14 de Septiembre
Lunes XXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 septiembre 2026
a) 1 Cor 11, 17-26.33
Escuchamos hoy el texto más antiguo sobre la institución de la eucaristía, generando un interés doble. Doble pues aunque Pablo lo transmite como una de las tradiciones que legó a la Iglesia de Corinto (1Cor 11, 2), por otra parte nos explicita su pensamiento teológico.
La tradición que el apóstol transmite no la ha recibido directamente del Señor, sino que la ha aprendido de la Iglesia. Eso no quita que él haya tenido personalmente revelaciones, pero una cosa es haber recibido la fe y la misión directamente del Señor, y otra haber sido instruido sobre el contenido de la fe y las prácticas cristianas. Pablo, que había cuidado de contrastar con los demás apóstoles la doctrina que predicaba, da aquí fe de una tradición que no arranca de él, y que, para ser fiel, él no puede modificar.
Las palabras de la tradición paulina sobre el pan y el vino se apartan bastante de las que reproducen los evangelistas Mateo (Mt 26, 28) y Marcos (Mc 14, 24), los cuales recortan bastante las palabras sobre la copa, con el fin de conseguir un paralelismo con las pronunciadas sobre el pan. Ese paralelismo será perfecto en Justino (Apología, LXVII, 3), aunque, en todo caso, el texto de Pablo es el que recoge la tradición litúrgica más antigua.
Con respecto al pensamiento teológico de Pablo, hay que resaltar 2 puntos. En 1º lugar, es evidente que la acción eucarística que realiza la comunidad cristiana está íntimamente relacionada con la muerte del Señor (v.26). La Iglesia, repitiendo la última cena del Señor, vive en comunión con él y proclama incesantemente su Pascua, hasta que ella misma la celebre con plenitud en la parusía.
En 2º lugar, está claro que la eucaristía, al mismo tiempo que edifica la Iglesia, supone una probada comunión fraterna. El que no valora el pan eucarístico deberá responder del cuerpo del Señor (v.27), y el que participa indignamente (sin comunión de amor con los otros) come su propia condenación (v.29).
Antón Sastre
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Los corintios celebraban la eucaristía durante una comida que llamaban ágape. Y hoy Pablo les reprocha hacer de ella precisamente todo lo contrario de lo que ha de ser un encuentro familiar: "Hermanos, os amonesto por vuestras asambleas, que son más para mal que para bien. Pues cuando os reunís, hay entre vosotros divisiones, y cada uno se apresura a comer su propia cena".
En concreto, Pablo les reprueba dos cosas:
-las
divisiones entre ellos, pues se forman grupos separados unos de los otros, como
uno de los principales fallos de la Iglesia de Corinto (1Cor 1-12);
-las desigualdades chocantes entre ellos, pues las personas ricas se agrupaban en
las mismas mesas y comían mejor, mientras que los pobres tenían que contentarse
con lo poco que podían meter en su cesta.
En efecto, una asamblea se empieza a dispersar cuando cada uno va a lo suyo, aparte de dar un contra-testimonio de Jesucristo. Celebrar el "cuerpo de Cristo" no supone sólo respetar las especies sacramentales, sino también prestar atención a los hermanos, y cuidar muy particularmente ese signo del "cuerpo de Cristo" que da o no da nuestra asamblea. ¿Somos "un solo cuerpo" en Cristo? ¿Y también en la vida corriente, y fuera de la misa?
Respecto a la "cena del Señor", es una lástima que se hayan abandonado expresiones tan hermosas como éstas. Los primeros cristianos no hablaban nunca de misa (término muy poco significativo), sino que hablaban de la "cena del Señor", de "fracción del pan", de eucaristía y de ágape. En todo caso, los cristianos vamos a misa, vamos a la "cena del Señor".
Por otro lado, también alude Pablo a que no concibe una eucaristía sin que los asistentes comulguen, pues "nadie va a una cena y se queda en un rincón". En todo caso, sentencia Pablo, "os he transmitido lo que recibí de la tradición que viene del Señor".
Admirable y modesta fórmula, pues Pablo no inventa la eucaristía, ni hay nadie que la invente, sino que esto "viene del Señor". Y el signo de estar en la verdad es estar "en comunión con el conjunto de la Iglesia", recibiendo la enseñanza común de los apóstoles. Una enseñanza que describe Pablo a la perfección:
"La noche misma en que fue entregado, el Señor Jesús tomó pan y dijo: Esto es mi cuerpo entregado por vosotros, y esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cada vez que comáis de este pan y bebáis de esta copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que venga".
En todo caso, Pablo está mucho más atento a los gestos y a los comportamientos mantenidos en la eucaristía (sobre todo tras la conducta escandalosa de los corintios), que a las prescripciones estrictamente litúrgicas del celebrante. Pues lo esencial es "proclamar la muerte del Señor", que Jesús se "ha entregado" y "ha amado hasta el fin", hasta "morir por nosotros". ¿Podríamos comulgar nosotros con esto, y luego vivir como unos individualistas y egoístas?
