16 de Septiembre
Miércoles XXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 16 septiembre 2026
a) 1 Cor 12, 31; 13, 13
En su Carta I a los Corintios, Pablo trató de contestar a las más variadas preguntas que interesaban a sus neófitos de Corinto, sobre el celibato y el matrimonio, las celebraciones litúrgicas, las diversidades legítimas, la unidad eclesial, el uso de los carismas particulares... En el caso de hoy, el apóstol afronta el tema de la caridad, a través de un escrito que él selló de su propia mano y que se ha constituido en el más hermoso himno al amor que jamás haya sido escrito.
Entre los dones de Dios, comienza diciendo Pablo, "he ahí lo mejor". Es decir, ahí va la vía superior a todas las demás: el amor. En nuestro lenguaje moderno resulta difícil traducir la palabra empleada aquí por Pablo (ágape), aunque tradicionalmente se ha traducido por caridad. En el caso de traducirlo por amor, también nos encontraríamos aquí ante un término ambiguo, que podría confundirse con lo contrario de lo que Pablo quiso decir.
Al respecto, la lengua griega tenía 2 términos diferentes: eros (lit. amor de deseo, que se quiere gozar y poseer, a forma de decir "me gustan los cigarrillos) y agape (lit. amor como don, que sería el amor desinteresado y capaz de sacrificarse, a forma de decir "quiero a mi hijo"). Y Pablo optó por el 2º de ellos, a la hora de hablar del amor. Veamos algo de lo que dijo.
"Aunque conociera toda la ciencia y todos los misterios, o tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad ¡ nada soy!". El valor esencial de nuestra religión no es la fe, en cuanto aspecto doctrinal de conocimiento intelectual. Sino que es el amor. Por decirlo de otra forma, una viejecita que amasa su pan con amor tiene un mayor grado de gracia que un gran teólogo de corazón enjuto, e incluso mayor que el que hiciera milagros, dice San Pablo.
"El amor es paciente, no busca su interés, no se irrita, no es envidioso sino servicial. Todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta". Al decir estas cosas, Pablo piensa en Jesucristo, que ha realizado todo esto a la perfección. Así que repitamos las fómulas paulinas de forma lírica, imaginando a Jesús en cada una de ellas.
"Actualmente tenemos una imagen oscura, pero aquel día veremos a Dios cara a cara. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, pero la mayor de ellas es la caridad". Pablo evoca el cielo después de la muerte, y desde ahí defiende que nuestro conocimiento de Dios de aquí abajo es borrascoso y oscuro. Sólo en el cielo veremos a Dios "cara a cara", de forma viva y penetrante. Luego si Dios es amor, y allí le veremos "tal cual es", entonces de lo que seremos investidos allí es de una sola cosa: el amor. Ayúdanos a amar, Señor, ya desde hoy.
Noel Quesson
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No sé cuántas veces hemos dado vueltas al famoso pasaje de 1 Cor 13, y tampoco podría calcular el número de matrimonios que lo han proclamado a través de alguno de sus amigos o familiares, el día de su boda.
Con el paso del tiempo, han ido quedando en el corazón de Pablo algunas convicciones básicas, y si lo que hay que hacer es establecer una jerarquía de valores, el apóstol no tiene duda alguna: "Por encima de todas ellas, está el amor".
Cuando habla de amor, Pablo se está refiriendo a actitudes humanas muy concretas (nada menos que de 14, según el pasaje de hoy), aunque cada una de ellas podría ser sustituida por un sustantivo común: el amor, por ser ésa la cualidad propia de Dios y por ser ése el más hermoso retrato de Dios para con la humanidad. De ahí que pudiéramos decir "Dios es comprensivo, Dios es servicial, Dios agunta sin límite, Dios espera sin límite...".
En resumidas cuentas, nos dice Pablo que quien centra su vida en el amor traspasa limpiamente la frontera de la salvación, porque está ya viviendo en Dios, aunque no lo sepa ("ubi caritas et amor, Deus ibi est"). Desde el amor, todo lo demás, absolutamente todo, queda relativizado.
