17 de Septiembre
Jueves XXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 septiembre 2026
a) 1 Cor 15, 1-11
Recuerda hoy Pablo a los corintios la "buena nueva del evangelio que habéis recibido, y en la cual permanecéis firmes, y por el cual estáis salvados si lo guardáis tal como os lo anuncié".
Se trata de una fórmula con muchas puntualizaciones. En 1º lugar, que el evangelio es una alegría (algo bueno), que no se inventa (se recibe) ni se deforma ("permanece firme"). En 2º lugar, que el evangelio es salvador, capaz de restaurar al hombre y reconstruirlo.
De ahí que debamos preguntarnos: ¿Cuál es mi aprecio por el evangelio? ¿Hago selecciones en él? ¿O retengo quizás lo que me place, corriendo el riesgo (como dice San Pablo) de no hallar ya nada en él porque me encontraría sólo a mí? Si de vez en cuando Dios no nos desconcierta y nos choca, señal es de que el evangelio buscamos tan solo una justificación a nuestras propias tesis.
Y ello porque, respecto al evangelio, el propio Pablo dice que "os he transmitido lo que yo mismo he recibido". Profunda humildad del apóstol, que se pone el 1º en someterse al mensaje que ha de transmitir.
En cuanto al contenido de ese evangelio, asevera Pablo que "Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras". Tenemos aquí uno de los primeros Credos que recitaban las comunidades primitivas, como formula de profesión mínima de fe. Una fe extremadamente simple, y toda ella concentrada en 3 acontecimientos históricos: la muerte, la sepultura y la resurrección.
Se trata de 3 hechos que se produjeron de una sola vez, pero que fueron anunciados en todo tiempo por las Escrituras. La fórmula repetida por Pablo para cada hecho ("conforme a las Escrituras") confirma que cada uno de ellos fue un hecho esencial en el plan de Dios, y que tiene que ver con la salvación del mundo ("por nuestros pecados").
Tras lo cual, continúa Pablo recitando el evangelio: "Se apareció a Pedro, a los doce, luego a quinientos hermanos, y a mí el más pequeño de los apóstoles". Pablo cita una lista no exhaustiva de testigos (sin citar la aparición a María Magdalena) que se beneficiaron de las apariciones del Resucitado, pero totalmente exhaustiva a la hora de seguir el orden jerárquico, con la salvedad de ponerse él en último lugar: "Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. He trabajado penosamente. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo".
Así, los 3 acontecimientos citados no solamente son hechos históricos antiguos, sino fuente de una vida nueva: Pablo "ha muerto a su pecado" y "ha resucitado" (por así decir) con Cristo. La fórmula algo embarazosa de Pablo es muy reveladora: ni yo solo, ni Dios solo, sino Dios y yo, en una unión indivisible. Admirable expresión de la gracia que no trabaja sin nosotros, pero con la cual hacemos mucho más de lo que lograríamos con nuestras solas fuerzas. ¿Podría decir yo lo mismo? ¿Cómo es mi compañerismo con Dios? ¿Hay ósmosis entre Dios y yo, como en San Pablo?
Noel Quesson
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El cap. 15 de esta Carta de Pablo es largo y aborda uno de los temas que más preocupaba a los corintios: la resurrección, sobre todo que vayamos a resucitar corporalmente. De hecho, recordemos el fracaso de Pablo en Atenas, justo en el instante en que citó la palabra resurrección. Y esto porque la filosofía griega afirmaba que el alma era inmortal, pero con la muerte se liberaba del cuerpo, y sería impensable volverse a unir a él. Tenía una concepción dualista del ser humano, y se diferenciaba mucho de la concepción unitaria judía (que unificaba mucho más el cuerpo y el alma).
En la página de hoy el apóstol da testimonio de la verdad básica de la fe cristiana: que Jesucristo resucitó. Y la expone a modo de un credo breve ("el evangelio que os proclamé, y en el que estáis fundados y que os está salvando"), el que los corintios acogieron ("que Cristo murió, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, que se apareció").
Enumera Pablo una serie de apariciones del Resucitado, algunas narradas por los evangelios y otras no (como la de los "quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía"). Y también su propia aparición, que fue "como a un aborto" en su camino a Damasco.
Esto es lo que predica la Iglesia, asegura Pablo. Y tanto, que él es también apóstol (pues unos y otros anuncian lo mismo: la resurrección de Jesús) aunque de distinta manera que los demás. Ésta es la base en la que se apoya la fe y la tradición, y lo que se le ha transmitido a Pablo por parte de Cristo, y lo que él y los demás van proclamando en todas las comunidades.
Cuando hablamos de evangelización, queremos decir lo mismo que Pablo: que Jesús ha resucitado y sigue vivo, y que nosotros también estamos destinados a la vida, como hizo nuestra cabeza y guía Jesús. Ésta es la base de nuestra fe, que Cristo ha vencido a la muerte. Y no como un milagro más, sino como el acontecimiento por excelencia, en que Dios ha mostrado cuál es su programa de salvación (que empieza en Cristo y seguirá en nosotros).
Tal vez también al hombre de hoy le siga costando entender esto, como a los griegos de entonces y ante todas las sabidurías actuales. Pero los planes de Dios son distintos de los nuestros, y su Espíritu sigue actuando, un Espíritu que es "dador de vida".
Eso creemos nosotros, y eso tenemos que predicar. ¿O nos entretenemos en otras verdades secundarias, sin llegar nunca a comunicar el meollo de nuestro credo cristiano, que es la glorificación de Cristo y nuestro destino de vida plena con él? El salmo responsorial de hoy ya se alegraba en el AT: "Dad gracias al Señor, porque es bueno. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor".
