31 de Julio
Viernes XVII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 31 julio 2026
a) Jer 26, 1-9
Al principio del reinado de Joaquín I, hijo de Josías I, rey de Judá, fue dirigida a Jeremías esta palabra del Señor: "Párate en el patio del templo, y di a toda la gente: Trataré este templo como hice con, Silo y haré que Jerusalén sea maldecida por todas las naciones de la tierra". En esta ocasión, la amenaza no iba ya contra el culto formalista del templo, sino contra su propia supervivencia.
Jeremías fue arrestado por haber anunciado la ruina del Templo de Jerusalén (lo mismo que le pasará a Jesús), pero fue valiente en anunciar estas cosas, que no venían de él sino de Dios. Y todo ello con un propósito: "Quizás oigan y se torne cada cual de su mal camino. Entonces me arrepentiré del mal que estoy pensando hacerles por la perversidad de sus obras". La intención última de Dios no es nunca la amenaza, sino la llamada al arrepentimiento.
"Quiero la conversión y no el castigo", dirá Ezequiel (Ez 33, 11), y lo mismo repetirá Jesús: "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión" (Lc 15, 7-10). Señor, te doy gracias por esta posibilidad que me ofreces de cambiar mi vida. Pero haz tú que no la emplee para quedarme voluntariamente en mi mal.
Pero detengámonos en el "quizás oirán", pues por lo visto no escuchaban ni estaban atentos a las palabras de los profetas. A menudo, hoy se oye decir que "no encuentro tiempo para la oración". Y es verdad que cierto tipo de oraciones (de escucha) no pueden hacerse más que en un cierto silencio, y que para ello es necesario ponerse en determinadas condiciones favorables. Pues bien: pongámonos en esas condiciones, sabiendo dejar una ocupación para ponernos a la escucha de Dios, al igual que cuando nos vamos a una terraza para escuchar a un amigo. De lo contrario, no tendremos excusas, o es que de verdad no queremos a Dios (como sí que queremos al resto de amigos).
Todos los "sacerdotes, profetas y pueblo oyeron a Jeremías pronunciar esas palabras en el templo del Señor". Y cuando Jeremías terminó de pronunciar todo lo que el Señor le había ordenado decir, se tiraron todos a una hacia él, diciendo: "¡Vas a morir! ¿Por qué has hecho esta profecía?". Y todo el mundo se arremolinó en torno a Jeremías, en el templo del Señor.
Como se ve, Jerusalén quiso hacer callar a este profeta molesto, como quiso hacerse callar a Juan Bautista, o como intentó hacer callar a Jesús. Señor, ¿por qué tus amigos, tus portavoces, son rechazados tan a menudo?
La fe verdadera es a menudo una prueba, y Jeremías la vivió como una prueba. Anunciaba a sus contemporáneos la ruina de todas sus seguridades ("no creáis que el templo es una protección infalible"), y él mismo vio desmoronarse toda la cúpula intelectual y dirigente de Jerusalén. Todo hace pensar que murió mártir, preanunciando así algo de la pasión de Cristo. Señor, ayúdanos a vivir nuestra fe en la desnudez de las pruebas, en la inseguridad de las revisiones y en la noche de las dudas.
Noel Quesson
* * *
Las diatribas del profeta Jeremías contra el templo y el culto formalista de Jerusalén (Jr 7, 1-11), hacia el año 608 a.C, fueron la causa definitiva de su arresto. Y todo ello porque Jeremías puso en duda que Dios mantuviese su presencia en el templo, mientras el pueblo se entregaba al pecado. Pero el profeta no tenía intención de oponerse al templo, sino al pecado que invalidaba al templo.
Sería erróneo decir que profetismo y sacerdocio se oponen irremediablemente. No cabe duda de que los profetas son hombres de lo absoluto, y los sacerdotes son más transigentes. Pero ni aquéllos ni éstos han querido jamás la supresión de los otros. En cuanto a Jeremías, lo único que trató fue de poner un término a las desviaciones del culto demasiado formalista, en el que la justicia social no contaba para nada.
De hecho, Jeremías reacciona contra la falsa seguridad que el culto del templo hacía anestesiar al pueblo (Miq 3,11; 13,10-11), dispensándole de toda búsqueda y de todo conocimiento de Dios, y como si la relación litúrgica a Dios pudiera darse al margen de un contacto personal, vivo y verdadero.