¿Y cómo se le puede transmitir esto a nuestra generación? Si acentuamos que la fuente de una vida amorosa es una vida espiritual, entonces nos dirán que somos espiritualistas. Si traducimos esta experiencia en los detalles de la vida concreta, entonces se nos acusará de reducir lo sublime a menudencias. O sea, que como ya dijo Jesús, "tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis". Pero no lo olvidemos: el que ama no se equivoca nunca, y al final seremos examinados de amor, y el Amor recibirá al amor.
Gonzalo Fernández
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Escuchamos hoy una de las páginas más bellas de San Pablo: su Himno a la Caridad. Ayer nos hablaba de los carismas que deben haber en una comunidad cristiana (carismas variados, que debían tender a la vida y unidad del cuerpo), y hoy expone cuál es el mejor de esos carismas: el amor.
"Ya podría yo hablar lenguar", dice San Pablo. Efectivamente, hablar lenguas y predicar es interesante, así como es admirable predecir el futuro y conocer a fondo las cosas, y meritorio repartir limosnas. Pero todo eso, nos dice el apóstol, "si no tiene amor, no sirve de nada".
Incluso la fe y la esperanza, las otras dos virtudes cardinales, con ser tan importantes, lo son menos que el amor. ¿Y por qué? Porque "todo eso pasará, pero al amor no pasa nunca". Sólo el amor durará para siempre, pero para eso hay que "dejar de pensar como niño" y "aprender a ser hombres", pues sólo desde la adultez se puede llegar a amar.
Tras esta introducción, el apóstol Pablo entona las alabanzas del amor: "El amor es comprensivo, es humilde, es servicial, no lleva cuentas del mal". ¿Se puede decir que es éste nuestro programa?
Meditemos si en nuestra vida damos esa importancia al amor, a la tolerancia, al buen corazón, a saber perdonar, a construir unidad. Reflexionemos si realmente sabemos poner aceite en las junturas de nuestras relaciones, si nos proponemos hacer el bien a los demás y no nos buscamos a nosotros mismos. Todo lo demás, por muy bien que hablemos, o por mucha sabiduría que creamos tener, es "un metal que resuena, o unos platillos que aturden". ¡Qué bien conoce Pablo a sus comunidades!
Los cristianos de hoy no hemos cambiado mucho desde entonces, y tenemos las mismas dificultades que en tiempos de Pablo. Él sabía muy bien lo difícil que es querer bien, lo costoso que es saber disculpar, lo sacrificado que es aguantar sin límites, lo complicado que es no irritarse fácilmente ni tener envidia. Puede ser que una persona no tenga muchas cualidades humanas de oratoria, o dotes de liderazgo. Pero si ama, tiene lo que una comunidad más necesita, y ha conseguido "los carismas mejores".
Haremos bien hoy, en algún momento sereno, de leer todo el cap. 13 de la Carta I a los Corintios, en 1ª persona y aplicando este hermoso canto de Pablo a nuestra propia vida, y anticipando de algún modo el juicio final al que nos convocará Dios (que según Jesús, versará sobre si hemos alimentado al hambriento, o si hemos visitado al solitario, o si hemos tenido buen corazón, y no sobre si sabíamos mucho o hablábamos bien).
Como glosó San Juan de la Cruz, "al final de la vida seremos examinados de amor". Vale la pena que esa asignatura la vayamos repasando con frecuencia.
José Aldazábal
b) Lc 7, 31-35
La conducta de los fariseos, que tratan de desembarazarse de todo aquel que les pueda hacer sombra (como Jesús), da pie a una lamentación de Jesús, introducida en forma de parábola (Lc 6, 47-48.49; 13,18-19.20-21), contra "esta generación" (v.31), la misma que en el desierto fue infiel a Dios (Dt 32,5.20; Sal 95,10).
Inspirándose en un corro de niños en la plaza, en el que un grupo de ellos tiene ganas de jugar, sea a un juego alegre sea a uno de serio, acusando al otro grupo de boicotear cualquier invitación que se les hace, Jesús tilda a los dirigentes de Israel de no hacer caso a ningún enviado de Dios, tanto si se presenta como un asceta (la credencial más preciada por hombres como ellos, máximos observantes de la ley) como si se comporta como un hombre normal (al cual acusan precisamente de falta de ascesis).