José Aldazábal
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No todo acaba con la muerte, y con la muerte sólo pasamos a una nueva dimensión. Termina nuestra dimensión temporal y se inicia la dimensión de eternidad, dejamos de ser visibles y comenzamos a ser invisibles. Y la salvación no es sólo para nuestra alma, sino para el hombre completo, que es el que alcanza su plena realización en Cristo.
Jesucristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al 3º día, y nos dio numerosas pruebas de que estaba vivo. Los que creemos en él, a él hemos unido nuestra vida, como se unen los miembros del cuerpo a la cabeza. Y si nos hemos hechos uno con Cristo, en la muerte no podremos ser abandonados por él, sino que viviremos eternamente glorificados con él.
Este evangelio de Pablo es el que anuncia la Iglesia, y no titubeando en su fe, sino con la certeza que nos da lo acaecido en Jesucristo, nuestro Señor y cuya vida y Espíritu son también nuestros, desde el día en que fuimos bautizados en su nombre.
No centremos nuestra fe tan sólo en el culto (que píamente ofrecemos a Dios), sino vivámosla experimentando en nosotros la vida de Dios, para que al anunciar a Cristo no hagamos relecturas de su evangelio, sino que lo proclamemos desde la auténtica fe, que nos hace ser hombres de esperanza en un mundo nuevo.
Dominicos de Madrid
b) Lc 7, 36-50
Empecemos hoy la explicación del evangelio por el escenario: la "casa del fariseo" Simón (v.36), como lugar de reunión de todos los que participan de su mentalidad (vv.37.44) y los "comensales" (v.49).
Un escenario que queda calificado por la intencionalidad mostrada por el fariseo: "Un fariseo lo invitó a comer con él" (v.36a). Se pone de relieve la función de comer, siendo el alimento sinónimo de enseñanza. De hecho, para la mentalidad de un semita "participar de una misma mesa" comportaba compartir la mentalidad de sus componentes. Jesús entra en casa del fariseo, y "se recuesta a la mesa" (vv.36b.37b.44b).
El 1º personaje que aparece en escena es un individuo masculino, descrito con los rasgos típicos de los personajes representativos ("cierto", indefinido), perteneciente a una colectividad ("de entre los fariseos"; v.36a). Representa, por tanto, a una parte o facción de esa colectividad, pero no al todo del Partido Fariseo. De momento no lleva nombre. Además del partitivo "cierto individuo de entre los fariseos", es identificado como "el fariseo" por 3 veces (vv.36b.37b.39a).
Hasta que llega el preciso momento en que ese tal fariseo pone en duda que Jesús sea un profeta. En ese preciso instante, Jesús lo pone en evidencia a él, designándolo por su propio nombre: "Simón", nombre que se repetirá a partir de ahora 3 veces más. Es el único fariseo que lleva nombre en los evangelios sinópticos (junto al aportado por Juan de Nicodemo; Jn 3, 1).
En contrapartida, el 2º personaje es femenino, una "mujer pública" (vv.37a.39b.47-48) y "mujer" (vv.44a.44b.50a) subrayada al máximo por esta cualidad, dentro del género literario arcaico. Se trata de un personaje sin nombre, introducido con una locución que los evangelistas emplean con frecuencia para centrar la atención en el personaje en torno al cual gira el relato ("mirad, una mujer"; v.37a), pasando así a ella el foco del escenario (Lc 2,25; 5,12; 7,12).
La descripción detallada que Lucas hace de la mujer (de "pecadora pública" de la ciudad), deja ya entrever que en ella se ha verificado un giro de 180 grados: "La mujer, conocida en la ciudad como pecadora, se presentó en casa del fariseo, al enterarse de que Jesús estaba recostado en la mesa de esa casa" (vv.37-38).
Con 3 acciones ("regar, besar, ungir") describe Lucas, de forma tridimensional, el sentimiento de profunda gratitud de esa mujer. Volveremos a ello en seguida.
En la escena que estamos examinando, descubrimos una serie de rasgos sorprendentes: un individuo perteneciente al Partido Fariseo (ultra-observante de la ley) invita a Jesús (vv.36a.39a.45b) "a comer con él", convencido de que comparte las mismas ideas y convicciones (pese a que los dirigentes fariseos ya han rechazado a Jesús; Lc 6, 11), y Jesús ha reprobado a los fariseos por frustrar con sus ideas el plan que Dios (Lc 7, 30).
El fariseo Simón, además, no está sólo, sino que ha invitado también a sus colegas que piensan como él, "los otros comensales" (v.49a). Jesús, por el contrario, no va acompañado de nadie cuando entra en la casa (vv.36b.44c).
Un 2º rasgo chocante lo constituye el hecho de que una mujer pública ponga los pies en casa de un fariseo. Simón, por lo que se ve, no es fariseo intransigente, ya que muestra cierta tolerancia hacia los individuos representados por la pecadora, por lo menos mientras Jesús está en su casa. Tampoco los comensales hacen aspavientos, al menos en principio.
Ni el fariseo ni los comensales se atreven a reprochar a Jesús su comportamiento hacia la pecadora, sino que lo formulan en su fuero interno (vv.39a.49a). El primero se escandaliza porque Jesús se ha dejado tocar por una "mujer pecadora" (v.39b), pues quien toca a un impuro queda él mismo impuro. Como buen fariseo, pese al afecto que profesa a Jesús, continúa creyendo en la validez de la ley de lo puro e impuro, continúa dividiendo la humanidad entre buenos y malos, entre justos y pecadores, ufano de su condición privilegiada de hombre justo y observante.
