27 de Agosto

Jueves XXI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 agosto 2026

a) 1 Cor 1, 1-9

         Comenzamos hoy una epístola paulina que trató de dar respuesta a las preguntas formuladas por los fieles de Corinto, una ciudad totalmente inmersa en el mundo pagano, de costumbres corrompidas y de las más variadas corrientes ideológicas. Se supone que si Corinto había aproximadamente 500.000 habitantes, de ellos más de 300.000 eran esclavos.

         Pues bien, a esos fieles de Corinto se dirige Pablo: "Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, con Sóstenes, nuestro hermano, me dirijo a vosotros que sois en Corinto la Iglesia de Dios". Pablo indica, de entrada, con qué título se dirige a sus interlocutores. No es a nombre suyo personal, ni tampoco como simple delegado (a quien el grupo habría dado el papel de jefe de la comunidad), sino como apostolos (lit. enviado) de Jesucristo y kletos (lit. llamado) por voluntad de Dios.

         Pablo, pues, se compromete a llevar todo el peso de una autoridad que no le viene de la elección de los hombres, sino de la libre voluntad de Dios. ¿Contemplo sólo a los ministros de la Iglesia con una mirada humana? ¿O más allá de sus cualidades y defectos descubro en ellos un misterio divino?

         Tras lo cual, sigue diciendo el apóstol: "Vosotros, los santificados en Cristo Jesús, y los llamados por Dios a ser el pueblo santo, y cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo". Estamos siempre en pleno misterio, ya se trate de fieles o de ministros. En todo caso, estos pobres cristianos, que se reúnen cada domingo, han ido a su eklesia (lit. asamblea), y han sido de veras convocados por Dios (por la llamada de Dios), y por ello son santos. En mi oración trato de ser consciente de mi dignidad.

         Prosiguiendo la lectura de la carta, veremos que esas gentes no eran santos, o personas perfectas en el sentido limitado que tiene hoy este término. Sino que entre ellos tenía que ser rectificado más de un abuso sonrojante. Entonces, ¿por qué los llama santos Pablo?

         Nuestra santidad es la santidad de Dios en nosotros. Gracias, Señor. Pablo recuerda a los Corintios que no son una comunidad aislada. Ningún grupo de cristianos puede pretender vivir autónomamente, en circuito cerrado. Por pequeño que sea el grupo de fieles está unido a "todos aquellos que en cualquier lugar están en oración con el Señor Jesús". Te ruego, Señor, por todos aquellos que, renunciando a la gran universalidad de la Iglesia, se sienten tentados de encerrarse en las sectas.

         Pues bien, a esos santos de Corinto les sigue diciendo el apóstol: "Vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Jesucristo, habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento de Dios". Demos gracias a Dios sin cesar. ¿Sé dar, a menudo, gracias? Gracias por, gracias por... y porque Cristo nos ha hecho conocer a Dios.

         Tras lo cual, se despide de los corintios, y de momento, el apóstol: "Esperáis a ver la revelación de nuestro Señor Jesucristo. El os fortalecerá hasta el fin". Encontramos de nuevo la espera escatológica, el día en que Jesús se revelará perfectamente a nosotros. ¡De aquí allá tenemos que mantener nuestra firmeza! Esto parece ser bastante duro para los oyentes de Pablo, puesto que tan a menudo vuelve a hablarles de estas virtudes de la valentía y de la firmeza.

         Pues "fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a vivir en comunión con Dios y con su Hijo Jesucristo". Vivir en comunión con Jesús. Vivir una misma vida con Cristo. La vida de Jesús circula en mí. Que sea yo fiel a esta vida, Señor.

Noel Quesson

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         Durante 3 semanas y media vamos a leer la Carta I a los Corintios del apóstol Pablo. Corinto era y es una gran ciudad, puerto de mar, situada también en Grecia, como la de Tesalónica, pagana, con mala fama en cuanto a sus costumbres.

         La comunidad cristiana de Corinto había sido fundada por Pablo durante su estancia de los años 51-52. Y por lo que se ve, era una comunidad muy viva, con cualidades y con problemas. Virtudes y defectos de unos cristianos de hace 2.000 años, que nos iluminan en nuestra vida comunitaria de ahora. Parece que Pablo les escribió 4 cartas, de las que se han conservado la 2ª y la 4ª (las que llamamos 1ª y 2ª a los Corintios).

         La 1ª carta a los corintios, que es la que empezamos a leer hoy, y Pablo escribió hacia el 56-57, desde Éfeso y en su 3º viaje apostólico. Su temática no es la que podríamos llamar judía (la relación entre la fe y la ley), ni tampoco la típicamente cristiana (el seguimiento de Cristo), sino una más helénica (la relación entre el conocimiento y el amor, entre la gnosis y el ágape). La finalidad de las recomendaciones de Pablo será la edificación de la comunidad, por encima de los entusiasmos filosóficos y carismáticos que puedan tener los corintios.