Conviene poner las invectivas de Jeremías contra el templo en el corazón mismo del proceso de desecurización emprendido por el profeta con respecto a todas las instituciones de Israel. Anuncia el fin del templo, purifica la concepción mesiánica (Jr 30, 18-22), ridiculiza la corriente legalista (Jr 2, 1-13) y pone en la picota la concepción de la retribución de los justos y de los impíos (Jr 25, 7-11).
Ninguna de las instituciones nacidas en el antiguo Israel ha resistido a su crítica y a su poderosa inspiración. Así pues, denunció Jeremías en su tiempo lo que la secularización opera hoy en la Iglesia: la puesta en cuestión de la seguridad que procuran las instituciones, y un retorno a la religión del Dios misterioso e invisible, a quien la fe busca inquieta y atormentada, y sin otra seguridad que el amor inscrito en el fondo de los corazones.
Maertens-Frisque
* * *
La escena representa uno de los momentos culminantes de la vida del profeta Jeremías: delante del pueblo y de las autoridades (acaba de subir al trono el rey Joaquín), anuncia de parte de Dios que deben convertirse de sus malos caminos. Si no lo hacen, Dios permitirá la desgracia total y el Templo será destruido. Como lo había sido el de Silo, siglos antes (el templo donde había crecido el joven Samuel).
La reacción es violenta. Como lo suele ser siempre ante la voz de un profeta auténtico, que no anuncia cosas agradables a los oídos del pueblo o de los jefes, sino lo que Dios le dicta en conciencia: "Eres reo de muerte". Lo mismo que, 100 años antes, Dios había salvado al pueblo de la amenaza de Senaquerib I de Asiria, así ahora creen que les volverá a salvar. Jeremías les asegura que no: su infidelidad a la Alianza ha llegado demasiado lejos.
No es que un cristiano se tenga que dedicar a anunciar catástrofes ni malas noticias. Al contrario: un cristiano cree en la Buena Noticia y la difunde donde puede.
La Buena Noticia es siempre que Dios tiene planes de salvación para todos, sobre todo ahora, a partir de la Pascua de Jesús. Jeremías pone en sus labios unos propósitos de bondad: "A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta y me arrepiento del mal que medito hacerles". Dios no quiere, en principio, el castigo, sino que "se conviertan y vivan". Lo suyo es perdonar.
Pero una buena noticia (como la amistad, como el amor, como la fiesta) es exigente, y pide correspondencia, y un género de conducta coherente con los planes de Dios. Cuando un cristiano da testimonio de los valores de Dios, en medio de un mundo atraído por otros ídolos y valores más o menos superficiales, la reacción no suele ser precisamente de entusiasmo. Por eso ha habido y sigue habiendo tantos mártires.
Para ser profeta se necesita valentía, como la de Jeremías, que no se calló, a pesar de las amenazas. Como la de Pedro ante el Sanedrín o la de Pablo ante sus enemigos. Sobre todo, como la de Jesús ante sus acusadores, que le llevaron a la muerte. A un cristiano de hoy, seguramente, también le toca sufrir, renunciar a opciones que para otros parecen permitidas. Pero no cede en su seguimiento de Cristo. Aunque tenga que repetir las palabras del salmo responsorial de hoy:
"Que me escuche tu gran bondad, Señor. Por ti he aguantado afrentas, y la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, porque las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a ti. Que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude".
José Aldazábal
* * *
"Profeta de la verdad y justicia, eres reo de muerte". Esa es la sentencia de jueces, sacerdotes y pueblo que avasallan a Jeremías ante la puerta del templo. ¿Cómo se puede atrever un profeta (decían ellos) a comparar el Templo de Jerusalén con el Santuario de Silo, y a la ciudad más noble con villas ruines, y a gentes letradas con analfabetos? ¡Qué atrevidos hace Dios a los profetas para que digan verdades como puños en medio de una sociedad hipócrita!
Pues así es la vida y así es la fuerza de la Palabra por medio de un apóstol: puede herir y salvar; puede recuperar al ofensor y puede herir al pecador y suscitar un odio de muerte. Pero esto no debe sorprendernos, pues a Jesús no siempre le fue mejor que a nosotros, como consta en evangelio: Tú (le dicen), hijo del carpintero, que tienes una larga familia de tu misma condición de iletrados entre nosotros; tú que no perteneces a la jerarquía del templo ni a la clase de los poderosos, ¿cómo te atreves a predicar un Reino nuevo y te presentas haciendo milagros en caridad?
