25 de Agosto
Martes XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 agosto 2026
a) 2 Tes 2, 1-3.14-17
La gran cuestión de las 2 cartas de San Pablo a los tesalonicenses es la parusía (lit. venida) escatológica de Jesús al final de los tiempos: "Hermanos, queremos haceros una petición, respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él". Por lo visto, algunos cristianos estaban persuadidos de la inminencia de este retorno de Jesús, y lo esperaban con tal impaciencia que eran negligentes en sus deberes cotidianos. En la lectura de mañana veremos de qué manera Pablo les reconduce a las banales realidades humanas.
Quizás hoy, nosotros, hemos perdido esta dimensión esencial de nuestra fe. ¿Somos sinceros cuando decimos "esperamos tu venida gloriosa. Ven, Señor Jesús"? Porque se trata de admirables profesiones de fe, que proclamamos en la misa después de cada consagración.
Las indicaciones del apóstol, ante tales esperanzas, está clara: "No os dejéis alterar fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna revelación, palabra o carta presentada como nuestra, que os haga suponer que es inminente el día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera".
Pablo pretende repetir lo que Jesús había claramente proclamado: "Nadie sabe ni el día ni la hora", pero "hay que estar siempre a punto" (Mc 13; Mt 24; Lc 21). Según toda la tradición profética, el "día del Señor" es el que marcará el acto final de la historia, el día en el cual Cristo resucitado sacará de la perdición a todos cuantos se han dirigido hacia él.
La venida escatológica del Señor es, por consiguiente, el gran día de la unión íntima de los creyentes con Cristo, y el final del gran proyecto de Dios: hombres radiantes de la gloria de Jesucristo: "Dios os ha llamado por medio de nuestro evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo".
Estamos en marcha hacia esta plenitud. Así pues, la escatología ya ha comenzado, en la medida en que tratamos de vivir en comunión con Cristo, mientras esperemos la parusía o venida definitiva de Jesús.
"Así pues, hermanos (continúa diciendo Pablo), manteneos firmes. Y que nuestro Señor Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones".
El pensamiento del encuentro con Jesús es una especie de secreto que dinamiza desde el interior a los cristianos, que hallan en él un profundo consuelo. Y las persecuciones y padecimientos pasajeros no son nada en comparación con la "gloria que les espera" (Rm 8, 18).
¿Me mantengo yo también firme? ¿En qué se funda esta firmeza? ¿Considero a Dios como a Alguien que me da una gozosa esperanza? Y en razón de esta convicción, ¿qué tendría que cambiar en mi conducta habitual? ¿Da mi vida este testimonio? ¿Qué imagen presento ante tantos hombres desesperados que consideran absurda la condición humana? Mi rostro, mi manera de actuar, o alguna vez mis palabras, ¿dicen que "yo sé en quien he confiado" (2Tim 1, 12), y que sé adonde voy?
Noel Quesson
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Se ve que uno de los puntos de la doctrina cristiana que no acabaron de entender los de Tesalónica fue el relativo a la parusía o venida última de Jesús. Dificultad que, probablemente, compartieron otros muchos en las primeras generaciones.
Pablo les pide que "no pierdan fácilmente la cabeza, ni se alarmen por supuestas revelaciones, como si el día del Señor estuviera encima". En otros pasajes de las Cartas a los Tesalonicenses afirma Pablo que "nadie sabe el día ni la hora". Aquí parece decir que no es inminente, y que no hagan caso de los rumores sobre visiones y revelaciones en ese sentido.
A lo largo de la historia, ha habido varios períodos en que se han agitado los ánimos sobre la posible inminencia del fin del mundo. Menos mal que, ante los sucesivos fracasos de tales augurios, últimamente está el tema más pacífico. Pero sí sigue el afán de supuestas revelaciones, y de apariciones con mensajes más o menos repetidos y turbadores. Para nosotros, la revelación es la de Jesucristo, la que se contiene en el evangelio y en la Escritura. Ahí es donde nos ha hablado Dios y nos ha dicho lo que quería decirnos.
