18 de Septiembre
Viernes XXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 septiembre 2026
a) 1 Cor 15, 12-20
Una vez más, Pablo parte hoy de una pregunta, de una duda, sobre las cuestiones que se hacía la gente de su tiempo: "¿Cómo es posible que haya entre vosotros quienes dicen?". En concreto, se está dirigiendo Pablo a los griegos, que con sus mentes racionalistas tendían a pensar que la resurrección del cuerpo (enterrado y descompuesto) era imposible, filosóficamente hablando.
Por otra parte, es verdad que la resurrección de la carne es un objeto de fe, y no hay que entretenerse en imaginar cómo sucederá, pues se trata de un misterio de fe. Pero el hombre moderno, que en esto ha heredado mucho del hombre griego, ansía resolver y facilitar sus dudas.
La respuesta de Pablo está clara: "Nosotros proclamamos (lit. gritamos) que Cristo ha resucitado de entre los muertos". En efecto, en el texto auténtico está escrito el término grito (kerigma, en griego), y por eso Pablo dice que está "gritando al mundo que Jesús ha resucitado". Un grito es una palabra, pero una palabra vehemente, toda ella cargada de afectividad y de emoción, que activamente remueve al que la oye y lo hace sobresaltar. En fin, es una palabra urgente, pues se grita cuando hay peligro o para alertar rápidamente a todos los que están alrededor.
Mi fe en Cristo resucitado ¿tiene estos caracteres? ¿O es una fe apagada, fría y formal? ¿O bien penetra hasta el hondón de mi alma? ¿Puedo decir que mi fe compromete todo mi ser: intelecto, corazón, acción? Porque "si Cristo no resucitó, vacío es nuestro mensaje, y vacía es nuestra fe".
La resurrección es la piedra angular, y el punto esencial del cristianismo. Y si esto no fuera verdad, todo el mensaje estaría hueco, y la estructura del mensaje reducida a la nada. La alegría pascual es la señal del cristiano, y su característica principal. ¿Se nota en mí que yo creo en ella? ¿Se hace presente a través de mi conducta? ¿Y en todas las dificultades que pesan sobre mí?
Porque "si Cristo no ha resucitado, somos falsos testigos de Dios". En efecto, es Dios quien se ha comprometido en la resurrección. Y su veracidad y verosimilitud quedaría como algo cuestionable en este punto tan esencial de "su plan sobre el mundo". Directamente Dios ha unido la resurrección a su propia persona, y ha comprometido su verdad en esta apuesta: o bien la resurrección existe (tal como Dios ha dicho), o bien no existe (y seríamos unos impostores hablando de Dios).
¿Es así como Dios está presente en mis convicciones esenciales? ¿O soy tan sólo un hombre que tiene algunas convicciones simplemente humanas? ¿Trato verdaderamente de ser testigo de Dios? ¿O lo soy de mí mismo, de mis ideas y de mis opciones?
Para terminar, aporta Pablo un 3º argumento: "Si Cristo no resucitó, estáis todavía en vuestros pecados. Por tanto, los que durmieron en Cristo perecieron". Es decir, que la resurrección es una fuerza activa que destruye el pecado y la muerte, como misterio con 2 caras:
-un hecho histórico, que sucedió
el año 33 en Jerusalén,
-una realidad permanente, que sigue operando en el corazón del mundo día a día.
La vida divina, que hizo surgir a Jesucristo de la muerte, continúa en todas partes sacando al hombre del pecado y de la muerte. ¿Es ésta mi fe?
Noel Quesson
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Se propone hoy Pablo resolver una dificultad que no dejaba dormir a los corintios, y sobre la que repetidamente le habían pedido más explicaciones: la resurrección de los muertos. Y lo hace comenzando con una pregunta: "¿Cómo es que dicen algunos que los muertos no resucitan?". Para el pensamiento griego era impensable que el cuerpo, al que despreciaban y al que consideraban la cárcel del alma, pudiera ser transformado para una vida nueva. Ayer Pablo reafirmaba la verdad central de la fe (que Cristo ha resucitado), y hoy la explicita.
Para empezar, introduce Pablo un razonamiento fácil de entender: nuestro destino es el mismo que tuvo Jesucristo. Es decir, que tan íntimamente unida nuestra suerte a la de Cristo, que si nosotros no vamos a resucitar, ¿para qué resucitó Cristo? O viceversa, "si los muertos no pueden resucitar, tampoco resucitó Cristo". Y eso si Cristo resucitó, porque si no resucitó, ¿para qué creer en él? Es decir, que todo se derrumba, pues "nuestra predicación carecería de sentido", y "vuestra fe no tendría sentido", y "podríais seguir con vuestros pecados".