Las gentes de su ciudad natal, de su lugar de trabajo, de su taller y escuela, no tenían mentalidad neotestamentaria ni disponían de tiempo para meditar si allí había un profeta o alguien que era más que profeta. Les bastaba con la vida rutinaria. Les faltaba, como a los hambrientos, hambre de verdad, y la novedad del Reino suscitaba dudas, sospechas y burlas. ¡Gran misterio el de la fe! Sólo florece en campos fecundos que se dejan regar con lluvia del cielo.
Dominicos de Madrid
b) Mt 13, 54-58
La escena de hoy pone el punto final a la enseñanza de Jesús en las sinagogas (Mt 4,23; 9,35) y resume la actitud de Israel ("su patria"; v.54) frente a Jesús, al término de su actividad en Galilea (que pronto dejará del todo, para comenzar su camino hacia Jerusalén; Mt 19, 1). La escena es paradigmática, y visualiza la crisis de fe planteada a partir del cap. 11: "Dichoso el que no se escandalice de mí" (Mt 11,6; 13,55).
El tono despectivo ("éste") de las preguntas que se hacen los compatriotas de Jesús, hace que sus preguntas equivalgan a negaciones, y el hecho de su linaje ("hijo del carpintero") hace dudar de su saber y sus obras. Al no poderlas atribuir a Dios, sospechan o acusan a Jesús de magia. Es el eco popular de la acusación de los fariseos (Mt 12, 24).
La gran equivocación viene de considerar a Jesús el hijo del carpintero, y de no descubrir en Jesús más de lo que sabían de su pasado (visible) en Nazaret. Viendo sólo eso, no entienden. Israel, juguete de los círculos fariseos, no capta el secreto del reino de Dios.
Juan Mateos
* * *
En la perspectiva de conjunto del evangelio de Mateo, la visita de Jesús a su pueblo señala una línea divisoria entre 2 vertientes. Mirando hacia adelante, la muerte de Juan (Mt 14, 1-12) es preludio del doloroso trance que le espera en Jerusalén, al incomprendido "profeta de Nazaret".
Mirando hacia atrás, esta visita cierra el proceso de ida de la proclamación del evangelio (en Galilea), y pone el punto final a los precedentes sumarios de Jesús, según los cuales Jesús recorría habitualmente las poblaciones de Galilea "enseñando en sus sinagogas".
Desde este momento, ya no se hablará más de esta misión de Jesús a través de las reuniones sinagogales, ni del oficio de proclamar, ni apenas del de enseñar. El maestro se irá retrayendo gradualmente de su patria Galilea, y pronto la dejará del todo para emprender el camino de Jerusalén. Volverá, eso sí, después de la Resurrección, para manifestar su gloria. Pero lo hará únicamente a sus discípulos.
Desde el punto de vista biográfico, nada más creíble que la visita de Jesús, misionero profético por toda Galilea, a la pequeña sinagoga de Nazaret, que habría frecuentado en su infancia centenares de veces. De igual manera, nada más humano que la manera de reaccionar de sus paisanos, tanto en la admiración como en la crítica.
El texto de hoy nos pone de frente a las parábolas enseñadas, diciéndonos que las innumerables resistencias a la palabra del Reino van a ser confirmadas ahora por el fracaso de Jesús mismo en su patria, en la aldea en la que vive su propia familia.
En la sinagoga, el lugar en el que se puede encontrar a toda la gente del pueblo, Jesús no viene a formar un nuevo partido ni a propagar ideas revolucionarias. Sino que viene a plantear el proyecto de su verdadero Padre (Dios) a todos sus compatriotas, reunidos para escuchar las Escrituras.
Los paisanos de Jesús se llenan de un asombro inicial por su autoridad, pero rápidamente pasan al otro extremo y comienzan a criticarlo. El impacto de sus palabras desestabilizaba la armonía preexistente, y afecta a muchos intereses individuales con sus nuevos planteamientos.