Los comensales se escandalizan también, pero en un 2º momento: "Empezaron a decirse" (v.49a), es decir, no repitiendo el reproche. Y en un 3º momento, al empezar a rumiar uno más grave: "¿Quién se cree éste, al perdonar pecados?" (v.49b). El 1º ponía en duda la aureola de profeta que rodeaba a Jesús, y el 2º y 3º se resisten a aceptar que Jesús pueda perdonar pecados (cosa que ellos reservaban en exclusiva a Dios).
Josep Rius
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Jesús es invitado hoy a cenar a casa de un fariseo llamado Simón. Invitar a comer en la propia casa a alguien importante es un signo de que se quiere honrar a esa persona, por tanto, se hará lo mejor para que se sienta bien.
Sin embargo, Simón no guarda las reglas de cortesía con las que se solía atender a un huésped importante. No recibe a Jesús en la puerta, no coloca las manos en el hombro de Jesús ni lo saluda con un beso. No le ordena a un siervo que le lave los pies, ni le ofrece agua para lavarse la cara y las manos antes de comer; tampoco lo unge con perfume para que tenga un olor agradable.
Mientras Jesús cenaba, se presentó una mujer conocida en el pueblo como una pecadora y enjugó con perfume y con sus lagrimas los pies de Jesús, los secó con su cabello y los besó. Los invitados y el mismo Simón quedaron sorprendidos, no por lo que estaba haciendo la mujer, sino porque Jesús se dejara tocar por una prostituta. ¿Qué clase de profeta era Jesús?, pensaba Simón.
Jesús se adelantó al pensamiento de Simón y le contó un breve relato en el que subraya un aspecto muy importante de su mensaje salvífico: la misericordia de Dios para con los pecadores.
Hay que entender el texto de hoy desde el contenido de la parábola que cuenta Jesús. El amor de los deudores es la respuesta al perdón de la deuda del prestamista, es decir que, al que mucho se le ha perdonado, demuestra mucho amor, en cambio, al que se le perdona poco, demuestra poco amor.
El perdón de Jesús para con la pecadora es la respuesta al gran amor manifestado por la misma mujer para con él. Con estas palabras el evangelista nos quiere expresar la íntima relación que hay entre el amor agradecido y el perdón de los pecados. Un perdón que se hace presente en Jesús, que nos presenta el rostro misericordioso del Padre.
Simón, el fariseo y todos sus invitados, parecen incapaces de comprender lo que significa la misericordia de Dios, no pueden abrirse a la dimensión de la salvación porque se encuentran entre aquellos a los que se les ha perdonado poco, son autosuficientes, se creen buenos, no necesitan del perdón de Dios.
No pueden entender lo que significa la gracia, el don gratuito y generoso que ofrece Jesús como hijo del Padre misericordioso. No entienden, ni comprenden, ni aceptan que el perdón no se da a cambio de amor, sino que se da simplemente sin esperar nada a cambio. El perdón es un regalo gratuito, esto es lo que la fe de la pecadora ha entendido; por eso Jesús le dice: "Tu fe te ha salvado, vete en paz".
A veces nosotros somos como Simón, el fariseo y sus invitados. ¿Con cuánta frecuencia somos incapaces de descubrir la presencia misericordiosa de Dios y de su mano amorosa en los acontecimientos ordinarios de nuestra vida?
Emiliana Lohr
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Un fariseo rico, Simón, invita hoy a Jesús a comer, y olvida darle las atenciones tradicionales de hospitalidad (Lc 7, 36-50). El Señor sí es consciente de esos olvidos de Simón y los echa de menos, como echó en falta el agradecimiento de aquellos leprosos que después de curados ya no volvieron más.
La tosquedad del anfitrión se pone particularmente de manifiesto en contraste con las delicadezas de una pecadora pública que irrumpe en el banquete para expresarle al Señor su arrepentimiento y amor: llevó un vaso de alabastro con perfume, se situó detrás, a los pies de Jesús, se puso a bañarlos con sus lágrimas y los ungía con perfume.
Ante los juicios negativos de los comensales para con la mujer, Jesús le da la recompensa más grande que puede recibir un alma: "Te son perdonados tus muchos pecados, porque has amado mucho".
Cuando se trata de padecer por la salvación de las almas, el Señor no pone límites a sus sufrimientos; sin embargo, extraña la cortesía en el trato y las manifestaciones de cariño de parte de Simón, y le dice: "Entré en tu casa y no me has dado agua con que lavar mis pies". ¿No tendrá que reprocharnos hoy algo por el modo como le recibimos? Te adoro con devoción, Dios escondido (himno Adoro te Devote), le diremos cuando viene a nuestro corazón y procuraremos hacerle un recibimiento lleno de delicadezas de manera que nunca tenga qué reprocharnos nuestra falta de amor.
Reflexionaba en un sermón San Juan de Avila que "el rey ha de venir mañana a mi casa", y se preguntaba: "¿Cómo le aparejaré posada?". Para poco después, en otro sermón, responder: "Con amor viene, recíbelo con amor". El amor supone deseos de purificación, aspirando a estar el mayor tiempo con Jesús, sin precipitaciones.
Francisco Fernández
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El evangelio de hoy nos llama a estar atentos al perdón que el Señor nos ofrece: "Tus pecados quedan perdonados" (v.48). Es preciso que los cristianos recordemos dos cosas: que debemos perdonar sin juzgar a la persona y que hemos de amar mucho porque hemos sido perdonados gratuitamente por Dios. Hay como un doble movimiento: el perdón recibido y el perdón que debemos dar. Como decía San Juan Crisóstomo:
"Cuando alguien os insulte, no le echéis la culpa, echádsela al demonio en todo caso, que le hace insultar, y descargad en él toda vuestra ira; en cambio, compadeced al desgraciado que obra lo que el diablo le hace obrar".