         El comienzo no puede ser más positivo y esperanzador. Pablo describe a los cristianos como "el pueblo santo que Jesucristo llamó" y "la Iglesia de Dios que está en Corinto", que han recibido "la gracia de Dios en Cristo Jesús" y han sido "enriquecidos en todo", pues "no carecen de ningún don".

         Destaca, sobre todo, el don de la sabiduría, "en el hablar y en el saber". Los griegos se distinguían por su sabiduría, y eran maestros en filosofía. También los convertidos parece que estaban muy satisfechos de este don, lo que Pablo irá constatando, no sin cierta ironía, a lo largo de toda la carta.

         Pero lo que más subraya Pablo es el protagonismo de Jesús: en los versículos que leemos hoy, nada menos que nueve veces aparece su nombre. Jesús es quien da sentido a toda la gracia que Dios ha hecho a los Corintios y a su respuesta de fe.

         Haremos bien en ir leyendo esta carta como escrita para nosotros mismos, deseando merecer las alabanzas de Pablo y procurando corregirnos de sus reproches, si es que se nos pueden aplicar. La de Corinto es una comunidad cristiana que vive en un ambiente pagano: de ahí su actualidad pastoral.

         La Escritura no se proclama en nuestras celebraciones para que nos enteremos de que hace 21 siglos las comunidades tenían tales o cuales problemas. Sino para que nos miremos al espejo y procuremos que nuestros caminos vayan coincidiendo cada vez más con los de Dios.

         Ojalá tuviéramos todos esa riqueza de gracia y de dones de que habla Pablo. Y al mismo tiempo, nos "mantengamos firmes hasta el final", porque todos somos llamados "a participar de Jesucristo, Señor nuestro, y él es fiel".

         También en nuestra generación, una comunidad cristiana, situada en medio de una sociedad pagana o distraída, tiene que cumplir su misión evangelizadora, anunciadora de la salvación de Dios, como pide el salmo reponsorial de hoy: "Una generación pondera tus obras a otra, y le cuenta tus hazañas; difunden la memoria de tu inmensa bondad y aclaman tus victorias".

José Aldazábal

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         Vida entregada, vida premiada. Este lenguaje no es totalmente correcto, si lo analizamos espiritualmente, pero expresa una lógica por la que todos nos entendemos. El amor verdadero no tiene como objetivo alcanzar el amor y premio de los demás, pues quien ama profundamente ama "porque ama", sin otros complementos. Pero el amor es puerta de entrada en todos los corazones, incluso el de Dios, y es siempre coronado, aunque no lo parezca. Amor con amor se paga, o se corresponde.

         Muchas veces repetimos en nuestra historia de grandezas y miserias humanas que participar del espíritu de Cristo, es hacernos solidarios y animadores de cuantos lloran y no ríen, de cuantos sufren y no tienen consuelo, de cuantos envejecen y pierden a sus amigos, de cuantos lo dieron todo y, al final, se encuentran abandonados. Ese gesto de amor cristiano, cumbre del obrar gratuito, no tiene precio, no se realiza a precio. Pero siempre crea un tesoro en el corazón de la humanidad, de la Iglesia, de Dios nuestro Padre. Y de ese tesoro participaremos eternamente.

         Dios nos ha llamado a todos a participar de la vida y de la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Y quienes hemos hecho nuestro el don de Dios, formamos la Iglesia de Cristo. Y él va enriqueciendo a su Iglesia con una variedad de dones, de carismas para el bien de la misma.

         Y puesto que el Señor nos quiere al servicio del evangelio, nos entrega de un modo especial su Palabra, y nos concede el don del conocimiento para que comprendamos su Palabra, la encarnemos en nosotros mismos y la proclamemos como testigos. La Iglesia siempre estará en camino, como peregrina hacia el encuentro definitivo con su Señor.

Dominicos de Madrid

b) Mt 24, 42-51

         La clave de interpretación del evangelio de hoy se encuentra en el verbo "estar en vela" (v.42), que aparece también en el episodio de Getsemaní (Mt 26, 38.40.41). Indica la solidaridad e identificación con la muerte de Jesús, cuya angustia experimenta en el huerto. Los discípulos han de estar siempre preparados a afrontarla (v.44). Se ve que la "llegada del hombre" se identifica con la hora de la persecución a muerte contra los suyos. Su llegada es salvación, pues viene a reunir a sus elegidos (v.31).