Emiliana Lohr
* * *
Siguiendo el procedimiento de composición de Mateo, dejamos hoy la sección de los discursos (los Discursos Parabólicos) para abordar la sección de los hechos, a lo largo de 4 capítulos (Mt 13,53 a Mt 17,23) que, con mínimas diferencias, serán también desarrollados por Marcos (Mc 6,1 a Mc 9,32).
El hilo conductor es en Mateo el mismo que en Marcos: el misterio de la persona de Jesús, que se aclara más y más, pero ante la incredulidad de las masas y al escaso seguimiento fuera del grupo apostólico. En esta concordancia no podemos dejar de ver un hecho histórico, apremiante y exacto: ¡es así como sucedieron las cosas con Jesús! Los evangelistas no podían decir lo contrario.
Jesús llegó a su pueblo (Nazaret) y se puso a enseñar en aquella sinagoga. Y la gente decía asombrada: "¿De dónde saca éste ese saber y esos milagros?".
Los nazarenos creen conocer a Jesús. Sin embargo, entrevén que su persona es misteriosa: "¿De dónde le viene ese saber y esos milagros?". Nada es tan peligroso como el creer saberlo todo, pues con esa actitud uno se cierra, al no tener nada nuevo que aprender. Y son los familiares de Jesús, en Nazaret, los que están más cerrados a ese misterio. Señor, conserva nuestras mentes y nuestros corazones abiertos y disponibles, prestos a renunciar a todo lo que creemos saber para ir más allá.
Los nazarenos reprochan a Jesús su origen modesto, y que no es más que un carpintero. Lo cual resulta paradójico, pues Jesús siempre se había situado al lado de los pobres, y había fustigado al poder opresor (fariseo). Mientras que ahora es el pueblo sencillo el que no le comprende, y se alía con los fariseos a la hora de esperar un Mesías glorioso y poderoso. Decididamente, Dios no encaja en las ideas estereotipadas, y a los nazarenos la novedosa sencillez "les resultaba escandaloso".
Sin haber hecho nada malo, Jesús escandaliza. Y esto le ocurrió a Jesús, el inocente y el santo. Pues bien, Señor, ¿cómo podría yo no escandalizar? Sobre todo por las ambigüedades de mi vida.
Con demasiada facilidad se dice hoy que la fe se está perdiendo, y que la moral no es tenida en cuenta por tal o cual razón. Pero repasemos la hemeroteca, pues el propio Jesús no logro convencer a sus propios compatriotas. Se trata del misterio del rechazo a la fe, desde el sorprendente respeto a la libertad. Dios no fuerza las conciencias.
Noel Quesson
* * *
En su pueblo (Nazaret) Jesús no tuvo demasiado éxito, y sus paisanos se quedaron bloqueados: "¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros?". Fueron testigos de sus milagros, admiraron su sabiduría, pero no fueron capaces de dar el salto y aceptarlo como el enviado de Dios, y "desconfiaban de él".
Hay que reconocer que no les faltaba parte de razón a sus paisanos, al mostrarse reacios a ver a su vecino convertido en Mesías y Salvador. Por otro lado, Jesús era un maestro atípico, no había estudiado en ninguna escuela famosa, y que había seguido siendo obrero a pesar de su autoridad. No obstante, sus paisanos ya habían visto y oído obras grandes de Jesús, y tendrían que haber superado esa desconfianza inicial. Efectivamente, pasar de la incredulidad a la fe es un salto difícil, y requiere un don de Dios aparte de una actitud honrada (por parte de la persona).
En el mundo actual, como entre los contemporáneos de Jesús, existen muchos elementos que condicionan (a favor o en contra) la opción de fe en una persona. En Nazaret, ese elemento fue el origen sencillo de Jesús (pues le esperaban más solemne y glorioso). Así que no llegaron a creer en él, y se cumplió aquello de "vino a su casa, y los suyos no le recibieron".
Seguro que conocemos personas que se han quedado bloqueadas, y no llegan a aceptar el don de la fe. ¿Les ayudamos? ¿Son convincentes, o al menos estimulantes, nuestras palabras y nuestro testimonio de vida, a fin de ayudarles ?
José Aldazábal
* * *
Escuchamos hoy el gran misterio de la ceguera de los nazarenos. Una ceguera que es obra del príncipe de este mundo, que es el padre de la mentira (Jn 8, 44) y cuyo poder es tenebroso (Lc 22, 53). Pues los nazarenos veían la admirable sabiduría de Jesús y la realidad de sus milagros (v.54), y en vez de alegrarse o al menos escucharle, "se escandalizaban de él". Y para justificarse, hasta sus parientes decían que "estaba loco", uniéndose así al juicio de los enemigos (que decían que "estaba endemoniado"; Mc 3, 21-22).
