo barro para otra que le salga mejor. La intención simbólica podría ser doble:
-o se está diciendo a Israel que no juegue con Dios, porque podría muy bien
elegirse otro pueblo que le responda mejor (algo parecido a la parábola de los
viñadores infieles de Jesús, que anuncia que Dios pasará su Reino a otros
mejores),
-o se está acentuando que Dios tiene paciencia (como el alfarero), y que si no le
sale la forma que quería, vuelve a probar de nuevo con la misma arcilla.
Todos somos, en manos de Dios, como el barro (o la arcilla) en las manos del alfarero. Él nos trata personalmente (uno a uno), y por eso somos originales, irrepetibles y sin clonación alguna. Pero ¿nos dejamos moldear según la imagen que él quiere, o le defraudamos?
Adán, según el Génesis, fue formado del barro de la tierra, en una imagen antigua que expresa bien cómo dependemos de Dios, cómo deberíamos ser dóciles en sus manos de Artista supremo, y cómo disponibles a lo que él quiera. Por otro lado, ya sabemos muy bien que lo que él quiere de cada uno de nosotros: ser la imagen de su Hijo. La lástima es que queramos resistirnos.
Pablo usaba el mismo lenguaje: "¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la moldeó: Por qué me hiciste así? ¿O es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras no?" (Rm 9, 20).
Los santos son las figuras que mejor le han salido a Dios, como para exponerlas en un museo a la vista de todos y empezando por María de Nazaret, la madre de su Hijo (la obra maestra de este taller divino de alfarería). Mientras que nosotros, tal vez, no le damos demasiadas satisfacciones y defraudamos al Alfarero, porque no nos dejamos moldear por sus manos.
Otro profeta, Isaías, usaba la misma comparación y nos sugería una oración humilde para que Dios no pierda la paciencia con nosotros: "Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros somos el barro, y tú eres el alfarero: todos somos obra de tus manos. No te irrites, oh Dios, demasiado, ni para siempre recuerdes la culpa" (Is 64, 7-8). Además, podríamos aprender la paciencia del alfarero, cuando algo nos sale mal entre las obras que llevamos entre manos. No se trata de romper, sino de volver a empezar.
Como hace Dios con nosotros, año tras año y respetando los ritmos de las personas, buscando su bien y no su satisfacción. El salmo responsorial de hoy parece interpretar la página con esperanza: "Alaba, alma mía, al Señor. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios".
José Aldazábal
b) Mt 13, 47-53
La última parábola de Jesús lleva también su explicación, coincidiendo su contenido con la del trigo y la cizaña: la oposición entre buenos y malos (Mt 12, 33), siguiendo la línea de los árboles buenos y malos (Mt 7, 15-19), de los falsos profetas y de los lobos con piel de oveja (que siguen a Jesús en apariencia, pero persiguiendo objetivos inconfesables).
En la explicación que da Jesús, "los malvados" siempre están en relación con "el Maligno", su destino será el mismo que el del Maligno: el fuego destructor (v.50). La frustración definitiva del hombre ("llanto y rechinar de dientes") es perder la vida para siempre. La parábola propone a los discípulos la suerte final, para orientarlos en la decisión presente. Los únicos que llegan a la vida son los que producen fruto.
Termina, pues, la instrucción privada de Jesús a los discípulos. Y lo hace con la vuelta al tema del entender, que ha dado el tono a todo el Discurso Parabólico (Mt 13, 13.14.15.19.23.51). Recibido el conocimiento, han de exponerlo a los demás.
Mateo establece una oposición sibilina entre los letrados (los judíos y los cristianos), viniendo a decir que aquéllos tenían detrás de sí una inmensa tradición interpretativa (que pretendía no salirse de los límites de lo antiguo), mientras que éstos no dependen ya de la antigua tradición, sino que son los anunciadores de "lo nuevo" de forma prioritaria, subordinando todo lo demás a esa novedad. No se trata ya de analizar lo que dijo Moisés, sino lo que ha comenzado a decir Jesús. Ésta es la clave de lectura cristiana, respecto a todo el AT.
Juan Mateos
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La Parábola de la Red sólo aparece en el evangelio de Mateo, y debería estar ubicada a continuación de la explicación de la Parábola de la Cizaña, si lo que se quiere es seguir con el mismo pensamiento, cuyo tema principal es la oposición entre los buenos y los malos, entre el horno encendido y los llantos y el rechinar de dientes (que encontramos en la parábola anterior; Mt 13,42.50).