Recuerda Pablo, así, el "haced esto en memoria mía" de Jesús. Es decir, que la eucaristía es una acción: "Haced".
Noel Quesson
* * *
Las reuniones eucarísticas no van bien en Corinto, y por eso Pablo les acusa duramente: "Estáis indispuestos para comer la cena del Señor", viniéndoles a decir que eso que celebran no es la eucaristía que Cristo pensó. Más aún, les reprocha que "vuestras reuniones causan más daño que provecho".
El pecado de los corintios era la falta de fraternidad, y cuando se reunían para la eucaristía (en una casa particular) cenaba cada uno lo que había traído, sin compartirlo. Y así, unos comían abundante comida, y otros apenas lo necesario, pues los ricos no esperaban a los que venían después, y tampoco les hacían partícipes de su comida.
¡Vaya preparación inmediata para celebrar la eucaristía! Sobre todo porque, como recuerda Pablo, "os dividís en bandos", y "cada uno se adelanta a comer su propia cena", y "mientras uno pasa hambre, el otro está borracho". Por todo lo cual, concluye Pablo, "despreciáis a la Iglesia de Dios", aparte de "humillar a los pobres".
El razonamiento de Pablo es éste: que lo que Jesús instituyó es justo lo contrario de lo que pasa en Corinto. Jesús se entregó por todos, en la cruz y en el sacramento ("mi cuerpo por vosotros"), y encargó celebrar este sacramento "en memoria mía". Y si trae este razonamiento a colación, es para mostrar que lo ordenado por Jesús no se estaba celebrando bien, pues ¡vaya memoria hacen los corintios de un Jesús que se entregó por ellos, cuando no son capaces de esperar a los que llegan tarde y de compartir con ellos lo que tienen!
La eucaristía nos une con Cristo, pues "el que me come permanece en mí y yo en él". Pero también nos debe unir con los hermanos. Y esta 2ª dirección es la que fallaba en Corinto.
Pero ¿sólo en Corinto, y no hoy día? Pues ¿no podría dirigirnos una carta parecida Pablo a nosotros? Sobre todo, porque nos echaría en cara que somos capaces de compaginar tranquilamente nuestra misa con nuestra falta de fraternidad. ¿O no es verdad que nada más salir de misa, nos olvidamos de los ancianos, o hacemos el vacío al que nos resulta antipático?
En todo caso, "comemos el pan partido, que es Cristo mismo, entregado por todos". Se trata del relato de la eucaristía más antiguo que se posee, porque cuando lo escribe Pablo todavía no se habían escrito los evangelios.
Nuestro Misal nos ayuda a mejorar esta dirección horizontal de la celebración, y el Padrenuestro nos hace decir "perdónanos como nosotros perdonamos". E incluso la eucaristía nos invita a "darnos fraternalmente la paz" como símbolo de unidad. E incluso vamos a comulgar en procesión, cantando unos junto a otros, y participando posiblemente del mismo cáliz.
Cada eucaristía nos debe hacer crecer en fraternidad, porque como dice el Catecismo, "para recibir en verdad el cuerpo y la sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos" (CIC, 1397).
José Aldazábal
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Para nosotros, creyentes, las palabras de hoy de Pablo son de gran alcance. Pero sí se nos quedan en meras palabras, y el espíritu de la verdad y del amor no las acompaña, de poco nos servirán. Pablo está muy preocupado con la Iglesia de Corinto, y la ama tanto que no puede permitir que se divida en ideas y clases sociales, como por lo visto sucede en sus asambleas. Por supuesto, que eso suceda es más o menos normal (aunque los hechos duelan), pero hacerlo en la mesa del encuentro con Cristo, ¿puede consentirse?
Dura lección, pues, la que les da a los corintios, y nos da a todos nosotros, hoy Pablo: ¡mezclar las apetencias e intereses humanos con los valores del Reino! Apartemos la mirada del clasismo que emerge en Corinto, y escuchemos al Maestro en silencio, porque él sabe hablar al corazón.
El esquema que propone Pablo sobre la celebración de la eucaristía, llamada "cena del Señor", ya no se tiene en pie, y ha evolucionado mucho. Sin embargo, hay algo importante en ese tipo de celebración: la asamblea abierta y la comida fraternal.
Otra cosa que hemos de meditar es la de contemplar todos los tipos de gentes que acuden a la eucaristía. Algunos llegan a misa hartos de todo, gracias a su condición económica desahogada. Mientras que otros, faltos de todo a causa de su pobreza, llegan tras sufrir graves injusticias.
El Señor nos invita a celebrar la eucaristía no sólo como un rito, sino como una vida que se recibe para que tengamos vida, y esta vida podamos darla a los demás. Lo que hemos recibido del Señor es lo mismo que hemos de transmitir y entregar a los demás: nuestro cuerpo que se entrega por ellos, para que todos lleguen a disfrutar de una vida cada vez más digna. Y nuestra sangre que se derrama para el perdón de los pecados, por unirse al sacrificio de Cristo en la cruz.