Esta es una de las causas por las que Jesús hablaba en parábolas (vv.10-17), para que no entendieran sino los que se convirtieran (Mt 11, 25), y el resto pudiera oír sin enfurecerse (Mc 12, 12).
Por eso Jesús es "signo de contradicción" (Lc 2, 34) y lo serán también sus discípulos (Jn 15, 20), a causa del "misterio de la iniquidad" y del poder diabólico (2Tes 2, 7.9), cuyo dominio sobre el hombre conocemos desde la tragedia edénica (Gn 2, 24) y cuyo origen hay que retrotraer arcanamente hasta la rebelión de los ángeles (que algunos suponen que sucedió entre Gn 1,1 y Gn 2).
José A. Martínez
* * *
Jesús es bien conocido en su ciudad de Nazaret, pues su familia vive en un poblado pequeño donde todos se conocen. Y cuando va a la sinagoga, todos se admiran de su sabiduría. Por una parte, su fama se ha ido extendiendo cada vez más. Pero al mismo tiempo que se admiran, sienten envidia de que el hijo del carpintero (el hijo de María, el paisano) haya progresado tanto.
Parece que no soportáramos que las personas más cercanas a nosotros se puedan superar, y comenzamos a sacar a la luz todo lo que sabemos de ellas para rebajar su imagen, sintiendo envidia porque no hemos logrado lo que ellos sí han alcanzado. En Nazaret, los amigos de Jesús, y hasta sus mismos familiares, también experimentaron lo mismo, pasando del sentimiento de admiración a la escandalización.
Los nazarenos vieron a Jesús crecer, jugaron y se pelearon con él, y nunca pensaron que ese niño fuera capaz de sobresalir. Y por eso fue más fácil para ellos confiar en un extraño (los fariseos) que en un hijo del pueblo (Jesús), más fácil confiar en el rico (los herodianos) que en el obrero (Jesús).
Y eso es lo que sigue sucediendo hoy, cuando agentes externos a la Iglesia tienen más respaldo, y gozan de más credibilidad entre los cristianos, que los propios responsables de la parroquia. Nos cuesta mucho confiar en los nuestros, y desprestigiamos más lo nuestro que lo enemigo, perdiendo con ello nuestra identidad.
Por otra parte, Jesús no había ido a Nazaret para que reconocieran su fama y su poder, pues allí "prefirió no hacer milagros". Sólo quería enseñar en su tierra y entre los suyos, lo cual parece que fue demasiado.
Fernando Camacho
* * *
Por 2 veces los nazarenos se hacen una misma pregunta, en relación con Jesús: "¿De dónde saca eso?". Me llama la atención esa obsesión por saber el origen de Jesús, cuando Jesús mismo (lo leímos ayer) había dicho que él es como un padre de familia, que "va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo". ¿De dónde saca, pues, esa sabiduría y esos milagros?
¡Pues del arca! Aquí no hay magia que valga, y lo dijo él mismo: "del arca". Sus paisanos hubieran preferido que Jesús tuviera una chistera con un conejo dentro, pero Jesús lo deja claro: ese mesianismo lo saca del arca de los 2 testamentos (el antiguo y el nuevo).
Pero ¿por qué un profeta "sólo es despreciado en su pueblo y en su casa"? Muchas veces me he preguntado por la relación entre Jesús y sus paisanos. Y muchas veces me he sorprendido imaginando reacciones y sentimientos que no son los que aparecen en el evangelio. Creo que, históricamente, la relación debió de ser tensa y desconcertante.
El evangelio dice que los tenía a todos desconcertados. Porque Jesús no responde al patrón de hijo modelo (siempre dispuesto a satisfacer las expectativas de sus padres), ni al de ciudadano ejemplar (merecedor del título de "hijo predilecto" de Nazaret), sino que propone reconocer a los suyos la presencia de Dios, en ese día y espacio de Nazaret.