Con relación al fin del mundo, todos estamos en las manos de Dios, y Jesús mismo nos dijo que no sabíamos el día ni la hora (Mt 25, 13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: "Manteneos firmes y conservad las tradiciones". Porque "Dios nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza", y nos da fuerzas "para toda clase de palabras y de obras buenas". O sea, que hay mucho que hacer todavía, antes del final.
Nos conviene mirar hacia delante, porque eso nos ayuda a enderezar nuestra ruta y a motivar nuestro trabajo. Pero sin ansias ni alarmas. Con vigilancia y con tensión, pero no con angustia. Por una parte, porque no sabemos cuándo será la venida del Señor. Y por otra, porque sabemos que él viene cada día, si le sabemos descubrir. La fecha final no importa mucho, pues lo que importa es cómo vamos haciendo el camino, con conciencia de pueblo peregrino, sin ciudadanía definitiva en este mundo, y cómo preparación para el encuentro final.
José Aldazábal
b) Mt 23, 23-26
Denuncia hoy Jesús que los letrados y fariseos aparentan una pretendida fidelidad a Dios hasta en lo mínimo, mientras omiten lo esencial, el amor al prójimo, explicitado en "justicia, buen corazón y lealtad".
De ahí que Jesús diga, literalmente: "Esto, dejadlo". Sólo esta traducción literal da el sentido de las palabras de Jesús, que establecen una oposición entre lo obligatorio y lo secundario. Lo 1º se anuncia con frase afirmativa, y lo 2º con frase negativa, marcando los puntos suspensivos la oposición.
Respecto al "No, dejadlo", Jesús no se dirige a sus discípulos, sino a los fariseos, que se consideraban obligados al diezmo por estar prescrito en la ley de Moisés. Su ceguera expresa una perversión religiosa total ("tragarse el camello y filtrar el mosquito").
En cuanto a la denuncia que les hace Jesús, no sólo alude a que omiten lo esencial, sino que su actitud es contraria a toda justicia. Son malvados, aunque por fuera presenten una apariencia respetable. En esto está su principal hipocresía. La invectiva se dirige sobre todo a los fariseos, que profesaban la más estricta observancia de la ley.
Su prurito de pureza es una ficción; ésta no depende de ritos exteriores, sino de la disposición del corazón (Mt 15, 11.18-20), y el interior de letrados y fariseos es profundamente impuro. Es inútil querer estar limpios por fuera sin estarlo por dentro: la suciedad interior se transparentará y se hará visible, porque el árbol se conoce por sus frutos (Mt 7, 17-20; 12,33).
Juan Mateos
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Por la Ley de Diezmos reconocía Israel a Dios el derecho de propiedad sobre toda su tierra y sus bienes. La parte de Dios en estos bienes servía para el mantenimiento del culto y sus ministros y también para socorrer a los pobres. De los principales frutos de la tierra, los fariseos habían extendido el diezmo a los productos más mínimos, cosa a la que alude nuestro texto.
La pedagogía de Jesús no excluye la fidelidad a lo pequeño, y aun a lo mínimo. El remedio que propone el evangelio contra el abuso de descuidar lo principal no consiste en descuidar lo secundario, ni tampoco en allanar todos los valores con un mismo rasero, sino en integrarlos dentro de una razonable escala de gravedad o importancia.
Los 3 supremos valores señalados en el v. 23 vienen a ser una síntesis de la ley en su dimensión social: el juicio (u observancia del derecho y la justicia, en las relaciones humanas), la misericordia (o amor al prójimo), y la fe (o hábito de la fidelidad sincera y leal, que permite convivir en un clima de serena confianza).