Los materiales están dispuestos en forma de quiasmo, entrecruzándose las lamentaciones: "tocamos la flauta y no bailáis", "cantamos lamentaciones y no lloráis". Y de igual manera sucede con los personajes: Juan Bautista, el asceta por excelencia (que "tiene un demonio dentro") y Jesús, el humanista por excelencia (que "es comilón y borracho").
Los fariseos trataron de desacreditar, como fuese, a quien podía poner en peligro su posición de privilegio (a Jesús), tildándolo de mala reputación. Menos mal que no les pasó por la cabeza apostrofar a Jesús de asceta, sino todo lo contrario: de "amigo de recaudadores y descreídos".
Pero todos los amantes de la sabiduría "le dieron la razón" (v.35). A disgusto de los fariseos y juristas, el pueblo de Israel (y el mundo entero) dio la razón a Dios, aceptando su designio y cambiando radicalmente de conducta. El plan de Dios, e incluso la sabiduría, se ha encarnado ahora en Jesús: todos los que se le han adherido le dan la razón con su compromiso personal, compartiendo con él las mismas amistades.
La viabilidad del plan de Dios no pasa por operaciones y cálculos complicadísimos de supercomputadoras celestiales, ni se puede demostrar con los argumentos más sofisticados de la apologética: son los "amantes de la sabiduría" los que, con hechos de vida, demuestran que la sociedad alternativa propugnada por Jesús no es pura utopía.
Josep Rius
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El texto de hoy debe ser leído completo (Lc 7, 18-35), y no en pequeños fragmentos. Veamos cómo comienza el relato: "Los discípulos de Juan lo tenían informado de todo aquello" (Lc 7, 18). ¿Qué es todo aquello? Evidentemente, las cosas que acababan de suceder en Naín, incluida la reacción de la gente a la hora de proclamar a Jesús como un gran profeta (hasta que vayan descubriendo, más adelante, que él es mucho más que eso).
En 2º lugar nos encontramos con la duda propia de Juan: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". La pregunta del Bautista no tiene otra intención sino la de saber quién es Jesús. La pregunta se responde con una serie de milagros de curaciones que Jesús realiza a los ojos de los mensajeros del Bautista. Después les dice que vayan a contar a Juan lo que han visto (Lc 7, 19-23).
Tras enviarlos con esa respuesta, Jesús hizo un elogio sin paralelo del Bautista, declarando que era el mayor de los nacidos de mujer (Lc 7, 28), que su grandeza no estaba en la cobardía pues no era la caña que se dejara doblegar por la fuerza del viento, por el poder del tirano de turno, ni era tampoco un cortesano, sino un profeta. Juan Bautista es reconocido entonces por Jesús como aquel que cumple el papel de mensajero y anunciador de los tiempos mesiánicos.
Finalmente, la última parte del texto, la de hoy (vv. 29-35), nos habla de la acogida y rechazo que Juan y Jesús tuvieron entre la gente, los fariseos y los maestros de la ley. Esta acogida o rechazo es lo que nos viene a decir el relato-imagen que Jesús da de los niños que estaban jugando en la plaza. Jesús dice que esta generación es incomprensible: "Les tocamos la flauta y no han bailado, les tocamos canciones tristes y no han querido llorar".
La imagen hace referencia, por un lado a los enviados por Dios: Juan y Jesús. Y por otro lado, a los contradictores. Vino Juan el Bautista que se ha comportado como un asceta, que dio testimonio de pobreza y radicalidad de vida, y muchos lo despreciaron y lo consideraron como un poseído por el demonio. Vino Jesús que se presentó como uno más, que comía y bebía con la gente, que se relacionó con todo mundo, con pecadores, prostitutas y publícanos, y lo consideraron como un borracho y comilón.
En un caso y en el otro hay una falsa lectura de los signos de Dios. Como siempre, son los "hijos de la sabiduría" quienes han sabido reconocer la presencia de Dios, en las palabras y los hechos de Juan y de Jesús. Y eso a pesar de la gran diferencia entre el uno y otro, en la que han sabido acoger a Jesús como el Mesías que revela el proyecto de Dios.
Juan Mateos
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Jesús reprocha hoy a quienes interpretan torcidamente sus enseñanzas y nos transmite lo que comentaban algunos del Bautista y de él Mismo. Porque llegó Juan, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "Tiene demonio". Llegó el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: "He aquí un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y bebedores" (vv.31-35).
