20 de Octubre

Martes XXIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 octubre 2026

a) Ef 2, 12-22

         Recuerda hoy Pablo a los efesios "cómo en otro tiempo estabais lejos del Mesías, excluidos de la comunidad de Israel y extraños a las alianzas, sin esperanza y sin Dios en el mundo". En efecto, en otro tiempo existían para la Escritura los privilegiados (judíos) y los no privilegiados (el resto), y esta separación radical era ferozmente mantenida, prohibiendo a los goyim (lit. naciones paganas) atravesar el recinto del Templo de Jerusalén bajo pena de muerte.

         Este desprecio a los paganos había suscitado, a su vez, un anti-judaismo muy generalizado. Pero cuidado con juzgar a nadie, pues ¿puede decirse que esas actitudes orgullosas han desaparecido totalmente? ¿No hay todavía entre nosotros racismo y apartheid, con separaciones sociales y complejos de superioridad y de de casta? ¿No sucede también que el mismo término católico, desviado de su sentido propio, toma un aire despectivo? Perdón, Señor, por nuestras estrecheces y exclusiones.

         Pues bien, Jesucristo derribó el muro que los separaba (el odio) con su carne resucitada, suprimiendo las prescripciones jurídicas de la ley. Y así "Cristo es nuestra paz, y de los dos (Israel y los gentiles) ha hecho un solo pueblo".

         Uno de los frutos esenciales de la redención es la unidad, la paz y la destrucción de los "muros que separaban" a los hombres entre sí. Y esto es simbolizado por Pablo por la coexistencia, en el seno de la misma Iglesia, de cristianos procedentes tanto de Israel como del paganismo. ¿Cuáles son los riesgos y los puntos de ruptura de hoy día, y los puntos por los que el odio se infiltra? Porque "Cristo quiso reunir a unos y otros en la paz, y crear en él un solo hombre nuevo".

         Esto es lo que Cristo quería, y lo que sigue queriendo todavía: "Reunidos en un solo cuerpo, reconciliándolos con Dios por la cruz". Notemos que Pablo, hasta ahora, hablaba de "lo que separaba a unos y a otros", y que a partir de ahora habla de "reconciliarse con Dios". Las 2 perspectivas están ligadas, pues tener un mismo Padre es fomentar la fraternidad.

         Entrar en la aventura del amor que agrupa, que hace la paz, que reconcilia, que reúne... esto cuesta sangre, y a Jesucristo le costó sangre de cruz. No es, pues una empresa fácil, y por eso hemos de pedirle a Dios que nos enseñe a ser esos constructores de paz y de amor.

         Estamos lejos de las exclusiones de antaño, y ya no hay metecos ni razas inferiores. Hoy día, todos los hombres se sienten iguales ante Dios, y saben que como hijos suyos forman una misma familia. El verdadero templo de Dios, por tanto, no está hecho de piedras sino de personas vivas. Dios habita en la humanidad, y esto confiere una preeminente dignidad a todo ser humano. Por lo cual ¿qué debería cambiar en mis relaciones con las personas? ¿Y en mi manera de pensar y de actuar?

Noel Quesson

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         San Pablo hace hoy una exposición sobre uno de los frutos más importantes de la obra redentora de Cristo: la reunión de paganos y judíos en la única Iglesia de Dios (vv.11-18), con una conclusión (vv.19-22) que hace pensar en un antiguo himno bautismal.

         Cristo es paz en un doble sentido, en cuanto que ha inaugurado un nuevo tipo de humanidad en el que desaparecen las diferencias entre judíos y paganos (vv.14-16) y en cuanto que ha hecho la paz entre Dios y la humanidad, que se ha constituido en Iglesia por su muerte de cruz (v.16) y por el don del Espíritu Santo (v.18).

         Cristo ha realizado así la paz que anunciaron y predicaron los profetas (Is 57, 19), al restaurar unas relaciones normales entre los hombres y entre éstos y Dios, con tal eficacia que hasta los más alejados han escuchado y aceptado su mensaje, al igual que los más cercanos.

         Refiriéndose especialmente a los paganos, Pablo enumera para ellos los frutos particulares de esta paz: ellos no son ya extranjeros, sino conciudadanos del nuevo pueblo y familiares de la casa de Dios (v.19).

         Esta imagen de la casa de Dios ofrece la ocasión a Pablo para componer una especie de Himno a la Iglesia, templo (v.21) y nuevo habitáculo de Dios (v.22), cuya construcción empezó por la palabra de los apóstoles y de los profetas. Pablo da mucha importancia al papel de la palabra de éstos en la construcción de la Iglesia, así como en la organización de las asambleas litúrgicas (1Cor 12, 28), con prioridad sobre los demás fenómenos religiosos.

         Pero si la palabra de los apóstoles y de los profetas convierte los corazones, y es el fundamento de la Iglesia, Cristo es la piedra angular de todo ese edificio. La expresión está tomada de Is 28, 16, y se trata de una imagen mesiánica (Rm 9, 33) que designa la piedra más importante, sobre la que reposa todo el edificio y se garantiza la solidez, cohesión y armonía.

Maertens-Frisque

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         La imagen que ofrece hoy Pablo sobre la casa lleva consigo la imagen de la edificación. Israel fue la construcción por excelencia de Dios, que la edificó a lo largo de una obra secular, la preservó de sus enemigos, le aseguró su fidelidad y la santificó (Sal 88,3-5; Jr 31,4.28; 24,6; 18,7-10), por una especie de milagro continuo.

         Para construir a su pueblo, Dios se sirvió de edificadores (Sal 117, 22), que eran los jefes del pueblo y la élite religiosa. Pero estos no observaron las consignas, sino que rechazaron la piedra angular (Cristo) que Dios había establecido (Hch 4, 11), y descartaron las piedras vivas (las naciones paganas) que Dios pretendía incorporar en la construcción (Jr 12, 16).