         La actitud en la hora de la prueba depende de la que se haya tenido en la vida, y decidirá la suerte de cada uno, según lo dicho en v. 13: "El que resista hasta el fin ése se salvara". La "llegada del hombre" es la ruina de un sistema opresor: ésa es su victoria; al mismo tiempo, es la salvación para los suyos que han dado la vida en la persecución y cuya actividad, proclamando el mensaje y dando su vida, ha provocado esa caída. Ellos no pueden participar de la inconsciencia general.

         Resumiendo el discurso anterior, Jesús predice la destrucción de Jerusalén y de su templo. Un acontecimiento que, lejos de indicar el fin, significa el principio de una nueva época, en la que se irá realizando la humanidad nueva. Sus seguidores llegarán a su plena madurez y salvación afrontando la persecución y el odio y dando la vida, sin desanimarse por la maldad del mundo ni por las defecciones de otros.

         La época que comienza con la destrucción de Jerusalén (el "reinado del hombre") verá la caída sucesiva de otros sistemas opresores, que significarán el triunfo del hombre. Lo mismo que la 1ª fue efecto de la condena de Jesús (el Mesías pacífico) y de la elección del camino de la violencia (Mt 27, 20), así la caída de los otros sistemas será efecto de la persecución y muerte de los discípulos. Su obra irá produciendo la maduración de la humanidad.

         Advierte Jesús a los suyos de la actitud de servicio que debe regir las relaciones en la Iglesia. La responsabilidad confiada por Jesús a los suyos es continua, no se limita al momento de su llegada. La actitud que se tenga en este momento será el fruto de la que se ha tenido durante la vida.

         La llegada se refiere, como anteriormente, al momento de la prueba y de la persecución que lleva a la muerte. Entonces será el momento del éxito o de la frustración definitiva ("el llanto y el rechinar de dientes"). Esta parábola puede estar en relación con el dicho anterior: "Se enfriará el amor en la mayoría" (v.12).

         "El canalla del siervo" (lit. el mal siervo aquel). Aquel no se refiere a nada anterior, y la frase equivale a "si el siervo en cuestión es malo". El griego kakos significa desde malintencionado hasta criminal, y dada la conducta que se describe a continuación, malo es demasiado débil.

Juan Mateos

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         El texto de hoy lo podemos dividir en 2 partes. La 1ª parte (vv. 42-44) nos habla de la vigilancia como actitud característica del hombre evangélico, cuyo vivir es esperar el encuentro definitivo con Jesús. La 2ª parte (vv. 45-51) es la Parábola del Siervo Fiel (o infiel), puesto al frente de los servidores de la casa del Señor.

         Mateo nos dice que es necesario "estar en vela, porque no sabéis qué día va a venir el Señor". La actitud religiosa que exige el imperativo "estar en vela" es análoga a la de quien se mantiene despierto y alerta a las horas en que lo más normal sería dormir.

         Esta analogía va a ser ilustrada inmediatamente por la Parábola del Ladrón (vv.43-44). Luego nos vamos a encontrar con 3 parábolas que destacan algunas de las disposiciones que van incluidas en el concepto de estar despiertos o vigilantes.

         La Parábola del Ladrón evoca una situación humana muy realista: si un ladrón desvalija una casa, lo hará mientras el amo duerme, sin avisar con antelación el día y hora de su venida. Su momento es imprevisible. Única defensa contra la sorpresa del ladrón sería una vigilancia permanente.

         La lección religiosa sugerida por esta situación es espontánea: si el Señor no ha querido prefijar su hora, y puede venir cuando menos lo esperemos, "estemos continuamente preparados". La parábola siguiente ilustra un aspecto de esta prudencia del hombre evangélico, que vive habitualmente en acto.

         La 2ª parte (vv. 45-51) nos propone la Parábola del Siervo Fiel (o infiel), que tiene bajo su responsabilidad a los demás servidores de la "casa del Señor". Su prudencia, la diligente atención a todos; su infidelidad, la negligencia, la vida disoluta y el despotismo. El Señor viene a la hora menos pensada, y lo juzgara según la actitud en la que lo encuentre.

         Su interpretación la debemos hacer desde el contexto precedente: la vigilancia, aunque no se limita a repetir la idea, sino que la desarrolla y la concreta. En los vv. 42-44 no se veía aún en que consistía esta vigilancia; ahora aparece con más claridad: se trata de una vigilancia activa, del cumplimiento fiel, inteligente o prudente de una misión recibida.

Fernando Camacho

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         Terminaremos esta semana la lectura continua de Mateo, con 3 páginas del gran Discurso Escatológico de Jesús sobre el fin de los tiempos, comenzando por la palabra Velad. Como decía el card. Newman en su sermón 22 sobre la vigilancia:

"Jesús preveía el estado del mundo tal como lo vemos hoy, en el que su ausencia prolongada nos ha inducido a creer que ya no volverá jamás. Ahora bien, muy misericordiosamente nos susurra al oído que no nos fiemos de lo que vemos, que no compartamos esa incredulidad general, sino que estemos alerta y vigilantes".