La sabiduría divina se manifiesta de manera distinta en Juan y en Jesús. El Señor termina así el pasaje del evangelio: "Y la sabiduría ha sido manifestada por todos sus hijos".
Muchos fariseos y doctores de la ley no supieron descubrir esa sabiduría que llega a hasta ellos. En vez de cantar la gloria de Dios que tienen delante, emplean sus palabras en la maledicencia, tergiversando lo que ven y lo que oyen. Sus ojos no ven las maravillas que se realizan en su presencia, y su corazón está cerrado ante el bien. La palabra es un gran don de Dios que nos ha de servir para cantar sus alabanzas y para hacer siempre el bien con ella, nunca el mal.
A Jesús le gustaba conversar con sus discípulos, nunca rehusó el diálogo con quienes se le acercaban en las situaciones de cultura y de tiempo más diversas. Con todos se entendía Jesús y todos salían confortados con sus palabras. Y en esto debemos imitar al Maestro.
La palabra, regalo de Dios al hombre, nos ha de servir para hacer el bien, para consolar al que sufre, para enseñar al que no sabe; para corregir al que yerra; para fortalecer al débil; para levantar amablemente al que ha caído, como Jesús hace constantemente. Esto es hablar: enriquecer, orientar, animar, alegrar, consolar, hacer amable el camino, llevar la paz, ayudar a descubrir la propia vocación. Y muchos encontrarán a Cristo en esas confidencias normales llenas de sentido positivo.
No podemos utilizar la palabra de modo frívolo, vacío o inconsiderado, como ocurre en la locuacidad, y menos faltar con ella a la verdad o a la caridad, pues la lengua (como afirma el apóstol Santiago) se puede convertir en un mundo de iniquidad (St 3, 6), haciendo mucho daño a nuestro alrededor. ¡Cuánto amor roto, cuánta amistad perdida, porque no se supo callar a tiempo!
Jesús nos advierte: "Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablen los hombres han de dar cuenta en el día del juicio" (Mt 12, 35). De nosotros tendría qué decirse que en ninguna circunstancia nos oyeron hablar mal de nadie.
Francisco Fernández
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La parábola de hoy de Jesús va dirigida a los dirigentes del pueblo ("esta generación"), siempre dispuestos a quitar de en medio a quien pueda hacerles sombra. Jesús se queja de "esta generación", expresión que remite al libro del Exodo, cuando el pueblo fue infiel a Dios (Dt 32, 5.20).
La imagen del corro de niños que juegan en la plaza, en el que un grupo de ellos tiene ganas de jugar, sea un juego alegre ("tocar la flauta"), sea uno serio ("cantar lamentaciones"), y el otro boicotea cualquier intento de juego ("ni bailan ni lloran"), muestra la actitud de los dirigentes que, como perro del hortelano, ni ladran ni dejan ladrar.
Jesús los tacha de no hacer caso a ninguno de los enviados de Dios, ya se presente como asceta (Juan) o como persona vitalista a quien gusta ir de fiesta (Jesús). De Juan Bautista dicen que tiene un demonio dentro, y de Jesús que es un comilón y borracho, amigo de los descreídos. La cuestión es no creer ni en uno ni en otro, porque la vida de ambos denuncia y desestabiliza su situación privilegiada.
Los gobernantes del pueblo suelen estar acostumbrados a desacreditar a todo aquel que, con sus palabras o su comportamiento, pueda sacarlos de su estado. Y eso es lo que hicieron con Jesús. Lo que llama la atención es que, para hacerlo, no tacharan a Jesús de radical, sino más bien de todo lo contrario: de "borracho y comilón", de "amigo de recaudadores y descreídos".
En todo caso, Jesús se muestra como alguien que ama todo lo bueno que tiene la vida (comer y beber), y no se quiere parecer a aquellos que frecuentaban el ayuno voluntario (que no conducía al amor al prójimo, sino a alimentar su propio ego), ni a todo aquello que se distancie del pueblo. Porque separarse del pueblo significaría separar a Dios (los enviados de Dios) del pueblo.
Todos los discípulos de la sabiduría entenderán esto, viene a decir Jesús. Es decir, hará muchos que sabrán reconocer la palabra de Dios tanto en Juan (ascetismo) como en Jesús (humanismo).
