29 de Agosto
Sábado XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 29 agosto 2026
a) 1 Cor 1, 26-31
Prosigue hoy la argumentación defendida ayer por Pablo, con el fin de demostrar que la sabiduría humana es incapaz, por sí misma, de conocer la persona de Dios y su designio de salvación. La prueba es que la manifestación de Dios y la realización de ese designio parece una locura, porque cae fuera de los cuadros de la inteligencia humana.
Pablo prosigue con un argumento ad hominem: Dios continúa operando por medio de locuras, puesto que para ser el signo de su presencia en el mundo escoge una comunidad tan poco cualificada en el plano humano como la de los corintios (vv.26-28).
Sirviéndose de este argumento, Pablo da 2 golpes de una sola vez, puesto que recuerda al mismo tiempo a los corintios, tan pretenciosos en sabiduría humana, su falta de cualificación en este terreno: mejor harían en acomodarse a una vocación más en conformidad con su capacidad. Que se atengan a ella en lugar de sentirse celosos de unas falsas filosofías de las que, por otro lado, son incapaces de comprender cosa alguna.
Los hombres no tienen títulos suficientes para vanagloriarse de la gracia de Dios (v.29): los corintios, por el contrario, pueden hacerlo a condición de que lo hagan en Cristo (vv.30-31). Los títulos de su gloria son múltiples: la justicia en la que Dios les constituye, la santidad que es la divinización de su ser, la redención, finalmente, que les libera de todas las alienaciones, el pecado y la muerte comprendidos.
¿Y qué sabiduría humana puede procurar tales beneficios? De ahí que venga a ser lo mismo amoldarse a vivir en Cristo (v.30) y encontrar en él la glorificación (v.31).
Este pasaje de San Pablo puede parecer duro y exclusivo a estos cristianos modernos preocupados por dialogar con el mundo, y por consiguiente, de moldear la sabiduría divina conforma a los marcos humanos. No se tranquilizan sus escrúpulos diciendo que el texto de Pablo pertenece a un género literario muy particular en el que la apología y la argumentación ad hominem deforman las realidades.
El problema es más profundo. Pero en el texto mismo de San Pablo se puede encontrar una base de solución. El apóstol designa, en efecto, a Cristo como Sabiduría (v.30). Ahora bien, es Sabiduría no sólo porque revela el misterio de Dios en lo que tiene de totalmente distinto de la expectación de los hombres (Col 2, 3; 1 Cor 1, 24), sino también porque es esa sabiduría en la que el mundo ha sido creado y por la que el hombre podía llegar hasta el conocimiento de Dios (1Cor 1,21; Rm 1,18-22).
En otros términos: Cristo es sabiduría por 2 motivos: porque es revelación del Dios invisible y porque es el corazón del cosmos y el primogénito de la humanidad (Col 1, 15-16). Es decir, que el esfuerzo desplegado por el hombre para conocer el cosmos depende también del Cristo-Sabiduría.
El evangelio es una epifanía gratuita de Dios, es luz sobre el mundo y sobre el hombre, es la llave del equilibrio de uno y otro. Se accede por todos los tipos de sabiduría que posee el hombre para conocerse mejor y para conocer mejor el mundo y, sin embargo, ninguno de estos tipos es capaz de reivindicar por sí mismo el evangelio. No se identifica más con el análisis marxista de las cosas que con su análisis capitalista y, debido a esto, será siempre un poco la locura para los sistemas humanos.
Eso no obstante, la verdad es que no se puede pasar marginando el punto de penetración máxima del relato de Pablo. La sabiduría humana, pues, no es el único ni el mejor medio de revelar a Jesucristo. Pablo mismo se complace en ver en la pobreza de los cristianos en este terreno el signo por excelencia de la presencia de Dios que hace nacer a su Iglesia de lo que no existe (Mt 11, 25).