Para Pablo, pues, la resurrección de Jesús y la fe en Dios están inseparablemente unidas: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los más desgraciados". Esta es la convicción más profunda, y la parte central de todo nuestro credo y de la buena noticia de Dios para toda la humanidad. Así como lo que da sentido y llena de esperanza nuestra vida: que "Cristo resucitó, triunfando de la muerte", y "nosotros estamos destinados a la vida eterna, como él y con él".
Si nosotros no vamos a resucitar, tampoco lo hizo él. Y si él no resucitó, tampoco lo haremos nosotros. ¡Pero no!, grita Pablo, "¡Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos!".
La última palabra en esta vida, pues, no es la muerte, sino la vida, y la felicidad plena en la presencia de Dios. Si no fuera verdad esto, no valdría la pena seguir a Cristo, y nuestra fe "no tendría sentido" (lit. "sería estúpida"), y seríamos unos desgraciados (lit. "dignos de lástima"). Nosotros mismos hemos de vivir de esta fe, para cobrar ánimos y comunicarla a los demás. Es lo que más nos puede ayudar a vivir esta vida con un norte esperanzador.
El pensamiento de hoy de Pablo no ha de ser vivido tan sólo cuando celebramos las exequias de nuestros seres queridos, sino siempre. Porque da un tono pascual a toda nuestra vida, un tono serio y lleno de confianza. En la eucaristía que celebramos ya anticipamos de alguna manera esa vida definitiva que esperamos con Cristo: "El que me come tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día".
José Aldazábal
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Nos invita hoy Pablo a reflexionar sobre el misterio del más allá, algo que la conciencia humana siempre ha añorado y por la que todo ser humano ha suspirado, anclado en su deseo de felicidad y fraternidad sin fin. Sobre todo porque el ser humano es incapaz de alcanzar, por sí mismo, el más allá. Y porque los planes del Creador (que sí que hablan del más allá) exceden nuestros límites de comprensión. En definitiva, porque tan sólo tenemos a nuestro alcance, junto a la honradez y dignidad de esta vida, la esperanza de seguir viviendo un día más allá, en las moradas de la casa del Padre.
Entonces ¿cómo podemos dar un paso adelante, en esta seguridad en el más allá? Lo responde San Pablo: contemplando y sumándonos al acontecimiento pascual de Cristo. Porque "Cristo nos dijo que resucitaría, y cuando resucitó se apareció a los suyos para comunicárselo, y para decirles que confiaran en su verdad y su poder: que nosotros resucitaríamos en pos de él".
Y esto porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, el Padre Dios aceptó la obra que su Hijo había hecho en favor nuestro. Porque lo que resucitó no fue su condición divina, sino lo que pertenecía a nuestro linaje, constituyéndose así en primicia de nuestro linaje y de los que (por ahora) duermen en el Señor. Algún día nosotros, junto con él, nos levantaremos de nuestros sepulcros (por el poder resucitador de Dios), y haremos realidad los planes que Dios había planificado sobre nosotros en su hijo Jesucristo.
Si todo esto fuese mentira, y acabase con la muerte, seríamos los hombres más desgraciados del mundo. Pero si Cristo resucitó, y nuestra vida está escondida en él, tenemos la esperanza cierta de que también nosotros resucitaremos, y la muerte no tendrá la última palabra. Seamos ya desde ahora, pues, un signo de la vida. Esta es la tradición que recibió San Pablo, y que comunicó a sus fieles de Corinto. Los cristianos somos los grandes pregoneros del misterio de la resurrección y de la vida en el más allá.
Dominicos de Madrid
b) Lc 8, 1-3
Jesús dejó Naín y continuó su recorrido por ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Nueva del reino de Dios. El evangelio de hoy nos dice que lo acompañaban los 12 apóstoles y también algunas mujeres. El hecho de que Jesús fuera acompañado por ellas era algo insólito entre los judíos.
Las costumbres, no sólo judías sino de todo el Medio Oriente, estipulaban una estricta separación de los dos sexos que no les permitía alternar en público. Las mujeres permanecían en sus casas y cuando salían, lo hacían bien cubiertas y manteniéndose a cierta distancia o en un lugar aparte de los varones. Se consideraba escandaloso que una mujer hablara en público con un extraño, más escandaloso aún que un rabino se entretuviera en el trato con alguna mujer.
Lucas nos dice que las mujeres siguen a Jesús agradecidas por la bendición que habían recibido de él, incluso nos dice que algunas eran pudientes y colaboraban solidariamente con sus bienes. Los textos bíblicos y la historia de la Iglesia muestran que es común que las mujeres piadosas o familias pudientes, los que hoy llamamos bienhechores, ayudaran a los a los pastores, misioneros y evangelizadores. Por eso no sorprende que este grupo de mujeres le colaboren a Jesús.