Todos estamos deseosos de tener alguna experiencia de Dios, pero con tal que no se produzca a través de los más cercanos. En el fondo, soñamos con fenómenos extraordinarios, y necesitamos imaginar que los buenos son siempre los desconocidos, aquellos cuya vida ignoramos e idealizamos. Y por eso rechazamos los fenómenos ordinarios, y menospreciamos el mérito de los más cercanos.
Jesús nos muestra que el encuentro con Dios se puede producir (y de hecho, se produce) en las condiciones de nuestra vida ordinaria, y a través de quien menos podemos imaginar. Todo hermano puede ser un profeta, sin que yo me haya dado cuenta.
Gonzalo Fernández
* * *
Ciertamente, el lugar más difícil para que nuestro testimonio sea aceptado es nuestro propio medio (y más todavía nuestra propia casa), ya que generalmente la gente que vive con nosotros no es fácil de convencer (por nosotros, no por otros). Eso fue así hasta para el mismo Jesús.
Sin embargo, es ahí donde podemos verdaderamente ser luz, tratando de amar y proponer. Lo cual tiene un mérito mucho mayor, pues ese amor silencioso es el que evita divisiones y discordias, y previene la paz y armonía familiar. Si experimentamos problemas, y no vemos cambios en nuestra propia familia o paisanos, recordemos la palabras de San Pablo: "Cree tú, y creerá tu familia".
Ernesto Caro
* * *
Nos encontramos hoy con que Jesús entra en acción, enseñando y provocando reacciones de adhesión y repliegue. Pero ¿por qué unos creen en él, y otros lo desprecian? ¡Misterio insondable! Y no pretendamos juzgarlo, si no queremos equivocarnos.
"¿De dónde saca Jesús todo su poder y saber?". Este es el interrogante que confunde a los israelitas, que creen en Jesús pero no como Hijo de Dios. Pues si Jesús es un joven como los demás (miembro de una familia, trabajador en un taller, instruido en una sinagoga), ¿cómo puede ser que actúe con tan extraordinarios poderes?
La respuesta la tenemos a mano, y es sí a las 2 cuestiones inherentes: Jesús es como cualquiera (en su taller, ciudad, familia y sinagoga), y también es el Hijo de Dios (que ha asumido nuestra naturaleza por voluntad del Padre, para nuestra redención). Pero creer este misterio es un don, y una gracia de Dios. Tengamos todos el corazón y la mente bien abiertos, por si Dios quiere concedérnoslo.
Así es la fuerza de la palabra del apóstol, capaz de herir y salvar, capaz de recuperar al ofensor y de herir al pecador, capaz de salvar o suscitar un odio de muerte. Pero esto no debe sorprendernos, pues a Jesús le pasó lo mismo cuando estuvo con sus paisanos, y fue recriminado por ser hijo del carpintero, por pertenecer a una familia de iletrados, por no pertenecer a la jerarquía del templo, por no ostentar cargo alguno en la administración... y por atreverse a predicar un Reino nuevo, en nombre de los milagros y de la caridad.
Hay que decir también, por otra parte, que aquellas gentes de Nazaret carecían todavía de la mentalidad neotestamentaria, y no disponían ni de tiempo para sopesar si lo que había allí era un profeta o un impostor. Les bastaba con la vida rutinaria, y les faltaba la novedad del Reino. Y de ahí que emitieran sus dudas y no captaran el misterio el de la fe, que sólo florece en campos fecundos que se dejan regar con lluvia del cielo.
Dominicos de Madrid
* * *
Las reacciones frente a Jesús en "su patria" (Nazaret) se señalan al comienzo ("llegó a su pueblo"; v.54a) y final ("sólo en su tierra"; v.57) del pasaje de hoy. Igualmente, por 2 veces se le atribuyen fuerzas milagrosas (vv.54b.58). Se consigna además, el último enseñar de Jesús fuera de Jerusalén (según Mateo), ya que este verbo sólo volverá a reaparecer en el Templo de Jerusalén (Mt 21,23; Mt 22,16).
Los datos precedentes nos invitan a colocarnos ante un hecho: la interrupción de la enseñanza, a causa de la incomprensión de los compatriotas. De esta forma, la expresión patria trata de indicar, más allá de una indicación geográfica, la mentalidad de aquellos que no son capaces de reconocer el sentido de los acontecimientos, incluso cuando éstos se están desarrollando en sus propias narices.