"Debemos no sólo creer sino vigilar, no sólo amar sino vigilar, no sólo obedecer sino vigilar. Pero vigilar, ¿por que? Por ese gran acontecimiento: la venida de Cristo".

"¿Sabéis qué es estar esperando a un amigo, esperar su llegada y ver que tarda en venir? ¿Sabéis qué es estar con una compañía desagradable, y desear que pase el tiempo y llegue el momento en que podáis recobrar vuestra libertad? ¿Sabéis qué es tener lejos a un amigo, esperar noticias suyas, y preguntarse día tras día qué estará haciendo ahora, en ese momento, si se encontrara bien? Velar a la espera de Cristo es un sentimiento parecido a estos, en la medida en que los sentimientos de este mundo son capaces de representar los de otro mundo".

         Pero volvamos al texto, porque Jesús dice: "Velad, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor". También el Padre Duval ha traducido maravillosamente esta espera en su canción:

"El Señor volverá, lo prometió, que no te encuentre dormido aquella noche. En mi ternura clamo hacia él: Dios mío, ¿será quizá esta noche? El Señor volverá, espéralo en tu corazón, ¡no sueñes en disfrutar lejos de él tu pequeña felicidad!".

         Jesús viene, y nos advierte que velemos, porque la llegada sucederá cuando menos lo pensemos. Podríais malograr esa venida, esa cita imprevista, esta visita-sorpresa. Y para que nos pongamos en guardia contra nuestras seguridades engañosas, Jesús llega a compararse a un "ladrón nocturno". Inseguridad fundamental de la condición humana.

         Jesús vendrá al final de los tiempos en el esplendor del último día. Jesús vendrá a la hora de nuestra muerte en el cara a cara de aquel momento solemne "cuando se rasgará el velo que nos separa del dulce encuentro".

         Pero Jesús viene cada día, si sabemos "estar en vela". No hay que esperar el último día. Está allí, detrás del velo. Viene en mi trabajo, en mis horas de distensión, de solaz. Viene a través de tal persona con quien me encuentro, de tal libro que estoy leyendo, o de tal suceso imprevisto. Es el secreto de una verdadera revisión de vida.

         ¿Dónde está ese empleado fiel y sensato encargado por el amo de dar a su servidumbre la comida a sus horas? Pues dichoso ese empleado, dice Jesús, "si el amo, al llegar, lo encuentra cumpliendo con su obligación".

         Sí, velar y atisbar las venidas de Jesús, no es estar soñando. Sino que es hacer cada uno el trabajo de cada día, es considerarse, de alguna manera, responsable de los demás, es darles, cuando se requiera, su porción de pan, es amar. Se trata de algo que concierne, muy especialmente, a los responsables de la Iglesia: mantener despierta la vigilancia.

Noel Quesson

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         Nos quedan 3 días de lectura del evangelio de Mateo, y los 3 tienen un mismo tema: el Discurso Escatológico de Jesús, el 5º y último de los que Mateo nos ofrece en su evangelio, organizando los dichos de Jesús. El Discurso Escatológico se refiere a los acontecimientos finales, y a la actitud de vigilancia que debemos tener respecto a la venida última de Jesús.

         Hoy nos lo dice con dos comparaciones muy expresivas: el ladrón puede venir en cualquier momento, sin avisar previamente; el amo puede regresar a la hora en que los criados menos se lo esperan. En ambos casos, la vigilancia hará que el ladrón o el amo nos encuentren preparados.

         Nos va bien que nos recomienden la vigilancia en nuestra vida. No es que sea inminente el fin del mundo, con la aparición gloriosa de Cristo. Ni que necesariamente esté próxima nuestra muerte. Pero es que la venida del Señor a nuestras vidas sucede cada día, y es esta venida, descubierta con fe vigilante, la que nos hace estar preparados para la otra, la definitiva.

         Toda la vida está llena de momentos de gracia, únicos e irrepetibles. Los judíos no supieron reconocer la llegada del Enviado, pero ¿desperdiciamos nosotros otras ocasiones de encuentro con el Señor?

         El estudiante estudia desde el principio de curso. El deportista se esfuerza desde que empieza la etapa o el campeonato. El campesino piensa en el resultado final ya desde la siembra. Aunque no sean inminentes ni el examen ni la meta definitiva ni la cosecha. No es de insensatos pensar en el futuro. Es de sabios. Día a día se trabaja el éxito final. Día a día se vive el futuro y, si se aprovecha el tiempo, se hace posible la alegría final.