No se debe juzgar, pues, a la persona, sino reprobar el acto malo. Porque la persona es objeto continuado del amor del Señor, y son los actos los que nos alejan de Dios. Nosotros, pues, hemos de estar siempre dispuestos a perdonar, acoger y amar a la persona, pero a rechazar aquellos actos contrarios al amor de Dios. Como dice el Catecismo de la Iglesia:
"Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano ha de ser piedra viva" (CIC, 1487).
A través del Sacramento de la Penitencia, la persona tiene la posibilidad y la oportunidad de rehacer su relación con Dios y con toda la Iglesia. La respuesta al perdón recibido sólo puede ser el amor. La recuperación de la gracia y la reconciliación ha de conducirnos a amar con un amor divinizado. ¡Somos llamados a amar como Dios ama!
Preguntémonos hoy especialmente si nos damos cuenta de la grandeza del perdón de Dios, si somos de aquellos que aman a la persona y luchan contra el pecado y, finalmente, si acudimos confiadamente al Sacramento de la Reconciliación. Todo lo podemos con el auxilio de Dios. Que nuestra oración humilde nos ayude.
Ferrán Jarabo
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Escuchamos hoy un relato maravilloso, que comienza la historia con la invitación de un fariseo a comer en su casa. En la misma ciudad había una mujer pecadora pública. Al saber que Jesús estaba allí, cogió un frasco de alabastro de perfume, entró en la casa, se puso a los pies de Jesús a llorar, mojando sus pies con sus lágrimas y secándoselos con sus cabellos, ungió los pies de Cristo con el perfume y los besó. El fariseo, entre tanto, ponía en duda a Cristo.
Pero Jesús, que leía su pensamiento, salió en defensa de aquella mujer, comparando su actitud con la de él: la de ella llena de amor y arrepentimiento; la de él llena de soberbia y vanidad. Tras ello, hace una afirmación que parece la absolución tras una excelente confesión: "Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor", le dice al fariseo, llamado Simón. Y a la mujer: "Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz". Los comensales volvieron a juzgar a Jesús: "¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?".
Dios siempre está dispuesto a perdonar, a olvidar, a renovar. Dios siempre nos espera; siempre aguarda nuestro retorno; nada es demasiado grande para su misericordia. La misericordia del Señor es eterna. En el libro del profeta Oseas leemos frases que nos descubren esa ternura de Dios hacia nosotros:
"Cuando Israel era niño, yo le amé. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla" (Os 11, 1-4).
Sin embargo, la misericordia de Dios no es algo que se pueda tomar a broma, pues surge del conocimiento que Dios tiene de nuestra fragilidad, y de su deseo de que "todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". La misericordia divina no puede, en cambio, ser un tópico al que recurrir.
A espaldas de la pecadora de hoy del evangelio, sólo hay una realidad: el pecado. En su horizonte sólo una promesa: la tristeza, la desesperación, el vacío. Pero en su presente se hace realidad Cristo, el rostro humano de Dios. Y él nos va enseñar cómo actúa Dios cuando el ser humano se le presta.
La mujer reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que derrama son realmente sinceras y demuestran todo el dolor que aquella mujer experimentaba tras una vida de pecado, alejada de Dios, vacía. Hay lágrimas físicas y también morales. Todas valen para reconocer que nos duele ofender a Dios, vivir alejados de él.
A ella no le importaba el comentario de los demás. Quería resarcir su vida, y había encontrado en aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios de amor, de perdón, de misericordia. Por eso está ahí, haciendo lo más difícil: reconocerse infeliz y necesitada de perdón.
Y Cristo, que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con Simón el fariseo, toca en el corazón de aquella mujer todo el dolor de sus pecados por un lado, y todo el amor que quiere salir de ella, por otro. Todo está así preparado para el re-encuentro con Dios. Se pone decididamente de su parte, aunque reconozca que ella ha pecado mucho.
Jesús afirma que el amor es mucho mayor que el pecado: "Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor". Se realiza así aquella promesa divina: "Dónde abundó el pecado, sobreabundó la misericordia". El corazón de aquella mujer queda trasformado por el amor de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia y pura.
La misericordia divina le impone un camino: "Vete en paz", algo así como decirle: "Abandona ese camino de desesperación, de tristeza y sufrimiento. Coge ese otro derrotero de la alegría, de la ilusión y de la paz", que sólo encontrarás en la casa de tu Padre Dios.
No sabemos nada de esta pecadora anónima. No sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella. Pero estamos seguros de que a partir de aquel día su vida cambio definitivamente. También a ella la salvó aquella misericordia que salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo y a tantos más.
Juan José Ferrán
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Estamos frente a un hecho que hoy tendría una resonancia y divulgación tendenciosa, alguien podría decir, sobre la libertad de que entrara una prostituta a una comida, y se presenta con una frasco de perfume.
Una actitud, de esta mujer, que debió haber causado asombro no sólo al fariseo anfitrión de la casa (Simón), también a lo invitados, que seguramente al verla se estaban escandalizando, asombrados además ante el comportamiento tan respetuoso y amoroso de Jesús con la pecadora.
Para colmo, la mujer se colocó detrás de Jesús, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, secándoselos con sus cabellos y cubriéndolos de besos y perfume.
Seguramente la pecadora sentía la mirada quemante de los fariseos, y la sedante, amorosa y pacificadora de Jesús. Pero supero las trabas, se coló en el comedor y ungió a Jesús con lo mejor que tenía (un perfume aromático y costoso).