En este texto, Lucas nos da una gran lección porque es el único evangelista que nos muestra esta sorprendente libertad manifestada por Jesús al incorporar muchas mujeres a su grupo itinerante de discípulos.
Hoy las mujeres se han convertido en la piedra angular de muchos de los movimientos misioneros que realizan su tarea evangelizadora en el mundo. Ellas, muchas veces ignoradas y arrinconadas por el clericalismo machista, han sido fundadoras y continuadoras de grandes experiencia cristianas. Por eso, es necesario que la iglesia reexamine su teología de la mujer y los papeles y funciones en la iglesia.
En el evangelio, ellas volverán a desempeñar un papel destacado en la muerte, sepultura y resurrección de Jesús. A pesar de los riesgos y peligros, permanecieron junto al maestro hasta el final, estuvieron junto a la cruz cuando sus discípulos varones habían huido (Lc 23, 49); ayudaron a preparar el cuerpo para la sepultura, haciendo caso omiso a la hostilidad de las autoridades (Lc 23, 55), y finalmente dieron testimonio de la resurrección a los discípulos (los cuales no creyeron ni una palabra de lo que ellas dijeron).
Todo esto nos permite ver un agudo contraste entre el coraje y la lealtad de este puñado de mujeres y el de los discípulos. ¿No será que ellas desde el tiempo de Jesús han sabido ser verdaderas seguidoras y anunciadoras del Reino, que no se construye desde estructuras machistas, sino desde el servicio, la entrega y la fidelidad a la causa de Jesús?
Emiliana Lohr
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Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena (de la que habían salido 7 demonios), Juana (esposa de Cusa, intendente de Herodes), Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
En otro fragmento del evangelio, Jesús dice que "también a las otras ciudades debo anunciar la buena noticia del reino de Dios, porque para eso he sido enviado" (Lc 4, 38-44). Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea, proclamando la buena noticia del reinado de Dios.
Ahora lo hace recorriendo la ciudades y pueblos, acompañado de los 12 grandes amigos (sus apóstoles) y algunas mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes. Todos estaban a disposición del Señor, compartiendo su andar, caminando por los lugares, compartiendo los sueños y las comidas, llenos de amor solidario y de servicio.
Esta fue la misión de Jesús, proclamar la buena noticia del reino de Dios, recorriendo ciudades y pueblos, anunciado que le Padre Dios, quiere perdonarnos, y que el venia como nuestro salvador. El proclama la salvación con sus palabras, con cada una de sus acciones, con su ejemplo, con sus milagros, con el evangelio.
Hoy es nuestra hora, y Jesús ha delegado su tarea en nosotros. Por eso hemos de predicar la buena noticia en el nombre de Cristo, con nuestro ejemplo personal de vida, con un testimonio motivador, con nuestras actitudes aprendidas de sus enseñanzas. Recordemos cuando Jesús despidió a sus apóstoles: "Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y de Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo he mandado" (Mt 28, 19).
Este es el grupo que acompañaba a Jesús, un puñado de mujeres que fueron perdonadas y que ya no podían vivir sin Jesús, y un puñado de hombres que fueron liberados del pecado y que se entregaron a Jesús por todos los pueblos y aldeas. Eso es lo que tenemos que hacer nosotros: servir al Señor con todo nuestro talento y acompañarlo a todo lugar, entregándole nuestro tiempo y sin importarnos el esfuerzo o cansancio.
Fernando Camacho
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Por 2ª vez el evangelista dice que Jesús "proclamaba la buena noticia del reinado de Dios". Antes lo había hecho por las sinagogas del país judío (Lc 4, 43-44), y ahora de pueblo en pueblo y de aldea en aldea. El campo de la enseñanza se amplía, y no se reduce ya al espacio de los judíos.
En este caminar anunciando la buena noticia, Jesús no va solo, sino acompañado por los Doce y algunas mujeres, de las que se indican 3 nombres, como antes se había citado el de 3 discípulos (Lc 5, 8-10): María la Magdalena, Juana y Susana.
Se trata de 2 grupos diferentes: el grupo de los apóstoles y el grupo de las mujeres. El 1º representa al Israel institucional, de ascendiente judío; el 2º a las clases sociales que se acercan espontáneamente a Jesús.
María había estado poseída por 7 demonios, símbolo de la mayor alienación posible a causa del pecado. Y de las 3 se dice que estaban libres de malos espíritus y enfermedades.
Además de a éstas, se cita un grupo indeterminado de mujeres que ayudaban a Jesús con sus bienes y que han experimentado la liberación de Jesús que se traduce en servirlo; por eso ponen sus bienes al servicio de Jesús y de todos los que los acompañaban.
Esta es la señal más clara de la pertenencia al grupo de Jesús. Han aprendido que compartir es el camino más evidente para mostrar la realidad de un reino donde el dinero no es el valor supremo, sino el amor solidario, que pone a disposición de los demás lo que cada uno tiene.