         "Estar en vela" es una buena consigna para la Iglesia, un pueblo peregrino y en marcha que camina hacia la venida última de su Señor. Y una buena consigna para los cristianos despiertos, que saben de dónde vienen y a dónde van, que no se dejan arrastrar sin más por la corriente del tiempo o de los acontecimientos, que no se quedan amodorrados por el camino.

         "Estar en vela" no significa vivir con temor, ni menos con angustia, pero sí con seriedad. Porque todos queremos escuchar, al final, las palabras de Jesús: "Muy bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor".

José Aldazábal

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         El texto evangélico de hoy nos habla de la incertidumbre del momento en que vendrá el Señor: "No sabéis qué día vendrá" (v.42). Si queremos que nos encuentre velando en el momento de su llegada, no nos podemos distraer ni dormirnos, y hay que estar siempre preparados.

         Jesús pone muchos ejemplos de esta atención: el que vigila por si viene un ladrón, el siervo que quiere complacer a su amo. Quizás hoy nos hablaría de un portero de fútbol que no sabe cuándo ni de qué manera le vendrá la pelota.

         Pero antes debiéramos aclarar, quizás, de qué venida se nos habla. ¿Se trata de la hora de la muerte? ¿Se trata del fin del mundo? Ciertamente, son venidas del Señor que él ha dejado expresamente en la incertidumbre para provocar en nosotros una atención constante.

         Haciendo un cálculo de probabilidades, quizás nadie de nuestra generación será testimonio de un cataclismo universal que ponga fin a la existencia de la vida humana en este planeta. Y por lo que se refiere a la muerte, esto sólo será una vez y basta. Mientras esto no llegue, ¿no hay ninguna otra venida más cercana ante la cual nos convenga estar siempre preparados?

         Como decía San Francisco de Sales, "¡cómo pasan los años! Los meses se reducen a semanas, las semanas a días, los días a horas, y las horas a segundos". Cada día, cada hora, en cada instante, el Señor está cerca de nuestra vida. A través de inspiraciones internas, a través de las personas que nos rodean, de los hechos que se van sucediendo, el Señor llama a nuestra puerta y, como dice el Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3, 20).

         Si hoy comulgamos, esto volverá a pasar. Si hoy escuchamos pacientemente los problemas que otro nos confía o damos generosamente nuestro dinero para socorrer una necesidad, esto volverá a pasar. Si hoy en nuestra oración personal recibimos (repentinamente) una inspiración inesperada, esto volverá a pasar.

Albert Taulé

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         El último día de la historia, el final de los tiempos, se ha descrito en muchas ocasiones como un día trágico y ha dado lugar a una literatura que llamamos apocalíptica. Jesucristo anunció que vendría de nuevo a la tierra, y que esa venida sería definitiva. Pero, ¿cómo debe preparase un cristiano? Vamos a considerar 2 tipos de esperas.

         La 1ª espera es parecida a la de un soldado, agazapado en su trinchera, esperando con verdadero miedo el ataque del enemigo. Su única ilusión es que ese momento nunca llegue, porque sabe que puede acabar mal. Es la actitud del que ve el final pensando que va a condenarse por sus pecados. Tiembla, pero tampoco pone remedio.

         La 2ª espera es la de la esposa que aguarda a su marido, ausente durante mucho tiempo del hogar. Por ejemplo, la esposa de un marinero, que sueña el día en que volverá a estrechar entre sus brazos al amor de su vida. Y cuando se acerca el día, se prepara, se viste, se perfuma y se dispone a recibirle con toda la ilusión del mundo.

         El cristiano debe vivir sin temor, preocupado por vivir fielmente el día a día, pero también siendo consciente de la responsabilidad de cada uno de sus actos. Por tanto, no hay que descuidarse y sí estar preparados, con alegría, para el encuentro definitivo con Dios.

Clemente González

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         El evangelio de hoy, a través de esta parábola del empleado fiel que espera a su señor, nos ayuda a saber interpretar el momento presente. Nos ayuda a entender este momento definitivo que es la presencia de Dios en la historia a través de Jesús que ya inauguramos.

         Pero ¿cómo leer los signos de los tiempos? O ahora que somos expertos en leer los signos atmosféricos, ¿cómo ser expertos en la lectura de los signos de los tiempos? Jesús nos anima a ser centinelas de la historia, a analizar esta etapa.

         El Espíritu de Dios aletea sobre las aguas del caos de esta época (Gn 1, 2) y quiere producir vida, creación armónica, en este modelo injusto neoliberal. Jesús nos invita a ser expertos en la lectura del texto de la vida, que es el contexto del Espíritu. Se puede lograr si escuchamos a los profetas, a las comunidades, personas y movimientos alternativos. No quedar atrapados por la ley, por los textos, por las prácticas.