¿No suceden así ya las cosas en la humanidad, en la que, por pobres que sean, son precisamente los más desafortunados y no los más cultivados quienes revelan a los demás que la dignidad de la persona vale más que el pan que se les da? Y nuestra propia debilidad y nuestra impotencia, para vencer el pecado ¿no son acaso también el signo de la elección divina? Nuestras asambleas eucarísticas reúnen hoy a muchas personas bien nacidas, a sabios y a poderosos. Y no por eso dejan de celebrar aún a Aquel que vino en la debilidad y la locura.
Maertens-Frisque
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La Iglesia de Corinto estaba compuesta de gente sencilla; humildes artesanos, descargadores del muelle, esclavos, gente poco considerada. Es lo que recuerda Pablo a los propios corintios: "Mirad, hermanos, los que habéis sido llamados. Porque entre vosotros no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles".
No obstante, les recuerda también el apóstol que Dios ama a los que el mundo desprecia, pues "Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios, lo débil del mundo para cubrir de confusión a los fuertes, lo de origen modesto y despreciable según el mundo, lo que no existe para destruir lo que existe". ¡Qué misterio! Señor, ayúdame a no buscar ávidamente el favor y estima del mundo. ¡Que no me moleste ni me disguste no ser poderoso según el mundo!
Jesús decía esto ya (Mt 11, 25), pero de manera menos vehemente que Pablo. Los humildes, los pobres son, por naturaleza, más abiertos a Dios que los demás. El orgulloso, el que se pasa de listo, corre el riesgo de encerrarse en Sí mismo. Señor, haz que esté yo contento de mi pequeñez, de mi debilidad. Señor, ayúdame a mirar con amor a los que el mundo desprecia, y que tú eliges con predilección.
Y esto no por posicionamiento personal de Dios, sino "para que nadie se gloríe en la presencia de Dios". Frase restallante como un latigazo. ¿Quién como Dios? ¡Nadie! Tú, Señor, eres el Único, el Absoluto. Ante ti no soy más que una débil criatura. Y quiero perderme en la inmensidad de tu gloria. "Mi majestad suprema es exaltada por los niños", decía el AT (Sal 8, 3), y "si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos", sentencia el NT.
Tras lo cual, continúa su exposición el apóstol: "Vosotros estáis en Cristo Jesús". Esta fórmula será repetida por San Pablo centenares de veces. Y esta nobleza es patrimonio de los que no existían a los ojos de los hombres. Estos están incorporados a Cristo. Están "en él", el cual "fue enviado por Dios para ser nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención". Estas virtudes de Jesús pasan a ser nuestras virtudes.
La sabiduría de Dios pasa a ser, así, nuestra sabiduría. Su justicia, nuestra justicia. Su pureza viene a nosotros, y en nosotros circula su inmensa facultad de amor. Señor, soy muy poca cosa. Siento profundamente mis faltas. Ven a mí para ser mi santidad. Así como dice la Escritura: "El que se gloríe, gloríese en el Señor". El hombre es grande cuando es reflejo de Dios, cuando acepta recibirlo todo de él. El hombre más pobre puede ser muy rico de Dios.
Gracias, Señor por aceptar que una cierta gloria tuya llegue a nosotros, y por haber dejado escrito aquel salmo tan bonito: "¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el hijo del hombre para que de él te cuides? Apenas le hiciste inferior a un dios, coronándole de gloria y de esplendor" (Sal 8, 5) Esta actitud destruye todo orgullo espiritual. Todo lo que de bueno tenemos en nosotros no nos da derecho a gloriarnos de nosotros mismos: Señor, te ofrezco todo lo que tú me has dado.
Noel Quesson
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¿Qué tenemos que no hayamos recibido de Dios? Entre nosotros hay muchos que poseen grandes riquezas; muchos han adquirido títulos honoríficos en el estudio de la ciencia de Dios. Muchos podrían gloriarse de todo lo que tienen adquirido a base de grandes esfuerzos. No podemos condenar a quienes han avanzado y colaborado para que la ciencia sobre Dios sea cada vez más profundizada en aquello que el mismo Dios quiere decir a las nuevas generaciones.