Juan Mateos
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Lucas es el único evangelista que menciona los nombres de las mujeres que acompañaban a Jesús a lo largo de sus viajes, cuando "iba caminando por pueblos y aldeas, proclamando la buena noticia".
Así que lo que Jesús proclamaba era algo bueno. Un predicador no debería jamás hablar sobre las cuestiones evangélicas, o incluso de fe dogmática, sin haber experimentado antes que se trata de algo bueno para el hombre, y que el reino de Dios es una buena noticia.
Pues bien, entre esas buenas noticias del evangelio, escuchamos hoy una de ellas: "Lo acompañaban algunas mujeres". El pasado martes vimos a Jesús hacer una resurrección en atención a una mujer (la viuda de Naím). Ayer Jesús rehabilitaba a una mujer (la pecadora de la casa de Simón). Y hoy vemos a otro grupo de "mujeres que Jesús había curado de malos espíritus y de enfermedades".
Ningún evangelista, sino Lucas, asignó un mayor papel a las mujeres. Pensemos en la función esencial de María en los relatos de la infancia de Jesús, pensemos en el episodio de Marta y María (Lc 10, 38), que Lucas es el único en relatar.
No obstante, Lucas insiste en punto enigmático: habían estado atadas a "antiguos malos espíritus". Esta afirmación subraya que, para el AT, como para muchas viejas civilizaciones, la mujer estaba marcada por una especie de interdicto divino, objeto de fuerzas misteriosas (Lc 4,38; 13,16.8.43).
Las mismas mujeres acabaron por someterse a esa trágica marginación: la samaritana, a quien Jesús pidió agua, se sorprende de que un judío se atreva a hablar a una mujer (Jn 4, 9). Vemos pues que Jesús libera totalmente a la mujer: ni en su mente ni en sus actitudes concretas hace diferencia alguna entre el hombre y la mujer.
No hay que olvidar que los rabinos de la época excluían a las mujeres del círculo de sus discípulos. No olvidemos que según la organización del judaísmo de aquel tiempo las mujeres apenas formaban parte de la comunidad. Podían participar al culto de la sinagoga, pero no estaban obligadas a ello. La liturgia empezaba cuando, por lo menos, 10 hombres estaban presentes, mientras que a las mujeres no se las contaba.
Ahora bien, la tradición nos relata que las primeras apariciones del resucitado fueron hechas a las mujeres (Lc 24, 10) y precisamente a las que Lucas anota aquí. Habiendo acompañado a Jesús desde el comienzo de su ministerio público, todo como los 12, eran iguales a los hombres para el anuncio de la buena nueva, ayudando a construir el Reino "con sus bienes".
Gran realismo el del evangelio: se necesita dinero para poder anunciar el evangelio. Si los 12 y Jesús parecen tan libres, sin cuidados materiales, ¡es porque hay mujeres que cuidan de ellos! Trabajo capital que permite todo el resto. ¿Soy un acomplejado por mis tareas humildes? ¿O bien sé darles un valor divino?
Noel Quesson
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En el grupo que acompañaba a Jesús durante sus viajes de predicación, además de los 12 apóstoles había también varias mujeres.
Ayer se nos hablaba de la mujer anónima, con fama de pecadora, que obtuvo el perdón y dio muestras de gratitud y amor hacia Jesús. Hoy se añade un detalle que a nosotros nos puede parecer normal, pero no lo era en su tiempo. Nunca un rabino admitía a mujeres en el grupo de sus discípulos. Pero Jesús sí lo hizo. Eran mujeres a las que había curado de alguna enfermedad o mal espíritu, y "le ayudaban con sus bienes". Lucas nos transmite el nombre de varias de ellas.
¡Cuántas veces aparecen las mujeres en el evangelio con una actitud positiva y admirable! Baste recordar las que estuvieron cerca de él en el momento más trágico, al pie de la cruz, junto con María, su madre. Y que luego fueron las primeras que tuvieron la alegría de ver al Resucitado y anunciarlo a los demás.
Son un buen símbolo de las incontables mujeres que, a lo largo de los siglos, han dado en la Iglesia testimonio de una fe recia y generosa: religiosas, laicas, misioneras, catequistas, madres de familia, enfermeras, maestras... Mujeres que ayudaron a Jesús en vida y que colaboran eficazmente en la misión de la Iglesia, cada una desde su situación, entregando su tiempo, su trabajo y también su ayuda económica. La 1ª persona europea que creyó en Cristo fue una mujer: Lidia de Tiatira (Hch 16).