         Cristo debía haber sido la piedra cumbre del edificio. Pero los judíos lo rechazaron y el edificio judío se derrumbó, y la destrucción del templo reveló la ruina del edificio-Israel (Mt 23,37-38; 24,2). Sin embargo, Dios continuó pensando en su pueblo, y reemplazó el equipo de edificadores con Cristo (Mc 14, 58; Jn 2, 19) y sus apóstoles (Mt 16, 17-19). 

         Hay que hacer notar el carácter personalista de esta construcción, pues se trata de una acción personal de Jesús ("en él"; vv.21-22) confiada a otras personas. Por una parte, a los apóstoles, y por otra a los cristianos venidos del paganismo ("vosotros también"; v.22).

         Pablo habla por 1ª vez de la participación de todos los fieles en la obra de la edificación, y eso que hasta ahora había reservado este privilegio a los apóstoles (1Cor 3,5-17; 2Cor 10,8; 12,19; 13,10; Rm 15,20). Además, la edificación no termina nunca, debido a la diversidad y perennidad de los ministerios, y por eso siempre ha de ponerse bajo el único impulso de Cristo.

         Al presentar a la Iglesia como una edificación en la que todos colaboramos, Pablo no piensa tanto en estructuras e instituciones, ya que esta construcción no es un fin en sí misma, sino un medio que prepara el habitáculo escatológico de Dios en la humanidad, y se deja apreciar por ella.

         La Iglesia se define con expresiones complementarias. Ella es templo y habitáculo, pero todavía está todavía en periodo de construcción. Está sólidamente fundada y establecida, pero siempre está siempre por terminar. Es obra personal de Cristo y del Padre, pero no puede avanzar sin la colaboración de los fieles.

         La estructura de la Iglesia no puede perjudicar su dinamismo, así como el cuidado puesto por Cristo al fundarla no bastó para que fuese ya plenamente la morada de Dios. Es la Iglesia, pues, algo demasiado débil e inacabado, que necesita dejarse edificar sin cesar por Cristo, sobre el fundamento de la Palabra.

Maertens-Frisque

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         La Carta a los Efesios nos ofrece hoy una serie de claves para entender la unidad del género humano: "Los que estamos lejos podemos estar cerca", y "no por la fuerza de las armas, sino por la sangre de Cristo". Es decir, que el odio que alimenta la violencia no se supera con tratados internacionales, sino que sólo puede ser vencido por Cristo ("con su cuerpo"). Entregando su vida en la cruz, Cristo dio muerte al odio, y nos regaló el don de la verdadera paz. Él ha pronunciado con su muerte un shalom para el mundo entero.

         Esto significa que la lucha por la paz (que es un anhelo universal) es sólo es eficaz si uno está dispuesto a morir a sí mismo, para que otros vivan. ¿O es que puede construir una paz fructífera quien piensa sólo en sus intereses? ¿Y qué paz cabe esperar de los políticos que extienden una mano para saludar, y con la otra roban lo que pueden? ¿Qué paz cabe esperar de los pacifistas que van con televisiones en mano, exhibiendo sus propias frustraciones?

         ¿Y qué paz cabe esperar de nosotros mismos, cuando no aceptamos pagar el precio para que otros vivan? Fórmulas para la paz sí que las hay, como demostró Jesucristo. Pero no se expiden en ninguna escuela diplomática. Puede ayudarnos la célebre oración: "Haz de mí, Señor, un instrumento de tu paz".

Javier Soteras

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         Leyendo la lectura de hoy de Pablo a los hermanos de Efeso he terminado contemplando el don inefable de la eucaristía: "Ahora estáis en Cristo Jesús, y por la sangre de Cristo estáis cerca los que antes estabais lejos".

         En efecto, en la eucaristía es donde podemos actualizar el misterio de la redención, por el que Cristo murió por todos (los de cerca y los de lejos) y se hizo presente sacramentalmente a lo largo de la historia: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19).

         Alimentados en él, los creyentes comprenden que la tarea misionera consiste en el ser "una oblación agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Rm 15, 16), para formar cada vez más "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32), miembros activos de la única familia de Dios y testigos de su amor hasta los extremos confines de la tierra.

         La eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía (Ecclesia de Eucaristía, 26). Es decir, que la misión de la Iglesia se encuentra en continuidad con la misión de Cristo, y obtiene fuerza espiritual de la comunión con su cuerpo y su sangre.

         Cuando se participa del sacrificio eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención y de la misión de la Iglesia, cuyo programa se centra en Cristo mismo. Un Cristo al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en la vida trinitaria y para transformar desde ella la historia, hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste.

         Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios, comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y se convierte en una realidad visible y jerárquicamente estructurada.

Carolina Sánchez

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         Hablando de los que provienen del paganismo, y de los que pertenecían al pueblo israelita, Pablo resalta hoy que todos estamos unidos por el mismo Jesús: "Ya no son dos pueblos, sino uno solo". No dos casas vecinas, porque se ha derribado el muro que las separaba. Él ha hecho las paces entre los judíos y los no judíos, "uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, y dando muerte en él al odio".

         Los cristianos provenientes del paganismo no son extranjeros ni forasteros, sino "ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios". Todos formamos un solo edificio, que tiene a Cristo como piedra angular, a los apóstoles y profetas como cimientos, y todos juntos (judíos y paganos convertidos) como templo del Señor y morada de Dios.

         El misterio de Cristo y de la Iglesia sobrepasa, por tanto, lo personal e individual. Y apunta a la comunión de todos los creyentes en un solo pueblo, en una sola familia y en un solo edificio. Esto nos interpela a intentar conseguir un espíritu más universal, en el que nadie pueda ser considerado extraño en esta familia. Por nuestra acogida fraterna, debemos hacer sentir a todos que son ciudadanos e hijos, y piedras vivas de este edificio que siempre está en construcción.