         Estar al día en la lectura de los signos de su presencia. No sabemos cuándo vendrá el Señor. Pero podemos ver sus señales en el tejido de la conflictividad histórica. Discernir con esperanza, programando acciones, viviendo vidas diferentes y proyectos de futuro.

         No como el siervo insensato, corrompido, explotador, que se entretiene destruyendo la creación de Dios. Dichoso el vigilante que espera a su señor promoviendo la vida, pero no así los canallas que destruyen su proyecto.

         Jesús nos pide barruntar la alborada y "despertar la aurora" (Sal 108). Es decir, olfatear lo divino y ser parteros de vida. Y no sólo para estar vigilantes y preparados "para salvar nuestras almas", sino para iniciar aquí y ahora el reinado de Dios.

José A. Martínez

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         Con un lenguaje sumamente gráfico, Jesús apremia a todos con el mandamiento de velar. Es muy interesante ver que él mismo, siendo quien es, se compara a un ladrón, en el texto del evangelio que hoy hemos leído. Y en este género de comparación no estamos ante un hecho insólito en los evangelios, pues muchas veces Jesús opta por presentar a Dios no como es en sí mismo sino como cada cual lo percibe.

         ¿Recordamos, por ejemplo, esa vez en que habla de Dios comparándolo en cierta manera con un juez injusto al que una pobre viuda tiene que insistirle una y otra vez? (Lc 18, 3-7). Dios no es un juez injusto, pero a quien sufre y no se siente escuchado le puede parecer que Dios es así, y Jesús opta continuamente por situarse "del lado del cliente", no del lado de la teoría o de "la verdad en sí misma".

         En el caso presente, hay que decir que Dios parece un ladrón para quien se siente tan dueño de su vida, su tiempo y sus cosas, que no quiere perderlos jamás. Para el que quiere vivir mil años, Dios es un ladrón de años. Para el que quiere disfrutar todos los placeres, Dios sólo puede ser un ladrón de placeres. Para el que quiere gozarse de la creación para siempre, estorba el llamado del Creador.

         Notemos que en todos los casos en que Dios parece un ladrón es porque el hombre ha querido sentirse dueño. La clave en el discurso de Jesús está en esto: no te sientas dueño, y no verás en Dios un ladrón. Siéntete siervo fiel, en el que se puede confiar, y descubrirás un Dios que te otorga el don de su amor y de su confianza.

Nelson Medina

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         En el pasaje de hoy Jesús nos invita a la vigilancia, y sobre todo a reconocer que todo lo que tenemos, lo tenemos solo en administración, por lo que tenemos el compromiso de cuidar de sus bienes y de administrarlos correctamente.

         Es importante notar en esta cita que cuando Jesús habla sobre el servidor fiel, lo pone en relación a su hermanos; con ello nos indica que todos los que tenemos autoridad sobre otros, debemos reconocer que un día el Señor nos pedirá cuentas de ellos.

         De ahí la gran responsabilidad que tienen sobre todo los padres de familia, a los que Dios les ha encomendado el cuidado de sus hijos; de los esposos a quienes les ha encomendado el cuidado de uno y otro; de la alta responsabilidad de los empresarios, patrones, supervisores... quienes tendrán que responder por el bienestar (y diríamos incluso de la santidad) de sus empleados.

         Si el Señor te pidiera hoy cuentas de tu administración, ¿te encontraría preparado? Te invito pues, ha hacer un breve balance de cómo has administrado lo que el Señor puso a tu cuidado, sobre todo en tu trato con tus hermanos.

Ernesto Caro

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         El discurso sobre los últimos tiempos (Mt 24, 3-36) concluye con la enseñanza sobre la ignorancia referente al "día aquel y su hora" (v.36). Esta constatación es punto de partida de una exhortación en orden a asumir una actitud de vigilancia en función de la cual se coloca en el imperativo "estad en vela" (v.43). Ella es la única actitud razonable frente a lo imprevisto del fin.

         El texto puede ser articulado en 2 secciones. La 1ª exhorta a considerar la necesidad de la vigilancia para la existencia propia (vv.42-44), y la 2ª saca las consecuencias de responsabilidad que esa vigilancia comporta (vv.45-51).

         En la 1ª parte ocupa el 1º plano el "estar preparados ante la venida del Hijo del hombre" (v.44). Esta preparación se concreta en la imperiosa llamada a los discípulos para que "estén en vela" (v.42). Lo mismo se exigirá también a los discípulos en la escena de Getsemaní (Mt 26, 38.40.41).