Deberíamos ser más abiertos en nuestra idea teológica y social de Iglesia, pues ésta no es comunidad de puros y santos, sino de personas pecadoras y débiles, tanto en mujeres como en hombres. No es comunidad sólo de mayores, sino también de jóvenes y niños. No es sólo de hombres, sino también de mujeres. No es de una sola raza o lengua, sino pluralista.
En la Iglesia, aunque no sea posible admitir a las mujeres al ministerio ordenado (diáconos, presbíteros, obispos), es bueno que recordemos que lo principal lo tenemos en común, la fe y la misión evangelizadora. Jesús dijo: "¿Quién es mi madre y mis hermanos? El que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica".
Y en eso las mujeres han sido, ya desde el principio (con el "hágase en mí según tu palabra" de María), las que más ejemplo nos han dado a toda la comunidad. No podrán ser obispos ni párrocos, pues las que acompañaban a Jesús no lo fueron, pero las mujeres cristianas (casadas, religiosas o jóvenes catequistas) siguen realizando una misión heroica y hermosísima en la vida de la Iglesia.
Es interesante recordar que, en la lenta y progresiva valoración de la mujer por parte de la Iglesia, Pablo VI nombró a 2 mujeres doctoras de la Iglesia (Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena), y Juan Pablo II hizo lo mismo con Santa Teresa de Lisieux y Santa Edith Stein.
José Aldazábal
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María Magdalena, Juana y Susana. Hagamos en este día un homenaje a estas 3 mujeres, seguidoras de Jesús, junto con los 12 apóstoles. Para el evangelista Lucas es muy importante mencionar sus nombres. Una estaba bien casada (Juana, la mujer de Cusa), otra era soltera de mala vida pasada (María Magdalena), y otra era una completa desconocida (Susana, de la que sólo sabemos más que su nombre), que supo estar ahí.
Ellas diaconaban, sirviendo y poniendo sus bienes al servicio de Jesús y de su misión. Es bello ver cómo ya desde lo orígenes apostólicos, Jesús cuenta con las mujeres en plan de igualdad, no haciendo un planteamiento machista sino diseñando una comunidad mixta. A ella no se pertenece por meras circunstancias de la vida, sino a partir de la iniciativa con-vocadora de Jesús. De seguro que estas mujeres y otras, cuyos nombres no nos son aquí relatados, le siguen tras un acontecimiento vocacional: Jesús las llamó para seguirlo.
Hoy también son las mujeres esenciales, imprescindibles, en la vida de la Iglesia. No son meras asistentes de los varones, sino auténticas protagonistas de la vida y misión de la Iglesia. Actuar de otra manera es infidelidad al Señor, que ya desde el principio contó con ellas.
El Señor resucitado lo ratificó de una manera sorprendente. Las apariciones del Señor resucitado a las mujeres quiere decir que fueron ellas las primeras que fueron agraciadas por el Señor, y que ellas fueron quienes lo comunicaron a los demás discípulos.
José García
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El evangelio de hoy nos presenta lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. Lucas nos lo narra con pocas palabras: "Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la buena nueva" (Lc 8, 1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de luz del Rosario. Comentando este misterio, decía Juan Pablo II:
"Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del Sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia".
Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos El evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, cuando nos dedicamos con esfuerzo al trabajo de cada día, cuando tratamos con los vecinos, cuando descansamos o nos divertimos. En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo cono aquellos 12 y aquellas santas mujeres.
Además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser otro "Jesús que pasa", para hablar a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar. La 1ª en seguir a Jesús y en "ser otro Jesús" fue María. Que ella, con su ejemplo y su intercesión, nos ayude.
Jordi Pascual
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Sólo Lucas, en el evangelio de hoy, nos dejó constancia de un rasgo muy peculiar del ministerio público de Jesús: la presencia de mujeres que lo acompañaban y le ayudaban con sus bienes.
Esta actitud puede ser calificada de revolucionaria, pues en vano buscaríamos en las páginas del AT un ejemplo parecido. Sin embargo, no es la única actitud que refleja el modo peculiar en que Cristo manifiesta un modo distinto de relacionarse con la mujer, así como en otro sentido, ha manifestado modos nuevos de acercamiento a otros de los que eran excluidos en la sociedad de aquel tiempo: los pecadores, los leprosos, los niños, los enfermos.
Esto quiere decir que Jesús, dejándose acompañar por este grupo en el que había mujeres de diverso rango y condición, no está obrando de un modo extraño al mensaje central de su evangelio: está mostrando más bien que la gracia por él ofrecida trae una renovación de todas las cosas y que ese tipo de exclusiones no caben en los discípulos del Reino.