Entonces Jesús, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer?. Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos". Jesús llama a Simón por su nombre, mientras a la pecadora la llama "cierta mujer", sin nombre. La pecadora sabe con quién está, y tal vez Simón todavía no se ha dado cuenta.
Por eso, dijo Jesús a la mujer: "Tus pecados te han sido perdonados. Tu fe te ha salvado, vete en paz". La pecadora había clavado su mirada en Jesús, implorando su misericordia, reconociendo sus pecados y confiada totalmente en Jesús. Y ante esa mirada, Jesús respondió con la suya, llena de compasión. Cosa que no hizo, o no quiso hacer, al fariseo llamado Simón.
Pedro Donoso
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Un papa y doctor de la Iglesia, San Gregorio Magno, decía que le daban ganas de llorar cada vez que leía en el evangelio la historia de la prostituta del lago. Es Lucas quien nos cuenta en su evangelio la escena conmovedora.
En efecto, Jesús iba predicando por todos los pueblos que rodeaban el lago de Genesaret. Y entre los que le escuchan, se mete una mujer que se había tirado a la calle. Todos la conocen, y los fariseos la deprecian. Por eso va a ser hoy grande el escándalo cuando la vean hacer lo que ella trama en sus adentros. Oye a Jesús, se enternece y adivina en el Maestro de Nazaret a alguien que es más que un profeta. La fe y el amor la están empujando misteriosamente.
Y al fin, se decide a hacer lo que le inspira un secreto amor, al que ya considera su Salvador: "Yo tengo que hablar con Jesús". Y ve que el importante fariseo Simón se acerca a Jesús, le invita a comer en su casa, y que Jesús acepta de buen grado. "Esta es la mía", se dijo la mujer, y "a casa de Simón que voy, aunque me maten esos santurrones fariseos".
A mitad del convite, se presenta la prostituta en la puerta del festín, con un pañuelo en la mano, en el que por lo visto esconde algo ( un frasco de perfume costoso, que habría de convertir su inmundicia al pecado en aroma de cielo nuevo).
La prostituta se cuela en la casa, observa dónde está recostado Jesús y se acerca por detrás sin decir palabra, rompiendo a llorar ante su cara y quebrando el pomo de alabastro que escondía en el pañuelo. Tras lo cual se suelta su larga cabellera y empieza a enjugar los pies divinos del Maestro.
Los pensamientos de todos vuelan demasiado lejos y son temerarios y malos de verdad. Empezando por los del dueño, como nos refiere el evangelio: "Si este Jesús fuera el profeta que dicen, sabría bien quién es la mujer que le está tocando".
Es el momento de Jesús, que va a demostrar a todos en qué consiste la profecía verdadera y la religión verdadera: "Simón, tengo que proponerte una cuestión". El resultado ya lo sabemos: un perdón incondicional, preparado por la fe, producido por el amor y confirmado con la paz y esperanza definitiva.
Esto es lo que resalta de manera tan deslumbrante el pasaje de la pecadora, uno de los más bellos y enternecedores de todo el evangelio: el valor inmenso del amor. La pobre prostituta trae muchas culpas encima, pero trae mucho más amor. Y lo malo no es que hayan pecados, sino que no haya amor.
Pedro García
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No sabemos el nombre de aquella mujer pecadora, y hasta se la suele relacionar, equivocadamente, con María Magdalena (de la cual Jesús había expulsado 7 demonios; Lc 8, 2), pues de esta "pecadora pública" se habla unos versículos antes (Lc 7, 37-50) que los de la Magdalena.
La mujer anónima de la que nos habla el evangelio de hoy se dedicaba a la prostitución, mientras que de María Magdalena se dice que Jesús expulsó de ella "siete demonios" (lo cual no es prostitución, sino algo mucho peor, con problemas no sexuales sino demoníacos).
En todo caso, la mujer que se acerca a Jesús, cuando ésta entra en la casa del fariseo, lleva mucho amor en su corazón. Descubre en Jesús el amor de su vida y está dispuesta a dejarlo todo ante su nuevo amor. Se desprende su cabello, cubre de besos los pies de Jesús y derrama sobre sus pies un frasco de perfume.
Se trata de una escena de un profundísimo y sorprendente amor. Jesús, acogido por esta mujer con un amor, que no había sido capaz de mostrarle su anfitrión, se hace hospitalidad que perdona, acoge y transforma.
La experiencia del vacío de la vida es, frecuentemente, la mejor condición para encontrar el sentido de la vida. Profundicemos en nuestro interior, y veamos cuántas cosas nos llenan de verdad y cuántas nos defraudan, dejándonos insatisfechos.
Busquemos el sentido y lo encontraremos. Jesús está resucitado, y sigue en medio de nosotros. Es posible encontrarlo, o mejor todavía, él nos sale al encuentro. ¿Porqué no estar atentos para acoger su llegada, en la primera ocasión que esta acontezca?
José García
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La escena de hoy la cuenta Lucas con elegancia y detalles muy significativos. ¡Qué contraste entre el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús a comer, y aquella mujer pecadora que nadie sabe cómo ha logrado entrar en la fiesta y colma a Jesús de signos de afecto!
Desde luego, perdonar a una mujer pecadora precisamente en casa de un fariseo que le ha invitado, es un poco provocativo. No es raro que se escandalizaran los presentes, o porque Jesús no conocía qué clase de mujer era aquélla, o que no reaccionaba ante sus gestos, que resultaban cuando menos un poco ambiguos.