         Ahora no será ya la distinción entre paganos y judíos lo que nos preocupa. Pero hay otras actitudes parecidas, porque ¿nos creemos superiores a otros? ¿Tenemos un corazón capaz de comprender y dialogar con los que piensan distinto de nosotros, seguramente con la misma voluntad que nosotros? ¿Practicamos el ecumenismo en nuestra propia casa, en las relaciones entre jóvenes y mayores, entre laicos y religiosos? ¿Acogemos  a los emigrantes y a los turistas? ¿Les facilitamos que se sientan en su casa?

         ¡Qué hermosa la consigna y la promesa de Pablo: "Paz a vosotros, los de lejos, paz también a los de cerca: así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu".

         Igual que Cristo hizo caer el muro divisorio entre Israel y el resto de la humanidad, o igual que en Berlín cayó felizmente el muro que separaba el Este del Oeste, tal vez tendrán que desaparecer más muros en nuestra vida personal o eclesial, para que puedan cumplirse estas perspectivas de Pablo y lo que ya el salmo responsorial cantaba: "Dios anuncia la paz a su pueblo".

José Aldazábal

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         Las palabras y el razonamiento que hace hoy San Pablo a la Iglesia de Efeso no puede ser más iluminativo y consolador. Los efesios vivían sin Dios y sin esperanza, y una luz nueva se les encendió. Vivían lejos del horizonte mesiánico de Israel, y fueron invitados a ser partícipes del mismo.

         Pero para eso fue necesario que "fuesen bañados en la sangre de Cristo", tras lo cual ya podrían formar parte del único pueblo de Dios, como hombres nuevos cuya ley era el amor, cuyo ambiente vivencial era la paz, y cuyo horizonte a largo plazo era la eternidad del Padre.

         Los efesios y nosotros mismos, pues, "ya no somos extranjeros y forasteros, sino que somos ciudadanos del pueblo de Dios", así como "miembros de la familia de Dios". Y estamos "edificados sobre el cimiento de apóstoles y profetas", para ser "morada del Espíritu".

         Después de leer esas vigorosas y confortantes palabras de Pablo, fuente de toda la teología eclesial, acomodémonos a una vida digna de hijos. Quien cada día vive como si fuera el último, dando lo mejor de sí mismo para gloria de Dios y de los hermanos, puede esperar que el Señor venga a visitarlo a la aurora, a mediodía o al atardecer.

Dominicos de Madrid

b) Lc 12, 35-38

         El texto presente es el final de una serie de recomendaciones que Jesús hace a sus discípulos para que no anden obsesionados por la comida o el vestido y aprendan que existe una jerarquía de valores en la comunidad cristiana: la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. La vida es el valor supremo; lo material es necesario, pero al servicio de la vida.

         Y ¿cómo llegará el discípulo a poseer la vida en plenitud? No precisamente acaparando bienes materiales, sino más bien compartiéndolos con los que no tienen y centrándose en lo que es fundamental: buscar que reine Dios en el mundo.

         De ahí que la principal actitud del cristiano sea tener una disposición ininterrumpida al servicio: "Tener el delantal puesto y encendidos los candiles a la espera del señor que vuelve de la boda, para abrirle la puerta". Hacerse siervo es el camino mostrado por Jesús en la Ultima Cena, cuando se puso a lavar los pies de sus discípulos y cuando, un poco antes, abolió la esclavitud al decirles: "Ya no os llamo siervos, sino amigos".

         Hacerse siervo es el único camino para llegar a la igualdad con Jesús y con los demás. Sólo desde abajo se puede cambiar el mundo; sólo abajándose se acaba con la desigualdad; sólo con el servicio se acaba con la servidumbre. Eso sí, servidumbre voluntaria por amor al prójimo desvalido, con el que se identifica Jesús.

         Así podremos celebrar ese banquete de bodas en el que salimos al encuentro de Jesús que se hace presente en la comunidad, en el banquete de la eucaristía donde se debe realizar la petición del Padrenuestro: "Nuestro pan del mañana dánoslo cada día".

Juan Mateos

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         "Se pondrá a servirles" alude a que Jesús tiene derecho a que le creamos esta promesa inaudita, porque ya nos dijo que él es nuestro sirviente (Lc 22, 27), y que no vino para ser servido sino para servir (Mt 20, 28). Por eso nos dice que entre nosotros el primero servirá a los demás (Mt 20,26; Lc 22,26). En esto estriba sin duda el gran misterio escondido en la Escritura que dice "el mayor servirá al menor" (Gn 25,23; Rm 9,12).

         Jesús, aun después de resucitado, sirvió de cocinero a su discípulos (Jn 21, 9-12). Y él, que desde Isaías se hizo anunciar como "el servidor de Yahveh" (Is 42,1; Ez 45,22), quiere también reservarse, como cosa excelente y digna de él, esa función de servidor nuestro. Debemos creerle, porque hizo algo mucho más humillante que el servirnos y lavarnos los pies: se dejó escupir por los criados, y colgar desnudo entre criminales, "reputado como uno de ellos" (Lc 22,37; Mc 15,28).

         Vemos, pues, que la inmensidad de las promesas de Cristo, más aún que en la opulencia de darnos su misma realeza y ponernos a su mesa y sentarnos en tronos (Lc 22, 29), está en el amor con que quiere ponerse él mismo a servirnos. El que no ama no puede comprender semejantes cosas, según enseña Juan (1Jn 4, 8).

         El tiempo intermedio, hasta la vuelta del Señor, este tiempo que vivimos, el de la Iglesia, exige una actitud: vigilar. El Señor volverá. Con toda seguridad. El discípulo no puede dormirse porque tarde. Debe permanecer alerta siempre, siempre en tensión. Sólo así el discípulo se asegura la acogida por parte de Jesús cuando vuelva. Sólo así se asegura la comunión con él en el gozo y en el amor. Sólo al siervo vigilante servirá el Señor (Mt 25 1-13; Lc 22,27; Jn 13,4-5).