Sorprende que, a pesar de tantas expresiones idénticas a la Parábola de la Cizaña, la Parábola de la Red sea tan original y pueda expresar de forma tan nueva la idea que domina todo el cap. 13: la mezcla temporal de buenos y malos, hasta que llegue el juicio y los separe.
La Parábola de la Red tiene 2 temas muy interesantes: la ausencia de la idea de crecimiento (dominante en las parábolas anteriores) y la rapidez con que los peces son recogidos, así como la red sacada a tierra (inminencia contraria a las parábolas precedentes).
La red, como el campo, contiene sujetos buenos y malos. Pero la imagen de la red es mucho más dinámica, porque la red esta en movimiento y saca los peces del mar. Si la red corresponde exactamente al campo, representa al mundo. Pero si es algo distinto del campo, podría representar el reino de Dios (que anclado en el mar del mundo, contendrá buenos y malos hasta el día final), que saca a la orilla los peces y procede a seleccionar su contenido.
No es de extrañar, pues, que la imagen de la red se haya usado más que la del campo, a la hora de elaborar los contenidos eclesiológicos. Notemos, sin embargo, que esta parábola no hace ninguna mención expresa a los pescadores, y que se presenta como una parábola del Reino de los Cielos, no de la Iglesia.
Fernando Camacho
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La red es la Iglesia visible, con sus apóstoles pescando en el mar (que es el mundo) y reuniendo a los hijos dispersos de Dios (Jn 11, 52). En esta parábola nos muestra Cristo, como en la Parábola del Banquete (Mt 22, 8-14), la existencia de buenos y malos dentro del mundo y de la Iglesia, hasta el día en que los ángeles hagan la separación y Jesús, celebrando sus bodas con la Iglesia (su Cuerpo místico), arroje del festín a los que no tenían el traje nupcial.
Santo Tomás de Aquino dice que "Jesús expone la parábola sólo en cuanto a los malos, y que luego observa que esos malos están entre los buenos" (como está la cizaña en medio del trigo, y la levadura en medio de la masa), pero no por diversidad de dogmas sino por pertenencia o no pertenencia a la Iglesia.
Vemos así que no es ésta una repetición de la Parábola de la Cizaña, pues allí el campo no era la Iglesia sino el mundo (v.38), mientras que aquí la red de pescar se refiere a la Iglesia apostólica, formada por aquellos que "echaban la red en el mar, pues eran pescadores" (Mt 4, 18), y a quienes Jesús hizo "pescadores de hombres" (Mt 4, 19).
"¿Habéis entendido todo esto?", les dice Jesús a sus apóstoles. Santo Tomás de Aquino muestra cómo, según Jesús, "la inteligencia de todas esas parábolas, más misteriosas de lo que parecen, es necesaria para todo escriba que ha llegado a ser discípulo del Reino" (v.52).
De esa manera será semejante al dueño de casa (que es el mismo Jesús), a quien deben parecerse sus discípulos (Mt 10, 23), y el cual saca de su tesoro (v.52) verdades eternas (del AT) y misterios nuevos que él vino a revelar, tanto sobre su venida (a predicar el "año de la reconciliación") cuanto sobre su retorno (en el "día de la venganza"; Is 61, 1).
El mismo Jesús confirma esto en Lc 24, 44. Y de ahí que San Agustín diga que "debéis entender todo esto de modo que, las cosas que se leen en el AT, sepáis exponerlas a la luz del NT". Vemos, pues, que el conocimiento que el apóstol ha de tener (y sólo él), es un misterio que Cristo le revelará, y que se refiere tanto a los padecimientos cuanto al futuro triunfo (1Pe 1, 11).
José A. Martínez
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La de hoy es la última parábola del Discurso Parabólico de Jesús, y resulta muy parecida a la de la cizaña. No obstante, la imagen tomada no pertenece al trabajo de campo, sino a la pesca marina.
Jesús compara su Reino (en este caso, la Iglesia) a una red que los pescadores recogen con peces buenos y malos, y que llevan a la orilla tal como está, sin preocuparse de momento de separarlos. Eso ya vendrá después, cuando llegue la hora de separar los buenos y los malos (el día de la selección), al igual que el día de la siega para separar la cizaña y el trigo.