El reproche de Jesús sigue la línea de los juicios con que los profetas desenmascaraban las injusticias sociales de su pueblo, encubiertas bajo la hipocresía de una impecable religiosidad exterior. La imagen del v. 24 pone en contraste el animal más grande con el más pequeño. Evitan escrupulosamente sorberse un mosquito, pero se tragan un camello. La ironía tiene como trasfondo la ley que prohíbe comer animales impuros.
Los vv. 25-26 corresponden a las acusaciones de Jesús contra los escribas y fariseos, a propósito de la falta de coherencia entre las purificaciones y apariencias de virtud por fuera y la pureza y virtud sincera por dentro. Para Jesús la pureza interior no se contrapone a sus signos externos.
El evangelio no proclama una hipocresía en sentido inverso al farisaico: la de ser religioso, pero no parecerlo. Lo que afirma es que, si purifica de veras su interior, todo el hombre será puro ante Dios, a partir de dentro. Los fariseos son víctimas en sí mismos y sobre todo sus discípulos, no sólo de negligencia o de inconsecuencia, sino de una perversión religiosa que les hace tomar lo secundario por lo esencial.
Fernando Camacho
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"Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia, la lealtad".
La ley preveía que cada agricultor debía ofrecer al templo el décimo (lit. el diezmo) de la cosecha. Los fariseos lo habían encarecido al aplicar esta regla incluso a las hierbas que se emplean como condimento: la menta, el hinojo, el comino... ¡Nos imaginamos a las amas de casa separando de cada 10 un ramito de perejil para la colecta del templo! Estas son minucias de las que Jesús nos ha liberado. ¡Vamos! ¡Ampliad vuestros horizontes, abrid las ventanas de vuestra religión! Jesús nos repite esto hoy.
Si los fariseos eran minuciosos en algunas bagatelas, tenían en cambio la manga muy ancha para otros asuntos más importantes. Y Jesús nos recuerda las grandes exigencias de todos los tiempos: la justicia, la misericordia, la fidelidad. Hoy traduciríamos eso por ayuda a los más pobres, pureza de la vida conyugal y honestidad profesional. Pues bien, "esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello".
Jesús no es un revolucionario que predica la libertad por la libertad. Sino que quiere que la fidelidad a las observancias cultuales sea el reflejo de una fiel observancia del amor a los demás, durante toda la vida. No se trata, pues, de elegir entre la vida o el culto, sino que se necesitan los dos.
Los Documentos de Qumram nos han mostrado cuán grande era, entre los judíos, la preocupación por la pureza legal: se requerían abluciones numerosas para cualquier propósito. Un mosquitillo que cayera en la sopa la hacía impura. No nos creamos superiores, ni juzguemos despectivamente tales prácticas, como si la vida moderna nos hubiera liberado definitivamente de detalles sin importancia y de tabúes irracionales.
Jesús nos repite, hoy también, que el ceremonial exterior (la purificación de la copa y del plato) tiene menos importancia que la pureza interior. Las controversias actuales en algunos países, sobre la comunión en la mano, o la comunión en la boca, pertenecen a este orden de cosas. No mancha al hombre, pues lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca. Eso es lo que mancha al hombre (Mt 15, 11).
A veces nos imaginamos que solamente ahora, en la actualidad, nuestros tiempos son turbulentos, los usos y costumbres cambiantes y provocadores de oposiciones entre las distintas maneras de comportarse.
Ahora bien, en todo tiempo la Iglesia ha conocido esos cambios y esas oposiciones. Jesús, en su tiempo, fue un factor de evolución de las costumbres de sus correligionarios judíos. Digamos simplemente que sobre esos asuntos de detalle ¡tenía, más bien, amplitud de ideas! Pero hay que añadir: se encolerizaba contra los que querían defender a toda costa los usos que él reprobaba.
La insistencia de Mateo a relatarnos esas invectivas, que nos extrañan a veces, proviene de que la Iglesia de su tiempo estaba afrontada a polémicas agudas entre el cristianismo y el judaísmo, en el interior mismo de las comunidades. Los judaizantes querían conservar el máximo de usos judíos. Los otros se apoyaban precisamente en esas palabras de Jesús para defender un punto de vista más amplio. Ayúdanos, Señor, a superar nuestras oposiciones.