         El desprendimiento no se produce de golpe ni de una vez por todas. De la misma manera, la confianza no se compra sino que se gana. En la medida en que el cristiano experimenta que dar no es perder, se va vaciando de preocupaciones materiales y va llenándose de confianza en el presente de Dios (no en el futuro, que para Dios no existe, como tampoco el pasado): "Porque donde tengáis vuestra riqueza, tendréis el corazón" (v.34).

         Hay quien tiene su riqueza en un banco o una caja, en posesiones o en acciones. Y hay quien la tiene en Dios, porque la ha depositado en los pobres: no hay ladrón ni atracador que pueda robar al que "vende sus bienes y lo da en limosna" (v.33). El que vendrá como un ladrón, en cambio, es el Hombre Jesús, en la persona que menos te esperas y cuando menos lo pienses (vv.35-40).

Josep Rius

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         Hubo épocas en las que los cristianos parecieron desinteresarse de lo terreno y de lo temporal. La reciente y gran acusación contra la Iglesia era la de decir que la fe era el "opio del pueblo", o que el pensamiento del cielo y del infierno era como un refugio que adormecía a los hombres y que los alienaba de sus tareas humanas.

         ¿Y qué es lo que piensa Jesús de esto? ¿Es alienador el evangelio? Y si aliena a los hombres, ¿en qué dirección lo hace? Jesús nos dijo: "Poneos el traje de trabajo", y "llevad ceñida la cintura", y "mantened las lámparas encendidas".

         Llevar puesto el delantal es estar presto para el trabajo. Es el uniforme de servicio (Lc 12,37; 17,8; Jn 13,4; Ef 6,14). Era también el atuendo del viajero el que llevaban los hebreos para celebrar la Pascua (Ex 12, 11). Tener la lámpara encendida, es estar siempre a punto, incluso durante la noche. No, el cristiano no es un alienado, sino que está en alerta constante, siempre presto a la acción y preparado para servir día y noche. ¿Estoy yo preparado para servir en todo instante, en todo momento?

         En 2º lugar, Jesús nos dijo: "Pareceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda para, cuando llegue, abrirle en cuanto llame". ¿Por qué y para quién hay que estar siempre disponible? Para la llegada o retorno de alguien. El detalle "retorno de la boda" quiere indicar que se trata de una hora tardía e indeterminada, pues en las civilizaciones rurales de antaño las bodas eran la única circunstancia en la cual se regresaba tarde a casa.

         Sí, Jesús viene. Se corre el riesgo de no estar esperándolo, porque su llegada es de improviso, imprevisible, oculta. ¿Estoy siempre a punto de recibir a Jesús? Porque Jesús viene de muchas maneras:

-en su Palabra, propuesta cada día;
-en todo hombre que necesita de mí, pues "quien a vosotros escucha, a mí me escucha";
-en los acontecimientos, o "signos de los tiempos" que es preciso descifrar;
-en mis alegrías y mis penas, en mi muerte y en mi vida.

         Los hijos vuelven de la escuela: es Jesús quien viene y espera mi disponibilidad. Un colega viene a pedirme que le eche una mano: es Jesús quien viene. Se me invita a una reunión importante para participar en la vida de la escuela, de la empresa, de la colectividad o de la Iglesia, ¿me quedaré tranquilo en mi rincón? Estoy preparando la comida. Trabajo en mi oficina, en mi despacho, en mi taller, y es Jesús que viene y al que hay que recibir.

         "Dichosos esos criados si el amo al llegar los encuentra en vela", nos recuerda Jesús. Velar, en sentido estricto, es renunciar al sueño de la noche, para terminar un trabajo urgente, o para no ser sorprendido por un enemigo. En un sentido más simbólico, es luchar contra el entorpecimiento (la negligencia) para estar siempre en estado de disponibilidad. Dichosos ellos, porque "os aseguro que el amo se ceñirá el delantal, los hará recostarse y les servirá uno a uno".

Noel Quesson

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         Hoy es preciso fijarse en estas palabras de Jesús: "Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran" (v.36). ¡Qué alegría descubrir que, aunque sea pecador y pequeño, yo mismo abriré la puerta al Señor cuando venga!

         Sí, en el momento de la muerte seré yo quien abra la puerta o la cierre, nadie podrá hacerlo por mí. O como decía San Gregorio Nazianceno: "Persuadámonos de que Dios nos pedirá cuentas no sólo de nuestras acciones y palabras, sino también de cómo hayamos usado el tiempo".

         "Estar en la puerta" y con los ojos abiertos es un planteamiento clave y a mi alcance. No puedo distraerme. Estar distraído es olvidar el objetivo, querer ir al cielo, pero sin una voluntad operativa; es hacer pompas de jabón, sin un deseo comprometido y evaluable.

         "Tener puesto el delantal" significa estar en la cocina, preparado hasta el último detalle. Mi padre, que era agricultor, decía que no se puede sembrar si la tierra no está a punto; para hacer una buena siembra hay que pasearse por el campo y tocar las semillas con atención.

         El cristiano no es un náufrago sin brújula, sino que sabe de dónde viene, a dónde va y cómo llegar; conoce el objetivo, los medios para ir y las dificultades. Tenerlo en cuenta nos ayudará a vigilar y a abrir la puerta cuando el Señor nos avise.

         La exhortación a la vigilancia y a la responsabilidad se repite con frecuencia en la predicación de Jesús por 2 razones obvias: porque Jesús nos ama y nos vela (ya que el que ama no se duerme) y porque el enemigo (el diablo) no para de tentarnos.