Fernando Camacho
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Después de haber hecho el elogio de Juan Bautista (Lc 7, 18-30) Jesús preguntó a la gente: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen?".
Sabemos que el término "esa generación" en la boca de Jesús es el resultado de un juicio. Jesús no emplea esa expresión sino para condenar, aludiendo a "esa generación" de los 40 años en el desierto del Sinaí, que no quiso seguir al Señor, a pesar de las maravillas de las que fue testigo (Sal 96, 10).
Y aporta él mismo la respuesta: "Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Os hemos entonado endechas y no habéis llorado". Corta y trágica es, pues, la pequeña parábola de hoy de Jesús, la de unos chiquillos obstinados y cabezotas que quieren jugar a "fiesta de boda" e invitan a bailar, que quieren jugar a "una comitiva funeraria" y empiezan los lamentos...
¿Y qué hacer para que termine tal ridícula obstinación? Tampoco los hombres de "esa generación" quieren lo que Dios ha decidido. La predicación de Juan Bautista fue más bien austera, y la predicación de Jesús fue más bien alegre. Sin embargo, ninguna de ellas interesa a nadie. En vez de convertirse, la gente se contenta criticando a los predicadores y oponiéndolos el uno al otro.
En efecto, vino Juan Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decían que "tenía un demonio dentro". Juan Bautista era el predicador y el hombre austero, que predicaba sobre todo la penitencia, y por su estilo de vida era un verdadero asceta. De igual manera, vino el Hijo del hombre, que comía y bebía, y decían que "era un glotón y un borracho, amigo de pecadores".
Evidentemente, Jesús tenía otro estilo de predicar y de vivir a la del Bautista, y las comidas tenían gran importancia en su vida, pues en ellas anunciaba el reino de Dios como un banquete mesiánico. Y si bien la penitencia y la exigencia divina no estaban ausentes de su palabra, era la "buena nueva" de la salvación lo que tenía prelación.
Es bueno es meditar hoy sobre ese título maravilloso que se daba a Jesús: "amigo de los pecadores". Porque es el mismo Jesús el que nos lo transmite aquí, y en ello pone mucho interés. Lejos de contestar a las críticas de las que era objeto a este propósito, se vanagloría por ellas. Además, esas críticas a Jesús pasaron al olvido, mientras esa sabiduría divina ha quedado justificada y acreditada a lo largo de la historia.
Para terminar, Jesús vuelve a una de sus más caras ideas: "los pequeños", o todos aquellos que poseen la sapiencia, por oposición a los escribas y entendidos (que no la poseen). "Yo te doy gracias, Padre por haber escondido esas cosas a los sabios y a los inteligentes, y haberlo revelado a los pequeñuelos" (Lc 10, 21). No hay que presumir de entendido delante de Dios (como los fariseos), sino serlo (como los pequeños). El que está muy pagado de sí mismo, se arriesga a pasar de largo ante las simples maravillas que Dios prodiga sin cesar.
Los cristianos de hoy, ¿serán hijos de la sabiduría de Dios? ¿O serán como esos obstinados que jugaban en la plaza, y tozudamente no querían ceder en nada?
Noel Quesson
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El episodio de los niños que invitan con su música a otros niños no se puede entender sin hacer referencia a la escena anterior, que no se ha leído en esta selección de lecturas: el pasaje en que Jesús alaba a Juan Bautista y se lamenta de que algunos, los fariseos y escribas, no le aceptan.
Por tanto, no acogen bien ni a Juan ni a Jesús. Uno es austero. El otro, come y bebe con normalidad. Pero hay siempre excusas para no dar crédito a su mensaje. Al uno le tildan de fanático. Al otro, de comilón y "amigo de pecadores". Aunque haya curado al criado del centurión y resucitado al hijo de la viuda de Naín, no le aceptan.
La comparación de los dos grupos de niños es expresiva: ni con música alegre ni con triste consiguen unos que los otros colaboren. Cuando no se quiere a una persona, se encuentran con facilidad excusas para no hacer caso de lo que nos propone.