En esa entrega eucarística han de incluirse nuestro sacrificios cruentos e incruentos, como hizo Cristo en su propia entrega eucarística. Es la manera en que su gracia llegue a todos, y la mejor manera de "hacer esto" en memoria suya. ¿Será esta la forma en que estamos celebrando nuestra eucaristía?
Dominicos de Madrid
b) Lc 7, 1-10
Al término del Discurso Programático, dirigido a Israel, Jesús entra en Cafarnaum (v.1). Hay, por tanto, un cambio de escenario: hemos dejado el llano (lugar de sosiego y tranquilidad) y entramos en la ciudad de Cafarnaum (encrucijada de comerciantes y de culturas), pasando del mundo judío al mundo cosmopolita romano, pagano y helénico.
A continuación, Lucas, con los trazos típicos de los personajes representativos (el esclavo de cierto centurión, el centurión o representante romano, el hijo que a punto de morir) describe la triste situación del paganismo, bajo el peso del poder constituido y jerárquicamente organizado: "Porque yo estoy bajo la autoridad de otros, y tengo soldados a mis órdenes. Y si le digo a uno que se vaya, se va; y si le digo a otro que venga, viene; y si le digo a mi siervo que haga algo, lo hace" (v.8).
Las categorías de poder que presiden desde el vértice de la pirámide tanto las relaciones sociales ("subordinado") como las familiares ("esclavo") llevaban inexorablemente a la muerte de la sociedad, aunque las relaciones entre el superior y el subordinado fuesen óptimas ("al que apreciaba mucho"; v.3).
La proclama de Jesús dirigida al pueblo de Israel ha llegado a oídos de los paganos que conviven con los judíos ("oyendo hablar de Jesús"; v.3a) y suscita en el paganismo la esperanza de que Jesús puede reparar su situación desesperada. No obstante, la manera que tiene el paganismo de contactar con Jesús es únicamente posible a través de la mediación del judaísmo: "Le envió unos notables judíos, para rogarle que fuera a salvar a su esclavo" (v.3b).
Como se ve, no se trata aún del paganismo como tal, sino de paganos que están en inmejorables relaciones con el judaísmo: "Se presentaron a Jesús y le suplicaron encarecidamente: Merece que se lo concedas, porque quiere a nuestra nación y es él quien nos ha construido la sinagoga" (vv.4-5).
Lucas evita que Jesús entre en contacto directo con el paganismo, cuando dice que "no estaba ya lejos de la casa" (v.6b); "no soy quién para que entres bajo mi techo" (v.6d); "tampoco me atreví a ir en persona" (v.7a). Y suele reservar este contacto a la Iglesia, en su futura misión apostólica (Hch 13). Pero deja bien claro que el mensaje liberador de Jesús no se circunscribe a Israel: "Al volver a casa, los enviados ("los amigos del centurión"; v.6c) encontraron al esclavo sano" (v.10).
Ni el centurión romano, ni su siervo, tienen nombre propio, porque para Lucas todavía no ha llegado el momento del paganismo. En los Hechos de los Apóstoles, en cambio, el personaje que representa al paganismo oficial, adicto al cristianismo, viene designado por su nombre: Cornelio (Hch 10, 1-2.22), e incluso Pedro entrará en su casa de forma oficial (Hch 10, 25.28-29; 11,3).
La descripción es programática: el mensaje liberador de Jesús, que por razones históricas tenía que predicarse primero a Israel, no tiene fronteras. No son los lazos de sangre los que determinan la pertenencia al reino, sino la adhesión a Jesús. Al oír esto, Jesús se quedó admirado y, volviéndose hacia la multitud que lo seguía, dijo: "Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe" (v.9).
La multitud "que lo seguía" representa a los seguidores israelitas. Jesús constata un hecho que da que pensar: Israel no tiene fe, no cree en la acción liberadora de Dios en la historia, a pesar de que se considere el pueblo de Dios. Aunque se refiere al Israel histórico, la lección va dirigida a los discípulos, la multitud de seguidores israelitas que le han dado la adhesión, a los que pone entre la espada y la pared: la fe propiamente sólo la ha encontrado en el paganismo, tan menospreciado por ellos.
Josep Rius
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Para respetar la prohibición hecha a los judíos de entrar en la casa de un pagano, Jesús es llevado hoy a hacer un milagro a distancia, realizado por la Palabra sola. En el curso de su vida de taumaturgo sólo realizará dos milagros de este tipo (vv.1-10).
Normalmente Jesús cura mediante un contacto físico y silencioso, como si su cuerpo poseyera cierta fuerza vital especial que Él no siempre podía controlar (Mc 5,30; 6,5).
Generalmente Jesús controla su poder de taumaturgo tocando a los enfermos o "imponiendo las manos". Pero este gesto es aún insuficiente para expresar que se asume realmente la responsabilidad del acto realizado; otros relatos de milagros se preocupan por mostrar cómo Jesús acompaña a su gesto curador con una palabra (Mt 8,3; Mc 5,41). Esta expresa claramente la intención de Cristo, mientras que el gesto la lleva a su expresión más completa.