         El pensamiento del cielo y del infierno no podrá distraernos nunca de las obligaciones de la vida presente, pero es un pensamiento saludable y encarnado, y merece la felicitación del Señor: "Si llega en la segunda vigilia o en la tercera, y los encuentra así, dichosos de ellos" (v.38). Jesús, ayúdame a vivir atento y vigilante cada día, amándote siempre.

Miquel Venque

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         La venida de Jesús, la visita del amo a la comunidad cristiana, una comunidad de siervos-servidores voluntarios (pues no se puede ser cristiano sin convertirse en servidor de los demás) se efectúa en 2 momentos: 1º en la eucaristía, en la que Jesús se hace presente en medio de la comunidad por la palabra y por la fracción del pan; 2º en la persecución y en la muerte de cada uno. Para estos 2 encuentros, el cristiano tiene que estar alerta, en vela.

         Y para ello hay una actitud fundamental y básica: ejercer de servidor, pues la esencia del cristianismo es el servicio incondicional al prójimo hasta la muerte, siendo conscientes de que somos meros administradores, no propietarios, de aquello que llamamos nuestro. Y como administradores, debemos servir sin abusos ni egoísmos; cuanto más elevados estemos en el escalafón social, más exigente será el servicio que debamos prestar.

         Sólo así estaremos preparados para la vuelta del amo de la boda, imagen del reino definitivo, que se anticipa cada vez que celebramos la eucaristía, expresión del servicio de Jesús hasta la muerte, nuestro único modelo, que en la cena (como culmen de una actitud constante durante su vida) se puso el delantal y lavó los pies a sus discípulos, acción propia y exclusiva de los siervos, que él hace propia, invitando a los suyos a hacer otro tanto.

         El evangelio de hoy recuerda que el siervo ha de estar en vela, es decir, sin dejar de ejercer su servidumbre. El Señor mismo se hizo siervo, para que no haya siervos y señores, sino servidores, todos unos de otros. Una humanidad organizada sobre esta base daría lugar a un mundo nuevo.

Gaspar Mora

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         Estos días escucharemos varias recomendaciones de Jesús sobre la vigilancia, la actitud de espera activa y despierta que él pide a los suyos. La comparación es sencilla: cuando el amo ha ido de boda, no se sabe cuándo llegará. Lo hará seguramente tarde y a una hora imprevista. Dichosos los criados que están preparados, con la casa en orden. Entonces, cosa inaudita, el amo "los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo".

         La Iglesia primitiva tal vez tenía la impresión de que la venida final del Señor era inminente. Aunque ahora no tengamos esa preocupación, sigue válida la invitación a la vigilancia: tanto para el momento de nuestra propia muerte (que siempre es a una hora imprevista) como para la venida cotidiana del Señor a nuestras vidas, en su palabra, en los sacramentos, en los acontecimientos, en las personas. Si estamos despiertos, podremos aprovechar su presencia. Si estamos adormilados, ni nos daremos cuenta.

         "Tened ceñida la cintura" era la postura de los judíos al emprender el viaje del éxodo, en la 1ª Pascua de Egipto. La postura del que está disponible para emprender algo, sin aletargarse ni quedar instalado, con ánimo conformista, en lo que ya tiene. Dispuestos a salir de viaje. Si vale la comparación, es lo que se dice de los entrenadores de fútbol, que no se hacen ilusiones de que vayan a durar mucho en su puesto, y viven siempre "con las maletas preparadas".

         "Y encendidas las lámparas". Como las 5 muchachas prudentes que esperaban al novio, con el aceite de la fe, de la esperanza y del amor y mirando hacia adelante.

         Ayer se nos decía que no nos dejáramos apegar a las riquezas, porque nos estorbarán en el momento decisivo. Y hoy se nos dice que vigilemos. Es sabio el que vive despierto y sabe mirar al futuro. No porque no sepa gozar de la vida y cumplir sus tareas del hoy, pero sí porque sabe que es peregrino en esta vida y lo importante es asegurarse su continuidad en la vida eterna. Y vive con una meta y una esperanza.

         En las cosas de aquí abajo afinamos mucho los cálculos: para que nos llegue el presupuesto, para conseguir éxitos comerciales o deportivos, para aprobar el curso. Pero ¿somos igualmente espabilados en las cosas del espíritu? "Dichosos ellos, si el amo los encuentra así", nos recuerda Jesús, aludiendo a palabras que serán el colmo de la felicidad: "Muy bien, siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor". Y nos sentará a su mesa y nos irá sirviendo uno a uno.

José Aldazábal

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         El evangelio de hoy nos pide que nos preparemos para la llegada del Señor. Ante este desafío de responder al llamado de Jesús de estar alertas, como servidores de su Iglesia, estamos invitados como personas de fe a comprometernos y hacer nuestro este tesoro del reino de Dios anunciado por Jesucristo.

         El tiempo en que volverá Jesús es incierto. Lo importante es no estar desprevenidos, sólo así podremos ser recompensados con la promesa del Señor: "Dichosos esos siervos, porque el Señor mismo se alistará, los hará sentar a su mesa y los servirá uno por uno".

         Las personas vivimos una existencia siempre abierta al futuro. Estamos marcados por un dinamismo espiritual que nos impulsa al cambio, a la movilización. El hombre y la mujer jamás se conforman con las estructuras personales y sociales existentes. Cuando nos paralizamos o nos conformamos con lo que ya somos y con lo que tenemos, quiere decir, que la vida ha concluido su ciclo y nos encontramos bajo tierra en el silencio del cementerio, patria de los muertos.

         Estamos hechos para romper siempre de nuevo las cadenas que nos sujeta a las falsas seguridades y marchar en la búsqueda de nuevas formas de existencia y de organizar la sociedad. La vida es siempre un proceso inacabado en busca de una madurez y de una plenitud que sólo encuentra su sentido y su corazón de ser en Dios, en su Reino. De ello nos hablan las lecturas de este domingo.