Sin embargo, en medio de toda esta riqueza interior, nacida bajo la inspiración del Espíritu Santo, nadie puede vanagloriarse pensando que lo ha hecho por su propio esfuerzo y bajo su sola luz humana. Estar a los pies de Jesús como discípulos para comprender sus palabras. Caminar tras las huellas de Jesús para hacer nuestra su entrega a favor de todos. Dar testimonio de nuestra fe no sólo con palabras eruditas sino con una vida en la que la palabra de Dios se haya encarnado y nos haya convertido en siervos puestos al servicio de los pobres, de los ignorantes, de los humildes.
Eso es lo que nos identificará como una Iglesia que está al servicio humilde de todos, y que vive conforme a las enseñanzas y al ejemplo de Jesús, nuestro Dios y Señor, pues nuestra Iglesia en su inmensa mayoría sigue estando conformada por pobres, ignorantes y gente que muchos consideran como gente despreciable, pero a quienes Dios ha llamado para manifestarles el amor que les tiene siempre como un Padre a sus hijos.
José A. Martínez
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El principio que exponía ayer Pablo, sobre la diferencia entre la sabiduría de Dios y la de los hombres, lo aplica a la Iglesia de Corinto: no la forman personas humanamente muy importantes, sino gente sencilla. Muchos serían esclavos, probablemente, porque más de la mitad de la población de Corinto lo era.
Lo que da valor a las personas es lo que son en Cristo Jesús, que para los cristianos es "sabiduría, justicia, santificación y redención". En él sí que nos podemos sentir satisfechos: "El que se gloría, que se gloríe en el Señor".
Pablo se atrevió a decir estas cosas a unos griegos que estaban acostumbrados a otros criterios para valorar a las personas.
También nos las dice a nosotros, que podemos caer en la tentación de juzgar la importancia de las personas o de los acontecimientos según las apariencias humanas. La historia ya nos tendría que haber enseñado que Dios hace cosas maravillosas a través de personas que parecían "débiles y despreciables" y, además, con medios desproporcionados. Así se ve que es Dios quien da eficacia a todo y el que salva, y no nosotros.
Si es el caso, tendremos que desplazar el punto de apoyo de nuestra confianza, que no debería estar en nuestras técnicas y palabras sabias, sino en la gracia de Dios. Si el salmo ya lo decía en el AT, mucho más ahora: "Nosotros aguardamos al Señor, él es nuestro auxilio y escudo, con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos".
¡Cuántos cristianos sencillos conocemos, seguramente en nuestra propia familia, que no han tenido mucha cultura humana, pero sí poseían o poseen la sabiduría de Dios y han caminado lúcidamente por esta vida!
Uno se acuerda del Magníficat, en que María alaba a Dios porque "enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos". Y de Jesús, que daba gracias a su Padre porque escondía los misterios del Reino a los que se creían sabios, y los revelaba a los sencillos. Habrá que recordar también, una vez más, nuestro clásico romance: "Al final de la jornada, aquél que se salva, sabe. Y el que no, no sabe nada".
José Aldazábal
b) Mt 25, 14-28
La versión que Mateo propone de la Parábola de los Talentos es muy diferente de la propuesta por Lucas (Lc 19, 12-27). La 1ª toma la conclusión moral del Discurso Escatológico de Cristo (Mt 24) y describe la vida cristiana durante el período que va de la glorificación del Señor y la Caída de Jerusalén hasta la parusía final. Resumiendo: mientras que la 1ª parte del Discurso Escatológico representa el reino de Dios operado y realizado (gracias a la intervención divina), la 2ª parte alude a la parte del hombre en esta realización.
Este contexto da a la Parábola de los Talentos su significación íntegra. Es evidente que las parábolas que siguen al discurso escatológico han sido puestas por Mateo en este lugar para construir una teología del tiempo de la Iglesia y de la asamblea.