En la curación del siervo del centurión Jesús se contenta con la palabra y responde así al elogio de la eficacia de la palabra pronunciada por el centurión (vv.7-9). No será ocioso recordar que el rito de comunión se lleva a cabo mientras los fieles expresan su fe en los mismos términos que el centurión: "Di solamente una palabra".
La liturgia cristiana se ha liberado al máximo del rito y de la magia, para basarse únicamente en la "sola Palabra": la palabra que resonó en el corazón de Jesús en su Pascua, la palabra que nos acompaña implícitamente durante nuestra vida cristiana, la palabra, finalmente, que el rito expresa haciendo una llamada a la fe y poniendo al cristiano en relación explícita con Cristo.
El mundo de hoy se pregunta si existe todavía una palabra del Señor. Si se recurre a ella después del fracaso de las palabras humanas, se corre el riesgo, evidentemente, de no comprender nada. La Palabra del Señor no se distingue de nuestras propias decisiones, pero da a los acontecimientos su dimensión última.
Después de muchas dudas, el hombre la adopta como la que da mayor significación a sus acciones. Esta voz cura del egoísmo, da valentía, pero no dispensa jamás de la inquietud ni de la decisión. Solamente los hombres que no han percibido jamás un más allá de su vida, como, por ejemplo, el fariseo bloqueado en el legalismo, o el pagano apegado a la carne, son incapaces de oírla. ¡Dichosos los centuriones modernos cuyo corazón y cuyo oído están a la escucha!
Maertens-Frisque
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El centurión del evangelio de hoy era uno de aquellos paganos a los que ya no satisfacían los mitos politeístas, cuya hambre religiosa no se saciaba con la sabiduría de los filósofos y que, por consiguiente, simpatizaba con el monoteísmo judaico y con la moral que de él derivaba.
Era temeroso de Dios, profesaba la fe en el Dios único, tomaba parte en el culto judío, pero todavía no había pasado definitivamente al judaísmo. Buscaba la salvación de Dios. Su fe en el Dios único, su amor y su temor de Dios lo manifestaba en el amor al pueblo de Dios y en la solicitud por la sinagoga que él mismo había edificado. Sus sentimientos se expresaban en obras.
Los ancianos de los judíos, miembros dirigentes de la comunidad, ven en Jesús a un hombre por el que Dios hace favores a su pueblo. Están convencidos de que Dios sólo otorga tales favores a su pueblo, pero esperan que haga una excepción con el centurión por los méritos que se ha granjeado con el pueblo de Dios, y que se muestre también clemente con el pagano. Sin embargo, estiman que la pertenencia a Israel es condición necesaria para la salvación (Hch 15, 5).
Los ancianos de los judíos consideraban necesaria la presencia de Jesús para la curación del enfermo. En cambio, el centurión atribuye eficacia a la sola palabra de Jesús. Por su experiencia del mundo militar, la considera como orden de mando y acto de autoridad. Tal palabra causa lo que expresa. Independientemente de la presencia del que la profiere hace llegar a todas partes el poder salvador. Con esta palabra basta para que se expulsen los poderes malignos y se reciba la salvación.
Fernando Camacho
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En el pasaje de hoy vemos a Jesús entrar en Cafarnaum, donde un centurión del ejército romano tenía un siervo a quien estimaba mucho, que estaba enfermo y a punto de morir. Este oficial era un pagano, pero el mismo Jesús dijo de él que "que no había encontrado una fe tal en toda Israel".
En nuestro mundo de hoy, en el que están mezcladas tantas razas y religiones, nos resulta muy conveniente constatar que Jesús tenía ideas muy amplias y abiertas... en contradicción con la actitud corriente de su tiempo, que era muy particularista.
El centurión había oído hablar de Jesús, y le envió unos notables judíos para rogarle a Jesús que fuera a curar a su siervo, diciéndole que "merece que se lo concedas, porque quiere a nuestra nación y es él quien nos ha construido la sinagoga".
Ese pagano, también como Jesús, tenía ideas amplias y abiertas: de su propio bolsillo había pagado la construcción de una sinagoga. Quizá era de esos paganos a los que no les satisfacían los mitos groseros del politeísmo. Entre los paganos y los incrédulos que me rodean ¿no los hay que se interrogan y que buscan la verdad?
Jesús se fue con ellos. No estaba ya lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes, que yo no soy quién para que entres bajo mi techo. Por eso tampoco me atreví a ir en persona a encontrarte".
Lucas recuerda pues aquí la rigurosa Ley de la época que prohibía formalmente, so pena de mancha ritual, entrar en casa de un pagano. Ese será el reproche que se hará a Pedro, unos años más tarde (Hch 11, 3). El pagano conoce bien esa barrera que separaba a los judíos y a los despreciados. Y Lucas subraya que es ésta precisamente la razón por la que no ha querido hacer él mismo la gestión, para no manchar a Jesús: fina delicadeza. ¿Somos nosotros, como lo fue el centurión, respetuosos con las mentalidades de los demás?