Noel Quesson
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Uno de los defectos de los fariseos era el dar importancia a cosas insignificantes, poco importantes ante Dios, y descuidar las que verdaderamente valen la pena.
Jesús se lo echa en cara: "Pagáis el diezmo de la menta y descuidáis el derecho, la compasión y la sinceridad". De un modo muy expresivo les dice: "Filtráis el mosquito y os tragáis el camello". El diezmo lo pagaban los judíos de los productos del campo (Dt 14, 22-29), pero pagar el diezmo de esos condimentos tan poco importantes (la menta, el anís y el comino) no tiene relevancia, comparado con las actitudes de justicia y caridad que debemos mantener en nuestra vida.
Otra de las acusaciones contra los fariseos es que "limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno". Cuidan la apariencia exterior, la fachada. Pero no se preocupan de lo interior. Estos defectos no eran exclusivos de los fariseos de hace dos mil años. También los podemos tener nosotros.
En la vida hay cosas de poca importancia, a las que, coherentemente, hay que dar poca importancia. Y otras mucho más trascendentes, a las que vale la pena que les prestemos más atención. ¿De qué nos examinamos al final de la jornada, o cuando preparamos una confesión, o en unos días de retiro: sólo de actos concretos, más o menos pequeños, olvidando las actitudes interiores que están en su raíz: la caridad, la honradez o la misericordia?
Ahora bien, la consigna de Jesús es que no se descuiden tampoco las cosas pequeñas: "Esto es lo que habría que practicar (lo del derecho y la compasión y la sinceridad), aunque sin descuidar aquello (el pago de los diezmos que haya que pagar)". A cada cosa hay que darle la importancia que tiene, ni más ni menos. En los detalles de las cosas pequeñas también puede haber amor y fidelidad. Aunque haya que dar más importancia a las grandes.
También el otro ataque nos lo podemos aplicar: si cuidamos la apariencia exterior, cuando por dentro estamos llenos de "robo y desenfreno". Si limpiamos la copa por fuera y, por dentro, el corazón lo tenemos impresentable.
Somos como los fariseos cuando hacemos las cosas para que nos vean y nos alaben, si damos más importancia al parecer que al ser. Si reducimos nuestra vida de fe a meros ritos externos, sin coherencia en nuestra conducta. En el Sermón de la Montaña nos enseñó Jesús que, cuando ayunamos, oramos y hacemos limosna, no busquemos el aplauso de los hombres, sino el de Dios.
José Aldazábal
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En el evangelio de hoy, Jesús se lamenta del error de cálculo que los fariseos están teniendo: ponen más empeño en el diezmo del comino que en seguir la voluntad de Dios. Quizá es por esto, que cuando no calibramos bien qué es lo importante, en qué asuntos nos estamos jugando lo esencial y en cuáles no, tendemos también a confundir la apariencia con el interior.
¿Qué es más importante, saber qué quiere Dios de mí en esta situación o averiguar que sería más conveniente para mantener nuestra imagen social lo mejor posible? ¿Qué me importa más, mantenerme al margen de todo para continuar limpio de toda complicación o tomar partido desde el evangelio aún sabiendo que así no es posible la asepsia y antes o después quedaré tocado?
Conviene no olvidar que en estos ayes, Jesús se está dirigiendo a judíos piadosos, convencidos de su fe y celosos de su cumplimiento y no a paganos alejados o enemigos de Dios. Por eso, nunca está de más repasar nuestros criterios de medida. ¿Qué estoy poniendo como prioritario actualmente en mi vida? ¿Qué cosas no permitiría de ningún modo? ¿Dónde están hoy el pago del diezmo de la menta y el anís en nuestra Iglesia? ¿Qué camellos estamos tragando y cuáles son los mosquitos que impedimos entrar?