Un 1º rasgo esencial del pasaje de Mateo es el tema de la espera (v.19), que completa el de la tardanza del Esposo (Mt 25, 5) y que apunta al tiempo de la Iglesia que sigue a la Caída de Jerusalén y a la extraordinaria desproporción entre la tarea a llevar a cabo en este mundo y la recompensa prometida (vv.21.23.29).
El amo distribuye sus riquezas (es decir, los intereses del Reino) teniendo en cuenta las posibilidades de cada uno, aunque un solo talento constituía entonces una considerable fortuna. Sería un error interpretar esos talentos como dones naturales a explotar. Se trata, más bien, de los intereses del Reino, riquezas del Señor de las que cada cristiano deviene intendente, ya que el progreso del Reino sólo es posible con la colaboración de cada uno de sus componentes.
Para Mateo, Jesús descubre a los discípulos la obligación de hacer fructificar los bienes del Reino durante el tiempo que se les concede para tal menester. Por escenificar un poco, es como si Dios ha confiado su tesoro a los grandes prestamistas del mundo, y luego va un escriba y los encierra en la caja fuerte de su casa. Dios pone en juego su Palabra, como lo hace un financiero con su capital. Sin embargo, a diferencia de éste, no la atesora, sino que la ofrece a nuestra responsabilidad para que la administremos convenientemente.
El siervo que había recibido un solo talento, rechazando mezquinamente toda clase de riesgos, se decide por escoger una seguridad totalmente falsa, ya que una riqueza muerta, sin invertir, se devalúa; y quien no multiplica lo que tiene, lo dilapida. Quien entierra su talento por miedo a perderlo, se entierra a si mismo y opta por la muerte.
Este severa advertencia de Jesús a las autoridades religiosas de su tiempo conserva para nosotros toda su fuerza: ¿Cómo es posible que participemos del tesoro prometido por él sin participar en el mundo? La Iglesia que no se atrevería a poner en juego la herencia recibida de Jesucristo, por miedo a comprometerla en la ciudad de los hombres, la tendría perdida ya de antemano.
Maertens-Frisque
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El texto de hoy nos presenta la parábola de los siervos buenos y fieles y del siervo malo y holgazán. Los primeros hacen fructificar los talentos o bienes que el dueño les ha encomendado; el otro los mantiene improductivos. Aquellos entran en el gozo del Señor; el siervo inútil es echado a las tinieblas.
Como las anteriores parábolas, la de los talentos plantea y desarrolla el tema de la fidelidad y de la vigilancia y, al mismo tiempo, advierte contra alguna posibilidad de infidelidad. Aquí también la vigilancia se entiende como fidelidad a una misión recibida.
Jesús pone en guardia a sus discípulos contra una infidelidad cuya posibilidad no afrontan seriamente. La infidelidad consiste en una insuficiencia de actividad concreta. Ello confirma que la vigilancia de Mateo jamás es un fervor, una alegría, ni incluso una fe; es una espera activa y responsable. Esta idea volverá a aparecer con fuerza en la dramática evocación del juicio final, en la que tanto fieles como infieles se extrañarán de haber descuidado o cumplido los imperativos de la vigilancia evangélica.
La parábola nos presenta la actitud característica del hombre evangélico: los siervos fieles hacen fructificar los bienes encomendados; por el contrario, el que antepone su propia seguridad o tranquilidad personal al interés que tiene el dueño en acrecentar la hacienda, es un mal siervo. Su infidelidad se llama egoísmo, falta de sentido de responsabilidad, pereza.
Se respira en esta parábola la mística del servicio y del trabajo temporal, precisamente en virtud de la esperanza escatológica: el cristiano, el evangelizador, el pastor, son instrumentos de la actividad mesiánica en el mundo y es así como esperan que llegue el Señor. Cruzarse de brazos es ser infiel. Por eso, también en el juicio final nos preguntarán por lo que pudimos haber hecho y no lo hicimos, por los graves pecados de omisión contra nuestros hermanos más pequeños.