"No merezco que entres bajo mi techo", dijo el centurión a Jesús. Hay sin duda en esa fórmula algo más que el tabú racial o religioso: es probable que, aun confusamente, ese hombre haya captado que Jesús estaba en relación con Dios... y se ha encontrado verdaderamente indigno de encontrarse en presencia de Dios. En todo caso ¡es maravilloso pensar que la Iglesia no ha hallado fórmula mejor para poner en nuestros labios en el momento que nos acercamos a la eucaristía! Repito esa fórmula de humildad, de verdad. Rezo...
"Con una palabra tuya se curará mi criado", dijo también el centurión a Jesús. Habitualmente, Jesús solía hacer un gesto corporal en cualquier tipo de curación (tocaba, imponía la mano...). Ante la fe de ese pagano, Jesús es llevado a hacer un milagro a distancia, sin gestos y con su sola palabra. Realmente, el oficial se fiaba de Jesús, pues de lo contrario no hubiera explicado su propia experiencia sobre la palabra dada: Yo digo a mis subalternos ve, y ellos van".
Al oír esto, Jesús se quedó admirado, pues la fe debe ser ese 6º sentido, que nos permita percibir unas realidades nuevas, e invisibles a los sentidos corporales. Y ese centurión romano, realmente lo tenía. Dichosos ellos, paganos modernos o cristianos, que mantienen su corazón a la escucha de esas realidades misteriosas y que no aceptan estar solamente clavados a la materia y al tiempo. Lo eterno está aquí.
Noel Quesson
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Jesús hace hoy un milagro en favor de un extranjero, que, además, es un oficial, jefe de centuria del ejército romano de ocupación. Según los informes que le dan a Jesús, es buena persona, simpatiza con los judíos y les ha construido la sinagoga.
La actitud de este centurión es de humilde respeto: no se atreve a ir él personalmente a ver a Jesús, ni le invita a venir a su casa, porque ya sabe que los judíos no pueden entrar en casa de un pagano. Pero tiene confianza en la fuerza curativa de Jesús, que él relaciona con las claves de mando y obediencia de la vida militar.
Jesús alaba la fe de este extranjero. Después de tantos rechazos entre los suyos, es reconfortante encontrar una fe así: "os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe".
Cuando Lucas escribe el evangelio, la comunidad eclesial ya hacia tiempo que iba admitiendo a los paganos a la fe, por ejemplo en la persona de otro centurión romano, Cornelio, que se convirtió con toda su familia. Entonces (Hch 10, 34) sacaron la conclusión de que "realmente, Dios no hace distinción de personas". ¿Sabemos reconocer los valores que tienen los otros, los que no son de nuestra cultura, raza, lengua, religión? ¿Sabemos dialogar con ellos, ayudarles en lo que podemos? ¿Nos alegramos de que el bien no sea exclusiva nuestra?
La actitud de aquel centurión y la alabanza de Jesús son una lección para que revisemos nuestros archivos mentales, en los que a veces a una persona, por no ser de los nuestros, ya la hemos catalogado poco menos que de inútil o indeseable. Si fuéramos sinceros, a veces tendríamos que reconocer, viendo los valores de personas como ésas, que "ni en Israel he encontrado tanta fe".
La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, se abrió más claramente al diálogo con todos: los otros cristianos, los creyentes no cristianos y también los no creyentes. ¿Hemos asimilado nosotros esta actitud universalista, sabiendo dar un voto de confianza a todos? ¿o estamos encerrados en alguna clase de racismo o nacionalismo, por razón de lengua, edad, sexo o religión? ¿somos como los fariseos, que se creían ellos justos y a los demás los miraban como pecadores?
Tenemos que empezar por ser humildes nosotros mismos. Cuando nos preparamos a acudir a la comunión eucarística, repetimos cada vez (ojalá con la misma fe y confianza que él) las palabras del centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".
José Aldazábal
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Hoy nos enfrentamos a una pregunta interesante. ¿Por qué razón el centurión del evangelio no fue personalmente a encontrar a Jesús y, en cambio, envió por delante algunos notables de los judíos con la petición de que fuese a salvar a su criado?
El mismo centurión responde por nosotros en el pasaje evangélico: "Señor, ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado" (v.7). Aquel centurión poseía la virtud de la fe al creer que Jesús podría hacer el milagro (si así lo quería) con sólo su divina voluntad.
La fe le hacía creer que, prescindiendo de allá donde Jesús pudiera hallarse, Él podría sanar al criado enfermo. Aquel centurión estaba muy convencido de que ninguna distancia podría impedir o detener a Jesucristo, si quería llevar a buen término su trabajo de salvación.
Nosotros también estamos llamados a tener la misma fe en nuestras vidas. Hay ocasiones en que podemos ser tentados a creer que Jesús está lejos y que no escucha nuestros ruegos. Sin embargo, la fe ilumina nuestras mentes y nuestros corazones haciéndonos creer que Jesús está siempre cerca para ayudarnos. De hecho, la presencia sanadora de Jesús en la Eucaristía ha de ser nuestro recordatorio permanente de que Jesús está siempre cerca de nosotros.
San Agustín, con ojos de fe, creía en esa realidad: "Lo que vemos es el pan y el cáliz; eso es lo que tus ojos te señalan. Pero lo que tu fe te obliga a aceptar es que el pan es el cuerpo de Jesucristo y que en el cáliz se encuentra la sangre de Jesucristo".