Por otro lado, toda esta libertad de Cristo en su obrar no implica que él mismo no tenga en cuenta los lugares distintos que tienen unas u otras personas en la Iglesia que está naciendo de su palabra. Aquellos que quieren tomar el modo de obrar de Jesús, para decir que las mujeres deben recibir el ministerio ordenado, tendrían que responder por qué Cristo, que obró en todo con tanta libertad, no tomó esa opción (el sacerdocio femenino) ni en una sola ocasión. Como decía Juan Pablo II, en su Ordinatio Sacerdotalis:
"Cristo eligió a los que quiso, y lo hizo en unión con el Padre por medio del Espíritu Santo, después de pasar la noche en oración. Por tanto, en la admisión al sacerdocio ministerial, la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que él puso como fundamento de su Iglesia".
En realidad, ellos no recibieron solamente una función que habría podido ser ejercida después por cualquier miembro de la Iglesia, sino que fueron asociados especial e íntimamente a la misión del mismo Verbo encarnado (Mt 10,1.7-8; 28,16-20; Mc 3,13-16;16,14-15).
Los 12 apóstoles hicieron lo mismo, cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su ministerio. En esta elección estaban incluidos también aquellos que, a través del tiempo de la Iglesia, habrían continuado la misión de los apóstoles de representar a Cristo, Señor y Redentor.
Lo que concluimos de aquí es que la mujer tiene un lugar muy cercano al corazón y la misión de Cristo, pero que ese lugar no está hecho sólo de gente ordenada sacramentalmente.
Nelson Medina
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No hace falta ser una teóloga feminista para vibrar con el evangelio de hoy. Los elementos sustanciales forman parte de nuestro acervo bíblico. Hay un paralelismo entre lo que Lucas dice del grupo de los 12 varones (Lc 5) y lo que hoy leemos del grupo de las 3 mujeres (Lc 8).
El curriculum de estas mujeres, o méritos para entrar a formar parte de la comunidad de discípulos, es desconcertante. No se alude a cualidades especiales, ni a títulos de ningún tipo. Lo que estas mujeres tienen en común, y lo que a Lucas le interesa subrayar, es que "habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades". Son mujeres que se sienten curadas por Jesús. Responden entregando sus personas ("lo acompañan por el camino") y sus bienes.
Quizás sea posible extraer conclusiones enérgicas sobre el papel de la mujer en la Iglesia de Jesús, sobre el paralelismo entre los 12 y el grupo de mujeres. La teología contemporánea ya ha explorado varias vías en este sentido. Pero lo que en ningún caso debe pasar a 2º plano es el hecho más resaltado por Lucas: las seguidoras son mujeres curadas por Jesús. La experiencia de la curación es la puerta de ingreso en la comunidad discipular.
¿No os parece que este hecho nos brinda una clave para entender por qué a menudo somos remisos en nuestra entrega? Si nunca hemos tomado conciencia de nuestras heridas y enfermedades, si no hemos experimentado el toque sanador de Jesús, ¿en virtud de qué extraño voluntarismo vamos a entregarnos con total dedicación a su persona y a su causa?
Gonzalo Fernández
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Aparecen hoy 3 mujeres en 1ª línea del evangelio. Cada una con su vocación particular, y las 3 como seguidoras incansables de las huellas de Jesús.
María Magdalena pasó a la historia por ser la 1ª persona que vio a Cristo resucitado. Todos recordamos esa escena: ella, llorando junto al sepulcro; el Señor que se le aparece como si fuera el hortelano. Luego el encuentro y el anuncio a los apóstoles. María Magdalena, la apasionada discípula que está junto a la cruz en el Calvario, junto a la Virgen y Juan.
Juana también acompañó a Jesús, desde los tiempos felices de los milagros hasta el dolor del sepulcro tras la muerte de Cristo. Era una persona importante en la ciudad. Una de esas santas mujeres que sabían estar, al mismo tiempo, entre la alta sociedad de la época y entre los pobres que escuchaban las palabras del Mesías.
Susana también ejerció un papel importante. Ella colaboraba "con sus bienes" para que el Señor y sus discípulos pudiesen dedicarse a lo importante: la predicación del reino de Dios. Son mujeres de actualidad, con un testimonio muy vivo. Son el reflejo del amor a toda prueba, de la fidelidad y de la ayuda a la obra de Cristo.
Clemente González
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A Jesús no sólo lo acompañaban los 12 apóstoles, sino también alguna mujeres. Todos, tanto hombres como mujeres, debemos tomar todos en serio la misión que el Señor nos ha confiado. Es una realidad que muchas veces son las mujeres las que más colaboran en la evangelización y en la catequesis.
El Señor quiere que nos sólo proclamemos el evangelio con los labios, sino que quienes tienen recursos suficientes para vivir, no cierren los ojos ante las miserias de los más desprotegidos, y que sepan que acompañar a Cristo significa también socorrerle en los pobres, en los necesitados, en los desprotegidos.