Fernando Camacho
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Hoy leemos por última vez el evangelio de Mateo, que nos ha acompañado durante 12 semanas, desde la 10ª hasta la 21ª. No lo hemos leído entero: por ejemplo, dejamos los capítulos finales, con la pasión, muerte y resurrección de Jesús, para los días de la Semana Santa y Pascua.
Concluye hoy el Discurso Escatológico de Jesús, sobre la vigilancia que debe caracterizar a los cristianos ante la Venida del Señor. Después de las parábolas del ladrón, de la vuelta del amo y de las jóvenes que esperan al novio, hoy Jesús nos transmite su enseñanza con la de los talentos.
Cada uno tiene que hacer fructificar los talentos que recibió del amo: 5, 2 ó 1. No importa cuántos recibió (Dios es libre y sorprendente a la hora de conceder su gracia). Lo que cuenta es si cada empleado ha trabajado o no, si le ha sacado rendimiento a ese capital que se le ha encomendado.
Los 2 primeros siervos escuchan las mismas palabras de alabanza, tanto el que recibió 5 que el que recibió 2. En cambio, el siervo perezoso es acusado, pero no de haber malgastado su talento (o robado el dinero de su amo), sino de no haberlo hecho fructificar. Cada uno de nosotros ha recibido sus talentos, y no sabemos cuándo volverá el dueño a pedirnos cuentas del uso que hayamos hecho de ellos.
Podemos pensar, ante todo, en los dones naturales que hemos recibido: la vida, la salud, la inteligencia, las habilidades que nos caracterizan (unos son artistas, otros líderes, otros tienen simpatía abundante...). ¿Sacamos provecho de esos talentos? ¿Los sabemos utilizar también para beneficio de la comunidad? ¿O los escondemos «bajo tierra» por pereza o por una falsa humildad? No somos dueños, sino administradores de los dones que Dios nos ha hecho, y que se presentan aquí como un capital que él ha invertido en nosotros.
Pero seguramente se trata, en la intención de Jesús, también de los dones sobrenaturales que Dios nos ha querido conceder. Ya Israel había tenido, en comparación con los otros pueblos, gracias muy especiales, como pueblo elegido de Dios. Y no supo aprovecharlas.
Los cristianos todavía tenemos más gracias y dones: Cristo Jesús como Salvador y Maestro, el don de su Espíritu, la Palabra de Dios, la comunidad eclesial, la fe, los sacramentos. ¿Qué fruto les estamos sacando? ¿Se nos podría acusar de apatía o de pereza? La excesiva prudencia del 3º siervo sería en nosotros un claro pecado de omisión, del que también tenemos que arrepentirnos. No se trata sólo de no hacer el mal, sino de hacer el bien que Dios espera que hagamos. Como el árbol, del que se esperan frutos, y no sólo apariencias.
No sabemos cuántos años nos quedan de vida y cuándo seremos convocados a examen. Pero todos deseamos que el examinador, el Juez, nos pueda decir las palabras que él guarda para los que se han esforzado por vivir según sus caminos: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor. Como has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor".
José Aldazábal
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Hoy el evangelio nos recuerda la conocida Parábola de los Talentos. Seguramente, la mayoría de nosotros podríamos narrarla de memoria y, por eso mismo, corremos el peligro de no profundizar en ella.
Podemos mirar 1º a este señor exigente pero justo, que conoce tan bien a sus empleados que mientras él está fuera puede confiarles sus bienes según la capacidad de cada uno. No se trata de dar a todos por igual, sino de conocer a cada persona y ser lo suficientemente libre para dar a cada uno lo que puede llevar a cabo.
Luego están las diversas actitudes de los criados: apostar por lo que su señor les ha confiado o esconderlo por temor a perderlo. Y más aún, está el empleado que entierra su moneda lo hace por temor a ser castigado (porque tuvo miedo). Una vez más, el miedo, como ese gran polo opuesto de la fe. Lo contrario de creer no es dudar; de hecho, si no dudáramos ya no creeríamos, sino que sabríamos algo con certeza. Lo contrario de la fe es el miedo: "Tuve miedo y escondí lo que me diste bajo tierra".