La fe ilumina nuestras mentes para hacernos ver la presencia de Jesús en medio de nosotros. Y, como aquel centurión, diremos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo" (v.6). Por tanto, si nos humillamos ante nuestro Señor y Salvador, él viene y se acerca a curarnos. Así, dejemos a Jesús penetrar nuestro espíritu, en nuestra casa, para curar y fortalecer nuestra fe y para llevarnos hacia la vida eterna.
John Sistare
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La historia del encuentro virtual de Jesús con el centurión romano tiene varios vértices escandalosos: 1º el centurión ha construido una sinagoga; 2º los judíos de renombre son amigos suyos (o sea, colaboracionistas con el régimen de ocupación); 3º no está muy clara la relación entre el centurión y su criado; 4º en ningún momento el centurión se presenta a Jesús, se sirve de intermediarios: los dirigentes judíos y unos amigos.
La reacción de Jesús se desarrolla según un guión imprevisto y desconcertante, que rompe con el esquema habitual de los milagros: 1º no entra en relación directa con el enfermo; 2º accede a la petición de los dirigentes judíos y posteriormente a la de los amigos; 3º alaba la fe del centurión, un no judío al que se le podía acusar de varias cosas.
Si la conducta de Jesús nunca nos sorprendiera, si Jesús no nos escandalizara alguna vez, ¿podríamos tener la certeza de estar ante el Jesús real?
Hoy día, el guión de la Iglesia es demasiado previsible. Casi siempre se sabe de antemano lo que va a decir o a hacer en relación con los asuntos más debatidos en la sociedad. Hay poco espacio para la sorpresa. Sabemos bien cuál es la doctrina sobre la sexualidad, la economía, las relaciones humanas. Esta previsibilidad solemos interpretarla en clave de coherencia, pero ¿no será también resultado de la falta de verdadera fe?
Gonzalo Fernández
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Jesús, hoy te diriges a la casa del centurión por la insistencia de unos ancianos judíos que te piden ese favor. El centurión es una buena persona, respetuoso con el pueblo judío, a pesar de ser oficial de un ejército extranjero. Además, no pide para sí, sino para su criado a quien estimaba mucho.
Jesús, de la misma manera que el centurión buscó la intercesión de personas que estaban más cerca de ti, quieres que yo también busque la intercesión de los santos. Los santos, al estar muy cerca de ti, me pueden ayudar a presentarte mis necesidades o las de los que conviven conmigo. Como dice el Catecismo de la Iglesia:
"Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos a Cristo, éstos consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad, sin dejar de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra. Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (CIC, 956).
Sin embargo, Jesús, lo que realmente te remueve y provoca el milagro es la gran fe del centurión: "Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe". Fe que, por ser auténtica, está basada en la humildad: "No soy digno de que entres en mi casa". Sin la virtud humana de la humildad, es difícil que me concedas la virtud sobrenatural de la fe.
Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti, incluso cuando también percibes todo el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro. Sí, también entonces, ten presente esa llamada de Dios. Jesucristo, que es Dios, que es hombre, me entiende y me atiende porque es mi hermano y mi amigo.
Jesús, te quiero poco: no sé corresponder a tu amor. Soy de carne y de orgullo: a la que me descuido, sólo me importan mis planes, mis gustos, mis apetencias. Me olvido de ti, de lo que me pides, y voy a la mía. Y, luego, me arrepiento y siento el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro.
En esos momentos de íntima conversión, me dirijo a ti como el centurión: no soy digno de que entres en mi casa. No merezco recibirte en la comunión; me veo manchado: mi alma no está en condiciones de recibir al Autor de la gracia. Pero sé que si me arrepiento con humildad y recibo el sacramento de la confesión, tú me entiendes y me atiendes (me perdonas) porque, además de Dios, eres mi hermano y mi amigo.
Jesús, una vez limpio te puedo recibir en la comunión, y entonces tú me llenas con tu gracia y con tu fortaleza y con tu amor. Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti. Jesús, quieres vivir en mí. Que no te cierre las puertas, que busque la intercesión de la Virgen y de los santos, que trate de hacer buenas obras y que imite al centurión en su fe y humildad.
Pablo Cardona
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Los ancianos que son enviados hoy a Jesús, para interceder por el criado del oficial romano, apelan a que el oficial se merece que se le conceda lo que pide, en tanto quiere al pueblo y ha construido la sinagoga de Cafarnaum.
Se trata de una actitud muy humana esa de pedir recompensas, o recibir castigos por nuestras acciones. Así catalogamos las acciones humanas y así creemos que es nuestra relación con Dios, quién nos premiará cuando hacemos el bien y nos castiga cuando hacemos el mal.
Sin embargo, esa no es la forma de actuar de Dios. Recibir sanación no dependerá de si lo merecemos o no. Es cuestión de fe. Es así como Jesús se admira de la fe que ha encontrado en el oficial y hoy por hoy su acto es recordado en la eucarística en tanto en el acto de consagración repetimos sus palabras: "Señor, no soy digna de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme". Ojalá el Señor encuentre la misma fe en cada uno de nosotros.