         El Reino exige una fe que se apoya en el Dios liberador y fiel a sus promesas: "Lo que aquella noche había de suceder, al conocer con certeza las promesas en que se fiaban". Un pueblo sin memoria histórica está debilitado y desorientado, sin guía y sin meta clara hacia dónde caminar. El pueblo de Dios en cambio, sabe de quién se ha fiado: de Aquél que una noche lo sacó con mano fuerte de Egipto y lo condujo a la Tierra Prometida. Y en esa rica experiencia descubrió que Dios es fiel y soberano.

         El Reino se expresa en el testimonio de quienes nos precedieron en la fe, como Abraham, el siervo de Dios sometido a toda clase de pruebas y en las que se mantuvo seguro, firme y consecuente hasta el final de sus días apoyado en la palabra del Señor que le encomendó la misión de formar para él un pueblo numeroso, que le reconociera, le alabara y fuera el depositario de sus promesas de vida y de amor.

         Finalmente, la llegada del Reino pide una actitud vigilante, comprometida, fiel y perseverante: "Estad preparados con las lámparas encendidas. Y dichosos los siervos a quienes el Señor, al llegar a la casa, los encuentre despiertos". Para el discípulo de Jesús no hay descanso, no existen las treguas y las vacaciones.

         Estar abiertos al Reino, preparados y puestos a su servicio, exige una actitud de constante puntualidad, fidelidad y prudencia, responsabilidad, estar alerta, siempre listos, ceñidos los lomos y dispuestos a corresponder en cualquier momento a la acción liberadora y plenificadora del Espíritu que obra en los seguidores, en la Iglesia y en el pueblo, para realizar el proyecto de Dios en la historia y en el mundo.

         Los que acogen y hacen fructificar el Reino, recibirán su recompensa: "Dios mira desde el cielo a los humanos, a los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sostenerlos en el sufrimiento".

Bruno Maggioni

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         La 1ª frase del evangelio de hoy nos sugiere una manera de vivir la vida, una forma de amar: estar siempre dispuestos a servir y estar siempre atentos. En la rutina de la vida diaria es fácil bajar la guardia, empezar a pensar que todo lo que tenemos lo hemos ganado y lo tendremos para siempre, sobre todo en las relaciones personales. Esa es la manera más fácil de empezar a cerrar las puertas de nuestro corazón, de hacer que se convierta en una barrera de acero absolutamente hermética.

         Para poder "abrir en cuanto llamen" a nuestro corazón necesitamos permanecer en una actitud de servicio y de atención hacia los que nos rodean. Una caricia, un pequeño regalo, un abrazo, un tiempo dedicado a escuchar atentamente, o preparar una comida.

         Si alimentamos nuestra vida de estos gestos concretos vamos a poder entrar en una dinámica que nos permitirá abrirle en cuanto llame. Igual no nos daremos ni cuenta de que se ha colado en nuestra casa; lo reconoceremos sólo cuando él se pondrá el delantal, nos hará recostarnos y nos servirá uno a uno.

Carlo Gallucci

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         Para vivir lo que el evangelio de hoy nos propone hace falta ser, en la medida que nos corresponda, un poco como San Pedro de Alcántara, es decir, comprender la importancia de una vida de disciplina y de ascética. Términos que hoy en día, es cierto, no están muy de moda, y sin embargo son la llave maestra de la libertad en la que se desenvuelven los hijos de Dios.

         Desde el punto de vista etimológico, disciplina deriva de discípulos. En el ámbito cristiano indica la manera de ser y de actuar de aquel que sigue al Señor y aprende poco a poco el duro arte de la sequela (seguimiento) o del ser discípulo.

         La palabra áskesis en griego no significa renuncia, sino ejercicio, práctica y entrenamiento. Esto es tan cierto que los griegos llamaban ascetas a aquel que ejercía un arte o una profesión. Más aún, consideraban ascetas por excelencia a los gimnastas, a los luchadores.

         Asceta, no es, pues, de ninguna manera aquel que renuncia, sino aquel que es hábil, aquel que es un "acróbata de la existencia" (según la expresión del filósofo Natoli) aquel que domina las pasiones y sin embargo no se abstiene de los placeres, sino que sabe aprovecharlos según sea oportuno. Pero acróbata es, sobre todo, aquél que es dueño de sí hasta el punto de dominar el dolor o, al menos, de controlarlo.

         Progresivamente, entonces, el esfuerzo se vuelve belleza; la opción, plenitud; el desapego, serenidad; el vivir, un gozo continuo. Todo esto parece simple, pero, cuánto esfuerzo para poder volar en el espacio dominando las alturas y venciendo la gravedad. Pues como decía Cencini, "para alcanzar este equilibrio es necesario un ejercicio continuo del alma y de la voluntad".

         Por último, nos enseña el pasaje evangélico de hoy, como siempre sorprendente, que no hay nadie más sorprendente que nuestro Dios, en su respuesta a la fidelidad de sus siervos: "Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo". Así es el amor del Señor. Creo que sobran más palabras. Contemplemos con asombro y gratitud.

Carolina Sánchez

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         La expresión de hoy "tener las lámparas encendidas" (vv.35-38) indica la actitud atenta, propia del que espera la llegada de alguien. La situación del cristiano no puede ser de somnolencia y de descuido. Y esto por 2 razones: porque el enemigo está siempre al acecho (como león rugiente, buscando a quien devorar; 1Pe 5, 8) y porque quien ama no duerme (Cant 2, 5). Como decía Chiara Lubich:

"Vigilar es propio del amor, y cuando se ama a una persona, el corazón vigila siempre, esperándola, y cada minuto que pasa sin ella es en función de ella y transcurre vigilante. Jesús pide el amor, y por eso solicita vigilancia" (Meditaciones, XIX).