En la parábola, ser fiel en lo poco no es más que fiarse de Aquel que nos encomienda una tarea, y arriesgar lo que nos da. Ser un empleado negligente y holgazán no es más que dejarse atrapar por el miedo y no poner en juego aquello que Dios me ha dado a mí para que lo disfrute el mundo.
Puede ser hoy un buen momento para tomar conciencia en unos minutos de esta actitud en mí. ¿Puedo decir algunos de los talentos que Dios me ha confiado o ni siquiera soy consciente de ellos? ¿Qué cosas concretas tendría que estar poniendo en juego y las estoy ocultando bajo tierra por miedo, por pereza, por no querer fracasar? ¿Me creo de verdad que tanto bueno como yo tengo no es mérito mío sino más bien regalo de Dios para que lo haga crecer y viva agradecido por ello?
Rosa Ruiz
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Hoy contemplamos la Parábola de los Talentos. En Jesús apreciamos como un momento de cambio de estilo en su mensaje: el anuncio del Reino ya no se limita tanto a señalar su proximidad como a describir su contenido mediante narraciones: ¡es la hora de las parábolas!
Un gran hombre decide emprender un largo viaje, y confía todo el patrimonio a sus siervos. Pudo haberlo distribuido por partes iguales, pero no lo hizo así. Dio a cada uno según su capacidad (cinco, dos y un talentos). Con aquel dinero pudo cada criado capitalizar el inicio de un buen negocio. Los 2 primeros se lanzaron a la administración de sus depósitos, pero el 3º (por miedo o por pereza) prefirió guardarlo eludiendo toda inversión: se encerró en la comodidad de su propia pobreza.
El señor regresó, y exigió la rendición de cuentas. Premió la valentía de los 2 primeros, que duplicaron el depósito confiado. El trato con el criado prudente fue muy distinto.
Más de 2.000 años después, el mensaje de la parábola sigue teniendo una gran actualidad. Las modernas democracias caminan hacia una separación progresiva entre la Iglesia y los estados. Ello no es malo, todo lo contrario. Sin embargo, esta mentalidad global y progresiva esconde un efecto secundario, peligroso para los cristianos: ser la imagen viva de aquel 3º criado a quien el amo (figura bíblica de Dios Padre) reprochó con gran severidad.
Sin malicia, por pura comodidad o miedo, corremos el peligro de esconder y reducir nuestra fe cristiana al entorno privado de familia y amigos íntimos. El evangelio no puede quedar en una lectura y estéril contemplación. Hemos de administrar con valentía y riesgo nuestra vocación cristiana en el propio ambiente social y profesional proclamando la figura de Cristo con las palabras y el testimonio. Comenta, a este respecto, San Agustín:
"Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que, donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones".
Albert Sols
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Vamos a reflexionar sobre las 2 enseñanzas del evangelio de hoy. La 1ª alude al que recibió 5 monedas y a su compañero, que negoció con 2. Cada uno debe producir al máximo según lo que ha recibido de su señor. Por eso, en la parábola se felicita al que ha ganado dos talentos, porque ha obtenido unos frutos en proporción a lo que tenía. Su señor no le exige como al 1º, ya que esperaba de él otro rendimiento.
Igualmente se aplica a nosotros, según las posibilidades reales de cada individuo. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás. Otras son muy serviciales. Otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de personas enfermas. Los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad.
Pero puede darse el caso del tercer siervo del evangelio: no produjo nada con su talento. A Cristo le duele enormemente esa actitud. Se encuentra ante alguien llamado a hacer un bien, aunque fuera pequeño, y resulta que no ha hecho nada. Eso es un pecado de omisión, que tanto daña al corazón de Cristo, porque es una manifestación de pereza, dejadez, falta de interés y desprecio a quien le ha regalado el talento.