Pero Jesús quería transmitir un mensaje básico en su predicación: la importancia del amor y del perdón. El argumento parece fluctuar en dos direcciones. Tanto se puede decir que se le perdona porque ha amado ("sus pecados están perdonados, porque tiene mucho amor"), como que ha amado porque se le ha perdonado ("amará más aquél a quien se le perdonó más").
Probablemente aquella mujer ya había experimentado el perdón de Jesús en otro momento, y por ello le manifestaba su gratitud de esa manera tan efusiva. Pero la escena nos hace repensar nuestra conducta con los que consideramos pecadores. ¿Cómo los tratamos, dándoles ánimos o hundiéndolos más?
Podemos actuar con corazón mezquino, como los fariseos que juzgan y condenan a todos, o como el hermano mayor del hijo pródigo que le recrimina de una manera intransigente lo que ha hecho, o como Simón y los otros convidados, que no deben ser malas personas (han invitado a Jesús a comer), pero no saben ser benévolos y amar.
Pero también podemos portarnos como el padre del hijo pródigo, y sobre todo como el mismo Jesús, que perdona a la mujer adúltera que le presentan, y tiene palabras de ánimo para esta mujer que ha entrado en la sala del banquete y le unge los pies.
¿Dónde quedamos retratados, en los fariseos o en Jesús? No se trata de que lo aprobemos todo. Como Jesús no aprobaba el pecado y el mal. Sino de imitar su actitud de respeto y tolerancia. Con nuestra acogida humana, podemos ayudar a tantas personas (drogadictos, delincuentes, okupas...) a rehabilitarse, haciéndoles fácil el camino de la esperanza. Con nuestro rechazo justiciero les podemos quitar los pocos ánimos que tengan.
Claro que, para ser benévolos en nuestros juicios con los demás, antes tendremos que ser conscientes de que Dios ha empleado misericordia con nosotros. Se nos ha perdonado mucho a nosotros y por tanto deberíamos ser más tolerantes con los demás, sin constituirnos en jueces prestos siempre a criticar y a condenar.
Dios es rico en misericordia. Lo ha demostrado en Cristo Jesús. Y lo quiere seguir mostrando también a través de nosotros.
José Aldazábal
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Jesús, tú perdonas los pecados de esa mujer pecadora porque ha demostrado su amor y su dolor con hechos concretos. Además, no tiene vergüenza para manifestar públicamente su conversión, como público era también su pecado. Tú conocías su arrepentimiento antes de que viniera a la casa de Simón, pero esperas a que lo manifieste en tu presencia antes de perdonarla.
Jesús, algunos piensan que se pueden confesar directamente contigo, sin necesidad de manifestar su arrepentimiento en la confesión. Pero tú, que eres el que perdonas, tienes el derecho de establecer el procedimiento para perdonar. Y para ello has instituido el Sacramento de la Penitencia. Además, como cristianos, al pecar ofendemos también a la Iglesia, y es justo que sea uno de sus ministros el que, en tu nombre, tenga la capacidad de borrar ambas culpas.
Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que atares en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (CIC, 1444).
No te preocupen esas contradicciones, esas habladurías: ciertamente trabajamos en una labor divina, pero somos hombres y resulta lógico que, al andar, levantemos el polvo del camino.
Jesús, el fariseo Simón no es sincero contigo, y está juzgando torcidamente en su interior, mientras por fuera te ofrece amablemente un banquete. Es la actitud propia del soberbio que se cree por encima, en posesión de la verdad.
No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6, 37), me recuerdas. Si veo alguna falta, en vez de murmurar, lo que debo hacer es comentársela a esa persona con intención de ayudar, como tú hiciste con Simón: le comentaste todas sus faltas de delicadeza sin amargura, sin enfado, con amabilidad.
Jesús, no me puede extrañar que, si me decido a vivir en serio mi vida cristiana, alguna gente a mi alrededor pensará (y hablará) mal de mí.
Sencillamente, no todos entienden el camino de santidad en medio del mundo: una lucha personal, interior, sin hacer cosas raras. Que no me preocupe si no entienden. Esas contradicciones me sirven para mi purificación y, si es preciso, para rectificar.
Pablo Cardona
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Jesús es el maestro de los contrastes. Y Lucas un experto en ponerlos de relieve. En el evangelio de hoy aparecen dos amigos de Jesús: uno, varón, con nombre propio (Simón); otro, mujer, sin nombre (conocida como pecadora). A partir de esta primera caracterización podemos ir construyendo una lista de contrates, empezando por los personajes.
El fariseo Simón invita a Jesús a su casa, pero no lo toca, mantiene las distancias de seguridad. Admira a Jesús, pero no sabe bien quién es ("si fuera profeta") y no acaba de fiarse. Procura ser cortés, pero se mantiene en su posición, no se entrega.
La mujer pecadora da el 1º paso: se introduce en la casa, y besa y unge a Jesús con perfume y lágrimas. No pierde el tiempo en averiguar quién es, sino que se entrega sin condiciones. No justifica su conducta, sino que deja que fluyan sus lágrimas. No pronuncia palabra, sino que su cuerpo entero se hace palabra.
¿Es necesario cavilar mucho para saltar a la arena de nuestra propia vida? El inextinguible fariseo que llevamos dentro no para de hacer preguntas para retrasar el momento de la rendición y la entrega. Puede que presumamos de ser despiertos y buscadores. Pero la mayor parte de las veces somos solo cobardes. Menos preguntas y más donación. Menos sospechas y más lágrimas. Entonces la luz llega.