Eso mismo nos puede pasar a nosotros, en pasiva y en activa. A la Iglesia se la rechaza muchas veces, desacreditándola por cualquier motivo. Hay personas siempre críticas, con mecanismos de defensa contra todo. Como decía Jesús de los fariseos, personas que ni entran ni dejan entrar. En el fondo, lo que pasa es que resulta incómodo el testimonio de alguien y por eso se le persigue o se le ridiculiza. Es muy antiguo eso de no creer y de no aceptar lo que Cristo o su Iglesia proponen.
Pero también, por desgracia, podemos hacer lo mismo nosotros con los demás. Cuando no nos interesa aceptar un mensaje, sacamos excusas (a veces ridículas o contradictorias) para justificar de alguna manera nuestra negativa a aceptarlo.
Eso puede pasar en nuestra vida de cada día, en esa sutil y complicada relación interpersonal que sucede en toda vida comunitaria: si nos invitan a fiesta, mal, y si nos sugieren duelo, peor. Podemos llegar a ser caprichosos en extremo en nuestras reacciones de cerrazón y sordera voluntaria, a veces por un instinto continuado de contradicción a lo que dicen los demás.
Ya dijo Jesús que sólo "los discípulos de la sabiduría" entienden estas cosas. Es decir, los de corazón sencillo y humilde, los que no están llenos de sí mismos.
José Aldazábal
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Recuerdo que en el funeral del lady Diana se leyó un poemita, que resumía a las mil maravillas este mensaje eterno: "El tiempo es demasiado lento para los que esperan, demasiado veloz para los que tienen miedo, demasiado largo para los que sufre, demasiado corto para los que disfrutan. Pero para los que aman, el tiempo es la eternidad".
¿Cómo se le puede transmitir esto a nuestra generación? Si acentuamos que la fuente de una vida así es Dios, entonces nos dicen que somos espiritualistas. Si traducimos esta experiencia en los detalles de la vida concreta (como Pablo nos sugiere), entonces se nos acusa de reducir algo sublime a menudencias, de moralizar la vida, de perder de vista su horizonte incondicional y no sé cuántas historias más.
O sea, que "tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis". Pero el que ama no se equivoca nunca. Al final, seremos examinados de amor. O mejor: al final, el amor recibirá al amor.
Gonzalo Fernández
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En el Talmud judío se hablaba de las trompetas que se habrían de tocar en los duelos; y de las que se habrían de tocar en las bodas. Los niños en las plazas jugaban a los duelos o a las bodas y, conforme al sonido de las trompetas bailaban o lloraban. Quien no toma en serio al Señor comete una especie de pecado contra el Espíritu Santo porque, no sólo lo toma como un juguete, sino que, además se cierra a su amor, a la escucha fiel de su Palabra, pues no quiere convertirse y salvarse.
A veces, por desgracia, juzgamos a las personas por su porte externo; y antes de entrar en una relación verdadera con ella, nos formamos juicios temerarios sobre la misma. El Señor nos pide que en el trato con él no nos quedemos en lo externo; que no pensemos que estaremos unidos a él por medio de cantos, adornos, inciensos; sino que sepamos escuchar su voz y hacerla nuestra, aun cuando los signos que nos lleven a él sean demasiado pobres; finalmente, Dios escogió a lo que no cuenta para confundir a lo que cuenta según los criterios de este mundo.
Tomar en serio al Señor en nuestra existencia significa dejar que él renueve nuestra vida y nos ayude a actuar conforme a la fe que profesamos. A nosotros corresponde, por tanto, continuar la obra del Señor, haciéndolo presente en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra existencia.
La proclamación del nombre del Señor la hemos de hacer con toda claridad, invitando a la conversión e invitando a vivir en la alegría y en la paz que el Señor nos ofrece. No podemos pasarnos la vida como plañideras; ni podemos vivir siempre guiados por un optimismo que nos hiciera cerrar los ojos ante el pecado que ha dominado a muchos que, al mismo tiempo, han cerrado sus oídos y su corazón a la oferta de salvación que Dios nos hace.
La Iglesia de Cristo debe estar muy atenta para procurar que la salvación llegue a todos y a cada persona, conforme a aquello que realmente necesita en su vida y que, tocándole el Señor de un modo personal, le invite fuertemente a dejarse conducir por él. En este aspecto no hemos de dejarnos dominar por el desaliento, sino que, fortalecidos por el Espíritu del Señor, hemos de ser valientes testigos de su evangelio aceptando con amor sincero todos los riesgos que, como consecuencia de nuestro testimonio acerca de Cristo, tengamos que afrontar día a día.