Frente a dichos acontecimientos, los conciudadanos de Jesús se asombran de "ese saber y esos milagros". Como Herodes, reconocen en Jesús la presencia de esos milagros (Mt 14, 2). Pero el conocimiento de su entorno familiar ("el hijo del carpintero", "su madre María", "sus hermanos...") les impide descubrir el verdadero misterio de Jesús. Las preguntas que se hacen tienen un tono despectivo, refiriéndolas a un éste. No son capaces de descubrir en las obras de Jesús la actuación de Dios, y su actitud es descrita por el evangelista como "falta de fe" (v.58).
Esa falta de fe es un impedimento insuperable, que impide reconocer el verdadero sentido de la actuación de Jesús. Se trata de una situación peor que la sufrida por Juan (a quien "la gente tenía por profeta"; Mt 14, 5), al resultarles escandalosa (Mt 13, 21).
Se produce así una ruptura en la comunicación con Jesús, repitiéndose así la larga historia de rechazo de los profetas de Israel. De hecho, la profecía de Jesús es interpretada por los nazarenos como magia (hostil a Dios), como única solución que podía explicar los milagros realizados por el hijo del carpintero.
Como consecuencia, los nazarenos no pueden experimentar la bienaventuranza del Mesías: "Dichoso el que no escandaliza de mí”" (Mt 11, 6). La sinagoga judía, presente al completo en Nazaret, quedó definitivamente cerrada a la acción de Dios. El rechazo a Jesús, por parte de aquellos nazarenos, se fue prolongando sucesivamente en Jerusalén, Israel y futuro mundo judío de la Diáspora, como un hecho incuestionable.
La ruptura de Jesús , repetidamente señalada a partir de este momento (Mt 14,13; 15,21; 16,4), intenta hacer reflexionar. Sólo aquellos que son capaces de creer, y que vuelvan a buscarlo, podrán ser acogidos (Mt 14,13.35; 15,30). Reconocer a Jesús no será ya fruto de la pertenencia a su mismo ámbito (patria, tierra, familia o sinagoga), sino que sólo podrá venir de una profunda apertura al mensajero de Dios, comulgando su su Palabra.
Confederación Internacional Claretiana
* * *
El episodio de hoy concluye una sección del evangelio de Jesús: su enseñanza en la sinagoga. Y emprende un nuevo camino: el anuncio de pueblo en pueblo. Al igual que le ocurre a los profetas del AT, Jesús es despreciado en su tierra, pues sus paisanos se resisten a que un vecino suyo les anuncie el inicio de una nueva era.
Efectivamente, los judíos esperaban un Mesías poderoso, que con gran poder viniera a restaurar el auténtico culto del templo, e iniciara un Reino eterno. Y Jesús, con sus palabras y formas de proceder, se opone a estas expectativas.
En efecto, la acción de Jesús busca a los marginados, pecadores, enfermos y extranjeros, y tiene como centros de enseñanza las casas de amiguetes y las plazas del pueblo. Y su mensaje habla de un Reino alejado de la mentalidad y estructura oficial. Por eso, la vida y obra de Jesús no inspiraba confianza a sus paisanos.
Muchas veces nosotros caemos hoy en la misma tentación que experimentaron los paisanos de Jesús. Deseamos ser instruidos por importantes catedráticos, que se expresen con grandes discursos. No le damos crédito a la catequista del barrio, a la señora que dirige el grupo de oración o al compañero de trabajo que podría aconsejarnos. Sus palabras nos parecen sin importancia, y generalmente creemos que no nos van a decir nada nuevo.
Sin embargo, la novedad está ahí, en esa sencillez con la que Jesús anuncia el evangelio. Pues al igual que Jesús, esos catequistas no se anuncian a sí mismos, sino que anuncian la palabra de Dios y son la boca de Dios, aunque algunos se enojen por su origen humilde. Que la sencillez y humildad de los predicadores no nos vuelva ciegos ante Dios.
Eso fue lo que encontró Jesús en su pueblo. Todos lo conocían, y conocían a todos sus familiares. ¿Y qué les iba a enseñar ahora ése? A otros les podría impresionar, pero a ellos... Esa actitud se llama falta de reflejos, porque cada persona es un misterio, y fruto personal del amor de Dios. Cada uno de nosotros ha sido creado por Dios y ha sido dotado por él con posibilidades infinitas de crecimiento. Simplemente, porque Dios cree en nosotros. Creer en las personas es lo contrario de encasillarlas.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista sitúa hoy a Jesús en su tierra, concretamente en Nazaret. Llegado el sábado, y según costumbre, Jesús acude a la sinagoga judía y allí enseña como cualquier rabino, a partir de los textos proclamados de las Sagradas Escrituras (en este caso, del AT).