Gonzalo Fernández
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Nos invita hoy el evangelio a amar al Señor, pues él nos ha perdonado mucho. A él no le importa nuestro pasado, por muy tenebroso que sea; a él sólo le importa el que nos dejemos encontrar y que recibamos su perdón. Esto indicará que en verdad él significa no sólo algo, sino todo en nuestra vida. Si él se junta con pecadores, o si él acude a banquetes, no es porque quiera dejarse dominar por el pecado, o porque quiera pasarse la vida embriagándose. Sino porque busca al pecador para intentar salvarle.
La Iglesia es santa porque su cabeza (Cristo) es santa, pero compuesta por pecadores y necesita estar en una actitud de continua conversión, abierta al perdón de Dios. Sólo así podrá convertirse en un signo del poder salvador del Señor, que vino a salvar todo lo que se había perdido. Por eso no ha de tener miedo de ir a todos los ambientes del mundo, por muy cargados de maldad que se encuentren, para llamar a todos a la conversión y a la unión plena con Dios.
¿Hasta dónde somos capaces de salir al encuentro del pecador, no para condenarle, no para señalarle como a un maldito, no para dejarnos dominar por su pecado, sino para ayudarle a encontrarse con Cristo y a recibir su perdón, de tal forma que se inicie, en su propia vida, un nuevo caminar en el amor a Dios y en el amor fraterno?
Dios no nos envió a destruir a los demás, por muy malvados que parezcan; nuestra lucha no es una lucha fratricida, es una lucha en contra del pecado; y el pecado no se expulsa acabando con los pecadores, sino amándoles de tal forma que puedan recuperar su dignidad de hijos de Dios. Saber amar, saber perdonar como Dios nos ha amado y perdonado, es la luz que fortalecerá a quienes se apartaron del camino del bien para que vuelvan a encontrarse con el Señor y vivan comprometidos con él.
José A. Martínez
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Amar y ser perdonado. Confesar la propia debilidad y agradecer la grandeza del Señor. ¡Pobre corazón humano cuando, en vez de ser generoso, como el de la Magdalena, se carcome de hipocresía y egoísmo!
¡Qué consuelo es saber que, si amo, se me perdonará. Sin embargo, en nuestras experiencias de amor y de perdón, quizá hubiéramos de modificar esas palabras del Maestro, pues a veces Dios, nuestro Padre, nos ama tantísimo, que parece perdonarnos, aun amándolo nosotros muy poco. Dios es siempre quien comienza la obra en la que desea vernos implicados con amor creciente.
¡Qué lección de la pecadora! Amaba mucho, y amaba desde su conciencia lacerada por las infidelidades que cometía; era infiel. Pero luchaba consigo misma, y un día llegó la oportunidad de quitarse todos los velos y dejar al descubierto su admiración y reconocimiento a Jesús de Nazaret. Desde ese día ya no le importaron las habladurías de los hombres y mujeres. Amaba a Jesús.
Dominicos de Madrid
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La presente unidad narrativa es característica y exclusiva de Lucas. Las principales articulaciones son: en 1º lugar, un hecho (vv.36-38); en 2º término, la reacción silenciosa del fariseo y la discusión abierta con Jesús (vv.39-46); en 3º lugar, una conclusión (v.47), cuya importancia es decisiva en orden a la interpretación del texto; y en 4º lugar, el perdón y la despedida de Jesús a la pecadora.
El contexto de esta escena es un banquete en el que Jesús es invitado y dos personajes muy distintos (un fariseo y una prostituta) se acercan a ofrecerle sus dones.
La actitud del fariseo, quien invita a Jesús a un banquete material, es de juicio y dominio, por eso se pronuncia con autoridad ante la actitud de Jesús. Se trata de la actitud típica farisaica. Tiene hecha su verdad, no necesita que nadie le enseñe.
La pecadora, por el contrario, que no ha sido invitada, se acerca a Jesús, ha descubierto quién es él, y le ofrece sencillamente lo que tiene: el perfume que utiliza para su trabajo, sus lágrimas y sus besos. Ante estos 2 personajes Jesús hace una comparación. Interpreta la actitud de la mujer como un efecto de su amor y gratuidad por haber sido comprendida y perdonada.
Esta visión de Jesús se ilumina a partir de la parábola de los 2 deudores insolventes (vv.41-43). Amará más al Señor aquél a quien le ha sido perdonada la mayor de las deudas. De este modo queda evidenciada la actitud del fariseo y de la prostituta.
Lucas nos viene a mostrar cómo Jesús ha venido a ofrecer el perdón de Dios a todos los insolventes de la tierra. La actitud típica farisaica es no aceptar el perdón; piensa que sus cuentas están claras, se siente plenamente en paz y, por lo tanto le resbalan las palabras de Jesús que aluden al don de Dios que borra los pecados.
El evangelio presente nos lleva a comprender cómo la mirada de Jesús penetra las actitudes profundas. No se queda en las apariencias, sino que mira el corazón. Así es el Dios de los cristianos, y así en buena lógica deberíamos ser también los cristianos. Ante un mundo donde se le da tanta importancia a la imagen, a las apariencias, al caparazón, a la superficie, los cristianos están llamados a ser hombres y mujeres del corazón, de la interioridad, del ser.
Confederación Internacional Claretiana
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Muchos de los contemporáneos de Jesús querían alcanzar la salvación por medio del estricto cumplimiento de la ley. Por eso, evitaban todo contacto con las personas que eran consideradas impuras: extranjeros, enfermos y pecadores; llevaban rigurosamente el descanso del sábado: no cocinaban, no comerciaban, no caminaban. Esta manera de actuar les creaba la falsa seguridad de que ya estaban salvados.