         Se pide a los discípulos la misma actitud de Jesús frente a la muerte. En el horizonte de la persecución del Imperio Romano y del judaísmo oficial hay que tener cuidado de no traicionar el mensaje de Jesús. A la fidelidad de sus seguidores está ligada la participación en los bienes que la salvación definitiva comporta. No conociendo el momento exacto en que esta ha de acontecer, es necesario que la fidelidad del discípulo sea permanente y constante.

         La 2ª parte dirige su mirada a la forma de actuación interior de la Iglesia. Se nos presentan 2 formas de actuar de un empleado. En el 1º caso, los que ocupan puestos directivos son empleados a los que se ha confiado una misión, y esta misión exige una fidelidad responsable ("fiel y cuidadoso";"v.45). Y en cuanto al "patrón al frente de sus sirvientes", su misión consiste en dar "la comida a sus horas" (v.45). En el 2º caso, los "malos empleados" (lit. canallas) son los que "maltratan a sus compañeros", y optan por "comer y beber con los borrachos".

         Ante cada uno de los responsables de la Iglesia se presenta la opción por la fidelidad o la traición al ministerio encomendado. Esta doble dolorosa posibilidad de los jefes comunitarios debe hacerlos cuidadosos de su actuación ya que ésta se pondrá de manifiesto en el momento del retorno del Señor. En ese momento habrá de revelarse cual ha sido el comportamiento de cada una mientras ha estado ausente.

         La felicidad que espera al empleado "fiel y cuidadoso" se contrapone a la suerte que espera al canalla. Este compartirá la suerte de los jefes fariseos de Israel, cuidadosamente detalladas en el capítulo precedente.

         Nos encontramos, por tanto, con una urgente invitación a todo integrante de la Iglesia, sobre todo a los que asumen puestos directivos, para conformar su servicio al servicio de Jesús. Sólo una práctica de la justicia que se sitúa muy "por encima de la de los letrados y fariseos" (Mt 5, 20) permite la entrada en el reino de Dios.

Confederación Internacional Claretiana

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         La atención que se le quita a la búsqueda de prestigio, dinero y poder se debe dedicar a la obra evangelizadora. Los cristianos no rompen con los apegos a las personas, cosas y lugares para dedicar su vida a mirarse el ombligo. Su ruptura con este mundo de apegos está enfocada a formar una actitud despierta y vigilante. Esta actitud es esencial para que en la vida cotidiana y en el momento más inesperado se puedan descubrir los signos del Reino que anuncian el hombre nuevo.

         Todas las sociedades crean mecanismos de control social que embotan las mentes de los individuos en múltiples problemas y preocupaciones, reales o imaginarios. En la actualidad asistimos a una avalancha de informaciones de toda índole que atiborran la cabeza de las personas y no las dejan ni siquiera atender debidamente a su propia vida.

         Jesús era perfectamente consciente que la naturaleza humana es propensa a dejarse envolver en las preocupaciones y afanes para terminar sucumbiendo ante ellos. Pues las distracciones, los trabajos, y los compromisos sociales, abaten completamente la conciencia humana, y las personas terminan por no ver ni siquiera lo que pasa en su entorno.

         Por eso aconseja Jesús a los discípulos abandonar los apegos y preocupaciones, para despejar la mente y los sentidos. Así estarán atentos a la novedad, que irrumpe como ladrón en la noche o como patrón en hora inesperada.

         La actitud vigilante y despierta es muy necesaria para los cristianos en el mundo de hoy. Pues pueden sucumbir al tráfago de informaciones sin descubrir las realmente valiosas. Igualmente, pueden dejarse envolver de preocupaciones inútiles descuidando el contacto cálido y afectuoso con la comunidad y la finalidad de la obra evangelizadora. Hoy necesitamos formar cristianos vigilantes y despiertos que ayuden a fortalecer la conciencia cristiana y el servicio a toda la humanidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El pasaje evangélico de hoy se presenta como una exhortación a la vigilancia, como recuerda Jesús: Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

         La venida del Hijo del hombre es tan imprevista como la llegada de un ladrón. Si el dueño de la casa supiera a qué hora habrá de producirse, estaría preparado para hacerle frente o para evitar que maniobrase, haciendo lo imposible para que el ladrón no obtuviese su botín. Pero los ladrones no suelen actuar a la luz del día, sino que buscan los momentos oportunos y actúan cuando nadie los espera.

         Pues bien, el modus operandi del Hijo del hombre en su venida es similar al de un ladrón, aunque él no es un ladrón, pues no viene a llevarse nada que no sea suyo. Pero podemos tener también la impresión de que cuando nos arrebata la vida se lleva lo que no es suyo. ¿Es sin embargo así?