La multitud congregada, precisa Mateo, se preguntaba: ¿De dónde saca éste su saber y sus milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.
Del asombro inicial pasan, pues, casi sin solución de continuidad, a la desconfianza final. Y todo porque le conocían como el hijo del carpintero o como el hijo de María.
Es este conocimiento previo y pretérito el que les impide aceptarlo en el modo en que ahora se les presentaba, como el portador de una sabiduría asombrosa y como el autor de unas acciones milagrosas. La imagen todavía reciente del Jesús carpintero no les permite asimilar esta otra imagen, más actual, del Jesús maestro y profeta.
A los nazarenos les parece imposible que ambas imágenes pudieran confluir en la misma persona, y por eso desconfían de lo que ven y de lo que oyen, sobreponiéndose a su inicial asombro y como si éste fuera fruto de una alucinación o un espejismo engañoso.
Jesús era para sus paisanos alguien demasiado conocido (incluso por su contexto familiar) como para ser reconocido ahora como profeta o portador del mensaje divino. Y la desconfianza provocada por ese conocimiento natural o familiar acabó degenerando en una atmósfera de frialdad, hasta estallar en brotes de ira descontrolada (como nos recuerda el relato de Lucas, cuando alude al hecho de que quisieron despeñarlo por un barranco).
A ello contribuyeron, sin duda, las palabras del mismo Jesús, echándoles en cara su incredulidad y censurando su actitud: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Se hacía realidad histórica así la sentencia del evangelista Juan: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.
Es históricamente constatable que Jesús encontró más oposición a su mensaje y actividad mesiánica entre sus paisanos y parientes, pero ¿por qué? No hay otra razón que la del conocimiento parental o de paisanaje, que actuaba como barrera y prejuicio difícil de superar. Sólo esto explica que un profeta sea menos apreciado (o más despreciado) en su tierra o en su casa.
Y es que hay conocimientos que, sin ser falsos, pueden convertirse en un verdadero obstáculo para sucesivos reconocimientos. Y aceptar a Jesús (el carpintero) como profeta era reconocer la verdad completa del que hasta entonces no se había manifestado en esta condición.
Aun a sabiendas de esto, y de que no desprecian a un profeta más que en su tierra, Jesús fue a su tierra (quizás para confirmar esta apreciación), y allí se extrañó de su falta de fe Y no pudo hacer allí ningún milagro, exceptuando la curación de algunos enfermos.
Resulta asombroso el poder fáctico que se concede a la incredulidad. Por falta de fe, Jesús no pudo hacer allí milagros. Y eso que le habían pedido hacer los milagros que había hecho en Cafarnaum y en otros lugares (por lo visto, no desde la fe sino desde la desconfianza).
La incredulidad tiene el poder de desactivar la beneficencia del mismo Dios. No su capacidad de hacer el bien, que permanece inmutable, sino su concreta activación y ejercicio.
Pero también aquí se pueden establecer diferencias, pues también hay faltas de fe (como las que Jesús encontró en sus discípulos, también hombres de poca fe) superables y no paralizantes de la actividad benéfica y milagrosa. Dada nuestra fragilidad e ignorancia humanas, a Jesús no puede extrañarle nuestra falta de fe, pero sí esa obstinación farisaica, y casi sobrehumana, a negarnos a reconocerle como al que viene de parte de Dios con un mensaje de salvación, acompañado de efectos saludables.
Si el Hijo de Dios se ha encarnado es para que el conocimiento humano de Jesús nos ayude a reconocerle como tal Hijo. Pero puede suceder, y de hecho sucede, que tal conocimiento se convierta en un obstáculo para el reconocimiento de su plena realidad (que implica el reconocimiento de su divinidad).
Sin este supuesto, la biografía de Jesús será siempre una página de nuestra historia no del todo explicada o insuficientemente entendida. Ojalá que el Señor derribe las paredes de nuestras desconfianzas, y nos abra al horizonte inabarcable de la fe.
Act:
31/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()