         O como decía San Ambrosio de Milán, "cuando el alma está adormecida, Jesús se marcha si haber llamado a nuestra puerta, pero si el corazón está en vela, llama y pide que se le abra" (Comentario a los Salmos, XVIII). Muchas veces a lo largo del día Jesús pasa a nuestro lado. ¡Qué pena si la tibieza impidiera verlo!

         Todos los días nos encontramos con obstáculos que nos apartan de Dios. Generalmente debemos luchar en pequeños detalles. Muchas veces el empeño por mantenernos en estado de vigilia, bien opuesto a la tibieza, se concretará en fortaleza para cumplir nuestras normas de piedad, esos encuentros con el Señor que nos llenan de fuerzas y de paz.

         Otras veces la lucha estará centrada en el modo de vivir la caridad, en tener buen humor; o tendremos que empeñarnos en realizar mejor el trabajo, en ser más puntuales, en poner los medios para continuar nuestra formación humana, profesional y espiritual. En la lucha por lo pequeño, el alma se fortalece y se dispone para oír las continuas inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. Y es también en el descuido de lo pequeño es donde el enemigo se hace peligroso y difícil de vencer.

         El corazón que ama está alerta; el tibio duerme. El estado de tibieza se parece a una pendiente inclinada que cada vez se separa más de Dios: nace una preocupación por no excederse, por quedarse en lo indispensable para no caer en pecado mortal, aunque se acepta con frecuencia el venial.

         Se justifica esta actitud por razones de naturalidad, de eficacia, de salud, que ayudan al tibio a ser indulgente con sus pequeños defectos desordenados, apegos a personas o cosas, caprichos, comodidad. Se va tirando, queda en el corazón un vacío de Dios que se intenta llenar con otras cosas, que no son de Dios y no llenan. Tened las lámparas encendidas, atentos a los pasos del Señor. Nadie estuvo más atento a la llegada del Señor a la tierra que María. Ella nos enseñará a mantenernos vigilantes.

Francisco Fernández

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         La vida de los discípulos está caracterizada por dos actitudes. El discípulo de Jesús mira al futuro del cual espera la salvación y siempre alerta como para un viaje o en traje de trabajo. Pero el futuro del creyente no es una utopía anónima sino que tiene un nombre y un rostro precisos: es el Señor Jesús.

         La enseñanza lucana es urgente para su comunidad tentada de dejar caer la tensión y la espera del futuro. Cuando se espera por largo tiempo y nada ocurre, existe el riesgo de la desilusión y de la rutina cotidiana.

         La parábola de los sirvientes que esperan a su patrón que regresa de la fiesta de bodas, convoca a una genuina actitud de vigilancia constante: cuanto más larga e incierta es la espera tanto más se hace necesaria la vigilancia perseverante.

Gonzalo Fernández

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         Siempre que pasa algo raro empiezan a pulular los rumores sobre el fin del mundo. Esto con frecuencia produce inquietud y desasosiego en muchos cristianos, lo cual nos lleva a perder la paz y la libertad que Dios nos regala. Todos estos rumores sólo buscan confundirnos.

         Hoy hemos escuchado que el regreso de Cristo, y con ello el fin del mundo, es algo que llegará de sorpresa. Por ello es que hay que vivir preparados. Quien vive en gracia y de acuerdo al evangelio no está preocupado de cuándo o a qué hora llegará; sabe que cuando llegue será el día más feliz de su vida pues lo verá tal como es y así su amor y su felicidad serán colmados.

         No nos dejemos engañar, y vivamos siempre listos "esperando la llegada de nuestro Señor", en la alegría y la paz de Dios.

Ernesto Caro

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         Jesús nos dice hoy: vivid vigilantes, haced el bien, cumplid la justicia, sed honestos. Esa vida es la que en cualquier hora del día o de la noche nos lleva a esperar gozosos la llegada sorpresiva del Señor. Nuestra tierra ha de ser, en Cristo y con Cristo, vida en las manos y en las entrañas de Dios nuestro Padre.

         En la noche y en el día, nuestras antenas han de estar desplegadas para captar cualquier moción del Espíritu que nos quiera llevar a alta mar, donde el amor se consuma en la unión íntima con el corazón de Dios.

         La Iglesia, esposa de Cristo, vive preparada, con el corazón despierto para cuando vuelva el Señor. Nuestra mejor preparación es a través del servicio a los demás. Se nos ha confiado el evangelio y no podemos darnos descanso en anunciarlo a los demás. Nosotros mismos hacemos vida el evangelio en nuestra existencia diaria.

         Así jamás se apagará la luz que el Señor encendió en nosotros, pues la fe en él nos conserva siempre iluminando aún en medio de los momentos más difíciles de nuestra vida. Que cuando el Señor vuelva nos encuentre trabajando por su Reino, haciendo el bien a los demás y sirviendo con amor a todos.

         El Señor se ha puesto afanoso por nosotros. Él no se durmió mientras su enemigo amenazaba nuestra vida. Él, como el dueño de la casa, veló por los suyos y venció a quien nos amenazaba de muerte. Mediante su muerte y resurrección nos dio nueva vida, la vida de hijos de Dios. Así él no sólo procura el bien de los de su casa, sino que él mismo se convierte en alimento de salvación para nosotros.

Dominicos de Madrid

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         La esperanza está en el corazón de la vida cristiana. La vuelta del Señor nos impide aceptar el pensamiento de que el futuro no será mejor que el presente, o que sólo podrá consistir en "más de lo mismo" como algunos proponen.

         Pero esa tensión al futuro puede revestir formas que no son propias de la esperanza cristiana. El miedo ante la venida del Señor, unido al cálculo que busca precisar el momento final de la historia humana, crea actitudes que pueden paralizar toda actividad y, de esa forma, impedir la realización de todo aquello que se nos pide en vistas a preparar el futuro.