José A. Martínez
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Jesús lamenta hoy que el Hijo de Dios, hecho hombre, no encuentra acogida en el corazón de los hombres, pues se muestran siempre huidizos, escurridizos, no comprometidos. Reparemos, pues, en las expresiones y semejanzas que utiliza Jesús al denunciar la incoherencia de los hombres.
Los hombres presumen de amar la verdad, pero eso es mentira, pues, a pesar de sus palabras en realidad no quieren "oír la verdad", "escucharla y acogerla". Son como niños que, si les ofrecen una cosa, les apetece siempre otra.
Viene a decir Jesús a la gente que quien no quiere seguir a la verdad siempre encuentra excusas para desecharla, y, en cambio, quien quiere seguirla encuentra motivos para hacerlo.
El razonamiento del corazón innoble resulta caprichoso, ciego e interesado: si la verdad proclamada se viste de austeridad y viene del desierto, a él le parece que bajo esa capa de bien se esconde un mal espíritu al que él no puede seguir; y si se viste de sencillez vivencial y comparte con los demás en la plaza amigablemente, comiendo y bebiendo, está pecando de vulgaridad y carece de prestigio y sabiduría.
En cambio, el juicio de quien busca la verdad, venga en traje de austeridad o en traje de amistad vivencial, siempre encuentra motivos para interesarse, para agradecer, para estudiar y discernir, y, si procede, para entregarse a ella.
Dominicos de Madrid
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El evangelio de hoy contiene un duro juicio de Jesús a sus contemporáneos. Las dos preguntas del v. 31 ("¿con quién puedo comparar a esta clase de hombres?", "¿a quién se parecen?") son retóricas, y van referidas no a todos los contemporáneos de Jesús, sino sólo a quienes no han escuchado al precursor y ahora no quieren prestar atención a la predicación de Jesús.
De este modo, la generación no viene definida por la cronología, sino por la actitud vital. El contenido (la actitud vital) trasciende el hecho puntual (de aquella generación), y cruza la historia hasta llegar a nuestros días.
Dios se manifiesta en la historia de mil formas. Sin embargo, hay quienes rehuyen, piden pruebas para creer, no trascienden, se aferran a una malsana inmanencia. Es la típica actitud infantil de quien exige sin dar, de quien mira sin observar, de quien cuestiona sin responder.
Es fácil mantener una actitud crítica ante los compromisos y mantenerse cruzado de brazos. Es fácil hablar y alardear de sabios sin mover un dedo. A esos hay que denunciarlos por su pecado de omisión, por su cómoda postura que no sirve para nada. Todo aquel que no esté dispuesto a cooperar para que las cosas mejoren es mejor que se calle y reconozca su impotencia. El evangelio de hoy contiene una parábola que describe esta actitud.
Confederación Internacional Claretiana
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La vida de Jesús y la vida de Juan tienen puntos de convergencia y de diferencia. Juan era el hombre del desierto, de la austeridad, que llama a Israel al estilo de los profetas del AT. Él convocaba al pueblo junto al Jordán para exigir un cambio radical en la vida. Jesús, en cambio, va de pueblo en pueblo acercándose a los pecadores y anunciando la buena nueva. Es un hombre sincero, alegre y vive en un continuo ambiente festivo. Ambos, Juan y Jesús, son rechazados por escribas y fariseos representantes de la autoridad.
Jesús cuestiona la postura de los fariseos y escribas. Como se creen dueños de la ley se comportan como niños necios. Se empecinan en ideas fijas que los vuelven inoperantes ante la cambiante realidad. La propuesta de los legalistas ya no corresponde al Espíritu de Dios que con sabiduría muestra un nuevo designio en Jesús.
Jesús se vuelve peligroso sobre todo, por su práctica. Jesús vivía y compartía totalmente su existencia con las personas que el sistema legal había excluido. Al vivir con esta gente una experiencia de fraternidad y solidaridad, ponía en peligro todo el aparato discriminador sobre el cual se apoyaban fariseos y escribas.