De nuevo parece como si se nos quisiera advertir de la existencia en la Iglesia de auténticos y falsos hermanos. Pues por el bautismo muchos han entrado en la Iglesia de Jesús, pero no todos creen en la perfección (santidad) que nos pide Jesús. Por otro lado, también se nos insinúa que no revirtamos esa situación, y que no sería aconsejable una Iglesia que sólo aceptase a los perfectos o puritanos (pues el mismo Jesús trataba con los pecadores, les dirigía su palabra, les daba tiempo, les invitaba, no obligaba su conversión ni forzaba su seguimiento).
También en la Iglesia de hoy coexisten peces buenos y malos, al igual que trigo y cizaña. Porque es una comunidad universal, y a toda oveja que se descarría no hay que dejarla perder, sino ir a su rescate y hacerla volver, para que la alegría de Dios sea inmensa. Y porque la Iglesia no está para buscar a los justos, sino a los pecadores, al igual que el médico está para los enfermos, y no para los sanos.
¿Cuál es nuestra actitud ante las personas que nos parecen débiles y pecadoras? ¿Ante la situación de un mundo desorientado? ¿Les damos un margen de rehabilitación? ¿O nos portamos tan drásticamente como los que querían arrancar en seguida la cizaña?
Claro que tenemos que luchar contra el mal. Pero sin imitar la presunción de los fariseos, que se tenían por perfectos (santos) y excluían a todos los imperfectos o pecadores. Jesús tiene otro estilo y otro ritmo.
Ojalá, después de todas estas parábolas, podamos decir, como los oyentes de Jesús (no sabemos si con mucha razón) que sí le habían entendido, que hemos captado la intención de cada una de ellas, y que nos disponemos a corregir nuestras desviaciones y a ponernos en la dirección que él quiere.
José Aldazábal
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No todos los que aceptan el reino de Dios son dignos de él. Es verdad que la invitación a formar parte del Reino es universal, y que en la red de pesca entran libremente todos los peces que quieran, así como que cada uno es libre para decidir si acepta o no la propuesta de Jesús. Pero aquí hay un drama, y es la existencia de peces malos, que en el momento de la selección serán separados del resto de peces. Entremos en ese drama de la selección.
En 1º lugar, hay una 1ª selección, que es hecha por el propio hombre (el pez) cuando, desde su libertad, decide entrar en el Reino pero sin cumplir los requisitos y exigencias del Reino. Se necesita entonces una 2ª selección, hecha por el propio Jesús (el pescador), a la hora de volver a invitar a todos, y a recordar a todos las exigencias del Reino. Una vez que la red está llena de peces, es necesario una 3ª selección, que esta vez será hecha por Dios (el capataz) tras haber recibido en la orilla la red de peces del pescador.
Si no hay una verdadera intención de cambiar, de nada sirve decir que aceptemos las enseñanzas de Jesús. Hay muchos hombres y mujeres que han aceptado la propuesta de Jesús, el hecho de vivir una fe común y tener que caminar con los demás nos ayuda a volvernos más tolerantes, a tener paciencia para no echar a perder a aquellos que no llevan nuestro propio ritmo.
Tener una misma fe no significa que debamos vivir un mismo estilo de vida: en la red quedaron atrapados toda clase de peces cada uno con sus diferencias individuales, y aunque estaban en la misma red, se hizo necesaria una última selección. La vida cristiana no es de uniformidad sino de unidad en la diversidad.
También coloca Jesús la comparación del escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos que es como el dueño de la casa que sabe aprovechar lo nuevo y lo viejo. Tenemos la tentación de rechazar lo viejo porque es viejo y de aceptar lo novedoso. La sabiduría está precisamente en saber aprovechar todo aquello que nos ayude a nuestro crecimiento interior, sea que lo encontremos en lo antiguo o en lo nuevo, lo que debemos evitar son los absolutismos que nos hacen demasiado daño y nos vuelven intolerantes.
Gaspar Mora
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Jesús termina esta sección de parábolas recordándonos lo importante de vivir de acuerdo a lo que el mismo nos ha ido instruyendo, pues si bien es cierto que no sabemos cuando llegará el final de tiempo para toda la humanidad sabemos con certeza que éste llega para cada uno de nosotros el día en que el señor nos llama.