Jesús permanentemente cuestionaba esta forma de vivir la experiencia de Dios. Para él, lo más importante era el amor al hermano, al pecador e, incluso, al enemigo. Las verdaderas personas de Dios eran aquellas personas capaces de convertirse en fuente de vida para los demás.
En casa del fariseo Simón se le presentó una ocasión propicia para mostrar el modo de actuar de Dios. Simón menosprecia a Jesús porque lo considera incapaz de rechazar a la mujer impura que le acaricia los pies. Jesús, descubriendo sus pensamientos le propone una parábola.
La parábola describe la generosidad de un hombre que perdona a sus deudores. El que le debía más es quién debe manifestar mayor agradecimiento. Con esto pone en evidencia el engreimiento en que había caído Simón. Los radicales se consideraban a sí mismos los hombres justos y negaban con su actitud el perdón de Dios a los demás.
Jesús lo llama a la conversión, al cambio de mentalidad. Le señala cómo lo más importante no es la rígida disciplina religiosa, sino el amor y el agradecimiento. Por esto, Jesús anuncia el perdón de Dios a la mujer. Ella no había escogido el camino de la autojustificación, sino el camino de la humildad y el reconocimiento del propio pecado.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El hecho narrado por el evangelio de hoy nos presenta algunas novedades relativas al perdón, que Jesús reparte como si fuera suyo y que tanto escandaliza a los fariseos, los cuales se preguntan: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?
A juicio de los fariseos, Jesús se arrogaba un poder que no tenía o que no le pertenecía. Por eso, es precisamente entre fariseos, en casa de uno de ellos y en un ambiente festivo (un banquete) donde se produce la escena narrada: una mujer de la ciudad (una pecadora pública, porque si no fuera pública no se la conocería como pecadora) ungiendo los pies a Jesús.
El pecado de la mujer es patente o manifiesto porque probablemente ella sea una prostituta. De hecho, sin previo aviso entra en casa del fariseo, se arrodilla a los pies de Jesús y se echa a llorar, regando los pies del maestro con sus lágrimas, enjugándoselos con sus cabellos, cubriéndolos de besos y derramando ungüento sobre ellos. Jesús le deja hacer, desatando las críticas de los comensales.
Transcurridos estos momentos de tensión e incertidumbre, Jesús toma la palabra y se dirige a su anfitrión, el fariseo Simón, planteándole una cuestión en estos términos: Un prestamista tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?
La respuesta del fariseo es juiciosa: Supongo que aquel a quien se le perdonó más. Es decir, que a mayor condonación de deuda mayor agradecimiento, y amar más sería "estar más agradecido". La gratitud se presenta, por consiguiente, como una consecuencia del perdón. Hasta aquí, el juicio del fariseo Simón.
Tras esta breve interlocución, Jesús traslada al fariseo a la situación de esa mujer que acababa de sembrar el desconcierto entre los invitados, que no dejan de murmurar entre dientes: Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.
Esta mujer, le dice Jesús a Simón, ha hecho por mí lo que tú te has ahorrado: Me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Y desde que entró no ha dejado de besarme los pies y me los ha ungido con perfume. Ha hecho, por tanto, mucho más de lo que manda hacer la cortesía con un huésped de honor.
Esta secuencia de acciones es indicativa de que el amor de la mujer está fluyendo en su corazón y está aflorando por sus ojos y sus manos. Y ese ímpetu amoroso le ha llevado a hacer lo que ha hecho por Jesús, desafiando los respetos humanos y contraviniendo normas sociales. Por eso, dice Jesús, porque tiene mucho amor, le son perdonados sus muchos pecados.
Según esto, el amor (= gratitud) no sería la consecuencia del perdón, sino la causa del perdón. Ése es el juicio de Jesús, justo lo contrario de lo que pensaba Simón. Es decir, porque ha dado muestras de tener mucho amor, merece recibir su perdón.
El amor de Jesús es un amor obsequioso, capaz de sobreponerse a obstáculos y dificultades, ansioso de oír una palabra de perdón, anhelante de un bálsamo saludable para un angustiado corazón que no soporta ya el peso de la culpa. Es un amor que nace, por tanto, de la conciencia del pecado, del sentimiento de indignidad, hasta el punto de acudir a un sanador en el que ha depositado su fe y esperanza.
El amor es, por tanto, la causa del perdón. Pero también es su efecto, pues porque ama mucho, mucho se le perdona, y al ser perdonado mucho, mucho amará, inmensamente agradecido al don recibido. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama, y al que tiene conciencia de haber recibido poco (un bien de escaso valor), tendrá poco que agradecer. La historia demuestra que de grandes pecadores han salido grandes santos, y San Agustín nos puede servir de ejemplo.
El pecado no es, por tanto, un impedimento para el perdón ni para el amor, sino el no tener conciencia de pecado. Ése es el gran impedimento para el perdón, por haber perdido la capacidad de reconocer la propia culpa. Del mismo modo, el gran obstáculo para la gratitud es el no tener conciencia de lo mucho que hemos recibido. El amor a los demás brota siempre de la conciencia de los dones recibidos, y cuando el don recibido es el perdón, crecen los motivos para estar agradecidos.
Aquella mujer oyó decir: Tu fe te ha salvado, vete en paz. Y se fue en paz. La fe en Cristo Jesús le había devuelto la paz, y desde entonces hemos de suponer que aquella mujer vivió marcada por esta fe y por este amor. ¡Qué hay de extraño en suponerla una buena discípula de Jesús!
Reconozcamos nuestros pecados, más aún, confesémoslos, y seremos perdonados. No olvidemos que en la absolución hay dicha: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado.
Act:
17/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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