La práctica de Jesús, o sea, su manera especial de vivir su fe en el Padre, hacía tambalear la fachada armada con tanto esmero por los defensores las buenas costumbres. Por esto, no tardan en señalarlo como glotón y borracho. Pero lo que a juicio de la gente distinguida era la mayor estupidez y pérdida de tiempo, era en realidad la novedad de Dios. En eso precisamente ha consistido la sabiduría divina, en manifestar en esta persona de Nazaret el verdadero propósito de Dios para la humanidad.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Jesús compara hoy a su generación con esos niños sentados en la plaza que gritan a otros: "Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado". Es decir, como esos que esperan que los demás se muevan al ritmo que ellos tocan, y sintonicen con el tipo de melodía que ellos entonan, pretendiendo ser la medida de cuantos les rodean y contemplan.
Jesús recurre a esta comparación para aplicarla de inmediato a la actitud que sus contemporáneos han adoptado ante dos personajes que, aunque de signo aparentemente distinto, han comparecido en la escena socio-religiosa de su tiempo: Juan el Bautista y el mismo Jesús. Porque vino (decía Jesús) Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Tiene un demonio. Y vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.
Aparentemente, Juan y Jesús adoptan conductas contrapuestas. Mientras el 1º se presenta como modelo de austeridad y ayuno, ni come ni bebe, el 2º actúa más bien como una persona normal, que se deja invitar a banquetes y bodas y que come y bebe de lo que le ponen, hasta ganarse la fama de comilón y borracho.
Pero tanto uno como otro merecen la crítica negativa de quienes se sitúan ante ellos como jueces que sentencian con extrema facilidad y ligereza al modo de aquellos niños caprichosos que, sentados en la plaza, reprochaban a otros no cumplir con sus expectativas.
Los ayunos de Juan son vistos como propios de alguien que está poseído por el demonio de la austeridad. Y las comidas y bebidas de Jesús como los de alguien que está dominado por el demonio de la gula o de la intemperancia. En Juan les desconcierta su extremismo ascético, y en Jesús su normalidad y su extrema familiaridad con publicanos y pecadores.
Ambas actitudes son objeto de su crítica acerba, que brota de un narcisismo casi adolescente. Nada les satisface. Nada les parece bien. Hagan una cosa o su contraria, serán criticados. En el fondo hay una predisposición a no aceptar nada que proceda de ellos, porque los vetados son ellos mismos.
Jesús parece hacer extensiva esa actitud que es característica de los fariseos a su generación. Porque fueron precisamente los fariseos, en su gran mayoría, los que no creyeron en Juan ni en Jesús como enviados de Dios. Jesús les echará en cara esta incredulidad en alguna ocasión. Y también a él le acusaron de estar poseído por el demonio o de obrar con el poder de Belzebú.
Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios, les contesta Jesús. Es decir, que a pesar de las críticas e incomprensiones, los hechos (otra lectura dice los hijos) acabarán dando la razón a la sabiduría de Dios, que se ha manifestado tanto en Juan como en Jesús. Ambos son portadores de la sabiduría divina y ambos actúan (cuando comen y cuando no comen) en conformidad con la voluntad de Dios.
Alguno podría pensar que la muerte con que ambos acaban su vida (uno decapitado por Herodes, y otro crucificado por Pilato) no les daba precisamente la razón. Pero hay una historia posterior a ese término que quita la razón a sus críticos, opositores y adversarios, y se la da a ellos.
Es la historia de sus seguidores que les engrandecen y les aúnan, es la historia del cristianismo que brota de la resurrección de Cristo. Esta historia, con todos sus hechos martiriales y virginales, y con todos sus frutos, les está dando la razón, y con ellos dan razón a la sabiduría de Dios de que estaban investidos.
Si esto es así, son los hijos de la sabiduría
los que, con su seguimiento y testimonio martirial, están dando la razón a Jesús, dando la razón a la sabiduría con la que obraba y quitando la razón a aquella generación de mentalidad farisaica o narcisista.Ojalá que el Señor nos encuentre entre los hijos de esa sabiduría, y no como intérpretes carentes de sensibilidad para apreciar las manifestaciones de Dios en nuestra historia. Porque puede suceder que una mentalidad excesivamente crítica o cientifista nos impida ver, como a los fariseos coetáneos de Jesús, esas manifestaciones de Dios en nuestro mundo.
Act:
16/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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