Los talentos no sólo representan las pertenencias materiales. Los talentos son también las cualidades que Dios nos ha dado a cada uno. Y ahora, analiza tu jornada. ¿Qué has hecho hoy? ¿Qué cualidades han dado su fruto? ¿Cuántas veces has dejado sin hacer lo que debías? El que ama de verdad no deja escapar ninguna ocasión para aprovechar sus dones y hacerlos fructificar en bien de los demás.
Clemente González
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La Parábola de los Talentos confiados a diversos empleados quiere despertar el sentido de responsabilidad en la Iglesia, que a causa de dificultades de todo tipo, corre el riesgo de sofocar su energía en la construcción del futuro del Reino.
En la presentación del hombre (v.14) se tiene cuidado en señalar un largo tiempo de alejamiento, como aparece en las expresiones "al irse de viaje", "se marchó al extranjero", "al cabo de mucho tiempo volvió". Este alejamiento prolongado puede representar una tentación de abandonar la tensión hacia el futuro de la vuelta del Señor, tentación que acechaba a los cristianos de la 2ª generación (que veían retardarse la parusía del Señor).
Con el intento de reavivar el sentido de la propia responsabilidad se invita a todos a considerar las posibles actitudes frente a ese retorno futuro del Señor. Para ello la parábola presenta 1º a los empleados (en general), y luego a 3 de ellos a los que individualmente se confían sumas inmensas, "según su capacidad".
La reacción de estos 3 personajes es doble. Los 2 primeros manifiestan la misma laboriosidad respecto a lo que se les ha confiado: "van a negociar", y ganan (duplicando) la suma recibida. La actitud del 3º es totalmente diferente. El v. 18 la describe diciendo: "Hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero".
Al retorno del señor llega el momento de "liquidar cuentas". Los 2 primeros se acercan en esta ocasión con la suma reduplicada. Y en ambos casos, reciben del señor la aprobación sobre lo actuado y el calificativo de "empleado fiel y cumplidor". Para ellos el señor tiene una doble recompensa: su fidelidad en lo poco les merece estar al frente de lo mucho y, además, se les concede la participación en la fiesta del señor.
A partir del v. 24, se pone de manifiesto el contraste del 3º tercer empleado respecto a los anteriores. Acercándose expresa la desconfianza que siente de su señor. Este es considerado como un hombre rígido y tacaño y, que suscita por ello su temor. Da cuenta de sus acciones, originadas en esa consideración y devuelve a su señor el dinero diciendo: "Aquí tienes lo tuyo" (v.25).
A diferencia de los anteriores empleados, establece una neta separación entre los propios intereses y los intereses de su señor. De esa forma ha vuelto improductivo los bienes que se le habían confiado. Por eso pierde la posesión de lo encomendado y se ordena respecto a él: "Echadlo fuera, a las tinieblas" (v.30). En lugar de la fiesta, se destina para él "el llanto y el rechinar de dientes".
Dos formas de vivir la espera del señor aparecen claramente delineadas. La espera de los 2 primeros empleados ha estado marcada por una laboriosidad que les ha hecho fructificar los bienes encomendados. Por el contrario, el temor paralizante a su señor del 3º empleado le ha impedido adoptar frente al futuro medidas adecuadas. Ni siquiera ha cuidado de hacer crecer los bienes por medio de un depósito bancario.
Las exigencias del "estar en vela" (Mt 24, 42) y su significado se proponen claramente a los cristianos que pueden decaer por el cansancio de la espera. La seguridad del retorno debe servir para reavivar el ímpetu comunitario haciendo fructificar los dones recibidos.
Confederación Internacional Claretiana
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La Parábola de los Talentos nos hace entender que no basta la vigilancia expectante del actuar de Dios en la historia. Hay que vigilar produciendo, colocando materiales de construcción del Reino en la historia. Es una vigilancia activa, comprometida. Hay que negociar el Reino. El Dios del Reino es un Dios activo, lleno de proyectos de vida. Y su programa es toda una movilización: el movimiento de Jesús, en vistas a un proyecto.