En ese día no habrá excusas, sino resultados: él separará a los que vivieron de acuerdo a los valores del evangelio, respecto de aquellos que se rechazaron la vida evangélica.
Cada día es una nueva oportunidad que Dios nos da para amar, perdonar, servir a los demás, hacer de nuestra vida un instrumento de su gracia. Y sobre todo para dejar que su amor y su infinita misericordia nos inunden y transformen. El único día que tenemos es el de hoy, porque el ayer ya pasó y el mañana aun esta en las manos de Dios. Vivámoslo con entusiasmo y apertura al Espíritu Santo.
Ernesto Caro
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Vaya con la pregunta que hoy nos plantea Jesús: "¿Habéis entendido todo esto?". Con más optimismo que tino, aquellos oyentes dijeron que sí, cuando lo más sensato hubiera sido dudar.
Les hablaba Cristo, en efecto, de los misterios del reino de Dios. Y aunque sus palabras eran sencillas, y las imágenes que utilizaba pertenecían al mundo de cada día, no por ello el contenido debía parecerles tan obvio. Pero ellos creyeron que entendían. Nos puede pasar también a nosotros.
Aquí hay una relación con la 1ª lectura: descubrir que no entiendo, darme cuenta que no me estoy dando cuenta de todo es el principio de la sabiduría. Es algo como la nube luminosa. Nadie que sepa que no abarca la profundidad del evangelio despreciará al evangelio. Sólo desprecian la buena nueva los que creen que ya la entienden y que ya ha sido probada a fondo y que ya ha dado todo de sí.
Y aunque parezca extraño eso se da, eso existe. La Europa de nuestros días, por dar sólo un ejemplo, quiere definirse como indiferente y como algo posterior al cristianismo. Millones de europeos sienten que ya aprendieron todo lo que el evangelio les podía dar, y que la propuesta cristiana ya se ensayó lo suficiente. Quizás hará falta para ellos que alguien sepa mostrarles de modo nuevo y sugerente que hay una nube de luz y una luz de niebla que viste la desnudez de Cristo en la cruz.
Nelson Medina
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Podemos constatar en este pasaje la presencia de 2 elementos claramente diversos: una parábola (vv.47-50) y la conclusión de todo el Discurso Parabólico (vv.51-52).
La parábola retoma datos presentes en la introducción al discurso (Mt 13, 1-3) y el final de la explicación de la Parábola de la Cizaña (vv.41-43). Como en la introducción se encuentra la mención del mar, de la orilla y de personas que se sientan, como en la explicación mencionada se habla del "horno encendido".
Con esta expresión se alude a Malaquías (Mal 3, 19), que presenta el Juicio Final como superación del escándalo de la presencia de los impíos dentro del pueblo de Israel. Por tanto, todas las referencias apuntan a describir una realidad última representada por una red que recoge "toda clase de cosas" hasta que está llena (o mejor, cumplida, ya que el evangelista usa el mismo verbo que utiliza para el cumplimiento de las profecías en Cristo).
De esa forma se nos coloca ante la realidad del Juicio Final, el "fin del mundo", que en la mente del autor está ya históricamente presente en la obra terrestre del Cristo. En ésta ha comenzado un discernimiento entre justos y malvados.
Cada hombre ante Cristo se revela a sí mismo y, por consiguiente, debe tomar en serio el mensaje del Reino si no quiere quedar excluido de él. Dicha exclusión significaría la autodestrucción que el evangelista subraya con la expresión "allí será el llanto y el rechinar de dientes", repetidamente presente en el evangelio de Mateo (Mt 8,12; 13,42; 22,13; 24,51; 25,30).
En la conclusión del discurso se retoman todos los datos de éste por medio de una pregunta: "¿Habéis entendido estas cosas)?". Se trata de la comprensión de las parábolas y, aún más, de Jesús que habla en parábolas. Ante la respuesta afirmativa de los discípulos explicita las exigencias necesarias de la comprensión auténtica por medio de otra comparación.
En ésta se describe la condición del letrado cristiano. A diferencia de los demás letrados se exige de él una conversión al discipulado. Esta elección lo lleva a compartir la enseñanza recibida con otros, transmitir a otros lo que se ha recibido a semejanza de un "dueño de casa".