Para Jesús, la medida de Dios estaba clara: siempre "llena, remecida y rebosante". Porque una persona vale más que muchos pajarillos, porque no hay sábado que pueda interponerse para acoger a otro que nos necesite.
Rosa Ruiz
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Estamos en la 4ª parte del evangelio de Mateo, en el tiempo de las decisiones, de los rechazos y del juicio. Estos ayes de Jesús son como la antítesis de las bienaventuranzas, el reverso de los valores del reino de Dios. El proyecto de Dios está destrozado por la tradición del fariseísmo. La disciplina farisea se ha enloquecido. Su mayor fallo es "haber descuidado lo más grave de la ley: la justicia, el buen corazón y la lealtad" (v.23).
Jesús es la presencia del Dios compasivo, solidario con el sufrimiento de los pobres. Los dirigentes religiosos enterraron la fuerza de la palabra, se volvieron ilegítimos al olvidarse y despreciar a los pobres y no conmoverse sus entrañas.
La ley debe estar en el núcleo del corazón, como ley de vida. Lo externo debe estar en coherencia con lo que hay en el corazón. Los ayes de Jesús intentan liberar de amarres al Dios del templo. El Dios de Jesús no es el tirano de las leyes, sino el Padre de misericordia. Jesús está contra la comercialización del templo. Los seres humanos somos especialistas en pervertir lo sagrado. La religión queda con frecuencia atrapada.
Este Jesús del evangelio denuncia la violencia del templo sobre las conciencias de la gente, y la manipulación del nombre de Dios. Lo cual sería hacer de la religión una cueva donde esconderse después de haber sembrado el dolor, el robo, la injusticia (como hacen los ladrones que se refugian en lugar seguro para huir de su propia conciencia, que les grita). Es disimular con rezos, y prácticas externas el corazón desviado, lejos del amor y la misericordia.
Palabras proféticas de Jesús que nos obligan a evaluar cómo usamos el nombre de Dios, el culto, los sacramentos o la Biblia. Es útil preguntarnos si los manipulamos, si los secuestramos a favor de nuestros egoísmos, intereses o ideologías.
Gaspar Mora
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Los judíos tenían que dar los diezmos de los frutos al templo. Pero esto no bastaba a los fariseos, que por pura vanagloria extendían los diezmos a las hierbas insignificantes que cultivaban en sus huertos. Por lo cual, pretendiendo tener méritos, muy al contrario, se acarreaban el juicio.
Por eso San Juan Crisóstomo llama a la vanagloria "madre del infierno", o el mismo San Basilio llega a decir: "Huyamos de la vanagloria, insinuante expoliadora de las riquezas espirituales, enemiga lisonjera de nuestras almas, gusano mortal de las virtudes, arrebatadora insidiosa de todos nuestros bienes".
Este espíritu de apariencia, contrario al espíritu de verdad que tan admirablemente caracteriza nuestro divino Maestro, es propio de todos los tiempos, y fácilmente lo descubrimos en nosotros mismos. Aunque mucho nos cueste confesarlo, nos preocuparía más que el mundo nos atribuyera una falta de educación, que una indiferencia contra Dios.
Nos mueve muchas veces a la limosna un motivo humano más que el divino, y en no pocas cosas obramos más por quedar bien con nuestros superiores que por gratitud y amor a nuestro Dios (1Cor. 6, 7). En el v. 26 Jesús nos promete que si somos rectos en el corazón también las obras serán buenas (Prov 4, 23).
José A. Martínez
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El evangelio de hoy nos enseña que la ley, que es buena, cuando no busca crecer en el amor de Dios, se convierte en un monstruo contra el cual se tiene que estar luchando.
Es importante cumplir la ley, pero este cumplimiento no es un cumplimiento irracional sino que debe llevarnos a lo que inspiró al legislador, que es amar y tener misericordia de los demás reconociendo que el único legislador y juez es Dios.