Ojalá y abramos los ojos y los oídos, especialmente de nuestro corazón y de nuestra voluntad, para que cada uno, a la medida de la gracia recibida, se ponga al servicio del evangelio, sin cobardías; pues el Señor no sólo quiere nuestras obras de caridad, nos quiere a nosotros, totalmente comprometidos con el anuncio de la Buena Nueva, que nos ha confiado para hacerla llegar hasta el último rincón de la tierra.
José A. Martínez
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Otra de las características del evangelio de Lucas es la mención de muchas mujeres. El mundo de Jesús no fue un mudo machista, a diferencia del mundo restante. Él dejaba que las mujeres participaran con el también del ministerio: cada uno con diferentes roles, pero una misma misión: la construcción del reino de Dios.
Es importante en este pasaje que Lucas pone junto a los apóstoles, a las mujeres. Cada vez más, la Iglesias revaloriza el papel de la mujer en el mundo. Según el Génesis, Dios creo al hombre en 2 sexos, y con esto nos dice que ninguno de los 2 es más ni menos.
Sin embargo, los creo diferentes en multitud de cosas, a fin de que se complementaran. Y esta es la belleza de la pareja. ¿Cuál es la idea que tienes sobre la pareja cristiana? Independientemente de tu sexo, ¿estás realmente contribuyendo a la construcción el Reino?
Ernesto Caro
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Jesús, en tus recorridos por toda Judea y Galilea no caminas solo. Contigo viajan los apóstoles y otros discípulos, entre los que el evangelio de hoy destaca algunas mujeres que habías curado y otras muchas que le asistían con sus bienes. Hombres y mujeres a tu servicio, siguiéndote de cerca, entregándote sus bienes y sus vidas para colaborar en el anuncio de la buena nueva del reino de Dios.
Jesús, en este grupo de discípulos veo una imagen de lo que es la Iglesia: mujeres y hombres que te siguen de cerca, que te acompañan en tu misión salvífica, y que te sirven con sus bienes. Por ser cristiano, yo también estoy llamado a acompañarte y a servirte. Y esto lo puedo hacer en cualquier circunstancia y condición: estudiando o trabajando, siendo soltero o casado, gozando de salud o padeciendo enfermedad.
Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna.
Jesús, en cada tiempo histórico quieres tener a tu lado hombres y mujeres fieles en los que te puedas apoyar para difundir tu mensaje. Como a los apóstoles y a las santas mujeres que te acompañaban, hoy también llamas a cada uno para que te siga, para que viva una vida cristiana, una vida de santidad, una vida de elección. Jesús, no quiero rechazar tu llamada, no quiero dejarte solo. Quiero acompañarte, ayudarte, servirte con lo que tengo (con mis bienes) y con lo que soy.
Pablo Cardona
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Es importante esta descripción del séquito de Jesús, de la calidad de sus miembros, y de la colaboración económica de algunas mujeres. Ese relato acredita el realismo, la sencillez y el contexto en que se movía Jesús. La lección nos vale a todos.
No debemos dejar pasar el texto evangélico sin aprovecharnos de sus enseñanzas. La vida cristiana y humana (que van unidas) se tejen y destejen con realismo humano y divino. Y si no, carecen de grandeza.
Cristo actúa como quien es, un hombre real: histórico, sensible, afectivo, iluminado, social, económico. Y necesita actuar como maestro y profeta, para lo cual tiene que contar con la disponibilidad de sus discípulos, itinerarios de viajes, puntos de acogida, reconocimiento de las gentes o subsidios para adquirir el pan mínimo necesario.
Cada uno de nosotros hemos de preguntarnos: ¿en qué subgrupo del séquito de Jesús me encuentro? ¿Cómo me veo? ¿Soy enfermo curado, pescador convocado, apóstol liberado para la misión, persona en servicio y apoyo, donante de bienes a la comunidad, cuidador de los enfermos?
Dominicos de Madrid
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El grupo que sigue a Jesús es mixto. Una parte lo compone el grupo de los apóstoles, grupo que Jesús había constituido para que encabezara el servicio a los pobres. Y otra parte lo compone el grupo de las mujeres. Estas son de diversa procedencia y después de haber sido redimidas van tras el maestro acompañándolo en el anuncio del Reino.
Fueron muchas las personas sanadas por Jesús. Pero en el evangelio sólo consta que estas mujeres lo acompañaran en su recorrido por Israel.
Este grupo mixto debió causar una singular impresión en el ambiente cultural. Pues, era usual que algunas mujeres ilustres y pudientes ayudaran económicamente a algún maestro. Pero chocaba con la mentalidad de la época que los maestros contaran con discípulas entre sus oyentes.