Miosotis Nolasco
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Por comparación de las cosas visibles nos acercamos a la realidad de las cosas invisibles, así sucede con el centurión que tenemos en la escena. Él contaba con soldados que estaban bajo sus órdenes y era obedecido con prontitud. Desde la experiencia de su poder terreno, que manda y las cosas se hacen, cree que una orden de Jesús es suficiente para que su soldado sea curado.
La confianza en sí mismo es el trampolín que le lanza a la confianza en Jesús, y es que sólo desde la realidad de nuestro ser, personas pobladas por la fuerza del Espíritu, somos capaces de confiar en los otros siendo esta confianza la fuente de toda bendición.
Señor de poder y misericordia que haces con tu poder cuanto quieres, te pedimos quieras sanar nuestras enfermedades, limpiar nuestros corazones y darnos la paz del alma. Te lo pedimos por tu infinita bondad para con los hombres.
Ernesto Caro
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Podríamos preguntarnos ¿quién, o quienes se encargarían de meter en la cabeza del oficial romano todas esas ideas de la santidad reservada sólo a los judíos, que le impidió acercarse personalmente a Jesús y de recibirlo en su casa? Sus amigos, los ancianos de los judíos, hablarán por él ha Jesús. ¿No serían los mismos que construyeron las barreras entre Jesús y el oficial romano? ¿No serían los mismos que urgieron a ese oficial a impedir que un judío enterara en la casa de un gentil?
A pesar de lo universal de la Iglesia, nosotros mismos, además de la vivencia personal de la fe, pues ésta es una respuesta que cada uno da al Señor, sabiendo que la fe se vive en comunidad, podríamos propiciar el vivirla en grupos totalmente cerrados alegando una y mil razones, que más que manifestar la universalidad de nuestra fe, nos manifestarían ante los demás como una Iglesia convertida en un grupo cerrado de iniciados al que, cuando algún "despistado" se adhiriera, causaría incomodidad entre los presentes y se le invitarían a retirarse, en lugar de ganarlo también para Cristo, recibiéndolo como hermano.
Ojalá que aprendamos todos a dar una respuesta comprometida al Señor que nos dice "ven". Para qué estemos con él y nos dejemos instruir con sus palabras y ejemplo, de tal forma que después le obedezcamos cuando nos dice "ve". Y vayamos así a anunciar a los demás el evangelio de la gracia que se nos ha confiado. Un anuncio que, por cierto, deberá ir más allá de la proclamación hecha con los labios, pues el Señor mismo nos dice: "Haz esto". Y ojalá que realmente lo hagamos, para que no sólo seamos predicadores, sino testigos del evangelio.
José A. Martínez
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En el pasaje de hoy, Lucas nos muestra cómo Jesús es acogido por un pagano que cree. La característica lucana que emerge con más fuerza es la humildad del personaje: "Señor, no te molestes más, porque soy bien poca cosa para recibirte en mi casa" (v.6).
De este modo se hace hincapié en una actitud típicamente cristiana, frecuente en el evangelio de Lucas: "se fijó en la condición humilde de su esclava" (Lc 1, 48.51-53), "humilla al que se eleva, y eleva al que se humilla" (Lc 14, 11); , "no se atrevía levantar los ojos al cielo" (Lc 18, 9-14), "desconfiad de los primeros asientos" (Lc 20, 46).
La fe del centurión pagano (que aprecia y respeta las tradiciones judía), es puesta en evidencia en contraposición a la poca fe de Israel. Esto despierta la admiración de Jesús. De este modo, introduce Lucas un tema que es a su vez una constante en su evangelio: la universalidad de la salvación. La fe no se limita a un pueblo, a una cultura, a una raza. La humanidad (todas la buenas obras) y humildad del centurión, constituyen un auténtico comienzo en el caminar de la salvación.
Lo más significativo de todo el relato, es la insistencia, la itinerancia del centurión que revela la profundidad de su fe. No se queda en buenas obras, como los judíos. Este pagano avanza hasta introducirse en la intimidad de la fe y acepta a Jesús como aquel que viene de Dios y tiene poder para lograr que el mundo encuentre la salvación (simbolizada en la curación del enfermo).
Confederación Internacional Claretiana
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La escena de hoy tuvo lugar en Cafarnaum, donde se nos muestra a un centurión como modelo de lo que hoy llamaríamos ecumenismo. A pesar de no ser judío, quiere al pueblo judío y le ha construido una sinagoga. De talante abierto, favorece a otros que no son de su círculo de creencias.
Por lo demás, mantiene unas relaciones ejemplares con su empleado, a quien estimaba mucho. El centurión no excluye en su vida la doble situación de siervo-señor, pero la estima que tiene hacia su empleado la hace más humana. La relación de subordinación que hay entre él y sus soldados es la que el centurión reconoce como existente entre Jesús y la enfermedad.