No se trata, por tanto, de un problema de cantidades, sino de formas diferentes de luchas a favor de ese Reino. Pues de lo que se trata es de combatir los males, defender la vida, alejar de la cultura las imágenes falsas de Dios. Se trata de vivir el tiempo (que nos separa de su venida definitiva) construyendo, negociando, sin abandonarse a la rutina.
Las parábolas de Jesús tienen una sola signatura: el reino de Dios, como un acontecimiento de nuestra historia personal y colectiva, y como un acontecimiento de futuro siempre abierto. Consiste en un Dios que es rey y señor de sus empleados, que está actuando a través de nosotros. Así, manifiesta su soberanía como un Dios actuante, que lucha contra las fuerzas de la injusticia y de la desdicha que tanto hacen sufrir a los últimos, a los pequeños. Dios es el Señor de la historia.
Nadie como Jesús ha experimentado esta absoluta benevolencia de Dios para con nosotros. Pero implica hacer su voluntad, negociando los talentos. Jesús mismo, su vida, es la mejor interpretación de ésta y de todas las parábolas. Nadie como él vivió para el reino de Dios.
Este es el programa del Reino, que exige conversión y venderlo todo para adquirirlo. Ya desde ahora podemos vivir esa vida, y actuar con esa lógica. No enterrando los talentos ni esperando recompensa. Es asunto de gracia.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
La Parábola de los Talentos que nos propone hoy Jesús ensalza la laboriosidad de unos empleados a quienes se les encomienda unos talentos de plata para que negocien con ellos. Al mismo tiempo, censura la holgazanería del empleado que se limitó a enterrar el talento recibido. Y es que los talentos son entregados para darles productividad.
Por eso, al que no tiene (porque no ha producido nada con el talento que se le dio) se le quitará hasta lo que tiene (es decir, hasta lo que se le dio) por inútil, tan inútil como el profesor que no enseña o el médico que no cura.
Jesús nos dice que nuestra vida es la de unos empleados que han recibido de su Señor unos talentos (bienes productivos), con el encargo de hacerlos producir en provecho propio y de los demás.
Hacer producir es sacar de una cosa (tierra, árbol, persona o dinero) lo que puede dar de sí, porque tiene capacidad para ello. Es multiplicar su capacidad (como hacen los que reciben cinco y dos talentos), y para ello hay que poner en juego todos los recursos disponibles. Hay que trabajar.
Esto supone esfuerzo, pero también satisfacción porque se trata de un trabajo creativo. Pero tratándose de un encargo, no basta con encontrar satisfacción en el trabajo realizado, sino que hay que rendir cuentas ante el dueño, ese mismo que nos ha encomendado el trabajo y nos ha proporcionado los talentos.
Nuestra condición de empleados, o personas que dependen de un Señor (del cual han recibido las capacidades y el encargo de sacar provecho), nos obliga a pensar en él y no sólo en nuestros objetivos, y nos sitúa ante él como responsables de unas capacidades (unos de diez, otros de cinco, otros de dos, otros de una capacidad).
Lo que menos importa aquí es la capacidad, y lo que sí importa es la productividad personal de cada uno. De hecho, no se alaba más al empleado que recibió 5 talentos que al que recibió 2, sino que se alaba la fidelidad y el compromiso, así como la diligencia y el empeño mostrado.
Entre los talentos recibidos de Dios cabe señalar los que nos vienen dados con la naturaleza (tanto de índole corporal como espiritual), y aquellos que nos son entregados en ese segundo nacimiento (el bautismal) a modo de capacidades sobrenaturales.
Todos ellos admiten desarrollo, todos ellos reclaman nuestra entrega, todos son productivos y aptos para nuestras fuerzas corporales y mentales. Amplia es, por tanto, la tarea que nos espera, y de la que tenemos que rendir cuentas. Pero no hemos de olvidar que el buen trabajo será siempre recompensado, pues no hay mejor pagador que el Dios del cielo.
Act:
29/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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