         La salvación prometida, el futuro que anhelamos, exige una actitud de vigilancia, una esperanza activa que nos coloque en el camino del servicio. Endosar la vestimenta más apta para el trabajo, cuidar que las lámparas sigan iluminando, tener el oído atento al toque de la puerta son las únicas actitudes que pueden responder adecuadamente a las exigencias que el futuro nos plantea.

         El futuro instalado en el corazón del presente hace que nos enfrentemos con éste dispuestos a confirmar lo bueno que en él se encuentra y dispuestos a eliminar lo que este presente tiene de inhumanidad.

         Porque el futuro es gracia de Dios, encuentro con Alguien que retorna, pero a la vez es un futuro que debemos preparar. Y de la respuesta activa de esa preparación depende la felicidad prometida a todo servidor vigilante. Sólo entonces el Señor que vuelve nos hará sentar a la mesa y se pondrá a servirnos.

Confederación Internacional Claretiana

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         La fiesta y el trabajo deben caracterizar al cristiano. Algunos estilos de cristianismo son severos y moralistas, y no tienen en cuenta el ambiente festivo en que fue educada la primera comunidad de discípulos. De esta manera niegan una realidad esencial: la fe en el Señor es ante todo gozo y confianza.

         Por eso, los cristianos deben procurar que su fe no se les convierta en un montón de preceptos incumplidos, sino que se les convierta en una verdadera fiesta de la vida. Como decía un padre de la Iglesia, "Cristo Resucitado viene a convertir la vida humana en una fiesta".

         Otros estilos de cristianismo se perfilan como una estimación tranquila y funcional de la religión. Se contentan con cumplir una cantidad de ritos, con asistir a ciertas reuniones sociales y con eso se contentan. A estos cristianos se les olvida que el cristianismo también es trabajo: "tened puesta la ropa de obreros".

         Trabajo que no consiste en construir casas de ladrillo ni en conseguir mucha plata para alguna buena causa. El trabajo para el cristiano es un compromiso personal para transformarse a sí mismo y para transformar el mundo en el que vive.

         Las personas que comprenden el cristianismo como algo más que una religión de preceptos o un conjunto de ceremonias, estarán en condiciones de iniciar una nueva vida. Vida atenta a la voz del Señor y vigilante ante los signos de la realidad. Ellos serán como los servidores que esperan a medianoche al patrón que viene de la fiesta y están dispuestos y preparados para recibirlo.

         Fiesta y trabajo, compromiso y confianza, son las notas características del discípulo de Jesús que participa plenamente de su mesa. Por eso, cuando él venga "se pondrá el delantal y les servirá uno por uno".

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Nos dice hoy Jesús en el evangelio que tengamos ceñida la cintura y encendidas las lámparas, aludiendo a la actitud de vigilancia.

         Tener ceñida la cintura significa mantenerse en disposición de emprender una tarea, servicio o trabajo. Es decir, significa estar listos para la acción. Pero esto supone una preparación previa, una ascesis capacitativa para esa labor, una disponibilidad mental para afrontar esa situación. O como dice Jesús, estar ceñidos o vigilantes, sobre nosotros mismos.

         La imagen de las lámparas encendidas también tiene que ver con la vigilancia y con la luz. Mientras es de día no es preciso encender las lámparas, y nos basta la luz del sol para mantenernos despiertos y en acción. Pero llegada la noche, se hace necesario encender las lámparas para mantenernos despiertos y vigilantes. Esto sólo es posible con la luz que nos proporciona la fe.

         Así se presenta la fe, como una luz que nos permite ver lo que no podemos ver con la luz de la visión (sensible) o con la luz de la razón (intelectiva). Y para ver al enemigo que hay que evitar, o al amigo que hay que recibir, no basta con estar vigilantes, sino que es preciso tener luz.

         Es preciso tener esa luz que nos permita distinguir al amigo del enemigo, o encontrar el camino de salida o de entrada, o de sortear los obstáculos en nuestro recorrido hasta la meta. Sólo así, vigilantes e iluminados (por la fe), podremos reconocer al Señor que vuelve de la boda, apenas venga y llame.

         Esta debe ser la actitud de los discípulos, en ausencia de su Señor y mientras aguardan su llegada. Estad, dice Jesús, como los que aguardan a que su señor vuelva, para abrirle apenas venga y llame. Puesto que nuestra existencia transcurre entre su primera venida (en carne) y su segunda venida (en gloria), hemos de estar como los que aguardan su vuelta, aunque sin dejar de disfrutar de su presencia actual (espiritual, sacramental y eucarística).

         El esperado es el Señor y no cualquier otro, y por eso se le espera con expectación, y cuando llega se le abre con prontitud (nada más oír la llamada). Pero para eso hay que estar a la espera, ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

         Pues bien, dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela, pues como asegura Jesús: Dicho señor se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y esto tanto si llega al anochecer, o ya entrada la noche, o de madrugada (cuando empieza a esclarecer). Es decir, que lo importante no es ya cuándo llegue, sino lo que hará cuando llegue.

         Lo que importa es que ese Señor nos encuentre despiertos y a la espera (en vela). Y si en algo nos desagrada la imagen del criado empleada por Jesús, ahí tenemos otra imagen: Ya no os llamo siervos, sino amigos.

         Si el señor de la parábola se ceñirá ante sus criados, eso es porque hará una fiesta para ellos (los hará sentar a su mesa), y él mismo tendrá el honor de servirles, en este caso como señores (pues él los irá sirviendo).

         La vigilancia esconde el deseo del deseado, que viene para sentarnos a su mesa tras habernos elevado de la categoría de siervos a la categoría de señores. Esto es lo que nos espera si aguardamos al Señor (el cual vendrá inevitablemente, lo queramos o no) con esta actitud de vigilancia y de fe, para abrirle apenas venga y llame.

 Act: 20/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A