A pesar de no ser discípulo de Jesús, lo conoce bien. Para el centurión no es necesario que Jesús llegue a su casa a curar a su siervo; basta con que aquél lo ordene de palabra. Pero en este caso no será ni siquiera necesaria la orden de Jesús; bastará con la fe del centurión.
Este relato de milagro es un tanto especial. No sucede como en otros en los que es Jesús mismo quien cura tocando o hablando al enfermo. Es la fe del centurión la que hace el milagro, sin necesidad de intermediarios judíos (los notables) o paganos (los amigos del centurión). Lo allí sucedido es un buen ejemplo de lo que Jesús mismo dice en el evangelio: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a aquella montaña que venga aquí, y vendría. Y nada os sería imposible" (Mt 17, 20).
Aquel centurión mostró la fe idónea para hacer milagros; una fe tan grande no encontró Jesús entre los que era de esperar que la tuvieran, los judíos, que confiaban en un sistema incapaz de curar y salvar.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista narra hoy que, al entrar Jesús en Cafarnaum, un centurión romano, que tenía enfermo de gravedad a un criado a quien estimaba mucho, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que fuera a curar a su criado. Los judíos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente que atendiera la petición del centurión romano, porque había mostrado mucho afecto al pueblo judío y les había construido la sinagoga.
Jesús, respondiendo positivamente y con prontitud a la solicitud, se fue con ellos en dirección a la casa del solicitante. Cuando se acercaban a la casa, les salieron al paso un grupo de personas enviadas por el centurión para decirle:
"Señor, no te molestes; no soy yo quien para que entres bajo mi techo, y por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno "ve" y va; al otro "ven", y viene; y a mi criado "haz esto", y lo hace".
Llama la atención que un militar del ejército invasor solicite un favor de un judío del pueblo sometido, aunque lo haga sirviéndose de legados. Pero no es el orgullo el que le hace recurrir a estos intermediarios, sino su humildad. El centurión no se siente digno de presentarse personalmente ante Jesús, para solicitarle el favor que suplica.
Se trata de un hombre que tiene buen crédito entre los judíos, porque ha hecho cosas importantes por ellos (como la construcción de la Sinagoga de Cafarnaum). Y por eso los judíos de Cafarnaum se sienten agradecidos, e interceden ante Jesús en su favor.
En su última embajada, el centurión, probablemente consciente de las prevenciones que tiene todo judío a pisar suelo pagano (porque esto le haría incurrir en impureza), le hace saber a Jesús que no es necesario que cruce el umbral de su casa y entre bajo su techo. Para él, le basta que pronuncie una palabra para que su criado recupere la salud.
La humildad del centurión se hace todavía más manifiesta. Y de esa humildad brota también su fe, que le lleva a fiarse del poder de la palabra de Jesús, sin siquiera contacto físico, para obtener el beneficio solicitado. Aquel centurión había oído hablar de Jesús y de su poder milagroso para curar, y por lo visto estaba a su favor y daba crédito de ello.
Tal vez le había visto actuar con sus propios ojos, curando a algún ciego o a algún sordo, e incluso viendo cómo la gente, al tocarle, quedaba curada. Por eso dice que él no necesita ese contacto físico para la curación, porque se fía totalmente de él. Y así se lo hace saber.
El centurión vivía bajo la disciplina militar, y se dedicaba a acatar y dar órdenes. Y cuando daba órdenes a sus subordinados, estos las ejecutaban, porque su palabra tenía eficacia, como la tenía también la de sus superiores. Pues bien, esta eficacia militar, o quizás todavía algo mayor, es la que confirió aquel centurión a Jesús.
Se trata, por tanto, de alguien que confía en el poder de la palabra dicha con autoridad, y por eso le basta con que Jesús lo diga de palabra para que su criado recobre la movilidad. Si Jesús le dice "levántate", su criado se levantará. Ésa es la fe del centurión.
Cuando Jesús oyó esta declaración de intenciones, nos dice el evangelista, se quedó admirado, tanto por aquel de quien procedían como por su fuerza de convicción. Y dijo a los que le seguían, con afán de instruir: Os aseguro que ni en Israel he encontrado tanta fe.
Son palabras muy elogiosas y consoladoras para un pagano, que es colocado por encima del judío en aquello en lo que el judío debía estar muy por encima de él. Jesús manifiesta no haber encontrado entre los israelitas, pueblo elegido de Dios, una fe como la que ha encontrado en este militar extranjero y pagano. Por eso profetiza Jesús que vendrán muchos de lejos y ocuparán los puestos de honor en el Reino de los Cielos.
La fe, como la del centurión, tiene un enorme componente de confianza: confianza en la bondad, confianza en el poder, confianza en la eficacia de alguien, confianza en Dios. Sin confianza no podemos andar como personas normales por la vida, sino tan sólo transitar por la arena movediza de la sospecha y desconfianza.
Hay hombres y situaciones que no garantizan ninguna confianza, por supuesto. Entonces, ¿en quién confiar? Sólo Dios es el fundamento absoluto de confianza, sólo él puede sostener últimamente nuestra fe, y sólo esta fe le permite a Dios actuar en nuestro favor.
Act:
14/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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