El letrado que hasta el momento del encuentro de Jesús ha sido especialista de la ley, de la Escritura, descubre, encontrando a Jesús, que debe renovar todas sus concepciones anteriores. En él debe saber descubrir toda su novedad y desde esta novedad puede dar el verdadero sentido (el del cumplimiento) a lo viejo.
La breve noticia de Mt 13,53 reproduce más o menos exactamente la fórmula final de todos discursos de Jesús (Mt 7,29; 11,1; 19,1; 26,1). El pasaje por tanto nos invita a hacer un recorrido. Descubrir en Jesús la plenitud del cumplimiento ante el cual se nos revela el sentido de la existencia propia.
En Jesús la red se ha llenado y ha comenzado el tiempo de la selección de lo recolectado. Los que han sido capaces de entender el acontecimiento están obligados a transmitir este sentido a los demás (y de esa forma, a renovar la propia enseñanza al contacto con la enseñanza de Jesús). Sólo desde esta última la Escritura antigua adquiere su sentido verdadero y auténtico.
Confederación Internacional Claretiana
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Muchos discípulos de Jesús lo siguieron con aparente fidelidad, pero ocultaban oscuros intereses. A lo largo del camino fueron manifestando sus verdaderas intenciones. Se empezaron vistiendo con el manto del servicio a Dios, pero acabaron sirviendo a sus propias ambiciones. Hoy Jesús (el pescador) les anuncia la fuerza del reino de Dios, suficiente como para descubrirlos (peces) y separarlos (malos) de su Iglesia (su red). Al final, Dios les dará su merecido.
Al terminar la parábola de hoy, Jesús diferencia entre los escribas (o intelectuales) que se han hecho sus discípulos, de los escribas (o intelectuales) que se han encerrado en sus doctrinas. El intelectual que se hace hijo del Reino sabe combinar lo que sabe, lo que tiene con la novedad constante que irrumpe con el Reino. Saca de sus reservas cosas nuevas y cosas antiguas.
El intelectual que no se abre a la acción del Reino, se encierra en sus doctrinas para sólo sacar vejestorios inservibles. De este modo, Jesús acoge entre sus discípulos a los que están dispuestos a poner al servicio del pueblo y del Reino lo que saben. Aquellos hábiles y creativos que combinan su ciencia con la novedad que irrumpe en la vida del pueblo de Dios.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Emplea hoy Jesús otra imagen para describir el Reino de los Cielos: la de la red barredera, que se echa al mar y recoge toda clase de peces, buenos y malos. Hasta que, una vez llena y arrastrada a la orilla, vuelca todo lo pescado, y permite que sus pescadores procedan a la selección de lo pescado, reuniendo a los buenos en cestos y desechando a los malos. Veamos los aspectos más novedosos.
En 1º lugar, en esta parábola se ofrecen algunos de los detalles del destino de los malos: que serán echados a un horno encendido (lugar de aflicción y de espanto), y que allí será el llanto y el rechinar de dientes. La parábola alude, por tanto, al momento conclusivo de la fase terrena (y temporal) del Reino, que se cierra con un juicio que separará a los malos de los buenos, de modo que en ese nuevo ámbito (el definitivo) sólo quedarán ya los buenos.
La parábola subraya, en 2º lugar, la existencia de un juicio que hará de frontera separativa definitiva, y que es lo que separará el bien y mal, los buenos de los malos, y dejará fuera lo que ese juicio considere malo (los peces malos).
En 3º lugar, si ese juicio final hace de frontera separativa definitiva, eso supone que habrá varios espacios separados tras ese momento final (el de los cestos y el de los desechos). De ahí que no sólo haya en el futuro un Reino de los Cielos, sino también un Lugar de las Tinieblas (o lugar de los desechos, u horno encendido, o tiempo del llanto y rechinar de dientes).
No menospreciemos, por tanto, las parábolas de Jesús, porque en ellas está aludiendo Jesús a una realidad de aflicción y de espanto, y no sólo a la reunión de los buenos.
Quedar al margen del proyecto de Jesús será un drama final, y es una posibilidad real en nuestra vida, que por estar en el lugar equivocado, o por cualquier otro motivo, nos cerraría dramáticamente la puerta del gozo celeste, de la bienaventuranza eterna, de la consecución del mayor de los fines y la definitiva realización personal. Pidamos al Señor de la misericordia que nos evite este extravío estremecedor y esta condena.
Act:
30/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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