         Las palabras de Jesús parecen tener un marcado carácter escatológico, y no aluden a cualquier venida o a una de esas múltiples presencias de Jesucristo que se hacen notar en la vida de un creyente, sino a la venida que cierra un ciclo existencial y que se hace coincidir con la clausura de este período. Es decir, con la muerte del hombre en su singularidad o de la humanidad en su conjunto.

         Nuestra experiencia nos dice que la vida cesa en nosotros de la manera más inesperada y en las circunstancias más imprevisibles. Diversas son también las causas que nos arrebatan la vida (una enfermedad, un accidente, una agresión, una catástrofe, una infección...), e incluso hay muertes que se anuncian con cierta antelación (la muerte de un condenado, la de un enfermo incurable o la de un anciano que no puede prolongar más sus días).

         Pero ni siquiera en estos casos se sabe exactamente la hora en que se va a producir, según lo dicho por Jesús: A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Hay enfermos que parece que van a morir al día siguiente, y luego duran meses o años. Otros, en cambio, parece que van a durar años y fallecen de repente. Es verdad que el suicida puede calcular con exactitud el momento de su muerte, pero también puede que le surjan imprevistos que no entraban en sus cálculos, y acabe desbaratando sus propósitos.

         Sólo el dueño absoluto de nuestras vidas dispone de los datos para saber cuándo cesarán las vidas, y sólo él conoce nuestra fecha de caducidad. Y puesto que a nosotros se nos escapa, lo sensato es que estemos preparados. De nuevo, una invitación a la vigilancia que nace de la imprevisión de la hora.

         No obstante, cabe preguntarse: ¿Por qué esta preparación? ¿Para qué esta vigilancia? La razón queda expuesta en la explicación que sigue a continuación. Porque somos administradores de unos bienes (entre los cuales se incluye la vida), que nos han sido entregados por el que es su dueño absoluto. Y porque el amo que ha depositado tales bienes en nuestras manos espera de nosotros fundamentalmente dos cosas: fidelidad y solicitud.

         Creernos dueños de lo que administramos es cometer un grave error, e incurrir en un olvido que no dejará de tener consecuencias. Sería olvidar que semejante gestión va a ser juzgada, y valorada por el que nos ha encomendado esta tarea.

         A veces, los bienes que Dios nos encomienda tienen un carácter marcadamente personal (unos hijos, unos pacientes, unos ciudadanos...). Pues bien, ese administrador (padre, médico, gobernante...), que Dios ha colocado al frente de esa servidumbre, ha de saber lo que Dios quiere de él: que reparta la comida a sus horas. Es decir, que preste el servicio que debe prestar, porque de esa gestión tendrá que responder ante Dios.

         No se trata, por tanto, de responder ante la sociedad (que puede no exigirnos ciertas respuestas), ni ante aquellos a quienes servimos (que puede que no tengan derecho a exigirlo), sino ante el mismo Dios que es, en definitiva, el que ha puesto tales bienes en nuestras manos.

         Pues bien, si actuamos con responsabilidad mereceremos la bienaventuranza: Dichoso el criado si el amo, al llegar, lo encuentra portándose así. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes.

         Una buena respuesta (= gestión) a la tarea encomendada tendrá como premio una mayor concesión de bienes, y eso acrecentará nuestra dicha.

         Pero si al empleado le da por pensar que su amo está lejos y no puede controlarle, y que su vuelta no está próxima, y empieza a comportarse irresponsablemente (maltratando a sus subordinados, y abusando de la comida y la bebida), llegará el amo de ese criado el día y la hora que menos lo espere y lo hará pedazos, como se merecen los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

         Todos somos empleados de este dueño ante el cual tendremos que responder, algún día, de nuestra gestión. Y el día no lo fijamos nosotros, sino él. Si hemos respondido según lo previsto seremos recompensados con el premio a la fidelidad; de lo contrario, seremos condenados a la pena de los hipócritas. Como se ve, lo que aquí se premia es la fidelidad en la ejecución del trabajo encomendado, del mismo modo que lo que se condena es la infidelidad.

         A fin de cuentas, todos tendremos que pasar por un juicio. Y la exigencia en tal juicio dependerá de la capacidad donada, como recuerda Jesús: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Sin olvidar, por supuesto, que la recompensa con la que Dios premia nuestros esfuerzos es infinitamente superior a las exigencias, y que nuestra aportación en cualquier asunto de la vida sólo es posible desde la previa donación divina.

         Sin él, sin su aliento creador, o sin su dinamismo conservador, no podríamos hacer nada. Por tanto, sintámonos dignificados, y estemos agradecidos a ese Dios que nos ha querido asociar como colaboradores en su obra. Esto implica responsabilidad, y también la promesa de una vida más plena y gratificante.

 Act: 27/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A