Pensemos, pues hoy: ¿Cómo estamos viviendo la ley? ¿Vamos a misa el domingo sólo porque está escrito en la ley? ¿O porque realmente queremos amar más al Señor?
Ernesto Caro
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La invectiva contra los fariseos continúa desenmascarando su actitud a base de la contraposición entre lo de mayor y de menor valor, entre lo interior y lo exterior, de los que tratan los 2 ayes contenidos en la presente lectura. De nuevo aparece el grito del amor impotente ante la práctica de la dirigencia farisea que en ambos casos vuelve a ser calificada de hipócrita (vv.23.25) y de ciega (vv.24.26).
En el 1º de estos ayes (vv.23-24) nos encontramos ante una forma de comportamiento frente a la ley divina. La multiplicidad de obligaciones de ésta pone muchas veces en conflicto los artículos singulares que se prescriben. De allí la necesidad de determinar lo de mayor o menor importancia en el designio divino.
Las exigencias de mantenimiento del esplendor del culto divino había puesto en 1º plano el deber del pago del diezmo en la conciencia de la dirigencia israelita. Complicadas legislaciones sobre este punto tendían a determinar sus exigencias hasta el detalle. Por ello, aquí el fariseísmo es criticado porque ha colocado en el ápice de la jerarquización de los preceptos algo de importancia secundaria como es "el diezmo de la hierbabuena, del anís y del comino”" (v.22).
En ellos esta preocupación secundaria va acompañada de un descuido de lo más importante de la ley: "la justicia, el buen corazón y la lealtad". Lo mismo que en la conciencia de los profetas de Israel, estas tres cualidades constituyen el centro del mandato divino respecto a toda acción humana. Es necesario colocarlas en el lugar que le corresponde. De lo contrario se manifiesta el absurdo de una preocupación por lo pequeño ("el mosquito”") y una despreocupación por lo mayor ("el camello").
Pero, conforme a su discreción, que busca evitar las exacerbaciones que se pueden producir con la sinagoga, el Jesús de Mateo señala, junto a las cosas esenciales, las cosas secundarias: "Hay que practicar esto, y aquello no descuidarlo".
El siguiente ay se fundamenta en el cuidado de la limpieza, típicas del fariseísmo y de otros grupos judíos de la época. Múltiples abluciones de la persona y de los objetos utilizados para comer estaban prescriptos para los israelitas fieles. Pero esta preocupación por la purificación era frecuentemente acompañada por un descuido de las exigencias respecto al prójimo, y "limpiar la copa y el plato" prevalecía sobre el "evitar el robo y el desenfreno".
Como en el caso anterior, Jesús hace una llamada a la recuperación de lo fundamental como única forma de hacer aceptable la práctica de lo secundario.
La máscara con que actúan los fariseos, la hipocresía desvirtúa la relación religiosa. Esta práctica cierra a la comprensión auténtica de esa realidad. Enceguecidos por ella, su conducción se revela ineficaz ya que su ceguera les impide el acceso a Dios para sí mismos y para los integrantes del pueblo que los siguen.
Se trata, por tanto, de un urgente llamado a la dirigencia religiosa para recuperar la autenticidad de vida, pero también a través de él, de una advertencia a la comunidad de discípulos presentes (Mt 23, 1) de no contagiarse del error fariseo.
Confederación Internacional Claretiana
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Jesús se enfrentó abiertamente con las autoridades judías. Les criticaba la falta de responsabilidad para con el pueblo de Dios. El Sanedrín Judío, los sacerdotes y otros dignatarios estaban más comprometidos con el Imperio Romano, para asegurar sus intereses, que con el Dios al que rendían culto.
Pero la acción profética de Jesús iba más allá. Confrontaba también a los muchos grupos y partidos que se hacían pasar por guías del pueblo. Les criticaba su falsedad, pues, a nombre del bien común únicamente perseguían intereses partidistas, sectarios e individuales.