Las mujeres que seguían a Jesús no eran personas muy ilustres. De María Magdalena se dice que expulsaron 7 demonios. Esto ha tenido muchas interpretaciones, pero en todo caso lo cierto es que era una mujer marginada. Juana era esposa de un administrador de Herodes. Estaba casada con un hombre despreciado tanto por el pueblo como por los fariseos fanáticos. Susana y otras mujeres pudientes tenían fe en la labor de Jesús y, por eso, le ayudaban a financiar la actividad misionera.
Estas mismas mujeres lo acompañaron, al igual que otros discípulos, durante todo el trabajo misionero. Luego, cuando la mayoría de los seguidores lo abandonaron , ellas continuaron fieles al pié de la cruz. Fueron las primeras testigos de la resurrección. Mantuvieron la fe en quien las había sanado y llamado, aunque los discípulos no les creyeran.
Hoy nos preguntamos por el lugar de las mujeres en la comunidad cristiana. Si con Jesús tuvieron un lugar entre los discípulos junto a los apóstoles, cabe preguntarnos si hoy conservan ese mismo lugar.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista Lucas recuerda hoy a Jesús caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando la buena noticia del reino de Dios. El reino de Dios era el evangelio de Jesús para el mundo, y por eso Jesús recorre ciudades y aldeas. Pero ¿no era ésta una geografía demasiado limitada para hacer llegar esta noticia al mundo entero?
Sin duda que lo era, y por muy numerosas que fueran las ciudades y pueblos recorridos por Jesús, el espacio geográfico en el que se desenvolvía su actividad no dejaba de ser una mínima parte del mundo habitado.
Lo que en realidad hacía Jesús, con esta predicación itinerante, era iniciar la tarea de la evangelización, para que otros la continuasen por los caminos del mundo. Pero conviene recordar una cosa: que el reino de Dios llegó con Jesús, y que sólo a través de Jesús puede alguien o algo incorporarse a este Reino.
Ésta es la razón, quizás, por la que Jesús se hace acompañar de un grupo de discípulos (los Doce) y de algunas mujeres (a las que había curado de malos espíritus y enfermedades), para formarlos y dejarlos en la mejor disposición posible, de cara a prolongar su tarea evangelizadora.
Entre estas mujeres estaban María Magdalena (de la que habían salido 7 demonios) Juana (mujer de Cusa, intendente de Herodes), Susana (de la que nada sabemos) y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. Éste era, por el momento, su modo de sostener la campaña misionera del Maestro.
Jesús, por tanto, no está solo, ni quiere estarlo. Le acompañan hombres y mujeres que tienen motivos para seguirle. Especialmente esas mujeres que habían sido objeto de su actuación misericordiosa, y gracias a la cual habían recuperado la salud. No es extraño, por tanto, que, agradecidas, pusieran sus bienes al servicio de Jesús y de los apóstoles, y con sus bienes sus personas.
Como se ve, ni Jesús es una persona solitaria ni se niega a recibir colaboración de otros. Al contrario, Jesús acepta toda colaboración de buen grado, y en torno a sí va agrupando a todos ellos en una pequeña comunidad discipular, que será el germen de la futura Iglesia.
Y es que la realidad que Jesús anuncia, el reino de Dios, no deja de ser una realidad social, que habría de integrar en su seno a muchos hombres y mujeres de diversas razas y procedencias, de lejos y de cerca. Además, aspiraba a ser una realidad universal, que reclamaba la presencia en el mundo de muchos apóstoles o anunciadores.
Por tanto, cuantos más efectivos se sumaran a esta tarea de evangelización e implantación, mejor. Porque esos mismos colaboradores de Jesús, los Doce, se buscarán nuevos colaboradores, y estos a su vez otros, y así sucesivamente.
Esta es la manera ordinaria en que podía ir ampliándose el círculo de la evangelización, y hacerse efectiva la presencia del reino de Dios en el mundo. Lo que empezó a funcionar como una pequeña semilla (un grano de mostaza) se convirtió en en arbusto capaz de albergar en sus ramas a todo tipo de pájaros.
En la compañía de Jesús no hubo discriminación entre hombres y mujeres, y eso que el grado de cercanía de unos, y la asunción de responsabilidades de otros, fue realmente distinta. De hecho, no todos cumplirán las mismas funciones en el seno de la Iglesia.
Los Doce constituyó el grupo de la responsabilidad, de la custodia doctrinal y de la dirección pastoral de esa Iglesia que se fue abriendo camino en un mundo hostil. Las mujeres, por su parte, tuvieron su papel y su fuerza en el campo de la evangelización, al servicio de los Doce y de los apóstoles (como Pablo) que se les fueron sumando.
Hoy día, difícilmente se puede ser compañía de Jesús al margen de esta comunidad eclesial que él puso en movimiento. Según esto, parece lógico concluir que colaborar con él es colaborar con su Iglesia, sea cual sea el lugar en el que nos encontremos.
Act:
18/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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