El de los fariseos era uno de estos grupos de fanáticos religiosos que prometían el cielo y la tierra al pueblo de Israel. Durante mucho tiempo consiguieron el apoyo popular haciéndose pasar por hombres justos y piadosos. Jesús con un marcado estilo profético, desenmascara el oportunismo y las verdaderas intenciones de estos grupos. Bajo el manto de corderos escondían una voracidad de lobos.
Las comparaciones que hace Jesús ponen en evidencia la mentira con la que se encubren los fariseos. Estos se muestran como hombres extremadamente cumplidores de la ley, pero no les importa la justicia ni la fidelidad a Dios. Ante la gente son hombres puros, pero en su interior sólo acumulan codicia y estafas. Se exhiben como hombres religiosos para ocultar la corrupción y la maldad.
Hoy las comunidades cristianas están llamadas a continuar la acción profética de Jesús. Deben descubrir a todos aquellos que con piel de cordero se mezclan entre la gente para satisfacer mezquinos intereses personales. La Iglesia no puede guardar silencio ante líderes populistas e inescrupulosos que embaucan al pueblo con mentiras y proyectos fantasiosos. Es hora de que la Iglesia recupere su talante profético y enfrente, desde su insignificancia y debilidad, a los falsos líderes y pastores.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
La diatriba de Jesús contra los fariseos continua hoy su curso, según ha ido desgranándose a lo largo de todo el cap. 23 de Mateo. En el caso presente, Jesús le dice a los fariseos: ¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello.
Estas palabras nos descubren lo nuclear de la crítica de Jesús a la conducta de los fariseos: que descuidan aquello a lo que habría que prestar más atención, por ser lo más grave de la ley. Es decir, el derecho (lo conforme a la justicia), la compasión (lo que empuja a apiadarse de todo prójimo necesitado) y la sinceridad (lo más opuesto a la hipocresía).
Sobre estos tres pilares tendría que apoyarse el entero comportamiento humano, y concentrarse todos los esfuerzos humanos, aun sin descuidar es resto de obligaciones (como el pago de los diezmos).
Incurren los fariseos, por tanto, en un error de valoración, y ahí es donde radica su ceguera, y lo que les lleva a filtrar el mosquito y a tragarse el camello, y a quedarse en el arreglo de lo exterior (olvidando que lo exterior depende de lo interior, y que para que lo exterior pueda estar ordenado y limpio es preciso ordenar y limpiar primero lo interior). De ahí el reproche de Jesús: Fariseo ciego, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera.
En el mundo humano, por tanto, de nada sirven los lavados exteriores si no se atiende a la limpieza interior. Y es que el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y es en el alma (en el interior) donde se confeccionan las acciones (robos y desenfrenos). Así, si lo que se quiere es obtener la limpieza, lo necesario es llegar a ese punto interior (en este caso, donde se acumula la suciedad).
Una vez más, Jesús orienta nuestras miradas hacia el interior de nosotros mismos, donde se cuecen los buenos y los malos propósitos. Si no llegamos a purificar este ámbito de nuestra personalidad, de nada servirán las purificaciones externas, por muy abundante que sea el detergente empleado.
Lo importante en la vida es importante para Dios, y por eso él reclama justicia, misericordia y sinceridad entre los humanos. Y no sólo las reclama, sino que también censura la forma de conseguirlas (no a través de simples formalidades exteriores, sino desde el subsuelo de nuestro interior).
¿No sigue teniendo vigencia esta crítica en nuestros días? ¿No pone al descubierto también nuestras carencias y cegueras? ¿No nos obliga a replantearnos nuestras prioridades y atenciones? ¿No nos quedamos también nosotros en lo que carece de importancia, o en puras exterioridades? ¿No filtramos también nosotros el mosquito y nos tragamos el camello?
Act:
25/08/26
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M U R C I A
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